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La reiterada negativa de Atahualpa de no comparecer delante del Inca fue la gota que rebasó la paciencia del emperador, quien vio en todo ello una verdadera ofensa a su autoridad. Fue entonces cuando dispuso la organización inmediata de una expedición punitiva.
Atahualpa gozaba de gran prestigio entre el grueso del Ejército y sus oficiales, que se hallaban acantonados en el Norte, y de los que recibió apoyo multitudinario, aclamándole por sus dotes de caudillo.
Huáscar, por su parte, dio órdenes para que un poderoso Ejército sometiera al rebelde, encomendando la jefatura del mismo al general Atoc, al que se le unieron las fuerzas de Ullco Colla con sus cañaris y tomebambas.
Atahualpa, conociendo la amenaza que se cernía sobre él, llamó a sus generales Calcuchimac y Quisquis, pero primero envió mensajeros al encuentro de Atoc para interrogarlo sobre sus intenciones. Al confirmarle que iba a ser apresado, se iniciaron cruentas luchas que produjeron una inesperada derrota en el bando quiteño cerca de Tomebamba, cayendo prisionero el propio Atahualpa, que fue conducido a prisión.
Una noche, cuando todo era algarabía por la rápida y sorpresiva victoria y la gente de guerra se encontraba de celebración, se produjo la fuga del hermano del Inca gracias a que una de sus mujeres le facilitó la barreta de cobre con la que él logró abrir una abertura en la pared. Esta mujer se había valido del soborno y de algunos bebedizos con los que adormeció a los guardias. Atahualpa afirmaría después que «gracias a la magia de su padre Sol se había convertido en serpiente escapándose así de su encierro».
En Quito volvió a agrupar a su gente para enfrentarse a una nueva batalla en la localidad de Riobamba, donde se produjeron muchísimas bajas por ambos lados. Esta vez Atahualpa fue el vencedor. Tomó prisionero al general Atoc, a quien ordenó torturar, y ordenó que se atravesara con flechas el cuerpo del jefe de los cañaris.
La guerra fue cruenta, con victorias y derrotas en ambos bandos. En un momento en que parecía que las fuerzas de Huáscar se imponían y salían en persecución de las diezmadas tropas rebeldes, el Inca, que se hallaba al frente de una parte de su Ejército, cayó en una trampa. Quisquis, el veterano general que servía a Atahualpa, en un acto suicida se lanzó con algunos de sus hombres contra la litera del monarca, haciéndole caer violentamente de las andas y tomándolo como rehén. Ya en prisión, Huáscar fue torturado horadándole salvajemente los hombros para introducir una soga de la cual se lo arrastraría.
Una vez se hizo nombrar Inca, Atahualpa ordenó terribles represalias contra la familia de Huáscar, que fue exterminada casi en su totalidad, degollándolos delante suyo para incrementar aún más su sufrimiento. En Qosqo se extendió la matanza empezando por los nobles leales al rey vencido, seguidos por otros de sus hermanos, algunos de los cuales tuvieron que huir o esconderse, y solo unos pocos fueron perdonados por ser muy jóvenes y encontrarse al cuidado de los restos de Huayna Cápac y de su wauke, el doble representado en un ídolo de piedra y oro que guardaba en su interior el corazón momificado del soberano fallecido para perpetuar su memoria y su energía.
En esos días también se persiguió y se dio muerte a muchos de los amautas o sabios maestros del conocimiento, así como a algunos de los quipucamayocs, que eran los lectores e intérpretes de los quipus, sistema nemotécnico consistente en cuerdas y nudos de colores donde se guardaba el registro de información del imperio. Se prendió fuego a los quipus, con la finalidad de hacer desaparecer los archivos de la Historia y así legitimar al usurpador Atahualpa. Durante la barbarie se destruyeron igualmente las tablas de madera que contenían grabados los tocapus o jeroglíficos incas, donde se relataban los orígenes y la Historia de los incas, así como de los antepasados wari, cuya confección había ordenado el Inca Pachacutec, y con ellos desaparecieron las claves de interpretación de los tocapus.
