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Mientras iban avanzando, la emoción se desbordaba en la niña, hasta tal punto que se detuvo y abrazó el largo muro del lado izquierdo que era diferente en su manufactura del otro que estaba al lado derecho –más imponente–, como si fuese el reencuentro con un viejo y entrañable amigo. Entonces, recuperando el aliento, le dijo a su progenitor:
–¡Fíjate papá! ¡Todo este muro era parte de un palacio muy importante!... ¡Esta era la casa de mi familia!... ¡Aquí viví yo! Pero ahora está en ruinas, desolado y abandonado.
La niña acariciaba el muro como si fuese un ser vivo que le hablaba, conmoviendo a su padre que no sabía qué decirle.
Esperanza avanzó un poco más ante la mirada extrañada de don José, cuando localizó una improvisada puerta abierta violentamente en la pared, que había fracturado la piedra. A través de ella pudo apreciar como el espacio lo habían convertido en un corralón, donde guardaban mercadería los vendedores ambulantes. Se puso a llorar desconsoladamente abrazando a su padre. Él, bastante confundido, trataba de consolarla.
–¡Calma Esperancita, es solo un edificio antiguo! ¡No es para tanto! Tienes que calmarte, estás llevando esto muy lejos. A ver, si este era el edificio donde vivió tu familia de otro tiempo, ¿que había aquí a la derecha?
Recuperándose de las lágrimas, la niña se soltó de los brazos de su padre y se acercó al otro muro y, después de tocarlo, se giró hacia él explicándole con calma y seguridad:
–Aquí juntaban a todas las princesas del reino y a las chicas más bellas e inteligentes; las preparaban para ser las esposas del Inca y de los nobles. Algunas que no eran tan bonitas o no tenían suerte se quedaban solas haciendo ropita y todo tipo de cositas para los templos y para el Inca.
»En ese tiempo yo era hombre, un joven delgado y muy guapo y me había enamorado de una de esas jóvenes, que era una princesa de un pueblo muy alejado, que había sido enviada para educarse aquí.
–Si ella era una princesa, ¿tú eras un príncipe también? –dijo don José como interrogando a la niña.
–¡Así es! ¡Era un príncipe! Pero en nuestra casa había muchísimos príncipes, porque nuestro padre tenía muchas esposas –dijo la niña con aplomo y convencimiento.
De pronto la tristeza y la añoranza desaparecieron de su rostro y, tomando de la mano a su padre, le hizo seguir caminando. Él se quedó anonadado cuando corroboró que el edificio, actualmente un convento de clausura católico, anteriormente había sido el Acllahuasi o casa de las Vírgenes del Sol, en otras palabras, el «harén del Inca».
En ese momento vieron que, sentado en el suelo y apoyado en la pared, estaba un anciano indígena ciego tocando con gran sentimiento y arte una quena o flauta indígena. Esperanza se le acercó dejándole una limosna en su morralito, y aquel hombre, sintiendo la presencia de la niña, sonrió levantando la cabeza mostrando sus cuencas vacías en un rostro maltratado por la enfermedad, la edad, el sol y el frío.
–¡Yusulpayki warma! (gracias niña).
La niña se quedó mirándolo como tratando de entender lo que el anciano le había dicho. Sonriendo, se giró hacia su padre y le preguntó:
–Papá, ¿por qué este hombre está ciego?
–Probablemente haya nacido así o se haya quedado ciego por alguna enfermedad hijita.
–¿Y por qué habría nacido ciego?
–¡Quizás fue un problema genético hija, o una enfermedad de la madre mientras lo estaba gestando!
–¿Y por qué Dios permite eso?
–Bueno Esperanza, podría ser solo producto de la casualidad y el destino. A veces nos ocurren cosas que podrían ser consecuencia de muchas circunstancias nefastas y nada más. Hay quienes manejan estudios esotéricos que investigan sobre lo misterioso, que piensan que estas situaciones son producto de una ley universal llamada «causa y efecto». Para los que creen en la reencarnación –si es que existen vidas pasadas–, podría ser algo pendiente que traía la persona en cuanto a aprendizaje, o para corregir errores anteriores.
