Todo el mundo sabe que vuelves a casa

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—Tienes que ponértelo. Es la ley aquí —dijo ella en español, más fuerte de lo que quería. Él le sonrió, asombrado—. ¿Quieres una coca? Hay unas en la hielera blanca que está detrás de ti. También hay un sándwich.
Los tomó y balbuceó un gracias. Martín finalmente los presentó, a través del espejo retrovisor, una vez que estaban en la salida. Ella intentó observarlo sin verlo fijamente; estaba lleno de raspones y heridas, y se preguntó qué tan pronto podrían llevarlo al hospital.
—¿A qué hora llegaste? —le preguntó.
— Hace dos o tres horas.
Ella asintió. Cuando un chico como él llegaba consciente a la sala de emergencias, ella le preguntaba su nombre, el año en el que estaban, su cumpleaños y si tenía hermanos o hermanas. Hacía tiempo había aprendido que preguntar la fecha o el nombre de la ciudad en la que se encontraban era demasiado específico: si el chico no podía contestar, no había manera de saber si tenía una contusión, si estaba desorientado o si sencillamente no lo sabía. Esta vez no preguntó nada de eso, por miedo a obtener respuestas reales. Volteó para otro lado para darle privacidad.
—¿Tu mamá sabe que estás aquí? —dijo Martín. Eduardo apretó más fuerte la bolsa con sus cosas.
—Todavía no.Pero fue su idea. Me dijo que te llamara.
— Le hablamos entonces. Cuando lleguemos a la casa.
Su tono era estable y su voz, lenta; Isabel reconoció esa cadencia. Martín tendía a sostener el aire dentro cuando intentaba mantener la calma.
Cuando llegaron a la casa, Eduardo preguntó si podía bañarse. Martín puso los brazos sobre los hombros del chico y caminó con él hasta el baño, a pesar de que estaba a pocos pasos de distancia. Isabel le trajo dos toallas limpias, un jabón y ropa que a Martín le quedaba un poco chica. La regadera silbó y la tubería crujió a través de las paredes. De cualquier modo, Isabel y Martín bajaron la voz, sus cuerpos acurrucados en la esquina de la cocina.
—Me hubieran avisado —dijo Martín.
—¿Qué más da a estas alturas? —No era su intención ser brusca, pero él no había dejado de repetir lo mismo desde que escucharon el primer mensaje— . Sólo tenemos que hablar con su mamá —añadió, frotando el brazo de Martín mientras hablaba.
—Seguro se fue hace meses.
Meses antes, Isabel había atendido a una adolescente y a su hermanito de seis años por deshidratación. Habían pasado más de un año de tren en tren, intentando cruzar no una, sino tres fronteras desde Honduras hasta Texas, y habían sido detenidos y deportados más veces de las que podían recordar. Esperaba que Eduardo no hubiera intentado subirse a la Bestia, pero no le dijo nada a Martín. En vez de eso, preparó una cafetera mientas él buscaba en los cajones el pequeño directorio con los teléfonos de su familia.
Ha sido un verano muy caluroso.
Afuera de la ventana de la cocina, en el patio de junto, el viento levantaba una espiral de polvo en el aire y el sol del atardecer pintaba el cielo de naranja rojizo. Isabel pensó en las mejillas quemadas de Eduardo, en cómo la grasa de su cara joven parecía sobrepuesta en su cuerpo esquelético.
—¿Cuántos kilómetros son de camino?
Una pausa, y luego el sonido frenético, manufacturado, de los dedos sobre una pantalla de celular.
—Mil ochenta y tres —contestó Martín. Ella respiró profundo.
Recuérdame, ¿Sabrina es la de en medio?
—La más joven. La única hermana de los siete.
Ella intentó imaginarse el árbol familiar. Los abuelos paternos de Martín estaban enterrados en McAllen, aunque él nunca había tenido interés en visitar sus tumbas. De Sabrina sólo sabía que era la única hermana de su papá que él había conocido .
Espera... eso quiere decir que Eduardo es tu primo, no tu sobrino.
—Por edad, podría ser su tío. Así me ve él, y así me dice. Ya sabes cómo son estas cosas.
—La verdad, no. Tú siempre asumes que todas las familias son iguales.
—Cierto. Se me olvidaba.
—¿Qué cosa?
