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—¡Ya está! He acabado —dijo por fin Anaiyu.
Navy se incorporó y comprobó que podía caminar perfectamente sin el bastón y que incluso el dolor de cabeza había desaparecido.
—Quédate ahí de pie un momento —añadió.
Navy se fijó en la expresión del dios lobo mientras este se concentraba: en su cara empezó a dibujarse una especie de máscara con forma de «W» que pasaba por debajo de los ojos y que acababa en ambas orejas. De repente, de un punto de esa «W», en el entrecejo, salió un rayo de energía, un haz de luz que alcanzó a Navy vistiéndolo con una túnica blanca.
—Vaya ¡qué cómoda es esta tela! —dijo Navy mientras comprobaba que la marca desaparecía de la cara de Anaiyu—. Por cierto, ¿qué era esa línea que ha salido en tu frente?
—Es la marca de la manada —contestó Anaiyu—. Todos los espíritus de nuestra manada la tienen. Y tú también.
—¿Yo? —preguntó Navy, lleno de estupor.
—Sí, aunque no se te vea, tú también la tienes.
El chico se tocó la frente, pero no se notó nada raro...
—Tranquilo. Ya tendrás tiempo de ver cómo va apareciendo y el poder que tiene. Pero ahora necesito que me entregues el amuleto que te dio Wolf —le dijo Anaiyu mientras extendía la mano—. Tengo que purificarlo tras todo lo que ha sucedido.
Navy se quitó el talismán del cuello y se lo entregó con total confianza. Entonces Anaiyu, utilizando su poder espiritual, extrajo las energías negativas que se habían acumulado en el amuleto y se lo devolvió. Navy se lo puso de nuevo al cuello y, de repente, sintió que su cuerpo era invadido por una energía enorme.
—¡Guau! ¡Es increíble! —dijo el chico entusiasmado—. ¡De repente, me siento muy fuerte! ¿Qué es esto? —preguntó Navy.
—Es la energía y la esencia de todos los animales espirituales. Un poco menos de esencia que de energía, porque la cantidad de esencia no importa en absoluto.
—¡No he entendido nada de lo que me has dicho!
—No te preocupes. Lo importante es que entiendas que, a partir de ahora, no debes separarte de este amuleto.
—¿Por qué? ¿Qué quieres decir con eso de «a partir de ahora»? —preguntó Navy.
—Siéntate —dijo Anaiyu con un tono serio en su voz.
Navy comprendió que se trataba de algo importante y se sentó, expectante. Tras una pausa, el dios lobo comenzó a hablar.
—¿Has oído hablar alguna vez de Sylas? —Navy negó con la cabeza—. Sylas es la misma personificación del mal. Es un ser maligno, muy poderoso, pero una fuerza superior lo mantiene confinado e inactivo la mayor parte del tiempo. Sin embargo, cada tanto, esa fuerza flaquea y Sylas despierta, amenazando con destruirlo todo. No sólo este mundo etéreo de los espíritus al que llamamos Sílcux, sino también el mundo físico, es decir, el planeta en el que tú vives.
—¿Qué? —gritó Navy con un tono de preocupación—. Quieres decir que…
Anaiyu asintió con gesto grave.
—Así es. Tu casa, tus seres queridos, tú mismo… todo lo que conoces y amas podría quedar destruido.
—Pero… ¡No podemos dejar que eso ocurra!
—No, y por eso estás tú aquí.
Navy lo miró, perplejo. No sabía muy bien qué había querido decir con aquella frase… El gran maestro se lo explicó con calma, tratando de tranquilizarle.
—La fuerza de Sylas, cuando despierta, es inmensa. Solamente un ser humano con un grado espiritual elevado puede ayudarnos a vencerlo; por eso, cada vez que esto sucede, debemos elegir a una persona que nos ayude en la lucha. Eso es lo que llamamos un lycanther.
