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— ¡Preso Grenzio Moxela, reportándose al jefe!
— ¡Sonamos! —Saltó asustado— llegó a tiempo. Necesito su ayuda para redactar mi informe del día anterior, en esta horrorosa máquina de escribir Burroughs. Fíjese que he tenido tiempo de escribir el informe manuscrito a lápiz, para que lo lea y pase a máquina.
Moxela se impresionó ante la máquina, era realmente una antigua original Burroughs, en mal estado y sin ningún mantenimiento. La acarició como a la última muchacha que tuvo en sus manos, años atrás. Para él, en cuyo interior sentía una tendencia a escribir, sería un tesoro invaluable si sabía cómo tratarla, sin perder el respeto a esta ignorante pero bravía masa soldadesca que resguardaba el alejado territorio nacional.
Leyó las líneas bien dibujadas, con letra cursiva tipo Palmer del sargento. Le hizo unas preguntas sobre algunas ininteligibles líneas, sacó el rodillo por completo, revisó el teclado y lo alineó letra por letra, aceitó las partes móviles con diésel y volvió a colocar el rodillo. Limpio las partes para escribir, luego tomó una hoja blanca y su copia, comenzó a escribir varias palabras al azar, con una sutileza que enervó la impotencia del sargento.
Este se levantó a dar una vuelta, pero al ver al cabo de guardia le recomendó: “ojo con el preso” y salió en dirección al puerto, donde soplaba una brisa sureña que aliviaba el rotundo calor del medio día. El guardia no dio ninguna novedad, sólo anotaba el paso de los botes y lanchones ya conocidos por sus nombres rimbombantes pintados a babor y estribor tales como: “Gaviota sin rumbo”, “Nube negra”, “Tiburón blanco”, “Ají colorado”, “Vuelve mi dueña”, “Ruperta mía”, “Llévate ésta más”, “Sir titánico “y otras verborreas fluviales. Pasadas dos horas, decidió volver, más aliviado del húmedo calor y vio a la lancha que ya retornaba de su patrulla; Mangure mostraba en sus manos unos pescados dorados conseguidos de algún bote al pasar.
Volvió a su oficina, entró sacándose la gorra e iba a coger el periódico viejo para abanicarse cuando notó que estaba más fresca. Las ventanas estaban abiertas hacia fuera, pero no de lado, sino hacia arriba, resguardando la entrada de rayos solares, pero dejando entrar y salir una brisa refrescante. Su jarra de limonada estaba llena, sobre su escritorio estaban listas las dos hojas del informe del día anterior. Comprobó si era igual a lo que había escrito a mano y además noto un añadido con datos sobre la llegada del mentado preso.
Quedó conforme y fue a buscar al reo para agradecerle, pero no lo vio, tampoco estaba su máquina de escribir. Salió bufando como un toro al alero del patio interior, ahí, sobre las gradas cubiertas por un techo con calamina plástica verde, se hallaba el preso con un sinfín de partes y piezas de su máquina, distribuidas ordenadamente sobre los cuatro peldaños.
Se aproximó lentamente, se sentó a su lado y le comentó:
—Usted, caballero Moxela, tiene una endemoniada manera de desaparecer y aparecer como un mago, como el tal Houdini, creo que sabe de qué hablo ¿Le parece que eso esté bien?, tratándose de un preso común sentenciado a trabajos forzados.
—No me parece bien, pero no estoy acostumbrado a recibir órdenes militares y como usted se habrá dado cuenta, no tengo idea con los rangos militares, porque no fui a prestar servicio militar.
— ¿Qué pasó? ¿Cómo vivió de omiso en esa tormentosa década?
— Mi madre me consiguió una libreta de “sorteado”.
Buntre sonrió de buena gana por la natural disposición, honestidad del preso y le respondió.
— ¡Diantres! Usted es muy directo señor Moxela. Me alegro por ello y porque llegó a este lugar, perdido en el mapa, que ahora creo se va a poner muy interesante y le explicó los grados militares locales.
