Todo el mundo sabe que vuelves a casa

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Se sirvió un vaso de jugo y caminó hacia el sillón, esperando que Omar la siguiera. Pero él parecía decidido a mantener cierta distancia entre ellos, como un extraño mantiene su distancia en una fila con mucha gente.
—Y dime, ¿cuáles son esos momentos que te vienen a la mente de este año? No lo pienses demasiado. Los primeros dos que se te ocurran.
Claro que no podía decirle, sin filtros, lo que estaba pensando.
—Cuando dejamos nuestro departamento, el día en que se lo entregamos al casero, yo me tomé un día libre en el trabajo, pero Martín no pudo hacerlo. Así que rentamos una camioneta la noche anterior, y como él no quería que nuestras cosas se quedaran ahí toda la noche, nos despertamos a las cuatro de la mañana para llenarla de cajas y muebles. No sé por qué pienso en eso ahora. Nos esforzamos mucho por hacerlo en silencio. Nos sentíamos ladrones robándonos nuestras propias vidas. Terminamos al amanecer. Recuerdo ver a Martín estirar su brazo para bajar la puerta de la camioneta, sorprendida de que nuestra vida cupiera en ella.
—¿Sorprendida o asustada?
—Las dos cosas —admitió—. Estaba asustada de dejarlo todo atrás. Pero también era reconfortante la idea de empezar de cero. De estar juntos sin importar a dónde fuéramos —lo recordó cerrando la puerta de la camioneta mientras pequeños rayos de sol le tocaban la espalda—. La mayoría de los días pienso en Martín corno una extensión de mí misma. Es una gran simplificación, pero en el día a día, cuando pienso en nosotros como un todo, formamos un frente unido.
Omar asintió, como si ya pudiera ver a dónde quería llegar ella.
—Esa mañana pude ver que Martín era una persona completamente distinta. No sé lo que él sienta o piense. No realmente. En esencia, vivo junto a un extraño en el que confío más que en nadie en el mundo.
—Es una confianza hermosa.
—Lo es.
No dijo más. No tenía sentido decirle a Omar lo fugaz que fue ese momento. Más tarde ese mismo día, en el departamento vacío, había pintado las paredes de blanco otra vez. Había visto, llorando en silencio, cómo su hogar se convertía en un lienzo en blanco.
—Pero te entristece. ¿ Por qué?
—Por nada en particular. Sólo las subidas y bajadas. No todos los momentos pueden ser valiosos.—Ay, mija. Hasta los peores lo son. Un día pensarás en tu pasado y estarás en duelo por lo viva que te sentiste en los momentos malos.
Tomó su vaso, sintiendo cómo su cuello se hundía más y más en sus hombros.
—Ese dolor es mejor que nada.
—Prefiero que algo me duela a olvidarlo. O que me olviden —añadió rápidamente—: ¿Cuál es el segundo momento? Me dijiste que eran uno o dos.
Isabel sonrío, envuelta en un nuevo recuerdo.
—La primera vez que todo el mundo vino a casa un domingo a cenar.
Omar se sorprendió.
—¿Aquí? ¿No a casa de Elda?
—Tampoco yo podía creerlo.
Era una tradición semanal que llevaban años celebrando; Isabel tenía apenas nueve años la primera vez que Elda la recibió en la mesa familiar. Su mamá había pasado tarde por ella y tuvo miedo de que hubiera vuelto a beber. Elda sonrió y le pidió que le ayudara a poner la mesa, entregándole un plato y juego de cubiertos extra.
—Fue idea suya, cuando compramos la casa. Le pregunté si estaba segura y me dijo: "¿De qué otra manera puedes convertir una casa en un hogar?" Así que invitamos a toda la familia. Parecíamos un anuncio de supermercado.
Todo se había sentido tan natural que Isabel pensó que ella y Claudia podrían volver a acercarse.
Tomó a Omar de la mano para conducirlo a la mesa del comedor, pensando en lo lindo que hubiera sido invitarlo a esa cena. Su piel se sentía cálida, pero Omar la soltó.
—¿Qué pasa?
—Nada. Me acabo de dar cuenta de que no les he deseado a ti y a mi hijo un feliz aniversario. ¿Qué se regala el primer año?
—Se supone que papel.
—Ah, cierto.
