Todo el mundo sabe que vuelves a casa

- -
- 100%
- +
—¿Cuándo crees que la gente nos deje de preguntar? —dijo Martín una noche.
Estaban caminando a su auto desde el departamento de Claudia, cargando una botella de ron a medio terminar que su novio, Damián, había insistido en que se llevaran a su casa para la próxima vez. Para alivio de Isabel, los invitados habían sido una mezcla de profesores de la escuela de Damián y auxiliares de vuelo que trabajaban con Claudia. Hicieron las preguntas acostumbradas que la gente hace para conocerse, pero eventualmente la sala se convirtió en una reunión de profesores mientras los amigos de Claudia tomaban vino y compartían historias de terror de pasajeros en la cocina. Isabel escuchó la mayor parte del tiempo y se rio de los chistes de aviones aunque no los entendiera. Era mucho más fácil que intentar tener una conversación de verdad con Claudia, que mantenía su distancia con ella desde que se habían reencontrado.
—Por lo menos un año —dijo Isabel, contenta de poder pensar en otra cosa—. O hasta que alguien más se case. La verdad no me importa.
—Me sigues la corriente con el chiste, así que me imagino que no.
—Estaba en mis votos: aguantar los chistes tontos de mi marido.
¿Cómo no me di cuenta?
—Subtexto. Nunca fuiste bueno con el subtexto.
—Ya veo —le dio la vuelta al auto y, en un movimiento teatral, abrió la puerta del copiloto para ella—. Mientras nos comportemos como un buen matrimonio.
Isabel se rio y se metió al auto con las piernas levemente adormecidas por las tres copas de vino. En momentos como éste le parecía increíble que estuvieran juntos. Si bien lo conocía desde niños, Martín siempre la tomaba por sorpresa. Habían retomado contacto en los últimos dos años, durante una serie de encuentros extraños en fiestas de amigos en común en las que se encendieron chispas de interés en los peores momentos posibles.
La primera vez que se encontraron, Isabel casi no lo reconoció. Tenía el pecho ancho y era varias pulgadas más alto que ella, de modo que su quijada quedaba justo al nivel de su vista. Su cabello oscuro caía en picada sobre su frente, y sus ojos (que a ella siempre le habían parecido demasiado grandes para su cara) ahora estaban perfectamente enmarcados en unos lentes de armazón delgado. Todo en él era igual, sólo que más resuelto y refinado. A Isabel le dio gusto ver que había superado lo que ella y Claudia llamaban secretamente su fase Kenny G, y por un momento dudó si decírselo. Al final optó por preguntarle cómo estaba su familia.
Se quedaron platicando en el pasillo estrecho del departamento de dos recámaras de su amiga, haciendo fila para el baño. Él bromeó sobre cómo, en una relación, la gente se pasa la mitad del tiempo ocultando sus funciones humanas más básicas y sin embargo uno está perfectamente dispuesto a pararse afuera de un baño a quejarse de cuánto debe esperar como si lo único que fuera a hacer al entrar fuera admirar las formas del mosaico.
—O los jabones —dijo Isabel—. Me encantan los que tienen forma de caracol de mar.
Él sonrió e intentó repetir "caracol" tres veces seguidas, pero no pudo. Se rieron y, cuando se abrió la puerta, Isabel se dio cuenta de que Martín había estado esperando a su novia.
Se volvieron a encontrar cuatro meses después. Isabel estaba soltera. Reconoció a la novia de Martín antes de verlo a él, y al observar sus piernas largas y caderas anchas, sospechó que ella nunca sería su tipo. Se dijo a sí misma que probablemente no quisiera serlo. Terminaron la velada jugando Scattergories, y ella y Martín tuvieron las mismas respuestas tantas veces (cosas que la gente tira a la basura: vidas) que se volvió una misión personal superar al otro.
Para cuando Martín estuvo soltero y la invitó al cine y a cenar, Isabel llevaba casi un año saliendo con uno de los representantes farmacéuticos del hospital donde trabajaba. La sorprendió tanto la invitación, que entendió que le estaba proponiendo una cita doble.
—Richard se muere por probar el nuevo menú —dijo, demasiado tarde para corregir su error.