»Las religiones por su parte enseñan, según sus creencias, que todo cuanto nos ocurre en esta vida es por la Voluntad de Dios para el crecimiento del espíritu, para que aprendamos a amar, a ser solidarios unos con otros, o que es la consecuencia de nuestros actos. Los clérigos siempre terminan diciendo que nosotros no podemos entender los designios del Creador, y ahí se acaban sus explicaciones.
–Papá, ¿y por qué la gente no suele recordar quién fue en sus vidas anteriores?
–¡Esperancita, qué cosas dices y qué preguntas haces!
–¿Tú crees en las vidas pasadas papá? ¿Te parece justo que una persona venga a esta vida solo una vez y sin tener muchas oportunidades o ninguna? O, como este señor, ¿que sea cieguecito simplemente porque le tocó?
–Bueno, te diré que yo también creo que hay algo. No lo puedo negar, sino nada tendría sentido o sería injusto. Evidentemente venimos a aprender y es así como que el Universo se experimenta a sí mismo a través nuestro. Todos aprendemos de todo y de todos. Precisamente, en la actualidad se habla de la capacidad de trasmitir información genética a través del espacio, como si fueran señales de Internet, y que la información nos la podríamos estar pasando unos a otros en una fabulosa red de conexión mental y energética, ampliando así la experiencia y el aprendizaje de toda la Humanidad. Pero eso no está demostrado aún.
»Por otro lado hay quienes consideran que sí existe la reencarnación como manifestación de la inmortalidad del alma y el espíritu; y que las continuas existencias serían como un colegio en donde uno va pasando de un grado a otro. El paso de una vida a otra sería como un largo peregrinaje en una aventura de crecimiento. Y como en toda escuela, hay quienes se demoran más y otros menos para completar el aprendizaje. Así irías del jardín de infancia a primaria, de primaria a secundaria, de allí a la universidad, seguirías con una licenciatura, luego un doctorado, y así, sucesivamente, evolucionando en conciencia para enseñar o supervisar el aprendizaje de otros. Según esta teoría, en una vida serías hombre y en otra mujer, en una pobre y en otra rico, en una sano, en otra enfermo; en una de esas existencias tendrías todas las posibilidades y oportunidades mientras que en otras no tendría ninguna. En una existencia vivirías una larga vida, mientras que en otra esta sería muy corta.
–¡Ves, por eso recuerdo haber vivido aquí y haber sido en otra vida otra persona! ¿Pero por qué no todos recuerdan qué fueron antes y todo lo que vivieron?
–¡Porque no podrían vivir dos vidas a la vez querida Esperanza! Imagínate tú qué pasaría si una persona no preparada supiera que en otra vida tuvo otro sexo, otra familia o que lo asesinaron. No podría desenvolverse en paz en la presente haciendo cosas nuevas o procurando corregir los errores anteriores.
»Solo podrían recordar aquellas personas que tienen la madurez y el grado de avance necesarios para convivir con ese conocimiento.
–¿Y para qué serviría todo eso papá?
–¡Es una teoría Esperanza! No hay nada demostrado, pero, como te decía, serviría para que las almas de las personas se perfeccionaran y fueran más buenas, compasivas y misericordiosas, más conscientes y responsables, en fin más sabias, porque no sabrías cuando te tocaría a ti pasar por las mismas necesidades.
»Y también podrías aprender de los demás sin tener que vivir directamente tal o cual experiencia de vida.
–Si yo no hubiese venido contigo probablemente no hubiese recordado nunca todas estas cosas papá.
–¡Sabes Esperanza, no es seguro que lo que crees que estás recordando sea cierto! Podría ser tan solo el producto de tu imaginación estimulada por el lugar.
–¿Qué pasaría si llegara a recordar toda la vida de ese príncipe papá?
–Como te dije, si recordaras todo permanentemente, eso sería un laberinto de sentimientos y emociones. Los recuerdos podrían confundirte y desequilibrarte. Además, supuestamente cuando te mueres, tu personalidad anterior muere con tu cuerpo y en cada vida tienes una personalidad diferente. Serías como un actor de una obra teatral: el actor siempre sería el mismo, y lo que variarían serían los papeles que tiene que caracterizar en una obra u otra.
