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El sargento entrecerró los ojos.
—¿Y qué hacía usted allí?
—Estaba paseando, ¡pero yo vivo allí! Mire…
El sargento se reclinó hacia atrás de nuevo.
—Señorita Whyte, lo cierto es que nadie ha hecho nada.
—Mis ovejas.
—Las ovejas se mueren constantemente. Es como si se lo buscaran. Eso dice mi tío, y él sabe de lo que habla. Tiene una granja de cuarenta hectáreas en Gales, donde cría corderos escoceses de cabeza negra. Nunca ha probado carne tan buena.
—No me parece que se lo esté tomando en serio —comenté. Tuve la sensación de que nunca había dicho nada con tan poca firmeza.
El rostro del sargento se apagó y su voz se volvió más suave.
—Sí me lo estoy tomando en serio, señorita Whyte. Me tomo su salud y su felicidad muy en serio. Que una mujer de su edad, con todas esas responsabilidades, viva sola no está bien. Debería bajar más al pueblo, hacer amigos. Es una lástima que el festival ya se haya celebrado, porque, aunque me quejo mucho, puede ser muy divertido.
Cerró la libreta y me ofreció una amplia sonrisa.
Parpadeé y cerré la boca. Me levanté e intenté no tropezar mientras recorría el pasillo para salir de allí. El sargento caminaba de prisa a mi espalda.
—Si está preocupada, puede llamarnos. Si ve al tipo de nuevo y está realmente en su propiedad, avíseme.
La policía de la recepción se volvió y me observó buscar a tientas el pestillo de la puertecilla de metacrilato. El sargento lo abrió. Trató de guiarme tocándome el codo ligeramente, pero yo me aparté con brusquedad.
—Cuidado —dijo, como si hubiera trastabillado.
Bajé los peldaños de la comisaría a trompicones y la fina lluvia me escupió sobre el rostro ardiente.
—Mire, se me ocurre algo —dijo mientras subía a la camioneta—. Quizá podría traer un poco de carne, unas chuletas o una paletilla, para el sorteo que se hace en el Blacksmith’s todos los miércoles. ¡Seguro que con eso hará amigos!
Apenas me di cuenta cuando se despidió de mí con la mano y me marché sin decir adiós.
Todavía era temprano, pero se divisaba una luz en el salón de té y el coche de la dueña estaba aparcado delante. Llamé a la puerta con fuerza y eché un vistazo al interior con las manos alrededor de los ojos para ver quién había dentro. La mujer que la regentaba, que no era mala persona, me vio y dijo: «Está cerrado». Pero yo me quedé ahí, mirándola. Me observó durante unos segundos y, finalmente, pareció darse por vencida. Se acercó a la puerta sacudiendo la cabeza y me aparté para que la abriese.
—Está cerrado, no abrimos hasta las once. El autobús ni siquiera circula todavía.
El autobús era un vehículo amarillo y pequeño que traía a los turistas desde las cuevas de los contrabandistas hasta el salón de té, cuya dueña se refería a él como «un lugar pintoresco». Tenía vistas al mar gris, por lo que no se veía el resto del país desde allí. Si uno lo visitaba en verano o en el momento equivocado del día, estaba lleno de familias y de críos chillando, correteando y peleándose. Cuando iba, siempre trataba de ser la primera en llegar, para asegurarme de que todo estuviera tranquilo, las mesas limpias y el aire todavía puro y libre de las exhalaciones de padres aburridos y pedos de niños.
No me moví ni dije nada; simplemente me quedé allí, de pie. Lo necesitaba. Al final, la mujer suspiró y abrió la puerta para dejarme pasar.
—No puedo seguir haciendo esto, ¿sabes? —dijo, y me limpié las botas en el felpudo antes de entrar—. Ni siquiera he montado el mostrador. Acabo de pasar la fregona. Jacob ni siquiera ha traído las pastas, así que tendrás que pasar con las de ayer. —No esperó a que contestara y señaló una mesa bajo la ventana, donde me senté—. Ni siquiera he preparado las mesas todavía, así que tendrás que esperar.
