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Concluyó así el sacerdote con voz temblorosa y los ojos cargados de lágrimas, con la mirada perdida en el ñaupapacha o tiempos antiguos. Se volverían a encontrar en el Coricancha, por lo cual el anciano sacerdote se retiró.
El príncipe abandonó el Cápac Marca, que era la cámara de los vestidos y tesoros del Inca difunto, ataviado con ropas sencillas. De su cuello colgaba un medallón con el disco del Sol prendido de una gruesa cadena, todo ello de oro puro, y en el brazo derecho llevaba un brazalete que tenía el rostro de un felino que representaba la constelación de Choque Chinchay, que aparece por el Norte y protege de los hechiceros de la tierra de los antis o selva. Ambas insignias habían pertenecido a su padre y ahora lo acompañarían.
Salió el gallardo joven de los aposentos, justo cuando llegaba su tucuyricuc –espía encubierto o veedor capaz de infiltrarse en medio del pueblo y escuchar el clamor general–, que era su hombre de confianza. Aquel fiel súbdito le confirmó la situación y el sentir del pueblo, lo que incrementó en el príncipe la sensación de angustia y premura. Cruzaron los corredores y los salones labrados con gran artificio, adornados con estanterías de piedra a manera de ventanas trapezoidales, llenas de objetos de oro y plata en forma de auquénidos7 o de seres humanos, como idolillos de fertilidad y abundancia, que resplandecían con la luz que penetraba a través de las claraboyas muy bien dispuestas en cada habitación.
Llegaron hasta el segundo patio donde se encontraba la armería real a cargo de los oficiales de servicio quienes, ayudados por los mayordomos, reunieron todas las armas y vituallas posibles que permanecían escondidas. Tenían orden de llevarlas hasta el Coricancha, donde ya se encontraban los restos momificados de Huayna Cápac y donde también se hallaba su wauke o doble escultórico.
Estando ya en el primer patio, Choque miró por última vez el que había sido su segundo hogar y se inclinó para tocar con sus manos el suelo adoquinado donde jugaba cuando era niño. Una vez en la puerta principal, procedió a despedirse discretamente de los servidores de mayor edad, agradeciéndoles sus años de dedicación y dejándolos al cuidado del palacio. Ellos no sabían adónde se marchaba su señor, pero confiaban y aceptaban sus decisiones porque las consideraban sabias y en beneficio de todos.
Choque se alejó silencioso y decididamente del Amarucancha en sentido contrario a la plaza de Huacaypata o de las Plegarias (hoy Plaza de Armas de Cuzco), junto con un cortejo de unas veinte personas. Caminaron por la calle de Inti Kijllu, teniendo en todo momento el Ajllahuasi a la izquierda. A pesar de lo avanzado de la noche, había fogatas encendidas y aún se escuchaban los gritos lastimeros que desgarraban la quietud de aquel privilegiado lugar enclavado en los Andes. No había familia en Qosqo que no hubiese perdido en poco tiempo más de un familiar en las guerras o por las plagas y desgracias que se habían abatido sobre el incario.
Llegando a las puertas del Coricancha fueron recibidos con mucho respeto y complicidad por los guardias que permanentemente cuidaban la entrada del gran santuario. Atravesaron velozmente el amplio patio empedrado que los separaba de las capillas dedicadas al Sol, a la Luna, a la estrella Chaska (Venus) y a la constelación de Choque Chinchay (Felino Dorado), entre otras. En ese momento, en el cielo se escuchó una estrepitosa serie de truenos y múltiples relámpagos pero sin lluvia que agrietaron el espacio.
En la entrada de la chinkana los aguardaban los sacerdotes con gran nerviosismo; entre ellos asomó uno que destacaba por su capacidad de videncia. Era un hombre mayor de rostro sabio pero apesadumbrado, que se acercó a Choque haciéndole una reverencia.
El príncipe lo saludó y le preguntó:
–¡Sabio sacerdote y vidente, que el dios de nuestros padres te bendiga e ilumine!
»¿Hay alguna visión o mensaje para nosotros antes de emprender el camino?
