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–¿Adónde me llevas Esperanza? El plano dice que es por otro lado.
–¡Sí, lo sé papá! Pero debemos hacerlo como se hacía antes.
–¿Y cómo se hacía antes niña?
–Había que pedir permiso y hacer una pequeña oración para conectarnos con los guardianes del lugar. Una pirámide es una escalera al cielo, y nosotros vamos a subir por ella.
–¡Jajá!... ¿Aquí también hay que pedir permiso?... Muy bien, hagámoslo como tú deseas. Pero no podemos demorarnos mucho porque si no no nos alcanzará el tiempo para ver lo más importante.
Se sentaron sobre una larga piedra al pie de unas hornacinas trapezoidales y, guardando silencio por unos instantes, la pequeña en actitud ceremoniosa pidió en voz alta permiso para subir.
De allí salieron y ascendieron definitivamente hacia el reloj solar, donde en tiempos antiguos los incas medían las estaciones y los ciclos del Sol y de la Tierra a través de la observación del juego de las sombras y las posiciones de los astros en el cielo.
–¿Qué te parece este lugar Esperanza? ¿No es fascinante? Aquí los incas consideraban que amarraban al Sol al descubrir sus secretos, esto es, se dieron cuenta de que el Sol estaba sujeto a ciclos, los ciclos de los equinoccios y los solsticios, momentos en que la Tierra estaba más lejos o más cerca de nuestra estrella, producto de su órbita elíptica y del balanceo del planeta. Mira, te lo explico con estas piedrecitas en el suelo. La Tierra no gira de forma circular alrededor del Sol sino de forma ovalada. Hay momentos en que estamos más cerca y otros más lejos de nuestra estrella. Además, la Tierra tiene un movimiento de balanceo sobre sí misma.
Don José le dio una improvisada lección de astronomía a la niña, que la dejó fascinada.
–¿Y qué es lo que impide que la Tierra se marche y se aleje más del Sol? –preguntó con curiosidad.
–Es la gravedad que genera la atracción, querida. El Sol tiene un campo gravitatorio que genera una fuerza que tiene atada a la Tierra y a cada uno de los planetas del sistema, impidiendo que se alejen mucho o se acerquen demasiado. También cada planeta tiene su propio campo; por ello la Luna se mantiene donde está.
Después de recorrer una buena parte de la ciudad observando la forma peculiar de las montañas, debieron volver al bus para descender al pueblo de Aguas Calientes, porque habían contratado el tour corto y el tren salía por la tarde y debían volver a Cuzco.
Durante los siguientes días el padre fue con la niña a las instalaciones de las Fuerzas Aéreas, donde les estaban aguardando para trasladarlos en helicóptero a la zona de Sicuani. Los militares querían que don José los ayudara en una investigación del fenómeno ovni, tema que a él le apasionaba. El viaje en helicóptero entre las montañas fue una nueva gran aventura para la niña, que no podía creer lo que estaba viviendo. En la zona de Sicuani se habían reportado continuas observaciones de extraños objetos luminosos descendiendo sobre una zona arqueológica compuesta de centenares de estructuras circulares llamadas colcas o depósitos. Se registraron los testimonios de los campesinos y se tomaron algunas muestras del suelo donde se veían huellas, que eran como quemaduras circulares en las que se había producido el crecimiento de extraños hongos, aparentemente producto de la radiación.
De vuelta a la ciudad quedaron en verse temprano por la noche con don Aarón Pirca en un restaurante de la Plaza de Armas de Cusco, en pleno centro de la ciudad. El restaurante se encontraba situado en un local cerca de la plaza, construido irrespetuosamente sobre las bases y con las paredes de fina piedra trabajada del antiguo palacio de uno de los grandes soberanos incas.
Después de caminar por las pintorescas y empedradas calles de la ciudad imperial, don José y Esperanza entraron en el local preguntando por la mesa que tenía reservada don Aarón, y el camarero, sonriendo, los llevó al extremo del lado derecho. Esperanza se sentó al lado de su padre. Delante había un bellísimo muro completo inca y al lado una ventana, que permitía a la niña ver la plaza. Ante la insistencia del camarero, pidieron unos refrescos mientras aguardaban la llegada de su amigo. Don Aarón no se hizo esperar y aquel viejo amigo, compañero de inquietudes e investigaciones, entró al rato en el local; era un hombre generoso y conocido por su sabiduría y por estar volcado en el servicio social de pobres, ancianos y huérfanos. Esta vez no venía solo; estaba acompañado por un hombre como de unos cuarenta años, pelo oscuro, alto y fuerte, y elegantemente vestido con traje y corbata.