Él era el jefazo del puesto militar, para protección del asentamiento aborigen Amborí, Sargento Buntre Canilas, natural de La Paz; sigue en rango su brazo derecho y amigazo, cabo Antonio Mangure, nacido aquí cerca en Barquesi, a quien ya conoció y parece que ha hecho una buena amistad con él. Los restantes, son sólo cuatro soldados andinos, al mando del cabo Huiras, haciendo patria en estas tierras lejanas.
—Pero, si me permite sargento —hizo una pausa analítica— Usted no encaja en ese uniforme con grado de sargento, no tiene más que la voz y el cuerpo fuerte, hay más educación e inteligencia luchando por salir a la vista ¿qué pasó con su grado militar?
— ¡Miechica! ni quería acordarme otra vez, pero usted pide franqueza y aquí se la doy. Fui degradado de teniente a sargento, justo antes del examen para ascender a capitán y todo por defender el honor de una prima, abusada por un jefe. Degradación ilegal, por cierto, pero en estos tiempos de dictadura, todo se puede y además me destinaron, exiliado, a estas lejanas tierras, como usted ¿Qué le parece? O sea, somos dos exiliados, aunque por razones diferentes, ¿Qué más me puede comentar?
—Hay muchísimo por agregar a esta aberración dictatorial que se ha extendido como una epidemia en nuestra tierra latinoamericana gobernada, en esta década 1970, por los gringos del norte.
—Qué me cuenta de su familia —expresó interesado— parece un hombre solitario como delfín rosado perdido en manglares del río.
Moxela le hizo un resumen de su vida y cómo quedó sólo resguardando su querida vivencia en la sede de Gobierno, hasta que sucedió el problema. Buntre lo escuchó atentamente y muy pronto sintió empatía por el exiliado y le comentó.
— ¡Interesante! Vamos a tener muchas noches para seguir hablando de estos temas señor Grenzio y por favor ¿puede llamarme “misar”?… que es abreviado de “mi sargento”.
—Buena aclaración, misar, pensé que era por oficiar misas religiosas o por ser tan poderoso como mi zar de Rusia —bufó riendo Grenzio.
—Nada de eso, sólo confianzas que nos damos con los muchachos, pero ante los locales cambiamos automáticamente a régimen estricto y eso debo mantener con todos, especialmente con usted, preso Moxela. Pero no se sienta exiliado, disfrute, como yo, disfrute de esta naturaleza, eso sí, sin provocarle ataques cardiacos al cabo Mangure ¡Sin escapismos!
El preso sintió, por primera vez, que estaba en un buen lugar, alejado de ciudades, donde primaba el abuso militar y donde seguramente sus servicios no serían muy bien recibidos. Repentinamente alguna fuerza magnética le obligó a quedarse mirando al norte, hacia el asentamiento indígena, donde varias volutas humeantes se hacían visibles. Recordó sus sueños ocurridos en el viaje por el Marube, donde vivió la mayor aventura de su vida en esa región. Pero sus sueños solo eran el principio, porque Grenzio no sabía que las delicadas fauces del destino cambiarían la etapa final de su vida, en una grandiosa aventura jamás imaginada, ni por la gente del puesto militar. Al notar su dedicada fijación, el sargento le advirtió directamente.
—Señor Moxela, lo veo mirando al norte, a las tierras Amborí. Le informo que es prohibidísimo acercarse allí; es una zona de protección aborigen, no por ley nacional, más bien por imposición de la tribu, cuya fama feroz carnívora, lleva siglos, escrita y relatada en arcaicos documentos españoles coloniales. Son mortíferos con los visitantes no autorizados.
Esperó un instante y vio que el preso se quedó sin reacción alguna, estaba pálido y estático, mientras pronunciaba palabras aborígenes como: Azaeté, Uzumbí, Aramía, Arúmeden... intrigado, prosiguió.
—No pude creer este asunto atroz, carnívoros, hasta que fui llamado a retirar cadáveres de unos mineros buscadores de oro y además leí documentos de esta tribu, parece que ocultan algo muy misterioso.
Grenzio, recuperó sus cinco sentidos y analizó que estar cerca de la tribu Amborí, no era una mera coincidencia, estaba asociada con sus fantásticos sueños y con extraños entes cibernéticos, que todavía rondaban del viaje, estaban grabados en su mente y lo habían tornado suspicaz.