El sacerdote cerró los ojos, agachó la cabeza, la llevó hacia atrás y, respirando profundamente, entró como en un estado de semitrance. Al cabo de un interminable minuto puso sus manos sobre los hombros del príncipe, y abriendo los ojos lo miró fijamente diciéndole:
–Dos grandes serpientes se encargan de comunicar el Kay Pacha (el mundo de aquí) con el Janan Pacha (el mundo de arriba), saliendo del Ukju Pacha (mundo de abajo o inframundo). Son las energías que fluyen por el Universo exterior e interior de cada ser humano y de todas las cosas. Uno de los reptiles en lo exterior posee la forma del gran río Amaru Mayu (Río Alto Madre de Dios) y la conocemos bajo el nombre de Yaku Mama; la otra va caminando verticalmente, dotada de dos cabezas: una inferior que absorbe los bichos de la superficie y otra superior que se alimenta de insectos volátiles, apenas se mueve y tiene la apariencia de un árbol seco; es la Sacha Mama. Estas dos grandes serpientes pasan después al mundo de arriba, donde la Yaku Mama se convierte en Illapa (el rayo) y la Sacha Mama en Koychi (el arcoíris). El Inca debía mantener dicha conexión entre los mundos, como Intipchurin8, pero esta relación hace tiempo que se ha visto interrumpida por la ambición materialista, la ignorancia y la ausencia de espiritualidad, por lo que el caos se cierne sobre el mundo. Nuestros días están contados. Debes viajar cuando antes, querido príncipe, como guerrero de la luz contra la oscuridad, al lugar donde puedas volver a enlazar los tres mundos, porque todos los hombres hemos perdido la conexión. Para ello seguirás la ruta de la Pakarina (laguna, caverna o lugar de origen mítico). Y llegando a tu destino tú y tus descendientes deberéis aguardar con paciencia el tiempo del cambio, un nuevo amanecer de la Humanidad.
»La tierra que dejas bajo tus pies y tras de ti se mantendrá por muchos siglos sujeta a una purificación dolorosa, a un pachacuti9, para que en el futuro pueda albergar la simiente de una nueva Humanidad basada en el amor, el conocimiento y la fe.
En ese momento apareció el Willaq Umu y, tomando la palabra, dijo:
–A las puertas de que te vayas, oh gran señor, pongo en tus manos la Sara mama10 que estaba colocada en el granero del Santuario. Ahora irá contigo y, cuando el tiempo sea cumplido y tus descendientes vuelvan al mundo que hoy dejas, traerán consigo esta semilla junto con la prosperidad y la abundancia. La Coca mama se quedará multiplicando las desgracias de los hombres que acaben y destruyan la Sacha mama (madre selva o madre del bosque) y a la Pacha mama (la madre Tierra).
»También coloco sobre tu cabeza la Mascaypacha11, con la insignia del heredero.
»Cuando llegues a Paiquinquin Qosqo12 serás Inca. Pero no nombrado por los extranjeros para ser manipulado, sino por tu propia tierra.
»Y tus súbditos serán en su mayoría los animales del bosque, las plantas y los árboles, así como los espíritus de la naturaleza. Tu reino no estará limitado por fronteras de ningún tipo, y la llave para ingresar en él y salir de allí será el amor.
Al levantar su rostro, después de recibir la insignia real, Choque habló con fuerza delante de su gente:
–Hablaré, ya que me has orientado hasta ahora, poderoso y noble señor. Me inclino ante ti con profunda veneración. Para ti nada hay oculto; bien sabes que está todo dispuesto para que cada cual cumpla con su destino. Tiemblo al verme aquí, como también al contemplar todo lo que representamos y la responsabilidad que se nos asigna. Quiero creer que no defraudaremos las expectativas.
»¿Está preparado el gran disco de oro para ser llevado a Paiquinquin? No he visto a los sacerdotes con él.
–El disco de oro permanecerá aquí… Por su importancia y poder se quedará en su lugar todavía un tiempo más para no despertar sospechas de tu huida gran señor –dijo el gran sacerdote.
–Pero, ¿y si lo roban o lo destruyen?
–Su origen es tan especial como especial es su protección. Cuando llegue el momento arribará a Paiquinquin; no lo dude su majestad.