La noche se puso incómoda en cuanto la chica que iba con Martín les preguntó de dónde se conocían.
—Nos conocemos de toda la vida —dijo Martín.
Le verdad es que apenas se conocían; sólo querían conocerse.
Meses después de que por fin habían aprovechado una ventana de oportunidad para empezar a salir, Martín admitió que había decidido que le caía mal el ex de Isabel desde antes de terminar de cenar.
—Cada vez que yo intentaba dejar de verte, notaba que él estaba mirando hacia otro lado. Como si no supiera lo que tenía.
Su relación había sido enloquecida y apresurada. No había necesidad de presentarla en su familia: desde la primera vez que la volvió a ver, Elda actuó como si Isabel fuera una hija suya que acababa de regresar de un lago viaje. Claudia, por otro lado, la saludó con la indiferencia de alguien que ni siquiera se hubiera dado cuenta de que se había ido. Al principio no le importó demasiado; Isabel se lo mencionó a Martín y él le aseguró que su hermana era un poco huraña y nada más. Ella ya lo sabía, pero había otra cosa. Siempre era Elda, no Claudia, la que insistía en ponerse al corriente de los detalles de la vida de Isabel después de noveno año. Claudia jamás dirigía la conversación hacia el pasado, así que su historia como mejores amigas parecía irrelevante, como si su único propósito hubiera sido que Isabel y Martín se enamoraran. Empezaron a salir en verano y se comprometieron poco después de Año Nuevo.
—Lo sabía —dijo Claudia cuando se lo contaron.
—Gracias — Isabel no sabía si ella estaba contenta por la noticia o por el hecho de que había podido anticiparlo.
—Siempre esperé que terminaran juntos —dijo Elda.
Isabel escuchó a Martín reprimir una risa y supo que estaban pensando lo mismo: una mañana, después de que las niñas habían tenido una pijamada, Elda regañó a Martín por entrar a la cocina en calzones y lo mandó a vestirse insistiendo en que a Isabel todavía no iban a impresionarle sus cuatro pelos en pecho.
—Mamá, me avergonzaste frente a Isabel cada vez que tuviste la oportunidad —dijo Martín.
—Porque eran muy jóvenes para estar pensando en esas cosas.
—Nosotros no éramos los que estaban pensando en eso.
En momentos así, cuando Isabel sentía que era la única que no había olvidado su amistad con Claudia, Martín siempre se acordaba.
Pero no se acordaba de todo.
—¿Nunca te preguntas por qué tu hermana y yo dejamos de hablarnos? —dijo Isabel.
Miró cómo los faros del auto convertían al abismo frente a ellos en carretera; su pesada cabeza oscilaba en cada curva.
—Pensé que simplemente se habían distanciado. Cuando te cambiaste de escuela.
Lo vio encogerse de hombros en el reflejo de la ventana.
—O sea cuando se murió mi papá.
—No sabía que eso tenía algo que ver. Perdón.
—No tenías por qué, supongo.
—¿Qué quieres decir?
—Nada. Sólo que, si para tu hermana no fue la gran cosa, ¿por qué lo sería para ti? Ahora lo entiendo.
—¿Qué cosa?
—La manera en que todos ustedes enfrentan las cosas. O no lo hacen.
Durante su luna de miel y desde que habían vuelto a casa, había algunos momentos en los que Martín se quedaba callado y ella sabía que estaba pensando en su padre. Ella siempre le preguntaba si quería hablar de eso y él siempre le daba un beso en la frente, como si fuera ella la que necesitara consuelo, y decía: "no hay nada de qué hablar". Una vez que ella insistió diciendo que dudaba que eso fuera cierto, él añadió con brusquedad:
—Él nos abandonó sin una palaba. ¿Por qué habría yo de darle más que eso?
—Dame a mí más que eso —hubiera querido decir, pero lo había dejado, como siempre, para otro momento. Su frustración había crecido como una planta en la oscuridad cuyos retoños se alzan para encontrar la luz.
Apoyó la cabeza en el respaldo y volteó a ver a Martín.
En nuestra noche de bodas, después de que te dormiste, tu padre regresó.
—¿Regresó? ¿Al hotel?
