- -
- 100%
- +
Suspiró O’Donnell, no supe bien si por la impaciencia o por condescendencia hacia su amigo, que solo entonces se giró en mi dirección:
—Pedro, se acercan tiempos muy complicados y te necesitamos —no me pasó desapercibido el tuteo, pero como no era la primera, ni intuía que tampoco sería la última, sorpresa que recibía, preferí dejarlo correr—. Este régimen hace aguas por todas partes y el Gobierno es demasiado débil para evitar que el barco se hunda. Nosotros aguardamos el momento para actuar: se avecina una nueva revolución.
La confesión me cogió totalmente por sorpresa.
—El Partido Moderado está deshecho. El general Narváez —se removió O’Donnell en el asiento, incómodo, cuando escuchó aquel nombre— se ha encargado de ir disecándolo poco a poco, confundiendo su interés personal con el de las filas de la moderación, entre las que se cuentan muchos disidentes.
—Como yo mismo —interrumpió O’Donnell.
—Como nosotros —le corrigió Sotomayor, en un gesto de arrojo que el otro acogió con condescendencia, agradeciendo el apoyo manifiesto ante terceros—. Al igual que ha ocurrido en ocasiones anteriores, esta revolución traerá consigo juntas, gente en la calle, reivindicaciones avanzadas, incluso radicales… Y como siempre, se precisará a individuos para contener el empuje del pueblo y encauzar la situación, evitando que el país se desmadre.
—Ya veo —solo entonces me atreví a hablar, pero me resistía a permanecer callado y manso cual cordero lechal. Por muy influyente que fuese el hombre ante quien me hallaba sentado, él también debía saber que mi precio no sobrepasaba según qué límites—. Me alegra constatar que en este país no se pierden las buenas costumbres.
Cruce de miradas entre O’Donnell, pidiendo explicaciones a don Ramón por la salida de tono de aquel mequetrefe (el mequetrefe era yo), y gesto tranquilizador de mi antiguo jefe.
—Carmona, en esta ocasión hay una diferencia —quien se dirigía a mí era el propio general—. ¿Está usted al tanto del discurrir del escenario político español en los últimos años?
Asentí.
—Sabrás entonces —retomó don Ramón el hilo—, que en 1849 saltó a la palestra una nueva fuerza: el Partido Demócrata Español.
Lo sabía yo y lo sabía toda España. Ese había sido el eco de la Revolución Francesa de 1848 de este lado de los Pirineos.
—Los demócratas presionan desde su posición para que el régimen caiga, los progresistas desde el suyo, y nosotros, los moderados disidentes, desde el nuestro, que no es otro que desde dentro del propio Ejecutivo.
Hablando en plata, había una conspiración en ciernes: silenciosa, como todas las que se habían sucedido durante el reinado de Isabel II. Pero conspiración al fin y al cabo, tramada por los de arriba para cambiar el collar al perro, aunque el can siguiese siendo el mismo de siempre.
Ni O’Donnell ni Sotomayor añadían nada más, de modo que creí obligado intervenir:
—¿Qué puedo hacer yo? —pregunté, temeroso de la respuesta que pudiese llegarme de cualquiera de los dos.
Ahora fue don Ramón quien escrutó los ojos del general, cediéndole el testigo. Así fue como el senador me comunicó mi misión:
—Don Pedro —comenzó, grave, pero sin perder la sonrisa—, oficialmente va a ejercer su carrera de letrado al servicio del Partido Moderado, aunque siempre cerca de la facción que representa mis intereses dentro del mismo. Es decir, manténgase alejado de los círculos del general Narváez, por un lado, y del presidente del Gobierno, el conde de San Luis, por otro, aunque a este último deberá rendirle cuentas de vez en cuando. Nos asesorará legalmente y asistirá a las sesiones de Cortes que se celebren en adelante, si es que se celebra alguna.
»Esta será su rutina diaria, pero su verdadera misión, lo que nos ha llevado a traerle aquí, es una labor de observación: muévase entre los círculos demócratas y vigile sus pasos. Gánese la confianza de los principales prohombres del partido, conozca sus planes, e infórmenos puntualmente. Necesitamos saber qué pasos van a seguir cuando estalle la revolución, para atajar cuanto antes cualquier conato de radicalismo y reconducir la situación conforme a los intereses de la élite a la que pertenecemos. ¿Le queda claro?