El príncipe abrazó fuerte y entrañablemente al anciano y buscó con la mirada a los mallquis reales o momias de los soberanos. Allí estaban todos, excepto el de Túpac Inca Yupanqui, que había sido quemado y destruido en venganza por haber sometido los territorios de los abuelos maternos de Atahualpa. Los mallquis habían sido convocados en secreto por el sacerdote encargado Mallquip-Uillac, sin dar mayor explicación a los mallquicamayocs u oficiales a cargo de las momias reales. Se había dispuesto salvaguardarlos dejando en su lugar los de otras personalidades menos importantes vestidas con las ropas imperiales.
No quedaba mucho tiempo. Apuraron los preparativos en la entrada de la chinkana. El séquito estaba completo. Las ajllas conducidas desde la capilla de Quilla (la Luna), vestían sus grandes mantos hechos de lana blanca de alpaca llamados acsu, que, prendidos con alfileres de plata, les cubrían los hombros hasta el empeine. Las doncellas también llevaban encima la iliclla, hecha de manta, y a su cintura ataban una faja grande y luego otra estrecha con la que se daban varias vueltas al cuerpo. Se cubrían la cabeza con una mantilla llamada ñañaca, sobre la cual caía una vincha.
También habían sido seleccionados unos sabios maestros amautas, algunos quipucamayocs, unos cuantos sacerdotes y unos pocos «orejones». Los «orejones» o nobles recibían ese nombre por llevar en las orejas unos zarcillos o aretes redondos, grandes y pesados que les deformaban las orejas. Usaban sobre la cabeza trasquilada un sobrepeine y trenzas largas atadas con unas cuerdas del grosor de un dedo meñique, a las que les daban dos o tres vueltas.
Los sacerdotes tomaron unas antorchas y, marcando el camino de la chinkana, descendieron por unos escalones de piedra hacia un profundo túnel13. Luego siguieron por un largo y amplio corredor que conducía al lado derecho de una caverna cuyas paredes rectas mostraban un colosal trabajo de cantería.
Al cabo de unos diez minutos arribaron a unas inmensas cámaras. Entonces apagaron las antorchas en el curso de un pequeño torrente de aguas subterráneas que corría paralelo al camino tallado en la roca y por una acequia hecha a propósito para canalizarlas. Una vez dentro del túnel cesó el bullicio de toda aquella gente, que quedó enmudecida cuando el ambiente se iluminó con un brillo verdoso fosforescente. El brillo lo despedían las paredes. Era un extraño material, como hongos que cubrían los muros y que se habían cargado con la luz inicial de las antorchas. Se encontraban en las entrañas secretas de la Madre Tierra o Pacha Mama.
Esculpidas sobre algunas rocas aparecían figuras de serpientes y jaguares, como marcando y dirigiendo el camino. También se multiplicaban por los rincones piedras con petroglifos llamadas quillcas con rostros humanos, espirales y multitud de figuras amorosamente esculpidas para servir de morada a entidades positivas y protectoras aprisionadas por su solidez indestructible. Y es que la piedra, cuyo nombre en quechua es Rumi, tiene un significado mítico en el mundo andino. Proviene de la misma raíz de ruru, que significa también «semilla», por lo que se consideraba que era una especie de semilla de cosas duraderas y eternas.
El techo del túnel contaba cada tanto con profundos hoyos que traían aire fresco del exterior. Al cabo de un largo y pausado recorrido, asomó una intensa corriente de aire fresco del exterior. El lento paso se debía a la cantidad de personas del contingente y a lo estrecho de la ruta, así como por la dificultad que suponía sortear los obstáculos que representaban las innumerables trampas que habían sido colocadas para disuadir, espantar o hasta eliminar a los no iniciados en los caminos secretos. En la ruta no siempre fueron por túneles uniformes; a veces se ampliaba la caverna y aparecían grietas y hasta abismos, acompañados de fosos y pisos falsos, estacas, cuerdas, piedras desprendidas y cuanta trampa podía uno imaginarse.
De pronto el camino empezó a ascender bruscamente, estrechándose aún más hasta dejar paso a una sola fila. El séquito trepó largo rato por altos y sólidos escalones de piedra finamente trabajados, mientras una pequeña cascada caía violentamente a la izquierda, ahogando los jadeos y los pasos de aquellos que llevaban las andas de las momias y de las estatuas (mallquis y wauques), así como de los porteadores de cierta cantidad de objetos preciados llenos de información y conocimiento.