—¿Un lycanther? —preguntó Navy, sin apenas creer lo que estaba escuchando. —¿Y está vez me habéis elegido a mí?
Anaiyu asintió. Navy lo miró en silencio y comenzó a sentirse nervioso, abrumado por la responsabilidad.
—No estoy seguro de poder hacerlo— dijo por fin.
—Puedes hacerlo ¡Y debes hacerlo!
—Pero ¿por qué yo? ¡No soy un guerrero! —se quejó—. ¿Y si no tengo la fuerza suficiente?
—La fuerza espiritual es grande en ti, aunque todavía no sabes dominarla. Tendrás que entrenar duramente para conseguirlo. Y no lo harás solo, tanto yo como Owlen y Wolf y otros maestros del mundo de Sílcux estaremos a tu lado.
Navy se tranquilizó un poco al saber que podía contar con la ayuda de Anaiyu y de sus amigos. Por fin, fue capaz de dejar a un lado sus dudas.
—Está bien. Lo haré.
—No esperaba menos de ti —contestó Anaiyu.
—Pero ¿cuánto falta para la batalla?
—Aún falta un año para que Sylas despierte.
—¿Un año? ¿Y qué pasará con mi familia en la Tierra durante todo ese tiempo?
—Tranquilo. Un año en Sílcux equivale a una hora en tu mundo— dijo Anaiyu—. Sin embargo, tenemos que apresurarnos. Mañana mismo comenzaremos con tu entrenamiento. Aunque antes… tendrás que bañarte.
Anaiyu hizo un gesto con su mano y la puerta de la cabaña se abrió de par en par, dejando ver un precioso paisaje dominado por una laguna. Navy se quedó boquiabierto: ese lago no estaba allí la noche anterior, cuando él terminó de escalar el precipicio. Era como si la casa hubiese cambiado de lugar de manera mágica mientras él dormía. Maestro y aprendiz salieron para admirar aquel hermoso lugar.
—¡Es precioso! —dijo Navy
—Es el Lago de la Sabiduría del Guerrero. Lo llamamos así por las propiedades milagrosas que otorga a quienes nadan en él.
—¿Y cuáles son esas propiedades? —preguntó el chico.
—No lo sé… solo funciona con los guerreros elegidos —dijo Anaiyu en un tono enigmático—. Pero sí sé que es algo muy bueno, ya que todos aquellos que han entrado han salido dispuestos a vencer al mal.
Navy no podía apartar los ojos de esa laguna que parecía atraerle como un imán.
Capítulo 4
“El lago”
A medida que se concentraba en la imagen del lago, Navy se sentía más impaciente por experimentar las propiedades mágicas de aquellas aguas.
—¡El lago es más grande de lo que parece! —le advirtió Anaiyu mientras se aproximaba a la orilla—. Una vez estés dentro, cambiará la percepción de su tamaño y notarás que te adentras en una dimensión diferente. Pero sé precavido: en cuanto te alejes unos metros de la orilla, dejaré de verte.
—De acuerdo, aunque… ¡no tengo traje de baño! —contestó algo avergonzado.
—No lo necesitas. Es mejor así. El agua tiene que bañar todo tu cuerpo. Es necesario que toda tu piel sienta su contacto —le explicó Anaiyu
—¿Y qué debo hacer cuando esté en el agua?
—Tan solo debes preocuparte por llegar a la cascada que se encuentra al otro lado. Cuando estés allí, tu instinto te dirá lo que tienes que hacer.
