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Desde el punto de vista tensivo, la temporalidad es una categoría “como otra cualquiera”, es decir, es analizable. De ahí que sea necesario tomar frente a ella una doble distancia: (i) primero, de la consigna de los años sesenta, que afirmaba que “las estructuras eran acrónicas” y que la temporalidad era solo un ornamento, una concesión al antropomorfismo siempre resurgente; (ii) segundo, de cierta tradición filosófica, basada en San Agustín, que aseguraba: “¿Qué es el tiempo? Si nadie me lo pregunta, sé lo que es; pero si alguien me lo pregunta y trato de explicarlo, no sé qué es”.34
Nuestra aproximación es más razonable: mientras no se demuestre rigurosamente que la temporalidad constituye una excepción, una singularidad, una anomalía, aceptaremos que los foremas determinan una flexión temporal, “ni mejor ni peor” que las otras tres. El forema de la dirección discrimina, por una parte, la “captación”, la retención, la potencialización de lo ocurrido; por otra, la “mira”, la protensión, la actualización del porvenir, o, dicho en palabras de Valéry, el palpitar recurrente del “ya” y del “todavía no”; tales valencias, que se miden recíprocamente, son “vivencias de significación” (Cassirer) y se ordenan mediante relaciones de anterioridad y de posterioridad, dando lugar a cronologías estrictas o laxas. Como lo ha mostrado Lévi-Strauss en su polémica con Sartre, una cronología concentra una velocidad, un ritmo, una textura; una cronología es una malla de calibre variable. Ahí también sería conveniente distinguir entre la forma científica de la historiografía y la forma semiótica, que afecta a la historia como disciplina interpretativa. En efecto, no toda anterioridad es igualmente significativa: las hay interrogativas, cuando se determina que los dos acontecimientos observados pertenecen a la misma temporalidad. Al respecto, es claro que el psicoanálisis opta por una temporalidad continua en la que los después siguen dependiendo estrechamente de los antes, es decir, de lo que sobrevino en la temprana infancia. Pero, en nuestra opinión, es la proyección del forema del impulso la que permite la apropiación práctica, pragmática, familiar, de la temporalidad por parte de los sujetos: algunas, indudables, como la brevedad y la longevidad, miden la duración y quedan ligadas a nuestra discreción, por medio de determinadas convenciones y restricciones. Jamás pondremos fin al debate sobre el tiempo, pero esa ignorancia no tiene gran importancia y permanece ajena al uso, al “empleo” del tiempo, tal como aparece en la espera, en la paciencia o en la impaciencia, pasiones comunes del tiempo.
La espacialidad, por tener un lugar preponderante en nuestro universo de discurso, es mejor aceptada. El forema de la dirección distingue no orientaciones geográficas sino lo que subyace a esas orientaciones, a saber, la tensión entre lo abierto y lo cerrado, que permite al sujeto formular, por una parte, programas elementales de ingreso, de penetración y, por otra, programas de escape, de salida, en función de la tonicidad del entorno. A partir de la obra de los escritores, y sobre todo de los poetas, geógrafos del imaginario, G. Bachelard ha dicho, especialmente en La poética del espacio, todo lo que podía decirse sobre ese tema. Las figuras de lo abierto y de lo cerrado se encuentran en una relación de asimetría: la presencia de por lo menos un cierre, una bolsa, una oclusión…, establece la apertura como tal. Igualmente, el forema de la posición, que discrimina lo interior de lo exterior, presupone en “algún lugar” la existencia de un cierre. Al igual que para la temporalidad, es preciso determinar si dos magnitudes pertenecen o no al mismo espacio. El forema del impulso establece el contraste entre el reposo y el movimiento, entre la permanencia en un sitio y el desplazamiento, estigmatizado este último por Baudelaire en “Los búhos”. Este forema es el sincretismo resoluble de la potencia y de la inercia, el recinto mental donde se miden mutuamente.