Habían atravesado la ciudad por completo por el camino subterráneo. Al salir del túnel la salida estaba muy bien protegida y disimulada y aparecieron por detrás de la fortaleza de Sacsayhuaman. Allí los aguardaba un grupo de unos cincuenta guerreros o aucapomas al mando de un aucacamayoc, que habían reemplazado a la guardia que controlaba ese lugar aquella noche; no obstante, su presencia militar sorprendió a los desconfiados y temerosos amauta cuna.
Faltaban pocas horas para que amaneciese, por lo cual debían apresurarse para cubrir la distancia que los separaba del camino al valle del río Urubamba y al siguiente túnel, que se encontraba kilómetros por delante y en donde los esperaba un centenar de llamas cargadas con vituallas y otras más para aligerar la carga que llevaban encima. También se había previsto que en Paucartambo los alcanzarían otros grupos que protegerían la huida, entre ellos gente de Calca, dirigida por el llantacamayoc runa Cayaticoc (oficial del pueblo encargado de comisiones).

1 Signos o símbolos de una posible escritura inca, que equivalen a una palabra o a una idea.
2 Judías del Perú, gruesas como un haba, casi redondas y muy blancas. Fuente: RAE.
3 Entre los antiguos incas, mujer del emperador, señora soberana o princesa. Fuente: RAE
4 En las regiones quechuas y diaguitas, fortaleza con gruesas pircas, que construían los indígenas en alturas estratégicas.
5 Un castellano de oro equivalía a 4,6 gramos de oro. Por aquel entonces una libra no eran 500 gramos sino 460 gramos, y un kilo equivalía a 920 gramos. Esto es, que el rescate equivalía a 6.632,70 kilos de oro o más de seis toneladas y media de oro. Un marco de plata eran ocho onzas y una onza de plata 31.103 gramos, por lo cual 57,000 marcos equivalían a 456.000 onzas de plata, que multiplicados por 31.103 gramos da 14.182.968 gramos, lo cual significa unas catorce toneladas de plata.
6 El botín del saqueo de Qosqo fue de 580.000 pesos o castellanos de oro, esto es casi tres toneladas de oro y 215.000 marcos de plata.
7 Camélido de los Andes meridionales. Fuente: RAE.
8 Hijo del Sol.
9 Final de un ciclo.
10 Mazorca de maíz de tamaño y forma extraordinarios.
11 Corona e insignia de los Masca, consistente en un haz de hilos rojos encendidos que se introducía por canutillos de oro hasta la mitad, permitiendo que el resto cayera libremente.
12 Ciudad fundada en las selvas del Madre de Dios más de setenta años antes por su abuelo, Túpac Yupanqui.
13 Actualmente se encuentra detrás del altar mayor de la Iglesia de Santo Domingo.
II. LA COMUNIDAD DEL SANTUARIO
«Si aceptas ser guiado por la vida, una vez que te has preparado, esta aprovecha para ponerte al frente de otros para guiarlos, proteger y guardar lo que realmente tiene valor».
Desde Paucartambo la caravana continuó incrementada por todos aquellos que se habían añadido a la misma. Tuvieron que transcurrir algunos días para que alcanzaran el paso entre montañas cercano al Apucantiti, que conduciría al valle de Kosñipata o Tierra de las nubes, por donde se desciende hasta la selva alta. Una vez que llegaron al abra, o paso entre montañas, siguieron avanzando por estrechos y peligrosos caminos, agradeciendo con una apacheta o amontonamiento de piedras a los apus, o espíritus de las montañas, los favores y la protección recibidos. En su descenso hacia los caudalosos ríos de la jungla, una parte del grupo continuó camino al poblado de Lacco, llevando consigo algunas de las literas que cargaban con los mallquis. En un pucullo, o cueva, procuraron dejar pistas falsas, mientras que el resto avanzó hacia el Amarumayo, el río alto Madre de Dios, guiados por Choque, llamado ya por todos el «poderoso señor Serpiente» o hijo insigne del linaje de los Amaru.