–Buenas noches José, vengo acompañado de Pedro Túpac Yupanqui, descendiente de la Panaca Real o Clan de los Amaru o Serpiente, la casa a la que pertenecía el Inca Huayna Capac.
–¡Buenas noches Aarón y buenas don Pedro, es un placer conocerle! Esta es mi hija Esperanza.
–¡Buenas noches señor Aarón y señor Pedro! –dijo Esperanza saludando respetuosamente mientras se quedaba con la mirada fija en los ojos de aquel señor trigueño de pelo negro bien peinado que acompañaba al amigo de su padre. Le dieron ganas de tomar a don Pedro de las manos y sentirlo, pero se contuvo. Percibía extrañas sensaciones. Era como estar y no estar; como si todo el entorno del restaurante fuese cambiando para dejarle ver el edificio en otro tiempo.
–Estimado José, Pedro se ha enterado de como resolviste los conflictos sociales y sindicales estos días en la ciudad y se ha quedado muy impresionado. Él tiene unas minas y quería hacerte unas consultas laborales, así como pedirte consejo porque algunas empresas extranjeras se están queriendo quedar con sus concesiones. También, y conociendo tu fascinación por la Historia, quería, como conocedor de todas las tradiciones ancestrales, compartir una visita especial guiada contigo y con tu hija antes de que os vayáis.
Mientras conversaban sobre temas de trabajo que le resultaron aburridos a la niña, ella se puso a dibujar con el bolígrafo de su padre en el mantel individual de papel en el que figuraba el nombre del restaurante y un mapa de Cuzco.
Dibujó un gran círculo, luego círculos concéntricos y dentro del círculo exterior doce círculos menores. Se quedó por un momento viendo su obra, y a continuación, en el centro delineó un rostro entre humano y felino rodeado de corazones con caritas humanas en espiral.
Cuando los hombres terminaron de hablar de lo principal que tenían que comentar y se hubo relajado la conversación, la niña le mostró a su padre su dibujo.
–¡Mira papá lo que he dibujado! Es el disco de oro con sus otros discos menores que estaba en el Coricancha… ¿Es bonito, no?
–¿Ah sí?... ¡Qué bien Esperancita! Pero no nos interrumpas que estamos hablando de cosas importantes.
–¡A ver Esperanza, muéstramelo! –pidió con curiosidad y condescendencia don Aarón, tomando el dibujo entre sus manos y mostrándoselo a don Pedro.
–¿Dónde has visto esto niña? –preguntó Pedro con los ojos desorbitados y visiblemente sorprendido.
–Esperanza es muy imaginativa caballeros. Ella habla de un gigantesco disco de oro hoy desaparecido. Cuando estábamos en el Coricancha me dijo que ella sabía donde había estado colgado este disco, y que además originalmente tenía adheridos once discos menores…
–¡Doce papá! ¡Eran doce más pequeños colocados sobre el grandote! Aunque con el tiempo los pequeños desaparecieron, pues fueron repartidos por diversas partes del mundo. Y recuerdo que el disco principal fue dejado para disimular la huida de muchas personas como yo, que salimos por túneles fuera de la ciudad.
»Por aquel entonces el gran sacerdote dijo que en poco tiempo enviaría el disco a la selva, pero los conquistadores llegaron antes de que se pudiera esconder y lo capturaron. Lo que recuerdo que me contaron después es que uno de aquellos hombres venidos de lejanas tierras, a diferencia de los demás, era bueno y supo que el disco era muy especial, y aunque parezca extraño, él mismo ayudó a protegerlo y sacarlo por los túneles que lo condujeron a la selva.
»El gran disco era como una ventana por la cual se podía ver el futuro. Y si cantabas una palabra mágica, los trece discos vibraban juntos, sin importar la distancia a la que estuviese uno de otro; todos se conectaban y se abría como una puerta a otros mundos y otras realidades.
–¡Esperanza termina ya con tus cuentos hija, que estás aburriendo a los señores!
»Nos disculparéis…
–Don José, lo que está diciendo su hija no es ningún cuento; es una de las tradiciones más secretas de nuestros antepasados.
–¿Dónde aprendiste esta historia niña? ¿Quién te la contó? ¿Por qué lo dices como si hubieses estado allí? ¿A qué parte de la selva lo llevaron? –intervino don Pedro.
–Pedro, no creo que sea buena idea seguirle el cuento a la niña, si no después no sabrá diferenciar la realidad de la imaginación –dijo el padre visiblemente avergonzado.
–Simplemente lo supe cuando llegué con mi padre al Coricancha. Nadie me lo contó. Yo sé que estuve allí hace siglos, y que era hombre, un joven guapo y atlético. Era un príncipe de la casa de los «Serpiente», pero de los buenos hombres-serpiente. Y me parecía mucho a usted don Pedro. Y yo misma estuve pendiente del traslado del disco a una ciudad en la selva que mi abuelito de aquel entonces –que había sido el emperador– había mandado construir años atrás al pie de una montaña, y que en lo alto de esa montaña había un gigantesco rostro acostado mirando al cielo.
–¡Ves como estás imaginando cosas Esperanza! El otro día fuimos en el tren a Machu Picchu y te emocionaste sobremanera cuando escuchaste al guía decir que la montaña del Wayna Picchu junto con el Wiñay Wayna Picchu forman lo que pareciera ser un rostro mirando al cielo.
–¡No era Machu Picchu papá! Era más lejos, mucho más. Era un lugar en donde nacía un río en la montaña, formando una hermosa cascada. Y las montañas no eran tan altas ni profundas como las de Machu Picchu, pero igualmente estaban llenas de árboles.
–¡Paiquinquin! –dijo categóricamente don Pedro como queriendo calmar la pequeña discusión que tenía la niña con el padre.
La niña quedó sorprendida con la palabra que la hizo vibrar por dentro. Era como si hubiesen tocado una campana al lado de su oído y la vibración le hubiera remecido todo su interior. Estremecida como estaba, se quedó mirando fijamente a don Pedro.
A continuación, y sin pensarlo mucho, se bajó de la silla, y dándole la vuelta a la mesa se fue en dirección de don Pedro. Tomándole de sus manos y mirándole fijamente a los ojos le dijo:
–¡Donde se es uno mismo! ¡Paiquinquin es donde se es uno mismo! ¿No es cierto señor Pedro?
Don Pedro no pudo aguantar y le dio un fuerte abrazo a la niña, visiblemente conmovido.
–Me has dejado atónito niña…
»Don José, disculpe que le haya dado cuerda a su hija, pero usted no se imagina lo que está sucediendo aquí en este momento. Yo mismo no logro entenderlo totalmente. No sé si Aarón me sigue…
»Usted no lo va a creer, pero la verdadera ciudad perdida de los incas se encuentra en la selva del Madre de Dios, fronteriza con el Brasil. Fue construida por los ejércitos de mi antepasado, el Inca Tupac Yupanqui, padre de Huayna Cápac y abuelo de Huáscar y Atahualpa de la Panaca o linaje de los Serpiente. Se llamaba la ciudad de «Paiquinquin», cuya traducción es más o menos «donde se es uno mismo».
»Nunca me imaginé que llegaría a ver este momento. Esto es inaudito.
–¡Sorprendente Pedro!... ¿No es increíble José?… Pero, ¿cómo puede ser que la pequeña Esperanza sepa todo esto? –intervino Aarón.
–¡No tengo la menor idea Aarón! Necesitaríamos hacerle unas pruebas a la niña, claro que con la autorización de don José –dijo Pedro:
–¿Qué clase de pruebas, Pedro? –preguntó preocupado el padre.
–Lo que les propongo es que, si tienen tiempo, me acompañen de regreso a Ollantaytambo pasado mañana.
–¡Bueno, ya hemos estado allí y no habíamos previsto quedarnos tantos días Pedro! –dijo don José visiblemente turbado.
–¡Yo les invito los días que se queden! Los gastos corren de mi cuenta. Es que dentro de dos días bajan desde las alturas de Paucartambo los principales de los Q’eros, los guardianes de la tradición andina. Sería importante consultarles; solo ellos pueden evaluar a la niña.
–¡Días atrás vimos a algunos Q’eros en Ollantaytambo Pedro! –dijo don José.
–¿Sí? ¿Cómo puede ser?… ¡Pero no serían los Paco Runa, los «sabios», a lo que se refiere don José? Es que dentro de dos días bajan el altomisayo y los pampamisayocs –añadió don Aarón.
–¿Qué es un altomisayo y un pampamisayoc? –preguntó don José.
–¡Son sacerdotes andinos! –contestó don Pedro–. El altomisayo puede hablar con los apus, los espíritus de las montañas, puede ordenar y dirigir los elementos, puede hacer oráculos, dirigir las ofrendas en los llamados «despachos» o altares dedicados a la Pachamama o Madre Tierra y hasta sanar a la gente, tanto su alma como su cuerpo. Los pampamisayoc son un nivel más bajo, que corresponde a aquellos que solo hacen los rituales y piden la protección y sanación de las personas.
Visiblemente confundido, el padre de la niña comentó:
–¡No sé qué decir Pedro! Para mí era más cómodo pensar que todo era producto de una prolífica imaginación infantil y nada más. Pero ahora que con conocimiento del tema me dices que no es mera fantasía, sí me preocupa e interesa ver el resultado de todo esto.
»Pero no creo que vaya a ser posible en este viaje, ya que tengo que regresar al Ministerio de Trabajo en Lima y hacer unos informes. Dejémoslo para más adelante. Yo os avisaré con tiempo cuando podamos repetir la visita.
–¡No se hable más sobre esto José; cuando podáis me avisáis y seréis mis invitados en esa próxima oportunidad! Además, estoy en deuda contigo porque me has dado unos consejos muy valiosos para resolver mis asuntos en las minas.
–A ver Pedro, para situarnos bien y ordenar las ideas, siempre y cuando sea posible, haznos un resumen de toda esta historia del disco que menciona Esperancita –sugirió Aarón.
–Pues resulta que, según el cronista Pedro Sarmiento de Gamboa, que acompañó a las huestes de Francisco Pizarro en la conquista del Perú, él entrevistó a los «orejones» de Cuzco, que eran los nobles pertenecientes a los clanes o panacas reales. Su nombre deriva de la deformación de sus orejas y cráneos, todos ellos alargados para asemejarse a los seres del cielo. El cronista les pidió que le contaran la historia oficial de los incas y el imperio. Ellos le refirieron que en tiempos del Inca Túpac Tupanqui, este quiso expandir el imperio y explorar en dirección al Antisuyo (la selva) y al Contisuyo (el mar), por lo cual preparó dos expediciones, una con 20.000 guerreros en cuatrocientas balsas hechas de totora que viajaron por el mar hacia el Oeste, hasta las islas de la Polinesia. El viaje duró entre nueves meses y un año, y el propio Inca se embarcó en la expedición. La evidencia de todo ello estaría en la Isla de Pascua, donde se ha encontrado totora en los lagos de agua dulce que hay en el interior de los conos volcánicos, y en donde algunas de sus gigantescas estatuas hacen referencia a hombres de orejas largas.
»La otra expedición fue de 40.000 guerreros que bajaron de las montañas de Cuzco en dirección al Madre de Dios avanzando por los ríos Pilcomayo, Alto Madre de Dios, Palotoa, Pantiacolla y Rinconadero hasta las fuentes del río Siskibenia. Esta expedición fue muy dura porque los incas tuvieron que enfrentarse a una naturaleza muy difícil y hostil, a ríos torrentosos, animales salvajes, insectos ponzoñosos y tribus aborígenes muy bien adaptadas al ambiente. Finalmente resolvieron hacer un acuerdo diplomático con el gran «Yaya» o «Señor de Maravi o Paititi», jefe de las tribus de la selva, quien les permitió fundar una ciudad de penetración llamada Paiquinquin, y que se menciona en las leyendas como Paititi.
–¡Paititi o El Dorado! –interrumpió don José.
–¡No exactamente! No hay que confundir a Paititi con la leyenda de El Dorado de Colombia –sentenció don Pedro–. Allí se habla del cacique Muisca Guatavita, que para demostrar que aún contaba con la vitalidad necesaria como para seguir gobernando a su gente, cubría su cuerpo con polvo de oro, y en una embarcación, toda ella cubierta del valioso metal, avanzaba por el interior de una laguna, arrojando ofrendas de oro al agua y luego volvía nadando. Cuando llegaron los españoles hacía poco que Guatavita había muerto asesinado.
–Entonces, ¿cómo se relaciona El Dorado con Paititi? –insistió el padre.
–A la muerte del Inca Tupac Yupanqui, le sucedió en el trono su hijo Huayna Cápac. Por aquel entonces el Inca recién coronado consultó el oráculo y los astrólogos le revelaron que su gobierno estaba marcado por el infortunio. Que sobrevendrían 500 años de Pachacuti o purificación, y la cabeza del imperio desaparecería. Él naturalmente no les quiso creer y los echó de mala manera. Resultó a continuación que en esa época hubo tensión con los pueblos del Norte, revelándose los cañaris, esto es la gente del Ecuador, contra el poder central, y los ejércitos imperiales fueron a sofocar el levantamiento coincidiendo este hecho también con la llegada de los castellanos a la costa Norte. Sin saberlo los europeos trajeron la guerra bacteriológica, porque en cuanto desembarcaron depositaron en tierra la viruela (desconocida hasta entonces en América), que en pocos meses produjo más de un millón de muertos, incluyendo al propio Inca Huayna Capac y a su hijo, el heredero al trono Ninan Cuyuch.
–Dime Pedro, ¿es cierto lo que se cuenta de que en su lecho de muerte el Inca vio a unos seres pequeños de cabezas grandes rondándolo, lo que habría llevado al oráculo de Pachacamac en la costa a interpretar que el Inca no moriría al estar asistido por semejantes presencias?
»Es curioso, pero esos seres pequeños y cabezones son los «grises» en la temática de los ovnis, seres presumiblemente provenientes de un planeta de la estrella Zeta Reticulli. Hoy por hoy son muchos los casos de los llamados «visitantes de dormitorio», gente que es aparentemente contactada por seres de este tipo en sus propias casas y hasta en sueños –comentó Aarón.
–¡Así es Aarón, tal cual!
»La muerte prematura del soberano y de su heredero llevaron a que los ejércitos imperiales nombraran de entre los príncipes a quien les era más cercano e inspirador y que estaba de su lado, que fue el caso de Atahualpa, mientras que los nobles de Cuzco tenían a su propio candidato llamado Inti Cusi Hualpa Huascar. Huayna Capac tenía muchas esposas entre princesas y concubinas, y por ende tuvo muchos hijos. Con este Inca se cumplió la profecía y la epidemia que costó la vida a un gran número de súbditos, acompañada de una guerra fratricida, así como de la invasión de los europeos apoyados por los rebeldes cañaris.
»Atahualpa capturó a Huáscar y lo mató; a la vez él cayó en la trampa de los Pizarro en Cajamarca, donde su guardia personal de élite fue masacrada.
»Uno de los hermanos de Atahualpa y Huáscar se llamaba Choque Auqui o «Príncipe Dorado» quien, al conocer todo lo ocurrido y relacionarlo con la profecía del Pachacuti, se retiró apresuradamente de Cuzco con algunos de los sacerdotes, vírgenes del Sol y gente del Ejército –sentenció don Pedro.
–¿Y se puede saber Pedro por dónde se fueron y hacia dónde? –preguntó don José.
–¡Fue tal y como dijo Esperanza! Salieron por la o túnel del Coricancha en dirección primero a Sacsayhuaman y de allí a los túneles y cuevas de Cusiyuchayoc, y siguieron camino a Paucartambo, Tres Cruces, Pilcopata, Alto Madre de Dios, Palotoa, y Pantiacolla, llegando hasta las mismas fuentes del río Siskibenia, por la ruta dejada por los ejércitos colonizadores de Tupac Yupanqui.
»Choque Auqui recibió en Paiquinquin, de manos de la gente del sumo sacerdote, el disco que fue recuperado y trasladado desde un Cuzco ya invadido por los conquistadores. Se lo arrebataron ante sus propias narices a los españoles una noche en la que los que lo custodiaban bebieron hasta perder el sentido.
–¿Y es como dice Esperancita que ese disco es tan especial que puede abrir portales entre dimensiones? –preguntó don José.
–¡Ciertamente querido amigo! Ese disco fue forjado, junto con los otros más pequeños, en una época en que habitaba la Tierra la primera raza originaria del planeta, la raza lemuriana. Esa raza lo produjo con oro alquímico, condensando en él toda la sabiduría y el conocimiento al que había tenido acceso. Y lo trajeron a Cuzco desde un lugar llamado «Los Altares», en el Chubut, en la Patagonia argentina, donde lo habían forjado hace miles de años con el conocimiento de la alquimia y a la vez con el poder de la palabra, la mente y el sentimiento.
