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Глава
PRÓLOGO DEL AUTOR
Bajo el corazón de Latinoamérica
Querido lector,
Este libro no nació de la ficción. Nació de la memoria. Del dolor ajeno que llevé dentro tanto tiempo que se volvió mío. De vidas ajenas que vi tan de cerca que dejaron cicatrices también en mis propias manos.
Mía Julieta Arenas no es una heroína inventada. Ella vive. En cada mujer que intentó morir y no murió. En cada nena que amó al mundo tan fuerte que el mundo le respondió con crueldad. En cada hija que miró a su madre y vio en ella, al mismo tiempo, la verdugo y la víctima.
Escribí este libro para contar una historia que me confiaron. La historia de los clanes Arenas y Moretti, de la sangre y el honor, de una canción que suena desde debajo del corazón y no tiene fin. Del amor que llega cuando estás parada sobre el que tenés que matar. Y no lo matás.
Este libro no trata sobre la mafia. No trata sobre la violencia. No trata sobre la venganza.
Este libro trata sobre cómo aprender a respirar de nuevo. Cómo amar un mundo que no te amó. Cómo perdonar a los que te hirieron. Cómo encontrar dentro tuyo a esa nena chiquita que alguna vez creyó que todo iba a estar bien. Y creerle de nuevo.
Vas a encontrar en estas páginas el olor del jazmín y de la pólvora. El gusto del vino y de la sangre. El sonido de las campanas y el silencio después del disparo. Vas a encontrar Córdoba — no la de las guías de turismo, sino la que vive en el corazón de los que nacieron ahí. La que huele a miedo y a amor al mismo tiempo.
Vas a encontrar a Mimi. Esa que amaba al mundo. A pesar de todo.
Y si en algún momento te pesa leer — cerrá el libro. Respirá. Acordate de que no estás solo. Que en algún lado hay alguien que pasó por lo mismo. Y sobrevivió. Y canta.
Cantá con ella.
Porque la canción no miente. Y la canción dice: le hacés falta a este mundo. Aunque el mundo no lo sepa. Aunque vos mismo no lo creas.
Con amor y gratitud, Alex Akimoto
Córdoba — Moscú, 08.08.2025
Глава
CAPÍTULO 1. LA CHICA QUE AMABA AL MUNDO
Bajo el corazón de Latinoamérica
Mi madre intentó matarme cuatro veces.
Lo sé porque conté cada una de esas veces. Todas, me gustara o no, se clavaron como espinas profundas en mi corazón joven. Sí, espinas, suene como suene, porque mi madre se llama Rosa. Y esas cicatrices son como los pétalos que lleva en la muñeca de su mano izquierda: como un destino, como una obsesión que tuve que ver casi todos los días. Mi madre traía a muchos hombres y hacía el amor cerca de mí. Los hombres adultos, mientras la acariciaban, también me tocaban a mí en mis partes íntimas. Sí, era asqueroso. Pero la gente borracha, dominada por la pasión y la lujuria, comete atrocidades no solo contra sí misma, sino también contra los demás. Y yo no solo contaba las cicatrices del alma: contaba a esos hombres que ella traía a nuestra casa, a mi cama, creyendo que yo dormía. Pero no dormía. Lo vi todo. Lo viví todo. Como la ceniza en el pelo de mis muñecas, como las colillas en mi taza, esa que estaba junto a la cama con agua para la noche, arrojadas por los que fumaban después de acostarse con mi madre, tirados boca arriba.
Lo recordé todo. No porque quisiera morir, sino porque quería vivir con pasión. Y cada vez que mi madre intentaba matarme, yo entendía: le hago falta a este mundo, aunque el mundo no lo sepa. Aunque mi madre no lo sepa. Y aunque yo misma lo dude, tengo que vivir. ¡Soy necesaria! Si no, ¿por qué el mundo me salvaba deteniendo su mano, sacando mi cabeza del agua? ¿Por qué romper la soga, ese hilo del que podrían colgar un toro entero?
Alguien me salvaba siempre, en el último instante. No mi madre, no mi padre desalmado, ni siquiera el azar. Algo distinto. Algo que no veía, pero que sentía con mucha fuerza en los momentos de pena y desesperación. Dentro de mí empezaba a sonar una canción, cuya letra y música no entendía y no podía reproducir, por más que lo intentara. Esa melodía me acompañaba camino a la escuela, mirando las incontables picaflores por la mañana. Eran tan buenos conmigo — todos los pájaros, los gatos, los loros posados en las ramas de nuestro jardín, gritando con esos sonidos extraños. Y yo amaba mi dolor, porque era en los momentos de dolor y desesperación cuando mi corazón revivía. Y venían las almas de los muertos, a veces asustándome, a veces confundiéndose. Y yo las dibujaba, las veía de pie, en multitud, en nuestro pasillo. Era extraño, pero el mundo se me abría. Y yo me abría a él. No me gustaba ir a la iglesia, porque había muchas mujeres viejas que querían agarrarme de mi pelo largo y rizado, de mis brazos desnudos. Y al llegar a casa caía agotada y podía dormir días enteros, porque esas mujeres viejas me robaban las fuerzas. Veían que les entregaba mi vida. Y yo no quería dársela, porque ellas habían traído mucho dolor a este mundo. Y yo lo veía.
