Todo el mundo sabe que vuelves a casa

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—¿Omar? —dijo Claudia.
Pronunció su nombre como si fuera una acusación.
Isabel apagó la llave del agua y dejó los trastes en la tarja, notando que Martín también se había quedado callado. Todo este tiempo y Omar no lo había mencionado una sola vez. Isabel se lo imaginó sonriendo de la manera traviesa que hacía parecer que sabía más que ella.
Elda cruzó las piernas, hundiéndose más en el sillón.
—¿Cuándo fue eso? La última vez que lo viste.
—La verdad es que... no me acuerdo. Fue hace tiempo. Nos separamos. Intenté encontrarlo. Hasta me bajé del tren para regresar.
—Está bien —dijo Isabel. Se había acercado más a él, pero no se atrevió a ponerle la mano en el hombro—. No fue tu culpa.
Elda aclaró la garganta y se disculpó, balbuceando algo sobre el baño mientras Claudia la seguía. Pero las paredes eran muy delgadas. Escucharon a Claudia preguntarle a Elda si estaba bien y ni siquiera se molestaron en bajar la voz cuando empezaron a discutir en inglés.
—Se me pasará. Sólo que no me esperaba todo esto, nada más.
—No tienes que hacer esto, mamá. No le debes nada.
—No podemos dejarlo solo.
—¿Por qué? —una voz, una versión diferente de ella, tomó a todos por sorpresa—. Me puedo cuidar solo —dijo Eduardo.
Hablaba más fuerte en inglés, como compensando por todo el tiempo que se lo había guardado.
—No sabía que... ¿cuándo aprendiste a hablar inglés? —preguntó Martín.
—Omar me enseñó. Cuando empecé la escuela, me dijo que sería bueno para mí.
Tenía bastante acento pero hablaba con fluidez.
—¿Estuvo contigo todo el tiempo? —dijo Claudia.
—Desde que era niño —se encogió de hombros como si no fuera la gran cosa—. No toda mi vida, pero casi.
Elda regresó a la sala con la cara roja y se puso a guardar los libros que había traído.
—Claro, tiene sentido. Asumo que también te enseñó a leer.
Él asintió. Isabel y Martín intercambiaron miradas silenciosas de pánico. Ya iban tarde y no había manera de que ninguno de ellos pudiera pedir el día libre tan de último momento.
—Muy bien —dijo Elda, preparando su bolsa—. Vamos a la librería por algunos libros en inglés para ti.¿Y ustedes dos? ¿Por qué no se han ido? Van a llegar tarde a trabajar. Fuera de aquí.
Isabel se sintió aturdida toda la mañana. En el hospital no pudo dejar de pensar en Elda, Omar y Eduardo. Eran como una luz que intentaba apagar mientras corría por el área de emergencias —concentrada en el papeleo y asegurándose de no escribir Cama A cuando debía escribir Cama B— y luego volvía a prender en momentos entre el caos. Para mediodía ya había cometido dos errores en los reportes de medicinas y una compañera le sugirió que saliera a comer temprano. Isabel llamó por teléfono a Elda desde la cafetería.
—¿Cómo van? —intentó hablar en voz baja.
Pues acá andamos. Creo que vamos a ir por una hamburguesa o algo.
Supo de inmediato que algo estaba mal. Elda jamás hablaba en términos ambiguos.
—¿Y cómo está?
—Muy bien. Apenas estamos... nos vamos a tardar otras dos horas, más o menos.
Soltó un pequeño suspiro de exasperación, un momento de duda.
—¿Elda, quépasa? ¿Todo bien?
Es que... Isabel, no sé dónde está. Fuimos a la biblioteca, luego dejamos a Claudia en el trabajo y fuimos por hamburguesas. Me paré un minuto a recoger la comida y cuando regresé ya no estaba. El cerebro de Isabel iba a toda velocidad mientras corría del hospital al lugar de hamburguesas. Lo habían secuestrado. El ICE 1 lo había arrestado. Había decidido huir. Se había distraído y estaba perdido, sin saber cómo volver a casa. Había sido asesinado y pronto sólo podrían aspirar a encontrar su cuerpo. Podía imaginarse a los perros y a los vecinos voluntarios buscándolo, y ellos no tenían siquiera una foto de Eduardo para guiarlos.
