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Yo había sudado lo bastante, sin saberlo. Lo noté cuando de cada gotita se apoderó un frío como una púa.
Cuando la perra entraba al patio vio a la culebra. Saltó ágil hacia un lado un salto largo, y sin olfatearla siquiera y claramente medrosa trepó las escalas con apresuramientos. Las uñas deberían rascar en la madera, como siempre, pero no las oí. Fue así como me di cuenta de que me había desligado de todo, salvo del drama. Me forcé a meterme en otra vez dentro de mí.
A poco llegó el mayordomo. Olían a caballo él y el caballo.
Dio una mirada al despojo: lo orilló sin decir nada. Cuando hubo colgado la silla de su clavo alto, se fue por la serpiente. La pateó primero para asegurarse de su muerte, él muy desconfiado. Después la alzó de la cabeza, apretando la quijada contra el paladar, lo mejor para evitar alentares tardíos, y se fue con ella para tirarla al río, largo cementerio viajero. Ahora estaba escaso de aguas porque apenas iba a comenzar el invierno, y contra las guijas del fondo yo lo oía, cuando estaba en su orilla, que escribía su frase larga. Cuando volvió me dijo:
—¿Lo vio cuando la traía, ahora sí? Es lo que usted quería.
—Sí. Y fue mejor, porque lo vi matándola.
Quiso que se lo contara, y narré escuetamente. Dijo:
—Sí. Es un demonio. Nos libra de otros.
Rufo había tomado suero del tazón, y subió tras de mí, no engreído. Como si esas luchas del matar o el morir le fueran cosa de todos los días.
—Eres un tipo muy interesante —le dije—. Cuídate de las más grandes.
Se lo decía porque una sierpe de más de un metro es ya una máquina de matar muy poderosa, capaz, cuando el cuello no le da, de lanzarse a sí misma, toda entera, en un salto de más de un metro, adelante los colmillos, letales en el mal oficio de clavarse y de inyectar.
Rufo no podía entenderme.
Solo entonces empecé a estar dentro de mí, porque estaba percibiendo a los sonidos en otra vez. Mientras que la justa duró no oí nada. O eso me parece, ahora. Quizá los sonidos del viento mueve-ramas siguieron estando, pero no para mí. Y los chillidos de los pájaros, desde el bosque. Y el bramar de los terneros recogidos. Nada oí mientras que estuve viendo a la muerte llegando, y el corazón casi se paraba como un lebrato con miedo.
El entorno mío de siempre era sonidos, cercanos el bosque y el río. Tardado volvía a sentirlos. Cuando el drama se daba no los percibía: yo era todo ojos. Pero ahora me asombraba un poco, por adecuado al momento, el grito potente de un gran pájaro, al que llamaban como sonaba su grito: “ya’cabó”. Así lo iba diciendo, alejándose: como si él también hubiera estado presenciando hasta el final, y lo dijera ahora.
Me puse a mirar despacio a ese demonio, que, aculado, enfilaba las orejas hasta el monte para que él le contara cosas. Por entonces yo estaba leyendo a Schopenhauer, que me influenciaba harto, y me pensaba, con él y con los genes, que en ese gato estaban todos los gatos que habían sido. Los de los faraones, milenios atrás. Los de Nerón. Los de Popea. Los de un general chino que perdió una batalla por asistir de parto a su gata preferida, y después por eso la vida, y todos los de las innumerables solteronas del amplio mundo. Yo mismo era lo mismo, y era todos los que hubo antes de mí y me transmitieron su vida, y me dio un friecillo que me hizo endurecer las tetillas, del espanto. Eso era demasiado.
Pero Rufo sí que era un demonio único. No sabía nadie de otro gato que se trajera al patio de su casa esa clase de preseas derruidas, como para decir “miren”.
No fui yo quien dio con Rufo muerto, meses después, sino el mayordomo, y no tan lejos de la casa. Si no le bajaron las aves negras, que yo hubiera detectado, fue porque murió a cubierto, bajo unos matojos muy densos. Pero el mayordomo, que tenía un oído exquisito, que igual envidiaba yo como envidiaba los dientes de la negra, estuvo sintiendo en una mañana el bordoneo sordo de esas grandes moscardas azules que depositan sus huevos en los cadáveres, y se acercó a investigar. Vino a darme la noticia:
—Allá está el gato, muerto. Perdió una. La que se pierde en las que él andaba. Siempre hay una que se pierde. Nadie ha ganado en todos los revolcones.
