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Una de las profesoras que acompañaba al grupo, la señorita Leonor Martínez, persona muy agradable y simpática, de mediana edad, no muy alta, ligeramente gruesa y rostro amable que apreciaba mucho a la niña y la conocía desde su más tierna infancia, se acercó y la felicitó, diciéndole:
–¡Te felicito por tu descubrimiento; realmente parece una estrella Esperanza!
»Cuando seas mayor vas a ser una gran exploradora.
»Quizás los campesinos o un astrónomo antiguo vio una estrella en el cielo que le llamó la atención, probablemente una estrella que se movía en el cielo.
–¿Un ovni profesora?
–¡No querida, un cometa! Son gigantescas bolas de nieve y hielo de amoniaco y agua, que como una escoba van arrastrando todo lo que encuentran a su paso por el cielo. Es como un iceberg gigante que es atraído por la gravedad del Sol de entre unos bloques inmensos de hielo, que según los científicos existirían en los confines del sistema solar. O también pudo ser un meteorito, una suerte de escombro de la formación del sistema solar.
»Vamos, apuremos el paso que nos estamos quedando rezagadas.
Avanzaban por el camino cuando se cruzaron con un campesino con su rebaño de ovejas que iba en sentido contrario. Esperanza, siempre cortés, saludó a aquel señor mayor:
–¡Buenos días señor!
–¡Buenos días niña! ¿Disfrutando del paseo?
–¡Así es señor! Muchas gracias.
–¿Viste la estrella en la piedra?
–¡Sí señor, es muy bonito el grabado y debe ser muy antiguo!
–Sí lo es amiguita. ¿Y sabes lo que significa?
–Mi profesora me explicó que es como una estrella errante o cometa.
–Pues es un símbolo mágico que simboliza muchas cosas…
–¿Cómo qué señor?
–¡Cosas!… Por ejemplo, el uno como unidad, el ser uno contigo y con todo. Es descubrir que así como hay soles en el cielo que son las estrellas, tú también tienes que descubrir que puedes y debes ser un sol en tu interior, irradiando.
–¡Qué bonito! Gracias señor.
–Una estrella también es dos, tres y cuatro.
–¡Qué curioso, esos números los he escuchado como mensajitos en mi vida!
–No es para menos niña; una estrella también simboliza el número dos, porque no puedes ser un sol para los demás dando ejemplo de vida si antes no eres un sol para ti misma.
»Si bien todo lo que tienes que hacer en la vida es personal y no lo puedes delegar en otros, todo lo tienes que hacer en relación a los demás, sirviendo y dando lo mejor de ti. Para ello fortalece tu voluntad y crece en discernimiento, para que des lo que otros necesitan pero no lo que quieren de ti.
»Pero también la estrella es tres. Esto es que dependerá mucho de que estés en paz y confiada en las fuerzas de luz que guían tu vida para lograr realizaciones superiores.
»También es cuatro, que es unirte en un solo sentimiento con todo y con todos sumando fuerzas, dejándote guiar por el corazón.
»Y también la estrella es cinco. ¿Has visto las estrellas de cinco puntas?
–¡Como las estrellitas del mar señor! –dijo Esperanza.
–¡Cierto niña! La estrella de cinco puntas es profundidad y simboliza la magia de la palabra creadora. Con la palabra puedes crear o destruir. Puedes llenar los corazones y las mentes con confianza, o conducir a los incautos hacia el abismo.
–¡Gracias por hacerme recordar todo esto! Como le decía, a lo largo de mi vida me han repetido estos números y su significado como un mensaje que debo tener presente. Espero que estos mensajes no lleguen al millón de números.
En ese momento se escuchó la llamada estruendosa de la profesora cuyo eco retumbaba entre los cañones montañosos, pues Esperanza se había quedado atrás hablando con el pastor.
El grito distrajo a la niña; al girarse para despedirse del campesino notó que este ya no estaba. Era como si se hubiese desvanecido en el aire, aunque el ganado sí se encontraba disperso en el lugar.
Esperanza apuró el pasó y, después de una leve reprimenda, subió al bus. Por la ventanilla veía como el vehículo la alejaba poco a poco de aquel mágico lugar en las montañas de Cajamarca. De pronto retumbaron las palabras del pastor en su mente.