Se detuvieron en una intersección junto a una via de acceso. La bandera de Texas dibujada en uno de los muros de contención se alzaba sobre ellos, y las luces más allá del paso a desnivel brillaban azules y luego rosas, delineando los bordes de la cara de Martín en neón. Por la manera en que él apretaba los labios, Isabel sabía que estaba intentando controlar sus emociones. Incredulidad y enojo, quizá. O un sentimiento de traición.
—¿Cuándo planeabas decírmelo?
Estaba esperando el momento oportuno.
—Dios mío, Isa. ¿Qué quería?
—Sólo hablar. Dijo que quería ver a tu madre...
—¿Mi madre? —empezó a frotar el volante con las manos.
—Y a tu hermana también, pero no funcionó, así que regresó con nosotros. Pero sólo yo estaba despierta —añadió, con la voz dudosa de haber dicho algo obvio.
Cuando por fin llegaron a su condominio, él le lanzó una mirada expectante.
Bueno, ¿y qué te dijo?
—Nada importante. Sólo... nos conocimos un poco. Él resopló levemente con la nariz.
—Mira qué bien.
Salió del coche y tomó algunas cosas de la cajuela; todo retumbó cuando la cerró con fuerza. Las luces interiores del auto se atenuaron, como si no percibieran que Isabel seguía ahí, y ella se permitió, durante un breve momento, fundirse con el silencio del estacionamiento. Vio que Martín la observaba desde la entrada de su dúplex, pero no tenía ninguna prisa por alcanzarlo.
Para cuando entró, Martín estaba en la cama con un libro cerrado sobre las piernas. Fingió no notar su presencia mientras ella se desvestía, se lavaba la cara y se ponía crema en el contorno de los ojos.
Cuando finalmente se metió a la cama, se abanicó con las páginas del libro y suspiró ante esa brisa.
—¿Entonces te cae bien? Ella se encogió de hombros.
—Apenas lo conozco.
Bajó la mirada y asintió, comprensivo.
—Mi mamá solía contarme historias sobre mi tío abuelo del lado de su papá, que murió una noche en que hubo un apagón porque no les había alcanzado para pagar la electricidad. Ese Día de Muertos, y durante varios años, le ponían su altar y prendían todas las luces de la casa. Querían que estuviera en paz. Querían que supiera que todos estaban bien —Martín serio, tapándose la boca con las manos—. No sé qué clase de paz cree merecer mi padre ahora. Pero de mí no la va a obtener, ni de mi mamá ni de mi hermana. Y si piensa que puede usarte para acercarse a nosotros...
—No estaba haciendo eso —dijo Isabel, quitando una pelusa de la colcha— ¿Nadie llamó para avisarles que se había muerto?
—¿Quién lo habría hecho? Cuando te digo que se fue, Isa, es como si se hubiera muerto. Desapareció de un día para otro. Como si nada. De cualquier forma ya no importa.
Pero sí importaba.
Dijo que volvería. Para intentar hablar contigo.
Martín volvió a reirse.
Tendría más suerte volviendo a la vida.
—¿Así que eso es todo? ¿Lo rechazarías? ¿Después de todo lo que hizo para verte?
—Eso es justo lo que me daba miedo. ¿Por qué seguimos hablando de él? ¿Por qué todo tiene que tratarse de él?
—¡Porque nada se trata nunca de él!
Las palabras salieron disparadas. El silencio entre ellos temblaba, revelando el impacto causado. Isabel puso sus manos en las de él, acostándose de lado para estar más cerca.
—¿En serio es mucho pedir? ¿Amarte y querer saber todo de ti?
—Yo no soy mi padre, Isa. Y él no es una especie de atajo a la persona que yo soy. No puedo creer que pienses siquiera que necesitas algo así.
Esta idea le pareció dolorosa y dulce, pero el hecho de no saber qué intención tenía su esposo al decirla sólo acentuaba lo que ella había querido decir. Quizás a eso se refería Martín al hablar de su padre. Algunas personas no hacen más que causar problemas en las vidas de los demás, y todo mejora una vez que se marchan.
—Todo esto es ridículo —dijo Isabel finalmente—. Perdóname por darle tantas vueltas.
Levantó con cuidado la mano de su esposa para llevarla a sus labios y le dio un beso húmedo, frío.