Aun tiempo después de haber sido hecho prisionero por las tropas españolas, Atahualpa pudo consumar su venganza. Una noche en Cajamarca, encontrándose muy alegre en compañía de algunos soldados europeos que lo retenían, miró al cielo y vio en el firmamento, en dirección a Qosqo, un cometa de fuego; se levantó y elevando su vaso como para celebrarlo dijo:
–Pronto habrá de morir en esta tierra un gran señor.
Tales palabras no eran sino la anticipación de sus deseos. Debía deshacerse rápidamente de Huáscar, pues temía que los viracocha pudiesen devolver el poder a su hermano. Ordenó asesinar de inmediato a su rival y, como símbolo de poder, bebió chicha, el licor de maíz, en su cráneo, al que había mandado previamente incrustar un kero o vaso de madera y un caño entre los dientes.
Igual suerte sufrieron más tarde otros dos de sus hermanos: Huaman Tito y Mayta Yupanqui. Encontrándose estos en Cajamarca pidieron licencia a Pizarro para ir a Qosqo, pero en el camino fueron asesinados por la gente de Atahualpa.
Con el primer viaje de exploración de Francisco Pizarro, en 1524, llegaron noticias de la costa norte, que pusieron sobre aviso al Inca Huayna Cápac acerca de la llegada de hombres blancos barbados. En estos primeros desembarcos esporádicos se contagió a los locales con la viruela, que de inmediato se extendió por todo el imperio causando terrible mortandad hasta la muerte del Inca en el año 1525. Pero fue en 1532, durante la guerra civil de los hijos del Inca, cuando Pizarro y su gente desembarcaron definitivamente en la zona de Tumbes y Piura. Al preguntar cómo se llamaba aquel lugar le contestaron que Virú (que era solo el nombre de un valle), que derivaría posteriormente en la palabra Perú y en la denominación de todo el territorio del imperio, cuyo nombre original era Tahuantinsuyo.
De Piura partieron las huestes castellanas con sesenta y siete hombres a caballo y 110 de infantería con dirección a Cajamarca, donde, tras instalarse en la ciudad, se fortificaron y planearon la trampa con la cual capturarían al Inca Atahualpa, que se encontraba en las inmediaciones. Atahualpa no mandó a sus huestes a cortarles el paso por el camino, pues era temeroso y supersticioso y pensaba que podrían ser dioses que iban a cuestionar sus acciones. Por ello solo envió espías a su paso para irlos midiendo y evaluando.
Los conquistadores invitaron al Inca como gesto de buena voluntad a parlamentar sin armas en la plaza de la ciudad, a donde llegó Atahualpa el día 16 de noviembre acompañado de 8.000 hombres desarmados. Fueron recibidos de extraña manera en la plaza principal de Cajamarca por el cura Valverde, quien después de tratar de catequizarlo, exasperó al monarca. Aprovecharon la ocasión para tener la excusa de atacarlo traicioneramente y capturarlo en medio de una masacre con disparos de arcabuces y carga de caballería, que costó la vida a 4.000 hombres.
Durante el cautiverio, que duró ocho meses, Atahualpa, retenido en el Amaruhuasi (casa de las serpientes del linaje de los Amaru), tuvo la oportunidad de conocer muy de cerca a sus captores, sobre todo sus marcadas debilidades, entre las que se encontraba una ambición desmedida. Por ello, en un plazo relativamente corto ofreció pagar por su libertad tres habitaciones llenas de tesoros, una de oro y dos de plata hasta la altura que alcanzara su mano en el muro parado sobre las puntas de sus pies. Los españoles aceptaron el canje y dieron su palabra de liberarlo una vez cumpliera con el ofrecimiento.
Los tesoros empezaron a llegar efectivamente a Cajamarca en caravanas de llamas que acudían de todos los santuarios y rincones del reino. El 18 de julio de 1533 tuvo lugar el reparto entre los hombres de caballería e infantería que acompañaban a Pizarro, ascendiendo el monto, después de haber fundido innumerables joyas, vajillas, ídolos, cetros, etc. de belleza sin igual e incalculable valor artístico, a 1.326.539 castellanos de oro y a unos cincuenta y siete mil marcos de plata5.