–Pero te quedaría todo lo que aprendiste papá. Sino no serviría para nada. ¿Cómo pude saber lo de la entrada al subterráneo, lo del disco solar y donde estuvo ubicado? Además, ya viste lo de la casa y lo del convento de las princesas.
–No sé de dónde sacas todas esas cosas, pero a lo mejor alguien te lo enseñó o lo viste en la televisión y no te acuerdas de quién lo sembró en tu cabecita inquieta.
–¡No papá! No me lo estoy imaginando, lo estoy sintiendo y recordando.
De regreso al hotel, mientras don José llamaba por teléfono a su mujer a Lima, Esperanza se sentó al lado de la ventana. Se encontraba mirando hacia la calle desde el segundo piso donde estaba la habitación. Veía los techos de tejas rojas artesanales que se multiplicaban en la distancia, intercalados con algunos techos de calamina de zinc. Con esa visión su mente la transportaba a otro tiempo donde todos los techos eran de paja, antisísmicos y bien tejidos para escurrir la lluvia y el granizo.
El padre puso entonces a la niña al auricular con el altavoz para que escuchara y saludara a su madre por teléfono, por lo que ella aprovechó para contarle con gran entusiasmo todo lo que habían visto y los lugares que habían conocido, pero sin hacer demasiado énfasis en sus extraños y profundos recuerdos.
Los siguientes días, don José, aprovechó para llevar a la niña a que conociera primero el Colcampata o palacio de Manco Cápac, fundador del imperio inca. De este palacio, situado a mitad de un cerro cercano, queda muy poco; algunos muros y una entrada de piedra con parte de un finísimo muro.
En el lugar el padre aprovechó para contarle a su hija la historia de los cuatro linajes que poblaron Cuzco según la leyenda de los hermanos Ayar, que eran cuatro hermanos con sus respectivas esposas que, después de un terrible diluvio que asoló la Tierra, salieron de la zona de Pacaritambo, de una montaña llamada Tampu Tocco localizada al Noroeste de Cuzco llevando el conocimiento necesario para reorganizar a la Humanidad en torno al maíz por encargo del dios Ticci Viracocha, el supremo creador del Universo.
El lugar de donde salieron tenía tres cuevas o ventanas; la principal y central era Capac Tocco, de donde partieron las cuatro parejas acompañadas de diez familias o ayllus.
Ellos eran Ayar Manco y su mujer Mama Ocllo; Ayar Cachi y su mujer Mama Cora; Ayar Uchu y su mujer Mama Rahua y, finalmente, Ayar Auca y su mujer Mama Huaco. Cada uno de ellos tenía condiciones singulares como para guiar al grupo, desde virtudes y cualidades, hasta poderes, capacidades y habilidades especiales.
Pero entre ellos rápidamente surgió la envidia a la fuerza y la destreza que tenía Ayar Cachi, que era el más diestro y fuerte de todos ellos, así que, temiendo que más adelante se les impusiera, conspiraron contra él buscando acabar con su vida y para ello urdieron un plan: engañarlo y enviarlo de regreso a la Cueva de Capac Tocco a por provisiones. Una vez entró en el cerro de donde habían salido, cerraron la entrada del túnel detrás de él con grandes piedras, dejándolo atrapado.
Los demás hermanos y sus familias –sin dejar espacio para el remordimiento y buscando justificar lo injustificable– siguieron camino llegando a un cerro principal llamado Huanacaure, donde encontraron una gran piedra sagrada a manera de ídolo que ya en aquel entonces era objeto de veneración. Allí, Ayar Uchu, que era el más místico y religioso de los cuatro, capaz de conectarse con la naturaleza –aunque también había guardado silencio ante la injusticia cometida contra su hermano– cometió el error de adelantarse pisando el suelo sagrado sin haber pedido permiso antes, y por haber actuado irrespetuosamente con el lugar, quedó instantáneamente convertido en piedra.