No le dije que no se molestara en hacerlo, porque sí quería sentarme en una mesa con un mantel de papel blanco y una servilleta cursi bajo el plato y la cafetera. Quería toda la cubertería que la señora siempre colocaba, como si alguien pudiera comerse un panecillo con nata y mermelada con cuchara, cuchillo y tenedor. Tres cucharillas diferentes: una para el café, otra para la nata y una última para la mermelada. Pinzas para los terrones de azúcar. Una taza blanca para el café, previamente calentada con agua caliente para mantenerla a la temperatura adecuada. Quería todo eso y las vistas al mar gris; eso era todo.
La mujer era amable incluso cuando estaba enfadada. Limpió las huellas que había dejado de camino a la cocina, salió y dispuso la mesa, y yo me aparté para que colocara las cosas. Desapareció y, cuando volvió, llevaba un delantal blanco con encaje atado a la cintura y puede que se hubiera aplicado un poco de pintalabios. Pero no me preguntó qué quería, porque ya lo sabía. Cuando llegué por primera vez a la isla, me había puesto en evidencia al pedirle un panecillo con nata de Devon.
«Me temo que solo puedo ofrecerte nata de la isla», me dijo.
El panecillo estaba un poco duro, aunque lo había calentado para ablandarlo. No importaba. Unté la nata y la mermelada, y dirigí la vista al mar mientras me lo llevaba a la boca. No me gustaba la nata, pero podía tolerarla con un poco de café fuerte. Me calenté las manos con la taza y miré la silla vacía que había frente a mí como si fuera a decirme algo. No lo hizo.
Cuando nos acercamos a la puerta, Perro levantó las orejas y tensó los hombros. Me pasé la lengua por los labios y pensé en la escopeta que había en el piso de arriba, apoyada en el armario. Intenté abrir la puerta en silencio, pero Perro salió disparado. Sus pezuñas repiqueteaban por el suelo de piedra de la cocina y por las escaleras que llevaban al primer piso. Creía que había dejado un grueso bastón al lado de la entrada, pero ya no estaba allí. Algo apestaba, como si le hubieran arrancado las entrañas a un animal. No veía a Perro, que ladraba y gruñía sin cesar. Saqué una sartén de un armario y me dirigí arriba tras él, levantándola en alto para descargarla con más fuerza.
Se oyó un fuerte golpe en el rellano junto a mi dormitorio. La barandilla tembló mientras ascendía por las escaleras corriendo. En el rellano, Perro bailaba alrededor de una enorme paloma que tenía el ala doblada en un ángulo raro y un reguero de sangre en la parte posterior.
—¡Perro! —grité, y me miró.
Ya no estaba furioso, aunque todavía agitaba la cola y tenía una pluma colgando del labio. Dejé caer los brazos, suspiré profundamente y me apoyé en la barandilla un instante. Perro aún tenía la lengua fuera y tuve que contenerlo, agarrándolo por la piel de la parte trasera del cuello para evitar que volviera a atacar al ave.
—Basta. Vale, paloma. Vale.
Me miró. Noté que el corazón le subía y bajaba en el pecho. Solo tenía que acercarme y levantarlo. Me dejó hacerlo, y evité con cuidado el ala rota. El corazón le zumbaba, pero seguía en mis manos. Perro gimoteó.
—No —espeté. Se sentó y volvió a levantarse.
La paloma agitó una de sus patas. Tenía una anilla alrededor. Sostuve el ave contra el pecho y le quité la anilla con una mano. Solo había un número de teléfono, lo cual era algo bueno; no tendría que tomar la decisión de retorcerle el pescuezo.
—Vamos a llamar por teléfono —le dije a Perro.
Los tres nos dirigimos hacia el aparato y marqué el número.
El hombre que descolgó no dijo hola.
—Esler.
—He encontrado una paloma que tenía este teléfono en la pata.
Guardó silencio.
—Se ha roto el ala.