En la medida en que son “términos” del significante y “complejidades de desarrollo” del significado, estas valencias operan como funciones, mejor aún, como funcionamientos; son gramaticales en sentido estricto, puesto que son intersecciones homólogas de aquellas que proponen las gramáticas; así en francés, el adjetivo posesivo “son” [su] es, desde el punto de vista del poseedor, una tercera persona, y, desde el punto de vista de la cosa poseída, masculino y singular. El formalismo de las sub-valencias es del mismo orden, quizás con un poco más de sofisticación: la sub-valencia del reposo tiene como “armónicos”, o como sub-valencias de fondo, la longevidad, o si se prefiere, la permanencia, la atonía y finalmente la lentitud paroxística de la detención. En resumen, las sub-valencias intervienen conjuntamente, de acuerdo con el modelo de la sinfonía más que con el de la sonata. Si apelamos a Claudel, desconocido como semiótico, podemos observar el efecto señalado:
Un seul grattement de l’ongle et la cloche de Nara se met à gronder et
à résonner.
(…)
Et l’âme tout entière s’émeut dans les profondeurs superposées de son
intelligence.35
[Con un solo rasguño, la campana de Nara se pone a tañer y a resonar.
(…)
El alma entera se conmueve en las profundidades superpuestas de
su inteligencia.]
Una de las tareas del léxico consiste en permitir, en función de esa solidaridad de la estructura, la selección de aquella subvalencia que concuerde con el topos desarrollado por el discurso. Esa profundidad de la valencia no está ausente de las lenguas si le prestamos oído: de tal modo que, en francés, si se toma en cuenta el orden canónico de su aparición en el discurso, el artículo indefinido y el artículo definido también se oponen como lo que sobreviene a lo que ha sobrevenido. Sin embargo, como la dimensión del sobrevenir no es tomada en cuenta, ese esbozo de declinación tensiva permanece ignorado.*
La red aquí propuesta atribuye a cada subvalencia una ubicación, pero la constitución de la red se encuentra en el fundamento de otras dos propiedades estructurales: (i) la rección de las sub-dimensiones por el mismo forema es homogeneizante, como sucede en la lengua, donde la serie dé-faire, dé-coudre, dé-tacher, dé-composer, dé-charger… [deshacer, descoser, despegar, descomponer, descargar] atrae todo término que conlleve la idea de “alejamiento, separación, privación de un estado o de una acción” (Grand Robert), aun si, como en el caso de déchirer [desgarrar], la sílaba dé- no remite al prefijo latino dis-. Con respecto a las “relaciones asociativas”, Saussure ha mostrado en el Curso de lingüística general que la lengua no es demasiado puntillosa en esa materia; (ii) la conmutación de los foremas dentro de una misma sub-dimensión es diferenciante, comparable a un análisis espectral: la sub-dimensión cambia de sesgo o de aspecto (en la acepción genérica del término) en función del forema seleccionado.
II.7 FISONOMÍA DE LAS ESTRUCTURAS PARADIGMÁTICAS
Si dejamos de lado el psicoanálisis, al Valéry de los Cuadernos, los capítulos que Cassirer dedicó al “fenómeno de expresión” en Filosofía de las formas simbólicas, a Nietzsche por supuesto y a algunos otros, la afectividad es considerada desdeñable por unos y, por otros, más clarividentes, embarazosa, como si la cuestión de por dónde abordarla agotase la problemática. La “desretorización” de la lingüística operó en el mismo sentido. No faltan agudas monografías sobre tal o cual afecto o pasión; sin embargo, aún hace falta una analítica a priori de lo sensible que concuerde con los avances de la semiótica. De ninguna manera pretendemos decir aquí la última palabra; tratamos simplemente de indicar las categorías que, en nuestra opinión, debería tomar en cuenta una analítica razonada del afecto para incorporarlas a la red de los doce pares de subvalencias que acabamos de presentar, ya que las valencias son formas del plano de la expresión y los afectos son formas del plano del contenido.