Le escribí una carta de amor. Pensé que sería romántico.
Omar Sonrió, pero Isabel pudo notar, por la manera en que sus ojos miraban a través de ella, que no la estaba escuchando. Su corazón se estrujó. No podría evitar desear la atención y aprobación de Omar, aunque a nadie más le importara.
Él dio un paso atrás y se frotó la frente.
Perdón. Te molestaste. Tienes todo el derecho a hacerlo. Isabel empezó a incomodarse.
—Ya sé que querías ver a Martín. Lamento que no esté.
—Ése no es el problema.
Juntó sus manos por detrás de la espalda y empezó a caminar junto a la mesa con la mirada fija en los surcos de la madera.
—El problema es que no me extraña, así que no podría verme.
Estoy segura de que una parte de él extraña a su padre.
—No entiendes. ¿Sabes qué es lo que impide que los muertos se mueran de verdad, Isabel? La memoria. Las ganas. Que tus seres amados te mantengan en sus corazones, que te extrañen. El año pasado no lo entendía. Fue un milagro que Martín me viera. Pero ya no piensa en mí. Ahora realmente no quiere tener nada que ver conmigo, y no puedo culparlo. Pero mientras se sienta así, no existo para él. Ni para Elda ni para Claudita. Por eso que no pude hablar con ellas.
—Dijiste quete rechazaron.
—Dije que no me vieron. Es diferente. No puedo ir a donde no soy bienvenido. Empiezo a pensar que sólo vuelvo por ti.
Le puso una mano en el hombro, sin moverla, y a ella se le sacudieron las entrañas.
—No puedo ser sólo yo —dijo, a punto de reír.
—¿Entonces porqué aparecí hasta que Martín se había ido?
—No es justo —dijo ella, pero en ese momento el aire acondicionado se encendió con un sonido fuerte e intrusivo y no supo si la había escuchado—. Yo no puedo ser la única razón para que estés aquí.
—Claro que no.Pero estoy aquí a través de ti y me siento muy agradecido por eso.
—¿Y el por qué?
Merecía saber esto, por lo menos.
—Para redimirme, ¿por qué más? Una segunda oportunidad.
¿No es siempre así?
Omar sonrió y se encogió de hombros, rindiéndose ante el lugar común en el que estaba cayendo.
Se quedaron parados sin propósito, preguntándose qué hacer. Isabel pensó en el verano que cumplió quince y su mamá la inscribió en el Club Boys & Girls porque no sabía qué más hacer con ella. En la alberca, entre rondas de Marco Polo y carreras al extremo más profundo y de regreso, ella y los demás niños recuperaban el aliento. Recorrían el agua preguntándose si debían seguir jugando o secarse. Isabel siempre estaba de acuerdo con lo que decidieran los demás. Era raro mantener la cara tan seria, la respiración tan nivelada, mientras sus brazos y piernas remaban bajo la superficie de la alberca, aferrándose al más mínimo pedazo de masa que la ayudara a mantenerse a flote.
¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó Omar de la manera en que lo haría un vecino mientras se acercaba a la puerta para salir.
Le aseguró que no tenía planes, que Martín no volvería hasta la noche. Él parecía tener menos prisa entonces, como un hombre agotado que admite finalmente que necesita descansar un poco.
Pasaron horas juntos. Era un día gris de otoño y el sol se sentía estancado, atrapado entre tantas nubes que era difícil saber qué hora era. Isabel le preguntó si quería recostarse un poco.
—No, nonecesito más de eso.
Se reía exactamente como Martín. Lució complacido cuando Isabel se lo dijo.
—Tengo una idea —dijo ella—. Espérame aquí.
Que su familia no quisiera verlo no significaba que él no pudiera ver a su familia. Fue por fotos viejas y cajas de zapatos llenas de recuerdos para intentar reunir todo en una narrativa coherente. Algunas ya las había visto: Martín en su graduación, Martín bailando como chambelán en la fiesta de quince años de una amiga. Había collages que ella y Claudia habían hecho en secundaria con fotos de ellas en el centro comercial o en el equipo de porristas.
Otras le parecieron como nuevas. En algunas fotos de cumpleaños de Claudia pudo ver a un joven Martín entre la gente. Entonces todavía era un espécimen extraño para ella, con su bigote ralo y sus pantalones caqui cuando todos los demás traían puestos jeans deslavados. A pesar de que era tres años mayor que ella, Isabel lo consideraba un nerd. Pero nunca se atrevió a burlarse de él.