—Interesante misar Buntre. Gracias por evitarme un imposible plan de escape. Si fuera tan amable de proporcionarme documentos que posea sobre esta tribu, me sería bueno para pasar tiempo en mi celda nro. 2.
—Seguro, déjeme buscarle algo, en este armario.
Con un buen fajo de documentos Grenzio se dirigió a su celda. Apenas se echó en su camastro empezó a leer historias sobre la cercana aldea tribal, que le mostraban su vivencia:
“Al parque Amborí, bella zona ecológica, atraída por habladurías y mitos, ninguna expedición colonial o contemporánea se había acercado, por la fama de antropófagos, que cortaban cabezas, usaban dardos mortales. Las autoridades contemporáneas, enviaron varias expediciones militares y civiles, que fracasaron en sus intentos de sojuzgar a la misteriosa tribu.”
“Desde temprano se veían humaredas de cocinas a leña, con gente preparando la primera comida; algunas jóvenes cargaban cántaros de arcilla hacia una ensenada abierta que llegaba a las orillas de un río que pasaba por el asentamiento y vertía sus aguas cristalinas en una gran poza, formada por el recodo Oeste del morro Uzumbí.”
“Los Amborí creían en varios dioses naturales, sin embargo, una antigua tradición contaba la supremacía de Dombú, que ejercía el dominio total. Tradiciones contaban que llegó milenios atrás allende los cielos, desparramando hermosos colores sobre la naturaleza, justamente cuando sus antepasados llegaron a esa zona, huyendo de tribus ayoreas.”
“Sus chozas no eran las tradicionales medias aguas rectangulares o circulares con techo cónico, más bien eran grupos de cinco habitaciones cubicas colocadas en cruz, trenzadas con fuertes lianas abundantes en la zona, cubiertas, palmo a palmo por una amplia variedad de palmas, formando un techo central piramidal achatado, que servía para ventilación y se afianzaba sobre cuatro columnas cuadradas que subían hasta la cúpula principal, donde se anudaban. Estos, estaban construidos a 1.50 m del suelo, sobre una base firme de madera plana, estaqueada según costumbres que enseñaban sus ancianos, de generación en generación.”
“Este conjunto, lo constituían: tres dormitorios con una sala central interna común y una de ingreso o unión a las plataformas o caminos palafiticas; Era un sistema cubical habitacional, que se alineaba a lo largo con varias plataformas en varios ramales, donde se insertaban otros conjuntos habitacionales idénticos, que se unían a una vía central. Todo el conjunto, chozas en forma de cruz, terminaba en un costado adyacente a la poza Azaeté, formando un puerto sobre el Paramingú.”
“Su tez era oscura, aunque más clara que los Guarayos. Su aspecto era realmente sorprendente, si algún experto se hubiera acercado a compartir con los rostros sonrientes de los tribales Amborí ¡se habría llevado una gran sorpresa! En una misma sala comunitaria se veía una mezcla de razas, con tonos blancos, mulatos, morenos, ojos azules, marrones o negros, cabellos rubios, pelirrojos y negros, con diferentes tipos de barbas.”


“Su fuerza era extraordinaria; ellos disparaban flechas con sus arcos hasta llegar 80 metros, mientras que los Guarayos no llegan ni a 30 metros con las mismas armas.”
“Existía un cacique mayor y uno menor para gobernar la tribu, varios consejeros y un brujo añoso infaltable, para cuidar la salud de los pocos aborígenes y alejar a los espíritus malignos. El cacique mayor gobernaba dentro y fuera del territorio, en tanto que el menor lo hacía en el territorio exterior y el brujo añoso maldecía a los dos con sus buenos consejos”
“En los conjuntos habitacionales comunales, a ambos lados del río, con las chozas aledañas, se concentraban los miembros de la tribu, asignando tareas del día. En las chozas comunes se reunían mujeres para determinar labores domésticas y las dedicadas a la fabricación de enseres usando arcilla, cuyo material abundaba y las dedicadas a convertir la madera y lianas, en sus propios enseres domésticos, como sillas, mesas, hamacas, etc.”
