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Al final, ellos cedieron a la presión de grupo y obtuvieron lo que habían pedido: un rey. Varios, en realidad. Por décadas tuvieron más de uno a la vez. Tal como fue predicho, la mayoría de los reyes de Israel fueron un desastre. La nación pagó por esta decisión con oro y sangre. De esta forma se hicieron como las otras naciones. A pesar de ello, Dios mantuvo la promesa que le hizo a Abraham. Él no abandono sus propósitos globales para la nación. Todas las naciones de la tierra serían efectivamente bendecidas, a través de una nación que insistía en ser como las demás.
Capítulo 3
LA TRAMA DEL TEMPLO
Necesito que imagines, solo por un momento, lo que no hubiera pasado y a quién nunca habríamos conocido, si Israel hubiera escuchado a Samuel, abandonando la idea de una familia real.
No hubiera existido un rey Saúl, ni un rey David, ni Salomón. Los padres de Salomón nunca se habrían conocido. No solo no existirían los Salmos de David, tampoco los Proverbios, Eclesiastés, ni el Cantar de los cantares. No habría registro de las actividades de los reyes, y tampoco archivos que documentaran lo que los profetas profetizaron en respuesta a las decisiones de los reyes. ¿Por qué? Porque no hubiera habido reyes.
El curso de la historia sería diferente; muy diferente. Sin embargo, este es el verdadero punto de partida:
Si no hubiera habido rey, no hubiera habido templo.
Toda nación decente en ese entonces que tuviera un rey, tenía un templo. Así que Israel finalmente se hizo uno también. Y de la misma forma que los reyes de Israel trajeron consigo todos los problemas relacionados con los reyes, el templo trajo consigo, todos los desafíos que supone tener un templo. Israel no necesitaba un rey; tampoco necesitaba un templo. Ambas cosas fueron intentos de ser como las demás naciones.
Permíteme explicarlo.
DIOS EN RESERVA
Después de tomar el mando, tras el desastre del rey Saúl, el rey David dedicó años a expandir, establecer y fortificar la nación de Israel. Finalmente, hubo un descanso en la acción. Durante el período de calma, a David se le ocurrió que mientras todos los demás estaban dentro de sus casas, Dios seguía viviendo en una tienda de campaña.
Como un niño explorador.
Como un pobre pastor.
Así que David hizo una cita con el profeta en turno, Natán, y le dijo:
Como puedes ver, yo habito en un palacio de cedro, mientras que el arca de Dios se encuentra bajo el toldo de una tienda de campaña.1
Natán sonrió y sugirió a David hacer algo al respecto. Incluso sugirió que lo que tuviera en mente, Dios lo apoyaría.2 Resulta que Natán estaba equivocado. Habló fuera de tiempo. Lo que sucede a continuación muchas veces lo pasamos por alto.
Durante la noche, después de la conversación de “haz lo que quieras, mi rey”, Dios habló a Natán. Explícitamente le dijo que hablara con David y le diera una respuesta diferente:
Desde el día en que saqué a los israelitas de Egipto, y hasta el día de hoy, no he habitado en casa alguna, sino que he andado de acá para allá, en una tienda de campaña a manera de santuario.
Esta es mi parte favorita.
Todo el tiempo que anduve con los israelitas, cuando mandé a sus gobernantes que pastorearan a mi pueblo Israel, ¿acaso le reclamé a alguno de ellos el no haberme construido una casa de cedro?3
Aparentemente Dios estaba bien viviendo en una tienda de campaña.
Además, si lo pensamos, Dios se la pasaba fuera de su casa la mayor parte del tiempo.
Pero había algo más en juego aquí. A diferencia de la hermosa casa de piedra de David, todo en el tabernáculo era temporal. Estaba construido de cortinas de lino, cortinas de pelo de cabra y madera. Constantemente necesitaba reparaciones. Sin embargo, la naturaleza portátil y temporal del tabernáculo, acentuaba su propósito. Todo lo del tabernáculo, y todo lo relacionado con él, era simplemente un contexto para algo más grande y majestuoso. El tabernáculo era un medio para un fin. Y en un final distante, la necesidad de un tabernáculo también terminaría.