—Era como un señorcito —le dijo a Omar—. Siempre esforzándose en ser maduro para su edad.
Omar sonrió pero no dijo nada. Cuando llegaron a las fotos donde aparecía ella con Martín, le sorprendió ver lo jóvenes que se veían hacía apenas tres años. Sus caras estaban más llenitas, pero eran de algún modo más pequeñas, con las facciones mejor colocadas en su lugar.
Estaba en su laptop, buscando entre sus álbumes de facebook, cuando Omar le pidió que se detuviera en una foto de Elda. Todo el tiempo ella había estado del otro lado de la cámara, tomándoles fotos de su niñez. Pero el Día de las Madres más reciente la habían llevado a comer para celebrar. El mesero tomó varias fotos con milisegundos de separación, de modo que, cuando Isabel pasaba de una a otra, su suegra parecía moverse; un codo girando, un ajuste de la cabeza, un mechón de pelo fuera de lugar. Elda estaba sentada al centro, sonriendo y después riéndose con los ojos entrecerrados, la boca abierta y la cabeza levantada hacia el cielo.
—Luce tan hermosa como me la imaginaba cuando pensaba en que envejeceríamos juntos.
Estaban sentados a la mesa de la cocina con los codos apoyados en la madera. Isabel había notado, más de una vez, que Omar imitaba sus movimientos.
—Tiene algo, una gracia que la hace fuerte y tranquilizante al mismo tiempo.
Era la primera vez que Isabel lo decía en voz alta, pero lo había notado años atrás, sorprendida de saber que una madre podía ser así.
Omar asintió lentamente, con los ojos fijos en la imagen de Elda mientras sus manos se enroscaban en una empuñadura suave.
—¿Todo bien?
—Me has preguntado varias veces por qué estoy aquí. ¿No te parece obvio?
Ambos fijaron la vista en los ojos de Elda, que parecía devolverles la mirada.
—¿Me ayudarías? —dijo Omar.
—¿A qué?
—Ayúdame a recuperarla. Ayúdala a verme el año que entra. Ella se quedó pensativa mientas le sacudía el polvo a su trackpad.
—Sé que es mucho pedir.
—Es sólo que no sé si algo que yo le dijera podría marcar alguna diferencia. Y le prometí a Martín...
—Tienes razón. Olvídalo —dijo—. Dime, ¿qué planes tienen para el año próximo? ¿Viajes? ¿Niños?
Agradecida por el cambio de tema, dio la misma respuesta de siempre, que aplicaba tristemente a la primera parte de la pregunta y felizmente a la otra.
—Por ahora no está en nuestros planes. Omar arrugó la nariz y sonrió.
—Los planes son sólo intentos bobos de controlar los trucos del tiempo.
Esa noche, cuando Omar se fue y Martín llegó y estaban alistándose para salir, Isabel buscó la manera de decirle a su esposo que su padre había estado en su casa. Prefería pensar en ello como algo que podía mencionar casualmente y que él recibiría del mismo modo. Por poco se topan, le hubiera querido decir, como si Omar fuera un vecino que Martín estuviera evitando. O platicamos para ponernos al corriente, como contándole de una comida con una vieja amiga.
Estudió el reflejo de Martín mientras se cepillaba con la cabeza inclinada hacia el espejo. No era su estilo preocuparse por su apariencia abiertamente, pero su cabello era un caso especial. Al menos una vez al mes Isabel lo sorprendía alineando los espejos del baño para poder ver la parte de atrás de su cabeza. Cuando era niño, Elda le había contado historias sobre su abuelo, un hombre tan amargado que se negó a hablar con ella cuando se fue a Estados Unidos en contra de su voluntad y que se había quedado calvo a los treinta años. La perspectiva de perder el cabello prematuramente había perseguido a Martín desde entonces.
—Te ves muy guapo —dijo.
Bajó la mirada hacia el lavabo, avergonzado de que lo hubiera visto. Una vez le había dicho que era una preocupación tonta, porque ella lo amaría aunque estuviera pelón como un cactus, pero a él no le hizo gracia.