Sin embargo, los pagos reunidos no libraron de la muerte a Atahualpa, pues los conquistadores en ningún momento se habían planteado seriamente cumplir su promesa, ante la posibilidad de que el Inca, una vez libre y conociendo la naturaleza humana de sus captores, dirigiese él mismo un ataque contra ellos.
Cuando el Inca comprendió que estaba perdido y que los extranjeros eran mentirosos y muy astutos, recordó que un famoso vidente Challco le había profetizado la caída del imperio, diciéndole: «Muy pronto serás destronado y despojado de tu reino y sujeto, no a Huáscar, sino a unos extranjeros que van surcando el mar contra la furia de los vientos, frustrando sus tormentas. Han tomado puerto y lo tienen seguro en estas tierras; es gente grave, ambiciosa, temeraria e incansable en sus empresas. Serás su prisionero, y han de quitarte la vida y con ella desaparecerá tu descendencia».
También le vino a la mente lo que su padre Huayna Cápac le había dicho a la hora de su muerte: que en plena fiesta del Inti Raymi o Fiesta del Sol en Qosqo, se vio venir por el aire a un cóndor perseguido por cinco o seis halcones y otros tantos cernícalos, los cuales atacaban a la gran ave por turnos, impidiéndole volar y tratando de matarla a picotazos. El cóndor, al no poderse defender, cayó en medio de la plaza mayor entre los sacerdotes, quienes al tocarlo vieron que estaba enfermo, cubierto de caspa, con sarna y casi sin plumas, hecho que fue considerado de mal agüero.
Al consultar Huayna Cápac el significado de aquella visión profética, los adivinos le vaticinaron derramamiento de sangre real, guerras entre sus hijos y finalmente destrucción del orden y desaparición del imperio por parte de invasores. El monarca, indignado por tales conclusiones, despidió de inmediato y de mala manera a tan agoreros adivinos pero se quedó con la incertidumbre y fue presa de terrible angustia, por lo que mandó reunir a todos los sortílegos, e incluso a uno muy notable de la nación yauyu, todos los cuales confirmaron el vaticinio. El Inca, disimulando su temor, los despidió igualmente. Fueron ordenados gran cantidad de sacrificios y donativos a los templos, acompañados de nuevas consultas, pero las respuestas de los oráculos fueron confusas.
Los días y las noches de su prisión eran sumamente angustiantes para Atahualpa. Por su mente circulaban y afloraban todos los recuerdos de su vida, sobre todo otros momentos dramáticos como cuando su padre, en el lecho de muerte, todo él cubierto de pústulas producto de la viruela, expresó su última voluntad diciéndole:
–Muchos años ha y, por revelación de nuestro padre Sol, tenemos que pasados doce Incas desde el fundador, sus hijos verán venir gente nueva y no conocida en estas partes que ganará y sujetará a todo el imperio, a nuestro rey en esos tiempos y otros muchos. Yo sospecho que serán de los que sabemos que han andado por la costa de nuestro mar; será gente valerosa y sin escrúpulos que en todo nos dará ventaja. También sabemos que se cumple con mi reinado y mi familia aquella profecía, por lo que siento y certifico que pocos años después de que yo me haya ido, vendrá aquella gente nueva y cumplirá lo que nuestro padre Sol nos ha dicho y ganarán el imperio y serán señores de él para desgracia de todos».
Atahualpa fue sometido a la pena del garrote el 29 de agosto de 1533, después de que se le conmutara la muerte en la hoguera por aceptar la fe cristiana y ser bautizado con el nombre de Juan. Se le acusó de haber ordenado la muerte de su hermano Huáscar y conspirado contra los españoles, planeando un ataque a traición. Durante su funeral, hombres y mujeres se quitaron la vida para acompañar en el viaje a su alma.
En el mes de septiembre, Pizarro se encaminó a la capital del Tahuantinsuyo con parte de sus huestes, pero en el trayecto sufrió un intenso hostigamiento por parte de las desarticuladas tropas de los generales de Atahualpa, que aún no podían creer lo sucedido a su caudillo y señor.