Todos quedaron conmovidos por la pérdida, considerando que podría ser un castigo por el daño que habían causado a su hermano Ayar Cachi. Entonces, arrepentidos, se procuraron una purificación que los librara de semejante culpa, por lo que después de hacer ayunos y oración, rindieron homenaje al hermano abandonado, siguiendo camino después hacia la Pampa del Sol. En ese otro lugar, Ayar Auca, mano derecha de Ayar Manco, se adelantó para explorar. Vestía una ropa que incluía plumas de guacamayo y mantenía una fuerte conexión con los espíritus de los ancestros, quienes en determinados momentos le expresaban su voluntad. De pronto e inexplicablemente sufrió una extraña metamorfosis. Le salieron alas con las cuales amplió su capacidad de exploración ayudando con ello a todo el grupo con informaciones valiosas. Pero al descender también se convirtió en piedra.
Recordaron que habían hecho morir al primer hermano con piedras y ahora todos estaban sufriendo esa misteriosa maldición, lo cual terminó de angustiar al único hermano que había sobrevivido de los cuatro, consciente de que los rituales de expiación no habían sido suficientes. Ayar Manco, que era el mayor, el más astuto y sabio, dirigió entonces nuevos rituales pidiendo perdón con sincero arrepentimiento a los dioses y a su hermano abandonado, con ayunos más intensos y baños rituales. El ambiente cambió y las energías se sintieron más benéficas, por lo que Manco logró llegar al valle de Cuzco donde halló tierra fértil y ríos que lo regaban todo. Allí logró hundir su bastón ceremonial que había recibido del dios Ticci Viracocha, que serviría para detectar el lugar elegido.
Ayar Manco llevaba consigo, como compañero y guardián, una especie de halcón llamado Indi a quien todos temían y veneraban. Este halcón era enviado por delante para advertir de cualquier peligro.
–¡Qué terrible que sus hermanos le hicieran eso a Ayar Cachi! ¡Por eso les pasó lo que les pasó a Ayar Uchu y Ayar Auca!
–¡Es solo una leyenda Esperancita!
»Probablemente la verdadera historia fue que las tribus quechuas, en su avance hacia la conquista del Valle de Cuzco, se pelearon entre sí. Los cuatro hermanos representaban a cuatro tribus o clanes: los mara, los tampus, los mascas y los chilkes, que procedían del Sur del Valle del Apurimac, de tal manera que la tribu más aguerrida y sabia, que era la de los mascas, se impuso a las demás.
–¡A mí me da pena el pobre Ayar Cachi!
»¡Háblame papá de cómo eran las esposas de los cuatro hermanos!
–Está bien, eso también es muy importante, porque el hombre no puede lograr gran cosa en la vida si no tiene a su lado a una buena compañera. La energía femenina siempre es trascendental en toda gesta heroica.
»Pues dice la leyenda que Mama Ocllo, la esposa de Ayar Manco era una mujer alta, delgada pero fuerte. Ella procuraba mostrarse tierna como madre de todos, aunque cuando tenía que ser justa era severa. Era muy sabía e intuitiva, y siempre procuraba adelantarse al peligro y a las amenazas. Además, dicen que con su espíritu de madre atraía y amansaba a las fieras salvajes. Representaba la energía femenina en su versión de madre, esposa y chamana capaz de conectar con la naturaleza y proteger la estructura de la familia. Como imagen del hogar y la familia era como la diosa Hera de los griegos.
»Mama Rawa, esposa de Ayar Auca, era de estatura más baja y gruesa, pero alegre y laboriosa. Sabía tejer y era una gran música. Ella enseñó a la gente a guardar la memoria a través de los telares, perfeccionando los colores, los diseños y codificando los símbolos. Con los telares ella cantaba y reproducía las historias. Representaba el espíritu sensible y artístico de la mujer, además de la sabiduría de quien valora la memoria y la Historia, haciéndola accesible a los demás.
»Mama Cora, esposa de Ayar Uchu, de mediana altura y algo gordita, era como una anciana llena de sabiduría. Ella era la herbolaria, la que había descubierto y aprendido el secreto de las plantas medicinales. Sabía comunicarse con los elementos de la naturaleza y usar su fuerza y consejo para sanar y resolver cualquier situación.
»Mama Huaco era una mujer fuerte, de hermosa presencia. Esposa de Ayar Cachi, asumió con resignación y valor la injusticia cometida contra su esposo así como su pérdida, encargándose después de estimular en los niños el arte de guerrear con valores que respetaran la vida. Ella era como la Atenea griega, maestra y guerrera.
–¡Me hubiese gustado conocer a esas cuatro mujeres! Debieron ser estupendas –dijo Esperanza con una gran sonrisa en el rostro.
De allí siguieron hacia la fortaleza-templo de Sacsayhuaman o la Colina del Halcón, situada unos dos kilómetros al Norte de la ciudad de Cuzco. Avanzaron hasta colocarse en la explanada que queda delante de las gigantescas murallas.
–Mira hija, lo que fueron capaces de construir nuestros antepasados. Es la llamada fortaleza de Sacsayhuaman.
»Se dice que fue el noveno Inca, llamado Pachacutec, quien empezó a construir esta fortaleza ceremonial, que vendría a ser la cabeza del gran puma que formaba el plano de la ciudad original. Quien siguió la construcción fue el Inca Tupac Yupanqui, terminándose en el tiempo del Inca Huayna Cápac.
–Pero, ¿era una fortaleza papá? Yo sé que no. Las veces que estuve aquí había grandes ceremonias en las que se adoraba al Sol.
–Bueno, sí, realmente era un templo gigantesco dedicado al Sol, pero también a los tres mundos, al arcoíris, al rayo y al agua. Y fue utilizado eventualmente como fortaleza.
–Pero al rayo bueno papá, a aquel que trae la lluvia. No al rayo malo que acompaña la llegada del granizo.
–Bueno hijita, así debe haber sido… En el mundo andino, el cielo o lo espiritual se identificaba con el cóndor o las aves; la Tierra o el mundo de aquí, que era lo material, con el puma; y el inframundo, o el mundo de abajo (subterráneo), lo oculto y hasta lo muerto se representaba con la serpiente.
–Me da pena papá como está este lugar; no se parece a lo que yo recordaba.
–Querida Esperanza, así es el paso del tiempo y la indiferencia e ignorancia de la gente que no supieron valorar lo que tenían. Pero aunque dicen que en el lugar solo queda el veinte por ciento de lo que hubo, por lo menos quedan parte de sus espectaculares y gigantescas murallas ciclópeas, dispuestas en tres grandes terrazas, con tres grandes puertas y los restos o cimientos de tres grandes torres en la parte alta. La mayor era la torre de Muyucmarka, que originalmente tenía entre quince y veinte metros de altura.
En ese momento la niña le dijo al padre algo que le dejó anonadado:
–¿Sabías papá que estas piedras y edificios ya estaban aquí antes de los incas?
»¡Sí, ellos encontraron muchas de las cosas ya hechas de antes!
–¿De antes de cuándo Esperanza?
–¡De un pueblo anterior muy sabio y poderoso que lo dejó papá!
–¿Y cómo las pusieron Esperanza?
–Eran muy organizados y fuertes, pero también fueron capaces de levantarlas con sus mentes y con plantas de la selva que les quitaban el peso a las piedras, aunque todo eso se ha olvidado. ¡Qué pena no! Tanto poder y conocimiento se perdió.
Naturalmente el padre consideró que era mejor seguirle la corriente a la niña, ya que en la escuela le organizarían después las ideas y le aportarían los datos que él consideraba reales o académicamente establecidos por los investigadores.
Después de andar por las distintas terrazas de Sacsayhuaman siguieron camino hacia el rodadero y el trono del Inca, situado en un cerro de piedra frente al monumento. Allí había lugares tallados en roca diorita, que es de las piedras más duras. Los cortes se habían hecho con gran perfección y formas muy peculiares. En el trono del Inca, que son unas terrazas finalmente talladas en forma de escalera, la niña se sentó al lado de su padre, gozando de la vista completa de todo el complejo de Sacsayhuaman. La niña, con los codos apoyados en sus piernas, puso las manos sujetando su rostro, mientras suspiraba una y otra vez.
–¿Por qué tanto suspiro linda? –preguntó el padre.
–¡Estaba pensando y recordando…!
–¿Más recuerdos hijita?
–¡Sí!... Me están llegando muchas cosas a la cabeza… En el Coricancha te mostré el túnel por donde nos escapamos y por donde después se trajo el gran disco de oro. Pues el túnel nos trajo por aquí. Bueno… un poquito más allá.
–Pero que todo esto no te entristezca Esperanza. Si realmente ocurrió, ya pasó y seguro que fue para bien.
