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Vuelvo a colocar el caparazón en la estantería y voy a buscar a Greg al comedor.
Casi todo el mundo está allí, esperando la hora de la cena, y miro las mesas en busca de Clare, pero no lo veo. Me siento al lado de Greg, que está charlando con Connor sobre motores de barcos, y trato de indicarle que quiero hablar con él poniéndole la mano en el hombro. Me aprieta el muslo por debajo de la mesa, pero no se gira. Está demasiado concentrado en la conversación.
—… corroído, se rompió y se cayó en la sentina —dice.
Connor da un trago a su lata de cerveza y responde:
—Sí, pasa eso. La gente se olvida… —De repente, eleva el tono de voz, que refleja incredulidad—… de que el agua es la enemiga del motor.
—Así es —contesta Greg, y me muevo a su lado. No quiero que nadie se dé cuenta de que hay un problema.
—¿Estás bien? —pregunta, distraído por mi inquietud.
—Tengo que hablar contigo —digo en voz baja.
Greg me mira un instante, apura su bebida y me pasa el brazo por la espalda.
—¿Podemos hablar en privado?
—Ya van a sacar la cena.
—Lo sé, pero…
—Susúrramelo.
Me inclino hacia él. Supongo que la gente cree que estamos compartiendo un momento íntimo, y a nadie le importa lo más mínimo. Alguien deja un bistec gris delante de mí y bandejas de patatas hervidas pasan de mano en mano.
Tengo la boca seca.
—¿Has visto a Clare?
—He visto su camión, así que habrá vuelto ya. ¿Por qué? ¿Qué te debe?
—Nada. Es solo que… Mira, ¿por qué no nos vamos a la costa?
Me mira desesperado, como si no tuviera la menor idea de lo que les pasa por la cabeza a las mujeres.
—Sí, eso te lo propuse yo. ¿Qué te pasa? ¿Te ha dado una embolia o qué?
Se sirve seis patatas enormes, me pasa la bandeja y yo se la entrego a Stuart, que está a mi izquierda.
—Quiero decir ahora mismo. ¿Por qué no nos subimos a la camioneta y nos largamos?
—¿Por qué? ¿Qué ha pasado?
—Nada. Es solo que quiero irme ya.
Greg me mira, confundido.
—Bueno, yo también, pero tenemos que terminar el trabajo.
—¿Por qué?
Greg mastica el bistec mientras contesta:
—¿Por qué? Pues porque esta gente son mis compañeros, y no voy a dejarlos tirados. Además, si nos vamos antes de tiempo, no nos darán la bonificación, y solo nos falta una semana. No es mucho. —Traga y alarga el brazo para hacerse con uno de los panecillos que hay en el centro de la mesa. Entonces, grita—: Sid, ¿aún es pan del que hiciste con aquella harina de mierda?
Sid no contesta, y Greg se encoge de hombros y lo utiliza para rebañar el plato.
—Confía en mí. Tenemos que irnos ahora mismo —digo.
Greg deja el pan en la mesa.
—¿Por qué «tenemos» que irnos ahora mismo? ¿Qué ha pasado? ¿Has atracado un banco?
Abro la boca para contestar, pero soy incapaz de decir nada. No puedo contarle nada.
—¿Ves? —añade, y toma de nuevo el tenedor—. No hay ningún problema. Todo es muy sencillo. Hace muchísimo calor, eso es todo. En menos que canta un gallo, estaremos en la costa.
Entonces, aparece otra bandeja llena de salchichas. Cuando se la paso a Stuart, este me mira extrañado.
—¿No te apetecen?
—¿Cómo?
—¿Es que estás a dieta?
Lo ignoro, pero Greg también se percata y pide que le pasen de nuevo la bandeja.
—Espera, espera. Si ella no quiere, ya me como yo su ración —dice, y coge dos más.
—¿Por qué te quedas tú su parte? —pregunta Stuart.
—Porque está conmigo.
—¿Qué? Eso no es justo.
—Tiene razón —dice Denis desde el otro extremo de la mesa—. Está con él, y eso quiere decir que le toca su ración.
Ojalá me hubiera servido las salchichas.
Solo tengo hasta el final de la cena para convencerlo.
Greg se ha comido mi bistec y, en ese momento, llegan a la mesa dos enormes fuentes de macedonia de frutas en almíbar, con unas brillantes cerezas rojas y pálidos trocitos de melón.