II.7.1 Primera analítica de lo sensible
El primer punto que vamos a subrayar consiste en recordar que el estructuralismo se empantanó en los términos, sin llegar a concebir las propiedades mismas de la relación. Ya hemos mencionado dos aspectos: que, por ser complejos, los términos son ante todo definibles, y que, por otra parte, son el resultado de una intersección bidimensional o multidimensional.
Es necesario avanzar ahora un poco más y formular los rudimentos de una semiótica del intervalo. La diferencia saussuriana ha sido concebida, como si fuera evidente, en términos de contrariedad y de contradicción, aunque no todos los contrarios tienen el mismo valor, pues, según Bachelard en La dialéctica de la duración, “es posible invocar dos tipos de casos en función de si los contrarios se erigen a partir de una hostilidad decisiva o si nos encontramos frente a una contrariedad mínima”.36 Por nuestra parte, distinguimos entre super-contrarios tónicos y distantes y sub-contrarios átonos y cercanos, asignando la tonicidad al plano del contenido y la distancia al plano de la expresión. Para aligerar la exposición, es necesario hacer algunas precisiones terminológicas. Dado un gradiente que va de [s1] a [s4] y que marca una pausa en [s2] y en [s3], [s1] y [s4] intervienen como super-contrarios, y [s2] y [s3], como sub-contrarios (Sapir*):

De conformidad con la herencia hjelmsleviana, esa es una estructura mínima, ya que [s1] y [s4] se oponen a [s2] y [s3], al mismo tiempo que se oponen entre sí. Pero, de acuerdo con la perspectiva semiótica del intervalo, lo esencial se encuentra en otra parte: desde el punto de vista tensivo, disponemos de dos intervalos nítidos, el intervalo mayor [s1 ↔ s4] y el intervalo menor [s2 ↔ s3]. Salgamos al paso de una objeción aparentemente legítima: ¿por qué privilegiar esos dos intervalos por encima de [s1 ↔ s2] y [s3 ↔ s4]? La solidaridad enlaza, más allá de su “aborrecimiento” mutuo, los extremos [s1] y [s4]; ambos comparten el mismo “desprecio” por los términos intermedios. La misma hipótesis aparece en Goethe, en su Tratado de los colores:
El ojo no puede ni quiere mantenerse un solo instante en el estado uniforme específicamente determinado por el objeto. Una tendencia a una suerte de antagonismo lo obliga y, al oponer un extremo al otro, un intermedio a otro, reúne instantáneamente los contrarios y se esfuerza en constituir una totalidad, tanto cuando los fenómenos son sucesivos como cuando coexisten en el tiempo o en el espacio.37
Esa estructura mínima no deja de tener alguna semejanza con el cuarteto de rimas enlazadas “a la francesa”, en el que riman entre sí los versos extremos [primero y cuarto] y los versos intermedios [segundo y tercero]. Como la semiosis es omnipresente, la serie [s1-s2-s3-s4] puede ser aceptada como plano de la expresión, y las alternancias [s1 ⇔ s4] vs [s2 ⇔ s3], como plano del contenido. Tal dispositivo dista mucho de instaurarse a expensas de la complejidad: si un análisis selecciona n términos, el número de términos complejos realizables será inferior en una unidad [n - 1] e incluye como posibilidades [s1 + s2], [s2 + s3] y [s3 + s4].38
Solo pedimos una cosa a este dispositivo: la desigualdad entre los dos intervalos indicados, es decir, que el intervalo de los sub-contrarios [s2 ⇔ s3], quede siempre comprendido —como exige Sapir— dentro del intervalo de los super-contrarios [s1 ⇔ s4], porque de esa desigualdad elemental deducimos dos formas-afecto notables: (i) la carencia, que no es más que el término final de la proyección del intervalo [s1 ⇔ s4] sobre el intervalo [s2 ⇔ s3]; (ii) a la inversa, el exceso, que no es más que el resultado final de la proyección del intervalo [s2 ⇔ s3] sobre el intervalo [s1 ⇔ s4]. Dicho en otros términos, los intervalos intervienen doblemente: como término regido y como función regente; como evaluado y como evaluador. De