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–¡Ayúdame! ¡Ayúdame!
No me olvidaré nunca de su voz, de su rostro, de su angustia, de su nombre, “ayúdame”, me pedía Manuel Veiga Varela, de veintidós años, casado, con un hijo, natural de Moaña y vecino de Trintxerpe, casi rozándome las manos.
–¡Ven por min! ¡Ven por min!
Menos me olvidaré de Ricardo Souto Barreiro, de veinticinco años, casado, con tres hijos, oriundo de la Puebla del Caraminal, natural de Trintxerpe y vecino de Pasajes Ancho, lejísimos, con lágrimas en los ojos me pedía un “ven por min, ven por min”, en letanía interminable. Se dio cuenta desde un principio que no haría nada por él.
–¡Sujeta el cabo, leche!
Apenas me quedaban fuerzas cuando se lo lancé sobre los brazos, se me acabaron, Lolo no tenía más que soltar la malleta y aferrar el chicote, pero no lo hizo.
–No puedo mover los dedos.
–Muévelos cojones, muévelos y agárrate.
–No puedo.
Las olas nos zarandeaban como a corchos de palangre a la deriva y no obstante, a pesar de su fragor y estruendo, no acallaban el susurro que llegaba nítido y acusador a mis oídos.
–Ven por min. Ven por min.
Mientras imaginaba recursos imposibles mis músculos se abandonaban a la rigidez de la congelación, mente y cuerpo se contradecían aunando esfuerzos para perderme, estaba perdido y mi sentimiento único, obsesivo, era de culpa.
–Por los clavos de Cristo, agárrate.
Lolo me sonrió como disculpándose.
–Non teño maus.
Se quedó sin manos y sin habla, como iba a quedarme yo de un momento a otro, no me olvidaré de la expresión de sus ojos claros, plácida, de su sonrisa tranquila, de la belleza que adquirió de pronto su rostro, tan guapo como no lo fue jamás en vida. Comprobé la realidad de una leyenda, los que mueren congelados lo hacen sonriendo.
–Ven por min...
Hice un último esfuerzo, giré mi cuerpo hacia la red y confirmé lo que no me había ofrecido dudas desde un principio, lo imposible de los quince metros.
–Ven...
Miré hacia Carín, conecté con su mirada y en ese instante, para ampliar el horror hasta lo insoportable, dejó de repetir el ven por mí. La sombra de barba de su rostro imberbe le daba un aire angelical, trágico y hermoso, muerto y seguía llorando con una sonrisa de felicidad eterna, seguía llorando después de muerto, sonreía. Los dos quedaron con el noble aspecto de estatuas griegas esculpidas en hielo, no sentía mi cuerpo, probablemente yo fuera otra estatua de cristal. Una idea absurda cruzó por mi mente pero me aferré a ella como a una tabla de salvación, no sonreír, mientras no sonriera algún milagro podría resucitarme, la clave era no sonreír, fruncí el ceño, apreté las mandíbulas y agoté el recuelo de mi voluntad oprimiendo los labios. No sé exactamente lo que ocurrió, lo que me contaron, quedé flotando a merced de las olas y una de ellas me embarcó en el bote salvavidas que venía en nuestra ayuda, un salvamento milagroso, “menuda cara de mala leche tenías” me dijeron mucho después. Aguanta y no sonrías fue mi último pensamiento lúcido, cuando me desperté a bordo del Bikote me estaban sacudiendo más leches que en el cuartelillo de la guardia civil, no podía mover ni las pestañas, para hacerme entrar en calor, para que reaccionara, me habían desnudado y se afanaban en golpes, masajes, agua hirviendo y plancha, hasta me plancharon, envuelto en mantas me pasaron la plancha eléctrica y ese debió ser el mejor remedio, todavía tengo en la espalda cicatrices de las quemaduras pero eso debió salvarme. Abrí los ojos y conseguí pronunciar dos palabras, los dos nombres foco de mi elipse obsesiva:
–Lolo... Carín...
