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—Estaba gordo como una ballena. Y se sentía orgulloso. Un médico trató de convencerle para que perdiera peso, y él le dijo: «Y, entonces, ¿qué sería? Solo Joe, ¿verdad? Ya no sería Joe el Gordo y a la gente le daría igual que muriese». ¡Ja! Puto gordo.
Cuando me toca a mí, hago abdominales, porque es más fácil hablar mientras los hago, y Greg planta sus pies sobre los míos para estabilizarme. Nunca dice que le parece raro, jamás me ha comentado: «Cuidado, empezarás a parecerte a un hombre». Le cuento los detalles de mi vida, los que puedo revelarle. Le hablo de cuando aprendí a esquilar ovejas, de mi amiga Karen y, antes, de los tiburones y de la Australia rural.
Por la mañana, Sid descubre gorgojos en la harina.
—A mí no me molesta demasiado —dice—. Solo aviso por si a alguien le da asco que haya bichos en el pan.
Se hace el silencio en la mesa y Alan lo rompe desde uno de los lados de la cabaña donde se guarda la lana.
Algo ha arrancado un pedazo de carne de un mordisco a uno de los carneros. No está muerto. Es como si alguien lo hubiera desgarrado y se hubiera llevado un pedazo del animal. Las moscas sobrevuelan la herida. Connor le pega un tiro mientras todos observamos. El animal se mueve.
—Solo son los nervios —me dice Denis, como si yo fuera una histérica a la que hay que tranquilizar.
Pero en realidad pienso en lo rápido que ha ocurrido y en que ha sido un acto de compasión. Un segundo antes, el animal tenía una herida terrible, las moscas depositaban sus huevos en la carne y observaba a sus verdugos a su alrededor, y, al instante, de repente, no hay ningún peligro. «Tengo que aprender a disparar un rifle», me digo. Esa es la respuesta a todo.
Alan está a mi lado.
—Vamos a dar una vuelta, a ver si encontramos algún perro salvaje o algo así —dice.
Connor y Clare se llevan el cuerpo del carnero fuera del redil y el resto de las ovejas los observa. Es imposible saber lo que piensan.
Estoy sola con Alan en el camión. Nunca había sucedido hasta ahora; quiere decirme algo. No para de toser, con la mano en la boca, y, luego, me mira. No vemos nada durante kilómetros, nada excepto las ondas de calor del desierto y, de vez en cuando, un conejo. Alan los caza, los recoge y, después, sigue conduciendo. No hay un silencio sepulcral, pero solo decimos cosas como «allí», «lo he pillado, joder» o «un poco más cerca».
Al cabo de una hora, cuando pienso en el tiempo que he perdido y en que los demás seguro que ya me habrán superado, Alan saca las balas de la escopeta y suspira.
—No hay nada, joder —exclama, y se vuelve hacia mí. Entonces añade—: Normalmente no me meto en los asuntos de nadie. —Me aferro al volante—. Pero quería decírtelo: me parece que lo tuyo con Greg no está mal.
—Espero a que llegue el «pero», aunque no lo hace—. Los dos sois buena gente. A Greg lo conozco desde hace años; es un buen tipo. —Empieza a hacer calor dentro de la camioneta y me pregunto si deberíamos regresar o si encender el motor ahora sería de mala educación—. Y tú también tienes buen fondo. Creo que el hecho de que dos buenas personas estén juntas es algo bueno. —Alan está rojo como un tomate y me pregunto por qué nos ha puesto en esta situación—. Bueno, lo que quiero decir es que tienes que ignorar a los locos, y en este grupo hay uno o dos, eso no se puede negar. No son mala gente, pero… bueno, quizá simplemente se sienten solos.
—No entiendo…
—Vaya, que no te preocupes por Clare, eso es lo que quiero decir, joder. Está tocado del ala, pero no es mala persona. Solo está loco, y la ha liado con ese chaval… —Alan sacude la cabeza—. La madre de Arthur mandó una carta. Dice que está tratando de aprender a escribir con la otra mano. Aunque, bueno, no creo que le sirva de mucho. El chico apenas sabe leer. En fin…
—¿Ha dicho algo?
—No es eso.
—¿Qué ha dicho? —pregunto con firmeza, y mantengo los ojos fijos en las ondas de calor que emanan del desierto en la distancia.