–¡«Seis»!... El mensaje ahora es «seis». La estrella también es seis… Hay estrellitas de seis puntas.
–¿«Seis»? –preguntó ella en su mente.
–¡Sí, seis! Es el equilibrio que debes lograr entre tu mente y tu espíritu con una actitud mental positiva. Es descubrir tu potencial creador, la parte de divinidad que hay en ti.
»Así como Dios crea en la vida, tú también puedes crear en tu vida y en la vida de los demás. No lo olvides.
–¡No lo olvidaré! –dijo ella internamente.
No se lo pensó dos veces y sacó de su pequeña mochila su cuaderno de notas y su bolígrafo para anotar la experiencia que había tenido en el bosque de piedras y la revelación que le había llegado a continuación en el bus.
Durante los siguientes días todo aquel contingente de chicos visitó las calles de la ciudad de Cajamarca, entrando en las iglesias coloniales y en cuanto edificio público podía ser visitado. Uno de los lugares obligatorios del recorrido fue el «cuarto del rescate», una habitación tallada en finos adoquines de piedra donde estuvo prisionero el Inca en manos de los conquistadores. En ese espacio la profesora les dio una magistral clase de Historia, describiéndoles los momentos amargos que allí se vivieron, cuando el Inca, traicionado y capturado después de la emboscada en la plaza de la ciudad, fue llevado y encadenado allí. Con una gran capacidad de narración, la maestra describió como al Inca lo volvieron a engañar prometiéndole que le perdonarían la vida si pagaba un sustancioso rescate, cosa que él hizo. Pero sus captores no respetaron el acuerdo.
Esperanza se sintió víctima de una inexplicable angustia y se sentó sobre las piedras poniéndose a llorar desconsolada.
–¡Él era mi hermano!... Casi no nos conocíamos, pero era mi hermano –decía la niña con voz ahogada.
Los demás niños llamaron a la profesora Leonor para que fuera a ver qué le ocurría a Esperanza.
–¡Esperanza, ¿qué te ocurre mi niña? ¿Algo te duele?! ¿Por qué lloras?
–Siento que Atahualpa fue mi hermano en ese tiempo, y que fue terrible lo que le pasó. Es verdad que no fue nada bueno lo que él le hizo a Huáscar asesinándolo, pero tampoco se merecía esa muerte tan cruel.
–¡Todos tenemos sangre indígena en mayor o menor medida Esperanza! Y es muy loable que te sientas hermanada con estos personajes de nuestra Historia, pero todo esto paso hace mucho tiempo y ya es solo un recuerdo. Esa información no te debe hacer sufrir, sino que debemos sacar las mejores lecciones de la Historia.
–El estar aquí me hace sentirle como si lo estuviese viviendo en este mismo momento… Profesora, ¿usted cree en las vidas pasadas?
–¡La reencarnación es una teoría hijita como muchas otras! Yo creo en lo que la religión y la Iglesia enseñan de que al final de tu vida serás juzgado por tus acciones e irás al cielo o al infierno.
–Pero profesora, si Dios es lo más bueno que hay ¿cómo podría juzgar si él lo sabe todo y pudo anticiparlo? Además, ¿no es acaso él misericordioso, compasivo y amoroso? Dios nos enseña que hay que saber perdonar todo. Entonces ¿cómo no cumpliría él lo que nos enseña y nos pide que hagamos?
»Hay mucha gente que no ha tenido oportunidades en la vida mientras otros han tenido tantas y no las han sabido aprovechar. ¿No le parece injusta la desigualdad de oportunidades?
–¡Haces muchas preguntas muy profundas Esperanza, pero sinceramente no tengo respuestas! Algún día todos llegaremos al tránsito de la muerte y comprobaremos directamente qué hay realmente más allá.
La profesora ayudó a Esperanza a incorporarse y la sacó fuera del recinto haciéndola sentarse y buscándole de inmediato una botella de agua para que bebiera. En ese momento se acercó a la niña un adolescente de apariencia indígena, que estaba como agazapado en un rincón. Era delgado, de rostro redondo, ojos almendrados y cabello oscuro desordenado. La miró a los ojos y le dijo:
–¡No se puede hacer nada por lo que ya pasó, pero podemos entenderlo para crear un futuro donde no vuelvan a pasar estas cosas!