Fui a verlo, un dogal asfixiante a mi cuello. Estaba pavorosamente hinchado de la cabeza. Tanto que la hinchazón le hizo de vaina al colmillo destapado, y ya no se le veía como a la faca mostrada por uno de costumbres averiadas.
Apartando la pelambre di con las punciones de los colmillos: estaban en el cuello, y la separación que tenían indicaba el tamaño de la cabeza que los usaba: esa culebra era con seguridad una tatarabuela. Me fui por la escopeta, que cargué con cartuchos de posta menuda, y con mucho rencor, y con el mayordomo, usando pértigas, estuvimos removiendo matojos y troncos caídos. Pero fue en vano.
Sólo entonces recogí al vencido guerrero. El mayordomo lo había dicho como era: se acababa por dar con la cara agria de la derrota. Le tomé uno de los párpados para verle el ojo, y estaba opacado como un oro enfermo, un oro envenenado.
—El Derrotado Capitán —pensé.
Me fui con él al río, y cada paso me apilaba tristezas adentro. Ya no era verano, y desbordaba. Lo puse encima: se lo succionó el largo cementerio viajero, desapareciéndolo. Ya no era, sino que había sido. Ahora era río. Después sería peces, o caimán.
La ausencia del gato se notaba demasiado, algo faltándome de continuo.
Una ausencia tan pequeña, llenándolo todo, desperdigada, ubicua, dolorosa.
Dos o tres días después el del olor a caballo me dijo:
—Si pudiera llorar, se atristaría menos. Así es como hacen las mujeres, que vuelven lágrimas a las penas.
—¿Es que se me nota tanto?
—Sí se le nota. Y su tristeza me da tristeza.
—Me hace mucha falta. No creí que iría a ser tanta. Pero es una buena muerte, esa. Él hacía lo que le gustaba hacer. Pero no es tristeza por él. Lo mío es otra cosa.
Se puso confianzudo como nunca, y preguntó:
—¿Qué es, si me permite?
Lo miré con detenimiento: el color oscuro de ese bejuco, la majagua, jineteándole la piel. La pelambre inculta, revolcada bajo la gorra. La nariz chata. Los ojos inteligentes. Tal vez entendiera.
—Es lo inútil de algunas cosas: en el mundo sigue habiendo mapanáes. Ni cien mil Rufos acabarían con ellas. También ellas matan gatos, pero los gatos no se acaban. Lo que hay es esa lucha, durando.
Entonces se atrevió a ponerme la mano en el hombro. Eso me pareció bonito.
Capítulo tercero
Cuando, de muchacho, el nativo del departamento de Córdoba, al cual en Urabá llaman “chilapo”, deja la casa huido, cosa que es la mar de común, dice que “se pisa”.
Cuando, ya de otra edad cualquiera, se va a la francesa de alguna otra parte, sin despedidas, de afán, por malos modos suyos o ajenos, por algún muertecito de mala suerte que se hizo, o por algún hijo ocasional del cual no quiere responsabilizarse, también “se pisa”.
Siempre me gustó el término: equivale a fuga, a ida de a pie poniéndolo sobre la sombra propia, que es una silueta a tinta china que precede, o se arrastra seguidora.
El que va a poner sus pies sobre la sombra escoge bien la hora: de tardecita, para caminar entera la noche y ser logrero de distancias. Entonces, si va hacia el oriente, su sombra lo anticipa larga, y el yéndose la camina, atrás occidentándose el sol.
O, si de mañanita, “porque al que madruga Dios le ayuda” y el sol asoma apenas cuando el de la llanura, el yéndose, va hacia el occidente, camina también sobre la oscura silueta que adelanta los caminos.
Por el medio día el viandante también pone pies en el acurruque oscuro. La sombra se agazapa abajo de su verticalidad, miedosa del sol tan alto: apenas un pañuelo negro, tirado abajo. Apenas un charco de sombras, nada más que un punto ancho.