Llegó al mismo tiempo que Martín y decidieron separarse, bajo el supuesto de que no llegaría demasiado lejos a pie. Isabel se encargaría de buscar en las tiendas cercanas mientras él revisaba las oficinas del otro lado de la calle. Elda iría a recorrer el vecindario en su auto.
—Todo va a estar bien —le dijo Martín.
—Perdemos el tiempo hablando del tema.
—Dios mío. Y ni siquiera podemos llamar a la policía —dijo él, apretando su mano mientras se despedían.
Durante la siguiente hora y 45 minutos, Isabel recorrió los pasillos de Marshalls y luego se asomó a cada tienda de campaña y bolsa de dormir que había en la tienda de deportes. Atravesó corriendo las puertas automáticas de Michaels y salió con las manos vacías, más allá del olor del aromatizante atravesado en la garganta. Para la tarde, ya sólo podía pensar en un lugar en el que había esperanza.
Isabel manejó hacia allá sin decirles a los demás. Se estacionó en el garaje vacío, conteniendo lágrimas que convertían sus palabras en gemidos.
—Estás bien, estás bien —se dijo a sí misma, a Eduardo, a Omar por si la estaba escuchando.
La casa tenía una soledad pesada, y mientras se dirigía al patio de atrás tuvo la sensación de que ya no les pertenecía sólo a ella y a Martín. Por fin pudo respirar cuando vio la silueta encorvada de Eduardo en un pequeño cuadro de pasto. Estaba abrazando sus rodillas, con la cabeza entre los brazos cruzados.
—¡Oye! —Se apresuró hacia donde estaba y le tocó el hombro, pero él simplemente la miró con una expresión que había visto muchas veces en Claudia, como si Isabel se hubiera vuelto ligeramente loca y él no pudiera entender por qué—. ¿Estás bien?
Se recorrió un poco a la izquierda y ella se sentó a su lado.
—Pensé que habías ido con Elda a comer.
Él asintió con la cabeza.
—¿ Ya regresó?
—¿Cuánto tiempo llevas esperando aquí?
No podía creer que no se percatara de lo que los había hecho pasar.
—Diez, quince minutos.
—¿Por qué no regresaron juntos?
Arrancó un poco de pasto y lo rompió hasta convertirlo en confeti con sus manos.
—Porque llegó la policía —dijo sin dudarlo.
—¿Y? ¿Te hicieron algo? Otra vez esa mirada.
—No. ¿Pero por qué esperaría hasta que lo hicieran?
Estudió su cara, intentando darle sentido a lo que estaba diciendo.
—En México —le dijo, escogiendo con cuidado sus palabras—, ¿siempre te vas cuando llega la policía?
—Casi siempre. No es bueno estar por ahí cuando empiecen los problemas.
—Es cierto. Pero si estás con amigos o familia, y se separan, ¿cómo le hacen para encontrarse después?
—Todo el mundo sabe que vuelves a casa.
1 Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE, por sus siglas en inglés).
Capítulo 8
Marzo de 1981
Recuerda esto, pensó. No el aire que te seca por dentro, o los respiros que te roban la vida. Recuerda la timidez de los rayos de sol cómo tocan apenas su cara. Cómo su belleza desafía a la naturaleza y su espíritu es más fuerte que este desierto.
Cómo será ella la que sobreviva.
El muchacho estiró la espalda, ganando altura cada vez que repetía estas palabras para sí mismo. Se habían vuelto su plegaria.
—¿ Qué crees que les haga, cuando lleguemos, a los que no pueden pagar? —la voz de su esposa, suave pero firme, fue una grata interrupción de sus ideas.
—¿Por qué la pregunta? Estaremos bien. Tenemos todo lo que necesitamos.
Ella suspiró y sonrió.
—Ay, vida —le sorprendía que incluso ahora, cuando parecía que el mundo los había abandonado, pudiera hablar como si el momento fuera lo suficientemente pequeño para ser sólo suyo—. No lo decía por nosotros.
—No deberías preocuparte por cosas que no podemos controlar. Le pasó el brazo detrás de la espalda y la acercó a él para darle un beso en la frente. Fue un movimiento torpe: seguían caminando y sus cuerpos chocaron suavemente como amortiguadas campanas de viento.
