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Del mismo modo que se produjeron intentos de rebelión y resistencia frente a los europeos, surgieron también movimientos filosóficos y espirituales que pretendían recuperar y revalorizar las creencias ancestrales así como el viejo orden de los Hijos del Sol, desaparecido al ser suprimida y eliminada la clase dirigente. Uno de esos movimientos fue el «Taqui Oncoy», que representaba un verdadero esfuerzo por unificar las creencias a través de la figura del dios Apu Punshao (Espíritu del Señor del día). Esta corriente de pensamiento se mantuvo por mucho tiempo, extendiéndose por buena parte del mundo andino. Rechazaba tanto el rito cristiano como las costumbres europeas y los vicios del virreinato. Se inició en 1567 bajo la dirección de Juan Chocne, quien solo aparecía para las ceremonias celebradas en clandestinidad. Los rituales consistirían en pintarse el cuerpo de rojo, marchando luego a la huaca o adoratorio; ello significaba que la raza roja debía mantenerse pura frente a los invasores. El canto y la danza de todos los asistentes se prolongaban durante horas, buscando alcanzar un estado de trance apoyado por ayunos de purificación. Juan Chocne mismo afirmaba mantener contacto con entidades que se desplazaban por el cielo en una especie de canasta voladora.
El Taqui Oncoy se extendió hasta entrar en contacto con los incas de Vilcabamba y los de Paititi, en la frontera selvática, involucrando espiritual y materialmente a mucha gente. Túpac Amaru I fue uno de los que, conviviendo con los españoles, participaba secretamente de estos movimientos, en especial de uno de ellos llamado «Los Amaru» (Los Serpiente), que sobrevivió a los movimientos mesiánicos que fueron violentamente suprimidos por las autoridades coloniales.
El Paititi o Paiquinquin Qosqo quedaría como un mito a la espera del momento en que la constelación de Miquiquiray marcara la definitiva apertura del Santuario para guiar a la Humanidad a una época de oro y espiritualidad. Sus puertas serían abiertas por aquellos que estuvieran preparados para hacer buen uso del conocimiento tanto tiempo protegido.
Siglos después, en Qosqo o Cuzco, la historia aún se puede respirar en sus pueblos olvidados y hasta en la misma ciudad imperial, en sus callejuelas y rincones. No hay que ser muy perceptivo para intuir que allí hay misterios y secretos aguardando a ser descubiertos o rescatados.
Ese otro mundo paralelo, cuya historia fue abruptamente interrumpida, sabe que muy pronto la cabeza del Inca será restituida a su lugar. La cultura original supo protegerse del aparente mestizaje, aunque este nunca llegó a existir realmente. Lo único que surgió como un producto colateral fue un criollismo carente de identidad. Así ha evolucionado la conciencia andina, ocultando sus creencias tras el rito cristiano, en espera de que el mundo corrija sus desaciertos y contradicciones y vuelva al orden natural. Hoy por hoy, en los campos se hacen los pagos y ofrendas a la Pacha Mama o Madre Tierra, y en las ruinas de los palacios incas se reúnen los amaru para invocar al Universo ancestral y recordar que hay una ruta prohibida que hay que preservar como sea, a pesar de que esos palacios y templos sagrados sean hoy la fachada turística de restaurantes, hoteles y bares.
Por siglos, la sociedad secreta de los hombres-serpiente ha luchado por recuperar el glorioso pasado inca a través de sociedades filantrópicas y culturales. En los primeros tiempos esta lucha fue activa, pero el peso de la fuerza y la desventaja los llevó a replegarse y esperar mejores tiempos, ocultándose en el silencio.
Durante la época colonial, algunos de sus miembros adquirieron renombre por encabezar insurrecciones; tal fue el caso de Juan Santos Atahuallpa y José Gabriel Condorcanqui Túpac Amaru.
Juan Santos Atahuallpa decía ser descendiente directo de Atahualpa. Además de su lengua, el quechua, dominaba perfectamente la lengua de las tribus de la selva y el castellano, y en poco tiempo se convirtió en un gran líder de los Campas de las montañas de la zona de Tarma y el Gran Pajonal, en la Sierra Central, donde durante diez años (1742-1752) protagonizó una sublevación contra la opresión española.