—No importa —contesta Alan—. No me interesa lo que la gente de mi equipo haya hecho en el pasado. Joder, yo también tengo uno. Todos tenemos un pasado. Venga, encuentra a alguien que se dedique a esto y que no tenga un pasado. Si me lo dices, te pagaré. Denis lleva aquí toda su puta vida; cincuenta años. ¿Acaso crees que no está aquí porque huye de algo?
Me mira y me doy cuenta de que quiere contarme alguna cosa. Por un instante, pienso: «¿Qué hiciste tú, Alan?».
—Lo que quiero decir —prosigue— es que Clare es un quejica de mierda. Es un buen tipo, pero es un llorica. A mí no me importa eso, ni tampoco el pasado. No te olvides de que Clare y Greg son muy buenos amigos. Solo actúa como un capullo porque está celoso, pero no lo admite porque, bueno, porque es un capullo. Ser jornalero no ha sido fácil para él. Pero, vaya, podrías hablar con Greg y convencerlo para que se vaya a tomar unas cervezas con Clare una noche. Quizá eso lo apacigüe un poco. Dentro de poco, tendrá una semana libre. Eso también lo ayudará.
—Yo no obligo a Greg a pasar tiempo conmigo —contesto, con el rostro encendido. Me sorprende sentirme furiosa, no me lo esperaba.
—No he dicho eso. Es solo que, como vivimos todos juntos, quizá hacerlo sea lo más… sensato.
Resopla con fuerza. Ha dicho más de lo que le habría gustado.
Agarra los conejos por las orejas en silencio, por la ventana abierta de la camioneta. Los dos tienen un agujero limpio en la espalda. Los sostiene en alto y respira con la boca abierta mientras perlas de sangre espesa caen en el polvo naranja del camino.
—Pensaba llevárselos a Sid, para que cocinara un guiso o algo así. —Una mosca se coloca sobre una de las heridas de los conejos. Alan toma impulso y arroja los animales muertos lejos del camión trazando un gran arco—. Pero estoy seguro de que sabría a mierda —añade, y regresamos a la granja.
Me muero de ganas de volver al trabajo.
—¿Habéis cazado un tiburón? —pregunta Greg, y le sonrío. No tengo ganas de hablar. Clare me da la espalda.
Cuando hacemos una pausa para fumarnos un cigarrillo, Sid entra gruñendo y con la cara roja.
—Vale, ¿quién de vosotros ha sido, panda de putos retrasados? —pregunta de pie, delante de la mesa.
Observo a los hombres y trato de adivinar qué han hecho y quién ha sido. Clare tiene una sonrisa en el rostro debajo del bigote.
—¿Qué coño ha pasado ahora? —pregunta Alan, que acaba de llegar.
Sid aparta la mirada de la mesa.
—Ven a verlo por ti mismo —dice, y se dirige a la parte trasera, donde se encuentra la cocina.
Todos nos levantamos, lo seguimos y nos congregamos alrededor del barril de harina. Cuando Sid levanta la tapa, vemos la marca de un trasero encima.
—¡No tiene gracia, joder! —grita Sid, por encima de las risotadas de los demás. Greg se inclina hacia delante como si le doliera algo.
—Bueno, al menos sabemos quién no ha sido —añade Alan mientras se enjuga las lágrimas. Luego, señala hacia el extremo de la huella, donde se aprecia otra marca—. El culpable tiene huevos.
—Vamos a Boonderie la semana que viene —anuncia Alan a la hora de la cena—. Hará un calor de cojones allí arriba.
Nunca he estado tan al norte desde que me marché, pero los de Hedland no se mezclan con los de Boonderie. Aun así, tengo la boca seca y bebo una cerveza de un trago para humedecerla.
Sid hace pan con la harina llena de gorgojos y la huella del trasero, y lo coloca en medio de la mesa. Parece una piedra. Nadie lo toca, ni siquiera Stuart, ni con un tenedor.
Las luces están apagadas y Greg me clava sus grandes pulgares en las caderas. En la cabaña, el aire es seco y caliente. Esta noche no me encuentro muy bien; siento que los huesos me pesan demasiado. El calor se cuela por debajo del techo de metal durante el día y permanece en la cabaña por la noche, adormeciendo a las arañas. Deslizo los dedos por el pelo de Greg, para que sepa que le presto atención y recordar que debo concentrarme. Una rana croa en el exterior, así que puede que la lluvia pronto comience a golpear con fuerza el tejado. A veces, cuando llueve, lo cual no ocurre muy a menudo, parece que el agua arremete contras las arañas y las arroja sobre mi cama.
La rana se calla y una suave brisa nada hasta nuestro rincón; es como el viento que anuncia la llegada de la lluvia. Greg suspira. De pronto, recuerdo dónde estoy y lo agarro del cabello con más fuerza. Algo enorme y negro se abalanza por la entrada y se desliza por la pared del fondo hasta colocarse bajo la mesa de trabajo. Me incorporo en la cama y golpeo a Greg en la cara con la ingle al tiempo que le arranco un mechón de pelo sin querer.
—¿Qué coño haces? —pregunta, y se sujeta la cara con las dos manos.
—Hay algo ahí —contesto en un susurro, aunque está pegado a mí.
—¿Algo? ¿Qué quieres decir? —Examina la palma de su mano en busca de sangre y, luego, se pasa los dedos por la cabeza para palpar la zona donde le he arrancado el mechón—. Joder, lo que me faltaba.
—Debajo del banco. Hay algo grande.
Me mira y su expresión cambia.
—¿Grande? ¿Cómo de grande?
Busco el martillo que tengo debajo de la cama a tientas, pero no lo encuentro; está oscuro. Greg se levanta y sacude la cabeza para aclararse las ideas. Se acerca rápidamente hacia el interruptor y lo enciende. La parpadeante luz fluorescente solo proyecta sombras contra las paredes.
—Como un perro grande.
La luz se estabiliza, aunque todavía hay rincones y lugares oscuros en los que ocultarse. El banco está cubierto con un hule azul que cuelga y oculta la parte inferior. Greg agarra una tubería metálica que hay apoyada contra la pared. Me alegro al ver que lleva los calzoncillos puestos. «Esto sería mucho peor si estuviera desnudo», pienso. Le sangra la nariz, pero lo ignora y deja que la sangre le llegue hasta el labio mientras sostiene la tubería con ambas manos como si fuera un bate de críquet. Camina con cautela y lentamente hacia el banco, mirando de un lado a otro a su alrededor en busca de nuevas sombras. Tengo los pelos de la nuca como escarpias. Intento no pensar en Kelly ni imaginarme a Otto fuera, observándonos con una escopeta en las manos. Ni con su navaja barbera. Disparará a Greg y, luego, se tomará su tiempo para deshacerse de mí. Kelly dará palmadas delante de mis narices mientras contempla mi muerte. Me cortará la mano y se la dará a ella, como si fuera un trofeo. «Kelly está muerta», me digo a mí misma, pero eso no me tranquiliza.
Agarro la punta del hule con los dedos y miro a Greg, que levanta los brazos, listo para golpear a lo que sea que salga disparado de ahí abajo. Asiento, cuento hasta tres en silencio y levanto la tela. No hay nada debajo del banco. Greg deja caer los brazos y la tubería de metal cae al suelo con un gran estruendo.
—Joder, si no tenías ganas, bastaba con decírmelo.
Lo miro para ver si bromea, pero no estoy segura.
Más tarde, cuando está dormido a mi lado, me levanto de la cama con cuidado para no despertarlo, me pongo una camiseta y unos pantalones, y salgo de la cabaña. Fuera hace fresco y me concentro en mi respiración; tomo aire frío y exhalo el caliente. El cielo está cubierto de estrellas. Me siento en la valla y escucho las cigarras, los pájaros nocturnos, los bandicuts, las ratas y todos los bichos vivientes que están ahí, respirando conmigo. No muy lejos, las ovejas forman un núcleo denso y silencioso. Siento la necesidad de estar sola, de no tener que dar explicaciones a nadie, la seguridad de ser una desconocida y estar lejos. Noto un ligero movimiento detrás de mí y me vuelvo justo a tiempo de ver una sombra en la entrada de la cabaña. Es Greg; reconozco su silueta. No quiere que me dé cuenta de que está ahí, y yo tampoco quiero admitir que estoy sola, fuera, y que me ha visto, así que, cuando vuelvo a la cama al cabo de una hora, finge estar dormido y yo también lo finjo, hasta que ambos nos dormimos de verdad. Por la mañana, examina con detenimiento mi cara y dice:
—Por Dios, parece que alguien te haya dado una paliza.
Capítulo 5
La comisaría olía a sopa de tomate. Detrás de la mesa de recepción había una policía con una coleta y un rostro resplandeciente.
—Buenos días. ¿En qué puedo ayudarla, señora? —dijo, y se puso un poco roja.
Había aparcado frente a la comisaría, pensando que tendría tiempo de reflexionar sobre lo que quería decir, pero, cuando puse el freno de mano, unas caras aparecieron en las ventanas del edificio. Traté de ignorarlas, de moverme como si no supiera que me observaban, pero había olvidado cómo hacerlo. Sentí que tenía los brazos extremadamente largos y, al cruzar la carretera desierta, noté que mi trasero se movía más de lo habitual y que me controlaba las piernas. Subí las escaleras de entrada con ese estúpido balanceo.
Pensé en las pruebas que tenía. Me propuse hablar con calma y claridad. Repasé todo lo que había ocurrido el día anterior en mi cabeza, en busca de cosas sobre las que informar cuando me preguntasen: «¿Ha notado algo fuera de lo normal?».
Estaba previsto que nevara al anochecer, pero mis ovejas permanecieron ajenas a las noticias, pegadas unas contra las otras y observándome mientras avanzaba entre ellas y les rociaba las patas con spray para evitar la podredumbre del pie. Para cuando terminé, hacia las tres y media, Perro ya estaba rebozado en mierda de oca y el viento soplaba con más fuerza y hacía que gotitas de agua me salpicaran en la cara. Descendí por la colina hacia el viento procedente del mar, en dirección al sur. Hacía frío y unas pocas hojas muertas colgaban de las hayas. Perro trotaba delante de mí en dirección al perímetro del bosque, negro incluso en la oscuridad mate de los árboles, con las orejas enhiestas; la masa negra se lo tragó y una bandada de mirlos alzó el vuelo de forma repentina y pio con fuerza antes de volver a instalarse en otros árboles, donde se atusaron las plumas y sacudieron la cabeza. Probablemente se tratara de una liebre que había salido pronto. Perro no tenía la menor oportunidad de cazarla. Volvería en diez minutos, con la lengua rosada, la barriga cubierta de barro y agotado.
Eché un vistazo a mi alrededor en busca de huellas extrañas, rastros o cabellos que se hubieran quedado enganchados en la valla, pero solo encontré una colección de plumadas de ratoneros. Metí las manos en los bolsillos y sentí su valor, como si fueran animales compactos, con los huesos de las patas doblados en sus cuerpecillos grises y emplumados. A medida que avanzaba, desintegré las plumadas con los dedos.
Me había detenido junto a los escalones que conducían al camino, bajo la protección de los espinos blancos que separaban el prado superior del de abajo y que se extendía a lo largo del sendero de la costa. Desde allí se divisaban los bosques del prado más alejado, abajo, y también mi casa de dos plantas, achaparrada contra la pendiente del acantilado. Me fumé un cigarrillo. Abajo, en el prado más alejado, una de las ovejas pastaba en la zona donde la hierba todavía estaba oscurecida por la sangre de su compañera muerta. No les importaba un comino.
En el suelo, al pie de los escalones, había un puñado de colillas esparcidas. No eran de la marca que yo fumaba; estos no tenían filtro y las puntas estaban mordisqueadas, aplanadas y cubiertas de mantillo. Conté siete.
—Malditos niñatos —le dije a Perro.
Terminé de fumarme el cigarrillo y lo apagué en el suelo, allí donde otro fumador había dejado una marca negra con el suyo. Recogí las colillas y las guardé en el extremo de mi caja de cerillas. Nos dirigimos hacia la playa por el camino mientras el sol se ponía tras las nubes.
Se oyó un rumor que podría haber sido un trueno. Perro se agachó, ser irguió de nuevo y me miró.
—No es culpa mía —le dije.
Lo aceptó y siguió explorando la hierba baja como si buscara fósiles. Casi siempre lograba desenterrar algo que se había arrastrado hasta allí para morir. No había manera de saber durante cuánto tiempo había sobrevivido mi oveja, hasta dónde se había arrastrado antes de morir o lo que había visto.