No salía de mi asombro.
—Es decir —concluí—, que me piden ustedes que sea su espía entre las filas enemigas. ¿Es eso?
Tos nerviosa de O’Donnell, mientras Sotomayor salía en su auxilio:
—Observador, Pedro —puntualizó—. Ellos van a saber en todo momento que eres de los nuestros y tú te presentarás como colaborador para preparar la revolución. Tu juego será limpio y conocerán tu identidad. Ahora bien, cuando observes algún elemento disolvente, infórmanos inmediatamente para neutralizarlo antes de la hora marcada para el estallido.
—¿Neutralizarlo? —inquirí, abriendo mucho los ojos y fulminando con la mirada a don Ramón, que parecía pasarse por el arco del triunfo mis exigencias.
—Sabemos que dentro del Partido Demócrata hay sectores «colaboracionistas» —me tranquilizó O’Donnell—. Estos últimos están más interesados en participar en el juego político que en hacer una revolución radical en España. Si intuyen que algunos de sus militantes albergan el deseo de convertir el país en un polvorín demócrata, les expulsarán del partido y les arrebatarán todas las atribuciones de inmediato. Así quedarán neutralizados.
Se permitió sonreír con cierta suficiencia, antes de añadir, tranquilizador:
—No creemos en la extorsión ni en el asesinato, letrado, no se inquiete.
Tenía que digerir todas las emociones del día, que no habían sido pocas. Debí permanecer callado largo rato, porque me sacó de mi ensoñación don Ramón Sotomayor, quien me agarró del brazo y me indicó la salida.
—Don Leopoldo, si le parece —se excusó ante su superior—, me llevo al letrado para contarle los detalles del acuerdo. Le mantengo informado de cualquier circunstancia que se produzca sobre este particular, ¿de acuerdo?
Asintió el otro sin hablar, y nosotros salimos del reservado y de la Fontana. Ya en la calle comencé a respirar fuerte, intentando airear mi cabeza para pensar rápido y resolver la situación de manera adecuada.
Espía; tenía que ser espía, confidente, chivato… del Partido Moderado, o al menos, de un ala del mismo. Además, me encargaría de ser el asesor jurídico de quienes la integraban, aconsejándoles, imagino, sobre el rumbo que debía adoptar el país cuando la revolución estallase. Dos tareas nada gratas para mí. A cambio, presenciaría los principales acontecimientos de la historia nacional en primera persona, y podría intervenir de forma directa en el rumbo que adoptaría la nación en los meses venideros. La balanza se equilibraba, pero para mí existía un aliciente añadido: permanecería en Madrid, lejos de una vida en Granada que ya no me pertenecía y que me esforzaba en sepultar, relegándola al último rincón de mi memoria.
Mientras discurría de esta forma, mi mentor me había conducido por la calle del Arenal hasta la plaza de Oriente, donde las damas de la sociedad comenzaban a pasear del brazo de sus esposos o de sus amantes, pues de todos era sabido que tras un gran hombre siempre hay una gran mujer, y tras esta, su marido. Allí, perdidos entre el laberinto de jardines, don Ramón acabó de completar la información sobre mi misión.
—Pedro, si el general te pregunta alguna vez, negaré haber tenido esta conversación contigo —ya empezábamos con los dobleces—. Hay algo que quiero que añadas al trabajo que acabamos de encomendarte.
Yo le miraba, sin ser capaz de articular palabra, habilidad que parecía haber perdido en la Fontana de Oro y que dudaba recobrar de manera inmediata:
—Has de espiar también a los progresistas —el verbo no me pasó inadvertido—. El éxito de la conspiración depende de que los sectores más avanzados del Partido Progresista permanezcan en un segundo plano y nos dejen hacer a los demás. Hay en este partido simpatizantes de los demócratas. Como a aquellos, hay que neutralizarlos. El general —me confesó, con un gesto que indicaba contrariedad—, considera que hay que mantener una actitud diplomática con todo el progresismo, que es nuestro compañero de baile, pero yo no puedo permitir que nos quede ningún cabo sin atar en esta jugada maestra que preparamos. Si algo falla por mantenernos demasiado prudentes con estas gentes; si mis esperanzas de prosperidad se vuelven a frustrar por un exceso de tibieza por nuestra parte… Me voy a cagar en los muertos del general, en sus propios bigotes.
