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Ricardo Lapezo, meditó en su interior que apenas tuviera oportunidad, haría morder el polvo de la ignominia al preso y al sargento Canilas. Estaba furioso, porque su autoridad había sido vejada. Ya vendría otro oficial y les cambiaría su estancia, que parecía divertida.
Nunca había observado a los soldados correr de alegría, en medio del sol tardío ¿Qué se traían entre manos? se preguntó, ¿realmente era preso político? ¿Habría insultado a su presidente en plena procesión?
Esperó que el sargento le diera una copia de los documentos, los cuales leyó. Finalmente agradeció y salió hacia su casa con el aspecto de un hombre preocupado por el estado insolente que empezaba a gestarse en este rincón norteño, donde era la única autoridad civil.
Mientras tanto, esa tarde la actividad continuó en el puerto donde lo rutinario se había vuelto un trabajo útil, dirigido concienzudamente por el preso, que se metió en calzoncillos en medio de la corriente y mostro excelentes aptitudes como nadador. Luego dibujaba a detalle cómo se debe hacer un estanque provisional con cañas, para guardar los pescados o tener peces pequeños vivos, como en típicos criaderos.
El preso se turnaba entre la poza y el guardia del puerto para descansar y tomar nota de la hora en que pasaban los botes con pasajeros y comerciales; Luego volvía a entrelazar el conjunto con tupidas cañas amarradas a los cuatro pilotes, que se estaqueaban, usando grandes pedrones extraídos del mismo río, a falta de un buen martillo.
Construir el pequeño estanque les tomó toda la tarde. Pasaron horas divertidas por las ocurrencias del preso, que ajetreaba al cabo Mangure y siempre terminaba en carcajadas. La poza, simple y venial, fue terminada y guardaron los pescados amarrados con piedras para hundirlos en el agua.
—Sólo falta cubrirla con una red vieja para proteger el estanque de animales salvajes y pirañas orilleras exclamó Moxela, satisfecho de estar metido en el agua casi sin ropa, amarrando fuertemente los costados angulares del rectángulo formado con la orilla, ayudado tímidamente por los soldados andinos, que jugaban salpicándose en la orilla, mientras Mangure zambullía y revisaba fugas para peces pequeños, Grenzio les dijo:
—Soldados, ya va a ser hora del parte, prepárense para entrar a nadar al rio, luego a secarse y vestirse antes de ir a la comandancia. Como nadie quiso entrar al agua profunda, se dio cuenta de la burda adversidad andina ¡no sabían nadar! Entonces les preguntó:
— ¿Qué pasaría si alguien se cae al rio?
—Tenemos un chaleco y una llanta salvavidas señor.
Entonces Grenzio informó que se iniciaban clases de natación, y se dio modos para sujetar sus cinturas con pitas a los arboles cercanos y los echaba a la corriente, para flotar y perder el miedo al río, luego los ponía de dos en dos a patalear como perritos. Cuando la lección terminó, el preso y la tropa se secaron, se vistieron, luego fueron marchando al cuartel, precedidos por una canción colegial que aprendieron cuando jóvenes. La tropa bulliciosa que espantaba pajaritos, mosquitos, mariposas llegó corriendo al patio de formación y fueron a cambiarse para estar presentables.
El parte transcurrió con una nueva noticia, ¡la tropa no sabía nadar! Pero se habían iniciado clases de natación. Luego del parte, el sargento llamó al cocinero de turno para preguntarle ¿Qué tenemos para la cena?
—Sopa de gallina robusta, dura como madera, cocinada con añadido de plátano verde machacado, maní y varios vegetales.
— ¡Qué yo sepa no tenemos gallinero en la comandancia! ¿De dónde salió el bicho ese? ¿De algún lugar cercano?
—El cabo Mangure lo encontró vagabundeando al norte del poblao, sin ninguna identificación, cuando quiso detenerlo, se dio a la fuga. Lo persiguió y lo capturó en una chacra, torciéndole el cogote para que no alertara a su dueño.
Canilas sonrió de buena gana, luego se dirigió a su oficina e hizo llamar al preso Moxela. Éste llegó más limpio que una palmera en borrasca de verano y saludó al entrar a la oficina.