—No hay problema. Sólo prométeme que no se lo vas a contar a nadie. No quiero que se entere mi mamá.
—¿Crees que él le haría daño?
—No sé.
—¿Alguna vez lo hizo?
—No sé. La mayoría de la gente respondería esa pregunta con sí o no, pero yo no tengo idea. Ninguna de las dos cosas me sorprendería.
Con el tiempo, Isabel se esforzó en olvidar el recuerdo de Omar. A veces, cuando estaba a punto de quedarse dormida y se ponía a pensar en su noche de bodas, no estaba enteramente segura de si había sido un recuerdo o un sueño. Se despertaba y caminaba de puntitas a la cocina para servirse un vaso de leche tibia y revisar sus emails o leer las noticias en su celular. Eso la hacía sentir como si estuviera reemplazando un tipo de pensamiento con otro, algo etéreo con algo concreto, pero al terminar siempre quedaba inquieta e insatisfecha.
Intentaba encontrar maneras de preguntarle a Claudia por su padre, pero cada vez que reunía el valor para hacerlo, entraba la contestadora. Llámame cuando aterrices, le escribía en un mensaje, pero Claudia sólo contestaba: ¿Todo bien?
Sólo llamaba para saludarte .
Gracias. Estoy súper cansada, hablamos luego en casa de mi mamá?
Pero eso casi nunca sucedía.
Al aproximarse el Año Nuevo, Isabel decidió enfocarse en su vida con Martín: ahora, el año siguiente y los cinco después. Hicieron planes, presupuestos, propósitos.
Un domingo, mientras iban en el auto rumbo al cine, Isabel vio un letrero escrito a mano que decía: Open House y le pidió a Martín que diera la vuelta en U. Casi se pierde entre el mar de letreros del desarrollo inmobiliario más reciente que estaban construyendo en lo que solía ser una plantación de cítricos.
—Vamos a perdernos la película —dijo Martín como afirmación, no como protesta.
Un joven agente inmobiliario les entregó unos volantes en cuanto entraron. El lugar era una reliquia, intacto desde principios de los ochenta, pero con buena estructura. Se sentía familiar de una forma en que los centros comerciales dispersos y los vecindarios enrejados que habían aparecido en McAllen nunca se sentirían. Aquí —al interior de estas paredes amarillas y techos inclinados que terminaban en punta, como el dibujo a crayola que un niño hace de una casa— ocurriría la vida.
Capítulo 2
Marzo de 1981
—Cada uno carga su propia agua —les dijo en inglés, y luego, cuando como respuesta sólo obtuvo miradas confundidas que apuntaban en su dirección (seis pares de ojos asustadizos negándose a hacer contacto visual) lo repitió lentamente.
—Agua. Cada uno carga su propia agua.
Los migrantes asintieron al mismo tiempo. Los dos hombres se pusieron de pie y arrastraron los pies hasta el pequeño vestidor de la habitación de motel para tomar una cantimplora para cada uno de los miembros del grupo.
El coyote intentó no ver cómo sus manos, agrietadas y sucias, apretaban el metal brillante. Además del dinero para gasolina que le había pagado a un amigo para dejarlo de este lado de la frontera, las cantimploras habían representado el mayor gasto. Le habían dicho que los migrantes quizá trajeran una propia, pero cualquier cosa hubiera podido pasarles en el largo trayecto del que venían llegando. A algunos les habían robado, otros simplemente habían perdido sus pertenencias, demasiado exhaustos como para cuidarlas. Así que trajo algunas extra. Planeaba recogerlas al llegar, junto con lo que restaba de la tarifa.
Los hombres regresaron a la esquina de la habitación donde estaban todos amontonados, cada uno con dos cantimploras de agua.
La esposa, novia o lo que fuera de uno de ellos se quedó viéndolo con los brazos cruzados, balbuceando algo sobre necesitar dos más para su amiga, la única del grupo que no estaba acompañada de un hombre. Eso sí, no se despegaba de su hijita, que no tenía más de cinco o seis años.