»El mensaje es «¡Siete!»
–«¿Siete?» –preguntó Esperanza.
–¡Sí, «siete» amiga! Tú atraes a tu vida lo que estás pensando. Si piensas en positivo harás magia y todo será positivo.
–¿Dejarán de pasar cosas malas si piensas en positivo?
–No necesariamente, pero si te preparas y creces en sabiduría, las cosas malas no te afectarán; anticipándote a ellas, las podrás evitar. Además, las cosas buenas serán más numerosas y llegarán a ti con más fuerza, consolándote y fortaleciéndote, permitiéndote ver el lado positivo de la vida. Tus pensamientos son creadores amiguita, nunca lo olvides. Debes pensar y atraerlo todo con amor.
–¿Quién te dijo que me dieras este mensaje? ¿Cómo te llamas? ¿Quién eres?
–¡Soy la sangre donde está guardada toda la información! En mis venas, como en las tuyas, corre el conocimiento y la experiencia de muchas generaciones. Los señores del cielo nos hablan a todos pero pocos escuchan. Ellos me insistieron en que te diera ese mensaje. Que tú sabrías entenderlo y valorarlo. Ellos saben quien eres; lo han sabido siempre y por eso te han venido siguiendo. Están pendientes de ti.
»Mi nombre es Cristóbal, y como nos recuerda el nombre del santo patrón, tengo una gran responsabilidad sobre mis espaldas, igual que tú tienes la tuya con tu nombre: ¡Esperanza!
En ese momento llegó la profesora con el agua y, cuando Esperanza quiso presentarle al joven que le había dado el mensaje, este se escabulló y ya no se le veía por la zona.
Sorprendida, la niña ya no le comentó mayor cosa a la profesora porque comprendió que no todos están en condiciones de entender algunas cosas hasta que su momento llegue.
Al día siguiente, la clase fue conducida a una granja lechera muy famosa en Cajamarca, donde las vacas están tan bien adiestradas, que las llaman por sus nombres y ellas responden, entrando solas al corral y colocándose donde se encuentra su nombre colgado en un cartel y donde se les sirve la comida. En el momento que les ponían el grano y la hierba para que comieran, Esperanza se dio cuenta de que quien ayudaba a alimentar al ganado era Cristóbal. Y entonces se acercó a él para hablarle:
–¡Hola, Cristóbal! ¿Te acuerdas de mí?
–Claro que sí, ¡eres la niña llorona!
–¡No seas malo conmigo!
–Es una broma, no te molestes.
–¿Cómo han entrenado a estos animales para que respondan por su nombre?
–Exactamente igual a como responden los seres humanos cuando se los trata con amor, cariño y respeto. Tú estimulas la confianza con señales y respuestas.
–¿Las vacas piensan como nosotros los humanos Cristóbal?
–Ellas también piensan, pero como ocurre con la mayoría de los animales, su mente y su conciencia son como las de un niño pequeño. Son muy básicas pero igualmente inteligentes y confiadas cuando se las trata con amor.
»¿Te das cuenta de la gran responsabilidad que tenemos los humanos de cuidar a las demás especies para ayudarlas a evolucionar? En contacto con nosotros ellas evolucionan.
–Para ser un chico de campo sabes muchas cosas.
–En el campo tenemos que aprender muy rápido si queremos sobrevivir amiguita. Pero yo también voy a la escuela y tengo buenos profesores, que a pesar de sus limitaciones, se esmeran en sacarnos adelante.
–¡Tú me dijiste que los señores del cielo te habían dado un mensaje para mí! ¿Por qué para mí? ¿Cómo te lo dieron?
–¡En sueños! Yo soñé que te conocía, por eso vine hoy aquí. Me dijeron que te dijera lo que te he dicho y más…
»Los seres del cielo pueden saber a distancia lo que ocurre aquí abajo, o grabarlo a través de unas camaritas en forma de esferas, que en la antigüedad inspiraban temor porque se creía que eran unas cabezas voladoras. Al parecer ellos te conocen y te han seguido desde hace mucho. Eso es lo que he entendido.
–¿Y dónde están ellos?
