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En esta tarea de escribir textos para la educación media, Augusto fue maestro generoso, pues nos introdujo en este arte a varios de sus estudiantes. Los textos de historia mundial y de historia de Colombia, ya fuera en la Editorial Norma, principalmente, o en otras, como Editorial Voluntad, fueron la escuela para varios de sus estudiantes: Juan Carlos Eastman, Margarita Peña, Carlos Alberto Mora y yo fuimos activos escritores para estos textos, lo que no significa que otros de nuestros profesores y compañeros no fueran autores en otras editoriales con las que Augusto no tuvo relación alguna, pues Margarita y Carlos Alberto fueron profesores míos.
Lo que no podemos olvidar es precisamente el tipo de historia que Augusto escribió en esos textos: toda ella historia social, con el fondo de la primera y segunda generación de Annales, parca en héroes y batallas, abundante en procesos de cambio, con presencia de élites, pero también de “los otros”, el espacio junto con la sociedad, el Estado no reducido únicamente a los gobernantes.
Los otros campos de interés historiográfico de Augusto han aparecido reseñados en varias oportunidades e, igualmente, listaremos esta producción a continuación. En conjunto, entonces, cabe repetir ese lugar común que afirma lo difícil que es sintetizar una vida en unas cuantas páginas. Es cierto, si es del doctor Montenegro de quien hablamos. Pero tal vez sí es suficiente y cabe en pocas palabras afirmar con agradecimiento que Augusto Montenegro fue ante todo un gran ser humano, hombre de familia y de sus alumnos, que dejó marca en todos nosotros, pues fue maestro sabio y generoso.
NOTAS
1 Luis Carlos Mantilla Ruiz (2011). Augusto Montenegro González (1927-2010), in memoriam. Anuario de Historia de la Iglesia, 20, 505-507.
2 Mantilla Ruiz. Augusto Montenegro González, p. 505.
3 Augusto Montenegro González (1994). Palabras de Augusto Montenegro en el Acto Académico de conmemoración de los 25 años de la fundación de la Carrera de Historia en la Pontificia Universidad Javeriana. Bogotá: Archivo Histórico, Pontificia Universidad Javeriana, 26 de octubre.
4 Montenegro González. Palabras de Augusto Montenegro, p. 18.
5 Montenegro González. Palabras de Augusto Montenegro, p. 18.
6 Montenegro González. Palabras de Augusto Montenegro, p. 13.
7 Montenegro González. Palabras de Augusto Montenegro, p. 13.
8 Montenegro González. Palabras de Augusto Montenegro, p. 14.
9 Montenegro González. Palabras de Augusto Montenegro, p. 4.
10 Montenegro González. Palabras de Augusto Montenegro, p. 7.
11 Montenegro González. Palabras de Augusto Montenegro, p. 7.
12 Augusto Montenegro (1985). Fundamentación teórica y propuesta de actividades para el desarrollo de la historia en nuestra sociedad colombiana. Boletín de Historia 2(4), 13-20.
TRAYECTORIA ACADÉMICA
• 1927
Nació en La Habana, capital de la República de Cuba, el 18 de diciembre.
• 1956-1961
Se desempeñó como abogado del bufete Camacho, Collazo y Camacho de La Habana.
• 1955-1961
Fue profesor en las universidades cubanas de Santo Tomás de Villanueva y en la Social Católica San Juan Bautista de La Salle.
• 1953
Recibió el título de doctor en Derecho de la Universidad de La Habana, Cuba.
• 1961
Se vinculó como profesor de historia a la Pontificia Universidad Javeriana desde el 1 de septiembre.
• 1968-1973
Fue profesor en la Escuela Militar de Cadetes General José María Córdova.
• 1974-1977
Fue profesor en la Universidad de Santo Tomás de Aquino.
• 1977-1983
Fue profesor en la Universidad de La Sabana.
• 1965-1968 y 1981-1982
Fue profesor de la Universidad Pedagógica Nacional.
• 1996
Fue designado miembro correspondiente de la Academia Colombiana de Historia, el 5 de marzo.
• 2010
Falleció en Bogotá el 7 de febrero.
OBRAS SELECCIONADAS
• 2010
Historia de la Iglesia en Cuba (1977-1994). Anuario de Historia de la Iglesia, XIX, 293-338.