Di un respingo.
—Después me mandará fusilar —añadió—, pero nadie me quitará la satisfacción de haberle dicho lo que pienso.
La cosa parecía clara y, como he dicho, la perspectiva de regresar a Granada no me atraía en absoluto. En realidad, pese a que yo había fingido tener la situación bajo control, aquel maldito hombre seguía siendo el único faro de salvación en medio de la tempestad en que se había vuelto mi vida. Cuando todo aquello acabase, si en algún momento conseguía ser dueño de mi propio destino, también yo iba a ajustarle las cuentas a aquel viejo gordo. No obstante, por el momento más me valía llevarme bien con él.
—¿Cuál debe ser mi primer paso?
Su rostro se ensanchó en una amplia sonrisa, de la que fue testigo la fachada principal del palacio de Oriente, ante el cual acabábamos de detenernos.
—Sabía que podía contar contigo, Carmona —señaló, antes de responder a mi pregunta—. Mañana deberás comparecer en Presidencia, para entrevistarte con el conde de San Luis. Jamás deberá saber que sirves directamente al general O’Donnell, a quien odia con toda su alma. Para él eres un jurista experimentado, venido de Granada con la intención de asesorar al Partido Moderado sobre una conveniente reforma de la Constitución de 1845, que permita al Gobierno mantenerse en el poder y deshacerse de sus opositores. Sobra decir que también nos informarás sobre los pasos que des junto al Ejecutivo.
Asentí, pero tenía una duda.
—Sartorius, el conde de San Luis —me escuchaba don Ramón, atento—, ¿puede saber que trabajo para usted?
Rio con ganas y procedió a explicarse.
—¡Ya lo sabe! —Volvía a disfrutar con mi desconcierto—. Ayer mismo se lo conté mientras tomábamos café, a primera hora de la tarde.
—C… cómo… —dudaba entre verbalizar la pregunta o callarme, pero opté por lo primero—, ¿son ustedes amigos?
Nueva carcajada, aún más sonora que la anterior, que despertó a un bebé paseado por su niñera a aquellas horas de la mañana, mientras los padres de la criatura se dedicaban a otros quehaceres.
—Ay, Pedro. —Su asombro y su diversión me desconcertaban—. Yo siempre he sido amigo de todo el mundo. ¿Cómo, si no, te explicas que haya podido sobrevivir en Madrid durante los últimos diez años, contra viento y marea?
3. Donde se hace la alta política
El día había concluido pronto en lo laboral, pero la última conversación con Sotomayor me había dejado exhausto. Tanto, que necesité deambular por las calles de Madrid sin rumbo fijo, mientras ordenaba mis ideas e intentaba sopesar si merecía la pena enredarme en aquella madeja. Una vez más, de la mano de quien siempre había aparecido en mi vida solo para cambiar el curso de la misma, me veía puesto en un curioso brete: de un lado, la posibilidad de mantenerme fiel a mis principios (¿cuáles eran mis principios?) y regresar a Granada, a una vida gris, junto a una esposa que me había repudiado y a un hijo que se había hecho a la idea de que iba a vivir sin mí; de otro lado, la alternativa del diablo: consentir en convertirme en alcahuete del bando político del general O’Donnell y de don Ramón, no necesariamente por ese orden. Con este fin, habría de usar y prostituir mi profesión real, la de abogado, para encubrir mi verdadera función junto a la élite madrileña. Nuevamente, me dije amparado por la sombra del Dios Neptuno, voy a verme convertido en algo muy diferente de lo que soñaba mientras, en mi juventud, memorizaba leyes y me imaginaba a mí mismo togado e impartiendo justicia en una España huérfana de moral.