José Gabriel Condorcanqui Túpac Amaru era descendiente directo de doña Juana Pilcowaco, hija del último Inca Túpac Amaru. Por la nobleza de su apellido heredó el cacicazgo de Pampamarca, Tungasuca y Surimana, que ocuparon interinamente sus tíos materno y paterno mientras él continuaba su educación en la sociedad de los amaru. En 1766, una vez investido con el reconocimiento oficial de cacique, trató de lograr justicia por parte de las autoridades coloniales exigiendo la abolición del tributo de la Mita, trabajo inhumano que llevaba a la muerte a millares de indígenas. En 1780 Túpac Amaru condujo una rebelión que sucumbió ante la traición de uno de sus hombres de confianza.
Después de centurias los amaru aún esperan… En el interior de esa sociedad secreta continúan los ritos de iniciación de los descendientes de la nobleza cuzqueña. Se trata de largas y durísimas pruebas que se realizaban en cavernas enclavadas en los glaciares del Salcantay, la montaña que domina el Valle Sagrado de Urubamba, donde deben enfrentar el hambre, el frío, el miedo, el silencio, la duda y la soledad. Posteriormente reciben los baños de purificación en pozas de agua hirviente de origen volcánico, y el renacimiento final en las gélidas lagunas situadas al pie del nevado. El rito culmina con el peregrinaje al Qoyllority, en el santuario de la montaña, donde se observa a la distancia la ruta del exilio emprendido hace siglos por Inkarri, el Inca Rey que se convirtió en otorongo y se ocultó en la selva para regresar algún día cuando llegue su tiempo de recordar.

14 Hombres blancos barbados.
15 Dioses blancos.
16 Contisuyo.
17 Antisuyo.
III. RECORDANDO SER PARTE DE UNA LEYENDA
«¿Podrían ser esas extrañas e intensas sensaciones que nos asaltan cuando llegamos a lugares mágicos los recuerdos de experiencias vividas en existencias pasadas?»
El avión empezó a descender sobre los valles montañosos ligeramente boscosos de Cuzco, la capital arqueológica de América del Sur. Dentro de la aeronave se sentía una cierta turbulencia que, por su brusquedad, preocupó a más de un pasajero. Había que tener una gran pericia y un gran conocimiento de vuelo para descender a aquel aeropuerto enclavado en un estrecho valle entre montañas. La terminal aérea había sido construida al pie de una ciudad que en tiempos antiguos fue edificada con forma de puma para ser vista desde el cielo por los dioses. Ciertamente, los incas heredaron muchos de los logros y adelantos de los pueblos que los precedieron, entre ellos los antiguos paracas en la costa sur, autores hace más de 2.500 años de los geoglifos de Palpa y Pozo Santo, trazados sobre cerros, montañas y dunas de arena con una elaboradísima y perfecta geometría, y de los nazca, hacedores de las famosas líneas de la gigantesca Pampa de Ingenio, de 2.000 años de antigüedad. En el caso de las líneas de Nazca, son más de 600 kilómetros cuadrados de líneas, pistas y figuras que pueden ser vistas desde gran altura y que habrían sido hechas por la gente de esas tierras pensando en aquellos que vinieron de las estrellas y que prometieron volver algún día. Al final de las líneas y figuras se encuentra una ciudadela de pirámides escalonadas de barro cubiertas por la arena conocida como Cahuachi, donde residían los inspirados ejecutores de semejantes enigmas.
Esperanza era una niña de seis años de edad, muy blanca de piel, de complexión delgada, pelo largo color azabache y expresivos ojos pardos. Viajaba acompañando a su padre a la ciudad imperial de los incas, Cuzco, al Sur de Perú. Don José Gracia tenía que atender asuntos de trabajo en esa importante metrópoli del montañoso Sureste peruano. Era un «mediador», experto en resolver conflictos laborales, dotado de gran inteligencia, don de gentes y calidad humana. Sabía granjearse con facilidad la confianza y la amistad de la gente mostrándose siempre sincero y transparente, y poseía además una gran locuacidad y la capacidad de hacer ver a las personas –con refinada y profunda sabiduría, así como con gran sentido común– la mejor solución. Esto le había llevado a ser muy valorado en su trabajo por empresarios y sindicatos, que siempre requerían sus servicios. En el viaje aprovecharía para dar rienda suelta a su pasión, que era la investigación de los «ovnis», participando en una pesquisa en colaboración con la Fuerza Aérea del país, en la zona alta de Sicuani, y para reunirse con un viejo amigo. Todo en un solo viaje. ¡Eso sí que era aprovechar el tiempo!