“Pisarse” sabe y suena a tierras dejadas de prisa. A muerto que no hay que pagar. A mujer sin adiós dado, ni recibido de ella. Atrás se queda lo vivido, y adelante está todo el no se sabe de todo el albur. Atrás lo vivido-gastado. Adelante la vida para usar. Escribo lo anterior recordando a uno.
Se le llamará todavía “Pelos”, si es que alienta en alguna parte. Es un nombre propio casi, más verdadero que el nombre con el cual lo crismaron. Cuando un sobrenombre pega es porque el que lo mereció no quedó bien bautizado, y que el nombre asperjado de agua bendita no le convenía. En el sumario en donde se le nombra debe aparecer poco más que su nombre y el del muerto, y el cómo y el cuándo de la muerte, pero dudo el que aparezca el porqué de ella. Además, el sumario prescribió hace ratos, entre ofensas del polvo y cagarrutas de moscas, y en la quietud de anaquel de un juzgado de pueblo. El sucedido es una muestra del cómo hacerse justicia expedita, que es el modo de esas tierras bajas de Urabá, en donde la justicia cojea y cojea, pero que no llega. La justicia oficial, digo.
Pelos no trabajaba conmigo más que esporádicamente en la hacienda de ganados que yo tenía sobre el río León. Si el trabajo no le resultaba conmigo se las apañaba como podía. Cuando el suceso de que me ocuparé, tumbaba montes para un contratista de por ahí cerca.
Pelos era alto, y delgado, junco caminando con gracia. La fuerza, empero, se le veía como el traje, pero eso no era demasiada gracia porque por allá se le veía a todos. Lo más notorio suyo eran los ojos: miraban firmes a toda hora, con una firmeza de riel.
Pero como su hermano mayor sí trabajaba conmigo en permanencia, el del nombre crinado venía en algunas tardes a comer con él, y en los fines de semana a quedarse. Si abría la mano se veía en ella a un pueblo de callos. A veces contaba de lo que hacía, parte él de una cuadrilla que desbarataba montes cicloneando hachazos. Atrás de Pelos y de la cuadrilla quedaba la tumbazón. Adelante seguía el monte profuso. Contaba que las hachas golpeaban el día entero, desde que apenas se veía en dónde debería caer el filo experto, hasta que en la tarde tampoco se veía. Caían las hachas sobre la robustez vetusta de los troncos. Y que, tajándolos, las hachas les podían. Que sabían caer alborotando quejas. Que levantaban truenos al desplomarse acostados, y que si por afuera eran grises, o negros, la madera de adentro tenía blancura de dientes: al morir el árbol reía albamente. Y perfumaba: casi toda esa sangre vegetal aroma al derramarse.
Pelos había contratado con el contratista principal el derribe de un sector, y este le daba en cada sábado lo mínimo, so capa de que —sin parrandas— Pelos estuviera temprano en cada lunes, y en cada día siguiente, en el degolladero de árboles. Pelos derribaba con el hacha, raíz de ella la mano. Lo hacía así porque carecía de una motosierra, que era su anhelo y su meta. Si se piensa que un árbol de los ordinarios mide como término medio un metro de diámetro, se supondrá los múltiples hachazos que hay que descargarle para que el gigante se desplome. Pero su mano, raíz del hacha, no se cansaba, y descargaba esos miles de golpes desde que el cielo de la noche empezaba a palidecer, hasta que volvía a tener tonos negros. La ronca voz de los hachazos retumbaba el día entero, sin cansancio, con un ritmo regular. Apenas dejaba de oírse cuando el chillido ominoso de maderas reventadas indicaba que el árbol iba a desplomarse. Pero apenas el estruendo que la caída causaba se extinguía, el hacha reempezaba su canción de filo que llevaba la muerte.
Es así como Pelos acumuló, retenido del contratista, que era un mulato perdonavidas y torpemente bulloso, una suma muy importante.
Cuando el degüello vegetal terminó, el contratista, al recibirle al chilapo el derribe, prometió pagarle en el sábado siguiente en esa cantina grande que Chigorodó tiene, y que se llama “La Pesebrera”. Así la pusieron cuando no había carros ni carreteras, y afuera tenía talanqueras para amarrar los caballos, y bebederos, y pesebres para granos.