Poniendo palabras en la boca de Dios —lo cual es peligroso— es como si Dios estuviera diciendo: “Estoy bien en mi alojamiento temporal. Todo este sistema es temporal de todos modos. No tiene caso hacerme algo elegante que ni voy a utilizar mucho tiempo”.
A partir de ahí, la conversación toma un pronunciado giro. Después de asegurarle a David que estaba bien viviendo en una tienda, Dios cambia el tema completamente. Parafraseando, Dios le dice a David:
Déjate de eso de construirme una casa; vamos a hablar de tu familia, David. Basta de lo temporal, hablemos del futuro. Tú quieres edificarme una casa. Pero yo voy a ¡edificar tu casa! Voy a hacer algo a través de tu familia que va a durar para siempre.4
De manera similar a como le prometió a Abraham, Dios le dice a David que iba a hacerlo tan famoso, como “los más grandes de la tierra”.5
Otra promesa cumplida porque me imagino que desde pequeño sabías quién era el rey David.
Dios le dice a David que tiene demasiada sangre en las manos como para construir un templo. David no discute, pero no renuncia a su idea. Sigue adelante hasta asegurarse de que cuando su hijo Salomón se convierta en rey, todo esté dispuesto para la construcción de una estructura permanente. David imagina un templo que supera a todos los templos. El templo supremo.
David recaudó el dinero, mandó a hacer los planos, contrató forjadores de piedra, hizo todo menos la inauguración. De acuerdo al plan, cuando Salomón asumiera el trono, el gran proyecto de construcción iba a comenzar.
Se terminó veinte años después.
Al final de esos veinte años, Salomón invitó a Dios a dejar su tienda y mudarse bajo techo, por así decirlo. Finalmente, lo hizo, por así decirlo. Pero antes de hacerlo, le dijo a Salomón algo que debería haber producido escalofríos. Salomón no sintió nada, pero ojalá lo hubiera entendido.
Dios le dio a Salomón el típico discurso que tus papás te dan antes de darte las llaves del auto. ¿Te acuerdas? Ya sea que lo escuchaste de tus padres, o ya sea que se lo dijiste a tus hijos. Con mis hijos, fue más o menos así:
Me da mucho gusto que pude comprarte un auto para que lo conduzcas. Espero que lo disfrutes; pero entiende… si abusas de esta libertad, lo voy a vender.
La versión de Dios con Salomón se encuentra en 1 de Reyes. Va más o menos así:
Salomón, realmente agradezco todo lo que hicieron para crear esta fabulosa obra arquitectónica. Acepto tu regalo. Me mudaré inmediatamente. Pero, Salomón, si veo que tú o mi pueblo se portan mal allá afuera porque piensan que estoy atrapado aquí dentro, ¡voy a derrumbar este lugar!
Este edificio siempre reflejará mi poder y mi gloria; pero yo puedo lograr eso con o sin un edificio. En su forma actual, refleja mi presencia; pero si me abandonan para adorar a otros dioses, este pedazo de tierra quedará baldío, como testimonio de mi ausencia.
¡Todo eso antes de mudarse! No creas que lo estoy inventándolo. Lee 1 Reyes 9. Este es un adelanto:
Este templo no será más que un montón de ruinas y todos los que pasen a su lado se asombrarán y se burlarán, diciendo: “¿Por qué Dios ha hecho esto con Israel y con este templo?”6
Dios se mudó, pero no se comprometió a quedarse ahí bajo cualquier condición. ¿Por qué?
Esto es importante.
Porque el templo estaba vinculado al pacto condicional (yo me quedo con la condición de que ustedes…). Ese era el pacto condicional de Dios con la nación, el pacto establecido en el monte Sinaí.
