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Proponemos denominar conversión el paso de la negatividad a la positividad; el término está más próximo de la acepción religiosa corriente que de la que le atribuye Semiótica 1. La conversión constata las consecuencias de la conmutación de la dirección cuando, por ejemplo, la lentitud, no aceptando ser considerada como una rapidez insuficiente, invierte la perspectiva y se burla de la rapidez, acusándola de precipitación, incapaz de ofrecer al “alma” esa felicidad superior de la que habla Rousseau en el “Quinto Paseo” de los Ensueños de un paseante solitario, en términos muy semejantes a los de Valéry.
Esa intrincación concordante de los datos valenciales, de la concesión, del recurso cruzado al mejoramiento y a la peyoración, en fin, de la “mira” omnipresente de la superlatividad, se deja leer en este bello análisis de G. Bachelard:
Entonces, todo es positivo. Lo lento no es lo rápido refrenado; lo lento imaginario también quiere su exceso. Lo lento es imaginado en una exageración de la lentitud, y el ser imaginante goza no de la lentitud sino de la exageración de la lentificación. Observen cómo brillan sus ojos, lean en su rostro la alegría fulgurante de imaginar la lentitud, la alegría de ralentizar el tiempo, de imponer al tiempo un porvenir de dulzura, de silencio, de quietud. Lo lento recibe así, a su manera, el signo de lo demasiado, el sello mismo de lo imaginario.28
Si la doxa rechaza el exceso, la concesión no toma en cuenta ese rechazo, pasa de largo y opta por afirmar “concesivamente” la bondad y la deseabilidad del exceso. Nos encontramos en presencia de una figura de discurso que no es ajena a la hipérbole, pero que tampoco se reduce a ella; la designaremos, a falta de mejor término, como lo superlativo-concesivo.
Una anécdota debida a Mahler muestra el alcance discursivo insigne de la concesión: “Cuando advierto que un adagio no ha producido ningún efecto sobre el público, lo reformulo la vez siguiente no más rápida sino más lentamente”.29 Según el punto de vista implicativo imputado al público, lo bastante rechaza lo demasiado, mientras que para la penetrante visión de Mahler lo demasiado rechaza lo bastante, denunciándolo como insuficiente. En el metalenguaje que preconizamos, observamos que las categorías operan “a la vista”: Mahler estima que la doxa, representada aquí por el público, espera una atenuación de la lentitud, pero él adopta la opción inversa: redoblar la lentitud y exceder “concesivamente” el exceso mismo. Volveremos sobre esto en el capítulo siguiente, pero los dos últimos textos citados, en virtud de su convergencia, confirman la hipótesis de que el discurso, en su progresión, trata de reconocer la dirección de crecimiento elegida, a partir de los “más” y de los “menos” que han ocurrido y que han sido capitalizados, aun cuando la dirección sea decadente. En nuestro universo de discurso, se apunta al acrecentamiento del tempo y de la tonicidad; sin embargo, el pensamiento hindú, que tiende, según se sabe, hacia la “extinción completa”, valora por encima de todo lo concesivo-superlativo de atonía como programa de base, y la aminoración, es decir, cada vez más de menos, como programa de uso. Cassirer resume en los siguientes términos su análisis del budismo: “La llama de la vida se extingue ante la pura mirada del conocimiento. ‘La rueda se quiebra, la seca corriente del tiempo ya no fluye; la rueda rota ya no gira: es el fin del sufrimiento’”.30
Esa convocación de lo superlativo-concesivo no es privilegio, ni mucho menos, de los más grandes artistas. La semiótica corriente —cualquiera que sea la isotopía en la que se efectúa el proceso: la explotación profana o la santidad— lo solicita igualmente. Si consideramos el motivo ético del perdón y nos planteamos por un instante la cuestión: ¿cuál es el objeto del perdón, lo perdonable o lo imperdonable? Sin reflexionar, puesto que en este punto la reflexión es inútil, cualquiera responderá espontáneamente: el perdón verdadero tiene por objeto lo imperdonable en la medida en que lo perdonable conlleva ya el perdón; y a partir del enunciado lapidario: perdonar lo imperdonable, resulta fácil catalizar una estructura concesiva y exclamativa: “a pesar de que el acto que has cometido es absolutamente imperdonable, ¡yo te perdono!” Creemos que la modalidad del sujeto, en la medida en que este hace un esfuerzo, en que “tira” de sí mismo, y la concesión del proceso están en connivencia. Inmerso en el espacio tensivo, el motivo del perdón, como cualquier otro motivo, observa el reparto de las valencias tónicas:

Dejando de lado la jerga académica, el sentido común va directo al grano y considera que, en este asunto como en muchos otros, hay “perdón” y “perdón”, y que los méritos del “sublime” perdón de lo imperdonable no tiene comparación con el “mediocre” perdón de lo perdonable. La imposibilidad se convierte en medida del valor modal del perdón. Y podríamos multiplicar los ejemplos.
