Que los evangelios prediquen el Evangelio

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Pero Jesús parte el pan, da las gracias, y luego dice algo muy diferente e impactante: «Tomen y coman; esto es mi cuerpo» (Lucas y Pablo añaden que Jesús también dijo: «entregado por ustedes»). Esto sin ninguna duda significa que Jesús sabía que lo iban a matar. Sabía que su propio cuerpo sería entregado en sacrificio, que sería quebrado como el pan que estaba partiendo. Y les está diciendo a sus discípulos que al comer ese pan estarían compartiendo el beneficio del sacrificio de Jesús, tal como los israelitas se beneficiaron del sacrificio del cordero pascual y lo recordaban cada vez que celebraban la Pascua juntos.
Jesús les dice: «Este pan soy yo. Yo soy el pan partido. Yo soy la nueva Pascua. Yo soy el nuevo éxodo. Soy la liberación que anhelan. Pero sucederá porque mi cuerpo será entregado a la muerte como un sacrificio por ustedes. Por su redención, doy mi vida».
ii) La copa
La cena continua mientras ellos tratan de procesar lo ocurrido. Y entonces, probablemente cuando la cena estaba a punto de terminar,
Después tomó la copa, dio gracias, y se la ofreció diciéndoles:
—Beban de ella todos ustedes. Esto es mi sangre del pacto, que es derramada por muchos para el perdón de pecados.
(Mt 26.27-28)
Había (y todavía hay) cuatro copas de vino durante la celebración de la Pascua. Representan las cuatro promesas que Dios hizo a los israelitas en Éxodo 6.6-7:
• Voy a quitarles de encima la opresión de los egipcios.
• Voy a librarlos de su esclavitud y
• Voy a liberarlos con gran despliegue de poder y con grandes actos de justicia.
• Haré de ustedes mi pueblo; y yo seré su Dios.
La tercera copa probablemente fue la que Jesús tomó en ese momento. Correspondía a la promesa «Voy a liberarlos con gran despliegue de poder y con grandes actos de justicia». Junto con esta copa normalmente recitarían la tradicional oración que se pronunciaba después de la cena. Una vez más, Jesús tomó la liturgia normal de la Pascua y primero dijo lo que se esperaba que dijera. Dio gracias diciendo: «Bendito eres tú, Señor, Dios nuestro, Rey del universo, que nos diste el fruto de la viña». Luego habría pasado la copa a sus discípulos para que tomaran de ella. Pero esta vez Jesús dice: «Esto es mi sangre del pacto, que es derramada por muchos para el perdón de pecados».
Estas palabras son muy familiares a nuestros oídos porque las hemos escuchado tan a menudo. Si somos creyentes cristianos y asistimos regularmente a la iglesia, habremos escuchado estas palabras cientos de veces. Pero traten de imaginar lo que ocurrió la primera vez, en ese cuarto de arriba, con estos hombres reclinados alrededor de esta cena pascual tan sombría. Habrían sido palabras sorprendentes y desconcertantes. Una vez más, como con el pan que se refería a su cuerpo, la palabra «sangre» sin duda señalaba una muerte violenta.
Debemos ver que en estas tres frases Jesús reúne tres referencias bíblicas. ¿Notaron las tres frases?
• mi sangre del pacto…
• derramada por muchos…
• para el perdón de pecados
Me gustaría que revisemos juntos los tres pasajes de donde provienen estas frases, porque Jesús estaba tratando de ayudar a sus discípulos (y a nosotros) a comprender la importancia de lo que iba a suceder apenas unas pocas horas más tarde. Necesitamos ver ese evento, la crucifixión, a la luz de estos tres pasajes que Jesús cita.