En esa noche oí, en pocas palabras, lo que Pelos haría con el dinero: iría a comprarse, ¡al fin!, una motosierra que le multiplicaría el trabajo. Y, si le alcanzaba, él creía que sí, una de esas grabadoras ampulosas de luces con intermitencias de guiños. A más, Pelos, para los amigos, ¡y para sí!, se compraría una borrachera de varios días, tres por lo menos, para paliar la larga abstinencia: tres, casi eternos, porque sus miles de pesos alcanzarían también. No se la darían en una cantina, costosa y peligrosa, sino que para la casa de alguno llevarían botellas y botellas.
Al sábado el mulato estuvo rudo y regañón. No había cobrado, decía con cara de pantomimo, pero era claro que en el bolsillo del pantalón los billetes abultaban hasta hacer colina. No había que acosar, añadía. Al sábado siguiente pagaría.
Un negro con cara de marimonda (el mono ese inteligente, que tiene pelambre de carbón, cara de rasgos esculpidos en cera de la negra, brazos largos como ramas, cola prensil), que era el segundo del contratista, regañó a Pelos: un muchacho de 24 años tendría que ser más respetuoso con los mayores. No se cobraba diciendo “págueme”, sino diciendo “por favor, págueme”. No se exigía, no.
Pelos era de poquísimas palabras. Las que tenía no le alcanzaban ni para decir de su ira, para denostar la injusticia, para rebatir al negro. De esas palabras no tenía. Pero una doble culebrita brillante bailaba cóleras en el fondo de los ojos negros. Una indiscreta culebrita de luz, doble, sincrónica, que decía muchas cosas para quien supiera oírlas. Reuniendo las pocas palabras que sí tenía, dijo su veracidad con una voz seca como las piedras en el verano:
—Yo no soy de los para engañar. Lo espero el sábado, como lo más. Lo mejor para los dos es que me pague lo que me debe.
El otro, con su jactancia ebria hizo un gesto burlón. Señaló hacia un bolso de mano en el cual era fácil captar la pesantez de la pistola.
En la esquina de más abajo, esperando, estaba el hermano de Pelos, Mañe, mi mayordomo. Este le descargó:
—No creo que le pague. Se está bebiendo sus hachazos.
Y a él también, en el fondo de los ojos bravos, le bailaba doble la culebrita de la ira, cárdena.
Porque Mañe tenía la misma sangre caliente, y las mismas poquitas palabras ahorradas, y le dolía lo mismo que al hermano la befa dura del no pago. También conocía bien los usos de la región. Por eso aconsejó:
—Compremos dos cuchillos. Nos cobramos con ellos, ¡ya!
Pelos lo pensó. Dijo:
—Esperemos al otro sábado. Usted sabe como yo que los líos son muy cansones.
Y después añadió, como un corolario absurdo:
—Uno con ganas de cerveza, y sin su plata.
En esa semana, que se hizo larga para todos los que sabíamos, con un sábado que parecía empecinado en no llegar, Pelos estuvo limpiándome un potrero. Al sábado madrugó a salir por un caminito que iba por entre los árboles enormes de la selva primigenia. Los árboles ancianos, que subían como desmesuradas llamaradas verdes y que hacían, hasta en los medios días duros del tizón del verano, unas penumbras frescas abajo de donde alzaban sus moles. La selva en la madrugada olía a verde y a tiempo antiguo. La solemnidad del monte tenía gustos a milenios.
Pero en ese sábado el contratista no puso sus malas mañas en Chigorodó. Pelos anduvo averiguándolo en la mañana entera, hasta que supo que el hombre estaba bebiendo en Turbo, con el negro. Quien se lo dijo, le agregó:
—Si mucho, y en mucho tiempo, logrará sacarle la mitad de lo que le debe. Sacarla de a pocos pesos en cada vez. Ese es así, con mañas aprendidas del mismo Satanás.
Pelos no comentó nada, añejo ahorrador de palabras. Y se contuvo a sí mismo para ir a Turbo, hasta tan lejos: para eso no le alcanzaba el dinero. Y, además y sobre todo, Turbo no era el lugar para enfrentarlo: allá, si llegara a pasar algo, él desconocía los caminos todos.
Se pisó, pensaba, mientras que acurrucado junto al puente que daba entrada a la población, vigilaba las entradas sin puertas de la cantina que no cerraba nunca, y a las gentes que salían de los vehículos llegados. Con una navaja afilaba un palito. Con la espera, el rencor.