Don José era un hombre de mediana altura, algo grueso y natural de Lima. Llevaba el pelo negro peinado hacia atrás, al estilo antiguo, con gruesos bigotes y pobladas cejas. Era un Piscis típico, amigable, cordial y elocuente, deseoso de comunicar en animadas conversaciones sus puntos de vista siempre adelantados a su época. Cuando era joven había sido muy audaz y deportista, pero ahora era más reposado e intelectual. Se llevaba diez años con su esposa, Marie, una mujer extranjera, natural del Norte de los Estados Unidos, nacida cerca de la frontera con Canadá. Marie era delgada y guapa, de cabello castaño claro y pecosa. En sus raíces tenía algo de sangre de los pieles rojas de las praderas y el águila en su alma.
Marie era bastante tímida. Llegó a Perú con sus padres para vivir y trabajar cerca de las refinerías de las minas de la cordillera central. Con el paso de los años se estableció definitivamente en el país, enamorándose en su juventud de José, a quien conoció a través de unos amigos en una fiesta en la que él la hizo bailar toda la noche. Ella se quedó fascinada con el peruano locuaz y divertido, y se casó con él al poco tiempo; de esa relación nació Esperanza, espigada desde pequeña y, eso sí, como la madre, pecosa también.
Marie procuraba que su pequeña hija Esperanza pasara la mayor cantidad de tiempo posible con José, cosa que ella no había podido hacer con su padre. Y hasta la dejaba que lo acompañara en sus viajes a pesar de su tierna edad, porque sabía que era la «niña de sus ojos». Él la cuidaba mucho pero le dejaba margen para que fuera ella misma con su espíritu de aventura y no se perdiera nada. Consideraba que con los viajes y conociendo gente diferente desarrollaría más y mejor su novel personalidad.
A veces –cuando se podía–, la madre los acompañaba y disfrutaban mucho en familia. A ella también le gustaba explorar todo aquello que fuese misterioso, pues Marie era una gran lectora de novelas de aventura, literatura insólita, grandes descubrimientos y biografías.
Además de al trabajo y a la investigación, don José dedicaría parte de su tiempo a visitar a Aarón Pirca, su amigo, un hombre risueño, de mediana estatura y rostro trigueño, sonrisa sincera y mirada sabia. Era el director de un importante canal de televisión local. Este hombre encanecido prematuramente, recibió a su amigo y a su niña en el aeropuerto con mucho cariño y hospitalidad, llevándolos en su coche al hotel.
–¡Bienvenido seas a Cuzco José!... Qué alegría verte después de tanto tiempo –dijo dándole un sentido abrazo a José.
–¡Gracias amigo, siempre es un placer reencontrarse contigo!
–¿Y quién es esta pequeña? ¿No me vas a decir José que es Esperanza?
»¡Cómo ha crecido!... La recuerdo el día de su bautizo en la Iglesia de la Santísima Cruz del distrito de Barranco en Lima. Siempre fue tan blanca que parecía un fantasmita… ¡Jajá!
Aarón alzó a la niña en sus brazos y le dio un beso en la mejilla.
–¡Ya tengo seis años señor! –dijo Esperanza, como queriendo hacer saber que ya no era tan pequeña.
–¡Caramba, seis años! ¡Quién lo diría! La vida se pasa muy rápido y solo tenemos tiempo para hacer lo que debemos hacer –sentenció aquel sabio cuzqueño.
Don Aarón compartía con el padre de la niña intereses similares respecto al estudio de la astronomía, las civilizaciones antiguas y la vida extraterrestre, y tenía, como él, profundos conocimientos antropológicos andinos y esotéricos. Todo lo reinterpretaba a la luz de esa formación tan arraigada en su propia sangre y cultura.