Cené frugalmente fuera, en una fonda cualquiera, y me encerré en el cuarto lo antes posible, deseosos de evitar todo contacto humano, como me ocurría cada vez que me encontraba en una situación similar. Mi ánimo, a aquellas alturas, ya estaba resuelto: me quedaría en Madrid y abrazaría el clavo ardiendo en que se había convertido mi destino. Prefería renunciar a todo cuanto había querido ser, enterrando para siempre la ilusión del joven abogado granadino que nunca fui, antes que regresar a Granada y enfrentarme a la cruda realidad: no solo nunca había sido ese letrado ejemplar, sino que jamás conseguí ser nada, ni a mis ojos, ni a los de aquellos que me rodeaban. La gran urbe me ofrecía una coartada, un modus vivendi y una rutina con los que consolar la soledad de mis días; hasta ahí, todo claro. Ahora bien, ¿qué curso habría de tomar mi acción a partir de la mañana siguiente? No tenía ni la más remota idea. De modo que decidí dar por concluidos los desvelos y entregarme al sueño que, como ya he narrado, se resistió a abrazarme con la intensidad que mi cuerpo exigía.
Desperté maltrecho y sudoroso, pese a que en la calle la gente aceleraba el paso y encogía el cuerpo para afrontar un nuevo día de invierno. Creyendo que quizá mi aparato digestivo, acusando ya los estragos de los años, reaccionaba mal ante las comidas grasientas de mi nueva dieta en la capital, me propuse no escatimar en comida de calidad en adelante, y mantener una disciplina equilibrada en lo culinario. Por consiguiente, iba a comenzar aquella mañana con un desayuno ligero: un café solo y un panecillo con aceite. Y de ahí, de nuevo al cuarto para reflexionar y fijar el orden del día, cuya primera parada, sin duda, habría de ser la que mi antiguo superior me había encomendado: la carrera de San Jerónimo, para despachar con el presidente del Consejo de Ministros, Luis Sartorius, conde de San Luis. Salí a la calle con mejor disposición de ánimo que la que había tenido durante toda la tarde-noche anterior, aunque solo me extrañó no haber coincidido con Tomás, el mozo tuerto que tanto había amenizado mi desayuno previo. Qué curioso, pensé, resulta el vínculo que uno establece con cualquier contertulio cuando se encuentra fuera de su ciudad y lejos de los suyos.
La calle parecía bastante animada con el trepidar de personas dirigiéndose a sus quehaceres diarios, y he de reconocer que esa vida de las ciudades siempre ha sido un elemento que me ha insuflado ánimo incluso en los momentos de mayor flaqueza. De modo que la energía iba llenando mi pecho conforme vadeaba la puerta del Sol y acometía el camino hasta el edificio del Congreso. Una vez allí, me identifiqué ante los bedeles de la entrada como el secretario personal de Ramón Sotomayor, cuyo nombre me franqueó el resto de puertas hasta llegar a la antesala del despacho del presidente. He de confesar que el lujo de los pasillos del Congreso me empequeñeció hasta el extremo de, por un momento, hacer que me cuestionase si yo, insignificante chisgarabís de provincias, pintaba algo en todo aquel teatro. A esta sensación contribuyó el bullicio de la antesala de espera, donde a las nueve y media de la mañana ya se reunían varios caballeros de grave rostro que, como yo, aguardaban audiencia con el presidente del gobierno. Para relativizar la gravedad de aquella situación, di en pensar en la ironía que suponía el hecho de que Sartorius, jefe del Ejecutivo, siguiese despachando sus asuntos en las entrañas de una institución que había ninguneado poco antes, suspendiendo sine die las sesiones de Cortes.
Los allí reunidos recibieron mis «buenos días» con miradas hostiles, puesto que era de esperar que todos ellos llevarían tiempo aguardando a que el presidente les recibiese y me veían como una posible amenaza a su orden de llegada. Consciente de que la situación no parecía demasiado favorable a primera vista, decidí afrontar el tiempo sentado en una de las sillas de aquel habitáculo, entretenido en leer el número de La Época del día anterior, así como la publicación más reciente de la Gaceta de Madrid. Apenas habían transcurrido diez minutos en este quehacer cuando la puerta de Presidencia se abrió bruscamente y de ella salió bufando un individuo de estatura media. Cuando lo vieron, los demás dejaron cuanto estaban haciendo para decir, al unísono, como si lo hubiesen ensayado, «Buenos días, don Antonio». El interpelado oteó el horizonte y emitió un gruñido, sin más, dispuesto a largarse con viento fresco. Me sentí torpe porque había sido el único que no le había saludado, y mi desazón se tornó en pánico cuando detuvo su torcida mirada en mí; y digo torcida no por las aviesas intenciones que pudiese albergar en mi contra, sino porque aquel caballero, con todos mis respetos, era bizco.