“Solamente niños menores a diez años, participaban en la enseñanza tribal, que tenía lugar en un gran terreno acuadrillado donde habían construido un galpón cuadrado dividido en dos secciones de paredes cruzadas, tapadas con madera plana que servía como pizarrón. Este conjunto escolar estaba formado por cuatro aulas de enseñanza visual, con largas mesas.”
La documentación era extensa y Grenzio la dejó a buen recaudo, para terminar de leer en otra oportunidad; no sabía que el destino y sus sueños subliminales le habían preparado una aventura insospechada. Al puesto militar le llegó la noche y Grenzio se durmió y esta vez, no tuvo pesadillas, ni encuentros con seres extraños, solo sentía que había llegado a su destino.
Capítulo 3:
OCURRENCIAS DEL EXILIADO
En el puesto militar, un adormilado Buntre, recordaba sus anteriores visitas a la tribu, cuando despertó sobresaltado; se levantó de un salto y recordó la última frase del preso "celda Nª 2"... ¿Quién autorizó el traslado?
En las gradas donde se hallaba Grenzio, la calma desapareció, éste se asustó agachando instintivamente su cabeza, para evadir un palazo. Pero nada pasó, sólo escuchaba en la calle las voces alegres del cabo Mangure y sus asistentes, que traían unos pescados.
— ¡Cabo Mangure!, —gritó el sargento, apenas lo vio entrar, ¿Quién autorizó? cambiar al preso a la celda Nº 2, ¡Informe!
Toño Mangure al llegar, vio al preso rearmando con mucha delicadeza la vieja máquina de escribir del sargento. No podía estar enojado por eso pensó, miró de reojo a sus asistentes, captó la intención del oficial y le siguió el juego.
—Si misar, yo autoricé al preso cambiar de celda, por reparaciones que debemos hacer en la Nº 1.
—En otra, me informa enseguida ¡veinte flexiones y diez vueltas al patio! Preparen algo con esos dorados ¡Muévanse! Ya es hora del almuerzo.
Grenzio, miró de reojo al sargento salir y notó su cara amigable, pero demostraba, ante sus subalternos, autoridad que debía mantener en este sitio. Se demoró un tiempo adicional para armar la máquina mientras veía a Mangure terminar su castigo inmerecido. Cuando éste acabó, le dio un cachetazo medio fuerte, lo levantó y le gritó a voz en cuello:
— ¡Termine el trabajo forzado clase tres! ¡A instalar la máquina y vuelva a su celda 2 preso Nº 1!, —gritó Toño y en voz baja le dijo— me debe una, carajito, ya me la va a pagar; ahora, a ver si me acuerdo cómo se destripan estos pescados, a preparar los leños para cocinarlos a la parrilla. Soldados ¿dónde andan? ¡A preparar el almuerzo!
—Si mi cabo, ¡a la orden! —respondió Huiras, el más cercano.
La armonía reinó por unos instantes en el puesto, mientras preparaban el almuerzo. Habían traído cuatro pescados grandes, demasiado para seis personas; consultaron al sargento si ponían dos al asador y se guardaban dos para la noche, éste sugirió hablar con el preso Moxela. Cuando éste fue hallado y llevado al parrillero, casi se desmaya.
— ¡Párenle soldados! mi cabo, no soy cocinero, pero puedo dirigir. Los pescados son grandes, dos bastarán y sobrarán para nosotros. Los otros dos los guardamos para después. ¿Tienen algo de sal, pimienta, ajo, cebolla, tomate, limones, etc.?
— ¡Epa, preso ranchero! —Le contestó Mangure— ¿no quisiera una cervecita helada con una negra 90-60-90, como cocinera? negativo, porque aquí en medio de la selva, solo sal y harto limón, que ya es mucho lujo.
—Bueno, antes de todo, limpiemos esta parrilla oxidada. Antes de ponerlos sobre el fuego, vamos a salar y limonar los pescados, dejándolos así, por unos 10 minutos, luego los ponemos a fuego lento, dándoles vuelta minuto a minuto.