—¿Y si no puedo evitarlo? —su cuello giró bajo el brazo de él en dirección a la mujer y su hija, que caminaban detrás de ellos—. Está tan sola. Y la niña me recuerda a tu hermana. ¿No te parece?
Él negó con la cabeza. Desde que se había unido al grupo, estaba tratando de convencerse a sí mismo de que era sólo su imaginación. Una mala pasada de la nostalgia y la tristeza. Su hermanita no se parecía nada a la niña, pero había algo en su energía, en cómo corría y descansaba para volver a empezar.
—No sé. Tal vez. Tal vez ésa sea Sabrina en unos años —dijo, sabiendo que no estaría ahí para verla.
Cuando se despidieron, le prometió mandar por ella cuando se hiciera mayor. Ella había llorado aferrada a su pierna, y a pesar de que habían pasado varios días desde entonces, esos primeros pasos que dio cuando salió por la puerta todavía le pesaban.
—Por lomenos se tienen la una a la otra —dijo él, preocupado de que sus palabras sonaran egoístas, no llenas de esperanza como era su intención—. Como nosotros —pero era difícil extraer esperanza de la nada.
Habían pasado muchas horas sin que nada cambiara, ni el follaje punzante a su alrededor ni los montones de tierra que pateaban al caminar. Ni el cielo, que aún ardía con el mismo fervor que temprano por la mañana. Era como si la Tierra estuviera rotando bajo sus pies, eliminando cualquier avance que pudieran hacer.
Si no hubiera sido por su mujer, que le apretaba la mano cada media hora, más o menos, y le decía: "Pronto, mi amor. Pronto", hubiera perdido por completo el sentido del tiempo. Hubieran podido caminar por el resto de sus días, morir entre las áridas rocas del desierto y nunca saber qué tan viejos eran, cuánta vida habían sacrificado por este nuevo comienzo. Siempre había pensando que cruzar la frontera sería lo más difícil, pero ahora sospechaba que era esto, el intermedio, los largos kilómetros de los olvidados, donde podían perderse pero no ser llorados, o ser encontrados pero arrojados de regreso, rechazados como si nunca hubieran llegado.
Intentó apretar su mano de vuelta, pero no pudo sujetar su piel suave. Nunca hubiera pensado necesitar distancia entre su cuerpo y el de ella, pero ésa era la crueldad del desierto: podía hacerte sentir atrapado cuando no había más que vacío a tu alrededor.
—Toma —le dijo, pasándole la cantimplora.
—No tengo sed. Toma tú.
—Por favor. Si no por ti, por nuestro hijo.
Tomó el cálido contenedor metálico y lo miró de lado.
—No vas a poder usar eso para siempre, ¿sabes?
—Razón de más para usarlo ahora.
Se detuvo y puso las manos en sus rodillas, la cabeza colgando entre ellas. Cuando subió la mirada la vio unos pasos más adelante, esperándolo. Por un momento pensó que iba a llorar, pero en vez de eso soltó un sollozo seco que le sacudió el cuerpo una vez, con fuerza. Nunca entendería qué vio su esposa en él, pero en momentos como éste rezaba por nunca perderlo, fuera lo que fuera.
Si Elda caminaba un paso adelante de él lo que quedaba del camino, Omar podría atravesar cinco desiertos que le pusieran enfrente. ¿Sabría ella que él sólo vivía para seguir sus pasos? Se esforzó para apresurarse y tenerla cerca de nuevo. Por ahora, podría protegerla a ella y a su hijo en un mismo momento y lugar. Era lo único que lo hacía seguir adelante.
Capítulo 9
La vida se reducía a esperar. Peor: Isabel ni siquiera sabía qué estaban esperando. A veces sonaba el celular de Martín y ella corría hacia él cómo si esa llamada pudiera solucionar todos sus problemas. El sonido de la voz de Sabrina —a pesar de que nunca había hablado con ella, sólo se la imaginaba, dulce y cordial con un trasfondo de irritación— recorría su mente mientras contestaba y trataba de anticipar lo que iba a decir. Otras veces, regresaba del trabajo y encontraba el cuarto de visitas vacío, la cama perfectamente hecha, y pensaba: decidió irse. La idea parecía lógica después de una jornada de diez horas; estaba fuera de casa por periodos tan largos que era probable que algo drástico sucediera en su ausencia. Siempre buscaba el celular en su bolsa para advertirle a Martín que Eduardo se había marchado y encontraba un hilo de mensajes no contestados.
en la tienda con eduardo. necesitas algo?
fui por eduardo y estamos en el autolavado. llegamos en 20.