Dios produciría la demolición de su propio hogar si el pueblo lo abandonara por otros dioses. Era agradable tener el templo, pero no era necesario. No fue su idea. El templo era más bello que importante. Y si Salomón pensaba que la naturaleza permanente de su templo de alguna manera alteraría la naturaleza temporal y condicional del pacto de Dios con la nación, estaba equivocado. Dios había aclarado desde la fundación de la nación que Israel era un medio divino para un fin divino.
NOTORIAMENTE INVISIBLE
Quizá no sepas esto, pero el templo de Salomón contenía características de diseño similares a las de los templos paganos que podían encontrarse en todo el mundo antiguo. Si te tomas en serio el Antiguo Testamento, es difícil imaginar que este sea el caso. Las Escrituras judías incluyen detalles extraordinarios sobre cómo debía lucir y funcionar el templo, y sobre quién tenía permiso de dirigirlo. Pero, pese a unas cuantas características únicas, el templo judío tenía mucho en común con los templos paganos del mundo antiguo, incluyendo los pórticos, salones, patios, estancias y un altar utilizado para el sacrificio de animales. Los templos paganos de esa época, siempre incluían un espacio sagrado, diseñado específicamente para la imagen del dios para el cual se había construido y dedicado el templo. Una caja fuerte para sus dioses. Fue esta recámara sagrada, la que diferenció al templo judío de todos sus competidores. De hecho, puede argumentarse que esta recámara, con frecuencia llamada “Lugar Santísimo”, fue lo único que marcó la diferencia del templo judío.
La característica distintiva del templo judío no fue que tuviera algo que los otros templos no tuvieran, sino todo lo contrario; el templo judío se distinguía por no tener algo que todos los demás sí tenían.
Una imagen.
El Lugar Santísimo era como un hermoso marco diseñado con muchas ornamentaciones, pero sin ninguna imagen, escultura o pintura. Por eso Israel no necesitaba un templo, para empezar. La característica distintiva del judaísmo no era el diseño de su templo, sino la falta de una imagen representativa de su Dios. Las imágenes estaban estrictamente prohibidas en el judaísmo. Como descubrimos antes, esta prohibición en particular era una de las “diez grandes”.
Para los evangélicos de hoy en día, la idea de un lugar de adoración sin imágenes no nos resulta nada extraño. Sin embargo, en la antigüedad tener imágenes era muy común. Una religión sin una imagen era… absurda. Cuando el general romano Pompeyo entró a Jerusalén, en el año 63 a. C., hizo un recorrido por el templo. Sintió curiosidad de ver a este Dios judío del que tanto había oído hablar, quien se ofendía con tanta facilidad y era tan exclusivo que no se juntaba con otros dioses. Hizo a un lado a los sacerdotes, y con atrevimiento entró a donde solo los sumos sacerdotes habían entrado hasta ese momento: el Lugar Santísimo. Al empujar el velo del templo, una cortina con un gran diseño de ingeniería que separaba la habitación de Dios del patio exterior, quedó decepcionado al descubrir que ¡no había ningún dios! Ningún ídolo. Solo había una mesa dorada, un candelabro y unos dos mil talentos de oro.7
Todo lo cual dejó intacto.
Quizá pensó: Estos judíos locos. Construyeron una elaborada estructura física para un dios que no tiene representación física. ¿Quién alguna vez ha oído de un dios sin imagen?
Exacto.
¿Quién habría oído hablar de este extraño Dios a quien no se podía contener, reducir ni definir mediante ninguna cosa creada?
Todos.
¿Cómo?
Por medio de la nación de Israel.
Regresemos a Salomón.
Aunque el templo no haya sido idea original de Dios, tenía un propósito. Destacaba, acentuaba y subrayaba la principal diferencia entre el Dios de Israel y los de sus vecinos: Israel servía a un Dios vivo. A diferencia de los dioses paganos de los días de Salomón, o los dioses adorados siglos después por los ciudadanos de Roma, el Dios de Israel no necesitaba ser acarreado hacia el interior de su templo y levantado hasta su pedestal. El Dios de Israel no necesitaba ruedas para que los sacerdotes lo sacaran en los días de fiesta. El Dios de Israel no necesitaba que lo guardaran con llave durante la noche, para que nadie se lo robara, o para que nadie le quitara un pedacito, para la buena suerte. El Dios de Israel no necesitaba guardaespaldas. No necesitaba ser protegido contra los elementos. El Dios de Israel era Espíritu.