—Tome asiento y póngase cómodo que no vamos a tener una charla formal, me interesa conocer detalles de su encuentro, con la primera autoridad del país, si le parece señor Moxela.
Grenzio, estuvo de acuerdo y empezó su relato: "Le informó que no
se publicó nada por prensa oral ni escrita; el asunto sucedió a media tarde de un viernes, cuando estaba sentado en la plaza principal leyendo noticias del único periódico autorizado; Pedían al gobierno información sobre los políticos detenidos, exiliados o lista de muertos."
"Por la plaza pasaba una banda con música tristona, era una
procesión y ahí estaba el dictador, presumiendo de espiritual vida. Detrás, venía la virgen, protectora de las FFAA, llevada en andas por cadetes del Colegio Militar y al final el ejército pertrechado de gala con relucientes armas."
"En eso, apareció un joven rebelde que se paró sobre el banco, donde él estaba sentado y empezó a insultar al presidente: de dictador, asesino, gritando fuertemente: ¡Libertad a los presos políticos! ¡Abajo la dictadura militar!”
"Como también sentía bronca, me subí al banco y tan alto como soy, repetí lo mismo que había dicho el muchacho, pero mi voz barítona retumbó tan fuerte, que la multitud coreó los insultos y me aplaudió en medio de las bandas. Los guardias secretos dieron sólo conmigo, porque el muchacho huyó como un ratón descubierto y cuando estaba para sentarme a terminar de leer mi periódico, aparecieron varios agentes que me encañonaron, me quitaron el periódico y sin miramientos me llevaron en una vagoneta negra, hasta el Control Político, que, para colmo, estaba sólo a dos cuadras, ubicado frente a los tribunales de justicia."
"Me quitaron mis ropas y el sombrero, luego me metieron en un cuartucho oscuro que olía a guardado, bajo unas gradas antiguas de alguna antigua casona, lleno de escobas, basureros. Ahí me tuvieron sentado en el piso por unas horas, sin saber a qué atenerme."
"Nunca había estado en esta situación. Sería medianoche, cuando
alguien me dio un puntapié en la pierna izquierda y me ordenó que saliera. Dos hombretones cubiertos con capucha negra tipo pasamontañas me sacaron a empujones, luego me llevaron a un cuarto lúgubre donde brillaba una luz muy fuerte, me sentaron en una silla y me llamaron, repetidamente por mi nombre completo, presumí leyendo mi identificación."
"Más tarde se acercó uno de ellos, cuyo aliento olía a alcohol y dientes maltratados, que casi me hace vomitar, me dio un latigazo en el brazo hablando palabrotas irreproducibles, me dijo” Ahora vas a saber que no se debe insultar a mi Presi, conque viejito alzao, proclamando libertad de los revoltosos obreros y campesinos. ¿Qué tienes con ellos? ¿Eres terrateniente? Alguien revisó sus antecedentes, me los canta ahora mismo”.
“Nada mi jefazo, no hay nada. Es un ciudadano ejemplar, ex catedrático, empresario jubilado, por lo visto estaba sentado en la plaza, leyendo su periódico y se metió a defender a los políticos de oposición”.
” ¡Se debe hacer un escarmiento!, exclamó el jefazo, que a seguir me dio una bofetada y me hizo sangrar la nariz. ¡Hábleme de su compinche!, se fugó otra vez Trumerez. ¿Qué relación tiene con él? ¿Dónde vive?, ¿Con quién se reúne? ¡Hable o la pagará!"
"Así me tuvieron por una media hora, sin decir nada, porque no sabía nada. Me volvieron a golpear sin lastima.” En eso sentí que alguien entró a la habitación y otro personaje, hablaba en voz baja, murmurando a su oído, pero con autoridad firme y decidida. Luego escuché suavemente órdenes, contraordenes, hasta que alguien habló con bastante vehemencia:"
"A sus órdenes mi coronel, entendemos la situación. Iniciaremos de inmediato los trámites para su traslado. ¡Cabo de guardia! lleve al preso a mi oficina, llame al sanitarista para curarle sus heridas. Devuélvanle todas sus pertenencias. Parece que este preso tiene influencias. Sáquenlo de esta cueva y lo mandan a la sección exilios nacionales."