—¿Está muerta? —preguntó.
—No, solo herida. El ala.
El hombre suspiró.
—Métala en una caja de zapatos, manténgala caliente y dele agua. Si sobrevive esta noche, ya le dirá ella cuándo estará lo bastante bien como para regresar a casa.
Colgó.
—Capullo —solté, mirando a la paloma.
Todos los zapatos que compraba venían en bolsas de plástico. Eché otro vistazo al ave. Vi que tenía un párpado cerrado y el cuello caído hacia atrás. Mientras hablaba con el hombre por teléfono, había apretado con demasiado fuerza y ahora estaba muerta.
Llevé a la paloma hacia la orilla, envuelta en papel de periódico como si fuera pescado frito. Perro saltaba a mi alrededor con un brillo en los ojos que decía que tenía ganas de matar y traté de mantener un ambiente relajado, no como si intentara deshacerme de un ave domesticada que había matado por accidente. No era una playa bonita para un entierro en el mar. Una capa de algas marinas infestada de piojos de mar cubría las rocas. A nuestro alrededor, se erigían rocas negras, de modo que, si alguien olvidaba el camino de vuelta, corría el riesgo de sentirse atrapado. Era incomprensible que las familias inglesas llevaran allí a sus hijos. Justo después de mudarme, me topé con una pareja joven cubierta de barro hasta los muslos que caminaba por el camino de espinos blancos, perdidos en la oscuridad y con un bebé cada uno. La mujer tenía la cara cubierta de lágrimas y el hombre estaba aliviado de que los llevara en coche de regreso a su bed and breakfast.
«No es un buen lugar para perderse», les dije durante el trayecto de vuelta. «Estabais a pocos kilómetros de un acantilado bastante escarpado». Lo cual era una verdad a medias.
Durante el primer verano en la isla, me preparaba la cena en la playa, bebía cerveza envuelta en una manta, escuchaba cómo las olas rompían en la arena y observaba las luces de los barcos que regresaban a Inglaterra mientras mis ojos se acostumbraban al mar negro y la luna se tambaleaba en el horizonte. Había decidido hacer lo mismo el verano siguiente, pero cada vez llovía más y, a veces, la playa olía de un modo extraño cuando llegaba el crepúsculo, como a goma quemada y forraje.
Perro se comió un cangrejo muerto. Oí crujir su caparazón al hacerse añicos. Comenzó a lloviznar y el agua lo cubrió de una película plateada. Terminó de comérselo, vio algo en las hierbas secas de la orilla y levantó las orejas. Ascendió por la pendiente, con las patas dobladas, y desapareció tras una duna, impulsándose con las patas posteriores. Mientras estaba distraído, di unos cuantos pasos en dirección al agua con las botas de goma puestas para evitar que persiguiera y destrozara el cuerpo sin vida de la paloma cuando la arrojase al agua. Resultó que estaban agujereadas. El agua helada me entraba por la suela, me rozaba los tobillos y me subía por los calcetines. Saqué la paloma del envoltorio y dejé que flotara en el mar. Intentó regresar un par de veces, pero, finalmente, tras varios intentos, se alejó más allá de las pequeñas olas que rompían en el mar, con el pecho blanco y seco, y el ala rota y torcida hacia arriba, alejándose hacia el horizonte. Luego se hundió, como si el mar la hubiera engullido. Tarareé la melodía de Titanic.
Capítulo 6
En las afueras de Kambalda, hay una taberna para los esquiladores que no es mucho más que un cobertizo de uralita con una barra y mesas hechas con literas de tren. Sirven whisky en tazas y todo lo demás viene enlatado. Los clientes deben llevar su propia nevera portátil, así que, mentalmente, tomo nota de comprar una la próxima vez que pasemos cerca de una tienda, cosa que quizá no suceda hasta dentro de unas semanas. Estoy en la barra y sostengo una taza de whisky en las manos. Llevo aquí demasiado tiempo, porque, de repente, me siento fuera de mí misma y no sé cómo he acabado en este bar en mitad del desierto. Un olor a barbacoa entra por la pared abierta de la cabaña desde el exterior y estoy rodeada de hombres. No hay ninguna mujer en varios kilómetros a la redonda y no sé por qué eso me causa un extraño alivio ni cuánto tiempo tardarán en encontrarme y obligarme a escapar de nuevo. Uno de los chicos más jóvenes, Connor, se acerca a mí arrastrando los pies.
—¿Estás bien? —pregunta.
Asiento.
Se mira la suciedad que tiene bajo las uñas y decide que están bien así. Entonces empieza a liarse un cigarrillo.
—Para ser una chica, te has adaptado bien.
Levanto la mirada y señala el tabaco con una ceja arqueada.
—Ajá —contesto, y saca otro papel de liar para prepararme uno a mí.
Tengo un amigo.
—¿Dónde vivías antes? —pregunta, y un escalofrío me recorre el cuerpo.
—Trabajaba con mi tío en una finca, al norte.
Me odio por decir eso, no porque sea una mentira, sino porque es poco creíble y porque debería haber estado preparada para contestar otra cosa.
—¿Tu tío tiene una finca ganadera en el norte? ¿Dónde?
Contesto sin pensar; de lo contrario, sabrá que es mentira.
—Marble Bar.
—¿Marble Bar? Lo conozco. Quizá he trabajado con él, ¿cómo se llama?
En ese momento, noto que la frente y el labio superior se me cubren de sudor. Me esfuerzo por controlar el color rojo que me tiñe la cara.
—Está muerto —respondo—. Murió, fue horrible.
Connor hace una mueca.
—Joder, lo siento —dice con una expresión incómoda, pero abre la boca y sé que quiere preguntarme cómo se llamaba mi tío, así que lo interrumpo y suelto lo primero que se me ocurre.
—Murió aplastado por su rebaño. —Por su expresión, sé que quiere preguntarme algo de nuevo y vuelvo a interrumpirlo—. Las ovejas se asustaron durante una tormenta y se volvieron locas.
Estoy segura de que Connor jamás ha oído hablar de nadie que haya muerto pisoteado por unas ovejas enloquecidas. Durante unos instantes, pone cara de no saber si estoy burlándome de él, así que, para evitar cualquier comentario, añado:
—Le arrancaron la cabeza.
Abre mucho los ojos, y ya no importa si me cree o no, porque ha dejado de hacerme preguntas. Quizá piensa que estoy chiflada, y no me importa. Levanta su bebida y dice:
—Joder, Dios… Supongo que eso le puede pasar a cualquiera de los que trabajamos en estos sitios. Las ovejas son unas cabronas de lo más inestables. No son leales, no como los perros. —Me entrega el cigarrillo liado. Primero, enciende el mío y, luego, el suyo. Entrechoca su lata con mi taza con delicadeza para brindar—. Por el tío…
Hace una pausa para que pronuncie su nombre.
—John —digo el nombre de mi padre, un nombre que siempre me pareció demasiado elegante y europeo para él.
—Por el tío John.
Apuramos nuestras bebidas y regresamos a la mesa.
Clare está tomándole el pelo a Bean. Le pone motes estúpidos que no significan nada pero que hacen que sus pálidas mejillas enrojezcan, como si su verdadero nombre no fuera lo bastante horrible ya de por sí. Lo llama «Pelotas de hielo», «Teta pasada», «Coño llorón». No para de darle la lata, pero resulta bastante divertido.
—Vamos, Dolor de pelotas —dice Clare—, enséñanos dónde escondes la polla. —Clare toma un taburete frente a mí y le indica que se siente—. Vamos a ver si eres capaz de ganar a la marimacho esta.