Los géneros discursivos eminentes, especialmente el mito y la leyenda, así como la conversación ordinaria, están “imantados” por lo increíble, por lo maravilloso, por lo sorprendente, por lo prodigioso. El enunciado básico se construye menos a partir de la relación enunciva entre un tema y un predicado que a partir de la relación enunciativa entre un enunciador, convencido del carácter increíble, “sobrenatural” del evento que refiere y la legítima propensión a la duda que supone en el enunciatario al que se dirige: “No me lo vas a creer, y yo en tu lugar reaccionaría de la misma manera, pero te juro que es verdad”. Para el enunciatario, no se trata de validar una afirmación, sino más bien de acoger como tal una exclamación, es decir, la marca de un sobrevenir irrecusable. Con frecuencia, se trata de reducir el intervalo tensivo que se produce entre lo creíble y lo increíble por medio de prácticas rituales, como por ejemplo, jurar por la vida de la madre o de los hijos, por medio de la exhibición de pruebas aceptadas como indiscutibles, y también acudiendo a testigos diversos. La concesión dramatiza la veridicción, ya que el enunciatario es invitado a ratificar la presentación concesiva que el enunciador establece: “A pesar de que las apariencias se pongan contra mí, digo la verdad”. Ese es el problema lancinante de Rousseau en sus escritos autobiográficos.
II.4 LA TENSIVIDAD
Si las teorías progresan, lo hacen como los cangrejos: avanzan con paso lento hacia sus premisas o, más precisamente, hacia la explicitación de sus premisas. La semiótica no opera de manera diferente: le ha tomado tiempo integrar la foria y la estesia que la mide como categorías rectoras de primer rango. De modo que, lejos de limitarnos a aceptar a regañadientes la afectividad y de restringirla a la modesta función de complemento circunstancial de modo, la integramos plenamente, bajo el nombre de intensidad, como magnitud rectora de la pareja que se deriva de la escisión inaugural:

Esa bifurcación exige algunas precisiones: (i) la tensividad es el lugar imaginario en el que se reúnen la intensidad —es decir, los estados de ánimo, lo sensible— y la extensidad —los estados de cosas, lo inteligible—; (ii) esa junción indestructible define un espacio tensivo de acogida y de calificación para todas las magnitudes que ingresan en el campo de presencia: al entrar en ese espacio, toda magnitud discursiva se ve calificada primero por la intensidad y por la extensidad, y luego, por las sub-dimensiones que la intensidad y la extensidad controlan; (iii) en consonancia con las enseñanzas de Hjelmslev, una desigualdad creadora liga la extensidad a la intensidad: los estados de cosas dependen de los estados de ánimo. Ese predominio de lo sensible sobre lo inteligible, evidente ya en el epígrafe de este libro, se apoya —como hemos visto en II.1— en lo que Cassirer llama “fenómeno de expresión”. Las determinaciones intensivas y extensivas se denominan valencias,31 término usual en las ciencias humanas; por su parte, el valor surge de la asociación de una valencia intensiva con una valencia extensiva, asociación cuyo tenor precisaremos más adelante. El garante global, la tensividad, y el garante local, el valor, participan ambos de la complejidad de desarrollo, examinada en I.1.3.