–No te preocupes, les hemos perdido pero no te preocupes, has hecho todo lo que has podido. Ocúpate de ti.
Claro que yo quería vivir, pero me sentía un canalla total, un sentimiento de culpa tan agobiante que me llevaba la imaginación a sus rostros en una elipse sin escapatoria, obsesiva, los dos agarrados al filamen, con las siras amarillas de sus trajes de agua, mirándome sonrientes. Manuel Veiga Varela y Ricardo Souto Barreiro fueron mi pesadilla durante más de un año, me despertaba a medianoche con sus rostros clavados detrás de mis pupilas, pasó más de un año hasta que me pudiera volver a sonreír frente al espejo a la hora de afeitarme.
–Non teño maus.
–Ven por min.
Respiraba, nada tan reconfortante como respirar, el café me supo a hotel de cinco estrellas, pero la obsesa doble imagen de Lolo y Carín me impidió su disfrute, el sentimiento de culpa era agobiante y el tenérselo que explicar a sus mujeres una tortura a la que me sometería como expiación de mi pecado. Cualquier gesto, cualquier movimiento me producía otra tortura, unos dolores articulares tremebundos, como si tuviera oxidados los más íntimos resortes y cartílagos. El café me supo a gloria y me sentó como un tiro, me asusté, algo en mi interior se había roto, un cristal de hielo hecho trizas con las aristas rasgando cuanta entraña salía a su paso, no era dueño de mi cuerpo, la piel en ronchas blancas y rosas, los labios amoratados, en trance de muerte y no había visto mi biografía en ese instante crucial como dicen ver los ahogados sino los dos rostros de sonrisa feliz, irresponsable. La mar turbia, intentando borrarlos de mi mente, golpeaba contra el casco, el grito de no sé quién sonó como una alucinación.
–¡Ha desaparecido el Bidebieta!
Imposible, los barcos no se subliman en el éter, no desaparecen en triángulos fantasmagóricos, no se hunden sin dejar rastro cuando están ardiendo y su pareja los vigila a pocos metros de distancia. La mar seguía turbia, arbolada y cruel, pero sobre su superficie ni rastro del Bidebieta, no podía ser, y sin embargo el casco, el arte, los cadáveres habían desaparecido. Me incorporé de golpe para comprobar la increíble evidencia, se me quebró la cintura de vidrio y caí sobre el revoltijo de colchonetas y mantas en que me anidaban, gritos y carreras a mi alrededor, me estaba ahogando y no conseguían izarme a cubierta, moriría congelado, pensé que todo era un sueño y que me despertaría abajo, camino de la sima abisal, entre prunos y celacantos, con dos estatuas griegas atadas a los pies, las estatuas se vengaban de mi incompetencia y sonreían, sonreían, sonreían. Fue Arrozagasti el que me devolvió a bordo pasándome los prismáticos.
–Mira. Allí va.
Una alucinación persistente, pero la azul óptica Zeiss no se equivoca, sin marinería y ardiendo el Bidebieta navegaba hacia el Sur, en busca de un horizonte con puesta de sol. Hay siglos en que uno se siente desfallecer, las yemas de mis ateridos dedos se negaban a enfocar de un modo correcto, se me cerraban los párpados, quizá estuviera hundiéndome con las jodidas estatuas amarradas a los tobillos, de ahí la turbia imagen fugitiva.
–No me lo creo.
–Lo llevan a remolque.
Por fin una explicación razonable, volví en mí, de estar camino del fondo, ahogándome, no me preguntaría “¿qué hacemos?”, me volvió el automatismo de los momentos cruciales.
–Perseguirlo a toda máquina.
