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Las dos horas que pasé en su compañía supusieron un choque frontal a mi visión del mundo e iban a transformar radicalmente mi posición en Madrid, hoy creo que para bien, aunque entonces era incapaz de valorar la situación sin otro sentimiento que el de un profundo vértigo. Semanas después tuve ocasión de conversar con Ordax Avecilla, otro de los demócratas congregados en la casa de Aguilar, quien me confesó que la intención de todos ellos había sido mostrarme lo peor de la sociedad; y vive Dios que lo consiguieron.
De la mano de Félix Ramírez, aquel hombre que, según él me fue desvelando, constituía uno de los miembros más activos del ala radical del Partido Demócrata, recorrí el distrito de La Latina, la puerta de Toledo y el puente de mismo nombre, cruzando después a Carabanchel, al otro lado de un río cada vez más infecto por las deposiciones de los madrileños y los residuos de una incipiente industria, aún en pañales más propios de taller de artesanía. A nuestro paso, contemplamos a mujeres con cuerpo de jóvenes y cara de ancianas, resguardadas del frío por varios mantones raídos, que amamantaban a criaturas diminutas mientras recorrían la calle de casa en casa, pidiendo dinero o comida a los vecinos para poder sobrevivir la crudeza del invierno.
Familias enteras se agolpaban a la puerta de las chozas, porque viviendas no eran muchas de ellas, y de las casuchas y chabolas donde vivían hacinadas. Los ojos de los hombres revelaban largos meses de paro forzoso, mientras sus esposas miraban al infinito con resignación y pensaban en un remedio para salir adelante un año más. En la cara de sus hijos se dibujaba el hambre y en sus cabellos bailaban los piojos, carentes como estaban de las mínimas condiciones recomendables de salubridad. De hecho, en la cabeza de alguna criatura pude ver los efectos de los eccemas provocados por la suciedad: grandes calvas donde antes había crecido el pelo sano, y ampollas y úlceras en las manos y los pies, descalzos pese al frío helado que subía desde el Manzanares.
A lo largo del puente multitud de niños correteaban y jugaban para entretener las horas y ver pasar un día tras otro, ignorantes de que el futuro que les esperaba les llevaría a recordar, una y otra vez, aquellos días de felicidad y dicha. Días en los que el peso de la responsabilidad había recaído sobre sus mayores y ellos se limitaban a preguntar si había algo para comer. Años después, cuando ellos fuesen los nuevos padres del mañana, sentirían el dolor que entonces sus progenitores debieron soportar, cuando se sale a buscar trabajo sin fortuna y uno ha de decirle a sus vástagos que no, que hoy tampoco Dios se acordó de ellos. Muchos incluso chapoteaban en la orilla del río, ajenos totalmente a la toxicidad de las sustancias en las que bañaban su piel o que ingerían cuando tomaban algún sorbo de agua helada, porque para lo único que el Manzanares se mantenía fiel a su naturaleza fluvial era para reflejar en su cauce la temperatura ambiente.
Creía haber visto lo peor cuando llegamos a la orilla opuesta, donde el fenómeno del urbanismo, o su sucedáneo de chozas, aún no había llegado. Allí generaciones enteras de desgraciados se amontonaban en tenderetes donde padres y madres, hermanos y hermanas, primos, tíos y sobrinos dormían y vivían, todos juntos y bien revueltos. Aquí y allá, amparadas por la menor frecuencia con que la guardia patrullaba por la zona, algunas jóvenes de apenas quince años se ofrecían a los transeúntes, ataviadas solo con una falda de lana que remangaban para mostrar su género, y un desgastado mantón de manila bajo el cual albergaban sus pechos desnudos.
Llegado aquel punto, fui incapaz de soportar el espectáculo y pedí a mi acompañante que me llevase de vuelta al Madrid que yo conocía. Ramírez se encogió de hombros y aceptó la orden, sin rechistar, probablemente porque el color de mi cara le había alarmado y no deseaba verse ante la perspectiva de socorrer a un desmayado en medio de aquella gente. Una hora después, tomando aire a grandes boqueadas para dejar atrás aquellas visiones, me apoyé contra la pared de mi fonda. Entonces, Félix posó una mano en mi hombro y me dijo:
—Lamento la situación, don Pedro, pero era preciso que viese usted las condiciones en las que vive la inmensa mayoría de la población, a escasos minutos del mismo lugar donde usted puede dormir cada noche bajo techo. Muy cerca, incluso, del palacio donde los próceres de la patria deciden el destino de todos los que habitamos este país.