–En el cielo, en las estrellas o bajo las montañas y los lagos. Ellos vienen observándonos desde siempre y a veces bajan.
»Cuando era muy niño estaba con las ovejas y ya era tarde. Hacía mucho frío por lo que iba por el camino arreando al ganado cuando aparecieron unas luces en el cielo que descendieron en el campo a gran velocidad acercándose hasta mí. Eran más grandes que una pelota de fútbol y brillantes y metálicas. Estaban suspendidas en el aire.
»Lo curioso es que el ganado quedó como detenido, como dormido. No se inquietaron en lo más mínimo. Pero yo sí me asusté, y lo único que se me ocurrió fue levantar la mano y saludar. Entonces las esferas se balancearon ligeramente hacia arriba y hacia abajo, proyectaron una luz a mi pecho que después ascendió hacia mi rostro, y luego se marcharon a gran velocidad. De inmediato me fui corriendo escondiéndome en mi casa y hasta me olvidé del ganado que se quedó tras de mí. Traté de contarles a mis padres lo sucedido pero ellos solo me echaron una reprimenda por haber abandonado a las ovejas. Felizmente ninguna se perdió, y al ver mi padre que yo estaba pálido y temblando, fue a por ellas. Cuando regresó dijo que estaba sorprendido porque todas nuestras ovejas estaban en el camino más juntas que nunca, como si algo o alguien las hubiera mantenido reunidas.
»A partir de ahí, en mis sueños volvían las luces y con ellas unos rostros de personas con rasgos felinos que me hablaban. A veces solo eran ojos los que veía, pero sus palabras repercutían con fuerza en mi mente.
»Como te dije, hace unos días soñé contigo Esperanza. Aun sin conocerte te vi como te estoy viendo ahora, y vi quien habías sido y lo que tienes que ser en el futuro. En ese momento escuché el mensaje que debía darte: «Aprovecha tu tiempo para crecer, madurar y perfeccionarte, que cuando llegues a la edad adecuada, el mundo también habrá madurado esperando a personas como tú para liderar el despertar definitivo de la conciencia planetaria.
»En el pasado fuiste un líder y ahora debes volver a serlo. Debes retomar la labor que en su momento supiste realizar.
–¡Esperanza!... ¡Ven hija! Toda la clase está subiendo en el bus para irnos al restaurante a comer –intervino la profesora cortando aquella intensa interacción de la niña con el joven andino.
Ambos jóvenes se miraron a los ojos y sonriendo se despidieron.
–¿Nos volveremos a encontrar Cristóbal?
–¡Ellos reunirán a muchas personas pronto! Ya verás.
Esperanza le dio un beso en la mejilla a Cristóbal y se fue rauda al autobús.

Con la pubertad Esperanza no solo vivió intensos cambios físicos que moldearon y espigaron su cuerpo, sino que desarrolló una sensibilidad y una inteligencia cada vez más profundas. El precoz desarrollo de la muchacha fue acompañado de una intensa actividad paranormal en la casa. No era extraño que en el hogar los objetos cambiaran inexplicablemente de ubicación, desaparecieran y volvieran a aparecer en el mismo lugar días después. Tampoco que desaparecieran cubiertos de cocina y aparecieran otros con un diseño diferente; o que sin razón aparente se rompieran objetos en el lavadero. Era habitual que los electrodomésticos se encendieran o se apagaran solos; los que estaban rotos se arreglaban y los que estaban bien se estropeaban; las puertas se abrían y se cerraban solas y hasta las bombillas eléctricas no duraban nada. Fueron tan intensas las manifestaciones en la casa, que don José, perplejo ante los acontecimientos y a pesar de su formación científica decidió recurrir a un amigo suyo, un francés y profesor de parapsicología científica, el ingeniero Lucian Bruc. Era un hombre alto y grueso, de pelo rubio encanecido, gafas y rostro afable. Después de escuchar los testimonios de su amigo y de su mujer, se entrevistó con Esperanza.
–Querida Esperanza, ¿sabes acaso por qué me ha invitado tu padre a hablar contigo?
–Porque mis padres están preocupados por las cosas que pasan en casa. Ellos creen que usted puede saber qué está pasando.
–¿Y qué pasa en la casa, Esperanza?