La mayoría de los hombres se ríen, pero no todos. Bean y yo intercambiamos una breve mirada en silencio. Me gustaría que esto no ocurriera y, cuando Bean se sienta delante de mí con una determinación etílica en los ojos, se me ocurre de repente que, si lo dejo ganar, quizá no se metan tanto con él. Pero no voy a hacerlo; lo sé en cuanto coloco el codo sobre la mesa. Bean tendrá que arreglárselas solo; puede que sea pequeñito y torpe, pero yo soy una mujer en una finca ovina. Nos agarramos las manos, colocamos los codos para algarabía del personal y, entonces, empiezan las apuestas. Cruzo la mirada con Greg, que me sonríe, sosteniendo un billete de veinte dólares. Veo que el bíceps blanco de Bean se hincha como una patata nueva y todo el mundo empieza a gritar la cuenta atrás. El chaval enrojece y adquiere una expresión iracunda, los labios se le despegan de los dientes. No va a ser pan comido. Tiene algo de fuerza, pero, principalmente, es la fuerza que confiere el miedo, como cuando a veces se oye que un crío ha levantado un camión de encima de sus padres. Nuestros puños se bambolean en el centro, pero, enseguida, Bean agota toda la confianza que tenía en sí mismo. Veo su cara cubierta de sudor; está cansado y tiene ganas de tirar la toalla. Empiezo a empujarle el brazo hacia abajo y en su rostro se refleja una enorme decepción. Creía que, en esta ocasión, los hombres lo alzarían en hombros y que su personaje de película se volvería más fuerte de lo que parecía, pero, cuando estoy a punto de ganarlo, ya no tiene manera de recuperar la desventaja. Le empujo el brazo contra la mesa y todo el mundo silba y grita. Bean deja caer la cabeza sobre su brazo agotado.
Más tarde, cuando ya estoy borracha y Bean ha quedado relegado al final de la mesa, donde Denis le pregunta cosas de vez en cuando y no escucha la respuesta, Greg se sienta frente a mí y me ofrece su enorme brazo. Me echo a reír y él también rompe a carcajadas. Levanto el brazo a modo de respuesta, como si estuviéramos a punto de pelearnos, pero solo nos damos la mano.
—Eres una mujer fuerte —dice.
Por la mañana, despierto rodeada por los brazos de oso de Greg. Contengo el aliento y cuento hasta cincuenta. «Vale», me digo, «vale», y echo un vistazo a todo mi cuerpo, de los pies a la cabeza. Siento calidez y no me duele nada excepto el cuello, algo tenso porque estaba descansando sobre su brazo. Su olor es una mezcla de lanolina y whisky que ha exudado durante la noche.
Amanece. No tardará en sonar el gong que anuncia el comienzo de la jornada en la granja. Tengo resaca y, mientras el alcohol se desliza todavía por mis tripas, intento levantarme lentamente de la cama. Estoy sentada y a punto de conseguirlo cuando Greg se incorpora, ruge como un león, me agarra por la cintura y me obliga a tumbarme de nuevo en la cama mientras me aprieta con fuerza y gruñe contra mi cuello. Tardo unos segundos en darme cuenta de que es una broma y me río.
Al igual que las otras veces que ha ocurrido, el resto del día nos miramos de vez en cuando, medio a escondidas, y me preocupo, me siento bien, me pongo enferma y tropiezo. Es sencillo de una manera que no creía posible. Cuando hacemos una pausa para fumar, se sienta frente a mí en el banco y me roza la rodilla por debajo de la mesa. Entonces, levanto la mirada y me guiña el ojo. Ha llegado a un punto en que, cuando me toca, no pienso en apartarle la mano e incluso me sorprendo a mí misma porque, cuando paso por su lado y se está lavando las manos en el cubo de agua, inclinado, le doy una palmadita en el trasero sin poder contenerme. Se pone en pie de un salto y me ofrece una sonrisa que fragmenta su cara. Me gusta su cara; es ancha y tiende a tener una sonrisa dibujada en ella.
Clare no aparece durante la hora de la cena. Lo veo en la cabina telefónica que hay detrás de la cabaña. Asiente y me mira de un modo que no me gusta. Se da la vuelta y da por finalizada la llamada. Doy un largo trago a mi bebida y me siento mejor. Solo es paranoia, y quizá no debería beber tanto.