En el hotel, padre e hija bebieron unas infusiones de la hoja sagrada de la coca a manera de té, que ayuda a que una persona se relaje, oxigene mejor y no se enferme del llamado soroche o mal de altura, que se produce por la falta de oxígeno en la sangre. En alrededor de una hora habían pasado de estar a nivel del mar en Lima a 3.240 metros de altitud en la ciudad de Cuzco, lo cual afecta gravemente a la salud si uno no toma las debidas precauciones. Después de beber esos «matecitos» –como suelen llamarse–, se fueron directamente a la habitación para dormir e irse aclimatando.
Después de arroparla en su cama, Don José le dijo a la niña:
–Duerme un rato Esperanza y te sentirás muy bien al despertar, así no te afectará la altura. –Dicho esto le dio un beso en la frente y se fue a descansar él también.
La niña no se sentía cansada sino más bien llena de energía, pero queriendo agradar al padre cerró los ojos y se quedó profundamente dormida. El padre, que se había ido a su cama, hizo lo propio, porque sabía bien que es sano y conveniente relajarse y dormir, según la recomendación médica, un par de horas para oxigenarse y adaptarse de esa manera al clima y al ambiente andino.

Los tres primeros días en Cuzco fueron algo aburridos para la niña, que acompañó a su padre a las dos empresas que tenía que visitar y pasó largas horas sola. Solía quedarse sentada en una oficina leyendo cuentos o dibujando, mientras don José se enfrentaba a la patronal y a los sindicatos, haciéndole razonar para que conciliaran en buenos términos. Pero como el hombre era muy capaz en lo suyo, rápidamente les mostraba a unos y a otros las consecuencias nefastas de alargar las negociaciones con posiciones intransigentes, por lo que aquella gente, que había estado largo tiempo enfrentada, terminaba concertando en paz y estrechando sus manos con sonrisas. Y es que don José siempre acababa diciendo a las partes:
–En la vida todos debemos aprender a negociar, lo que incluye saber ceder algo; así todos ganan y nadie pierde. Y generalmente quien cede no es el más débil sino el más fuerte que busca lo mejor para todos. Y lo mejor para todos no es el conflicto.
Don José ciertamente había llegado por razones laborales a la ciudad imperial, pero no quería desaprovechar la oportunidad para compartir su tiempo con su querido amigo y con su hija. Y así fue, no hubo tiempo libre que no aprovecharan para conocer los lugares arqueológicos y de interés, caminando por las milenarias callejuelas empedradas. Cuzco es un lugar de gran belleza, que esconde en cada rincón, edificio, casa y esquina, el producto de la superposición de lo europeo sobre lo andino, produciendo una enriquecedora fusión de arte. Durante esas caminatas Esperanza oía hablar a los hombres de secretos y misterios relacionados con sus investigaciones.
Para la niña, conocer la ciudad imperial de los incas fue como haber vuelto a casa. Era difícil para ella entender por qué se sentía tan cómoda en un lugar al que había viajado por primera vez. Para ella, los momentos más emocionantes fueron cuando, padre e hija, llegaron solos ellos dos al Coricancha o Templo del Sol, antiguo recinto sagrado de los sacerdotes incas convertido desde el siglo XVI en el convento y la iglesia de la orden dominica. En el lugar ella no cabía dentro de sí. No entendía por qué, pero sentía y sabía que había estado antes allí. No tenía idea de cuándo ni cómo, y así se lo hizo saber a su padre, quien para tranquilizarla ante tan desmedida emoción le dijo:
–¡Querida Esperanza, seguro que lo habrás visto en algún documental de la tele! Lo anuncian mucho.
–¡No papá! Yo ya he estado aquí, solo que fue mucho tiempo atrás, y el lugar no estaba así. Ven, fíjate en esa habitación que era mi preferida; recuerdo que había un gran disco dorado con una cara entre persona, gatito y serpiente colgando del muro.
Esperanza llevó de la mano casi arrastrando a su padre hasta un impresionante cuarto de paredes inclinadas y hornacinas trapezoidales, donde casi quinientos años atrás realmente había estado colgado el gran disco solar de los incas.
–¡No hay nada aquí pequeña! Los conquistadores europeos vinieron y arrasaron con todo.
–¡No papá, nos aseguramos de que aquellos hombres extranjeros con armaduras no lo destruyeran! Nuestros sacerdotes encontraron a un hombre bueno entre ellos, que aunque sea difícil de creer, los ayudó para sacar el disco de noche a través de un túnel.