• 2009
Historia e historiografía de la Iglesia en Cuba (1959-1976). Anuario de Historia de la Iglesia, XVIII, 261-294.
• 2008
Historia e historiografía de la Iglesia en Cuba (1953-1958). Anuario de Historia de la Iglesia, XVII, 283-307.
• 2005
Historiografía de la Iglesia en Cuba (1902-1952). Anuario de Historia de la Iglesia, XIV, 313-349.
• 1998
La enseñanza de la historia en Colombia entre 1902 y 1945: de la armonía entre investigación y docencia de la historia al auge de la renovación pedagógica. Boletín de Historia y Antigüedades, 85, 129-166.
• 1998
Colombia en la última guerra de independencia cubana (1895-1898). Primer Encuentro de Culturas del Caribe (1898-1998), Universidad Javeriana, 27 al 30 de abril.
• 1997
Presencia de Colombia en las guerras de independencia de Cuba. Revista de Historia de América, 119, 3-34. Instituto Panamericano de Geografía e Historia.
• 1996
Presencia de Colombia en las guerras de independencia de Cuba. Boletín de Historia y Antigüedades, 83, 323-355.
• 1987
Cuba: vicisitudes de una comunidad eclesial (1898-1983). En Manual de historia de la Iglesia, t. X: La Iglesia del siglo XX en España, Portugal y América Latina, dirigido por Quintín Aldea y Eduardo Cárdenas (pp. 1050-1110). Barcelona: Herder.
• 1980
Trayectoria y estado actual de la enseñanza de la historia en Colombia. Universitas Humanística, 12, 173-199.
• 1976
Historia de América. Bogotá: Norma. Alcanzó cuatro ediciones más en 1980, 1984, 1995, 1996, y ediciones especiales solicitadas por la Dirección de Instrucción Pública de Puerto Rico, República de Nicaragua y República de El Salvador, entre 1990 y 1996.
Educación teológica
Rodolfo Eduardo de Roux Guerrero, S. J.
En conversación con
Víctor Marciano
Martínez Morales, S. J.
PRESENTACIÓN
El padre Rodolfo Eduardo de Roux Guerrero, S. J., es licenciado en Filosofía y Teología, impartida por las Facultades Eclesiásticas de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá, y doctor en Teología Dogmática de la Pontificia Universidad Gregoriana. Fue profesor de Teología en la Pontificia Universidad Javeriana, por más de cinco décadas, y decano académico de las facultades de Filosofía y Letras, y Teología. Su labor ha sido exaltada en los campos de la espiritualidad, la teología, la música y la literatura. Desde su niñez se destacó por su gusto por la escritura y por la literatura, siendo la lectura un hábito inseparable de su vida personal. Su trabajo musical y sensibilidad poética son una muestra de su creatividad y erudición, vocación que se refleja en su visión teológica de la vida, en su trabajo con comunidades campesinas, con sacerdotes y con religiosas y en su compromiso con los pobres.
Como teólogo especialista en el misterio de la Eucaristía, ha desarrollado una visión amplia de la espiritualidad centrada en el amor por Dios y en lo que ha vivido como hombre, como sacerdote jesuita, siempre dispuesto a comprender la fragilidad humana, a apoyar a los que están en dificultades, y a compartir su consejo sabio. Su vida como testimonio de vida interior y como trayectoria académica ha sido reconocida en el 2005 con la admisión en la Comunidad de Honor Orden Universidad Javeriana en el grado de oficial.
Del trabajo del padre Rodolfo de Roux, S. J., se deriva una concepción de la dimensión filosófica y teológica de la educación, en la que la reflexión sobre la formación comprende la ayuda en el crecimiento intelectual de los estudiantes, la búsqueda de la plenitud de la persona humana, a partir de valores que dinamizan una manera de vivir y que no puede ser reducida al salón de clase. Ser docente es asumir la labor de enseñanza con responsabilidad, seriedad, sensibilidad y gratitud profunda.

EDUCACIÓN TEOLÓGICA
Víctor Marciano Martínez Morales (VM): Rodolfo, muchas gracias por atender esta entrevista, es un honor conocer sobre tu vida y testimonio. Si damos una mirada a tu infancia o tu juventud, ¿qué podría haber incidido para que lograras tener una formación profundamente humanística, poética y musical?