Avante toda, bramó el diesel, saltó el Bikote como un potro desbocado y la tripulación entera se escalofrió con el mismo espasmo, la tensión nerviosa de quien persigue a un pirata. El frío se soporta mejor con la ira que con la culpa, me hice subir al puente envuelto en una frazada y aunque seguía sin poderme hacer la señal de la cruz, sentí cómo se templaba mi ánimo. La transferencia de la culpa a los piratas era el matiz reconfortante, inconfesable, de la puede que insensata persecución. Ignoraba con quién iba a medir mis fuerzas, pero fueran quienes fueran los budistas que se arremangaran. Budistas de mierda, sus madres serían unas cuantas pero ellos eran unos hijos de buda, se necesita tener entrañas de mercader para hacerlo, mientras pasábamos lo que pasábamos largarle una estacha al botín y llevárselo de remolque con el aritmético propósito de pedir el correspondiente rescate por el salvamento en alta mar. Oirían el S.O.S. por radio y acudieron a echar una mano, joder con los budistas carroñeros, nos la echaron al cuello.
–Les alcanzamos, ya leo la matrícula.
Acortamos distancia, la rémora del peso muerto que arrastraban trabajaba a nuestro favor; Pérez Atorrasagati nombró a los culpables sin bajar los prismáticos:
–Es el Kautokieno, de Stavanger.
Carroñeros vikingos, la madre que los parió, todos los noruegos son más peseteros que la Virgen del Puño, todos menos Birlita, pero se van a enterar de lo que vale un cuerno, como hay Dios que les meto sus cuernos vikingos por el culo, por Lolo y Carín que se los meto. Me puse fuera de mí, el furor de la venganza y la responsabilidad económica de la marea me espoleaban, envuelto como una gamba a la gabardina sería un inválido pero no un inútil, empecé a escupir órdenes. Veía la maniobra con la claridad fanática de un rayo exterminador.
–¿Cuántas armas hay a bordo?
–¿De fuego? Ninguna. Espera. Manu compró en Saint John’s un rifle para su padre, es un cazador empedernido.
–Manu aquí, a mi lado, con la escopeta. El resto de los hombres con cocas y cuchillos de tronchar a lo largo de estribor, los abordaremos por estribor.
A sangre fría puede parecer una decisión disparatada, pero con la furia que golpeaba en nuestros corazones, como el latir de un tigre, sonó tan natural que nadie osó discutirla. Manu se puso junto a mí, la escopeta era nada menos que un Winchester de repetición con mira telescópica.
–¿Funciona?
–De peli.
–Le tiras al que yo te diga.
–No fallaré.
Repasé la fila de hombres, sus rostros curtidos, ofendidos, doloridos, jodidos, aguantaban estólidos los zarpazos del viento y mar dispuestos a cumplir lo que se les mandara. El oleaje no era peligroso para navegar pero sí para la aproximación que intentábamos, elegí tres voluntarios, los tres más jóvenes, los que supuse más ágiles.
–Tú, tú y tú. Vais a saltar al Bidebieta, a cortar el cable de arrastre, ¿entendido?
Ni rechistaron, provistos de hacha y sierra, escoplo y martillo, sobre el carel, parecían equilibristas angélicos, ángeles exterminadores, marinos valientes. Ninguno había cumplido los dieciocho años, el que fallara el salto no los cumpliría. El más crío, Paco, el chou, con quince abriles, me fijé en él mientras silbaba el agua entre los dos cascos con furia de turbina, flexionó las piernas al acecho de la ondulación más favorable, le vi tomar impulso en la cornamusa, improvisado trampolín, y saltar, le veo en el aire, se me detuvo el latir, lo veo ahora convertido en maquinista, un tipo con fibra, los tres con fibra, los veo a los tres en el aire. Levitaron como ángeles, de un casco a otro, en el más formidable de los abordajes. Las caras de asombro de los noruegos, les vigilaba acechando la mínima excusa que me permitiera meterles la retahíla entera del Winchester en su podrido cerebro de contable, pero no reaccionaron, nos dejaron hacer. Un suspiro de alivio al ver a los tres chavales corriendo alegres y furiosos hacia la roda del Bidebieta y descargar sobre el cable opresor hachazos de nervio y sollozos, un grito de triunfo cuando el cable roto saltó como un látigo hacia el Kautokieno.
–¡Cobardes!
–Así le dé a uno en los huevos.