–¡Pasan cosas raras!
–¿Y a qué crees que se deben?
–¡No lo sé, pero a mí no me asustan! Ocurren cuando tengo sueños en los que sé que estoy soñando. Es más, veo mi cuerpo en la cama y cuando me acerco al espejo, me divierte no verme reflejada en él. Me imagino que así debe sentirse uno cuando se muere.
»A veces sueño que salgo a caminar por la casa o por el barrio; otras veces es más lejos, pero muy lejos, y hasta vuelo y atravieso paredes. ¡Es fabuloso!
»Hay sueños en donde me veo a mí misma pero como un hombre y en otro tiempo. Como un príncipe guerrero indígena o algo así. Y siento que soy yo. Es como la continuación de lo que de niña veía y hasta sentía en lugares muy especiales. Cuando fui creciendo tuve miedo de olvidarme de todo eso, pero de pronto vino todo con más fuerza... Pareciera que hubiese compañía en casa; quizás sean fantasmas.
–¿Por qué piensas eso?
–Porque yo he visto luces atravesando las paredes y hasta siluetas de personas, algunas bajas y otras muy altas, como queriendo comunicarse conmigo. Algunos se acercan a mi cama o se sientan a los pies. Pero tengo miedo de contárselo a mis padres porque no les quiero preocupar. Se podrían asustar y hasta creer que no estoy bien.
»A mí me parece raro pero divertido.
–¿No has jugado a la ouija con tus amigas? Es un tablero para consultar con el más allá. Hay gente que lo usa para comunicarse con los espíritus. Es muy peligroso porque puede atraer presencias inconvenientes y dejar puertas abiertas a otras dimensiones. Empieza como un juego y después puede tener consecuencias nefastas.
–¡No Señor! No lo he hecho… He oído hablar de ello, pero no me ha interesado.
–¡Bien! Me alegro de que seas una persona responsable e inteligente Esperanza. Bueno, te diré que todo lo que está pasando en tu casa es normal… dentro de lo paranormal. No es extraño que cuando hay niños pequeños, madres gestantes o adolescentes en plena pubertad, se produzcan fenómenos paranormales. Estos fenómenos ocurren porque se canaliza mucha cantidad de energía psíquica. El peligro es que pueden abrirse puertas a otras dimensiones y atraer con ello a los «bajos astrales», que son espíritus de gente atrapada en una dimensión fronteriza con la realidad física. No suelen ser buenas entidades las que se manifiestan.
»Pero tú tranquila. Trata de hacer mucho deporte y tener una vida siempre sana para que puedas orientar adecuadamente esa energía. Y en cuanto a ese príncipe indígena, háblame de él.
Esperanza le contó todo lo que recordaba de cuando era niña y de sus experiencias con sus compañeros en Cajamarca. El profesor se quedó fascinado y complacido.
Terminada la conversación con la niña, el experimentado investigador francés se juntó con José en el comedor para compartir con él un té con pastelitos, servidos amorosamente por Marie.
–Lucien, ¿quién está causando todos los eventos paranormales en casa?
–¡Tu hija Esperanza, por supuesto! Tiene un gran potencial psíquico. Todo lo que me ha contado es fascinante. Debes escucharla, que sienta tu apoyo y comprensión. No hay nada mejor para una joven de su edad que haya confianza y sus padres la escuchen, aunque te resulte inverosímil lo que te cuente. Hay más cosas en este mundo de las que podemos entender amigo mío.
–¿Y qué más podemos hacer además de escucharla Lucien? –preguntó Marie, inquieta por su hija.
–Ya le dije a ella que debe orientar su energía para que no termine descargándola en casa. Debe hacer gimnasia, natación, artes marciales, todo aquello que le sirva para descargar el exceso de energía propio de su edad y de su nivel evolutivo. Es un alma avanzada a la que hay que ayudar a que cumpla su misión. Primero ayudarla a que se reencuentre consigo misma, y luego la vida dirá.
Los padres de Esperanza hicieron caso de las recomendaciones de su amigo francés, inscribiéndola a clases de natación, donde llegó a destacar participando en campeonatos y obteniendo siempre los primeros puestos. También cultivó la gimnasia olímpica, y, con el apoyo económico de unos tíos suyos que la querían mucho, hizo yoga y meditación, además de judo.