—Nada —había encontrado el directorio y estaba apoyado en la barra de la cocina pasando las páginas—. —Ya sé que mi familia es una locura, pero eso no quiere decir que la tuya sea mejor.
—Nunca dije eso.
Quería que volteara a verla para que notara que lo decía sinceramente.
Pero lo piensas. Cada vez que te preguntan de dónde eres, te ríes y dices que tu familia ha estado aquí desde que Texas era un país.
La regadera se cerró.
—Es un chiste. Sabes que ésa no es mi intención.
Podían escuchar los pequeños movimientos de Eduardo en el baño; la cortina abriéndose, la toalla sobre el cabello mojado. Martín bajó la voz y se acercó a ella.
—Estoy seguro de que todo se aclarará cuando hablemos con su mamá.
—¿Listo? —dijo Martín cuando Eduardo entró a la cocina.
Marcó el número y se puso el teléfono en la oreja, luego lo separó para ver la pantalla. Terminó la llamada y volvió a marcar. Otra vez no entró y empezó a buscar de nuevo en las páginas del librito.
—Éste es el número, ¿cierto? Eduardo negó con la cabeza.
—Ése es el del restaurante. Tuvo que cerrarlo hace años —anotó otro número en el directorio con una caligrafía que lo hizo parecer todavía más joven—. Es el de nuestros vecinos.
Llamaron tres veces, pero nadie contestó.
—Lo intentamos al rato. No pasa nada.
Deseó que Martín no hubiera dicho eso. Era un pésimo mentiroso.
—Hubiéramos llamado antes, pero mi mamá no quería preocuparlos.
—Está bien —dijo Isabel.
—Lo importante es que llegaste a salvo.
Martín lo abrazó y sus cabezas chocaron una contra otra, sus cuerpos rígidos e inflexibles.
Se le ocurrió a Isabel, tras preguntar por la mamá de Eduardo como si la hubiera visto apenas ayer, que éste ere el bebé que Martín había tenido en sus brazos de recién nacido. Su esposo habría tenido 17 la primera y única vez que él y su hermana visitaron Michoacán con su mamá.
Isabel recordaba bien el viaje porque, cuando volvieron, Claudia le había mostrado fotos de ellos jugando con Eduardo. Le contó a Isabel todo sobre su tía, que no estaba casada y que acababa de tener un hijo de un hombre que la había abandonado. Le dijo que su madre la intentó convencer de que se fuera a Estados Unidos, pero ella se había negado. Aquí está mi casa, había dicho Sabrina una y otra vez. Eso había sido más de quince años atrás, poco antes de que las cosas entre ella y Claudia cambiaran.
—Debes estar cansado.
Buscó en los ojos verde claro de Eduardo, que brillaban como canicas contra el cuero, e intentó verse a sí misma y a su hogar a través de ellos.
—Tenemos un cuarto de visitas en el que puedes descansar —le ofreció Martín.
Descansar, pensó Isabel. La palabra le sonó extraña. ¿Descansar antes de volver a irte? ¿Descansar en un cuarto de visitas que puede convertirse en el tuyo durante noches enteras, semanas, años?
Había mucho que hablar, pero aún no era el momento. Como enfermera sabía que la confianza no se ganaba diciendo ciertas palabras, sino silenciando las que los pacientes no querían escuchar. Cómo y por qué sucedían las cosas, cómo las solucionarían ... eran asuntos que ellos compartirían a su propio tiempo. Los pacientes que le revelaban todo eran los más difíciles de dejar ir. Me caes bien, pero no quiero verte nunca más, ¿ok?, les decía. Y ellos siempre se reían al marcharse.
Sin verlo demasiado fijamente, intentó evaluar sus heridas.
—Tengo vendas y pomada en el baño. ¿ Por qué no me ayudas a arreglar el cuarto para que te cure?
Condujo a Eduardo por el pasillo y puso el kit de primeros auxilios encima de las sábanas limpias. Él se ofreció a cargarlas mientras se dirigían al cuarto de visitas.
Era un espacio simple de tres por tres metros en el que nada era nuevo excepto la alfombra, que el dueño anterior había reemplazado. Como no habían tenido ningún huésped todavía, esta habitación era su última prioridad. Las paredes estaban pintadas de beige y el colchón desnudo estaba sobre una base metálica que se zangoloteaba si te movías demasiado.