Si alguien ve al Kautokieno en apuros, por mí puede pasar de largo y si le apetece tirar de la cadena que no se prive. No sé cuánto tardé en recuperarme, en poder utilizar la cuchara sin derramarme la sopa sobre los pantalones, pero tardé mucho más en quitar de mis sueños los rostros de Lolo y Carín, sonriéndome, “non teño maus”, “ven por min”, desde aquel día hay sonrisas irónicas que no soporto, sonrisas de chicle que aplastaría a puñetazos. La cosa terminó en el diario de navegación con un escueto “y sin más novedades dignas de reseñar finalizamos la singladura”.
–Firme aquí.
Es una orden, deberían añadir en los centros de oficiales. La cosa terminó con otra novedad más grave, en la mar las desgracias se enredan como en tierra las cerezas, tuvimos que declarar y nos engañaron los burócratas, los administrativos, los abogados y los agentes del seguro, del Lloyd’s o quien fuera, los parásitos. Dijimos la vedad creyendo que además de un orgullo era un mérito y nos hicieron firmar para comernos la palabra. Lo ponían en la letra pequeña y estaban en su derecho, el seguro de accidentes cubría sólo hasta el paralelo 67 y Manuel y Ricardo se ahogaron en el 68, por lo visto nos pasamos en el cumplimiento de nuestro deber y por eso las viudas se quedaron sin cobrar su seguro de muerte.
Patricia Ratto
Un laberinto de ecos y rumores
(Trasfondo, 2012)
Hoy, como estaba previsto, llegamos a nuestra área de patrulla y permanecimos en ella todo el día. Ya estoy cansado de dormir. Tengo el sueño cambiado, me acostumbré a dormir por las tardes y en la noche estoy despierto. Como no podemos estar levantados cuando no es nuestro turno de guardia, sino permanecer acostados, para no cansarnos y para economizar oxígeno, ya no sabemos qué hacer en la cama. Ahora estoy en mi cucheta, desde ahí puedo ver a Olivero, está boca abajo, medio incorporado, con el peso del cuerpo apoyado en los antebrazos, un cuaderno sobre la colchoneta de su cama, y escribe, escribe, por momentos se detiene a pensar un poco, agrega alguna que otra palabra con lentitud y luego toma velocidad y escribe, escribe. ¿Será una carta?, ¿serán anécdotas para un diario personal?, algunos de los otros dicen que escribe poemas para las novias que tiene. Ahora ha tomado el cuaderno, ha girado su cuerpo hasta quedar boca arriba y está leyendo lo que ha escrito. Yo saco el libro que había dejado debajo de mi almohada y me pongo también a leer: el animal no soportó estar afuera de la guarida y terminó volviendo a su ciego mundo cerrado. Olivero desciende de su cucheta, camina unos pasos hacia popa y entra en la cocina. El animal del libro sospecha ahora que lo acechan, teme, y está todo el tiempo escuchando un ruido de algo que se aproxima pero que, desde la madriguera, no puede ver. Olivero regresa de la cocina con un par de botellas pequeñas que, de pie en el pasillo, deposita sobre su cucheta; corta prolijamente unas hojas de su cuaderno, son unas hojas escritas, seguramente las que ha terminado de escribir recién, pone una hoja sobre otra, las enrolla, desenrosca la tapa de una de las botellitas, introduce las hojas en ella, vuelve a tapar; repite la operación con otras tres hojas que le han quedado: las enrolla, las introduce en la botella, coloca la tapa. Se queda viendo las dos botellas acostadas en su cama por unos instantes, ahora se dirige a su taquilla y allí las guarda. Hasta que paulatinamente, dice mi animal, al despertarme del todo, llega la sobriedad, apenas comprendo las prisas, respiro profundamente la paz que reina en mi casa, y que yo he perturbado, regreso al lugar en el que reposo, y me duermo en seguida por el cansancio que me sobreviene. Olivero ha regresado a su cucheta, se ha tendido en ella, ahora cierra la cortinita negra, seguro se dispone a dormir.