Navy asintió con la cabeza y se quitó la túnica, quedándose desnudo. Algo temeroso, pero impaciente por sentir el contacto del agua, acercó sus pies descalzos para probarla. Se sorprendió al notar que no estaba fría; al contrario, sintió que una sensación de calidez entraba por sus pies y, a medida que el agua mojaba su cuerpo, experimentó una sensación de paz y bienestar que le inundó por completo. Ni siquiera sentía ya apuro por hallarse desnudo…
Cerró los ojos unos segundos para disfrutar de la intensidad de ese momento y, cuando los abrió de nuevo, se dio cuenta de que Anaiyu había desaparecido de su vista y que el paisaje había cambiado por completo. El lago parecía ahora un lugar inmenso, como un mar, y apenas podía intuir donde estaba la otra orilla. Por unos momentos se sintió algo inquieto al verse tan pequeño en medio de esa inmensidad… ¿Y si tenía problemas o se agotaba de nadar? ¿Quién iría en su ayuda? Pero en seguida se tranquilizó y notó el impulso inconsciente de bucear. Para su sorpresa, percibió que no flotaba ni volvía a la superficie como solía ocurrir en la Tierra. Subía y bajaba a voluntad, como si fuera un pez. Además, podía ver bajo el agua con nitidez y prácticamente no necesitaba salir a tomar aire. Era como si, de repente, se encontrase en su medio natural.
Navy se fijó en una manada de delfines que nadaban a lo lejos persiguiéndose unos a otros, como si estuvieran jugando. Uno de esos cetáceos detectó al muchacho, se giró y, nadando con rapidez, se acercó hasta él. El chico, receloso, subió a la superficie a respirar y vio que el delfín también lo hacía. Entonces presintió que quería hablar con él. Y así era. El delfín dio un salto y expulsando un chorro de agua por su espiráculo dijo:
—Hola Navy, mi nombre es Duphin —dijo telepáticamente.
—¿Acabas de usar telepatía? —preguntó Navy sin darse cuenta de que él también la estaba usando.
—Sí, los delfines hablamos mentalmente —respondió—. Tú debes ser el elegido para luchar contra Sylas.
—¿Me conoces? —preguntó Navy.
—Vivimos en este lago desde hace mucho tiempo, así que es normal que sepamos que ibas a venir. Además, hemos conocido a muchos de los elegidos —respondió Duphin, siempre sin emitir ningún sonido.
—Entonces sabrás a dónde tengo que ir.
—Sí, te vamos a ayudar a llegar más rápido.
Duphin se dio la vuelta buscando a los demás delfines y con un sonido agudo que salió de su boca, convocó a la manada. Al acercarse, los cinco delfines comenzaron a nadar en círculos alrededor de Navy, que se sintió invadido por un poder espiritual, al tiempo que veía cómo sus piernas se transformaban en una cola de delfín.
—¿Qué ha pasado? —dijo Navy telepáticamente.
—Ya sabemos que Anaiyu te ha dado la esencia de todos los animales del mundo, así que nosotros te hemos ayudado a convertirte en delfín —le respondió Duphin.
Navy comenzó a tomar el control de esa nueva extremidad que le permitía moverse en el agua con rapidez y comodidad ¡Otra vez sufría una nueva transformación!
—No estoy seguro, pero creo que no ha sido casualidad el que me encontrara con vosotros —dijo Navy.
—Tienes buen instinto. ¡Eso es muy buena señal! —contestó Duphin—. Todos los elegidos que visitaron este lago antes que tú tenían en común el elemento agua en su horóscopo, y todos ellos pasaron por la experiencia de transformarse en un delfín. Espero que tú también te encuentres cómodo.
—¡Sí, es genial!
—Pero aún falta algo.
Duphin y sus compañeros comenzaron a nadar alrededor del chico, rozándolo suavemente cada vez que pasaban junto a su cuerpo. Y cada uno de esos roces hacía que creciese poco a poco en su espalda una aleta dorsal.
—¡Guau! —dijo Navy, asombrado, cuando notó el nuevo apéndice que asomaba de su cuerpo desnudo.
—Ahora tienes que imitar nuestros movimientos para que aprendas a nadar como un verdadero animal marino —le dijo Duphin.

Los delfines enseñaron a Navy a usar su cola de delfín para impulsarse y su aleta dorsal para cambiar de dirección. Tras unos minutos de práctica, Navy sintió que su cuerpo se había adaptado perfectamente al agua comenzando a nadar tan rápidamente como lo hacían ellos.