Enseguida el cabo ordenó a dos soldados atender la olla hirviente para echarle yuca bien raspada y plátano verde y a poner la mesa que era un largo tronco de algún viejo árbol partido en dos por un rayo, sujeto por dos soportes chatos en forma de horqueta, que encajaban y nivelaban. A ambos lados había dos bancos largos hechos con tablones de madera local sobre dos troncas pequeñas y en las cabeceras otras troncas usadas como asientos. Este comedor al aire libre estaba ubicado bajo el amplio alero, que les protegía de la lluvia como del tórrido sol.
Cuando la comida estuvo servida, los soldados que se habían quitado sus uniformes, por el calor, trataban de volvérselas a poner. El sargento al ver eso, ordenó a permanecer en camisetas sin las pesadas camisas color caqui; Todos comieron opíparamente, fuera de reglamento.
Grenzio compartió su primer almuerzo campechano, oliendo a sudor de axilas, pescado y mal aliento, redimido solo por una jarra con limonada y fragantes pedazos de limón sobre sus platos.
—Este bicho de Huiras, puso sal antes de hervir el agua y nos fregó las yucas, están duras y eso que dijo el preso, no echen sal antes sino después y en su momento, tenía razón el vejete.
—Nada de vejete. Ordeno a todos tener mucha consideración con el señor Moxela, es todo un caballero y a Toño, parece que le cayó bien, aproveche su conocimiento técnico, trate de estudiar algo con él. Buen provecho a todos, les felicito por el almuerzo.
—Gracias misar, no se olvide del preso, fue quien nos aconsejó para no trozarlo, solo abrirle para sacar sus tripas, luego limpiarlo y echarle sal y limón, finalmente cerrar el pescado y dorarlo lentamente hasta tostarlo.
— Y hablando de Moxela, ¿dónde está el preso, cabo Mangure?
Toño se levantó de un brinco, lo había dejado en la parrilla fritando una porción para el guardia de turno en el puerto; pero no lo encontraba, la parrilla estaba vacía. Un soldado fue a buscarle por el puesto y salió por el pasillo para ir al puerto; en pocos minutos volvió agotado, pero alegre; el preso estaba junto al guardia de turno, a quien llevó el almuerzo.
—Vamos a tener que ponerle una bola de metal con cadena, es un gallo escapista, busca su libertad ¿no le parece Misar?
—Déjenlo libre como el viento. Acostúmbrense soldados, a su presencia, porque este preso es de palabra, no va a huir, cumplirá su condena en este sitio. Confió en él.
Todos se alegraron al oír esta mención. Mangure vio que el sargento se iba a hamacar y a fumarse un buen puro, entonces se dirigió rápidamente hasta el puerto. Allí se encontraba el preso conversando animadamente con el guardia, anotando el paso de los botes.
—Qué hubo Señor Moxela, por lo visto, comió muy bien y se olvidó lavar los platos y guardar los otros pescados.
—Sólo trabajo clase 3, mi cabo, dos celdas y la máquina de escribir, ya van tres. Ahora estoy en mi descanso, mirando en este puerto para ver ¿dónde podríamos armar? un pequeño estanque natural, estaqueado y bien protegido con mallas usadas de pescar, para conservar los pescados por unos días.
—Me va a volver loco. Ya tengo bastante trabajo, no vamos a hacer una pocita para guardar pescados. Misar nos va a matar. ¡Ni lo piense!
— ¿Dónde piensa guardar los otros dos pescados dorados que le regalaron? ¿En el patio de la guardia? ¿O en las duchas? O los va a donar a alguien del poblado.
— ¡Buena pregunta! Pero me ayuda con misar ¿Qué necesita? algo debe servir en este puesto militar.
—Unas cuatro estacas grandes y varias de carrizo cortado a 60 cm, para hacer un muro bien tupido, para que entre el agua del rio y salga del estanque, pero no los pescados ¿me entendió?
Cuando llegaron al comando vieron que el sargento dormía plácidamente hamacado en el alero protegido del sol, el cabo hizo lo mismo, se tendió a su lado en otra hamaca. El preso se dirigió a la cocina, lavó los platos y se fue a tomar su siesta en la celda Nº 2.