Están acostados los otros, cada uno en su cucheta, quietos, callados, con los ojos cerrados, tratando de dormir. Yo también estoy en mi cucheta, pero aún no duermo, me he quedado mirando hacia arriba, el fondo de la cucheta superior que es como un techo de la mía, o una tapa, miro hacia arriba y veo esa cucheta sabiendo que debajo está la mía y debajo de la mía a su vez hay otra, con alguien que también duerme o trata de dormir; todos apilados estamos, acaso todos muertos, un ataúd sobre otro, sólo que aún no nos hemos dado cuenta. ¿Podrá en verdad uno morirse y no saberlo?
Me despierto sobresaltado, he tenido de nuevo pesadillas, algunos sueños se repiten, con leves variaciones son más o menos los mismos. Hay movimiento en el área del sonar; algo pasa. Me acerco a la cocina en busca de un café, Almaraz se está sirviendo en uno de los jarritos de acero y, en el momento en que el café va llegando a la mitad de la taza, llaman a puestos de combate. Desisto del café. Almaraz toma un trago de su taza, la deja en la pileta y sale hacia el compartimiento de control, está de planero de popa de combate. Me dirijo a sala de máquinas y, en el trayecto, veo a los tres sonaristas trabajando: Elizalde y Medrano sentados, con sus auriculares puestos, Cuéllar de pie, recibe los auriculares de parte de Medrano para confirmar algún rumor y luego se los regresa. En realidad no están ahí en el sonar, no están acá, están afuera, en el agua, son puro oído internándose en un laberinto de ecos y rumores, a la espera de lo que el mar les traerá. Rumor hidrofónico al azimut cero siete nueve, dice Cuéllar, luego de consultar con Elizalde y Medrano, e inician el ploteo para la clasificación del blanco. Rumbo cero siete cero, caer a babor cuarenta grados, ordena el comandante, y ponemos proa al buque enemigo siguiendo las estimaciones de los sonaristas. En sala de máquinas ya están Albaredo, Soria y Torres, otra vez la dotación que corresponde a este turno está completa, no sé por qué dos por tres hay uno que sobra, seguro alguien se confundió al armar las guardias. Igual me doy una vuelta para chequear los motores, aunque estoy seguro de que Albaredo ya lo ha hecho, necesito estar ocupado, como todos, mientras transcurre la espera, ese tiempo en suspenso del vamos-a-ver-qué-pasa. En eso descubro que mis botas ya no están en donde las había dejado, otra vez la broma, seguro las llevaron al sitio de siempre pero ahora eso es lo que menos importa, estamos decididamente en guerra, el enemigo se acerca y quién sabe cómo diablos va a seguir esto. Así que me quedo por aquí, por si me necesitan, pero un poco asomado a la zona de timoneles, y con el oído atento a lo que digan los sonaristas, la vista alerta para detectar el más mínimo gesto. Estarán escuchando el batir de las paletas del motor del buque y tratando de detectar... Destructor del tipo veintiuno o veintidós, anuncia de pronto Medrano en un susurro hacia comando. Emisión de sonar tipo uno ocho cuatro, agrega. Y todo se vuelve lento y silencioso, sólo gestos, movimientos medidos al compás de la espera. El comandante ordena caer en la dirección del blanco –Almaraz y Polski operan los planos; Navarrete, el timón– y aumentar la velocidad al máximo para acortar la distancia, los motores a toda máquina y en comando hay mucho movimiento. El comandante ordena exponer el periscopio de combate, hay un oficial junto a él; ahora se dispone a mirar hacia afuera para tratar de avistar el blanco. Hay mucha niebla, le dice el comandante al oficial y, mientras el oficial mira a su vez por el periscopio, yo me digo que quizá sea aquella misma niebla que ocultó nuestra partida en el puerto, que nos ha rodeado siempre y navega con nosotros como otro tripulante silencioso. Abajo periscopio, ordena el comandante, el oficial tampoco ha podido ver nada, nada más allá de la niebla. El blanco opera con helicópteros, anuncia Elizalde hacia comando, a una velocidad de dieciocho nudos, agrega. Ahora, aunque nadie diga nada, todos sabemos que la cosa se va a poner difícil; no va a ser sencillo disparar un torpedo y luego