—¡Ya nadas muy bien! —le comentó Duphin—. Es momento de ir a la cascada.
La manada, de la que ahora Navy formaba parte, comenzó a nadar velozmente; apenas unos minutos después ya habían cruzado el lago. Duphin hizo un gesto y todos se detuvieron. Sólo entonces se percató Navy del estruendo que se escuchaba: era el ruido que hacía el agua al caer desde una gran altura.
—¿Hemos llegado? —preguntó Navy, siempre usando la telepatía.
Los delfines asintieron. Navy subió a la superficie y contempló la majestuosidad de la cascada que tenía delante de sus ojos.
—Así que ésta es la cascada de la que me habló Anaiyu —pensó Navy para sí—. Pero, me pregunto ¿qué tengo que hacer aquí?
El chico se sumergió de nuevo buscando el consejo de sus amigos, los delfines, pero éstos ya se alejaban nadando tan velozmente como habían llegado, así comprendió que estaba, otra vez, solo en esto y volvió a la superficie.
—Anaiyu me dijo que confiase en mi instinto —se dijo a sí mismo, tratando de darse ánimos.
Al mirar con detenimiento, observó que la luz del sol traspasaba el agua en algunas zonas de la cascada, iluminando lo que parecía una cueva. No sabía por qué, pero Navy intuyó que lo que buscaba estaba dentro de esa cueva, al otro lado de la cortina de agua que caía con una fuerza enorme. Tendría que demostrar su valentía si quería averiguar lo que había allí. De pronto, recordó las ocasiones en las que había ido a ver delfines en el zoo y los ejercicios y saltos que realizaban.
Así que respiró hondo, tomó todo el impulso que pudo con su cola de delfín y saltó al interior de la cueva, atravesando la catarata.
Capítulo 5
“El sauce”
Navy atravesó la pared de agua que caía con fuerza y aterrizó en una especie de río subterráneo que parecía adentrarse en el interior de la cueva. Enseguida se percató del silencio y la oscuridad que lo rodeaban y cuando volvió la cabeza vio que la cascada que acababa de traspasar había desaparecido por completo, como si hubiese sido sustituida por una pared sólida y oscura, como el resto de la cueva.
—¿Dónde estoy? Casi no veo...
Navy dejó que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad como si fueran los de un búho, por lo que no tardó en apreciar unas pequeñas luces que brillaban al fondo. Intrigado por ellas, pensó en ir en esa dirección nadando por el río. Sin embargo, a medida que avanzaba por la corriente, sintió que perdía la sensibilidad de su cola de delfín. Miró hacia abajo, pero ésta había desaparecido. De nuevo estaban sus piernas, al tiempo que también su aleta dorsal había desaparecido.
—Vaya ¿qué ha pasado? Yo no elegí volver a la normalidad —se dijo a sí mismo.
Entonces, recordó la sensación que había tenido al atravesar la cascada.
—Quizás haya sido la cascada la que me ha devuelto mi forma humana —pensó Navy.
Recuperada su propia naturaleza y, completamente desnudo, comenzó a nadar a la manera humana hacia las luces parpadeantes que, inexplicablemente, le atraían. Poco a poco, la cueva se iba ensanchando y esas luces se iban haciendo más brillantes, de manera que Navy podía ver la multitud de estalactitas que colgaban del techo, ofreciéndole un magnífico espectáculo. El chico se apoyó en una roca para descansar y para admirar la belleza de la cueva.
Tras descansar un poco, siguió adelante hasta encontrarse con una especie de recodo, lo dobló y entonces vio un precioso jardín lleno de vegetación: flores de mil colores, plantas diversas y una extraña luz que lo iluminaba todo, pero que no se sabía de dónde provenía (al fin y al cabo, seguía en el interior de una cueva). Y, en el centro de ese maravilloso jardín, un enorme sauce, alrededor del cual volaban miles de luciérnagas. Abrumado por la especial belleza del ambiente que le rodeaba no pudo evitar preguntarse en alta voz:
—¿Qué es esto? ¿Dónde estoy?