Alguien ruge:
—¿Dónde está el helado?
Sid saca un par de bloques de helado, de ese que se corta con un cuchillo pastelero y es amarillo brillante como el queso. Connor se sirve un trozo de unos cinco centímetros y lo pone sobre la macedonia de frutas.
—Me encanta que el helado se mezcle con el almíbar —dice en voz alta para quien quiera escucharlo, y luego toma las cerezas una a una entre el dedo índice y el pulgar, sosteniendo el meñique en alto, y las coloca en fila junto al plato—. Pero no soporto estas mierdas.
Clare aparece en el umbral de la puerta, contra el oscuro cielo nocturno. Las luces fluorescentes de la cabaña le confieren un halo fantasmagórico, como si resplandeciera. Se apoya en el quicio de la puerta y recorre la larga mesa con la mirada. Espero a que sus ojos se posen en mí y, cuando lo hacen, atisbo una mirada de placer en su rostro. Estoy atrapada. La pierna de Greg bombea sangre junto a la mía. Connor rebaña su plato con la cuchara y Steve, a su lado, arroja una de las cerezas rojas sobre el regazo de Stuart. Este le hace un corte de mangas sin ni siquiera levantar la mirada de su cuenco. Alan está en la cabecera de la mesa, leyendo un periódico, sin interesarse por lo que ocurre a su alrededor. Bebe cerveza. Y, entretanto, Clare mantiene la vista fija en mí y yo sé que estoy perdida, que ha llegado el fin. Entra en la sala y se acerca lentamente, pero no se detiene a mi lado. Trato de no girar el cuello para seguirlo con la mirada; intento no anticipar su siguiente movimiento. Coloca una mano en el hombro de Greg y se inclina hacia él, y me quedo rígida, esperando el momento. Greg levanta la mirada y Clare le entrega una barrita de chocolate, arrancándole una sonrisa.
—Eres un buen hombre —dice Greg—. Ahora no tendré que conformarme con esta mierda —añade, y señala la macedonia de frutas.
Acto seguido, rasga el envoltorio púrpura de la barrita. Clare permanece de pie, sin decir nada, y me mira fijamente. Greg le da un mordisco a la barrita de chocolate y me ofrece la mitad. Cuando se gira y no me ve, la arrojo bajo la mesa y la aplastó con el pie.
Recojo mi esquiladora de la cabaña, sin pensar en lo que ocurrirá a continuación. Huele bien, a sudor, estiércol, lanolina y aguarrás. No imagino alejarme de ese olor. Una comadreja rasca el tejado de hojalata. Regreso lentamente a mi dormitorio y permanezco un momento de pie en la oscuridad, desde donde veo la cálida franja de luz que llega desde el comedor, y hasta diviso el perfil de Greg, que se ríe mientras bebe cerveza y se limpia la boca con el dorso de la mano. Me muerdo la punta de la lengua al tiempo que me devano los sesos pensando en un plan de última hora para acabar con esto. No se me ocurre nada, así que me doy la vuelta y continúo mi camino al dormitorio.
Clare está tumbado en mi cama con las botas puestas, fumándose un cigarrillo. Me detengo en el umbral, pero ya me ha oído llegar y está listo, con una amplia sonrisa en la cara. Me quedo quieta y me pregunto si tengo tiempo de volverme, de regresar a la cabaña y ocultarme bajo la lana.
—¿A que no sabes dónde he estado? —pregunta mientras baja los pies de la cama y se pone en pie—. Venga, entra de una vez, cariño. Pareces una prostituta. —Su sonrisa se ensancha todavía más, si es que eso es posible. Expulsa una bocanada de humo y la niebla se instala entre los dos—. ¿Así que planeas irte? —dice, como si fuera un personaje de televisión.
Da una patada a mi mochila con delicadeza. Su voz refleja agitación.
—Fue Ben quien me contó lo de los carteles y me dijo que tus fotos estaban por todas partes allí abajo. ¿Lo sabías? Tuve que ir y comprobarlo, claro. Pero sí, eres tú.
De repente, saca un pedazo de papel doblado, arrugado más bien, de su bolsillo trasero. Lo abre lentamente mientras se ríe entre dientes para sí y lo levanta para mostrármelo. Soy yo, es cierto; es una foto en blanco y negro. En ella, estoy sentada encima de mi edredón estampado de ponis rosas, posando con una sonrisa para la cámara. Tengo un osito de peluche en el regazo y lo sostengo, aunque no se me ven las manos, ni tampoco se ve el oso, ni el edredón, ni al anciano que sacó la foto, ni el perro que me vigila fuera. Solo se ve mi rostro sonriente ante la cámara. Encima de la foto, pone perdida en letras grandes y, en la parte de abajo, veo «nieta… un peligro para su integridad física», pero no termino de leer porque todo se vuelve negro.
—Llamé al número de teléfono, Jake, ¿y sabes qué me dijeron?
—No sé de qué hablas. No es mi abuelo.
—Oh, eso ya lo sé. Ese pobre viejo, «Otto»… Tuvimos una larga charla. Fui a verlo a su granja. Aquello no es más que un redil de ovejas muertas. No paraba de decir que mataste a su perro y le robaste cuando lo único que trataba de hacer por ti era sacarte de la calle. Dijo que te llevaste todo lo que tenía, incluso su camioneta. El pobre desgraciado ni siquiera tenía medios para ir a la ciudad después de lo que le hiciste. Menos mal que los de la beneficencia le subían comida una vez a la semana hasta que arregló su vieja camioneta. También vi lo que le hiciste a esa, la destrozaste.
—No, solo…
—Lo vi todo. El pobre viejo lloró al hablar de su perro.
—Yo solo…
—Chist… —me indica Clare en voz alta.
Se levanta de la cama en un movimiento fluido, se acerca a mí lentamente y me agarra de los antebrazos, que cuelgan sin fuerza a mis costados. Me coloca frente a la mesa de trabajo y se inclina sobre mí. Tiene el pene erecto.
—Puede que a ellos los hayas engañado, pero a mí no.
Empiezo a salivar. Miro la puerta. ¿Qué pasaría si Greg llegara ahora?
—Tal y como lo veo, tienes dos opciones. Puedes convencerme para que mantenga la boca cerrada… —El aliento de Clare me llega a un lado de la cara como si fuera chocolate caliente. Susurra de tal modo que parece que vaya a gritar en cualquier momento—. Puedes enseñarme eso que todo el mundo disfrutó en Hedland… —El corazón me da un vuelco. Una parte estúpida de mí piensa: «Quizá no diría nada», pero pronto la acalla mi lado inteligente, el que sabe que no solucionaría las cosas, que no puedo permanecer aquí—. No pido mucho, solo un poco de afecto; eso es todo. No está bien tirarse a la chica de un compañero. Solo una mamada. —Y me imagino exactamente lo que sucedería: me penetraría hasta el fondo de la garganta y me agarraría el pelo con la mano. Pienso en las cosas que me diría mientras lo hace. Luego, todo sería peor; se desharía de mí de una manera u otra y, además, trataría de quedar bien—. O bien —prosigue, y me acaricia con un dedo la curva exterior de un pecho—, le digo al viejo Otto dónde puede encontrarte y, de paso, aviso también a la policía. —Empieza a desabrocharme los pantalones, me saca la camiseta y mete la mano dentro; sus dedos avanzan como gusanos para colarse en mis bragas—. Ni siquiera tendré que contárselo a Greg. Ya lo harán ellos por mí.
Uno de sus dedos encuentra mi sexo y, como un mecanismo de feria, algo salta dentro de mí y le pego un puñetazo en la mandíbula con la mano derecha. Clare se viene abajo y empieza a sangrar en el suelo. Queda fuera de combate.
No puedo abrocharme el pantalón porque me he herido la mano al golpearlo. Tengo el puño dolorido, rojo e hinchado, y noto como me palpita.
Me voy sin mirarlo, pero lo oigo moverse en el suelo polvoriento y emitir un gemido húmedo. Estoy casi segura de que le he roto la mandíbula.
Capítulo 3
Nos falta una semana para terminar el trabajo en Boodarie. Estoy en la ducha al lado del cobertizo del tractor, observando la araña de espalda roja del tamaño de un pulgar que lleva desde siempre instalada en lo alto del teléfono de la ducha. No se ha movido en absoluto, salvo para levantar una pata cuando he abierto el grifo, como si el agua estuviera demasiado fría para ella.
Observé cómo Don descendía con el coche por el valle, iluminado por los últimos rayos de sol, y me quedé de pie en la nieve, con la carretilla y con Perro resguardado tras mis piernas, hasta que desapareció por la cresta de la colina al otro lado, donde vivía. Mis botas crujían a cada paso que daba por el sendero que llevaba a la cabaña. A veces me daba cuenta de lo fuera de lugar que estaba, del modo en que me ardía la piel por el frío y de cómo me picaban el interior de la nariz y la garganta. El olor a lana mojada y a excrementos de oveja humedecidos por la lluvia era completamente distinto al olor seco y polvoriento de los rebaños que campaban a sus anchas en los enormes terrenos rojizos de mi hogar. Aquí, la tierra parecía observarme como si fuera consciente de que era extranjera y contuviese el aliento al verme pasar. Una vez le pregunté a mi madre: «¿Qué tipo de australianos somos? ¿De los que vinieron en barcos? ¿O nos trajo alguien después?». Me observó, momentáneamente distraída mientras trataba de meter los traseros blancos de los trillizos en sus calzoncillos, y, tras resoplar y apartarse un mechón de pelo de la cara, dijo: «Yo llevo aquí desde siempre, cariño», y se colocó uno de los bebés sobre las rodillas para evitar que se moviera. Nunca más volví a hacerle aquella pregunta.
Intentaba no mirar demasiado hacia los árboles, oscuros incluso de buena mañana, pero por el rabillo del ojo vi que algo parpadeaba y empecé a pensar que los árboles estaban ardiendo, pero no era nada, solo un leve movimiento a causa del viento. Las ovejas tosían y balaban. Guardé la carretilla en la cabaña y cerré la puerta. Los dientes me castañetearon al entrar en la casa. Me quité el abrigo y me senté en el sofá. Perro se subió a mi lado; estaba húmedo.
Llevaba más de un mes sin llamar. La última vez no había nadie en casa y dejé que sonara mientras pensaba en el teléfono del salón y en el modo en que el sonido hacía que las urracas salieran disparadas del porche y se instalaran de nuevo en un santiamén. Recordé la forma en que el aire se movía con el ruido, el olor a ropa olvidada en la lavadora demasiado tiempo, a los calcetines y calzoncillos de tres chavales, y a la freidora que ya no estaba pero cuyo olor pegajoso todavía impregnaba las paredes. Y me acordé también del olor de los cigarrillos de mamá, que debíamos fingir que no existían, aplastados en la puerta; y del aroma a azúcar y eucalipto, y del aliento abrasador de los árboles, que se colaban por alguna ventana abierta.
Marqué el código para ocultar mi número y tecleé la larga secuencia que me sabía de memoria. Me llevó de los tonos y los silencios de la conexión telefónica hasta mi casa. Allí apenas acababa de amanecer, pero mi madre solía levantarse temprano; siempre lo había hecho. Sonaron dos tonos y acaricié el brazo del sofá para escuchar su voz.
—¿Hola, 635? —dijo, y esperó—. ¿Hola, hola?
Oí un suspiro hueco, como un jadeo. Hacía una semana que había sido su cumpleaños. Tenía setenta y dos años.
—¡Iris! —gritó—. Está volviendo a hacerlo.
Tenía la voz ronca; quizá tuviese un resfriado o fuera alergia.
Entonces oí la voz apagada de mi hermana, quizá procedente del piso de arriba.
—¡Cuelga el teléfono de una vez, mamá, por el amor de Dios!
—Bueno, pero ¿qué le pasa al teléfono? —insistió mi madre.
Iris estaba más cerca ahora; había bajado las escaleras y entrado en la sala.
—¿Y yo qué coño sé? —Oí cómo le arrancaba el aparato a mi madre de las manos y lo sostenía entre sus dedos, llenos de anillos—. ¿Hola? ¿Hola? —Su voz sonaba aguda; se notaba que era la mayor. Escuchó mi silencio—. No sé, mamá, igual algún pervertido te ha echado el ojo.
En el tiempo en que las ondas tardaron en llegar hasta mi receptor, alcancé a oír el principio del canto de un verdugo negro —quicooo, quicooo— y, luego, la línea se cortó. De vuelta a mi salón, con la estufa eléctrica y el olor a polvo quemado, terminé de silbar su canción. Pi, pi, pi, pi, pi, pi, pi, pi, pi, pi, pi, piii. Perro levantó las orejas al oírme, aunque no se trataba de un sonido extraño para él. Empecé a hacer una serie de flexiones, pero, cuando llevaba la mitad, me detuve y miré fijamente al techo.