—Corazón, te preocupas demasiado —se sentó en la orilla de la tina y se puso a jugar con un pasador que había dejado en el lavabo—. ¿Notaste el cabello de tu papá? ¿Y tenía cuántos años, sesenta al menos?
—Sesenta y dos —dejó el peine y le dio un beso en la mejilla—. Tal vez tengas razón. Puede ser que eso haya sido lo único bueno que me dejó ese cabrón —serio, pero no alcanzó a esconder su ira—. Perdón. Me propuse no pensar en él esta noche —respiró hondo y puso sus manos en los hombros de Isabel, sonriendo como si estuviera a punto de darle algo—. Esta noche sólo se trata de ti y de mí. Te lo prometo.
Capítulo 4
Marzo de 1981
Podría ser peor, pensó Miguel. No es tan agotador como dijeron que sería. El clima era seco y sin viento, pero a esta hora apenas incómodo. Sus hermanos y hermanas habían perdido la costumbre, por el tiempo que llevaban viviendo del otro lado. Habían olvidado, tras años de aire acondicionado, lo brutal que puede ser el calor en casa, cómo se multiplica con tantos cuerpos en un mismo espacio.
Por eso le habían dicho que se fuera, decidió mientras el grupo cruzaba la carretera. Por puro egoísmo, no querían uno o dos más. Miguel había visto su sala —¡una habitación en donde nadie duerme!— en fotos que le habían enviado junto con cajas de zapatos nuevos y ropa nueva, jabones y champús, todo con la etiqueta puesta todavía. No eran regalos, pensó, eran caridad. Cuando las cosas llegaron, sus propios hijos lo miraron como si fuera Navidad.
Ni siquiera se molestaron en darle las gracias porque sabían que su padre no hubiera podido comprarles eso.
Todo lo que él les daba era considerado su obligación: un techo sobre la cabeza, dos comidas al día. Hasta él pensaba que nunca era suficiente, y los días en que la lluvia se colaba por el techo, empapando el colchón en que su familia dormía sin importar el rincón de la casa donde lo pusieran, sabía que no lo era. No sobrevivirían en camas llenas de moho, comiendo sólo arroz, huevo y agua con azúcar. A su esposa e hijos les daba hambre apenas dos horas después de haber comido. A pesar de haber sacado a los niños de la escuela para que ayudaran a su mamá a vender tarjetas postales y kits de costura, cuando juntaban las ganancias del día con las suyas de la fábrica, el dinero se iba tan rápido como llegaba. El costo de vida se había empezado a sentir como una deuda imposible de saldar. Crecía con cada respiro. Ni siquiera el aire era gratis.
—¡Apúrense! —les gritó el coyote desde un lado de la calle, y apresuraron el paso mientras se acercaban las luces de una camioneta.
No es la migra, pensó. La migra iría más despacio. El vehículo pasó a su lado, lanzando una ráfaga cálida de aire en su dirección.
Miró a su hijo, que ya arrastraba los pies en la carretera perfectamente pavimentada.
—No empieces. Ya casi llegamos.
—¿A dónde? —preguntó Tomás—. Dijiste lo mismo hace cinco días.
—Es porque no habíamos llegado a Tamaulipas. Ya cruzamos cuatro estados. Nos falta sólo uno.
—¿Y luego qué?
—Ya estuvo. No me contestes así —si Miguel hubiera hecho eso de niño, su padre le habría pegado durante días—. No hagas que me arrepienta de haberte traído.
Ni siquiera había sido su idea. Cuando perdió su trabajo y decidió irse al norte, su esposa insistió en que se llevara a su hijo.
—Nosotras dos podemos quedarnos en casa de mi mamá, y así ni siquiera tenemos que preocuparnos por la renta —dijo, refiriéndose a ella y a su hija de siete años—. Pero tres, y ahora que Tomás ya puede trabajar... todos tenemos que poner de nuestra parte.
Su hijo se había emocionado más por el viaje que él. Para Tomás, el norte era mítico, un lugar donde todo era nuevecito y hasta los perros se bañaban en agua limpia.
—No es por eso que nos vamos —le había dicho, explicándole que los juguetes y la ropa que su tía y tíos habían mandando eran un lujo. Si de veras hubieran querido ayudar, habrían mandado dinero, latas de comida.