Al terminar el relato, Grenzio habló:
—Después de varios traslados en la ciudad, finalmente me pusieron un guardia y nos subieron a un camión al norte de La Paz-Alto Beni, que en dos días y noches nos trajo hasta un puerto beniano, cercano a la hacienda Gutriego, un gamonal vendido al gobierno. Allí tomamos una lancha comercial y por vía fluvial nos tomó dos días para arribar a puerto Barquesi. Luego de 8 horas, llegué a esta zona perdida en el norte amazónico.
Buntre agradeció por el relato detallado y le invitó un hervido hecho con cáscaras secas de café, llamado sultana, y a seguir le entregó un cigarro de tabaco negro, que había preparado con delicadeza, mientras escuchaba su relato, juntando hoja por hoja, usando el mejor tabaco Amborí que, aunque no estaba trabajado y tan apretado como los originales cubanos, servía para espantar mosquitos y matar el tiempo.
—Y usted, mi sargento Canilas, ¿cómo fue que le enviaron a esta zona?, premio o castigo.
—Mucho me temo que mi historia no será tan interesante como la suya. Ya le contaré a detalle, algún otro día. Tuve un problema con los mandos superiores por defender en una fiesta, a una pariente de abuso indebido y como castigo, me cambiaron de destino a esta zona, en calidad de exiliado. Somos compañeros de infortunio.
—Qué interesante —interrumpió un atento preso Moxela— pero cuando llegó ¿en qué estado halló? a este puesto militar perdido en la Amazonía, pero cerca de esa misteriosa tribu.
—Cuando llegué a puerto Barquesi, grande fue mi sorpresa, al encontrarme con un ex profesor del Colegio Militar, que cumplía exilio en tierras del norte paceño, como jefe militar regional; Mi mayor Marchelo Omontes, que pronto tendrá el gusto de conocerlo. Es una persona sensacional, equivalente suyo, pero en el ambiente militar ¿Me capta?
—Seguro misar Canilas, si usted lo dice, debe ser un gran personaje.
Canilas le relató que a Omontes le debían todas las mejoras en este puesto. Porque en C’Orligni, la única casa habitable era del escribano. Lo demás estaba abandonado, sucio y desmantelado. Omontes se dio cuenta del castigo que me infringían y durante dos meses me envió materiales de construcción y albañiles, además, agregó cuatro soldados con un sanitario, como corresponde a un puesto militar. Quienes pusieron este lugar, habitable. Después fueron llegando muebles usados, una máquina vieja de escribir, escritorio, sillas usadas, etc. Hasta enviaron media docena de camastros con colchones y frazadas, que, estaban destinadas más al norte, a Pando, una población frontera con Brasil.
—Según me comentó Omontes, la orden recibida del gobierno, mi lugar de destino sería un castigo, sin ningún soldado asistente. Sólo víveres para sobrevivencia quincenal, así decía el contundente memo militar.
Buntre, no pudo seguir hablando, porque alguien grito que estaba lista la cena y ambos salieron al alero que a esa hora 20.00, estaba bastante aireado por los vientos sureños, que presagiaban un cambio climático brusco, a inicios del pre invernal mes de mayo. Comieron opíparamente y se fueron a descansar.
El cabo Mangure condujo al preso a su celda y así terminó su otro día, como prisionero en el puesto militar C’Orligni, un miércoles, víspera de la festividad del primero de mayo prohibida por el régimen.
Ese amanecer del jueves, iba a ser muy entretenido para el cabo Mangure, porque se atrasó en llegar al parte de las 07.00 horas, el escuadrón había salido a buscar una tropa de ocuríes que invadió la aldea. Estaba solo, dando vueltas en el patio. Liberó al preso ordenándole salir sólo al patio, a tomar los frescos y matinales rayos solares y a preparar su desayuno.
Grenzio se llevó el desayuno a su camastro y esperó la señal de algún soldado para que le asignen su trabajo diario, pero no escuchó nada más, sólo silencio embrutecido por gallinas cloqueando junto un gran lamento de chanchos salvajes lejos del poblado.