Procurándose el apoyo de los indígenas contrarios al gobierno y aprovechando las intrigas y evidentes tensiones internas del incario, así como del caos reinante, los conquistadores nombraron en Cajamarca a Topa Hualpa, hermano del asesinado, como nuevo Inca, pero este murió envenenado por el general Calcuchimac, uno de los leales a Atahualpa, quien después sería quemado vivo por orden de Pizarro, como había hecho ya con muchos otros jefes y caciques de los pueblos que encontraron en el camino después de que desembarcaron y estos se resistieran a cooperar.
Desde Cajamarca hasta Qosqo había treinta y dos pueblos principales. Al cabo de dos meses, los ejércitos invasores, multiplicados por las decenas de miles de indígenas contrarios al Tahuantinsuyo, tomaron posesión de la capital que era el centro del incario sin hallar resistencia alguna. Este panorama facilitó que se multiplicaran las muertes de nobles y servidores, así como el saqueo y la destrucción de los templos y palacios. Estos ya habían sido parcialmente violados por los vencedores quiteños de la batalla de Quipaypan, que dejó un saldo de más de 180.000 muertos.
La ciudad de Qosqo –Llaqta que encontraron los conquistadores– albergaba alrededor de unas doscientas mil personas y estaba dividida en dos partes: Hanan Qosqo o Qosqo alto y Hurin Qosqo o Qosqo bajo. La línea divisoria era el camino del Antisuyo, que va hacia el Oriente a la selva. Era una ciudad grande y hermosa, repleta de construcciones monumentales, como templos y palacios, muchos de los cuales permanecían deshabitados buena parte del tiempo por ser residencias ocasionales de caciques y grandes señores que solo iban a la ciudad cuando se acercaba alguna celebración.
El primer barrio se denominaba Colcampata. Allí se había edificado el palacio del fundador Manco Cápac. La mayor parte de las casas eran de piedra finamente trabajada y otras tenían de piedra solo la mitad de la fachada. También había múltiples viviendas de adobe, trazadas con muy buen orden; las calles se disponían en cruz, muy rectas, todas empedradas y angostas. Contaban con fuentes de agua y alcantarillado. Había una plaza central cuadrada, llana y empedrada, y dispuestos alrededor de ella se alzaban los cuatro palacios de los señores principales, entre los cuales destacaba el de Huayna Cápac, de gran colorido, cuya puerta era de una piedra como el mármol, blanco y encarnado.
La ciudad tenía forma de puma con cabeza de halcón, cuyo plumaje erizado lo constituía la fortaleza templo de Sacsayhuaman, situada en lo alto de un cerro redondo y áspero desde el cual se dominaba todo el valle. La silueta estaba determinada por los ríos Tullumayo y Huatanay, que nacían una legua más arriba de Qosqo y que de allí descendían hasta llegar a la ciudad y que dos leguas más abajo se juntaban. Todo el camino estaba enlosado para que el agua corriera limpia y clara y para evitar desbordamientos cuando los ríos estuviesen crecidos. Unos puentes muy sólidos daban acceso a la ciudad, que había sido edificada varios miles de años antes de la llegada y asentamiento de los incas. Por aquel entonces su nombre era Acomama.
La fortaleza-templo que protegía la ciudad estaba formada por tres grandes terrazas con gran cantidad de aposentos y en su parte alta habían tres torreones: Muyoc-marca al Oeste, recinto redondo, Sallac-Marca en el centro, un recinto del agua y en el lado este el Paucar-marca o recinto precioso. La torre principal del Muyucmarca estaba hecha como un cilindro que sobresalía de un cubo, con cuatro o cinco cuerpos superpuestos. Las habitaciones y estancias de la torre eran pequeñas, construidas a base de piedras muy grandes, primorosamente labradas, tan bien ajustadas unas con otras que parecían no llevar cemento alguno, y tan lisas que simulaban tablas cepilladas.
Sacsayhuaman era una extensión tal que difícilmente podía ser recorrido por completo en un solo día. Todo el lugar era tanto un gran depósito de armas diversas como de vestimenta ceremonial. Estaba rodeado de grandes murallas. Había una en la parte del cerro que miraba hacia la ciudad sobre una ladera de mucha pendiente, y otras tres se levantaban a diferentes niveles en la parte posterior. La última era la más alta. Estas construcciones se extendían a lo largo de trescientos metros y estaban compuestas por descomunales bloques de granito gris de hasta 360 toneladas, algunos de los cuales alcanzaban alturas de nueve metros por cinco metros de ancho y cuatro metros de espesor. Estas extraordinarias proporciones permitían que una y otra muralla sirvieran de parapeto a grandes terrazas de tierra, como si se tratara de gradas gigantescas. Los terraplenes se conectaban a través de grandes puertas o puncos: Tiopunco, Viracochapunco y Acahuanapunco.