Deseoso quizá de ocultar su defecto, entornó los ojos y me escrutó durante un largo rato, mientras los demás se percataban de la escena y aguardaban, tensos la mayoría, mientras otros optaban por aparentar que seguían leyendo prensa, con el rabillo del ojo puesto en el relámpago que se cruzaba entre aquel hombre y yo mismo. Sin ánimo alguno de ofrecer un blanco fácil a aquel individuo, decidí aprovechar el trance para recorrer su fisonomía: su rostro, más allá del defecto visual reseñado, reflejaba inteligencia y gravedad, a la que contribuían un bigote y una mosca bajo el labio inferior que comenzaban a encanecer, fruto, probablemente, de la tensión de aquellos días. Su constitución no era obesa, sino fuerte, en el más amplio sentido de la palabra: aquel hombre comía bien, pero su cuerpo entero revelaba una fortaleza que invitaba a eludir cualquier duelo físico contra él, pues todo parecía indicar que las posibilidades de salir airoso eran bastante reducidas. Y, por último, su modo de vestir revelaba buen gusto sin ostentación: una de las grandes virtudes de los hombres de una pieza.
Absorto como había estado en su contemplación, e hipnotizado por su mirada, no me percaté de que él había comenzado a caminar en mi dirección. Cuando quise darme cuenta, se encontraba ya ante mí y me miraba desde arriba. Me apresuré a corregir mi posición de inferioridad apartando los diarios a un lado e incorporándome, para dejar patente tanto mi superior estatura como mi intención de presentarme ante quienquiera que fuese aquel personaje. Entonces, para mi sorpresa, comenzó a esbozar una simpática sonrisa, que borró de su rostro el sofoco que parecía azorarlo cuando salía de su audiencia con el presidente. Me tendió la mano y comencé a comprender cuando oí sus primeras palabras:
—Buenos días —pronunció, con un deje andaluz propio de la costa malagueña—, supongo que usted es el licenciado Pedro Carmona, ¿verdad?
Alguien había hecho su trabajo muy bien, porque de otro modo era incapaz de explicarme cómo así, a simple vista, aquel señor había sido capaz de identificarme sin margen de error. Afortunadamente, no era yo el único asombrado, dado que el resto de «convidados» a aquel encuentro comenzaba a tornar su pasmo en envidia: puede que el presidente les recibiese antes a ellos que a mí, pero aquella persona que ahora hablaba conmigo, y que tan importante parecía ser, me había reconocido y se había aprestado a saludarme.
—S… sí, yo soy Pedro Carmona, para servirle —acerté a balbucir—. Disculpe que no tenga el placer de conocerle para poder corresponder debidamente a su presentación, señor…
La primera respuesta que recibí fue una risa contenida, satisfecha por el efecto de asombro que el individuo había operado en mí. Rápidamente disolvió cualquier duda sobre sus intenciones propinándome un apretón de manos y una palmada en el hombro.
—¡No tiene nada de qué preocuparse, amigo! —Su acento se relajaba mucho más cuando intentaba ser cordial—. Antonio Cánovas del Castillo, andaluz, como usted, y servidor del actual Gobierno de España, como espero que usted también lo acabe siendo.
Ahora todo quedaba claro: Cánovas era uno de los personajes de mayor prestigio en la España del momento. Quizá aún no pudiese contarse entre los políticos más destacados del país, pero sí representaba esa generación que comenzaba a abrirse paso en las intrigas de la Corte y que, un día no muy lejano, estaba llamada a dirigir nuestros destinos. En aquel momento, cuando nuestros caminos se cruzaron, militaba en las filas moderadas y actuaba al servicio de general O’Donnell, pero más adelante su estrella ascendería de manera imparable. Llamó poderosamente mi atención la convicción con que había pronunciado su adhesión al Ejecutivo, pero con tiempo, aquella misma mañana yo acabaría comprendiendo la naturaleza de su pública alocución, en una sala de espera llena de oídos indiscretos.