En las noches en que se iban a dormir al mismo tiempo, Isabel y Martín intercambiaban historias y conversaciones, tratando de armar las piezas del pasado de Eduardo que habían logrado reunir.
Podaban estas anécdotas de él lentamente, nunca más de una o dos al mismo tiempo.
—Fueron las pandillas —dijo Martín una noche mientras se hundía en la almohada—. Por eso se fue.
—¿Él te lo dijo?
Estaba exhausta, pero completamente despierta.
—Le pregunté si quería llamar a algún amigo. Dijo que la mayoría de ellos ya no estaban. A uno le dieron tal paliza que su familia tuvo que huir a California a vivir con una tía. Otro terminó vendiendo drogas para las pandillas con tal de que no lo mataran.
Otra noche, mientras tomaban un baño:
—Encontró esa foto que su mamá te mandó hace años, en la que sale de mesero en su restaurante.
Estaba en un cajón con los viejos DVD, donde Isabel le dijo a Eduardo que buscara una película cuando se aburrió de ver Netflix. Martín y Sabrina habían mantenido contacto esporádico a través de los años, cada dos cumpleaños o navidades, desde ese primer viaje a México.
—Es la última que mandó. Debe de haber tenido once o doce
—dijo Martín, metiendo la cabeza al chorro de agua caliente.
—Dijo que por esa época las cosas se pusieron feas. Sabrina no quería que la gente supiera que tenía familia en el norte. Las pandillas extorsionaban a algunos vecinos. Cada mes. ¿Te imaginas?
Fue así como empezaron a tener una mejor idea de Eduardo. Cuando estaban todos juntos, Isabel se sentía en parte aliviada y en parte triste, porque sabía que él estaba seguro pero no podría dejar de preguntarse a costa de qué.
Algunas noches veían capítulos viejos de Friends. (—Sólo la había visto en español —les decía Eduardo, y la novedad de las voces reales de los actores lo hacía reír en las partes más extrañas.) Ella escuchaba el ruido sordo de los trenes que pasaban cerca, a sólo un par de kilómetros de su casa, y miraba fijamente la cabeza de Eduardo, apoyada en el sillón desde su asiento en la alfombra, y pensaba en cómo se vería ahí, durmiendo y agitándose sobre el techo del tren, pero era como inventar un personaje y una situación en un show de improvisación: demasiado absurdo para ser creíble. En todo momento estaba intentando curarle las heridas o bien preocupándose de que pudieran causarle problemas en el futuro. El presente parecía pasar a través de ella como un aroma. Cada noche pensaba en los hechos del día y se daba cuenta de que sólo podía entenderlos vagamente, dudosa de si eran reales o imaginarios. Se le olvidaban cosas que intentaba recordar y recordaba aquellas que hubiera preferido olvidar.
Martín, por otra parte, parecía vivir con un deseo insaciable de hacer feliz a todo el mundo. Eso lo hacía sentirse inquieto e impaciente, reacio a dejar algo para después. Si estaban cocinando y se daba cuenta de que ya no había arroz, salía corriendo a comprarlo. Una tarde, Eduardo le preguntó por su trabajo y a los pocos minutos ya estaban todos en el auto rumbo a su oficina, mientras Martín insistía en que viera el cuarto de juegos que la compañía había habilitado para la hora del almuerzo.
Era como si la vida de Martín se hubiera quedado sin calma. Isabel a menudo batallaba para seguirle el paso, exhausta pero agradecida por el movimiento constante. Sintiera lo que sintiera, sabía que no podían hundirse los dos en ello. Sospechaba que la actitud de Martín era un esfuerzo por animarla.
—¿Crees queesté contento aquí? ¿Con nosotros? —dijo una noche.