huir de los helicópteros. Camino lentamente en dirección a proa, Rocha sale del baño hacia su puesto, Egea me cruza con una bandeja con dos vasos vacíos y entra a la cocina, sigo avanzando, el cocinero lee Nippur de Lagash recostado en su cucheta; más adelante, sobre la mesa frente a los torpedos un lápiz tiembla con leves y nerviosas oscilaciones sin decidirse a rodar hacia uno u otro lado. Ya en proa lo veo a Olivero de pie, apoyado contra uno de los tubos lanzatorpedos. Grunwald y Heredia están sentados en el banco de babor, de perfil a los torpedos, me detengo unos pasos antes de llegar hasta ellos. La orden del comandante de disparar un torpedo contra el blanco detectado nos alcanza. Se va a realizar el lanzamiento en forma manual porque la computadora de control de tiro sigue sin funcionar. Se detienen los motores del submarino para poder operar y hacer los cálculos con más precisión. Un oficial llega con los datos que se necesitan; Olivero inicia las maniobras, abre la llave para inundar el tubo, se escucha girar la hélice del torpedo con un zumbido sordo, siseante, se abre la escotilla de lanzamiento. Por detrás de mí los otros comienzan a desenganchar con cuidado las cuchetas y a apilarlas a babor, para dejar libre el acceso a la sentina de torpedos. Grunwald lo mira a Heredia: tenemos que ponerle un nombre, le dice, es el primer torpedo de verdad que lanza la Armada Argentina. ¿Un nombre?, pregunta Heredia. Sí, para el torpedo, Mar del Plata, llamémoslo Mar del Plata, y crucemos los dedos para que dé en el blanco. Seguramente Marini acaba de oprimir el botón de lanzamiento en la computadora (eso sí funciona, el comando de lanzamiento, pero no el cálculo de tiro), porque escucho que la hélice acelera y el torpedo se impulsa y sale, cae un poco al entrar en el mar, queda una fracción de segundos suspendido en el agua y luego arranca rumbo al blanco, atado al barco por un hilo –un cordón umbilical que lo alimenta con datos para que busque al objetivo– que se va desenrollando para permitirle avanzar. Nos quedamos todos expectantes, los otros detrás de mí se han detenido, cada cual en lo que estaba haciendo, en el momento justo en que salió el torpedo, mudos, mirando hacia Olivero, hacia el tubo, ahora vacío de torpedo y lleno de agua. Cortó hilo, dice Olivero en un susurro y ahora todos sabemos que lo guiará su cabeza acústica buscando un ruido al que atacar. Y entonces imagino cómo ha de ser aquello que nunca veremos desde esta nave clausurada y ciega, la explosión del torpedo contra el barco enemigo, el fuego, el humo, el estupor, los heridos, la sangre, las cosas que alguna vez vimos en las películas pero que ahora pueden ocurrir en serio, aunque cómo saberlo, no vamos a ver nada, sólo vamos a percibir el eco del estallido y a sentir quizá algún cimbronazo, pero no los gritos, los gritos del dolor y del miedo, el ruido de la muerte apagado por el agua, los otros –los de afuera– flotando. Pero la detonación no llega, pasan los minutos y nada, quizá el torpedo ha seguido de largo, habrá terminado su batería y habrá caído en el fondo del mar, desactivado, muerto. Entonces lo veo a Grunwald que lo codea a Heredia y señala hacia arriba trazando círculos en el aire con el dedo índice alzado: yo también las escucho, hélices de helicópteros, los helicópteros que escoltan al barco al que intentamos dispararle han detectado –desde arriba– la estela que ha trazado nuestro torpedo y nos buscan. De pronto, Grunwald cierra los ojos, se sobresalta, los abre y le dice a Heredia: gordo, tu señora tuvo familia, un varón, fijate la hora, ya vas a ver que nació a esta hora. Heredia consulta su reloj y lo abraza. Se inician maniobras evasivas. Descendemos. Los otros retoman su trabajo de desmontar las cuchetas, pronto va a haber que cargar algún nuevo torpedo. Yo decido volver a sala de máquinas. El barco se inclina, la cortina de detrás de la mesa de proa se corre levemente y alcanzo a ver mis botas, nos estamos sumergiendo más y más, las hélices de los helicópteros se escuchan un tanto apagadas pero sabemos que aún siguen ahí.