Primero que nada, la sangre del pacto. Esta frase se encuentra en Éxodo 24.1-11. ¿Por qué no detenernos y leerlo ahora mismo, especialmente los versículos 6-11? Esta es la historia de cómo, después de que los israelitas lograron salir de Egipto luego del éxodo, llegaron al monte Sinaí donde Dios hizo un pacto con ellos. Ese pacto incluyó un sacrificio. Moisés tomó la mitad de la sangre de ese sacrificio y la roció sobre el altar (representando a Dios como una de las partes del pacto). Luego tomó el libro del pacto y lo leyó a la gente, y ellos respondieron: «Haremos todo lo que el Señor ha dicho, y le obedeceremos». Entonces Moisés tomó la otra mitad de la sangre del sacrificio y la roció sobre las personas diciendo: «Esta es la sangre del pacto que [las palabras exactas que usó Jesús], con base en estas palabras, el Señor ha hecho con ustedes». Y luego Moisés, Aarón y los ancianos del pueblo subieron al monte Sinaí. Y leemos que sorprendentemente ellos vieron al Dios de Israel, y comieron y bebieron en presencia de Dios.
¿Puedes ver, en esa historia de Éxodo 24, la combinación de sacrificio, sangre, pacto y una comida en presencia de Dios? Y Jesús dice: eso es esto. Ese sacrificio del pacto había sellado con sangre la relación entre Dios y su pueblo Israel después del éxodo. Ahora, Jesús dice: «Esta es mi sangre del pacto derramada en sacrificio para sellar la relación entre tú, yo y Dios. Ustedes, los doce discípulos del Mesías, ustedes y todos los que se unirán por medio de la fe en mí, serán míos para siempre mediante los lazos de amor en el nuevo pacto, porque los he redimido y son míos. Esta es la sangre del pacto».
En segundo lugar, Jesús dice: esta sangre del pacto es derramada por muchos. Esa frase viene de Isaías 53, uno de los capítulos mas famosos del Antiguo Testamento. Habla sobre el siervo del Señor que Isaías dijo que vendría, sufriría y moriría, no por sus propios pecados, sino por los nuestros. Isaías 53 es donde se nos dice que el siervo del Señor fue traspasado por nuestras rebeliones, y molido por nuestras iniquidades, y el Señor hizo recaer sobre él la iniquidad de todos nosotros. Pero más tarde en el mismo capítulo, Dios dice que reivindicará y glorificará a su siervo. ¿Por qué? Leamos el versículo 12:
[…] porque derramó su vida hasta la muerte,
y fue contado entre los transgresores.
Cargó con el pecado de muchos,
e intercedió por los pecadores.
A eso se refiere Jesús. «esta es mi sangre… que con mi muerte derramo por muchos. Yo daré mi vida como el siervo obediente de Dios para que por medio de mi muerte yo cargue con el pecado de muchos, muchos otros».
Y luego, en tercer lugar, esta sangre del pacto es derramada por muchos para el perdón de pecados. Esta vez seguramente Jesús tiene en mente a Jeremías 31.31-34. En ese pasaje, Dios promete por medio de Jeremías que habrá un nuevo pacto. Si revisan la nota al pie de la página de la nvi en Mateo 26.28, verán que algunos de los manuscritos del Evangelio de Mateo, junto con Lucas 22.20 y 1 Corintios 11.25 (el recuento más temprano de la Última Cena), registran que Jesús dijo: «Esta es la sangre del nuevo pacto».
Si leen Jeremías 31.31-34 verán que es una promesa compuesta de varios ingredientes muy importantes. Pero lo principal, el clímax, es la gran promesa final que Dios hace en este nuevo pacto: «Yo les perdonaré su iniquidad y nunca más me acordaré de sus pecados». Eso es lo que los israelitas de la época de Jesús anhelaban, que Dios les perdone sus pecados, que acabe con lo que ellos percibían como un exilio y que restaure la comunión con él. Y Jesús dice: «Esto sucederá. El nuevo pacto se está cumpliendo ahora. Pero ocurrirá a partir de mi muerte, porque mi sangre será derramada para dar lugar a ese perdón».
Como pueden ver, con esta maravillosa combinación de pasajes, estas repeticiones de textos bíblicos que Jesús y sus discípulos conocían tan bien, Jesús les explica el significado de lo que iba a ocurrir antes del ocaso del sol al día siguiente. Jesús sería asesinado, su cuerpo quebrado, su sangre derramada. Pero ahora sus discípulos sabían que, según Jesús, no sería meramente un accidente o una terrible tragedia. Más bien, sería un sacrificio por el cual los beneficios del éxodo, la Pascua y el nuevo pacto llegarían a su fruición. Por medio de la sangre de Cristo, sabrían que se salvarían de la muerte y que se les daría vida; que serían redimidos de la esclavitud y el pecado; que sus pecados serían perdonados, y gozarían del nuevo pacto gracias a una relación de amor con Dios. De esto se trata el maravilloso grado de extensión respecto a lo que Jesús quiso decir cuando usó estas palabras tomadas de las Escrituras.
c) Palabras sobre el banquete venidero (26.29)
Hemos escuchado las palabras de Jesús sobre su traidor, y sobre su propio cuerpo y sangre. Pero aún no ha terminado. En el versículo 29, Jesús agrega:
Les digo que no beberé de este fruto de la vid desde ahora en adelante, hasta el día en que beba con ustedes el vino nuevo en el reino de mi Padre.
Tradicionalmente, en la fiesta de la Pascua, como hemos visto, hay cuatro copas y la cuarta copa está vinculada a la promesa al final de Éxodo 6.7, donde Dios dice: «Haré de ustedes mi pueblo; y yo seré su Dios». Esto indica la relación íntima y personal entre Dios y su pueblo. Y en el Antiguo Testamento esto se representaba a veces como un banquete, un banquete futuro en el cual Dios festejaría con su pueblo en paz, gozo y bendición. Eso es lo que algunas Escrituras profetizaron.
Entonces, lo que parece haber sucedido en ese momento es que Jesús se negó a beber esa cuarta copa. En cambio, dijo: «No se preocupen, se cumplirá el día en que nos volvamos a reunir. Mañana me iré por causa de mi muerte. Pero llegará el día en que volveremos a estar juntos en el reino de mi Padre: un día en que el nuevo éxodo se habrá cumplido de verdad, un día en que acabará toda opresión, sufrimiento, lágrimas, muerte y dolor. ¡Anhelemos aquello!». Es lo que está por venir. Es el futuro de Dios, por causa de lo que sucedería en esos próximos tres días.
Y así, en medio de todas esas palabras difíciles que preparan a sus discípulos para su muerte sangrienta, Jesús les señala el futuro, así como la Pascua siempre señalaba el futuro, a ese día glorioso y alegre cuando se volvería encontrar con ellos en su gloria en el banquete celestial del Mesías.
Pertenezco a un pequeño grupo de lectores. Leemos todo tipo de novelas y libros, principalmente seculares, con el fin de entender nuestra cultura y buscar maneras en que podamos relacionar el evangelio con el mundo que se refleja en la literatura de hoy. Algunos de los libros que leemos son historias bastante oscuras y sombrías de asesinatos, engaños, traiciones y otros males. A menudo, cuando conversamos sobre estos libros, nos preguntamos: «¿Habrá algún momento redimible2 de este libro? ¿Habrá alguna palabra o cierto acto o giro que presente algún grado de esperanza en esta historia? ¿Sugiere el autor algún tipo de «final feliz», aun si la historia nunca llegue a eso?».
En este momento, hacia el final de la historia del Evangelio tenemos una narración de traición, engaño, negación, deserción y rechazo. Como hemos visto, estas son las realidades oscuras y malvadas de este capítulo. Pero efectivamente, sí hay un momento redimible. Y ese momento redimible no es solo cuando Jesús habla sobre un final feliz en el banquete del reino de Dios, en el versículo 29. No, el verdadero momento redimible en esta narrativa es en realidad lo único que todos en esa habitación, incluido el propio Jesús, más temían: el hecho de que, antes de que el sol se ocultara al día siguiente, su cuerpo sufriría muerte y quebranto, y su sangre sería derramada en señal de sacrificio. Esa sería la redención de toda la historia: no solo de la historia de los Evangelios, sino de toda la historia de la humanidad y de la creación misma. La cruz y la resurrección de Jesús son el momento redimible de toda la historia.
4. Viendo el significado
Entonces, ¿qué significa todo esto? Y especialmente: ¿qué significa para nosotros que participemos regularmente de la Santa Cena y que escuchemos estas palabras de Jesús una y otra vez? Porque si pertenecemos a Jesús pertenecemos al pueblo del nuevo pacto. Somos partícipes en la historia y la identidad del Israel del Antiguo Testamento, por medio de la fe en el Mesías Jesús. Somos, como Pablo dijo muy claramente a los gálatas, la descendencia espiritual de Abraham (Gá 3.7-9, 26-29). Entonces, mientras celebramos la cena del Señor o la eucaristía (o como se llame en tu propia iglesia), estamos celebrando las mismas grandes verdades que el Israel del Antiguo Testamento, solo que ahora es aún más maravilloso a la luz de la cruz y la resurrección de Jesús.
El éxodo fue el momento más importante en la historia del Israel del Antiguo Testamento.
• Si no hubiera sucedido, habrían permanecido en esclavitud.
• Si el cordero de la Pascua no hubiera sido sacrificado, habrían experimentado muertes y penas devastadoras.
• Si la sangre del pacto no hubiera sellado su relación con Dios, no habrían sido ningún «pueblo». No tendrían esperanza, no tendrían a Dios, como el resto del mundo.
¡Pero sí sucedió! Y dado que sucedió…
• Llegaron a ser libres.
• Llegaron a estar vivos y no muertos.
• Lograron saber que eran el pueblo del pacto de Dios y contaban con la presencia de Dios en medio de ellos.
Y por ello celebraban esta fiesta.
Y así es para nosotros. La cruz y la resurrección de nuestro Señor Jesucristo juntas constituyen el evento más importante, no solo en el Nuevo Testamento, sino en toda la historia del universo, el cual será también redimido y reconciliado con Dios gracias a la muerte y resurrección de Jesús.
• Si no hubiera sucedido, aún seríamos esclavos del pecado.
• Si no hubiera sucedido, aún estaríamos espiritualmente muertos.
• Si no hubiera sucedido, estaríamos separados de Dios para siempre.
¡Pero sí sucedió! ¡Alabado sea el Señor! Y dado que sucedió…
• Hemos sido librados de la esclavitud del pecado.
• Nosotros, los que estábamos muertos en nuestros delitos y pecados, ahora vivimos en Cristo.
• Ahora somos ciudadanos del pueblo de Dios, miembros de la familia de Dios y morada de Dios por su Espíritu (Efesios 2.19-22).
Por ello celebramos esta fiesta. Por ello celebramos la cena del Señor con corazones agradecidos y con vidas cambiadas.
Pero hay un último detalle que no debemos obviar antes de terminar. En el versículo 30 Mateo nos dice, como también lo hacen los otros Evangelios, que al final de la cena, «Después de cantar los salmos, salieron al monte de los Olivos».
¿Qué cantaban? Bueno, casi seguro que cantaban ese grupo tradicional de salmos conocidos como «el gran Hallel» que comprende los Salmos 113 al 118. Pero, por lo general, eran los últimos cuatro, Salmos 115 al 118 los que se cantaban al final de la cena de Pascua en los tiempos de Jesús —y aún hoy cuando los judíos celebran la Pascua.
No voy a leer todos esos salmos en este momento. Quizás quieran hacerlo ustedes mismos después. Lean los Salmos 115, 116, 117 y 118, e imagínense cantándolos con Jesús. Imaginen a Jesús, guiando a sus discípulos, verso por verso, juntos cantando estos salmos al terminar esa última cena. Piensen en cómo las palabras de estos salmos llenaron sus mentes mientras bajaban de la habitación secreta, mientras regresaban por las oscuras calles de Jerusalén, bajando al valle y subiendo las laderas boscosas del monte de los Olivos, hacia el jardín que se llamaba Getsemaní.