—¿Con quién hablabas? —le pregunta Greg cuando vuelve a la mesa.
No suele llamar por teléfono, ninguno de nosotros lo hace, con excepción del pobre Bean, que echa de menos a su novia de dieciséis años, que vive en Rockhampton.
Clare está animado.
—Con Ben, que quería decirnos lo gilipollas que es. Parece que le gusta la universidad. La próxima vez que lo veamos será rico y tendrá aire acondicionado.
—¡Ja, ja! —se ríe Greg.
—Capullo —dice Connor.
Clare me mira y sonríe. Me remuevo en el asiento, inquieta.
Bean se sienta lejos del resto. Greg pasa por delante de él y deja una lata de cerveza frente a él sin decir nada. Al chico se le ilumina el rostro y parece incluso feliz mientras mastica un trozo de carne y bebe cerveza.
Más tarde, Clare está de peor humor porque ha bebido y hasta Denis se lo pasa bien chinchándole.
—Estás echando un poco de barriga —dice, y le apunta al estómago con un dedo huesudo—. ¿Eso no te resulta un inconveniente en el dormitorio?
—Que te jodan, viejo imbécil —contesta Clare, pero Denis suelta una risita y le brillan los ojos. Es demasiado mayor como para meterse con él y, por eso, Clare se vuelve hacia mí y añade—: Qué cosas, los marineros no quieren mujeres en los barcos porque dicen que traen mala suerte. Que si llevan a una mujer vestida a bordo atraen la furia de los mares.
Me pongo rígida y miro directamente a Clare, pero él me evita. Sé que parece que estoy a punto de pelearme con él y noto que el corazón me late a un ritmo frenético.
Se toma el resto de su bebida de un trago.
—No está bien, ¡no está bien! —grita—. En tiempos de mi padre, no lo habrían tolerado.
—No sé —contesta Greg—. Tu padre te puso nombre de chica. Quizá era un tipo más progresista de lo que piensas.
Todo el mundo se ríe un poco.
Clare está rojo como un tomate y Greg sonríe mientras da un sorbo a su bebida. De pronto, Clare se levanta y se tambalea sobre el banco.
—Sois todos unos putos maricas —suelta antes de adentrarse en la noche.
Greg respira como un buque cisterna a mi lado y redacto un contrato mental con mi padre. Esto no puede durar mucho. Seguiré moviéndome y, a cambio de eso, él pasará a formar parte de mis nuevos recuerdos, al menos durante un tiempo. Ahora mismo, solo existe de la misma manera que el dinero que tengo en mi cuenta bancaria. Puedo mantenerlo cerca porque aquí todavía no hay nada que me conecte con ese momento, con esas personas, a excepción de las marcas que tengo en la espalda, que ya han cicatrizado lo bastante como para hacer creer que son hijas de un pasado que ya no volverá.
Por la mañana, Greg me recorre las cicatrices con los dedos.
—Son impresionantes —dice con verdadera admiración en la voz—. ¿Cómo te las hiciste?
Me vuelvo hacia él, lo miro y siento esa cuenta atrás, que podría salir de cualquier manera.
—Una mala relación.
Greg se incorpora en la cama y me coloca la mano en la nuca, como si tuviera que consolarme por algo. Por el momento, me permito creer que soy una especie de víctima. Me levanta el pelo y siento que las está mirando. Me besa la primera vértebra de la columna y dice:
—Lo mataré.
Ahí está, la mentira, y se vuelve verdadera; otro contrato firmado y sellado.
Se oye un chillido que luego se convierte en un grito. Greg se levanta disparado de la cama en calzoncillos y corre hacia el ruido. Para cuando alcanzo la cabaña, todos están rodeando la esmeriladora. Hay una mancha de sangre en la pared y Bean está en el suelo, llorando y sosteniendo lo que queda de su mano. Greg trata de que la mantenga por encima del corazón, pero el chico no tiene la cabeza para nada, no deja de mirar el muñón.
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