Splash de torpedo en el agua, dice Elizalde y aunque su tono de voz es suave me incorporo de un salto como si hubiera escuchado un grito. Con las cuchetas desarmadas dormimos tirados en el piso, sobre las frazadas o la ropa que cada uno consigue y amontona en el rincón que encuentra disponible. Máxima profundidad, ordena el comandante y se inician maniobras evasivas. A Fernández le ordenan eyectar un alcaseltzer para que burbujee y desoriente al torpedo, así que corre hacia el baño de suboficiales en donde se encuentra el eyector, pero la puerta está cerrada, hay alguien adentro, golpea con desesperación, algunos lo chistan para que no haga ruido, el torpedo busca el ruido, nos busca como olfateando el sonido, cualquier pequeña cosa que pueda escuchar, Heredia sale del baño en pelotas, tironeando hacia arriba su calzoncillo, con el overol caído hasta los tobillos, Fernández entra e inicia maniobras: abre el compartimento del eyector, introduce el señuelo en el tubo, cierra el compartimento, ahora tiene que abrir la válvula para llenar el tubo con agua pero decide saltearse ese paso para ahorrar unos segundos, va entonces a abrir la válvula de aire que se encuentra sobre el inodoro para que el aire inyectado a presión en el tubo del eyector empuje al falso blanco, pero no puede, hace fuerza, prueba con las dos manos, pero la válvula está pegada y no se mueve un milímetro. Nobrega, que lo está viendo, hace una seña hacia proa y se mete también en el baño para ayudar; desde proa llega Grunwald con una barreta, hace palanca y logra abrir la válvula, el señuelo sale despedido y comienza a burbujear; Heredia termina de subirse el overol, se persigna, se encamina a la zona de torpedos; por el eyector entra una bocanada de agua, que entre los que permanecen en el baño tratan de tapar; chorrean agua los tres mientras escuchan cómo se acerca el torpedo enemigo –la hélice zumbona girando locamente– cada vez con mayor intensidad; Linares se aferra al rosario que lleva en el cuello y mueve los labios en silencio, estará rezando mientras el torpedo se acerca, se acerca y yo me digo que quizá en el barco que lo ha disparado hay alguien imaginando nuestra explosión, el hueco infernal en la coraza del submarino que aumentará la presión hasta hacernos estallar en pedazos, de adentro hacia afuera, a todos y cada uno de nosotros, como si nos inflaran e inflaran hasta hacernos reventar. No habrá tiempo para nada, ni para gritar, ni para huir, ni para oír, ni para ver, la sangre teñirá el agua de un rojo restallante que poco a poco irá diluyéndose hasta volverse sólo agua. Las luces oscilan, estamos con poca batería, el comandante pregunta: ¿Remanente? Veinte por ciento, le responden. Zumba a estribor el torpedo. ¿Remanente? Quince por ciento, y sigue el torpedo, lo escucho, zumba y sigue, zumba y sigue. ¿Remanente? Diez por ciento, el submarino vibra, el comandante ordena detener máquinas para que no se agoten las baterías, se hace un silencio aún mayor, nada se oye, derivamos suavemente y el agua transparente retrocede al rojo y la sangre vuelve a los miembros y los miembros al cuerpo y los cuerpos al submarino y el hueco se sella y la chapa se restablece mientras el torpedo sigue de largo hasta que dejamos de escuchar la maldita pequeña hélice de su motor.