Rodolfo Eduardo de Roux Guerrero, S. J. (RR): Puedo decir que desde muy niño me aficioné a los libros, curiosamente por mi abuela materna, Eufrosina Guerrero Pacheco, una panameña, nacida en el siglo XIX, que conoció a Rafael Núñez. A esa mujer la quise mucho y ella a su vez me consentía. Había heredado de su padre un sentido literario y de lo importantes que son los libros. Por tanto, la biblioteca del papá de ella, Pedro Pablo Pacheco, fue mi refugio y mi primera aproximación a los libros. Todavía me acuerdo especialmente de las fábulas de La Fontaine. Total, que me volví un lector apasionado: he leído de todo en la vida. Recuerdo que mi familia acogió a los jesuitas después de su destierro a fines del siglo XIX. Ellos habían salido desterrados a Guatemala y pensaban regresar a Colombia. Llegaron cuatro o cinco de ellos a Panamá, se hicieron amigos de mi familia, tanto que a mi papá lo bautizó el padre Junguito y en la alcoba de mi abuela había un retrato de aquellos jesuitas, y otro de Monseñor José Telésforo Paúl, también jesuita, que fue después arzobispo de Bogotá. Quiero compartirte el poema que le escribí a mi madre Eufrosina después de su muerte:
In memoriam
A mi madre, Eufrosina
Guerrero Pacheco
Te nos fuiste muriendo
como a escondidas.
Te nos fuiste muriendo
como vivías
tu atardecer:
arropada en la sombra
de tu silencio.
¡Alas heridas
golpeaban tan tenues
en mi ventana!
Te nos fuiste muriendo
como amabas,
recatada detrás de cosas
tan sencillas:
el mantel aromoso
y las begonias blancas
del patio;
la pregunta callada
sobre el dolor y el gozo
de nuestras vidas.
Te nos fuiste muriendo
flor pequeña,
deshojada en el viento.
Y solo queda el corazón
latiendo
con esta insólita
suavidad
de tu ausencia.
La poesía nació en mí en el antiguo Valle del Cauca. Había allí una relación muy cordial y respetuosa con la población afro, que habían sido esclavos de las familias. En la casa siempre había una empleada, le decían la carguera, que lo había cuidado a uno de niño. Yo le decía “mamá”, mi “mamá Marcela”. Lo primero que escribí fue una narración de mi última visita a la “mamá Marcela” cuando se estaba muriendo; se conmueve mi corazón al recordarlo.
Hice mi bachillerato en el Colegio Berchmans, y ahí empezó mi vida literaria, que tuvo gran influencia del sacerdote jesuita llamado Tomás Galvis, quien asumió la clase de literatura y me apoyó incondicionalmente, siempre con palabras de apoyo y aliento. Él fue quien descubrió en mí mis capacidades literarias. Yo no tenía ni idea de ello, pero leía todo el día. Con mi narración sobre la muerte de mi mamá Marcela, el padre Galvis empezó a animarme a escribir. Yo tendría unos 14 o 15 años. Recuerdo que me pidió que escribiera algo para uno de los primeros números de su revista escolar. Yo le escribí una narración de despedida sobre la muerte de Marcela, la anciana negra que fue mi “mamá’ porque en Colombia hay una historia de cómo se ha tratado mal a los negros, pero en mi familia se los trató bellamente.
Rememorando un poco, el maestro Tomás Galvis era un jesuita bogotano, profesor en la Facultad de Filosofía de aquella época, pero yo lo conocí en Cali en el Colegio Berchmans; como mencionaba antes, él tuvo una gran influencia en mí, en el bachillerato y, también, en mi vida espiritual, además de mostrarme que yo era un poeta. Con él hicimos una amistad muy grande.
Como estudiante siempre fui excelente, porque en mi casa había mucho interés intelectual sin que ninguno fuera doctor o algo así, sino que teníamos el interés por el conocimiento y, además, en mi familia teníamos muchas raíces interculturales: mi abuela materna era hija de un cartagenero y mi abuela paterna, de franceses e italianos. Así que en nuestra casa siempre estuvo presente el querer conocer ese saber que las diferentes culturas nos podían ofrecer.