El príncipe inca caminaba delante del grupo sin privilegio alguno, como Aisavilca o «jefe guía» que era. Había rechazado ser llevado en una litera como era costumbre entre los señores principales. Daba ánimos a su gente de manera constante, sobre todo a los rezagados, ofreciendo su hombro a aquellos que se sentían desfallecer por las largas jornadas, las altas temperaturas y las enfermedades transmitidas por los insectos que abundaban en la zona. Para él no habían antahuamra o sirvientes, simplemente todos eran hijos y hermanos de una gran familia que debía sobrevivir a lo que surgiera y así lo hizo saber, sobre todo cuando más flaqueaba la gente y el ánimo estaba demasiado alicaído.
Era admirable su ejemplo al cruzar las oroyas sobre los ríos caudalosos, pues era el primero en ofrecerse para cargar uno de los extremos de los palanquines que llevaban a los ancestros, o cuando era el primero en lanzarse al agua cuando había que rescatar a alguien arrastrado por la corriente. No perdía el ánimo y con sus bromas hacía que en los momentos más duros la gente estallase en carcajadas, olvidando por unos instantes la tragedia que iban dejando atrás. En poco tiempo el imperio se había derrumbado, por lo que las familias lloraban a sus muertos que se contaban por millones.
La actitud del príncipe, lejos de hacerle perder el respeto de su gente, le granjeó la admiración y el amor de todos; incluso motivó que los «orejones» dejaran de lado y olvidaran el protocolo. Antes un Inca no permitía siquiera que lo miraran a los ojos, y menos aún que le dirigieran la palabra si él no daba permiso. Pero con Choque Auqui todos buscaban reflejarse en su mirada y su sonrisa para darse fuerza y valor, extrayendo energía de la flaqueza.
Por las noches, bajo la luz de las coillorcuna o estrellas, en pleno campamento al borde del río, no faltaba quien cayera en la tentación de contar historias macabras como la del Nakaj o degollador, o las de las kefke o cabezas voladoras que hacían desaparecer a los peregrinos que pasaban la noche lejos de los tambos. Entonces Choque, quien como uno más permanecía muchas veces tras las conversaciones a la luz de las fogatas, intervenía con pensamientos sensatos y lecciones de valor.
Una noche miró al cielo y apuntó hacia unas extrañas luces que no caían como otras, sino que más bien caminaban horizontalmente a gran altura, a veces lenta y otras rápidamente, deteniéndose súbitamente sobre el lugar. Una vez se quedaban estáticas en el cielo o sobre los árboles, y se apagaban para volver a encenderse más allá. En aquella ocasión el príncipe le preguntó a los amautas y a uno de los sacerdotes:
–Sabios maestros, ¿qué es eso que se ve en el cielo?
–¡Son las literas de los dioses, mi príncipe! –contestó uno de los más ancianos quipucamayocs.
–¡Son los piscorunas! Ellos son los «hombres-pájaro» que habitan en las estrellas y que de cuando en cuando bajan a la Tierra a proporcionar una guía a los hombres, mi joven señor –sentenció el mayor de los amautas.
–¿Son hombres como nosotros?
–¡Como nosotros quizás, pero no como tú mi señor! ¡Tú eres hijo del Sol! ¡linaje de los fundadores! En tus venas corre sangre de dioses –intervino nuevamente el anciano amauta.
–Si fuera del todo cierto que nosotros los incas éramos divinos no estaríamos ahora aquí huyendo de quienes amenazan lo último que nos queda. Seamos realistas… Pero me interesa saber más acerca de esos piscoruna.
»¿Alguien los ha visto? ¿Realmente son hombres-pájaro?
El sacerdote se incorporó de un tronco sobre el que permanecía sentado, y, dirigiéndose a Choque Auqui, le tomó del hombro aprovechando que él mismo había roto todo protocolo.
–Mi joven señor, acompáñeme más a la orilla del río y así podremos conversar en privado.
»Son admirables su humildad y don de gentes mi señor, pero no es adecuado que sea tan cercano con todos. Tiene que mantener una distancia, sino no faltará quien cuestione su autoridad. Recuerde que usted también es un símbolo de nuestras tradiciones y nuestro pasado glorioso y en su descendencia estará también nuestro futuro. Bueno es que la gente lo admire y lo ame, pero que también lo respete y lo tema.