Podían sobrevivir sin esos regalos bonitos, y lo habían hecho desde que su hermana le escribió para decirle que las cosas se habían puesto difíciles porque había perdido uno de sus trabajos.
Uno de sus trabajos. Hasta las mujeres los consiguen como si nada, pensó.
Dieron vuelta a la derecha en una calle estrecha, polvorienta, y eventualmente llegaron a una cerca de alambre de púas que decía PROPIEDAD PRIVADA. Alguien le había hecho un agujero lo suficientemente grande como para que un perro o un niño pequeño pudiera pasar por ahí.
—Rápido —dijo el coyote—. Por encima o a través de ella.
Miguel fue el primero; escaló hasta arriba y luego brincó al otro lado. Se dio la vuelta y extendió el brazo para ayudarle a su hijo, pero otros se abalanzaron: primero la niña, luego las mujeres y sólo hasta que otro hombre del grupo insistió en que Tomás pasara antes que él, su hijo se arrastró en el lodo como un tlacuache.
—A la próxima te quedas junto a mí —dijo Miguel—. Estas personas, con sus ojos desesperados y murmullos llenos de miedo, no son personas en las que podamos confiar.
Capítulo 5
Junio de 2014
Había nubes que colgaban del cielo inadvertidas y nubes cuyas sombras se arrastraban sobre la superficie de la tierra, bloqueando al sol. Isabel, metida en el agua hasta el cuello, vio cómo el océano se volvía gris. La sal le picaba en los labios cuarteados y tenía que parpadear cada vez que una ola le besaba la cara.
Se dejó llevar por la corriente y se trepó a la espalda de Martín. Chango, le llamaba a ese juego. Los días en que el océano no jalaba a sus cuerpos en direcciones opuestas, se sujetaba —con las piernas alrededor de su cintura, los brazos sobre sus hombros y la cara apretada contra la parte alta de su espalda— y se quedaban de pie en el agua, juntos, livianos.
El momento pasó tan rápido como las nubes, que se extendían en el cielo como una telaraña. Habían conducido durante una hora y media desde McAllen hasta South Padre Island cubiertos por los últimos momentos del amanecer, acelerados como adolescentes. La noche anterior, la oficina de Martín se había inundado por una tubería rota, y como Isabel trabajaba turnos de 4 a 10 en el hospital, de pronto tuvieron una mañana de viernes libre. Día-libreee, le cantó Martín dulcemente al oído. Él se había encargado de empacar todo: toallas, sillas, latas de refresco en una hielera llena, con tortas de jamón y queso hasta arriba, una bolsa de papas y un balón de futbol que ella estaba segura de que jamás habían usado. Isabel sólo tuvo que ponerse el traje de baño.
La isla no era nueva para ella. Había sido el lugar donde acampaba en los fines de semana con su familia antes del divorcio, donde aprendió a nadar. Había sido la meca de sus amigos de la universidad durante las vacaciones de primavera, donde, a los 21 años, se había tirado del bungee por primera vez desde una plataforma elevada de sesenta metros desde la que la entrada de la tienda de recuerdos, con forma de tiburón gigante, se veía minúscula.
De todos modos, cuando sus pies tocaron la arena esa mañana, se sintió maravillosamente sorprendida.
—Esto es lo último que esperaba hacer hoy —dijo.
Martín le dio un beso en el codo, que estaba justo debajo de su barba.
—Te dije que tendríamos más días así. Una promesa es una promesa.
A su izquierda, a la distancia, estaba el muelle en el que Martín le había propuesto matrimonio. No había estado tan vacío entonces como estaba ahora, pero los pocos turistas y pescadores que paseaban por ahí habían tenido la amabilidad de fingir que no se daban cuenta de lo que estaba pasando, así que el momento se había mantenido privado en vez de convertirse en un espectáculo. Recordaba cómo, cuando Martín se arrodilló e incluso antes de que ella viera el anillo, le preocupó que éste se cayera entre los tablones de madera. Ella también se había puesto de rodillas, porque quería verlo a los ojos, y había ahuecado las manos debajo de las suyas como si el agua se fuera a escurrir entre sus dedos.
—No me lo tomé literal —contestó ahora.
—Ya sé. Pero si nos dábamos tiempo antes, podemos dárnoslo ahora.