VM: Rodolfo, y ¿cómo nace tu vocación de sacerdote?
RR: Entré a la Compañía de Jesús en 1945, a los 20 años. Junto con Alfonso Borrero −él entró primero y yo después−, los dos resolvimos hacernos jesuitas. Existe una anécdota: el padre Rafael Angulo, mi guía espiritual en la Universidad Javeriana, formó un grupo de alumnos para un retiro. Yo no quería ir, ya que pensaba visitar a un amigo que había ingresado como jesuita al Noviciado de los Jesuitas en Santa Rosa de Viterbo, en Boyacá. Le dije: “No voy al retiro, padre, es que quiero ir unos días al Noviciado”. Ante mi respuesta el padre Angulo me preguntó: “¿Qué?, ¿vas a pensar en tu vocación?”. Lo cierto es que el padre Angulo consiguió que yo terminara haciendo tres días de ejercicios espirituales y, al finalizar, lo supe: ¡yo quiero ser jesuita!
Regresé a mi pensión de estudiantes, junto con Alfonso Borrero, quien estaba adelantando sus estudios de Arquitectura. Me paré al lado de él y le dije: “Alfonso, vengo a decirte una cosa: voy a entrar a la Compañía de Jesús”, y él se voltea y me dice: “¡Yo también!”. Ambos muy emocionados nos preguntábamos cuál era el paso a seguir, por eso fuimos donde los jesuitas a contarles y le pedimos una cita al provincial y así fue como ambos entramos a la Compañía de Jesús.
VM: ¿Cómo fue tu formación en filosofía y teología y tu paso por la Pontificia Universidad Gregoriana?
RR: Cuando estaba haciendo el Doctorado en Teología, en la Pontificia Universidad Gregoria en Roma, Juan XXIII anunció la reunión del Concilio Vaticano II. Por ello me formé en el ámbito de los teólogos que subyacen al Vaticano II. Karl Rahner, especialista en Teología Sistemática, lo mismo que S. Lyonnet, experto en Sagrada Escritura, y el dominico belga Yves Congar, uno de los más importantes representantes del pensamiento teológico del Concilio Vaticano II y de la nueva concepción de la Iglesia; esos eran los profesores de esa época.
Yo me había formado en pura neoescolástica en Bogotá –lo que sabían mis profesores– y, cuando llegué a Roma, la neoescolástica ya estaba abandonada. Allí conocí a Bernard Lonergan y al profesor español Juan Alfaro, S. J., ambos profesores de la Gregoriana. Justo en ese momento estaba todo el proceso de renovación de la nueva teología. Terminé mis estudios doctorales, a finales de enero del 61, y empecé a enseñar inmediatamente en la Universidad Javeriana.
Cuando llegué a Roma en octubre de 1958 para hacer el Doctorado tenía que tomar una serie de seminarios. Fue así que encontré uno que decía Método en Teología. Me pareció interesante inscribirme y resultó que tenía que ver con el libro del teólogo canadiense Bernard Lonergan, profesor de Cristología en la Universidad Gregoriana. Estudié como un loco, me di el lujo de sacar 10 en el examen. Para obtener el título de doctorado uno tenía que presentar una clase delante de varios profesores con la dirección de un profesortutor. Para eso me asignaron a Bernard Lonergan. Entonces di mi clase con base en su texto de cristología. En mi biblioteca conservo la edición original en inglés de su obra Insight.
Así fue que tuve la guía del sabio Bernard Lonergan, un jesuita canadiense, un hombre genial tanto para la Iglesia católica como para la Compañía de Jesús. Gran teólogo. Fue un hombre tan brillante que, en la década del 60, Newsweek Magazine lo eligió para la carátula. Según la revista fue considerado un genio del siglo XX.
VM: Rodolfo, ¿tú qué recuerdo tienes, especialmente, de tus primeros años como profesor de la Javeriana? y ¿cuáles fueron las asignaturas con las que te consagraste?