»Con respecto a sus preguntas, sí ha habido relatos de personas confiables que vieron a los piscoruna bajar del cielo; y entre ellos los hay quienes parecen hombres-pájaro, otros hombres-jaguar y otros hombres-serpiente, dependiendo de su procedencia, porque son muchas las estrellas en el firmamento.
–¿Y qué son?
–¡Son los hombres de arriba! No son dioses... ellos viven en las estrellas.
–¿Hay gente viviendo en las estrellas?
–¡Pues así parece mi señor! Ya ve usted, no sabíamos de la existencia de los sungazapas14 y los confundimos con los viracochas15 de nuestras tradiciones. Aparecieron por nuestras costas desolándolo todo, saqueando y matando. Hasta llegaron a acabar con la vida de su hermano Atahualpa con traición y han levantado a los cañaris y a los chachapoyas en contra nuestra.
–¿Y qué buscan los piscoruna? Deben ser más sabios y antiguos que nosotros, sino no podrían llegar hasta aquí.
–Muy bien pensado mi príncipe. Y quizás la respuesta sea que todos tenemos algo que aprender. Posiblemente a través nuestro ellos recuerdan sus tiempos anteriores, y por consiguiente, nosotros les estaríamos ayudando a recordar.
–Pero, ¿qué podríamos enseñarles nosotros a ellos?
–En todo este viaje he estado observándolo mi joven señor, y he aprendido mucho de usted. Agradezco y bendigo a la vida por el privilegio de haberle acompañado. Usted es diferente; tiene la fuerza y el ímpetu de la juventud, pero a la vez la sabiduría y la inteligencia de los siglos; y por ello la vida lo ha puesto al frente de todos nosotros, de este remanente que busca proteger y guardar nuestra cultura.
»Quizás en cierta medida nosotros seamos para ellos lo que usted está siendo para nosotros.
–¿Y serán buenos o malos?
–¿Por qué tendrían que ser todos malos si supuestamente son más avanzados que nosotros? Debe haber de todo allí afuera, y hasta quizás habrá quienes podrían estarnos cuidando de los que no son buenos.
–¿Podremos llegar a verlos y a conocerlos? ¿Nos podrían ayudar contra nuestros enemigos?
–No creo que haya sido casual que viéramos esas luces en el cielo bajando entre los árboles. Quizás ellos se dejaron ver a propósito, queriendo acercarse a usted mi señor y darle algún mensaje. Esté atento; quién sabe si en ese lugar podría darse cualquier cosa. Pero dudo que ellos vayan a tomar partido respecto a las cosas que ocurren en estas tierras. Lo que nos ha pasado es consecuencia de muchos errores y desaciertos, y la vida se está encargando de purificarnos. Tenemos que sacar una gran enseñanza de cuanto nos ha ocurrido en poco tiempo para no repetirlo.
–Es cierto… Confiemos entonces en que la cercanía de los piscoruna sea una protección a nuestro grupo y una confirmación de la ruta. Nada debemos temer si nos mantenemos unidos y con fe.
–¡Bien dicho su majestad!
Todas las mañanas Choque dirigía con los sacerdotes el «saludo al Sol», con los pies descalzos sobre la tierra, elevando los brazos por encima de la cabeza y tomando una respiración lenta y profunda; luego abría los brazos en arco exhalando y cantando las palabras: «Punchao chinam» («Hagamos que amanezca en nuestras vidas»). Era un canto melodioso y fuerte, seguido y repetido por todos varias veces. También acompañaba las oraciones de la mañana con una invocación al espíritu de la Tierra, pidiendo su guía y protección.
Cada día reanudaban el viaje siguiendo el curso serpenteante de los ríos Pilcopata, Alto Madre de Dios, Palotoa y Rinconadero avanzando hacia las fuentes del Siskibenia. En toda la ruta les salieron al encuentro los sacharunas u «hombres salvajes». Su aspecto era feroz; llevaban pintura en sus rostros, un disco de plata cocido en la nariz y collares de semillas pendían de sus cuellos; en sus cabellos, que eran cortos, lucían una vincha de plumas negras cubriéndoles la frente. Portaban arcos de madera de chonta y larguísimas flechas de caña con puntas aserradas también de chonta y cuchillos de metal.