—No es... —empezó a decir, pero se detuvo. Quizá este espacio era la gran cosa, comparado con los lugares donde él había estado antes—. No es que recibamos visitas tan seguido, así que no habíamos hecho la cama ni nada.
Eduardo puso el edredón y el kit de primeros auxilios en el piso y colocó el cubrecama sobre el colchón. Estaban parados en lados opuestos de la cama viendo cómo las sábanas se llenaban de aire, formando paracaídas sobre la superficie.
—Mi mamá nos dejaba saltar en la cama a mis hermanas y a mí, para sacar el aire —dijo Isabel.
La mía también.
Cuando terminaron de tender la cama, Isabel le pidió que se sentara.
—¿Te subes las mangas, por favor?
Le advirtió que le ardería, pero él ni se movió. La cortada estaba abierta, pero no era demasiado profunda. La sangre, que no estaba seca, todavía, lucía brillante y granulosa, como un sándwich de mermelada partido a la mitad. Medía unos doce centímeros a lo largo del tríceps, hasta el codo. Isabel cortó un pedazo cuadrado de gasa a la mitad y le pidió que lo detuviera en su lugar mientras lo adhería a su piel.
—¿Hay más? —le preguntó.
Asintió. Se arremangó el otro lado y se tocó el hombro, alzando el codo hacia ella. Era un rasguño pequeño, del tipo que no tiene sangre sino carne blanca, punzante, que se niega a sanar. Le puso agua oxigenada y no dijo nada mientras alistaba un curita. Eduardo dio media vuelta y levantó la parte de atrás de su playera, mostrándole una herida similar a la primera. Torciendo su cuello, la miró a la cara.
Isabel asintió con seguridad y puso manos a la obra. Una pedazo de piel lastimada tras otro, él le mostró los souvenirs de su viaje. No le quitó los ojos de encima, esperando una reacción. Cuando acabó de curarle las heridas frescas, él le mostró las otras: moretones amarillos y verdes que llevaban semanas ahí, un punto en el cráneo dónde no volvería a crecer pelo, una uña del pie arrancada que iba creciendo poco a poco.
Isabel se arrodilló y tomó su pie desnudo entre sus manos, separando los dedos para examinarlos.
—Tomará un rato, pero vuelve a crecer —le aseguró. Eduardo se encogió de hombros.
Los policías hicieron una redada en la Bestia cuando alentó su paso, a las afueras de Monterrey. Se llevaron hasta mis zapatos. Yo sólo corrí. No me di cuenta de que ya no tenía uña hasta que vi la sangre en mi calcetín. No me dolió —añadió, como consolándola.
Capítulo 6
Marzo de 1981
En casa la llamaban gorda. Vieja. Fea. Porque cuando tu esposo te llama así frente a todos, tú te conviertes en un chiste. Y a todo mundo le encanta ser parte de un chiste.
Le habría gustado que él pudiera verla ahora. Su cuerpo gordo, viejo y feo alejándose de él. Caminando durante kilómetros y días y semanas, cruzando montañas y ríos, poniendo entre ellos un espacio más grande que su ira. Lo único que lamentaba era no haber podido ver su cara el día que se despertó —probablemente más tarde del medio día, con la cara pegajosa de baba, su aliento y sudor goteando alcohol— y se dio cuenta de que lo había dejado.
Finalmente. Fuera. Basta.
Pero todavía le dolía. No sólo la herida en su abdomen, sino la idea de él, de ese hombre por el que había aguantado tanto. Habría sido más fácil si hubiera llegado a odiarlo, pero Marisol no podía evitar amarlo todavía. Lo que más dolía eran los momentos en que lo extrañaba. En que fantaseaba que había salido a comprar comida o flores y no a putear como siempre, metiéndosela a mujeres sucias para volver a casa y abusar de ella como si no fuera más que un juguete para él, siempre abierta. Y luego, cuando ella se había desmayado un par de veces por sus golpes, cuando pensaba que finalmente se iba a morir, deseaba que él se le uniera.
¿Qué clase de amor era éste? ¿Qué clase de mujer sueña con matar a su marido? A veces miraba a su hija con miedo a que lo que sentía por su esposo y lo que sentía por ella vinieran del mismo lugar. ¿Y si el diablo interior la consumía y no quedaba nada puro para Josselyn? Nunca se lo perdonaría. No se convertiría en la mierda insignificante que su marido decía que era.