Preparé café y me bebí una taza mirando a la pared. Al cabo de un rato, ordené los documentos que tenía en la mesa de la cocina y los revisé. Cuando hube terminado, dejé salir a Perro para que hiciera pis, pero me quedé en el umbral de la puerta; solo llevaba unos calcetines. Guardé los papeles y me acurruqué en el sofá con un libro en el regazo, sin abrir. El viento se movía entre los árboles, se deslizaba por la chimenea y llegaba hasta el salón, donde removía las páginas de un periódico.
Al caer la noche, cerré las cortinas de la cocina y puse la radio lo bastante fuerte como para que no se oyeran los ruidos inquietantes de las hojas que se movían por el camino de piedra. Solo pude sintonizar un programa de resultados deportivos. Escuché los nombres de los lugares mientras preparaba unas tostas de sardinas. «Wigan». ¿Cómo sería Wigan? Me bastaba con el nombre para imaginármelo, y me alegré de no estar allí. Le di una sardina a Perro y aquello le hizo estornudar.
Hacía tanto frío en el salón que comí envuelta en una manta. El cielo estaba oscuro. No miré por la ventana, pero lo sentí.
«Burnley, tres; Middlesbrough, cero».
Cuando fui incapaz de encontrar más excusas para no irme a la cama, apagué la radio y silbé de forma poco melodiosa y muy fuerte mientras subía las escaleras. En el rellano, una pluma revoloteó en una corriente de aire. Me lavé los dientes y debí de arañarme una úlcera de la boca, porque, cuando escupí, salió una cantidad impresionante de sangre. Me enjuagué bien y me soné la nariz, y luego me puse una vieja camiseta para dormir. Perro se colocó a los pies de la cama. Nos miramos durante un momento antes de comprobar que mi martillo seguía bajo la almohada. Finalmente, apagué la luz. Cerré los ojos para no ver la oscuridad y traté de no reparar en los sonidos que no reconocía, a pesar de que los había oído un millón de veces antes. La tos de una oveja sonaba como la de una persona. Una zorra estaba copulando en algún lugar del bosque y sus gemidos llegaban hasta mi habitación.
Me quedé dormida, porque desperté de un sueño en el que abría la puerta del baño y me encontraba allí todas mis ovejas, devolviéndome la mirada en silencio. El cielo estaba completamente oscuro, así que no debían de ser más de las cinco. Un olor nauseabundo flotaba en el ambiente, como si alguien hubiera encendido una vela perfumada para enmascarar un hedor. La casa estaba en silencio. Perro permanecía al lado de la puerta, cerrada, con la mirada fija en el espacio bajo sus pies. Tenía el pelo erizado, las patas estiradas y tiesas, y la cola rígida y hacia abajo. Entonces se oyó un crujido en el techo, como si alguien anduviera por ahí. Contuve el aliento y escuché con atención, tratando de obviar la sangre que me retumbaba en los oídos. Todo estaba en silencio y me llevé el edredón hasta la barbilla. Las sábanas hicieron un ruido tremendo. Perro se quedó quieto en el suelo, junto a la puerta, y emitió un leve gruñido.
Me clavé las uñas en las palmas de las manos.
Entonces oí algo procedente de la pared a mi espalda, como si alguien estuviera rasgándola con un clavo desde el techo hasta la parte superior del cabezal de mi cama y se detuviese allí, trazando una línea recta y limpia. Perro se acercó a la cama y siguió gruñendo en un tono grave. Me quedé inmóvil. Todos los músculos de mi cuerpo latían al ritmo de mi corazón; también mi espalda. Tuve la sensación de que había sangrado debajo de las sábanas, de que, si me movía, la piel se me quedaría pegada a la tela y esta me la arrancaría.
«Ratas. Hay ratas en las paredes, o ratones, de esos pequeñitos, con el cuerpo marrón y diminuto; eso es todo. O la madera vieja está soltando aire, o crujiendo, porque esta noche han bajado las temperaturas. Por eso todo cruje y los ratones se pasean arriba y abajo, rascando el suelo. O es la cañería de Rayburn, que está haciendo lo de siempre porque el viento ha cambiado de dirección», pensé.