Un sudor frío resbalaba por mi frente mientras yo asentía ante la verdad de sus palabras, al mismo tiempo que negaba, resistiéndome a que todo aquello pudiese ser cierto.
—Ese es el pueblo español —continuó—. El pueblo que pasa hambre; hambre de verdad, señor, porque cuando usted y yo tenemos hambre, decimos «apetito». En cambio, ellos asocian el hambre a la carestía; a no tener literalmente nada que llevarse a la boca. A hervir la suela de un zapato para cocinar un caldo oscuro que se parezca tímidamente a una sopa.
Tampoco quiso torturarme mucho más, de modo que se dispuso a marchar, no sin antes advertir:
—Ahora usted decide si cree o no en nosotros.
Atormentado, me encaminé a mi cuarto. Anselmo, un hombre mayor y bigotudo que estaba de servicio en aquel turno, me llamó desde el fondo del comedor para avisarme:
—Señor Carmona, tiene usted una nota.
Me la pasó y comencé a abrirla, no sin antes pasear la vista por la concurrencia, inusitadamente nutrida, hasta que el propio mozo me hizo percatarme de la razón:
—Mañana es Nochebuena —aclaró, palmeándome la espalda—. ¡Si viera usted cuántos madrileños pasan por aquí de camino a su casa, en los pueblos de alrededor!
Para fiestas estoy yo, pensaba, hasta que abrí la nota y, otra vez, la realidad se empeñó en llevarme la contraria:
Querido Pedro,
Me habría gustado decírtelo en persona: Esperanza me ha confesado que le caíste muy simpático y, como estás solo en Madrid y nosotros tampoco tenemos a nadie, nos sentiríamos muy honrados si compartieses nuestra mesa mañana por la noche, en la cena de Nochebuena.
Un abrazo,
Antonio Castillo.
Firmaba así, con su nombre real, porque en la fonda habría suscitado las sospechas del personal que me hubiese escrito con su identidad ficticia. Sin embargo, fingiendo que la nota se la había hecho llegar otra persona, y pasándola a su vez a un compañero, nuestro secreto quedaba a salvo. Hasta ahí, todo perfecto; pero a mí no me apetecía unirme a una celebración de felicidad y prosperidad, porque era incapaz de creer que ambos conceptos existiesen en una sociedad que consentía realidades como la que acababa de presenciar. Así y todo, volví a pensar en la importancia de nuestro reencuentro, después de tanto tiempo, y en el valor que Antonio daba a mi apoyo en la nueva vida que había comenzado a construirse en Madrid, lejos del recuerdo de Mila y los sucesos de 1843, aunque aquella mujer ocupase un lugar privilegiado en su memoria. Resignado, pues, y maldiciéndome por mi sentimentalismo, llegué a mi cuarto y comencé a mirar entre mis ropas, intentando localizar alguna que se adaptase a la ocasión. Como todo me parecía ajado y pasado de moda, además de maltratado por el viaje, dediqué la tarde a recorrer las tiendas de la calle Preciados y Tirso de Molina, en busca de chaqués, pantalones, camisas y corbatines a la moda; mi gabán aún aguantaría algún año más, de momento.
Aquella noche cené frugalmente allí mismo. Apesadumbrado aún por la experiencia de la mañana, me dispuse a escribir mis impresiones en mi diario, esperanzado en que el sueño tardaría en llegar. El amanecer del día de Nochebuena me sorprendió así, con la pluma en la mano, el papel sobre el regazo y el cuello dolorosamente torcido. Sentí asco de mí mismo: pese al horror presenciado, había sido capaz de dormir y de atender mis necesidades banales, como otro gerifalte más de aquella patria nuestra. Sin percatarme de ello, para mi disgusto, me estaba convirtiendo en un ser sin conciencia.
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