Pero ahora, en ese camino invisible, se preguntaba si había manera de evitarlo. Durante los primeros cinco días de viaje habían tomado tres diferentes autobuses. Al sexto, cuando se dio cuenta de que necesitaba racionar su dinero, se detuvieron en una iglesia para descansar y comer algo. Las monjas las despidieron con el estómago lleno, oraciones y dos galones y medio de agua. Como ella sólo podría cargar dos, tuvo que pedirle a su hija que le ayudara con el otro medio.
En la décima noche, en el autobús en que cruzarían medio país, Marisol sintió el cuerpo de un hombre restregarse con ella, sus dedos rajados jalarle el cuero cabelludo. Todos estaban dormidos, hasta Josselyn, que estaba acurrucada debajo de la cobija que compartían. Nadie habría pensado que sus gritos estaban fuera de lugar, pero Marisol temió que el forcejeo despertara a su hija en una pesadilla de la que nunca pudiera recuperarse. Silenciosamente, como un escarabajo volteado al revés, se retorció. Al menos eso había aprendido de su esposo, la velocidad: cuando ya no puedes protegerte, haz más difícil que te atrapen, que te lastimen, que te sometan. Esto había resultado contraproducente, claro, el día en que él le encajó un machete en el estómago. Había tenido la suerte de que estuviera borracho y demasiado débil como para que el machete la atravesara más allá de la piel. Una vecina la suturó y le dijo que la próxima vez eso no bastaría para salvarla.
¿Cómo hubiera podido saber que la próxima vez el ataque no vendría de su esposo, sino de aquel monstruo del autobús?
¿Cómo hubiera podido saber que toda la fuerza que quiso tener durante años finalmente se manifestaría en la penumbra en movimiento?
Ocurrió más rápido de lo que podía procesarlo. Incluso ahora, lo único que recordaba eran los ojos de ese hombre, cómo al intentar someter su cuerpo había jalado la cobija a un lado, desplazando la hambrienta mirada hacia su hija. Y luego cómo se habían sentido esos ojos, cálidos y elásticos, cuando Marisol los empujó dentro de su cráneo. Nadie se inmutó mientras el hombre se alejaba de ellas tambaleándose, aturdido de dolor. A veces se preguntaba si lo había soñado, si era una pesadilla que aún le latía en el pecho.
Esos fueron los primeros diez días del viaje. Ahora, con el desierto desplegado frente a ella, el tiempo se empezó a hundir, a estancarse.
—Mamá, estoy aburrida —dijo su hija, jalándose la playera que se había atado en la cintura.
Ésa había sido la queja principal de Josselyn desde el principio. No "¿falta mucho?", no "tengo sed" ni "tengo miedo", no "¿cuándo vamos a comer?" Josselyn apenas tenía ocho años y ya era sabia para su edad. Su mayor dolor no venía del hambre o del peligro, sino de no tener nada que hacer. Quizá su hija tenía razón. Quizá la falta de sentido era lo más riesgoso para su vida. Vivir, pero sin propósito. Existir sin ser visible. Dejar todo atrás y que todo te dejara a ti.
Bajó la mirada al piso. Sus tobillos y pantorrillas se estaban hinchando. Sus pies se sentían como si estuvieran a punto de desparramarse de sus zapatos de tela. Lo único que podía oír era su propia respiración y jadeos.
—Ya sé —le dijo a Josselyn—. Vamos. A. Jugar. A. Ver. Qué. Nopal. Me. Quiere. Más.
Cada palabra la sofocaba.
La cara de su hija se iluminó con la mención de su juego favorito. Hasta la mujer que caminaba cerca de ellas, la que se había unido al grupo unos días antes, sonrió. Ya no se acordaba de su nombre, pero la generosidad en sus ojos se había vuelto conocida.
—Yo primero, yo primero —dijo Josselyn.
Los pasos de la niña se convirtieron en saltos a medida que se aproximaba al nopal más cercano. Era una cosa pequeña y rechoncha. No como esos nopales altos, como árboles, que aparecen en las caricaturas. Los espinosos discos verdes brotaban en grupo. Señaló uno que era asimétrico: dos medios círculos unidos como siameses. Uno había crecido más alto y delgado, como tratando de alejarse de su gordo compañero.