ahí se deducen varias consecuencias: la carencia, central para el psicoanálisis y para la narratología greimasiana, deja de ser una magnitud huérfana puesto que encuentra de pleno derecho su correlato paradigmático, el exceso, cuya discursivización se halla, desde Longino hasta Michaux, en el corazón mismo de la retórica bajo el nombre de lo sublime. Desde el punto de vista teórico, nos encontramos súbitamente en presencia de lo que sería preciso llamar, siguiendo las enseñanzas de Greimas, la ilusión sémica: aun cuando la fenomenología y la psicología de la percepción no nos llevaran por esa vía, los semas deberían ser considerados como significantes cómodos —¿no comparten acaso su rusticidad y su robustez?— pero no como significados. En la perspectiva del contenido, solo existirían puntos de vista provisionales, operaciones de proyección, aplicaciones, perspectivas recíprocas e… ilusiones. Seguramente, la epistemología de la semiótica tendrá que adaptarse, que erradicar el positivismo renaciente, en la medida en que esas catálisis no se refieren a magnitudes sino a operaciones relativamente inéditas. La fuerza de la consigna de Saussure: “la lengua es una forma y no una sustancia” permanece intacta.
A ese primer juego de intervalos, que proporciona una identidad inequívoca a cada valencia, conviene añadir una característica que responde a nuestro segundo postulado, el cual sostiene que un devenir, “tarde o temprano”, procede por aumento o por disminución, por ascendencia o por decadencia. En efecto, si fuera necesario imaginar las valencias, estas serían vectores más que unidades o segmentos de un listón, y, como ya lo hemos indicado, participios de presente antes que participios de pasado. Las categorías aspectuales de que disponemos se ajustan al estado de avance del proceso, pero hacen caso omiso de su orientación tensiva: ascendente o decadente. Por lo demás, la aspectualidad lingüística es doblemente restrictiva: (i) privilegia el verbo y desconoce la notable labor de análisis incluida en otras regiones del léxico; (ii) en su sentido restrictivo, se limita al grado de culminación o no culminación del proceso. La incoatividad solo aparece con la tripartición [incoativo-durativo-terminativo].
Las condiciones que es preciso cumplir son sencillas: (i) la aspectualidad debe distribuirse equitativamente sobre el conjunto del devenir y ser capaz de caracterizar en cualquier momento algún instante de ese devenir; (ii) debe respetar la ambivalencia insuperable del sentido y reconocer, por ejemplo, que la tonicidad creciente puede ser descrita también como atonía decreciente, así como es posible igualmente expresar una atonía creciente como tonicidad decreciente. Bajo esta perspectiva, hemos propuesto en otro lugar un juego de categorías aspectuales, con las siguientes características: (i) le deben más a la retórica, al espíritu de la retórica, que a la lingüística, lo cual resulta consecuente, ya que la retórica tiene como objeto el discurso, e incluso la vehemencia del discurso, además de que el discurso se encuentra siempre fuera del alcance de una lingüística que, pusilánime, se limita al ámbito de la frase; (ii) esas categorías aspectuales son generales, es decir, independientes de todo contenido, y por ello, a semejanza del número, se aplican a todas las magnitudes, sin que ninguna pueda pretender seriamente escapar al devenir.
Estamos ya en condiciones de volver sobre el contenido de la homogeneidad semiótica, abordado en II.2. La homogeneidad consiste, pues: (i) en la deducción de categorías [N2] a partir de una alternancia de dirección [N1]; (ii) en la deducción de unidades [N3] netas, cómodas y “fáciles de manejar” por los sujetos, a partir de las categorías [N2]; dichas unidades están constituidas por dos tipos de intervalos reconocidos y por las posibilidades sintácticas que ofrecen a los sujetos.