Recorrimos la pequeña bahía rápidamente y vacié mis bolsillos, llenos de polvo de huesos y pelo. A la luz del crepúsculo, ascendimos la colina, de vuelta a casa, con el viento soplando a nuestra espalda.
Los cuervos estaban apostados en los árboles como capullos a la espera de florecer. De repente, me rugió el estómago y recordé el pollo que había comprado el fin de semana. Debía guisarlo, pero eso llevaría tiempo. Lo más probable era que lo aplastara con el dorso de la mano, lo metiera en el horno y me lo comiera con un poco de pan en cuanto estuviera cocinado.
Rodeé el sendero y me detuve de golpe. Frente a la caseta, había un hombre con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta y la mirada fija en el frente. Llevaba un pañuelo de seda en el cuello que le ocultaba la parte inferior de la cara y vestía un traje. Tenía el pelo aplastado contra el cráneo y una bolsa de polietileno colgando de la muñeca. Seguí andando como si no lo hubiera visto, pero apreté los puños hasta que me crujieron los nudillos. Lo olía, como si fuera una verdura podrida. Caminamos rápidamente hasta llegar a casa. Ya no pensaba en cocinar el pollo. Perro emitió un gruñido grave sin separarse de mí.
—Malditos niñatos —repetí para mí, solo por decir algo.
Intenté no echar a correr. Me metí en casa, cargué la escopeta, miré el teléfono y eché el cerrojo.
—Me gustaría informar de un delito. Un hombre se metió en mi propiedad —dije, y la policía comenzó a teclear afanosamente algo. Levantó la mirada.
—¿Me puede decir su nombre, por favor? —Me miró de arriba abajo, pero creo que no esperaba que lo advirtiera—. Y… mmm… ¿qué edad tiene?
Un policía salió por la puerta de un despacho que había detrás de la recepción. Tenía las sienes plateadas y llevaba un jersey que parecía cómodo encima del reglamentario.
—Ya me encargo yo, Gracie —dijo con cierta arrogancia. La mujer frunció el ceño levemente.
—Sí, sargento —contestó, y tecleó algo más rápidamente.
—Por aquí, por favor —me indicó el sargento mientras abría la puertecilla de metacrilato en la que ponía no entrar.
La mujer policía nos observó por el rabillo del ojo. Sentí que mi trasero volvía a ejercer control sobre mis piernas.
—Qué frío que hace, ¿no?
Asentí.
—Por eso tengo que ponerme dos jerséis —añadió con una sonrisa, y tiró del cuello de la prenda—. Este mes ha habido bastante trajín —continuó mientras me guiaba por el pasillo—. Entre la Navidad y Nochevieja, y justo antes del festival de la cerveza… Han llegado montones de autobuses repletos de visitantes del país.
Mientras cruzábamos el pasillo, unas caras nos observaban desde todas las puertas abiertas. La gente se reclinaba en la silla para mirarme.
—Oh —dije.
Abrió la puerta de su despacho y, con una risita y el ceño fruncido, me indicó que me sentara mientras él hacía lo mismo.
—Es un problema de logística, nada más.
Me fijé en que, desde su ventana, se veía el bosque de Hurst y en las espinosas antenas que marcaban la cárcel, oculta en las profundidades del bosque.
—Como los organizadores del festival no dan mapas con indicaciones sobre cómo llegar, tengo que enviar a mi equipo para que ayude a los visitantes… Para indicar a los autobuses dónde pueden aparcar, responder sus dudas… En fin, básicamente para que se ocupen de todo.
—Ya veo —comenté.
—En mi opinión, la culpa es de los patrocinadores. Si no tienen medios para pagar la organización y el personal necesario, mejor no montar un festival.
El sargento dejó caer la mano en la mesa con firmeza y yo me removí en la silla. Se hizo un silencio.
—Quiero poner una denuncia. Alguien se ha metido en mi propiedad.
Cambió de expresión al oírme.
—No oímos ese acento muy a menudo por esta zona— dijo—. No lo había notado antes, pero sí que lo tiene, ¿verdad?
Sonreí ampliamente, le mostré los dientes y, luego, tomé aire para continuar, pero el hombre me interrumpió.
—Mi yerno es australiano —dijo, y asintió con la cabeza—. Mi hija y él se conocieron en una conferencia en Singapur. Qué cosas, ¿verdad? En la empresa de recursos humanos en la que trabaja mi hija.