—Don Antonio, disculpe mi torpeza —respondí, ahora ya más calmado—. Es un placer conocerle. Supongo que don Ramón Sotomayor le habrá puesto en antecedentes de mi llegada…
Fue a decir algo, pero miró en torno nuestro y decidió callar. En lugar de aquel pensamiento que había estado a punto de delatarle, me hizo una proposición:
—¿Aceptaría una invitación a tomar un café, señor Carmona? —Su tono seguía siendo amistoso—. Así, concediéndome su compañía, seré yo quien tenga ocasión de compensarle por la confusión en que le he sumido durante un momento, atreviéndome a dirigirme a usted sin previa presentación.
Nada me apetecía más que poder hablar con aquel hombre, que contemplaba el panorama español desde una perspectiva más joven, alejada de la visión arcaica de los espadones que campaban a sus anchas por las dependencias privadas de la reina. Sin embargo, pesaba en mí la obligación de mantenerme a la espera de mi recepción por el presidente, y así se lo hice saber:
—Lo lamento, don Antonio, pero tengo audiencia con el conde de San Luis.
Una mirada sombría cruzó su rostro durante una breve fracción de segundo, pero se repuso con tal rapidez que llegué a pensar que aquella nube no había sido sino una ensoñación mía.
—Pedro, ya sé que tiene usted audiencia con don Luis —aclaró—, pero estos caballeros le preceden, y me parece que los asuntos que les convocan junto al presidente serán tan graves como aquellos que a usted mismo le ocupan.
Los asistentes asentían tímidamente en silencio, debatiéndose entre la satisfacción por aquella deferencia de Cánovas hacia ellos y el resentimiento hacia mí, un recién llegado, jamás visto hasta entonces en los pasillos del Congreso, que de pronto se colgaba del brazo de aquel prohombre malagueño.
—Si me permite la osadía —prosiguió—, es muy probable que no se le reciba hasta poco antes de la hora de la comida. Como verá —se abrió de brazos, intentando imprimir fatalidad a su razonamiento— no queda más remedio que esperar. Y usted decidirá cómo lo hace: si aquí, matando los minutos con nuestra acertada prensa nacional, —señaló La Época mientras decía esto último— o acompañando a este paisano suyo, si me concede el apelativo.
Lo cierto era que me agradaba codearme con otro hijo de la tierra de Tartesso, y además su alegato parecía impecable. Por tanto, tras una breve cavilación, respondí:
—Acepto gustoso su amable invitación.
—¡Entonces ya está todo dicho! —Me agarró del brazo y me marcó el camino hacia el exterior—. ¡Señores, buenos días!
Gritó, sin detenerse a oír la respuesta que, al unísono, todos aquellos individuos corearon a nuestra espalda. Esta es, cavilaba yo mientras proseguíamos nuestro camino hacia la calle, la diferencia entre el poder y la ausencia del mismo: el poderoso sabe lo que puede esperar y no duda de que lo obtendrá, mientras que quienes carecemos de él no solo ignoramos lo que será de nosotros, sino que además nos enfrentamos a que, llegado el día de necesidad, nuestros semejantes nos escatimen hasta el saludo.
Apenas tardamos cinco minutos en llegar hasta el casino. He de rendir honor a la verdad y decir que nuestra conversación no fue demasiado extensa, pero sí la mar de fructífera para ambas partes. Cánovas se manejaba con franqueza y eso era algo muy de agradecer en un ambiente donde todo el mundo parecía hablar siempre con sobreentendidos y frases crípticas. Desde el principio quedó clara su intención de conocer, simplemente, si yo había comprendido bien las instrucciones que se me habían dictado de parte del general O’Donnell.
—Estimado Pedro, permíteme que te tutee… —se detuvo un momento hasta que asentí, para proseguir—, y te voy a pedir que hagas lo mismo conmigo. Verás, no he querido seguir conversando contigo allí, en aquella casa de chismes, porque como decía el bueno de Lope de Vega:




