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Cuando menos lo pensó don José, Esperanza ya se había escabullido. Él se puso a perseguir a la niña que trepaba y se encaramaba por las partes altas como si reconociera el sitio de siempre. Se veía que se divertía y disfrutaba encontrando la entrada y la salida de los túneles y pasadizos del insólito lugar. Después de un rato ella le había dado la vuelta completa al complejo, viendo por detrás del mismo unas escaleras de piedra que descendían a una profunda oquedad. Sin temor alguno, aquella niña pequeña se fue acercando a esa caverna, entrando en la antesala de un salón excavado bajo la inmensa roca. De pronto se detuvo y se quedó mirando largo rato hacia la oscuridad, hasta que sus ojos se acostumbraron a la penumbra. Luego se decidió a avanzar entrando despacio en aquel misterioso recinto que poco a poco empezó a reconocer. Localizó entonces dos mesas de piedra finamente talladas en el mismo cuerpo de la roca, una a la izquierda y otra a la derecha. Sintió el impulso de colocar sus manos en una de ellas para sentir todo lo que se encontraba impregnado en aquel lugar. A la vez se quedó esperando a su padre.
Cuando don José llegó hasta allí le dijo:
–¡Ay hija, no corras tanto que no te puedo seguir! ¡Se me sale el alma! Creí que te habías perdido.
–No papá, no me había perdido… Justo ahora empiezo a encontrarme… ¿Escuchas?... –la niña agachó la cabeza y se reclinó hasta posar su oreja sobre la piedra.
–¿Qué?... ¿Qué estás escuchando pequeña?
–Si prestamos atención, la piedra habla y nos cuenta su historia, y hasta podría escuchar mi voz de otro tiempo entre las muchas voces que están grabadas aquí. Pero la voz que tenía antes.
–¿Y qué dicen esas voces hija?
–Son como murmullos… Hay de todo. Cosas alegres y cosas tristes… Se escuchan también cantos. Son como plegarias.
–En este lugar se ve que dejaban ofrendas y hacían sacrificios hijita.
–¡Sí papá, así era! Pero por aquel entonces la gente sacrificaba lo que más amaba y lo que le era útil, no lo que le sobraba. Y no lo hacía todo el tiempo, porque la mejor ofrenda era su trabajo y el amor con el que se comportaban para con ellos mismos, sus familias, la gente y los animales.
–¡Sí, es una pena que todo ello se perdiera querida Esperanza!
–Todo vuelve Papá; así como el Sol vuelve a aparecer por el mismo lugar cada cierto tiempo, todo vuelve y se repite, aunque mejorado y corregido.
–Para ser una niña tan pequeña, haces unas reflexiones tan profundas que me sorprenden y hasta me asustan. Algún día serás una gran escritora y deleitaras a tus lectores con tus hermosos planteamientos y una imaginación tan prolífica.
–No todo es imaginación en la mente de un niño papá, hay muchas cosas que son recuerdos reales y verdaderos. A nuestra edad aún no hemos tenido tiempo de olvidarlo todo. Y también hay otras cosas que vemos y sentimos que los adultos ya han olvidado.
De Qenqo siguieron camino a Puka Pukara o «fortaleza roja», llamada así por el color de sus piedras. Era una pequeña fortaleza ubicada sobre un risco en una posición estratégica, cuidando la entrada al valle.
–¿Te has fijado Esperanza en lo bonito que es este monumento? Es un pucará o pequeña fortaleza construida a modo de puesto de vigilancia. De estos edificios militares había miles a lo largo del imperio incaico.
–¡Aquí perdí a un amigo papá! Me enteré tiempo después de que en este preciso lugar murió un joven que había sido mi amigo desde la infancia. Él también era noble, y actuó como capitán defendiendo este sitio. Lo mataron los guerreros de las tribus del Norte que acompañaron a los invasores europeos.
–Bueno, sigamos el recorrido hija. No quiero que estos lugares te depriman.
–No puedo evitarlo papá, esto es muy intenso para mí. Pero aunque no lo creas lo estoy disfrutando mucho.
El recorrido continuó en el Santuario del Agua o Tambomachay. La niña no cabía de gozo en el lugar, y saboreaba enormemente el poder explorar de un lado a otro, subiendo y bajando las distintas terrazas como si fuese una cabra. En aquel lugar sagrado dedicado a las fuentes de agua, ella metía sus manitas en el chorro de agua y, dirigiéndose al Sol, lanzaba gotas de agua al aire como purificando el ambiente. En la parte alta de aquel sitio había como unas gigantescas hornacinas colocadas a modo de puertas simuladas o ciegas. Hasta allí se encaramó la niña gritándole al padre:
–¡Papá, mira a donde he llegado!
–¡Sí hija, pero no te agites mucho! Recuerda que en esta parte estamos más alto todavía y eso te puede afectar.
–¿Te das cuenta papá de que aquí hay las mismas puertas ciegas que al pie del Colcampata?
–¡Así es hija! Eres una buena observadora. Probablemente estas puertas fueron hechas para colocar delante ídolos, o como entradas simbólicas a otra realidad.
–¡Sí papá, para eso eran! La gente se ponía aquí y oraba, cantaba palabras mágicas que los transportaban a otros mundos y realidades.
–¡Bueno hija! ¡Si tú lo dices!
–Ven tú aquí papá y acompáñame. –El padre, después de pensarlo mucho, subió por las escaleras de piedra a una terraza rodeada de muros de piedras inmensas.
–¡Ya estoy aquí hija! ¿Y ahora qué?
–Ahora entra por la puerta ciega y pon tus manos y tu frente en el muro. Escucha lo que la piedra te dice y después canta algo.
–¿Algo como qué?
–¡Quizás una palabra inca! Ya no me acuerdo la palabra secreta que sabía por aquel entonces papá. Tú hazlo por favor.
–¡Esta bien!... ¡Lo que hay que hacer por los hijos!
Don José hizo lo que la niña le pedía, y de pronto comenzó a ver en su imaginación como se abría un túnel con una luz al final del mismo y se multiplicaban los murmullos de otro tiempo. Fue tan intenso que se retiró sorpresivamente del muro, como no queriendo reconocer delante de la niña que había tenido una extraña visión.
–¡Vámonos hija, se está haciendo tarde!
Bajaron juntos de las terrazas y se dirigieron al taxi que les había estado aguardando y regresaron a Cuzco.

Al siguiente día fueron con un tour a la bellísima población cercana a Cuzco de Chincheros, un pueblo suspendido en el tiempo, donde si bien es cierto que se aprecia la superposición de las culturas, la europea sobre la andina, no es difícil imaginarse a la población en tiempos de los incas pues el patrón urbanístico de la población se ha mantenido. Si uno se fija con detenimiento, en los muros de las terrazas o andenes aparecen formas diversas, entre ellas una serpiente y en otra parte hasta un cáliz.
Cuando caminaban por las calles subiendo unas escaleras, la niña se percató de que los escalones estaban llenos de petroglifos, grabados en la roca con forma de espirales a modo de serpientes.
–¿Te has fijado papá en estas figuritas que hay en las piedras?
–¡No, no me había dado cuenta hasta ahora que me lo has hecho ver!
»Son petroglifos como espirales, símbolos de evolución y movimiento de la energía. Probablemente eran parte de un templo inca que fue desmantelado y las piedras de sus altares vinieron a parar aquí.
Padre e hija terminaron de subir la escalera y llegaron a una plaza, al final de la cual había una iglesia de paredes blancas. Estaban entrando en ella cuando una anciana de pequeña estatura que llevaba en su espalda un pesado morral de tela multicolor, se acercó hasta la puerta y tomándole la mano a la niña le dijo:
–¡Kutimunki, chayanpuy!
–Disculpe señora, no entendemos el quechua –le aclaró don José a la viejecita.
–La señora no le estaba hablando a usted, sino a la niña –dijo el sacristán que se asomó a la puerta. Era un hombre bajo y mestizo de unos cuarenta años.
–¿Y qué significa lo que le ha dicho a mi hija?
–Dijo: «Retornaste, volviste viajero ausente».
–¿Y a qué se refiere?
–La señora cree que la niña es alguien especial que según su tradición tenía que volver.
Esperanza solo atinó a sonreír a la viejecita y a abrazarla. Ella se puso muy contenta como si se hubiese cumplido el gran deseo de su vida.
En eso la anciana desató su morral y de él sacó cinco hojitas de la planta sagrada de la coca y las colocó en las manos de Esperanza como una ofrenda. Y, mirándola a los ojos, le dijo:
–Puedo ver en tus ojos mamita al gran guerrero y príncipe. Sí, en tus ojos veo tu alma, y en tu alma tu misión.
–¿Y cuál es mi misión abuelita?
–Vienes a recordarnos lo que perdimos y como volver a ser lo que éramos.
–Pero aún soy muy pequeña, y ahora soy mujer.
–¡Ya crecerás! Y este es el tiempo de la mujer. Cuando tengas la edad adecuada serás la llave que unirá lo antiguo con lo moderno, lo pasado con el presente y el futuro. Ahora con tu presencia me has consolado porque te he visto y sé que todo está muy cerca.
Don José no podía creer lo que estaba escuchando. La viejita besó la frente de Esperanza, armó su macuto que se colocó a la espalda y se marchó muy contenta.
Padre e hija vieron alejarse a la inusual anciana. Ante la insistencia del sacristán pasaron dentro de la iglesia decorada con murales y centenarias pinturas coloniales. Mientras avanzaban miraban todo, desde el techo, con sus impresionantes artesonados, hasta las paredes con murales, llegando hasta la primera banca situada frente a un repujado altar atiborrado de esculturas de santos. En ese momento el sacristán comentó:
–Sean bienvenidos. Esta iglesia es de 1607, y está dedicada a la virgen de Monserrat. Fue edificada sobre las bases de un antiguo palacio y un templo incas. Los murales son atribuidos a Diego Cusi Huaman y algunos de los cuadros que han visto en las paredes son del pintor indígena Francisco Chihuantito, de la escuela cusqueña, entre ellos el de la Virgen de Monserrat donde se puede apreciar a los ángeles aserrando una montaña.
–Disculpe que interrumpa su gentil explicación turística, pero ¿por qué la anciana enfatizó ahí afuera que mi hija en el futuro iba a ser una llave? –preguntó bastante confundido don José.
–¡No sé por qué pudo haber dicho eso la mamita! Pero lo de llave es un símbolo. En el mundo andino hay lugares que quedaron sellados después de la conquista y que son como «cápsulas de tiempo» que, llegado el momento, deberán ser abiertos para que fluya el conocimiento liberador que contienen. Y para abrir portales se requieren «llaves».
–¿Qué tienen o de qué tenemos que liberarnos?
–¡De la superstición y la ignorancia señor! No se confunda usted por verme aquí como sacristán de iglesia. Yo terminé de estudiar en la ciudad de Cuzco. Soy maestro titulado de escuela. Y tengo mi fe y mis creencias, pero sé en qué mundo vivo en la actualidad.
–Disculpe maestro, pero eso que mencionó sobre la ignorancia ¿es algo retórico o pragmático?
–El Universo funciona con una ley de gravedad que busca integrarlo todo y construir con las piezas la totalidad. Ese Universo está sujeto a ciclos. Nuestros antepasados eran gente muy pragmática y observadora: sabían que cada cierto tiempo todo se repite y las oportunidades vuelven.
»La mamita que saludó a su hija está convencida de que en ella vio el cumplimiento de un ciclo, una pieza que unirá a otras, por lo que de aquí a unos pocos años ocurrirá algo de aquello de que la unión hace la fuerza, y quizás en eso su hija tendrá mucho que decir y hacer.
–Bueno, muchas gracias señor, ha sido usted muy amable pero seguiremos nuestro recorrido solos.
Don José salió de la iglesia con Esperanza. Echaron una última mirada a la población de Chincheros para luego seguir camino al Valle Sagrado, pudiendo observar desde las alturas la belleza del río Urubamba o Willkamayo que discurre al fondo del pintoresco valle rodeado de nevados. Desde lo alto el río se ve formando meandros como si fuese una serpiente que se arrastra. Al detenerse en el mirador, desde donde se ve el valle en todo su esplendor, Esperanza se acercó al borde del abismo quedando en silencio, hasta que nuevamente rompió en un llanto profundo entre triste y alegre. Emociones encontradas la habían conmovido. Su padre, sin saber muy bien cómo reaccionar, la abrazó tiernamente consolándola.
–¿Nuevamente llorando hijita?
–¡También de alegría se puede llorar papá! Siento que pertenezco a este lugar.
El tour que hicieron los llevó al poblado de Pisac, situado en el fondo del valle y al lado del río, pero por cuestiones de tiempo no pudieron llegar a visitar las ruinas de cuatro ciudadelas ubicadas en lo alto de la montaña, debiendo conformarse solo con verlas desde abajo. Esas ciudades localizadas en la cumbre son lo más bello y espectacular de la zona; además, desde arriba luce imponente el sistema de terrazas de cultivo que aquella gente creó hace ya muchos siglos atrás y que aún son utilizados por las comunidades campesinas dominando con ello los distintos pisos ecológicos y de altitud.
Después de un almuerzo contundente compuesto por una sopa de verduras, una gran mazorca de maíz recién hervida con queso fresco de vaca de acompañamiento, un guiso con habas y un filete de trucha de río, siguieron camino a Ollantaytambo; allí sí pudieron recorrer las calles de una ciudad atrapada en el tiempo construida con forma de mazorca de maíz, desde la antigüedad para ser vista del cielo. En el lugar se acercaron al famoso templo-fortaleza de Ollantaytambo subiendo innumerables escaleras hasta ubicarse a los pies de los cimientos del descomunal edificio del Templo del Sol, hecho de gigantescas piedras de granito rosado traídas desde gran distancia, desde canteras situadas del otro lado del río.
En la montaña de enfrente se podía apreciar fácilmente una gigantesca forma humana en la montaña. Era la imagen del dios Tunupa, un dios ancestral proveniente del lago Titicaca, el lago navegable más alto del mundo. Ese dios fue descrito a los cronistas con apariencia humana, túnica blanca y rasgos europeos y parece que llegó a la zona en la antigüedad desde el lago para enseñar con gran sabiduría a los pueblos anteriores a los incas, pero fue combatido por los sacerdotes de los cultos locales que vieron en él una peligrosa competencia.
Aquella noche pernoctaron en la dinámica población de Ollantaytambo, lugar de paso obligado en el Valle Sagrado. En la plaza de esa localidad eventualmente se reúnen campesinos de diferentes comunidades, regiones o pueblos de Cuzco que descienden de las alturas de las montañas a intercambiar sus productos; entre ellos se encuentran los «Q’eros», que destacan de los demás por sus atuendos multicolor y por ser de la zona de Paucartambo. Los Q’eros son considerados por todas las demás comunidades alto-andinas como los descendientes directos de los sacerdotes incas del templo del Coricancha que huyeron de Cuzco.
Cenaron en un típico restaurante. Esperanza se quedó extasiada mirando por la ventana del establecimiento la plaza. Había enfocado su atención en una persona sentada en la acera que le llamó la atención por su gorro o chullo y su poncho o manta multicolor y su apariencia sabia.
–¿Qué miras con tanta atención hija? –preguntó don José intrigado por la mirada concentrada de la niña en el ventanal.
–¡Hay un señor mayor sentado en la acera! Siento que es alguien muy importante y, sin embargo, la gente pasa a su alrededor como sin reconocerlo.
–¿Qué tiene de especial?
–Se ve que es un sabio. Está ahí observando y como esperando una señal.
–¿El mismo tema de la señal, Esperanza? ¿Como lo de la ancianita de Chincheros?
–¡Quizás sea la misma señal! No lo sé…
–¿Por qué todos estarían esperando la misma señal hija?
–Para que ciertas cosas ocurran papá…
–¿El ciclo del que habló el sacristán?
–¡Cambios papá!... ¡Para que lo que estaba escondido salga a la luz!
–¡Pues al parecer todos están en lo mismo!
Después de cenar salieron del restaurante, pero aquella persona ya no estaba en el lugar donde la niña la había visto. Y ella se entristeció de no haberle encontrado.