No supo cuánto tiempo había pasado, un torbellino de gritos le despertó bruscamente, escuchó el trote de algún soldado dirigiéndose a su celda. Tocó su puerta y él le preguntó: ¿Qué pasa soldado? Sólo escuchó el cerrojo de la llave, luego el soldado volvió sobre sus pasos y retornó nuevamente. Se escucharon órdenes y la puerta de su celda se abrió. Allí estaban el sargento Canilas con el escribano Ricardo Lapezo, jefe civil del poblado, exigiendo ver al preso, según establecía ese derecho, que continuamente reclamaba al sargento Canilas:
—Verá Ud. sargento Canilas, en estos tiempos difíciles para nuestra patria debemos trabajar muy unidos, especialmente por estar tan alejados de la civilización. Estuve ayer en Barquesi haciendo compras y allí me enteré de la llegada del preso político.
—Bueno escribano Lapezo, está en su derecho, ya que tanto insiste, pase usted a la celda Nº 2, está abierta. — ¿Puedo entrar con alguna protección? —indagó Lapezo.
—No es necesario, ya comí, terminé la siesta, no estoy armado y no muerdo; puede pasar quién diablos sea —el sargento, entró y le saludó.
—Buenas tardes preso Moxela, ¿cómo está usted? aquí le traigo una visita, la primera autoridad civil de este poblado, quiere verlo.
Ricardo Lapezo entró como pisando huevos en un gallinero, pero no encontró ningún excremento, simplemente un piso bien limpio y un caballero de edad madura tendido en su camastro militar con un aspecto experimentado por la vida que, viendo al especial personaje en traje de rigor, se fue levantando lentamente hasta ponerse de pie.
—Preso Grenzio Moxela, —indagó el escribano—, va a tener que cumplir una alta pena política en esta región, por haber insultado a nuestra máxima autoridad constitucional del país.
—Señor desconocido, le saludo como autoridad civil, pero corrijo su término "constitucional", es un gobierno de facto, una dictadura militar.
— ¡Basta! —le coaccionó chillando fuerte, ocasionando que el preso se tapara los oídos —¡Usted no me va a enseñar mi oficio, si digo constitucional!
Soy el señor notario, Don Ricardo Lapezo, quien dará fe de su llegada a esta región.
Dígame sargento ¿qué lista de trabajos forzados tenemos por aquí?
—Ya le dimos tres trabajos hoy: el arreglo de dos puertas y la máquina para escribir del sargento, 2 + 1=3, —anunció el cabo Mangure, desde la puerta— como dice el memo clase 3.
— ¡Qué se abra la tierra si no entendí a su cabo!, —le espetó al sargento—. ¡Quiero ver, desde este minuto! al preso limpiando las calles del pueblo, cargando piedras, botando la basura, deshierbando huertas y el jardín de mi esposa.
—No se va a poder, —le dijo el cabo Mangure—, tiene que fabricar un estanque en la orilla del río, para guardar los pescados que compramos.
— ¡Santa Lucía me lance un rayo! —Bramó y dirigiéndose al sargento— ¿Es que su cabo, se está haciendo la burla de mí?
—No es así Señor Lapezo, le informo, que tareas clase 3 las damos nosotros, sus carceleros. El preso no es un empleado suyo. Sólo debe verificar que está preso en su celda y, además, confirmar su identidad. ¡Preso Moxela, muestre a nuestra autoridad civil su carnet! —ordenó en voz tan alta, que asustó al escribano.
Grenzio, entregó formalmente su documento; el notario lo leyó, tomó nota en un papel y le pidió que pusiera sus huellas digitales de los pulgares sobre una hoja ya escrita con los términos de su llegada. Al concluir su constancia, sin despedirse siquiera, hizo un ademán para volverse a la puerta, pero fue interrumpido por el preso, quien le recalcó:
—Señor Lapezo, como soy ingeniero eléctrico, sé que Santa Bárbara, es nuestra protectora contra rayos y truenos, no la tal Lucía, que no sé si protege del clima o es santa de lluvias.
El escribano se paró en seco, quiso replicar al considerar su metida de pata, pero no pudo, porque Canilas instruyó salir a la tropa, llevando al preso al puerto. La delegación pasó al lado del escribano y lo vio parar para llevar herramientas, junto a Mangure que le gritaba groseramente. Finalmente cargaron las maderas y cañas, así como varios rollos de pita trenzada y se fueron cantando hacia el puerto.




