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—No te imaginás lo equivocado que estás.
—Es una decisión tomada.
—¿Tomada por quién? ¿Por vos o por mí? Porque entiendo que Septiembre no fue consultada de todo esto.
—¡Ni lo será!
—No me había enterado de que habíamos vuelto a la época medieval.
—No me gustaría rememorar la batalla de los cien años —lo incriminó Salvaje en un tono amenazante.
—Por lo visto no te referías únicamente a mi integridad moral, sino también a la física.
—A ambas posiblemente.
—Al menos en la batalla de los cien años había dos ejércitos dispuestos a luchar, aquí parece que hay solo uno. ¿Realmente creés que la manera de retener a una mujer es eliminando a su enemigo? ¿Tan baja es tu autoestima, señor gobernador?
—Demos por terminado el asunto, no quiero volver a verte con Septiembre y se acabó.
Rufino quitó uno por uno los dedos de Salvaje que aún le aprisionaban los hombros, tomó sus cosas, dio media vuelta y emprendió la retirada. Pero un repentino impulso motriz lo detuvo en la antesala del despacho, lo hizo retroceder sobre sus pasos y plantársele frente a frente. En ese momento le soltó un tremendo puñetazo en la cara que le desprendió el globo aerostático, el Aconcagua, los siete mares y las ganas de medirse el instrumento con él.
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