RR: Como te dije, fui discípulo de Bernard Lonergan en cristología y aprendí a hacer teología con él. Recuerdo bien cuando vine a enseñar mi primera clase de Teología. Tenía que empezar el curso de Cristología y mi único recurso era el libro de Lonergan que traía en el bolsillo. Al tercer año enseñé Eucaristía, y ahí me quedé. Así empezaron mis 50 años de profesor, que empecé desde febrero del 61 hasta noviembre del 2011. Más adelante mi clase de Eucaristía la tomó Víctor Marciano Martínez, aquí presente, y seguí con el seminario de Teología Sistemática.
VM: ¿Cómo fue tu encuentro con la teología de la liberación?
RR: Cada uno de nosotros es hijo de la historia. Yo tengo para mí que con el grupo de profesores con el que inicié logramos introducir el gran cambio que significó la Iglesia precociliar y la Iglesia del Concilio. Es una época muy controversial. En primer lugar, creo que nosotros, de buena voluntad, todo el grupo de profesores que estaba en ese momento, nos equivocamos. Tú conociste a Carlos Bravo, que era la cabeza, y todos los demás estábamos en esa mentalidad de una renovación europea de la teología y en esa visión nos habíamos formado cuando apareció la teología de la liberación.
Conocí a Gustavo Gutiérrez, hoy sacerdote dominico, que en ese entonces era sacerdote diocesano y teólogo peruano. Estuve con él en una reunión que organizó el Episcopado colombiano con el fin de preparar la ida al Concilio Vaticano. Fuimos amigos dentro de lo posible. Quizás cuando se propuso la teología de la liberación hubo error de parte de ellos y de parte nuestra; de parte de ellos porque pretendían que una teología básicamente europea era pecado mortal en América Latina, con lo cual nosotros nos sentimos barridos del mapa; y de nuestra parte, una visión equivocada de lo que implicaba y proponía la teología de la liberación.
Gustavo Gutiérrez, principal representante de la teología de la liberación, publicó mucho más tarde un libro en el que dice que, viendo las cosas en perspectiva, hubo una equivocación en darle cierto énfasis al marxismo en esa nueva teología, en un momento en que estábamos todos en el ámbito de influjo de Fidel Castro, y en el que se dio una batalla contra esa postura, política, social y económicamente. Eso produjo un rechazo, en no pocos, puesto que la teología de la liberación nunca tuvo nada de marxista.
Fue una época muy vital, pero también muy discutida. Por ejemplo, cuando me invitaron al Congreso Eucarístico de Quito, en Ecuador, debía hablar sobre el sacerdocio al grupo de obispos. Cuando iba a empezar mi conferencia uno de ellos me dijo; “bueno, y qué piensa usted de la teología de la liberación… está en el momento trágico”. Respondí que, aunque estaba muy de acuerdo con el sentido de la teología de la liberación, que es la justicia con los pobres, y en eso he trabajado toda mi vida, sería preferible que prescindieran del marxismo. No dije más. Pero al momento el obispo coadjunto de Lima se volvió muy disgustado. Por la noche, estábamos en una casa de los jesuitas, viene el superior y me dice: “Padre de Roux, me da mucha pena, pero para regresar a Bogotá mañana se va a tener que ir en el camión que va por la leche. Monseñor está tan bravo con usted que no los puedo mandar juntos”. Así que me fui en el camión de la leche.
VM: Ese trabajo desde la teología de la liberación, ¿cómo incidió en las clases?
RR: Yo no creo que nosotros hayamos hecho teología de la liberación. Uno tiene que ser honesto: todos los profesores habíamos sido formados en Europa y traíamos la formación correspondiente de los teólogos que hicieron el Concilio Vaticano II, y eso era lo que sabíamos y nos parecía bien. Desde febrero de 1961 hasta noviembre del 2011, mi tiempo estuvo dedicado la enseñanza de la teología, incluyendo mi periodo como decano, que va desde 1980 hasta 1983. Nosotros, como Facultad Eclesiástica, somos más antiguos que la Facultad de la Javeriana.