Les había dicho que los niños no estaban permitidos, pero había dos. Por lo menos el otro era varón, unos años mayor. Parecía más o menos de la misma edad que él tenía cuando empezó a trabajar el campo. Los niños aguantan el calor, pensó, dándole la espalda a la niña y a las dos mujeres. 99 grados fahrenheit a la mitad del desierto y ellas parecían muertas de frío.
Eran las 4: 25 de la mañana. Les había dicho que pasaran al baño antes de salir. Pronto dejarían el motel y lo seguirían siete cuadras hacia la carretera. Se dirigirían al norte, avanzando por la orilla de la carretera antes de internarse en los arbustos que estaban más allá del río. El resto era engañosamente simple, millas y millas de caminar y aguantar lo que sabía que ellos ni siquiera podían imaginarse todavía. Lo había hecho incontables veces, pero hoy era la primera vez que dirigía a un grupo él solo.
—Texas no es como su hogar —dijo, esta vez intentando no mirarlos—. Es como estar en un horno. Si siguen caminando no se cuecen. Eso no tuvo que repetirlo. Pero en cuanto puso su mano en la manija, escuchó la voz grave de uno de los migrantes que les daba a sus compañeros palabras de aliento. Se detuvo al percatarse de que la niña también estaba escuchando. Se arrodilló para verla bien y le insistió en que tomara un trago de su cantimplora.
—¿Estás lista para una pequeña aventura? —le preguntó.
Todos asintieron, como si la pregunta hubiera estado dirigida al grupo entero.
El migrante se puso de pie. Era apenas dos o tres pulgadas más alto que el resto, pero delgado y con una constitución mucho más atlética que los demás. Traía puesta una camiseta a rayas azules y grises y una mochila negra que le quedaba demasiado alta sobre la espalda, casi tocando la base de su cuello.
Mr. hero, pensó el coyote, y sabía que el apodo iba a pegar, al menos en su mente, porque este hombre se convertiría en el líder del grupo.
Él era sólo el guía, el que se sabía el camino, y para cruzar necesitaban más que instrucciones. Siempre era así: la esperanza y la fuerza tenían que salir de algún lado. Le alivió enterarse tan pronto de cuál sería la fuente.
Los miró mientras reunían sus cantimploras y bolsas de plástico llenas de fotos y ropa. Al salir de la habitación, contó sus cabezas de cabello oscuro. Seis. Le habían dicho que eran siete, pero sabía que no debía preguntar por el que faltaba. Hizo las cuentas como siempre, contando los días y los estómagos hambrientos de sus hijos, que lo esperaban en casa. Seis eran suficientes, siempre y cuando no tardara en venir otro grupo.
—Vamos —dijo, alzando la voz más de lo necesario en tal oscuridad.
Capítulo 3
2 de noviembre de 2003
Año uno: papel
La mañana del sábado de su primer aniversario, Isabel despertó pensando en Omar. Dudaba de que volvería a verlo, o al menos se había convencido a sí misma de que lo dudaba, porque sabía que cuando uno espera algo nunca sucede, y cuando no lo espera, sucede. Se deslizó hasta el centro de la cama y puso el brazo encima del pecho de Martín. La agencia donde él trabajaba estaba grabando un comercial para uno de sus clientes nuevos y era la primera vez que él coordinaba un evento así de importante. Isabel tampoco tenía el día libre, pero estaba agradecida de no tener que trabajar el turno nocturno para poder celebrar el aniversario por la noche.
—Buenos días, esposo.
Le seguía encantando cómo sonaba. Las parejas de gente mayor les advertían todo el tiempo que el matrimonio es difícil y está lleno de sorpresas, y en su primer año hubo las dos cosas. En abril, la casa se inundó; en junio, el aumento con el que Martín había contado no se logró; en agosto tuvieron un susto de embarazo que jamás pensaron que los asustaría.
—Aguanten todo y verán que al final serán más fuertes.
Eso le encantaba decir a Elda y últimamente Isabel lo estaba considerando con más seriedad.
Se alistaron para el trabajo, como de costumbre. Los lavabos de su baño estaban tan pegados el uno al otro que chocaban cada vez que intentaban tomar una toalla o un peine. En cada choque, Martín aprovechaba para darle un beso a su esposa. Un beso en el cuello. Uno en el hombro. Ella estiraba el brazo para poner el cepillo de dientes en su lugar y él se acercaba a besarla.