Se encaminó al borde ribereño y vio por encima del muro a un par de tucanes haciendo sonar sus picos; Pasaron volando huchis, cuervos negros con cola amarilla y tejedores de nidos colgantes que ocultos en la frondosa arboleda, hacían vibrar el aire matinal con sus gargajosos sonidos. Levantó su vista fascinado porque en las alturas sonó el clásico y agudo silbido del Cernícalo, lugareño halconcito cazador, que hacía su nido en la copa de las palmeras. Entonces vio aparecer los primeros botes que subían río arriba para comerciar sus productos; Incumplió órdenes y saltó el pequeño muro y agachado por la orilla se fue acercando al exiguo puerto en medio de varias plantaciones de platanales.
Mientras tanto la tempranera tropa cazadora de jabalíes volvió al cuartel trayendo colgado de un palo un pequeño ocurí, capturado en las colinas. Estaban contentos por la presa capturada y sugerían como comerlo. Mangure pensaba cortarlo en partes, para asarlo, otros a cocer en olla. ¿Qué hacer? Se preguntaba. Entró por el pasillo al patio del comando y envió al soldado Huiras a buscar al preso y este retornó al vuelo, gritando.
—Soldado Huiras informando que no hay señales del preso ¡Parece que huyó de nuevo!
— ¡Sonamos soldados!, vamos los tres, hacia la guardia del puerto para cubrir su huida en bote... por la selva, no lo creo. Y todos salieron disparados.
La tropa corría despavorida hacia el puerto, donde el guardia estaba observando con sus binoculares buscando alguna señal en el gran río, al dar en el clavo, vio que iban a pasar los botes comerciales “Risas de sirenas”, “Esturión azul”, miro su registro… anotó 09.00 pasa por C’Orligni, retorna el otro río abajo. Sonrió y se dio vuelta para colgar los plátanos que hace poco, le había traído el preso y se encontró de golpe con la tropa alterada, agitada, llegando como una estampida. El cabo lo paró en seco, tiró la cabeza de plátanos, le agarró del cuello soplando en sus narices y le impetró:
— Soldado Aguiro, ¿ha visto pasar al preso de miér…coles?
—No mi cabo, al preso no lo vi, pero pasó el nuevo cocinero que me trajo esta cabeza de plátano y se fue a revisar su estanque hacia el bajío del puerto, lo estaba tapando con palma y un poco de achoró.
—Vayan al bajío, mientras yo observaré los botes, allí está el bajío y no lo veo Aguiro ¿Dónde está el preso? ¡Deme su larga vista!
A unos 200 m se hallaba un bañista nadando en el rio, como si fuera un delfín, de rato en rato volteaba la vista hacia el puerto y alzaba su brazo saludando. Cerca de él se veía un bote comercial que al verlo aminoró su marcha y el nadador se acercó con buenas brazadas. Mangure gritó.
— ¡Traigan mi rifle! Localicé al escapista y prepárense a salir con la lancha ¿Dónde están las llaves?
—Creo que las dejé en el comedor, se quedaron en mi camisa, voy al tiro —gritó Huiras.
— ¡Traigan mi rifle carajo! me va a matar el sargento si se escapa el preso, muévanse ¿Me oyen?
— ¡Claro que le oyen y lo voy a matar y al preso también! —respondió a sus espaldas el aludido sargento Buntre, que había llegado al escuchar el griterío y blandiendo su arma reglamentaria, la colocó en ristre.
Con el rifle en mano derecha y con el catalejo en la otra observó al bote “Risas de sirena” que había disminuido su marcha por unos momentos y se aprestaba a partir nuevamente. Observó alrededor del bote, que ya partía río arriba, vio al preso agarrado a una llanta ¡Se escapa, pensó!
Ya estaba por hacer sonar la sirena de parada obligatoria, cuando para su sorpresa, el reo se soltó aguas arriba y nadó hacia el puerto como un experto nadador en río, siguiendo y cortando la fuerza de la correntada.
Buntre, no notó la mirada angustiosa de Mangure, apuntó metódicamente con su arma, elevó unos milímetros la mira del rifle y disparó justo cuando llegaba Huiras cayéndose al suelo, pero con las llaves en la mano... y el cabo que se preparaba para zarpar, quedó petrificado.
El cabo Mangure miró a su jefe con indignación, su mirada le decía ¿Qué prisa tenía para disparar? y al caballeroso preso Nº 1. El cabo lloraba de rabia, pero el sargento estaba tranquilo, mirando la correntada, satisfecho por resolver esta inesperada situación.