Dado que el análisis es como un “desplegable” (Hjelmslev), conviene considerar los funtivos de cada una de las dos dimensiones:
(i) en el caso de la intensidad, los funtivos están constituidos por la pareja:
[estallante vs débil]
(ii) en el caso de la extensidad, por la pareja:
[concentrado vs difuso]
Esas parejas controlan el acceso al campo de presencia: una magnitud penetra en el campo de presencia de acuerdo con el quantum de estallido y de eventualidad que concentra. Como el estallido (o brillo) reclama esquemáticamente la persistencia, la magnitud en cuestión es referida a sí misma según los modelos de variabilidad examinados en II.2. Por lo que se refiere a la extensidad, se trata de apreciar, a partir de selecciones y de mezclas admitidas o prohibidas, el grado de composición o de exclusividad que la magnitud admite: ¿constituye una clase por sí sola? ¿O forma parte “amigable” de otras clases? Recordemos que la problemática social, o societal, como se la prefiere designar ahora, es de orden extensivo: desde el momento en que el sujeto procede por selecciones y mezclas, recíprocas unas de otras, está en la obligación de incluir a los excluidos, unas veces, y otras, de excluir a los incluidos.32
Como el hecho semiótico es complejo, damos por supuesto, si atendemos a los discursos, que entre la intensidad y la extensidad se produce una correlación inversa “implacable”, una especie de “ley de bronce” que agrupa, por un lado lo estallante y lo concentrado, y por otro, lo débil y lo difuso. Todo ocurre como si el estallido adviniese a costa de la difusión, y recíprocamente; como si la multiplicación, en cuanto principio de lo difuso, se cambiara en división como apoyo del estallido. De acuerdo con esa disposición estructural, el redoblamiento del brillo (estallido) “aristocrático” o “monárquico” se obtiene a costa de la “democrática” difusión:

Hemos colocado en el extremo superior derecho el lugar de la utopía, de eso que Baudelaire llama en “Invitación al viaje”, el “verdadero país de Jauja”, aquel que desconoce la escasez y por tanto el “horror económico”.
II.5 DE LAS DIMENSIONES A LAS SUB-DIMENSIONES
El acento puesto en la intensidad y la extensidad se ve confirmado por sus respectivas analíticas: (i) la intensidad conjuga el tempo y la tonicidad; (ii) la extensidad conjuga la temporalidad y la espacialidad. La intensidad no es ajena a la noción —indefectiblemente oscura— de fuerza, pero como su ser es un hacer y nada más que eso, como hace sentir sus efectos, estos se miden por su carácter súbito, “abrupto”, y por su energía; las cualidades, ilusorias como cualidades, subsumen cantidades en devenir. La extensidad se refiere a la extensión del campo que la intensidad controla, en el entendido de que la extensión de ese campo es, en primera instancia, temporal: el tiempo humano, el tiempo discursivo se encuentra siempre más allá del tiempo. Desde el punto de vista terminológico, la intensidad y la extensidad asumen el rango de dimensiones; el tempo y la tonicidad, por un lado, la temporalidad y la espacialidad, por otro, asumen el de sub-dimensiones.
El contenido de las relaciones propiamente semióticas ha quedado ocultado por la atención que Saussure y sus seguidores prestaron al carácter distintivo de las unidades, así como por su alejamiento de la retórica, el cual hace pensar que “lo” retórico solo es una región insignificante del sentido. En este punto, las premisas adoptadas por nosotros adquieren toda su eficacia, particularmente por la proyección de la estructura sobre las vivencias ascendentes y decadentes. Lo cual plantea la cuestión siguiente: ¿si la estructura es gramatical, cómo gramaticalizar las vivencias? Si, para la lingüística, la intensidad se encuentra “fuera”, “al lado” de las cosas, para nosotros se halla en su corazón mismo. Es posible obtener el incremento por dos vías diferentes: por correlación conversa, de tipo implicativo: “más…más”, o “menos…menos”, o por correlación inversa, de tipo concesivo: “más…menos”, o “menos…más”.
Cuando la estructura toma a su cargo las exigencias estructurales que afectan a esos “datos inmediatos”, surgen cierto número de “teoremas” semióticos. Si la intensidad, como dimensión, rige la extensidad, ese control se mantiene debido a lo que Hjelmslev llama la “homogeneidad” entre las sub-dimensiones que pertenecen a dimensiones distintas. Debemos considerar además dos casos: cuando la correlación es conversa o inversa. Veamos primero el caso de la correlación conversa: (i) las sub-dimensiones pertenecen a la misma dimensión: en ese caso, el tempo y la tonicidad se intensifican mutuamente y el efecto de sentido se siente como arrebato; la temporalidad y la espacialidad se comportan del mismo modo y el efecto esperado es la generalización; (ii) las sub-dimensiones pertenecen a dimensiones distintas: la proyección de la tonicidad sobre la temporalidad alarga la duración y proyecta lo memorable, ese “porvenir del pasado”; la tonicidad realza la espacialidad: cuanto más fuerte es la tonicidad, más amplio es su campo de desenvolvimiento. La proyección de la tonicidad sobre la espacialidad informa, según G. Deleuze, la profundidad.