Un Espíritu Santo.
El Dios de Israel no fue puesto en su templo.
El Dios de Israel habitó en su templo.
Así como había habitado en el tabernáculo todos esos años, habitó el templo de Salomón bajo sus propios términos. Esta es la forma en que sucedió:
Luego los sacerdotes llevaron el arca del pacto del Señor a su lugar en el santuario interior del templo, que es el Lugar Santísimo, y la pusieron bajo las alas de los querubines.8
Pero la presencia del arca no igualó la presencia de Dios. El arca que contenía la ley de Dios no fue creada como objeto de adoración. Lo que pasó después, dio al templo su significado:
Cuando los sacerdotes se retiraron del Lugar Santo, la nube llenó el templo del SEÑOR. Y por causa de la nube, los sacerdotes no pudieron celebrar el culto, pues la gloria del SEÑOR había llenado el templo.9
La presencia del Espíritu de Dios, bajo sus propios términos, fue la característica distintiva del templo judío. Cada nación tenía sus leyes. Cada nación tenía sus sacerdotes y rituales religiosos. Las religiones más antiguas exigían sacrificios de animales. Los judíos tenían todo eso, salvo una cosa: su templo servía como marco imponente de algo que no estaba ahí. Pero el propósito de este magnífico edificio, construido para la gloria del Dios invisible, se extendió más allá de Israel.
El templo judío, con su intrincado sistema de sacrificios, serviría como contexto. El templo de Jerusalén serviría como el epicentro de una serie de acontecimientos que más tarde remodelarían el mundo, y no solo al mundo antiguo. A diferencia de los dioses paganos, el Dios de Israel no era un dios regional de alcance menor. El Dios de Israel era el Dios vivo cuyo poder y presencia no se limitaban a un edificio. El templo jugaría un papel importante, pero temporal en el plan profético de Dios. Sus similitudes con otros templos de la región, puntualizaron, enfatizaron, acentuaron y subrayaron la única diferencia significativa; la cual preparó el escenario para la siguiente gran actividad de Dios en el mundo. La ausencia de imagen o ídolo era más que un detalle diferenciador. Señalaba el propósito global de Dios para la nación.
TEMPLOS DE PERDICIÓN
Cuando Salomón fue ungido rey, había paz en el territorio. Algunos se refieren a esta época como la época dorada de Israel. Finalmente, parecía haber una oportunidad para que Israel fuera una bendición para otras naciones. Sin embargo, Dios no estaba listo; resulta que Israel tampoco. Salomón se distrajo un poco —con mujeres; mujeres extranjeras y sus dioses extranjeros. El tema del templo no fraguó.
Aquí hay algo que suele pasarse por alto: además de construir un templo para su Dios, Salomón construyó muchas capillitas para un abanico de otros dioses. ¿Por qué? Porque quería mantener contentas a sus esposas extranjeras. “¿Cuántos otros?”, te preguntas.
Prepárate.
Unos setecientos.
El autor de 1 Reyes nos cuenta que Salomón tuvo setecientas esposas de sangre real.10
Construyó altares, santuarios y casas de adoración para cada dios adorado por sus setecientas esposas de sangre real. Una de estas esposas fue, ¿puedes creerlo?, ¡hija del faraón! Aun peor, sabemos que, hacia el final de su vida, Salomón, junto con sus esposas, adoraba a estos dioses extranjeros.11 Pero no crean que dejó de adorar al Dios de su padre, David. Hizo algo peor: los adoraba junto al Dios de su padre, David.