Entonces Buntre se llegó a la lancha y mostró a Mangure la bahía donde llegaba el ajusticiado reo con sus últimas brazadas, luego vieron que subía a la plataforma de madera. El preso estaba bien ¡Qué susto les había dado el sargento y el señor Moxela!
El cabo se secó las lágrimas al ver cómo el preso Nº 1, llegaba a los maderos del puerto, se sujetaba y subía a la pasarela, chorreando agua, con una bolsa de plástico sujeta al cinto. Se abalanzó hacia él para darle un puntapié, pero algo detuvo su impulso, detrás, a unos 15 m, se veía la panza brillante de un peligroso caimán, muerto, pero todavía coleando.
— ¡Si están listos para partir! —gritó el sargento a los soldados en la lancha—, vayan a recoger al caimán. Vamos a tener comida esta semana. ¡Este señor Moxela tiene suerte! ¿No le parece cabo ranchero? —Éste se abalanzó hacia el preso, lo abrazó apretadamente, se fue a la lancha y partió raudamente en busca del apreciado manjar. Mientras tanto el sargento se dirigió a Grenzio para ayudarle a sacar la bolsa de plástico que traía adherida a su cinturón.
—Señor Houdini, va a tener que parar, ya le dije, con sus escapes súbitos, el corazón de Toño no va a aguantar. Por lo menos avise la
próxima, si va al baño o va a nadar al río o si va a escapar.
—Gracias sargento Buntre, realmente gracias. No me di cuenta del peligro y a mi edad ya no soy tan veloz para escapar de estos bichos, según veo, unos segundos más y me quedaba sin talón. Lo siento mucho; la próxima seré más cauto. Estaba acomodando los dos pescados sobrantes en el estanque, cuando vi el paso de una embarcación más lenta que otras, até la cola de un dorado a mi pierna y me lancé en busca del bote, para cambiarlo por algo más útil.
— ¡Me caigo sin levantarme! ¡Basta Grenzio, no me haga reír, con un dorado atado a la pierna! —Y soltó una risa cantarina ajetreando a varios pajaritos— ¡Sensacional mi estimado preso Nº 1! Es para registrarlo en el parte militar, pero sin nombres o apellidos.
—Cuando llegué cerca de la lancha, ellos disminuyeron su marcha y me halaron; les ofrecí el pescado que me cambiaron por varias cosas. Sobre la mesa del mirador se veían tres botellitas: una de singani ordinario, aceite y vinagre, junto a dos tomates, una cebolla y tres jaboncillos, además de varias bolsitas de pimienta y semillas.
Repentinamente, la amena conversación entre el preso y el sargento fue cortada por los ruidos del bote militar que traía el lagarto, amarrado a un lado. Ambos se levantaron y fueron a ayudar el desembarque. Algunos de los habitantes del poblado habían llegado, atraídos por el disparo del rifle.
El sanitario Ocopi Bustios y el escribano aparecieron asustados por la conmoción matutina y se dirigieron directamente al sargento:
— ¿Qué pasó, —indagó Lapezo— no respetan ni el desayuno ¿Qué sucedió sargento Buntre? explíquese ¿Qué sucedió, hay alguien herido?
—Hola Señores, nada importante, una embarcación pasaba lenta y fue seguida muy de cerca por un caimán; tuve que dispararle para eliminarlo
y tener un poco de carne fresca.
Cuando Ocopi dirigió la mirada a un semi desnudo caballero, con porte distinguido, que ayudaba a sacar el caimán, se acercó a Buntre y le preguntó: ¿Quién era este pintoresco extraño que estaba allí?
—Disculpe mi descortesía, es el preso que llegó de la capital hace tres días. Esperaba notificarle en la inspección sanitaria semanal. Se enterará por el memo, que podrá recoger más tarde.
El sanitario Ocopi se acercó a verlo y lo examinó de pies a cabeza y empezó a conversar con él. Grenzio, que estaba terminando de jalar la cola del lagarto y tenía sus manos embarradas con lodo arenisco sucio, agarró fuertemente la mano de Bustios, que no pudo evitar este contratiempo. Entonces, escuchó la voz pomposa del escribano, quién le ordenaba, revisarle clínicamente para ver si no había contaminado, las límpidas aguas del asentamiento.