»¡Ven, te voy a enseñar donde estaba ese túnel!
–¡Esperanza! ¿Dónde vas? ¡No corras hija que estamos a mucha altura!
Como si estuviese poseída, la niña fue de un muro a otro tocándolos y recorriéndolos con sus pequeños dedos, con ansiedad y cierta desesperación, como queriendo reconocer y precisar el lugar exacto.
–¡Estas piedras no deberían estar aquí! ¡Alguien las movió!
De pronto, algo confundida, localizó a poca distancia una puerta de madera y, empujándola, entró en el interior de la iglesia anexa al convento. Era la Iglesia de Santo Domingo, que junto con el claustro fueron construidos por la orden religiosa de los dominicos sobre las ruinas del más importante lugar de culto de los incas, el Templo del Sol. Por aquel entonces desarmaron muchos de sus hermoso muros para acondicionar las nuevas instalaciones y edificios coloniales.
Dentro de la iglesia se respiraba paz y se percibía el olor del incienso, así como el sebo de las innumerables velas fundidas en sus metálicos y vetustos soportes. Se estaban haciendo los preparativos para la celebración de la misa. La gente llegaba poco a poco y se colocaba ordenadamente en las centenarias bancadas de madera oscura. Sin pensarlo demasiado, la niña se fue rauda por un lateral, amparada por los pétreos muros, y se acercó al altar, aprovechando que el sacristán, que era un hombre joven, se había retirado a la sacristía.
Sin que la vieran, la pequeña se deslizó arrastrándose por detrás de la meza del altar hallando en el suelo –como si supiese lo que iba a encontrar– una portezuela de madera de tapa muy grande, que era una entrada a unas catacumbas. Contenta por el hallazgo se incorporó y gritó llamando a su padre que ya había entrado a la iglesia:
–¡Papá! ¡Mira!... ¡La encontré! ¡Aquí esta la entrada del túnel por donde mi gente se llevó el disco!
En ese momento alguien la agarró por los hombros, zarandeándola y reprendiéndola hoscamente en un castellano cargado de marcado acento peninsular.
–¿Qué haces aquí niña? Este no es lugar para jugar ¿Dónde están tus padres?
Era el sacerdote que la había visto acercarse desde la sacristía. Pensaba molesto que la pequeña estaba jugando en el lugar sagrado.
El clérigo era un hombre alto de origen ibérico, casi calvo, como de unos setenta años, delgado y con gafas.
–¡Es que yo…!
No atinó a decir mucho la niña cuando su padre se acercó presuroso y se disculpó.
–¡Lo siento Padre!... Le puedo asegurar que mi hija no es traviesa, solo que le gusta explorar. Y esta vez se ha extralimitado.
–¡Así que una exploradora, eh! ¿Qué edad tienes?
–¡Seis años cumplidos Padre!
–¿Y qué estabas buscando pequeña?
–¡El túnel por el que se escaparon los incas llevando parte de sus tesoros!
–¿Cómo sabes tú que esta es la entrada de la chinkana18 por donde la gente indígena huyó hace quinientos años?
–Cuando entré al Coricancha sentí que yo ya había estado aquí antes, pero en otro tiempo. Y, aunque no me crea, sentí que yo fui parte de la gente que huyó entonces.
–¡Lo siento nuevamente Padre! Mi hija es también bastante imaginativa. Debe ser la edad… ¡Mejor nos vamos!
Y cogiendo del brazo a la niña, don José, visiblemente mortificado y avergonzado, la llevó fuera de la Iglesia, saliendo al patio del convento.
–¡Esperanza por favor! ¿Qué te ocurre? ¿Qué estás diciendo? Debes controlar tu imaginación.
–¡Pero es cierto papá! No es mi imaginación. Yo ya he estado aquí antes. Fue hace mucho tiempo, solo que entonces yo era un hombre joven y la gente me obedecía. Todos estaban pendientes de mis órdenes y yo sabía que debía actuar rápido porque no había tiempo.
–¿Tiempo para qué?
–¡Para sobrevivir rescatando lo más valioso y sagrado papá!
–¿El oro? Los conquistadores se lo llevaron de aquí a toneladas.