Estas fueron las palabras que estaban en la mente y la voz del mismo Jesús en sus últimas horas antes de su traición, juicio y muerte.
Jesús habría cantado el salmo 116:
Yo amo al Señor
porque él escucha mi voz suplicante.
Por cuanto él inclina a mí su oído,
lo invocaré toda mi vida.
Los lazos de la muerte me enredaron;
me sorprendió la angustia del sepulcro,
y caí en la ansiedad y la aflicción.
Entonces clamé al Señor:
“¡Te ruego, Señor, que me salves la vida!”
(Sal 116.1-4)
¿Habrán llenado su mente estas palabras mientras oraba en agonía a su Padre en Getsemaní?
Tú, Señor, me has librado de la muerte,
has enjugado mis lágrimas,
no me has dejado tropezar.
Por eso andaré siempre delante del Señor
en esta tierra de los vivientes.
Aunque digo: “Me encuentro muy afligido” …
¡Tan solo cumpliendo mis promesas al Señor
en presencia de todo su pueblo!
Mucho valor tiene a los ojos del Señor
la muerte de sus fieles.
Yo, Señor, soy tu siervo;
soy siervo tuyo, tu hijo fiel.
(Sal 116.8-10, 14-16)
Y en el Salmo 118 Jesús habría cantado estas palabras:
No he de morir; he de vivir
para proclamar las maravillas del Señor.
El Señor me ha castigado con dureza,
pero no me ha entregado a la muerte.
(Sal 118.17-18)
Pero Dios sí entregó a Jesús a la muerte.
Jesús se entregó a la muerte, una muerte que sería aterradora y agonizante, aunque Jesús sabía que Dios lo iba a levantar de entre los muertos.
Y en el clímax del Salmo 118, Jesús habría cantado este Salmo con sus discípulos:
Tú eres mi Dios, por eso te doy gracias;
tú eres mi Dios, por eso te exalto.
(Sal 118.28)3
Pero doce horas después, Jesús exclamó estas terribles palabras, con su inconfundible eco: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Sal 22.1).
¿Por qué? Porque Jesús estaba cargando el pecado del mundo, tu pecado y el mío. Porque Dios hizo que aquel que no conoció pecado se convirtiera en pecado por nosotros. Por eso, durante esas horas en la cruz, Jesús experimentó el horror de haber sido abandonado, desamparado, rechazado por Dios, porque esa es la respuesta final y santa de Dios ante el pecado: expulsarlo de su presencia. Y Jesús fue a ese lugar de abandono para que tú y yo no necesitemos hacerlo, cuando confiamos en Cristo. Él cargó nuestro pecado, en su propio cuerpo, sobre el madero, como lo expresa Pedro.
Por esa razón, tú y yo podemos cantar las últimas palabras del Salmo 118, palabras que Jesús también cantó sabiendo lo que le esperaba al día siguiente, pero «por el gozo que le esperaba, soportó la cruz, menospreciando la vergüenza que ella significaba, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios» (Heb 12.2).
Den gracias al Señor, porque él es bueno;
su gran amor perdura para siempre.
(Sal 118.29)
1 Este sermón fue predicado en la iglesia All Souls el 2 de marzo del 2008.
2 N. del E.: En teoría literaria, se usa el concepto de «redención». Una expresión en inglés que se deriva de este concepto es redemptive moment, que expresa un significado no necesariamente religioso, sino que más bien comunica la idea de algo rescatable o un acto de reivindicación o un giro inesperado hacia la noción universal del bien y de la justicia. La expresión que se traduce como «momento redimible» se aproxima a la expresión en inglés según su acepción secular y quizá lo más cercano aún debería ser «momento rescatable». Pero, en el contexto de este libro y en calidad de creyentes evangélicos, debemos interpretar el «momento redimible» de la historia directamente en relación con el acto redentor de Cristo.
3 Para indicar énfasis, algunas palabras de las citas bíblicas están en cursiva.
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