—Éste me quiere un poquito —dijo Josselyn.
Esperó a que su mamá la alcanzara unos pasos más adelante. El resto del grupo les llevaba bastante ventaja; estaban lo suficientemente cerca para poder verlos, pero no escucharlos.
—Éste —se acercó a uno más bonito. La forma era casi perfecta, pero su piel era café y agrietada—... me quiere más.
—Éste no me quiere nada —dijo unos segundos después.
Habían llegado a uno que parecía atropellado. Estaba partido a la mitad, cada parte torcida en direcciones opuestas.
Marisol sonrió y le dijo a su hija que siguiera buscando.
Josselyn dio un alarido tan fuerte que el coyote volteó a verlas y les gritó que guardaran silencio. El sol había empezado a salir y el cielo estaba ya entre la luz y la oscuridad, no lo suficientemente luminoso como para poder ver demasiado, pero sí para que sus figuras se proyectaran en el horizonte.
—¡Éste es el que más me quiere! —dijo Josselyn, victoriosa en su susurro.
El nopal que había escogido tenía la forma perfecta, intacta de un corazón.
Capítulo 7
Eduardo durmió. A pesar de que había dicho no necesitarlo, su cuerpo fue más sabio que él. Isabel dejó la puerta entreabierta y caminó silenciosamente hasta su habitación, donde encontró a Martín en la cama, con su laptop. Volteó a verla cuando se sentó junto a él, sorprendido de encontrarla ahí.
—Gracias por cuidarlo —Martín puso una mano sobre las suyas y se cubrió la cara con la otra, estirando sus mejillas y párpados inferiores—. Lamento que hayas tenido que lidiar con esto.
—Estamos lidiando con esto —corrigió ella, pensando en el comentario que él había hecho antes sobre sus familias. Su agradecimiento no era el mejor sustituto de una disculpa, pero él también había dejado pasar el hecho de que ella reaccionara bruscamente un par de minutos antes—. Ha sido un día largo. ¿Por qué no apagas eso y nos dormimos?
Negó con la cabeza y volteó la pantalla hacia ella. La luz blanca le lastimó los ojos, pero cuando se ajustaron pudo ver que tenía varias pestañas abiertas: en su mayoría recursos sobre migración, pero también el consultorio de un pediatra y la página de su antigua preparatoria.
—Esto es cosa de papeleo y abogados y —dijo burlón e incrédulo— el mismo miedo constante otra vez.
Isabel pensó que estaba exagerando y sintió como si se hubiera tomado una decisión en su ausencia.
—No es permanente. Hay que esperar hasta que hayamos hablado con los vecinos. Mañana.
Él tomó un respiro hondo y sostuvo el aire adentro.
—La línea de los vecinos está muerta. No quise decir nada frente a Eduardo.
—Pues intentamos con los otros números —dijo ella, sentada sobre sus rodillas—. ¿Y todos los demás primos y tías y tíos en tu directorio? He visto lo grueso que es. No me digas que el número de Sabrina es el único.
—La mayoría son direcciones y números del lado de mi mamá. Del de mi papá sólo tengo el teléfono del restaurante de Sabrina. Casi todos trabajaban ahí. Si de verdad cerró, no tengo idea a dónde fueron. No sé por qué nadie me dijo nada.
—¿Cuándo fue la última vez que hablaste con alguno de ellos? Se quitó los lentes y se dio un masaje en el puente nasal.
—El hecho es que no tiene a nadie más. Sólo a nosotros.
Era como si hubieran estado jugando un cruel juego de "tú las traes" y de pronto todo mundo se hubiera ido, cansado de jugar.
—Lo siento, Isa. Pero no podemos darle la espalda.
—Nunca dije algo así.
—¿Entonces qué? Yo sé que esto no estaba en nuestros planes. — Isabel no podía soportar su tono un segundo más.
—Vamos a esperar un par de días. Las cosas siempre terminan por acomodarse.
Cuando Martín se quedó callado —simplemente volvió a su computadora— ella se acurrucó en su lado de la cama y esperó una pausa en el tecleo que nunca llegó.