–¡No!... ¡El oro no! Entonces la gente creía que el oro eran el sudor y las lágrimas del Sol. Lo que había que salvar primero era el conocimiento. El segundo paso era salvar el gran disco dorado. No nos lo pudimos llevar de inmediato.
–A ver, a ver… según tú, ¿qué era ese gran disco dorado?
–Era una máquina mágica. Si cantabas delante de ella la palabra correcta, vibraba como si fueran las campanitas que mamá tiene en el jardín de casa, funcionando también como un espejo mágico por el que podías mirar y viajar a través del tiempo y a otros mundos. Ese disco tuvo originalmente doce discos más pequeños que debían ser superpuestos sobre el principal; entonces, en el momento preciso, cuando una luz superior de un Sol más grande que el nuestro llegara a nuestro mundo, toda la Tierra viajaría por el tiempo y el espacio.
–¡Jajá! ¡Pero qué imaginación tienes hija! Seguro que tu madre te ha contado el cuento del Ali Babá y los Cuarenta Ladrones, donde se habla de «Ábrete Sésamo» y lo has mezclado en tu imaginación con otros cuentos como Alicia y el espejo mágico… ¡Además, la Tierra ya viaja por el espacio!
»¿Sabías tú que lo hace a 29,8 km por segundo de forma elíptica alrededor del Sol? Son 107.208 kilómetros por hora, 87 veces más rápido que el sonido. Y ni siquiera sentimos que nos movemos. Y toda nuestra galaxia, La Vía Láctea, se mueve a su vez en su órbita a la vertiginosa velocidad de 965.000 kilómetros por hora arrastrándonos.
–¡Esto que te digo es cierto papá, no me lo he inventado! El gran disco fue llevado a la selva y guardado allí!
–Y ¿por qué, como dices tú, no se pudieron llevar el disco de inmediato durante su huida?
–Porque eso protegió nuestra huida. Si nos lo hubiésemos llevado de inmediato la gente de mi hermano habría asesinado a los sacerdotes. Además estaba en uso papá. Se usó para que los sacerdotes pudiesen precisar la locación de los discos menores. No se podía interrumpir su funcionamiento.
–¿Y entonces dónde se supone que están los otros discos más pequeños Esperanza?
–Repartidos por todo el mundo, a la espera de que alguien los haga vibrar y queden conectados desde allí abriendo entre todos la puerta papá.
–Suponiendo que así fuera, ¿por qué no se mantuvieron con el disco mayor?
–Cuando el disco principal fue traído aquí por la gente del cielo, los discos menores fueron enviados y repartidos por los lugares de mayor luz y energía del planeta para asegurar el equilibrio planetario. ¡Están donde deben estar, protegidos en la actualidad por hombres y mujeres sabios!
–Si era tan útil ese disco y permitía viajar por el Universo, ¿por qué no huyeron por allí los incas?
–¡No se podía usar como portal si no estaba completo! Únicamente servía para ver a través de él ciertas cosas. Solo llegado el momento adecuado, cuando muchas cosas coincidieran y todas estuviesen vibrando armónicamente, estaría completo y serviría para que todo nuestro mundo pasase a otra realidad. Además, ¡porque no podíamos dejar el disco detrás nuestro papá! Llegaría el tiempo en que se abriría y por tanto habría sido peligroso abandonar el portal abierto para que cualquiera lo cruzara.
–¡Sabes que para ser tan pequeña tienes una imaginación muy prolífica! Me has dejado sorprendido. No parecen tonterías las cosas que dices. Pero trata de no hablar tanto delante de extraños que nos puedes meter en problemas. ¿Viste la cara del sacerdote? Le has dejado muy extrañado.
Del Coricancha padre e hija se fueron caminando por la calle Pampa del Castillo, que se encuentra en la zona de Pucamarca, que es una gran manzana que engloba la calle Maruri, Pampa del Castillo, la Plazoleta de Santo Domingo y la calle Romeritos. Siguieron en dirección a la Plaza de Armas de la ciudad, avanzando por la imponente calle Loreto o Inti Kijllu, flanqueada por altos y vigorosos muros de piedra de antiguos palacios y templos incas. Esta calle, que es una joya de la arquitectura inca, desemboca en la Plaza de Armas o Plaza de Huacaypata o también llamada de las Plegarias, y, que por su grado de conservación, te transporta fácilmente en el tiempo.