–¡Sí! ¡Pero cuanto dolor hubo aquí!… Fue terrible, la gente sufrió mucho.
–Ven hija, te voy a llevar a un lugar que te va a animar, es el rodadero. Ahí suelen venir los niños de Cuzco para deslizarse por él como un tobogán. Es muy divertido.
»Es una formación de piedra caliza suave que baja desde lo alto de la colina. ¡Dame la mano y vayamos!
Estuvieron largo rato jugando en el lugar. Esperanza, incansable, subía una y otra vez a lo alto de la colina para bajar a gran velocidad por el tobogán natural de piedra pulida, mientras el padre la esperaba abajo para detenerla cuando llegaba porque descendía a gran velocidad.
En una de esas en que subía, la niña observó a la distancia un gigantesco círculo de piedra colocada a manera de anfiteatro y dejó de jugar para bajar y pedirle a su padre ir allí.
Recorrieron aquel caos de piedras rotas y restos de edificios saqueados. Se veía que ella buscaba algo afanosamente.
–¿Qué buscas hija?
–¿Ves este gran círculo de piedra en el suelo papá?
–¡Sí!, espérate que en este pequeño mapa turístico que llevo conmigo miro nuestra ubicación: es el llamado sector Sushuna. ¿Qué tiene?
–Era una laguna artificial donde los sacerdotes venían a hacer sus ceremonias. Era como un gran espejo u observatorio donde se reflejaban el Sol y las estrellas. Lo usaban de día y de noche.
La niña iba empujando a su padre llevándolo por hendiduras y túneles que se multiplicaban en los alrededores.
–¡Despacio hija que estamos a 3.800 metros sobre el nivel del mar! Además, no he traído linterna para las cuevas.
–Así como ves estos túneles que parecen serpientes papá, hay cerca de aquí unos más grandes y espaciosos por donde nos movilizamos hace mucho tiempo con muchos guerreros, algunos sacerdotes y jóvenes mujeres huyendo de la ciudad. Nos íbamos a la selva y no había retorno.
–¿Sabías en ese momento que nunca más volverías en esa vida a ver esto? –preguntó el padre como queriendo sonsacarle pensamientos más profundos a la niña.
–¡Sí papá! Sabía que lo que hacía no tenía vuelta atrás. Y todas y cada una de las personas que me acompañaron por aquel entonces, lo sabían también. Íbamos en una procesión donde muchos hombres y mujeres lloraban y gemían desconsolados. Yo tenía de vez en cuando que detenerme y consolarlos arengándolos y diciéndoles que habría tiempos mejores.
–A veces hija usas palabras que no me imagino de dónde las has sacado. Y lo más extraño es que sabes utilizarlas. Hay momentos en que detrás de tu voz infantil escucho a una anciana o a un anciano. Pero no crezcas tan rápido, que me haces sentir viejo antes de tiempo.
Desde Sacsayhuaman tomaron un taxi que los llevó al santuario de Qénqo o adoratorio en zigzag del puma y de la serpiente, situado a poca distancia de donde estaban. En aquel lugar, detrás de un bosque de eucaliptos se encuentran gigantescas rocas de piedra caliza que han sido trabajadas. Una de ellas está separada del cuerpo principal de roca y ha sido colocada en medio de un pequeño anfiteatro semicircular sobre una base cuadrada de piedras de granito gris y andesita. En su momento, antes de haber sido atacada por los saqueadores de ídolos en el siglo XVI y XVII, aquella piedra debió haber representado a un puma.
–¿Quién fue esa gente que rompió todas las estatuas papá, si todo era tan bello?
–Era gente religiosa pero ignorante y muy intolerante, que no sabía respetar el arte y la cultura de otros pueblos. Quizás lo hacían por miedo a lo que desconocían.
»Atrás, como has visto, está la piedra principal. ¿Qué te parece si la exploramos? Es de una sola pieza, por eso se le llama monolítica. Es de piedra caliza y reproduce una maqueta de grandes proporciones con esculturas de animales, canales para el flujo de agua o de la sangre de los sacrificios. Todo el lugar es laberíntico, de manera que, alrededor y debajo está lleno de corredores, túneles y santuarios subterráneos.