–¿Para qué y por qué lo hicieron? –intervino el padre de Esperanza.
Pedro Tùpac se iba entusiasmando cada vez más con el relato aunque se le veía visiblemente inquieto, mirando hacia todos lados como para no revelar información que lo expusiera innecesariamente. Al confirmar que no había nadie extraño cerca, continuó, después de hacer una breve pausa en la que bebió un vaso de agua.
–No es bueno saber tanto querido amigo José, sobre todo cuando aún no es el tiempo para que las cosas ocurran. Saber demasiado o saber las cosas antes de tiempo lo expone a uno y expone el Plan. Solo os puedo decir que se hicieron los discos, el principal y los menores, para que la Humanidad llegara a verse a sí misma y supiese quien es realmente, observando el futuro probable, y descubriera todo su potencial y lo accionara para materializar la esperanza planetaria.
–¿Y se puede saber cómo llegó a Cuzco? –insistió inquieto José
–Solo te diré que, aunque no lo creas, lo transportaron los seres del cielo. Usaron sus naves para movilizar semejante espejo interdimensional, colocándolo primero y durante un buen tiempo en el lago Titicaca; después lo hicieron llegar a Cuzco, cuando esta ciudad se llamaba «Acomama», la ciudad de los antiguos. Y fue ahí cuando los discos más pequeños se repartieron por el mundo –refirió Pedro.
–¡No puedo creer que mi hija me haya contado más o menos toda esta historia sin haberla sabido de alguien! –intervino José.
Entre tantas revelaciones, el padre de Esperanza olvidó contarle a Pedro y a Aarón el encuentro con la ancianita de Chincheros y lo que esta había dicho; tampoco mencionó lo que Esperanza le contó del supuesto encuentro –que él no había presenciado– con don Mariano en Machu Picchu.
Pedro y Aarón lamentaron que en esos días no se pudiese concretar el encuentro de José con la niña y los representantes Q’eros, por lo que después de cenar los acompañaron a su hotel y quedaron en crear las condiciones para que esa entrevista se pudiese producir lo más pronto posible.
Lamentablemente el tiempo pasaría sin que dicha reunión se pudiese materializar, quizás porque el momento para que las cosas se den no es ni antes ni después, sino en el momento adecuado. Y aún tenían que pasar muchas cosas en la vida de Esperanza y a nivel mundial para que todo tuviese sentido y utilidad.
Padre e hija regresaron a Lima, y la niña le contó a su madre todo lo vivido, que la escuchó con avidez y curiosidad.
IV. EL UNIVERSO EN UNA PLAYA
«La Tierra es como una granito de arena en una inmensa playa. Y no es la única playa en el vasto océano del Universo».
Pasaron dos años. Era época de verano en la desértica costa peruana. La temperatura se había elevado de tal manera que el ambiente estaba soleado y luminoso, aunque se sentía húmedo por ese permanente colchón nuboso que difícilmente termina de convertirse en algo de lluvia, por lo que la familia, queriendo disfrutar de un tranquilo fin de semana, se dirigió a la playa al Sur de Lima. Nada más instalarse sobre la arena con las toallas y una sombrilla, Esperanza rápidamente tomó un cubo y una pala, y se acercó a la orilla del mar para entretenerse construyendo un castillo en la arena. Estaba distraída en ello cuando su madre la llamó para avisarla de que había llegado a la playa una familia amiga, acompañados de su hija menor.
–¡Esperanza, mira, han venido los Vega y está aquí tu amiguita Raquel!
Raquel era una niña delgada y alegre, de cabello rizado oscuro y trigueña, de la misma edad que Esperanza. Eran vecinas y coincidían en los paseos o las familias se ponían de acuerdo para quedar. Al encontrarse en la playa se alegraron mucho de verse y, tomándose de las manos, se acercaron al agujero que había empezado a cavar Esperanza en la arena. Estaban jugando cuando ambas sintieron el impulso de levantar la vista al cielo, que lucía azul sin nubes. De pronto observaron la presencia de una esfera como de color plateado a gran altura, pudiendo apreciar que giraba sobre sí misma y hasta se movía de un lado a otro como en zigzag. Después apareció otra y luego otra más haciendo triangulaciones, como jugando en el cielo.