Aunque esto es confuso para nosotros, tenía todo el sentido del mundo para Salomón. Una vez que Salomón metió a Dios, por así decirlo, a su propio templo, lo rebajó al nivel de todas las demás deidades paganas de todas las naciones del mundo. Dios tenía una ubicación; una ubicación similar a la que los vecinos de Israel crearon para sus dioses. Con la construcción del templo, el Dios móvil de Israel parecía un poco más domesticado, regional. Había desaparecido la tienda de campaña, el recordatorio visual de que el Dios de Israel era un Dios que podía ir de un lugar a otro. Había desaparecido el recordatorio de que él podía levantarse e irse sin previo aviso. Y habiendo paz en el territorio, no había necesidad de invocar a Dios para que protegiera a Israel de sus enemigos.
Bajo el reinado de Salomón, Israel no estuvo en condiciones de bendecir a las naciones de la Tierra. Para el final de dicho reinado, Israel se parecía mucho a todas las demás naciones de la Tierra. Sin embargo, mientras que Salomón olvidó, o simplemente abandonó, su promesa a Dios, Dios no olvidó ni abandonó su promesa a Salomón. Su acuerdo con Salomón reflejaba la naturaleza condicional de su acuerdo con la nación.
Este templo no será más que un montón de ruinas y todos los que pasen a su lado se asombrarán y se burlarán, diciendo: “¿Por qué Dios ha hecho esto con Israel y con este templo?”12
Fiel a su palabra, en el año 587 a. C., después de un asedio sangriento, los soldados de Nabucodonosor atravesaron una brecha en el muro de Jerusalén, asesinaron a miles de ciudadanos, esclavizaron a miles más, y derrumbaron el templo de Salomón hasta sus cimientos.
Afortunadamente, Dios no estaba en casa esa tarde.
Se había mudado mucho antes.
Capítulo 4
LA RUPTURA
Después de la muerte de Salomón, su hijo Roboam tomó una decisión tonta, que dio por resultado la división de la nación en el reino del norte y el reino del sur. Para el año 700 a. C., el reino del norte (Israel) había abandonado a Dios por completo, y adoptado los cultos de adoración a los ídolos de sus vecinos. El reino del sur (Judá) estaba al borde de la misma apostasía. La noción de Israel como bendición para otras naciones, era ya inimaginable. Después de todo, la nación no podía resolver sus propias disputas internas, y una vez dividida sufrió la división militar y económica. Tanto Asiria como Siria estaban buscando una excusa para invadir. Eran tiempos difíciles para la gente de ambos reinos.
Dios envió una serie de profetas para exhortar, reprender y advertir a toda una serie de reyes. Uno de esos profetas fue Isaías. La profecía de Isaías no es fácil de entender, sobre todo si no se conoce el contexto histórico. En realidad, es difícil seguir el hilo de sus pensamientos aun con el contexto histórico. La razón por la cual lo menciono, es que a mitad de lo que fue quizá el punto más bajo en la historia de Israel, Isaías resucita la promesa de Dios a Abraham y le da su propio toque. Si le sonó extraña a Abraham, le sonaría aún más extraña a los habitantes de Judá en aquellos tiempos difíciles. Isaías escribe:
No es gran cosa que seas mi siervo, ni que restaures a las tribus de Jacob, ni que hagas volver a los de Israel, a quienes he preservado. Yo te pongo ahora como luz para las naciones, a fin de que lleves mi salvación hasta los confines de la tierra.1
Para nada.
Repito, esta era una época de conquista, saqueo y toma de esclavos. Nadie estaba tratando de ser “luz” para nadie más. Nadie estaba tratando de salvar a nadie, salvo a sí mismo. Después de la muerte de Isaías, Judá (el reino del sur) fue invadido por Babilonia. En ese asedio, el magnífico templo de Salomón fue destruido; pero antes de arrasarlo, como era su costumbre, el rey Nabucodonosor ordenó extraditar a Babilonia la imagen del dios conquistado, para colocarla en su colección de dioses.
¡De verdad! Nabucodonosor tenía una colección de dioses.
Por supuesto, cuando sus soldados entraron a la “bóveda” del Dios judío, no encontraron ninguna imagen. Así que tomaron los cubiertos y los platos, y se dirigieron a casa… remolcando a una gran porción de la población, incluyendo a los Cuatro Fantásticos: Sadrac, Mesac, Abednego y Daniel.