Había una calma submarina, sin viento y sin lluvia, ni siquiera el ruido de una pequeña lechuza. Solo se oía el espeso silencio. Cerré los ojos y sentí el quejido del colchón cuando Perro se subió encima y se colocó entre mis pies. La habitación se quedó en silencio y conté los latidos de mi corazón. Se oyó otro leve crujido y, de nuevo, se hizo el silencio.
Y, entonces, oí el sonido de un coche estampándose contra un árbol, un estruendo y el eco subsiguiente, y luego sentí que unas manos golpeaban rápidamente la pared. Me levanté y me puse a cuatro patas sobre la cama, inclinada como un toro, y agarré un cojín delante de mí, con el martillo en alto como si tuviera un enemigo al que golpear. Perro mordía el aire a su alrededor como si estuviera lleno de moscas.
En el silencio que siguió, Perro comenzó a aullar. Me levanté de un salto de la cama y encendí la luz. La puerta estaba abierta, completamente, como si alguien hubiera estado allí de pie, obstruyendo la salida, observándome. El pasillo estaba oscuro y parecía más largo de lo que recordaba.
—¡Jódete! —grité hacia el túnel negro, inspirando profundamente, y creí oír que alguien contestaba en un susurro.
Perro dejó de aullar, emitió un gemido y se adentró en la oscuridad del pasillo. No había nada al otro lado, solo la ventana y, en el exterior, la noche. Me puse los vaqueros que había tirado al suelo y me dirigí a las escaleras por el pasillo.
El interruptor que había en lo alto de las escaleras no estaba donde debería, así que me lancé a la oscuridad y bajé hasta la cocina, donde las luces ya estaban encendidas y Perro estaba debajo de la mesa, babeando. La saliva formaba un charquito en el suelo.
Salimos por la puerta, nos metimos en el coche, encendí el motor y conduje, aferrada al volante con las manos temblorosas. Iba directa al pueblo, decidida a presentarme en la comisaría y aporrear la puerta, pero, a medida que el corazón se me ralentizaba, también aminoré la marcha, y, finalmente, aparqué en el acceso a un campo desde el que se divisaban las luces del pueblo. Apagué el motor. Perro se acurrucó a los pies del asiento del pasajero y empezó a temblar, con los ojos muy abiertos y oscuros. Recliné la frente sobre el volante, inspiré profundamente hasta recuperar la quietud y la calma habituales, y Perro salió de su escondite y me dejó que le acariciara las orejas.
—Todo irá bien —le dije, y me miró—. Tenemos opciones. Somos listos, ¿verdad? ¿Verdad que sí?
Contemplamos cómo la luz se abría paso en el cielo y una lechuza realizaba su última ronda en el amanecer, como si fuera una nadadora solitaria en un mar vacío.
De vuelta a casa, la cocina estaba igual. Los fogones se quejaban cuando el viento soplaba por sus conductos. Desde el umbral de mi dormitorio, la cama parecía normal. No olía mal, no había nada malo.
Alisé las sábanas y coloqué la manta por encima. Justo en el borde del cobertor blanco había una mancha negra, como si la hubiera arrastrado por las cenizas de un incendio. Limpié la mancha con el dorso de la mano y desapareció. Encima del cabezal, en la pared, había otra mancha, pero esa se parecía más a una huella. Debía de haberme apoyado en la pared cuando me puse de pie chillando y había dejado la huella de una mano, clara y distinta. Los dedos estaban tan extendidos que la piel debería haberme dolido. Sin embargo, aquella mano era más pequeña que la mía. La borré con papel higiénico y saliva.
Capítulo 4
Hay un momento en el que advierto que mi relación con Greg cambia. El hecho de despertarme a su lado en mi cama es algo que simplemente sucede y el breve tiempo que tenemos antes de ir a trabajar es tan importante como el resto. No contemplamos cómo el otro duerme como en las películas; si uno despierta antes, entonces despierta al otro con un: «Eh, despierta».
Este no es momento de dormir. Tampoco yacemos en silencio mientras nos miramos fijamente. Hablamos como cotorras, devorando las palabras como si compitiéramos el uno con el otro. Mientras habla, hago flexiones. Él posa los pies sobre mis hombros y yo me muevo arriba y abajo para él. Me habla de su padre, que ya murió pero podía comerse una sandía entera con una cuchara como si fuera un huevo pasado por agua, quitándole la parte de arriba.