Todavía hablaba de él como si estuviera de visita. Estaban en el vestidor; ella se cambiaba de ropa para un turno nocturno mientras Martín se aflojaba el cinturón y se quitaba los zapatos. Habían adquirido el hábito de hablar de él sin mencionar su nombre. El foco se había fundido la noche anterior, así que estaban parados en la luz tenue del candelabro que se filtraba desde la habitación; la tibieza ámbar apenas los alcanzaba.
—Creo que esperar que alguien esté contento en un lugar al que tuvo que ir, pero que no escogió, es mucho pedir.
Extraña su casa —dijo ella—. Claro —había estado tan obsesionada con hacerlo sentir cómodo, bienvenido y seguro que ni se le había ocurrido que él había perdido lo que más extrañaba. Desde que había encontrado a Eduardo en el patio, se había convencido a sí misma de que ahí era donde quería estar—. Aunque parece pasarla bien contigo.
Martín la miró de reojo.
—Siempre siento que lo estoy forzando a hacerlo. Como si en el fondo prefiriera que lo dejara en paz.
No la sorprendió. Los últimos días, cuando llegaba a casa del trabajo a las diez de la mañana, había encontrado a Eduardo todavía dormido. Se despertaba una o dos horas después de su llegada y parecía aliviado cuando Isabel se disculpaba para irse a dormir. Cuando ella despertaba, él a menudo seguía en la cama, mirando el techo como si se hubiera dado por vencido en encontrar algo que hacer.
Hubo una época en la que ella se había sentido así. Tenía un par de años menos que Eduardo cuando su papá se enfermó. Al principio le pidió a Isabel que no le dijera nada a su madre; dijo que no quería preocupada hasta obtener los resultados de los exámenes, pero ella sabía que su papá tenía miedo de que su madre intentara obtener la custodia completa si él se enfermaba. Los doctores habían empezado por descartar posibilidades. No era una infección viral ni un asunto de tiroides ni diabetes. Cuando finalmente supieron que un tumor le estaba causando síndrome de Cushing, habían apresurado la cirugía. La mamá de Isabel se había negado a llevarla al hospital, así que Elda lo había hecho. Claudia le llevó la tarea pendiente de los días que había faltado a la escuela y, cuando los doctores dieron de alta a su padre, Isabel se negó a separarse de él, ni siquiera los miércoles y los fines de semana, cuando le tocaba estar con su madre.
—¿Qué vas a hacer, reportarlo a la corte?
Su madre no se había molestado en discutir con ella, y ése fue el momento en que le cayó el veinte de que la enfermedad de su padre no era algo pasajero.
Había empezado a tomar el autobús en lugar de que su padre la llevara a la escuela. En las tardes, él le ayudaba con la tarea mientras esperaba los tratamientos de radiación, haciéndole preguntas con tarjetas de estudio o fingiendo revisar los problemas de matemáticas. Dos días antes de las vacaciones de Navidad, se enteraron de que el tumor seguía ahí.
—Y todas esas facturas, que cobran vida propia —dijo su madre cuando se enteró de la noticia.
Los siguientes meses, en los que Isabel cuidó a su padre, fueron agotadores: lo único más difícil que los días y noches interminables fue que se terminaran repentinamente.Todo se sentía vacío. No había nada más que pudiera hacer por él. Nada más que pudiera hacer.
Isabel sintió la tristeza aguda de aquellos días volver de golpe.
—Está en duelo —por supuesto.
—Sí, probablemente. Piensa en todo lo que dejó atrás.
—¿Cuándo fuela última vez que te pidió que intentaras llamar de nuevo a Sabrina?
Martín se tomó un momento para pensar.
—Hace una semana, quizá semana y media.
Durante un tiempo, había pedido que la llamaran todos los días, pero los intentos eran cada vez menos frecuentes a medida que avanzaban los días.
—Cuando estaba viendo las fotos —dijo Isabel— me dijo que ella hubiera llamado si hubiera podido.
Probablemente es cierto.
—Pero fuela manera en que lo dijo: Si hubiera podido. Y si no puede, ¿qué significa? ¿Qué podría haberle impedido a su madre comunicarse durante tanto tiempo?
Permanecieron en el vestidor a oscuras, con miedo a reconocer lo que estaba adquiriendo claridad.
—Entonces somos todo lo que le queda —dijo Martín finalmente.