Tuvieron que acostarse temprano porque saldrían a primera hora de la mañana en el tren hacia Machu Picchu, la ciudad perdida de los incas y uno de los destinos turísticos más famosos del mundo. Enclavada en lo alto del Cañón del Torontoy, a unos 2.300 metros sobre el nivel del mar, esta ciudad fue descubierta científicamente por el arqueólogo norteamericano Hiram Bigham en 1911, aunque existen muchísimas evidencias de visitas de gente local a las ruinas mucho tiempo antes. Está situada sobre una pequeña meseta rodeada de montañas, cuatro de ellas principales por ser los apus o espíritus protectores de la ciudad. Por un lado está el Apu Machu Picchu o «Montaña vieja», que es por donde discurre el Camino del Inca que une Cuzco con el enclave y que marca el Sur; el Apu Yananti que junto con el Putucusi marcan el Este; el Apu Wayna Picchu o «Montaña joven» al Norte que conforma la imagen característica de la ciudad como la silueta de un rostro mirando al cielo, y finalmente, marcando el Oeste, se encuentra el Apu Viscachani.
Esperanza estaba fascinada mirando desde la ventanilla del tren los paisajes que se iban sucediendo y cambiando según la altitud. El recorrido al lado del río transcurría por un valle que se estrechaba cada vez más, dejando ver ocasionalmente algunas ruinas de tambos o depósitos de comida incas, atalayas o torres circulares, pequeños pukaras o fortalezas y algunas pequeñas ciudadelas antiguas en mitad de los cerros.
El tren, a medida que avanzaba paralelo al río Urubamba se alejaba más y más de la ciudad de Ollantaytambo, descendiendo hacia los bosques húmedos de la selva alta, acompañando a las aguas del río que se abrían paso entre las rocas tornándose cada vez más violentas y formando rápidos. El agua descendía sin que nada la contuviera por entre grandes piedras desprendidas de las altas cumbres, lo que producía un gran estruendo en el ambiente.
Cuando llegaron a la población de Aguas Calientes, ya estaban los pequeños buses ecológicos a gas dispuestos para trasladar a los cientos de turistas a lo alto de la ciudad por estrechos caminos en forma de herradura. La aventura era completa y la pequeña niña rebosaba felicidad, demostrándoselo a su padre con besos y sonrisas. Con gran seguridad y pericia, el bus cruzó el frágil puente sobre el río Urubamba y empezó a ascender por la huella trazada en los acantilados rocosos cubiertos de vegetación exuberante, desde donde se tenían espectaculares vistas del abismo y del fondo del estrecho valle.
En la parte alta de la montaña estaba la parada final de los autobuses y el hotel Machu Picchu Sanctuary Lodge; desde allí se iniciaba la caminata que recorre la majestuosa ciudad que fuera hallada intacta cubierta por la vegetación. Se sabía, por los relatos y testimonios de la gente nativa de la existencia de este emplazamiento, pero esta ciudad, igual que otras mencionadas, nunca fue hallada por los conquistadores debido a su intrincada e inaccesible ubicación, llegando a ser considerada solamente una leyenda.
Según las investigaciones arqueológicas, Machu Picchu fue un gran santuario femenino, una universidad de mujeres, un Acllahuasi gigante, lugar de culto al Sol, pero sobre todo a la Luna y a la Tierra, entidades femeninas vinculadas a la fertilidad, lo que queda demostrado por la gran cantidad de momias de mujeres encontradas frente a las escasas masculinas. Era de por sí un laboratorio agrícola y un importante centro astronómico.
Para obtener una de las vistas más bellas y espectaculares hay que subir hasta la zona agrícola alta, donde se encuentra el mirador principal de ese lado de la ciudad, y de donde se obtiene la mejor panorámica de Machu Picchu.
Padre e hija ascendieron por el camino en zigzag que va trasladando a los visitantes hasta el mirador. Avanzaron hasta llegar al lugar donde uno contempla una vista de ensueño. Es como trasladarse 500 años al pasado y observar una ciudad mágica detenida en el tiempo, enclavada entre montañas cubiertas por una frondosa espesura.
Esperanza se quedó en silencio durante largo rato, hasta que, tomando de la mano al padre, le dijo:
–¡Hay varias ciudades más que nadie conoce! Pero una es la más importante de todas. No es tan grande como esta, pero allí están todas las respuestas y hay que volver ahí.
El padre estaba tan impresionado con el paisaje y el lugar que prestó poca atención a lo que dijo la niña.