Abajo, en la ciudad, en el templo del Coricancha, la soldadesca europea quedó deslumbrada ante la magnificencia, el esplendor y el boato del santuario. Los conquistadores se encontraron con un edificio de regia factura, con muros de piedra ciclópeos, delicadamente trabajados en planos inclinados y puertas trapezoidales. El templo constaba de ocho grandes cámaras o habitaciones cuadradas cuyas paredes tenían por dentro y por fuera inmensas hojas y láminas de oro fino, con incrustaciones de esmeraldas y otras piedras preciosas. Destacaba en las paredes un gran disco de oro con la imagen de un dios situada encima de otro dios; un disco que supuestamente representaba al Sol, pero en cuyo centro aparecía el rostro del dios supremo Viracocha al puro estilo Tiahuanaco. El disco, además de su utilidad ritual, era utilizado como oráculo e instrumento de comunicación con otras realidades y se le consideraba portador o canalizador de la luz divina.
En el interior del templo, los asientos también lucían adornos de oro. En la parte posterior se encontraba el Jardín del Sol, un lugar de increíble belleza, decorado con orfebrería incaica, discípula y heredera de los magistrales logros de las culturas norteñas Mochica y Chimú, que con gran realismo crearon un alucinante paraje donde se reproducían a escala natural árboles, plantas diversas con flores y frutos, insectos y toda clase de animales y seres humanos, servidores llevando en sus manos vajilla de oro puro... Había hasta un lago artificial en cuyas aguas se veían peces de distinto tipo, también de oro. Todo esto, menos el gran disco del Sol que cubría las paredes del interior del santuario, fue extraído para ser fundido y repartido entre los invasores.6
Otro de los hermanos de Huáscar, sobreviviente a la cruenta persecución, fue Choque Auqui, hombre joven de mediana altura y buen ver, intuitivo e inteligente. Residía en el Amarucancha o palacio de Huayna Cápac. Había sido designado por la familia como mayordomo principal de la casa, por lo que se encontraba al servicio de los restos de su padre.
Antes de la llegada de los españoles a la capital, Choque Auqui, cuya traducción sería «Dorado Príncipe» o «Príncipe Dorado», conocía las profecías del cerro Guanacaure donde se practicaba la adivinación valiéndose principalmente de las hojas de coca o de ejercicios lúdicos y juegos de azar como la piska (que consistía en una suerte de dado de cinco números). En este juego, la clasificación de los números en favorables y adversos determinaba el destino del interesado. En una consulta que realizó Choque Auqui, se le repitió reiteradamente el número cinco. El símbolo que le correspondía era la mano, o sea, un periodo de prueba y penitencia, pero a la vez un tiempo de oscuridad. Por ello convocó en secreto a todos los amautas o maestros sobrevivientes del yachayhuasi o escuela o colegio mayor de los nobles y a los quipucamayocs más sabios e importantes que hubiesen quedado tras la cacería de intelectuales que emprendió Atahualpa. Algunos se habían refugiado y escondido en la ciudad. También incluyó a los sacerdotes más prestigiosos y de reconocida espiritualidad que habían ocultado los waukes o dobles de los antiguos incas, burlando a los asesinos que estaban eliminando a los nobles y saqueando la ciudad por encargo de Atahualpa.
Una vez reunidos, Choque les planteó la posibilidad de un éxodo colectivo rumbo a un lugar seguro. Para esto se contaría con la ayuda de los habitantes del Atuncancha, lugar donde residían, en unas cien casas, los sacerdotes y las mamacunas o supervisoras de las mujeres escogidas, y que estaba situada alrededor del templo del Sol. Desde allí entrarían en el Coricancha durante la noche para ingresar en la gran chinkana, túnel laberíntico subterráneo que transcurría por debajo de la ciudad hacia la fortaleza de Sacsayhuaman; luego seguirían por otro túnel cercano en dirección a Paucartambo.