Traté de calcular cuánto tiempo debía permanecer callada para resultar educada antes de volver a cambiar de tema.
—Ahora viven en Adelaida y, claro, mi esposa siempre me está diciendo que tendríamos que ir a visitarlos, pero, en mi opinión, ellos también podrían acercarse, ¿no? Es que a mí las arañas me dan miedo. ¿Sabe cuántas clases de arañas hay en Australia?
—Yo…
—Creo que unas tres mil. ¿Sabe cuántas personas sufren picaduras de arañas al año? Unas cuatro mil personas. —El policía se reclinó en su silla y me miró—. Calcule.
—Mire —dije, y sonreí, mostrándole de nuevo los dientes—. Es que vivo sola, ¿sabe? Y…
—Ah. Sí, es un lugar solitario, demasiado como para vivir solo —me interrumpió—. Una joven como usted debería estar con alguien. Eso le levanta la moral a cualquiera.
—Ese no es el problema —respondí, tratando de no ponerme demasiado tensa—. Es que alguien está matando a mis ovejas y, ahora, hay un tipo que se pasea por mi propiedad.
—¿Es ganadera? ¿Cría ovejas? Bueno, pero no se lo calle. Ese es un trabajo duro, sin duda.
—Sí, mire, ¿podríamos…?
De repente sentí que tenía fiebre y el rostro del sargento adquirió una expresión completamente diferente.
—Claro —contestó—. Vamos a hacer el informe, así se sentirá mejor y podrá volver con sus animales. Será rápido.
—Genial. Gracias.
Sacó un bolígrafo y una hoja de un cajón de la mesa.
—Los ordenadores nunca han sido lo mío. Le daré las notas a Gracie y ella las pasará a limpio en el ordenador. Bueno, ¿cómo se llama, cielo?
—¿Cómo dice?
De repente, sentí que no corría el aire en el despacho.
—¿Eh? —Se oyó una tos en la puerta de al lado. Probablemente no se perdían palabra alguna de nuestra conversación. El sargento me miró ligeramente sorprendido con una pequeña sonrisa—. Solo necesito que me diga su nombre.
Me mordí la lengua.
—Jake Whyte.
—¿Dirección?
—Coastguard Cottage, Millford.
Levantó la mirada, como sabía que iba a hacer.
—Ah, eso lo explica todo, ¿no? Vive en la antigua casa de Don Murphy.
—Sí. Se la compré.
—No se la ve por el pueblo. Todos nos preguntábamos cuándo daría señales de vida.
Sonreí. Más dientes.
—Tendría que pasarse por el pub, hacer amigos. Así no se sentiría sola.
—No me siento sola.
—Bueno, si usted lo dice…
—Han matado a dos de mis ovejas.
—¿Cree que ha podido ser un perro salvaje?
—No. Las han destripado y destrozado.
—Bueno, le sorprendería saber lo que un perro es capaz de hacer. Una vez vi un perro de caza que iba detrás de un zorro. El bicho le abrió las costillas solo con la fuerza del hocico, sin necesidad de morderlo. El animal no duró mucho después de eso. De hecho, le digo más: escupió parte de sus entrañas. No fue nada bonito.
—Hay un grupo de chavales que merodea cerca de mi casa.
—Esta isla no es ideal para los críos, eso es cierto. Bueno, hasta una cierta edad. Se aburren. El festival de cerveza artesana es lo más excitante que tienen, y eso que se supone que no pueden entrar. —Me señaló con el bolígrafo—. Mire, le diré lo que vamos a hacer. Hablaré con ellos y les diré que la dejen en paz.
—¿Cómo sabe quiénes son?
El sargento se dio un golpecito en el lateral de la nariz.
—Me hago una idea de quiénes son los chicos problemáticos de la zona. ¿Dónde los vio?
—En Military Road.
—¿Military Road? ¿No me ha dicho que se metieron en su propiedad?
—No, eso fue otra persona. Lo vi en el sendero que lleva a la playa.
—Bueno, pero eso sigue sin estar en sus tierras.
Sentí el impulso de arrojar su té al suelo, pero me agarré a los brazos de la silla y dije, hablando lenta y claramente:
—Estaba oscuro. No debía estar allí.