Mientras don José tomaba fotos sin parar, Esperanza comenzó a caminar hacia la izquierda, cerca de unas terrazas que dan al precipicio, cuando de pronto vio al señor que le había llamado la atención en Ollantaytambo parado sobre la terraza. Era la misma persona. De baja estatura, delgado, con el rostro macilento rojizo oscuro y unos sesenta años.
Al acercarse, Esperanza lo saludó.
–¡Buenos días señor!
–¡Napaykuyki warma! (¡Buenos días niña!)
–Usted estaba ayer por la noche en la plaza de Ollantaytambo, ¿verdad?
–¡Sí!... ¡Y tú también!
»Yo estaba aguardando mi señal, y ya la tuve.
–¿Ah sí? ¿Y cuál era?
–Los niños de este tiempo son almas viejas que están volviendo a la vida muy rápido, con gran conciencia y urgencia por cumplir tareas. Algunas de sus almas vienen de otros sitios. No todas son de la Tierra. Su antiguo hogar está en las estrellas.
»Tú, por ejemplo, estás recordando mucho y muy rápido. Todo esto que estás viendo no es nuevo para ti. ¿No es verdad?
»Y perteneces a este lugar, por eso has vuelto.
–¿Y cómo lo sabe señor?
–Lo veo en los colores de tu alma. Te envuelve el color azul marino de la espiritualidad y la realización.
»Pero cuando crezcas olvidarás mucho de todo esto, aunque la vida se encargará de guiarte y hacerte recordar. Volverás nuevamente aquí, pero más crecida internamente y acompañada de otros. Pero será de aquí a un tiempo largo.
–Señor, ¿cómo se llama usted?
–Me llamo Mariano. ¿Y tú?
–¡Esperanza!...
»Aguarde don Mariano. Le voy a presentar a mi padre.
La niña se giró a buscar a su padre y, tomándolo del brazo, lo empujó hasta la terraza diciéndole que le iba a mostrar al señor que había estado en la plaza el día anterior y que se llamaba Mariano. Pero, cuando el padre reaccionó, el hombre había desaparecido.
El padre no creyó mucho a su hija cuando ella le contó el extraño encuentro, por lo que siguieron con la visita.
Bajaron por el camino inca que une la zona agrícola alta con la zona alta urbana. A la derecha podía verse un profundo y extenso foso defensivo seguido por una muralla alta que separaba una zona de otra, que permitía a la población replegarse y defenderse. El camino conducía hasta una puerta amurallada constituida a modo de baluarte. Esperanza se agachó y tomó una piedrita del suelo.
–¡Papá coge una piedrita como yo, la vas a necesitar!
–¿Para qué hija?
–¡Tú simplemente cógela papá!
–Bueno está bien. ¿Y ahora qué?
Tomados de la mano, se acercaron a la puerta y en la entrada la niña colocó la piedra a un lado y le hizo hacer lo mismo a su padre.
–¿Qué estás haciendo hija? ¿Por qué hemos cogido estas piedras y ahora las dejamos en la entrada?
–Porque somos peregrinos; debemos pedir permiso para entrar y esta es nuestra ofrenda como caminantes al camino y a la ciudad sagrada.
»La vida es un largo camino; cada paso nos acerca a recordar todo lo que caminamos antes y nos muestra lo que nos falta por alcanzar.
–¡Qué cosas tienes tan especiales Esperanza!
Mientras avanzaban por el marcado sendero de visita, el padre comentaba en voz alta lo que decían los folletos turísticos que llevaba consigo –que incluían planos de la ciudad– mientras la niña se dedicaba a abrazar a las piedras como si fuesen viejos amigos tratando de escuchar lo que le decían.
Cuando estuvieron en la zona de los templos, Esperanza le mostró al padre que algunas piedras del suelo tenían forma geométrica, que habían sido trabajadas y que correspondían a formaciones de estrellas en el cielo. Él se quedó impresionado al comprobar que eso mismo decía el folleto.
Juntos, se aprestaron a subir unos escalones muy altos que llevaban hasta lo alto de una pirámide donde se encontraba el Intihuatana o reloj solar. De pronto la niña empujó a su padre hacia una pequeña habitación lateral.