El sargento, para evitar más comentarios, agarró del cuello al caballero mojado y lo llevó mostrando exageradamente su fuerza bruta y golpeándole con su fusil de rato en rato. Cuando entraron a la comandancia Grenzio lo abrazó fraternalmente, alegrándose por su puntería. Buntre le ordeno asearse y prepararse para la próxima visita del sanitario Bustios Ocopi.
Luego retornó al puerto a recoger el tesoro intercambiado por Grenzio y a ver ¿cómo su cabo lugareño? iba a dirigir el despedazamiento del caimán atrapado gracias a la tercera o cuarta huida del preso Moxela. El sanitario Ocopi, llegó como a las 11.00 horas, despertó al guardia dormido y le dijo que pasaría a la celda a revisar al prisionero. Entre rumores de: ¡no me jodan, dejen dormir, pase, váyase a la miér... Ocopi se sintió autorizado y pasó al patio interior con su maletín.
Pasó por la celda Nº 1 que estaba abierta y vacía y se fue a la celda Nº 2, donde el preso estaba sentado sobre su lecho esperando ser revisado, limpio, camiseta blanca con pantalón corto; Estaba bien peinado y sus ojos lucían algo enrojecidos por el jabón que había usado en la ducha.
—Señor Moxela, soy Ocopi Bustios, sanitario de este poblado y vengo a revisarle —le dijo un poco asustado, ya que no tenía protección alguna. El preso se hallaba sentado en su camastro, cortándose las uñas y como no respondía, pidió permiso para pasar.
—Pase a cumplir la orden Sanitario y no tenga miedo, además, estoy enterado que es amigo del sargento Buntre, pronto será también mi amigo —y una sonrisa afloró en la cara del preso Moxela.
El hielo de un primer encuentro se rompió, más tranquilo Ocopi inició el examen. Comenzó a revisar sus ojos, estaban sanos y el fondo de su retina estaba normal. El preso lo miraba paternalmente. Luego le tomó la presión, que resultó normal 125/85, para su edad —le puso el estetoscopio informándole— Latidos fuertes, sonoros y constantes.
—¿Usted es médico o algo parecido?
—Soy técnico sanitario. Aquí no pasa nada especial señor Moxela. Esta zona alejada es muy salubre, no tengo mucho trabajo.
Grenzio le preguntó. Debe tener muchos enfermos, más al norte tiene usted una tribu de aborígenes, que seguramente requieren su ayuda periódica o semanal. ¿Va a la aldea o ellos vienen a la posta médica?
—No me va creer Señor Moxela, pero esta gente Amborí, es muy sana, no se reporta ni para vacunarse contra la malaria y como están cerrados por naturaleza brava, no se contaminan. Si me permite relatarle: Tienen su propia vertiente de agua, que es muy limpia y llena de vitaminas A, D y otras. Desde que llegué sólo me permitieron ir tres veces en emergencia: Una vez, cuando un joven rubio de 20 años se había roto una pierna, la enderecé y luego le entablillé con madera y bastante crema antibiótica; la segunda...
—Espere Bustios, dijo que su paciente era un joven “rubio” de 20 años.
—Seguro señor Moxela, en esa tribu, cuyo origen es ignoto, he visto una variedad de razas, hasta tienen barba como la suya y algunos tienen ojos azules como el cielo de marzo. Casi todas las mujeres jóvenes o maduras son muy lindas y trabajan a la par que los varones.
—Qué buena noticia me ha dado, pensé que en este puesto viviría mi condena en una celda oscura y mugre, apaleado por militares dictatoriales, pero vislumbro más aventuras que un ciudadano libre en un país democrático de verdad. ¡Qué interesante! ¿Qué paso la segunda vez? Cuente sanitario Bustios, estoy atentísimo, fúmese un poco de este puro.
Ocopi le acercó la llama de su encendedor. Bustios pitó por unos segundos y tosió fuertemente, era tabaco negro, y prosiguió con su relato y lo que escuchó Grenzio, no le tomó de sorpresa:
"Serían las 17.00 horas. A Buntre y a mí, nos llevaron de emergencia en canoa. Me tocó atender un mal parto, un bebé mal colocado, estaba trancado y como usted sabe, eso casi siempre es mortal para la madre.”