Ella lo había oído hablar así antes, pero ésa fue la primera vez que en serio lo creyó. Pensó en aquel día en la playa, cómo se había quedado parada en la orilla con los brazos alrededor de la cintura de Martín. Entonces le había divertido que sus pies se hundieran más y más en la arena con el paso de cada ola. Ahora pensaba: Esto es todo lo que nos queda de eso, el sentimiento paralizante de hundirse.
Martín la abrazó y ella se acurrucó en su pecho, haciéndose lo suficientemente pequeña como para que él pudiera descansar su barbilla sobre su cabeza. Lo sintió asentir mientras le decía una y otra vez que todo estaría bien.
Cuando regresó de trabajar a la mañana siguiente, encontró una nota de Martín junto a su lavabo: un listado de psicólogos infantiles que había reducido a dos y el nombre de un abogado especializado en migración que un compañero de trabajo le había recomendado. Entró al vestidor para cambiarse y le sorprendió ver lo luminoso que estaba ahora que Martín había cambiado el foco.
Capítulo 10
Marzo de 1981
—Esto no es un paseo por Disneylandia —dijo el coyote— .Aceleren el paso.
Al decirlo miró a Elda, y ella supo que el mensaje no iba dirigido a todos. Pasó junto a ella y a Omar, apresurándose hacia los migrantes que iban más atrás.
Elda lo escuchó decirle al niño pequeño y a su padre sobreprotector:
—¡Ándale!
A la niña y a su madre detrás de ellos, lo oyó chiflarles como si fueran ganado. El cielo no estaba completamente oscuro todavía, pero la tierra ya parecía un mar negro. Los llamó silenciosa, urgentemente, y agitó una linterna sobre su cabeza dos veces. A la distancia, el cuerpo de la mujer era apenas una figura redonda que cojeaba; su hija, en cambio, era muy ágil. Una bola de energía orbitando a su madre.
Cuando todos lo alcanzaron, el coyote mantuvo el paso.
—¿Ven esas luces? —apuntó a un faro solitario que brillaba en el horizonte—. Es el otro lado de la frontera.
Elda apretó la mano de Omar, soltando el aire. Por un momento pensó que lloraría de alivio. Estaban cerca. Tan cerca.
Ése es nuestro punto de encuentro. Si no pueden llegar en las próximas dos horas, la camioneta los va a dejar. No espera a nadie.
¿Entendido?
Todos asintieron y ella bajó la mirada hacia sus pies hinchados dentro de sus zapatos, que alguna vez habían sido azules. Parecían un par de esponjas que llevaban demasiado tiempo en el agua, no sabía si por la caminata o por el embarazo. Antes de irse, la madre de Elda intentó decirle todo lo que necesitaba saber sobre traer un hijo al mundo, pero habían tenido poco tiempo.
—Vas a crecer lentamente, luego degolpe.
—¿Recuerdas cómo soplabas burbujas en tu bebida con un popote?
Así se sienten las primeras pataditas.
—Después de dar a luz, cada centímetro de tu ser estará exhausto y adolorido, menos tu corazón.
—Cuando llore, recuerda que tu cuerpo solía ser su mundo entero. Aprecia los momentos en que llora por ti, pero déjalo ir un poquito más cada día.
Se había sentido como una niña, entonces: con deseos, por primera vez en años, de mantenerse protegida en los brazos de su madre. Pero ya no estaba segura ahí. Su madre lo había admitido horas después de que le dijo a sus padres sobre el bebé y su padre salió furioso de la casa.
No había dicho a dónde iba, pero su madre lo supo de la manera en que sólo las esposas saben cosas de sus maridos.
—Llamará al doctor para hacerlo venir en plena noche.
Esto les daba apenas unos días. El doctor estaba a un par de pueblos de distancia, y visitaba su pueblo sólo una vez al mes, siempre en la última semana, para ver a sus pacientes en el cuarto de atrás de la iglesia. Madres e hijos hacían fila toda la noche con bolsas de aguacates o racimos de jitomate para completar el pago.
Elda no podía aceptar que su padre no quisiera que tuviera al bebé.
—¿Con ese hombrecito tan poca cosa? —le había gritado, apuntando al único hombre que había permanecido a su lado y enfrentado a su padre.