—Guerrero, acércate —dijo de repente una voz.
—¿Quién ha dicho eso? —preguntó Navy intentando ver quién le hablaba.
—Me tienes delante. Puedes llamarme Ánzant.
Sin saber cómo, Navy comprendió inmediatamente que quien le hablaba era el sauce que se erguía majestuoso delante de él, en un islote rodeado de agua poco profunda. De hecho, ya nada le sorprendía en exceso, y empezaba a pensar que todo era posible en este mundo paralelo en el que estaba… Ánzant desprendía un aura muy poderosa y pura, lo que hizo que Navy confiara en él desde el primer momento.
—Acércate —dijo Ánzant, con una voz que a Navy le resultaba extrañamente conocida...
Navy salió del agua y subió unos escalones de piedra para llegar al pequeño islote en donde se encontraba el sauce, que parecía un árbol antiquísimo. Sus ramas estaban en flor y emitían un brillo que creaba un aura mágica a su alrededor. Navy, maravillado por la preciosidad del sauce, se situó debajo de sus ramas e intentó cubrir su desnudez con algunas hojas.
—No tengas vergüenza, Navy. Aquí debes mostrarte tal cual eres—dijo Ánzant.
Navy le creyó y soltó las hojas.
—Has llegado hasta aquí. Eso dice mucho de tu fuerza y tu determinación. Pero aún te falta bastante para poder asumir la tarea a la que te vas a enfrentar.
—¿Y cómo puedo obtener todo lo que me falta?
—Yo te ayudaré. Te daré el poder de controlar la energía espiritual como hacen tus maestros —dijo Ánzant.
—Con la palabra maestros te refieres a Anaiyu, Owlen y Wolf, ¿verdad?
—Sí, ellos mismos —respondió el árbol.
En ese momento, una rama del gran sauce se dobló hacia Navy hasta tocar su entrecejo, él sintió como si saltara una chispa, e, inmediatamente, notó como su conciencia y la del árbol se conectaban.
—Yo he sido testigo de todas las conciencias de cada guerrero, pero tú tienes algo especial. A pesar de tu corta edad, tu nivel espiritual es más alto que el de cualquiera de tus antecesores.
Ánzant decía esto con una voz grave y seria que Navy ya no escuchaba en sus oídos, sino en su interior. Se sintió halagado por estas palabras, aunque, al mismo tiempo, sentía el peso de la responsabilidad de saberse elegido.
—Mi espíritu ha cumplido su misión en esta forma física —continuó el árbol—. A partir de ahora me alojaré en tu conciencia. Siempre que quieras pedirme consejos, solo siéntate a meditar.
—¿Dónde tengo que meditar para hablarte? —preguntó Navy—. Presiento que no puede ser en cualquier lugar.
—Solo confía en tu instinto, él te dará la clave. Pero, sobre todo, recuerda: tienes que entrenar muy duro, ya que todos los seres de este mundo espiritual que es Sílcux han depositado sus esperanzas en ti.

Mientras terminaba de hablar, la rama del gran sauce se separó del entrecejo de Navy y este experimentó que las dos conciencias se desconectaban.
—Ahora vuelve con Anaiyu.
—¡Gracias, Ánzant!
—No hay de qué, es mi deber —dijo el gran sauce, mientras desaparecía tras haber cumplido su misión.
Navy volvió al río que conducía a la cascada. Mientras nadaba, reflexionaba sobre lo que le acababa de pasar y comenzaba a ser consciente de la enorme tarea que le esperaba. Sin embargo, estaba decidido a entrenar duro para salvar tanto al mundo espiritual de Sílcux como a su propio mundo, la Tierra.
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