Pero no vino. Tarde ya se acogió donde un amigo. Adentros suyos la vida se le ardía en furias.
Al domingo, cuando arreglaba para irse a la finca en donde desmontaba potreros, a las diez de la mañana que es la hora de mayor movimiento en el pueblo, vino alguien a decirle que allá, en La Pesebrera, estaba el hombre.
Pelos preguntó que si bebiendo, y le dijeron que no. Entonces de entre el desendurecimiento de la boca sacó una casi sonrisa, y dijo:
—Entonces sí va a pagarme.
Se arregló en yáes, y salió.
Sin esperar a que le hablara, cuando lo vio, el de la bolsa con pesanteces le dijo:
—Anduve revisando cuentas: no le debo nada.
Y señalando al negro de cara de marimonda:
—Este es mi testigo de que le pagué.
El de la cara de cera afirmó, poniéndose la mano al pecho:
—Soy testigo.
El chilapo no dijo nada. Salió por la puerta más cercana al puente. Cuando dio con este orilló por el río hasta dar con una de las callejas transversales, y en una prendería dejó el reloj por lo primero que le ofrecieron: no iba de negocios.
En una venta callejera compró un cuchillo grueso, y, sin que se lo envolvieran, guardado por la manga de la camisa y la cacha perdida en la mano, entró en otra vez a la cantina por la puerta más alejada del puente, no por la carrera sino por la calle.
Quizá no había corrido ni un cuarto de hora. El café reventaba, lleno como un forúnculo. El aire estaba pleno de voces muchas, y de nubecitas de humo. Pelos caminó atrás de uno grande que iba al baño, y cuando el contratista volvió a verlo estaba teniendo adentro de la mitad del pecho cerdoso todo el cuchillo que le entregaron con la fuerza de un hachazo.
En donde un cuchillo termina su desnudez y empieza la cacha se hace un ángulo recto: también entró. Pelos no pudo sacar el cuchillo para írsele como la luz al testigo falso, cacha que quería quedarse y resbalaba.
El acuchillado se alzó, mirándose al pecho. Cuando vio el cuchillo quiso también arrancarlo, olvidado de revólver en la cartera. Tampoco pudo. Cuando entendió que la muerte estaba entrada por razón de unos miles de pesos robados…
—… Hizo feote —dijo Pelos, que ya estaba en la puerta por donde entró.
La cara de cera negra del negro había alcanzado el color de la ceniza, y seguía aclarando. El ánima no le dio para erguirse: de pronto tuvo el culo tan pesado como una pirámide.
Los que hacían la apretazón de forúnculo en la cantina demoraron más de un minuto en resolver los feos que hacía el del cuchillo en el pecho, queriendo sacárselo. Resolvieron el intríngulis cuando vieron la sangre saliendo, tan mostradora de sí. Mientras resolvían habían callado, mucha sorpresa mirando los feos. Después alzaron gritería de la que se oye a las cuadras cuando el tenido del cuchillo se desgajó como una rama hasta el suelo, a tener pataleos leves.
Los de la apretazón de divieso ni siquiera habían visto a Pelos. El chilapo iba ya una cuadra abajo, caminando despacioso como había salido.
—… Porque correr es mostrarse.
Mucho más abajo del cuartel de la policía topó con su hermano, que subía con un primo. Les dijo sin parar:
—¡Pisarse!
Sin preguntas tontolas siguieron con él. Adelante pararon a uno de esos inacabables jeeps de pasajeros con los resortes reforzados, que por allá llaman “chivas”, y en él se fueron hasta donde la carretera agoniza en potreros.
A poco estuvieron en el monte cerrado, sin afanes, él contando con palabras ahorradas de las que siempre tuvo así, y no pidiendo demasiadas explicaciones los otros, que lo entendían entendiéndose. Despacio, porque hasta el monte no iría nunca la policía. Jamás iba, desde eso de las emboscadas.
Pelos se quejaba:
—… Iba a traérmele la cartera para cobrarme con el revólver…
Caminó otra cuadra, y acabó para siempre con los comentarios:
—… Pero el cuchillo que no salía, primero. Y los feos que hizo, después.
En la finca me dijo Mañe, el hermano de Pelos mientras que me entregaba la prensa que yo le encargaba recogerme cuando él salía, luego de contarme en muy pocas palabras todo lo de antes:
—Nos vamos a pisar.