Lo hizo sonar como algo que pudieran replicar, algo para nada finito.
Caminaron de regreso hasta sus toallas. Hacía tanto calor que la humedad se les evaporó de la piel en el tiempo que les tomó comer sus tortas. La arena estaba firme, tan densa que Isabel tuvo un calambre en el pie cuando intentó escribir su nombre en ella con el dedo gordo. Los pájaros merodeaban cerca de ellos, cada uno atento a las migajas que dejaban los demás. Para media tarde, estaban rodeados por los niños de la isla en uniforme de escuela, jóvenes celebrando la hora feliz en sus autos y jubilados en ropa de cuero que habían salido de sus departamentos sin más que una alfombra de playa donde recostarse.
Pronto le dio hambre y, como si nada, Isabel decidió que era hora de irse.
Cuando volvieron al auto, había varias llamadas perdidas y mensajes de voz de un número desconocido en el celular de Martín, una notificación tras otra.
—Alguien que me quiere vender algo —dijo, bajándole el brillo a la pantalla— . Ponlos, si quieres.
Ella se resistió. Si fuera una emergencia, mandarían un mensaje de texto. En el camino de regreso, se detuvieron a comer fish and chips en un restaurante del muelle. No fue hasta que llevaban casi una hora en la carretera y estaban lo suficientemente cerca de la casa y sus rutinas cuando Isabel empezó a escuchar los mensajes en el altavoz. El primero era una voz joven y profunda en español, probablemente número equivocado.
—Pon el que sigue —dijo Martín.
Era una variación del primero. Tío. Estoy aquí. En McAllen. Me dijeron que te llamara cuando llegara, para que pasaras por mí.
El siguiente, más urgente. Estoy justo en la autopista y Second Street. En una tienda llamada H-E-B. Traigo jeans y una playera azul marino con un tigre.
El último, como si hasta ahora se le hubiera ocurrido mencionarlo: Soy Eduardo.
—Carajo —dijo Martín—. ¿Por qué nadie me dijo?
—¿Sabes quién es?
Le cambió al carril de alta y le pidió a su esposa que volviera a poner el último mensaje. Aceleró antes de que el chico pudiera repetir su nombre.
—Es Sabrina. O sea, su hijo. No hemos hablado desde que él tenía trece, pero es su voz.
Ella intentó recordar quién era Sabrina, pero siempre le costaba trabajo con la familia de Martín. Había tantas tías y tíos que nunca podía llevar la cuenta, y más contando a los de México, a quienes no conocía.
—Sabrina es...
—Mi tía, del lado de mi papá.
—¿Hermana de Omar?
Estaba demasiado concentrado en abrirse paso en el tráfico como para contestar bien.
—Vamos a arreglar esto —dijo finalmente, y hasta entonces la posibilidad empezó a dibujarse para ella.
Pudo ver cómo, detrás de ellos, el cielo se oscurecía y el horizonte se volvía brumoso. Se habían ido de la playa justo a tiempo para evitar la tormenta.
El estacionamiento del H-E-B estaba atascado con los autos de las cinco de la tarde, todos esperando mientras los clientes entraban a comprar provisiones de último momento para el fin de semana. Casi al fondo del lugar había una torre de policía en la punta de una plataforma blanca que se levantaba hacia el cielo. No se veía tan grande como para sostener a más de uno o dos policías, y con sus vidrios polarizados era imposible ver lo que había dentro. Isabel nunca había pensando mucho en eso —asumía que buscaban traficantes de drogas o ladrones de autos insignificantes— hasta hoy.
—¿Por qué nadie nos dijo? —dijo otra vez Martín.
Se detuvo en la exhibición de muebles de exteriores a orillas del supermercado, donde una reja negra entrelazada con viñas delimitaba la zona de descuentos. Detrás de eso, al fijarse bien, vio a un chico. Un adolescente, quizá. Sus mejillas y su frente lucían quemadas y parte de su ropa estaba rasgada. Cuando vio a Martín, tomó la bolsa grande del suelo y se dirigió al auto. Apenas hubo tiempo de saludarse o abrazarse antes de que se apresurara a subirse al asiento trasero. Si vio a Isabel, no dio muestras de ello. Jaló el cinturón, que estaba debajo de él, haciéndolo a un lado como si fuera una molestia.