A pesar de su corta edad, Esperanza también era un ratón de biblioteca. Pedía que le regalaran libros en sus cumpleaños y navidades y así iba consolidando su propia y variada colección de todo tipo de temas, desde Historia y Geografía, hasta Química, Física y Astronomía. El conocimiento era para ella una especie de ansiedad, como si fuese a contrarreloj y tuviera que aprovechar cada segundo de su existencia para prepararse.
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V. VOLVIENDO SOBRE LOS PASOS PERDIDOS
Si es que hemos vivido múltiples existencias, igualmente han sido múltiples las vivencias, los escenarios, las circunstancias y las relaciones. Hay momentos en nuestra presente vida en que el destino nos lleva a recorrer la misma ruta, y a volver sobre nuestros pasos perdidos para recuperar el hilo conductor de nuestra trayectoria y realización.
Esperanza iba a cumplir diecisiete años y su clase del colegio había planeado con mucha anticipación el viaje de fin de curso y de graduación. Harían un viaje a la turística y siempre fascinante ciudad de Cuzco. Para ella significaba volver después de once años a un lugar que la había conmocionado por dentro y le había hecho tener extraordinarias vivencias internas, por lo cual regresar era algo muy especial para ella. Su padre, don José, insistió para que no dejara de visitar a su amigo Aarón y le llevara sus saludos.
Durante los años de su educación había sido una alumna brillante, destacando y consiguiendo el reconocimiento de sus maestros. De ahora en adelante se le presentaba una nueva etapa en donde tendría que sentar las bases de su futuro, planificando la carrera que le permitiera sentirse realizada y la llevara a ocupar un rol comprometido en la sociedad.
Los alumnos llegaron de madrugada al aeropuerto de Lima para tomar el primer vuelo de la mañana que los trasladaría al Sureste del país; así aprovecharían para aclimatarse y sacar provecho a todo el día en el lugar, ya que el viaje de casi 1.000 kilómetros se hacía en aproximadamente una hora. Lo que siempre demandaba más tiempo era el traslado a la terminal aérea cruzando toda la ciudad; después venía el check-in de pasajes y maletas, y la larga espera para embarcar.
Entre sus compañeros estaba Carmen Tiravanti, una joven sencilla, de buen ver, trigueña, de bello cabello ondulado y destacada en los estudios. También formaba parte de su círculo más íntimo Raquel Vega, quien había crecido junto a su amiga, y que al cabo de los años se había estilizado, luciendo un cuerpo bello y delgado, sin haber perdido el candor de su infancia. Otro de los amigos era Uriel Fernández, buen mozo, alto y fuerte, que destacaba en los deportes aunque no mucho en los estudios. De corazón noble, se sentía inclinado a proteger a Esperanza, a Carmen y a Raquel, sus entrañables amigas. Formaba el grupo también otro chico llamado Guillermo Dancuart, el popular «Guille», intelectual, de mediana altura, rostro redondo, amplia frente, delgado y con gafas, experto en solucionar cualquier situación con la lógica, la estadística y los recursos que extraía siempre de la manga como un mago. Completaba el círculo Daniel Lee, un joven risueño, no muy alto, de rasgos orientales, siempre al día con las últimas noticias de interés para compartirlas con todos sus compañeros de clase y sus amigos del vecindario.
El vuelo de una hora fue tranquilo, aunque tranquilo es un decir con el bullicio que tenía el grupo escolar, inmerso en sus comentarios y bromas.
En cuanto llegaron a Cuzco, toda la clase se arremolinó en torno a las maletas que iban saliendo lentamente por la banda mecánica. Después, acompañados de sus tutores se trasladaron al estacionamiento situado fuera del aeropuerto, donde los esperaba el autobús contratado para recogerlos. Uno a uno fueron subiendo al vehículo mientras cotejaban sus nombres en una lista y se anotaba el número de maletas que iban en el bus. De allí se dirigieron al hotel. La llegada fue una locura. En la recepción se agolpaban todos sentados sobre sus maletas hablando sin parar, poniendo a prueba la paciencia de sus maestros y de los pobres empleados del hotel, que trataban de concentrarse en recibir y organizar al grupo.