Yo te pongo ahora como luz para las naciones, a fin de que lleves mi salvación hasta los confines de la tierra.2
Mmmm.
Por suerte para Israel, su Dios era itinerante. Sin que Nabucodonosor lo supiera, Dios salió de Judea y se infiltró en Babilonia. El libro de Daniel registra esta aventura.
La historia sigue su curso.
LA ÚLTIMA PALABRA
Cuando Babilonia cayó ante los persas, alrededor del año 538 a. C., el emperador Ciro el Grande permitió a los judíos regresar a su patria, e incluso los animó a reconstruir su templo. En realidad, les dio la orden de reconstruirlo y hasta les dijo qué tamaño debía tener.3
Más pequeño.
Mucho más pequeño.
Así lo hicieron. Cuando los cimientos estaban terminados, y la gente pudo ver que su nuevo templo no era tan grande ni tan grandioso, aquellos quienes recordaban el templo de Salomón, “rompieron en llanto”.4 El nuevo templo, más pequeño, era un recordatorio visible de lo bajo que puede caer una nación.
El hecho de que un rey extranjero dictara de qué tamaño podían construir su propio templo, también les dolió. Pero los habitantes de Jerusalén no eran los únicos decepcionados con la versión económica del templo. Por lo visto, a Dios tampoco le agradó. Según lo que podemos deducir al leer todo lo que se escribió sobre este capítulo de la historia de Israel, Dios nunca se mudó a la nueva casa que le construyeron. Nunca “habitó” el templo renovado. De hecho, al final de esta trama, Dios tampoco habitó la edición renovada que construyó Herodes.
Aparentemente, Dios estaba harto de los templos.
No habían sido su idea, para empezar.
Él era el Dios Espíritu, que está en todas partes. Estaba bien en su tienda. Además, para esa época, el Arca de la Alianza estaba perdida junto con otros artículos importantes. No era como en los viejos tiempos. Sin embargo, Dios entendía lo que representaba el templo para este preciado pueblo recién llegado del exilio. Así que les habló por medio del profeta Hageo.
¿Queda alguien entre ustedes que haya visto esta casa en su antiguo esplendor? ¿Qué les parece ahora? ¿No la ven como muy poca cosa?
A lo cual seguramente respondieron: “¡Sí! Es ‘muy poca cosa’ comparado con el templo del rey Salomón”.
Continuó:
“¡Ánimo, pueblo de esta tierra!” afirma el Señor. “¡Manos a la obra, que yo estoy con ustedes!” afirma el Señor Todopoderoso. “Y mi Espíritu permanece en medio de ustedes, conforme al pacto que hice con ustedes cuando salieron de Egipto. No teman”. Esto es lo que dice el SEÑOR todopoderoso.
Aquí viene lo bueno.
Dentro de muy poco haré que se estremezcan los cielos y la tierra, el mar y la tierra firme; ¡haré temblar a todas las naciones!
Ahí está otra vez eso de “todas las naciones”. Nuevamente, parecía altamente improbable que Israel hiciera algo que hiciera estremecer a “todas las naciones”.
Luego dice:
¡Haré temblar a todas las naciones! Sus riquezas llegarán aquí, y así llenaré de esplendor esta casa, dice el Señor Todopoderoso.5
Lee cuidadosamente esos versículos (porque se me hace que nada más le diste una ojeada ¿verdad?). Nota que Dios les dijo que no iba a habitar en el templo. Al menos no en ese momento. Estaría “con” la nación y “entre” el pueblo judío. Mantendría su promesa orientada a todas las naciones (aunque hasta este punto, nadie había qué significaba esto). Sin embargo, no “llenaría” ese templo con su gloria, sino hasta una fecha futura. Luego concluye con un último vistazo al futuro:
El esplendor de esta segunda casa será mayor que el de la primera”, dice el Señor Todopoderoso. “Y en este lugar concederé la paz”, afirma el Señor Todopoderoso.6