Una vez que se ha aprovechado la desigualdad fundamental que existe entre los intervalos “homotéticos” [s1 ⇔ s4] y [s2 ⇔ s3], es preciso abordar ahora los intervalos sucesivos que permiten situar el devenir ascendente o decadente de tal o cual valencia en el discurso, lo cual nos lleva a precisar qué es lo que sucede cuando una valencia “sale” del intervalo [s1 ⇔ s4] y “entra” en el intervalo [s2 ⇔ s3], y recíprocamente. Sin duda, nuestra intervención es “arbitraria”, de acuerdo con el término empleado por Hjelmslev en los Prolegómenos, pero creemos de buena fe que adoptamos la convención más sencilla: (i) cuando [s1] es planteado como valencia paroxística, llamaremos atenuación al intervalo [s1 ⇔ s2] a fin de oponer a la decadencia consigo misma, y al intervalo [s3 ⇔ s4] le llamaremos aminoración; mediante la operación de recursividad, debería ser posible alcanzar la “infinita pequeñez”, tan cara a Pascal; (ii) cuando [s4] es planteado como una valencia nula, su nulidad exige que sea recorrido el intervalo [s4 ⇔ s3], a lo que denominamos un repunte, el cual disjunta del “no ser”, es decir, del tedio moderno. El discurso podría quedar ahí, pero también puede ir más allá de [s3]: en consecuencia, aceptaremos que al repunte le sigue el redoblamiento, que se instala en el intervalo [s2 ⇔ s1]. Estas categorías así interdefinidas se lo deben todo a la retórica y a la poética, por ejemplo a la poética de Rimbaud, que en sus mejores momentos es una poética del repunte y del redoblamiento. Insistimos en que la retórica “siente” mejor las singularidades del discurso que la lingüística. Para reafirmar estas ideas, podemos observar que en el análisis de “Los gatos”, de Baudelaire, realizado por Jakobson y Lévi-Strauss, es notorio que “lo” lingüístico sirve —¡únicamente!— como plano de la expresión y “lo” retórico como plano del contenido, sobre todo al final. Tendremos, entonces:

Tomando en cuenta los límites del presente ensayo, no abordaremos aquí los derivados subsiguientes, los cuales o bien conjugan un límite y un grado para las dos orientaciones [s1 ⇔ s2], [s4 ⇔ s3], o bien dos grados [s2 ⇔ s3], o finalmente, un grado y un límite [s3 ⇔ s4]. La integración del paradigma, es decir, de la morfología propia de la contrariedad, y de la sintaxis tensiva del devenir, adopta la forma siguiente:

Las categorías aspectuales garantizan el funcionamiento del sistema, ya que las propiedades generales de este último, a saber: su orientación ascendente o decadente, por un lado, y su “analizabilidad”, por otro, se convierten en foremas locales que asignan a cada sub-valencia una dirección tensiva y una identidad precisa.
II.7.2 Segunda analítica de lo sensible
La lógica de la “intersección” y de la red conduce a determinar cada forema aceptado por cada una de las cuatro categorías aspectuales, y, puesto que involucra siempre una sub-dimensión, a considerar el producto de esa rección como una sub-valencia. Dado que, por una parte, las denominaciones funcionan como detenciones y como “amarras”, y por otra, como un medio de intercambio entre los sujetos, conviene dar nombre a ese universo de sentido variable, inestable y provisional. Las denominaciones que proponemos son provisionales y por tanto perfectibles, y son tal vez tributarias de una pancronía que, según Hölderlin, Brøndal y algunos otros, aunque por razones diferentes, alteraría la exactitud del equilibrio entre la expresión de la intensidad y la de la extensidad, y, en consecuencia, llevaría a las lenguas hacia una abstracción simbólica descarnada. No es nuestra intención abordar aquí ese tema.