Consideremos ahora el caso de las correlaciones inversas: el tempo abrevia la temporalidad, en consonancia con una observación de Einstein: “El tiempo, inseparable de la velocidad, es solo una cuestión de perspectiva, su cronología, una ilusión”; la velocidad creciente, vivida por los humanos, abrevia la duración de su hacer: cuanto más aumenta la velocidad menos larga es la duración, de tal modo que el ser es solo un efecto propio de la extrema lentitud: el tempo opera lo mismo en relación con la espacialidad, es decir, la contrae, término tomado del poema “La casa del pastor”, de Vigny:
La distance et le temps sont vaincus. La science
Trace autour de la terre un chemin triste et droit.
Le Monde est rétréci par notre experience
Et l’ équateur n’ est plus qu’ un anneau trop étroit.
[La distancia y el tiempo están vencidos. La ciencia
traza alrededor de la tierra un camino triste y derecho.
El Mundo es contraído por nuestra experiencia
y el ecuador no es más que un anillo demasiado estrecho.]
¿Es pertinente precisar el contenido semiótico de los operadores que convocamos, a saber, la alternancia entre las correlaciones conversa e inversa? Si las ciencias humanas se complacen en afirmar que el todo es más que la suma de las partes, no se preocupan, en cambio, de indicar el origen de ese suplemento, de ese imperceptible desbordamiento. Sin pretender ver en los símbolos más que una representación cómoda, planteamos que la correlación conversa capta la relación como un producto que nos ofrece ese suplemento-desbordamiento esperado:
[a + b] < [a x b]
De lo cual se deducen algunas consecuencias para cada una de las dimensiones consideradas: (i) el producto del tempo por la tonicidad tiene como resultado necesario el estallido o el destello, forma intensa del brillo, significado inapreciable de toda exclamación. Bastará con un solo ejemplo: en el fragmento de los Pensamientos, que se refiere a la jerarquía de los “tres órdenes”, y que remite a Arquímedes, Pascal dice: “Sin su brillantez, Arquímedes sería igualmente venerado. No libró batallas visibles, pero aportó a todos los espíritus sus invenciones ¡Cómo brilló a los ojos de los espíritus!”. La reciprocidad multiplicadora del tempo y de la tonicidad sirve de fundamento verosímil a los valores del destello, es decir, de la superlatividad; (ii) el producto de la mayor extensión temporal por la mayor extensión espacial da por resultado necesario la universalidad, es decir, los llamados valores de universo. Cada cual en su orden, las sub-dimensiones funcionan como coeficientes. Con el mismo razonamiento, la correlación inversa funcionaría como una división. La red que sigue a continuación reagrupa las seis combinaciones posibles entre las sub-dimensiones:

Si las direcciones semánticas que conducen a esas “intersecciones” son válidas, se puede fácilmente comprender que la retórica sea más bien amplificante, aspecto que examinaremos con más detalle en el capítulo V de esta primera parte.
II.6 DECLINACIÓN DE LAS SUB-DIMENSIONES
Es preciso articular ahora, sobre una base formal común, las dos sub-dimensiones intensivas, el tempo y la tonicidad, al igual que las dos sub-dimensiones extensivas, la temporalidad y la espacialidad. Al no ser exclusiva de ninguna de esas sub-dimensiones, la base formal evita privilegiar alguna de ellas a costa de las demás. Las variaciones y las vicisitudes de todo tipo que afectan al sentido provienen de su inmersión en lo “moviente” (Bergson), en lo inestable e impredecible, en la foria, para decirlo con una sola palabra. Los sempiternos lugares comunes y los géneros convertidos en rituales contienen, a veces hasta detienen esa efervescencia. Proponemos llamar foremas a esas magnitudes encargadas de mostrar la foria sin falsearla —es decir, sin inmovilizarla— que condensa, desde cierto punto de vista, cada una de las cuatro sub-dimensiones mencionadas. Para calificar discursivamente un hacer que ocurre en algunas de las sub-dimensiones, es importante reconocer tres “cosas”: su dirección, el intervalo recorrido y su impulso. Antes de proseguir, quisiéramos indicar que, por azar, hemos encontrado una tripartición similar en Binswanger: “La forma espacial que hasta ahora hemos abordado ha sido caracterizada mediante la dirección, la posición y el movimiento”.33 Esa convergencia no es sorprendente, sobre todo cuando se reconoce la deuda que Merleau-Ponty tiene con los psicólogos, entre los que se cuenta Binswanger. Pero, para nosotros, no se trata de espacializar —inductivamente— la significación, sino más bien de semiotizar el espacio.