Estos túneles habían sido construidos por los antiguos wari, edificadores de la primera ciudad de Qosqo, quienes eran seguidores del dios de Tiahuanaco, Viracocha y a su enviado Tonopa o Tunu-Apaj, el predicador mendigo y ermitaño que habitaba en la paqarina o laguna. El mito decía que la Humanidad fue castigada con un diluvio por despreciar las enseñanzas del místico peregrino, salvándose solo un hombre bueno. El arcoíris que se formó después del diluvio era una víbora de muchos colores que se trasladaba por el cielo, pero era de tal voracidad que se tragaba todo lo que encontraba a su paso. Cuando la mataron le abrieron las entrañas y de ella salieron los hombres, los animales y otras muchas cosas que había devorado.
La historia la conocía bien el príncipe Choque y la relacionaba con la ola de desastres que habían azotado al pueblo inca: epidemias, guerra civil y hasta la invasión de los feroces y ambiciosos zungazapa u hombres blancos barbados, que vestían con placas rígidas y relucientes como la plata donde rebotaban las flechas y las piedras. Todo ello solo podía significar que un gran castigo había caído sobre la Tierra, obligándolos a hacer penitencia. Y qué mejor que emigrar, dejando lo anterior y rescatando lo que pudiese ser salvado. Decidieron iniciar el pacaricuc, o ayuno general propiciatorio.
La fecha prevista para marchar sería a mediados del Uma Raymi, Fiesta del Agua o mes de octubre. Para esto se seleccionó un número determinado de ajllas jóvenes y fuertes, que eran doncellas reservadas para la nobleza, el Inca y el sacerdocio del Sol. Estas «vírgenes del Sol» acompañarían al grupo, que habría de rescatar el imperio espiritual, la herencia del cielo que lamentablemente se había diluido en la superficialidad, las intrigas y la banalidad de la Corte.
La noche de la huida –que se realizaría de madrugada–, el príncipe se dedicó a hacer abluciones y baños de purificación en el palacio de la panaca o linaje de Huayna Cápac, llamado de Tomebamba Ayllu. En ese momento apareció el anciano sacerdote Willaq-Umu, que reemplazaba al sumo sacerdote asesinado poco antes. El noble patriarca caminó hasta el lugar donde se encontraba la poza en la que se encontraba el joven sentado y completamente desnudo, mientras un servidor inclinaba los urpus o vasijas de agua sobre su espalda. La amplia habitación de coloridos tapices que cubrían las paredes y el suelo de un extremo al otro era iluminada y calentada por una poderosa lumbre. Cuando Choque recibió al anciano, este se dirigió a él con respeto y admiración diciendo:
–Querido príncipe, eres tan joven e inexperto como pequeñas e improbables son nuestras esperanzas, pero me consuela saber que lo pequeño crece y la experiencia se incrementa con el valor para encarar los errores. Te llevas a un gran grupo de jóvenes idealistas como tú y a un reducido círculo de ancianos sabios. Es lo mejor y lo único que nos queda. Sé que no piensas reconstruir lo que se ha perdido, sino que deseas rescatar la esencia que caracterizó los inicios del incario, y también sé que no te volveremos a ver más en esta vida, ni a quienes te acompañan. Por ello te deseo lo mejor.
»Quienes te conocen están de acuerdo en que te mereces el calificativo de huachacuyoc (caritativo), pues desde niño siempre amaste a los desvalidos y fuiste bienhechor de los pobres. Ahora has escogido una misión muy audaz que, si es bendecida desde lo Alto, llenará tu vida de bienaventuranza perpetuando tu estirpe que es la nuestra.
»Si logras tu cometido y te estableces en paz y seguridad, los hechos de tu vida serán conocidos en el futuro y darán lugar a cantos y leyendas; pero lo importante será que despertará e iluminará las dormidas consciencias de los que se dejaron envolver por la oscuridad que hoy se abate sobre todos nosotros.
»No dudes que si estaba escrito en tu destino y en el nuestro lo que está aconteciendo llegarás hasta donde debas y te sea permitido. ¡Quizás hasta tu descendencia vuelva a guiar este mundo!