El entrecruzamiento mental de los tres foremas con las cuatro categorías aspectuales elementales produce mecánicamente doce sub-valencias en cada dimensión. Las presentamos a continuación sin más preámbulos:
El tempo:

La tonicidad:

La temporalidad:

La espacialidad:

¿Cómo validar el contenido semiótico de esas magnitudes que, por tener el doble estatuto de lexemas y de figuras, se encuentran a medio camino entre la lingüística y la retórica? Jakobson mostró que la función metalingüística no era exclusiva de los doctos, sino que era inmanente a la práctica inmediata de la lengua, que los sujetos recurrían a la definición, a la restricción o a la extensión, a la precisión o a la suspensión; pero no mostró, al parecer, la condición objetal de esa actividad metalingüística recurrente. Desde nuestro punto de vista, esa condición se apoya en el hecho de que los lexemas pueden ser definidos en la medida en que son analizables, y son analizables porque son todo lo que pueden ser, es decir, porque no son más que… análisis a cargo de un significante en sí mismo no-conforme; de esa manera, el significado del pronombre personal /tú/ comprende tres magnitudes de contenido: una indicación de número, una indicación de persona y una indicación de nominativo, aunque las dos magnitudes de la expresión [t-u] no remiten “analíticamente” a las tres magnitudes del contenido. Los lexemas no funcionan de otro modo, y las definiciones de los diccionarios, a las que la cantidad de magnitudes ponen en apuros, analizan intuitivamente —y con pertinencia— los lexemas en términos de sub-valencias, pero caso por caso, si así se puede decir. Solo daremos un ejemplo, que corresponde a la segunda sub-valencia de la primera red: el “rezago” [francés: traîner], cuya denominación es cuestionable, puesto que carecemos [en francés] del sustantivo correspondiente, ya sea que esa laguna se deba a incompetencia nuestra o que haya que atribuirla a lo que Mallarmé llamaba la imperfección de las lenguas. El Micro-Robert propone además —quisiéramos decir: poéticamente— “traînasser” y “traînailler”, formas de las que hablaremos más adelante.
De acuerdo con el Micro-Robert, el sentido intransitivo de “traîner” admite las cuatro direcciones tensivas previstas. En cuanto a la intensidad: (i) una indicación de tempo, en este caso de aminoración de la velocidad: “6o Ir muy lentamente, retrasarse. Ne traîne pas en rentrant de l’école [No te retrases al volver de la escuela]. —Actuar muy lentamente. Le travail presse. Il ne s´agit pas de traîner— [El trabajo urge. No hay que retrasarse]”; (ii) una indicación de tonicidad decadente, de la que no sabríamos decir si se trata de una atenuación o de una aminoración. “7o Peyorativo: Ir sin rumbo o permanecer mucho tiempo (en un lugar poco recomendable o poco interesante). V. Errar, vagabundear. Traîner dans les rues [Andar por las calles, andar callejeando]”. En cuanto a la extensidad: (i) una indicación temporal de duración bajo el signo del redoblamiento: “3o Encontrarse, subsistir. Les vieilles notions qui traînent dans les livres scolaires [Las viejas nociones que subsisten en los libros escolares]. Durar demasiado, no acabar nunca. Cela traîne en longueur [Esto no tiene cuándo acabar]. V. Eternizar”; (ii) una indicación espacial de reposo: “1o (Suj. Cosa). Estar tirado en el suelo. Vos lacets traînent par terre [Tus cordones se arrastran por el suelo. 2o Estar colocado o dejado sin orden. Des vêtements qui traînent sur une chaise. [Vestidos dejados sobre una silla]”. La coherencia y la flexibilidad de la red resuelven la divergencia de las “variedades”.