Como todo inventario, esa tripartición es ciega. En primer lugar, la dirección y la posición son presuponientes, y el impulso, presupuesto. Hemos adoptado el término de forema para indicar que los presuponientes son deudores de su presupuesto. La primacía del impulso concuerda con otros dos datos: por una parte, el predominio del padecer sobre el actuar; por otra, la rección que postulamos de la intensidad sobre la extensidad. En segundo lugar, pero desde otra perspectiva, la dirección aventaja a la posición y al impulso cuando el actuar se libera de la autoridad del padecer con el propósito de satisfacerlo, de colmarlo. Abordamos con esto la cuestión del sujeto, pero con la condición de pensar las vivencias del sujeto en términos de deformación, de acomodación, de respuesta, inmediata o diferida, a las solicitaciones del no-yo.
Desde el punto de vista epistemológico stricto sensu, la valencia es identificada como la “intersección” de un forema y de una subdimensión. Dicho sea de paso, si, como lo indica Hjelmslev en los Prolegómenos, las “buenas” definiciones son “divisiones”, ello se debe a que las magnitudes semióticas del plano del contenido son complejas, complejidad que es inherente, según el caso, a una intersección o a un desarrollo. Las características a priori de las valencias son precisamente aquellas que les permiten circular y “comunicarse” unas con otras, medirse unas a otras dentro del discurso y, con ello, asegurar el ir y venir indispensable entre lo local y lo global. Esa doble lógica de la complejidad y de la “intersección”, conducida metódicamente, produce, en todas las acepciones del término, doce parejas de valencias, en las que intervienen los tres foremas y las cuatro sub-dimensiones:

Describiremos brevemente las valencias obtenidas en cada una de las sub-dimensiones. Para el tempo, la dirección tiene como dilema la pareja: ¿aceleración o lentificación? Frecuentemente se escucha decir que nuestra época conoce una aceleración sin precedentes debido al auge de las tecnologías, pero si bien el hecho es innegable, su explicación parece frágil, ya que el paso del arte del Renacimiento al arte del barroco, de acuerdo con los análisis de Wölfflin, también se caracterizó por una aceleración notable con tecnologías constantes; esta observación es igualmente válida para algunos períodos de la música. Con respecto a la posición, las diferencias de tempo, las asincronías, generan retrasos y adelantamientos desde el punto de vista objetal; desde el punto de vista subjetal, crean precursores y rezagados nostálgicos, lo cual proporciona a los historiadores algunas de sus categorías. Por último, con respecto al impulso, la aceleración como proceso supone cierta vivacidad de parte del actante, una energía que supera aprehensiones, resistencias y obstáculos.
Pasemos a la tonicidad, término tomado de la prosodia en el plano de la expresión, y de la retórica tropológica en el plano del contenido. El dilema fundamental se plantea entre tonificación y atonización —tales denominaciones han sido tomadas de Bachelard—; a la primera corresponde la acentuación, la atribución del invalorable “acento de sentido” (Cassirer); a la segunda, corresponde su debilitamiento. Dejamos de lado la cuestión de la ambivalencia y de la reversibilidad del crecimiento y del decrecimiento; las cantidades negativas son también susceptibles de crecimiento y de disminución: ¿no es cierto acaso que una disminución de la tonicidad se traduce “mecánicamente” por un aumento de la atonía? De modo que la positividad se refiere tanto al crecimiento como al decrecimiento: por ejemplo, en el pensamiento religioso hindú, lo que tiene sentido, por el “principio del nirvana”, es el crecimiento de la atonía. Para un occidental, en busca siempre de “entretenimientos”, eso constituye una vacancia, un “vacío” insoportable, mientras que para el universo hindú de discurso es un “clímax” deseable, en la medida en que, para quienes los viven, los estados contemplativos son estados de plenitud. En lo que se refiere a la posición, la tonalización y la atonización generan, en virtud de los más y de los menos que fatalmente suscitan, distancias diferenciales orientadas; cuando el punto de vista, es decir, el discurso, selecciona lo más de más, hablamos de superioridad y, cuando prevalece lo más de menos, hablamos de inferioridad. Por último, con respecto al impulso, la tonalización exige como garantía, como fondo de reserva que autoriza la continuidad del hacer y su anticipación, la tonicidad, al igual que la atonización remite a la atonía, concebida como un “agujero negro” en cuyo interior la energía se pierde y se consume.