Ellos dos, y tres primos. Las venganzas por allá, en esa tierra ardida, se dan en cumplimiento hasta el límite de primos. Cualquiera puede pagar por otro, sin saber qué está pagando cuando el chorro de municiones le da por la espalda. Como yo le dije no entenderlo, el mayordomo en despedida agregó:
—Usted no es de acá, y por eso es que no entiende. No podrá entenderlo. A eso hay que mamarlo de la teta y tomarlo con el agua de panela, y yo sí que lo sé. Acá no se olvida nunca. Con el clima tan caliente uno vuelve a ofuscarse cuando el calor aprieta y la venganza no se ha tomado. Cuando hay alguno sin pagar lo que debe.
(Cuando alguno está inulto —pensé—. La palabra era demasiado rara para decirla por allá, así es que la dije para mí mismo).
Hicimos en compañía las cuentas de lo que debería pagarle, y cuando fui a extender el cheque hizo que dedujera algo así como una tercera parte. Me dijo:
—Désela mañana a mi mujer. Nosotros nos vamos a la noche.
La mujer era muy pulida para ser chilapa. Tenía una osamenta frágil. Los hombros estrechos, y delicadas las manos. No servía, como las chilapas, para partir la leña y para cargarla. Ni para agenciarse un racimo, y traerlo. Vivía, por eso, muy compuesta. A la primera mirada que se le daba se veía lo que primaba: estaba hecha para gozarla como mujer: así sería un acierto. Pero como ama de casa en un claro del monte, alejado del pueblo, lo mejor sería no recargarla. Igual sería en las penurias, pensé como las razones del que se iría.
Pero él dio otras, sorpresivas:
—Es prima hermana del muerto.
—¡No iría a delatarlo a usted, ni así! —protesté.
—Queriendo no, nunca. Sin querer, puede que sí.
—¿Cómo es eso?
—Querrá saber de la mamá, cuando haga días de no saber. Querrá que sepan de ella: y es así como, no queriendo, lo traicionan a uno.
—Ese es un riesgo chico. Se puede controlar, creo.
—No. Cuando la apuesta es mi cuero o el de mi hermano, no corro riesgos.
—¿Es que ya no la quiere?
—Sí la quiero.
—¿Cuánto hace que está con usted?
—Como tres años. Y ella me quiere. Pero el que anda en las que voy a andar es encontrado por la mujer. Además, ella no está hecha para sufrir.
—Eso es lo que va a hacer.
—Sí, pero es otra cosa. ¿No ve?
Yo no veía.
Él bajó, sin más despedidas, a empacar las cosas. Cuando ella empacaba lo propio, él le dijo:
—Deje. Usted se queda. Con el patrón le dejé alguna cosa.
Salió hacia el oriente, con los otros, y las sombras les caminaban adelante.
En el silencio estruendoso que siguió yo oía caer raspando las voces ásperas de las guacamayas que iban hacia su nido, volando en un arco iris de plumas. Se llamaban y tenían cuentos entre sí. Pasaban lentas, como brasas rojas. Como brasas azules. Como brasas amarillas.
Esperaba, de abajo, sollozos crecidos. Pero solo oía al silencio.
Noche ya oí los desalientos del paso, subiendo. Me dijo desde la puerta, atrás de ella, y enmarcándola, el colorido opulento del ocaso:
—Por caridad, déjeme esa botella de licor que tiene. Me la descuenta. Es que ya no puedo.
Era de brandy, y yo la guardaba para cuando el respirar se me cansaba.
—Eso no la ayuda.
—Sí ayuda.
Saqué en un frasco lo poco que el respirar cansado pedía para descansarse, si iba a ser en esa noche su fatiga, y le di el mucho resto.
Dijo:
—Perdone.
Bajó, arrastrando pasos, muy chica para lo que la estaba estrujando la inmensa región boscosa, con claros de pasto como ojos verdes.
Lo malo era que me contagiaba.
Me metí debajo del mosquitero, a leer. Tuve que poner mucho empeño en captar lo que las letras tenían encerrado, y, cuando al fin pude, supe como en otras veces que se estaba mejor en el mundo de las letras que en este puerco en el que estaba.