No todas las mañanas había tiempo para estas cosas. Pero aunque no recibiera nada más de aniversario, Isabel estaba agradecida de que su esposo entendiera que el verdadero romance está en llenar de dicha los pequeños momentos.
Se despidió de Martín mientas él salía en reversa del garaje y empezó a preparar sus cosas. Abrió el refrigerador y casi tira su comida al suelo cuando vio una figura oscura detrás de la puerta.
Un alarido le arañó la garganta.
—¡Chingada madre! —gritó, y luego se tapó la boca, los ojos abiertos depar en par por la vergüenza de darse cuenta de que era su suegro.
Omar soltó una carcajada; su manzana de Adán subía y bajaba ante su falta de refinamiento.
—Perdón. Es que escucharte decir groserías es como sorprender a una bailarina echándose un pedo.
—Dios mío, Omar.
Intentó esconder una sonrisa mientras se iba a parar junto al lavabo. Sus brazos estaban extrañamente quietos; abrazarlo no parecía la mejor idea, pero no hacerlo tampoco. Sólo se habían visto una vez, exactamente un año antes.
—Ya sé que se te hace tarde para el trabajo —dijo Omar—. Pero esperaba encontrarte a solas uno o dos minutos.
—Pensé que no volverías.
Se preguntó si Omar podría notar las mentiras piadosas, si había alguna diferencia entre ellas y el engaño.
Entiendo que tienes prisa. Vete, vete.
—¿A dónde vas a ir?
—Oh, ya sabes. Quizá me le aparezca a algunas viejas novias. O le ayude a un par de amigos a hacer trampa en el póker.
Temblor de sus labios fue suficiente para que Isabel se reportara enferma. Todo lo demás parecía irrelevante. No darle a Omar algunas horas de su tiempo hubiera sido como rechazar a un mendigo que le pidiera unos centavos que había encontrado en la banqueta. Es injusto desechar lo indispensable.
—¿Dame un segundo, sí?
Cuando colgó el teléfono, su primer instinto fue ofrecerle algo de tomar.
Hace diez años te hubiera aceptado un whisky, derecho.
—¿Ya no puedes beber?
—Ni puedo ni necesito hacerlo. El cuerpo pierde importancia, ya sabes. No sé cómo más explicarlo.
—¿No sientes nada? Sonrió.
—Al contrario. A veces creo que siento demasiado.
Se aflojó el cuello de la camisa moviéndolo de un lado a otro. Traía puesta una camisa delgada, de manga larga, que a ella le recordaba a las páginas de un viejo libro de la biblioteca, y jeans gastados de mezclilla oscura con un cinturón de cuero marrón con la hebilla del tamaño de su puño. Había menos de cuatro pies de distancia entre ellos, y al observar sus movimientos Isabel se dio cuenta de que eran silenciosos. Los huesos no crujían. La ropa no sonaba al raspar las superficies. No se escuchaba siquiera el más mínimo suspiro, aunque podía ver que su pecho se expandía cuando él la miraba a los ojos.
—¿Duele? ¿Venir aquí?
Él caminó por la sala, trazando el perímetro de los estantes de madera y las puertas de vidrio que conducían al patio de atrás. Eran las diez de la mañana y la luz del sol inundaba la habitación. Pasó junto a fotos enmarcadas de su boda, de una cena familiar de domingo en casa de Elda y una foto instantánea de Isabel y Martín sentados en el pasto en un concierto al aire libre. Se detuvo un par de segundos en cada imagen antes de ver la siguiente.
Parece que pasa una eternidad cuando no estoy y todo sucede en un flash cuando estoy aquí —dijo—. Pero supongo que así es la vida, también. Dime de qué me perdí. ¿Cómo estuvo tu año?
Si se lo hubiera preguntado cualquier otra persona, Isabel hubiera dicho: "bien", satisfecha de sustituir con esta palabra una conversación con más sustancia. A veces eso era más fácil que ser honesta.
—Supongo que en algunas décadas, cuando pensemos en nuestro primer año, sólo recordaremos con claridad uno o dos momentos definitivos. El resto estará borroso. Es triste, si lo piensas.