No importó que Eduardo estuviera dormido casi todo el día siguiente. Les dio una ilusión de calma que duró hasta la tarde, cuando Isabel y Martín se dieron cuenta de que tenían que ir a trabajar el lunes temprano y no podrían dejarlo solo.
Llamaron a Elda, esperando que dijera que no. Pensaron que mandaría a Omar y a su familia entera al infierno, pero le ganó la curiosidad.
—¿Sabrina lo mandó? ¿Después de tanto tiempo?
—Me lo dijo como si no me creyera —dijo Martín, contándole la conversación a Isabel—. Como si jurara que recogí al niño equivocado.
—¿Pero lo va a cuidar?
—Mi hermana y ella van a llegar temprano en la mañana.
Isabel sintió el estómago hecho nudo. Así se quedó toda esa noche y hasta la mañana siguiente, cuando todos se saludaron, amontonados en el pasillo.
—Mírate nada más, más alto que tu mamá —dijo Elda sin formalidades. Abrazó a Eduardo con cuidado, como preocupada de no asustarlo. Cuando Claudia sólo le tendió su mano derecha, Elda dijo:
—La última vez que viste a Eduardo era apenas un bebé. Gordito, siempre riéndose. Lloraste a la hora de irnos.
—No me acuerdo.
Claudia le dio la mano y les lanzó a los demás una sonrisa sarcástica, con los labios apretados. Algunas cosas no cambiaban con los años.
En cambio Elda era una revelación diaria. Por primera vez, Isabel la estaba viendo como una persona y no como la mamá de su amiga o de su esposo. Tenía una energía ágil, urgente; nunca se detenía más de uno o dos segundos para tomar una decisión. A punto de llegar a los sesenta, se vestía con una variación del mismo conjunto todos los días (amplios pantalones negros y una blusa gris con un suéter combinado) y se pasaba los días entre semana en el cine con amigas o dando clases gratis de finanzas básicas en la biblioteca. Desde que se había jubilado de la escuela, las únicas invitaciones que rechazaba eran las de hombres interesados en algo más que amistad.
—El amor es demasiado complicado —le dijo a Isabel una vez—. Es para la gente joven.
Elda había llegado con una bolsa llena de rompecabezas, botanas y libros que puso en la mesa de la sala.
—Para después. Pero primero, dime —condujo a Eduardo al sillón—. ¿Cómo está Sabrina?
Isabel notó que su suegra no mencionó a ninguno de los cinco hermanos de Omar.
—No sé —dijo Eduardo—. ¿Han sabido algo de ella últimamente?
Todos negaron con la cabeza y Martín le ofreció volver a intentar llamarla por la tarde. Elda miró fijamente al chico sentado frente a ella, buscando algo en su cara (Isabel no supo qué). La hizo sentir como una niña, una extraña intentando encajar en la familia.
Dejaron a Eduardo con Claudia y Elda en la sala mientras terminaban su rutina de la mañana, preparando el desayuno y la comida apresuradamente. A través del muro de separación de la cocina, Martín le contó a Eduardo sobre la nueva preparatoria. La cantidad de estudiantes había crecido más que el campus, así que los grados más altos se mudarían a un nuevo espacio este año y los grados intermedios permanecerían en los edificios originales.
—El nuevo campus es muy bonito, ya verás.
Todo mundo parecía confundido, sin saber qué hacer con esta información.
Martín dirigió la vista hacia su termo de café.
—El problema es que, con los campus tan lejos uno del otro, los autos de papás que pasan por sus hijos hacen filas larguísimas. Pronto habrá tráfico todo el día. ¿Lo notaste cuando recogimos a Eduardo, Isa? Están construyendo más condominios frente al H-E-B .
Había estado demasiado distraída escuchando una y otra vez los mensajes de voz de Eduardo como para notar cualquier cosa, y le sorprendió que Martín lo mencionara ahora.
—¿Quién te dejó ahí? —preguntó Elda con la dulce autoridad con la que sólo una educadora puede hablar.
—Un tipo. Un amigo pasó a recoger a otro de los chicos con los que crucé.
Elda sonrió delicadamente.
—¿Y antes de eso? ¿Alguien te trajo?
—¿O sea, un coyote? —negó con la cabeza— . Mi mamá dijo que no teníamos dinero para eso, pero que no importaba porque Omar conocía el camino. Al menos hasta el punto donde nos separamos.