Mientras fui profesor, también me compenetré con el mundo campesino. Y cuando me ordené sacerdote en el año de 1955 mantuve como ámbito de mi trabajo sacerdotal el acompañamiento en la vida espiritual a los estudiantes jesuitas y al trabajo con campesinos. Por diez años, acompañé al párroco de Sasaima, porque era muy anciano. La última vez que él participó en la fiesta del Corpus, públicamente me dio las gracias. Me decía que yo había sido su coadjutor sin nombramiento. Así fue en realidad. Todos los fines de semana, a la una de la tarde, cogía mi maletica y el bus de la Flota Magdalena hasta Sasaima para ayudarle a él en la parroquia. Y después, durante unos seis años, fui el sacerdote disponible siempre en Santandercito, por falta de párroco, y, finalmente, en Monterredondo, vereda de Guayabetal, del 74 al 2011. ¡Imagínese! Entonces, para mí, el sacerdocio ha sido una alegría muy grande, especialmente en el trabajo con los campesinos.
VM: Este trabajo con las comunidades campesinas influyó en tu quehacer teológico, propiamente en lo que respecta a la Eucaristía y la cultura y religiosidad popular.
RR: Sí. Tengo cantidades de escritos. Los campesinos y en general la gente sencilla tienen unos valores profundos de solidaridad y bondad. Descubrí que los campesinos eran unos actores de teatro extraordinarios por naturaleza, lo mismo que pasó con el cine italiano. Entonces mis predicaciones eran muy cortas, pero siempre presentábamos una minicomedia.
Mientras fui profesor, también me compenetré con el mundo campesino. Y cuando me ordené sacerdote en el año de 1955 mantuve como ámbito de mi trabajo sacerdotal el acompañamiento en la vida espiritual a los estudiantes jesuitas y al trabajo con campesinos.
VM: Rodolfo, pudiéramos pasar a uno de los puntos que, a mi parecer, son bellos en tu vida como profesor y como maestro, y es lo que viviste con el grupo Cosmópolis.
RR: A quienes participamos de este proyecto nos motivó una preocupación metódica, porque nosotros vivimos la transición de una teología basada en el Concilio de Trento y escolástica a una teología del Concilio Vaticano II, abierta a todo el pensamiento moderno. Los padres Carlos Bravo, Alberto Arenas, Pedro Ortiz, Gustavo Gutiérrez, Virgilio Sea y yo fuimos en la década del 60 los agentes de este cambio. Y es en este contexto donde surge Cosmópolis. Aunque el padre Gerardo Remolina, S. J., hizo la traducción del último libro de Lonergan Método y teología y estaba muy interesado en los temas de este autor, su dedicación fue a la academia y no participó de Cosmópolis, mientras que nosotros, acompañados de Francisco Sierra, de la Facultad de Filosofía de la Universidad Javeriana; Jaime Barrera, profesor de la Facultad de Teología, y otras personas, fundamos este proyecto a mediados del 90.
Comenzamos a reunirnos con personas que conocían el pensamiento de Bernard Lonergan, sin mayores pretensiones. Recuerdo que estaba Enrique Gaitán, Mario Gutiérrez, otros cuatro jesuitas y algún profesor de la Facultad de Teología. Todos íbamos leyendo y aprendiendo y eso fue cogiendo sustancia hasta que se formó Cosmópolis. ¿Por qué Cosmópolis? Para Lonergan tenía un significado muy especial: “una mentalidad que trabaja por sanar y construir la sociedad”. El sentido es profundamente activo: se trata de la vida social. Según Lonergan, es la aplicación de una reflexión profunda desde un pensamiento que conoce perfectamente a fondo la realidad, cómo puede funcionar el ser humano para crear una sociedad buena. En ese sentido, Cosmópolis está pensada por Lonergan como un proceso de renovación. Muestra cómo la sociedad humana puede caer en decadencia y llegar a arruinarse. Esa es la tarea de Cosmópolis: la renovación de la vida social, de la vida ciudadana.
Basado en esto, en Cosmópolis nos inspiramos en la idea lonergiana de hacer teología “a la altura de la época”, para colaborar eficazmente con la renovación del pensamiento y de la praxis social. A lo largo de un proceso, experiencial y reflexivo, que me recuerda siempre los ejercicios espirituales de Ignacio de Loyola, aprendí con Lonergan a reconocer, en mí y en los demás, las posibilidades reales, pero también las exigencias y las limitaciones de nuestro obrar humano. De Bernard Lonergan aprendí a valorar al hombre, a todo hombre concreto, como sujeto de su propia historia.