Sí, mi madre se llamaba Rosa. Hermoso nombre con espinas. Como ella misma: hermosa, espinosa, pero sola, hiriente y herida al mismo tiempo.
Mi madre tenía muchos tatuajes. No como los de esas mujeres que se los hacen en salones, tan bonitos, tan prolijos. ¡No! Esos que se hacen en los callejones, en las cárceles, en los sótanos. Esos que ya no se borran nunca más, que quedan como cicatrices en el casco de un barco que rozó los arrecifes o las rocas de granito.
En la muñeca izquierda, la rosa de la que hablaba. Negra, con espinas y sin pétalos. Como si le hubieran arrancado los pétalos y solo quedara el tallo con las espinas, con una gota de sangre en la púa. Fue el primer tatuaje, hecho a los catorce. Lo hizo después de que el primer hombre entrara en ella sin amor, tomándola por la fuerza.
En el antebrazo derecho, nombres. Cuatro nombres. Cuatro hombres. Cuatro hijos. Los nombres tachados, como con una rama en la arena, pero no todos. Y ella querría olvidarlos, arrancarlos con la piel, pero los nombres, como la piel, quedan para siempre, mientras respire y lata el corazón. Los nombres no se olvidan. Quedan en los ojos de los hijos que te miran con los ojos de esos hombres.
En el cuello, detrás de la oreja izquierda, una golondrina, pequeña, azul, con las alas abiertas en desesperación. Como si quisiera arrancarse de allí y volar, pero no puede. Porque ya no es un pájaro. Es una marca.
En las costillas, debajo del pecho izquierdo, la fecha de mi nacimiento. No mi nombre, solo la fecha. Como si yo no fuera una persona. Como si fuera un acontecimiento. Que sucedió. Y que no se puede deshacer. Pero que se puede no nombrar, como un silencio que no se quiere espantar.
Yo veía ese tatuaje. Cada vez que mi madre me daba el pecho. Cada vez que me abrazaba. Y cuando intentaba matarme. Y hasta cuando gemía debajo de otro hombre, con las piernas abiertas, esa golondrina se bañaba en sudor, y las gotitas resbalaban por sus alas, como si llorara ella, ese pájaro asustado, y lloraba el cielo de dolor y de vergüenza.
A mi madre le dieron quince años cuando me tuvo.
Quince. Una niña que trajo al mundo a otra niña, una que todavía quería correr y reírse, enamorarse y sufrir de amor. De pronto parió a una chiquita prematura de cinco meses, a la que su propio cuerpo rechazaba. Mi madre tiene factor Rh negativo en la sangre, y yo, su hija, lo tengo positivo. Mi abuela se hizo cargo de todos mis cuidados. Y mi abuelo, al verme tan chiquita que cabía en sus dos manos, se largó a llorar. Mi madre quería hacerse un aborto, pero mi abuelo y mi abuela insistieron en que no lo hiciera. Ya entonces fuerzas desconocidas me cuidaban, para que yo viviera. Nadie me quería. Y cuando mi mamá dijo que iba a abortar, mi abuelo le puso las manos en la cabeza y dijo las palabras que la detuvieron: «Rosa, yo voy a ser el padrino de mi nieta. No mates a mi nieta. Te lo pido por Jesucristo». Y Rosa me conservó la vida. ¿Sería mi abuelo? ¿O sería el mismo Cristo?
CAPÍTULO 2. LA PRIMERA SANGRE
Bajo el corazón de Latinoamérica
Mi padre era un gilipollas hermoso de dieciocho años, con ojos color de noche en los que se ahogaron muchas chicas. Su sonrisa lo prometía todo, como promete el diablo, que nunca cumple. Era del antiguo clan Arenas. Pero entonces yo no lo sabía. Entonces solo sabía una cosa: se fue después de que yo naciera. Se fue sin decir una palabra. Sin dejar ni nombre, ni dirección, ni esperanza. Nada. Solo una criatura que lloraba a gritos al lado de la desdichada Rosa de quince años, con su rosa en la muñeca, ya sin fuerzas para florecer algún día.
Siempre se iba. No solo de mi madre. De todas. De cada una. Se burlaba de las chicas inocentes. Las tomaba. Las dejaba. Se iba. Sin mirar atrás. Sin pedir perdón. Sin volver. Eso era su naturaleza. Como respirar, como el latido del corazón, como lo que no se detiene nunca. Y detrás de él quedaron por toda la Argentina muchas mujeres desgraciadas que abandonó, y por supuesto hijos, que ahora resultan ser mis parientes.
Pero de vez en cuando volvía a mí. Como un regalo prestado, que te lo quitan después. Que solo te pertenece durante la fiesta, y luego ese regalo de uso temporal lo meten sin ceremonias de vuelta en la caja y se lo llevan. Así fue siempre conmigo. Las mujeres con las que vivía siempre nos impedían relacionarnos. Y una vez, un hombre sabio y grande me dijo: «Si perdonás a tu padre, vas a perdonar a tu futuro marido. Si pasás por encima de tu padre, te vas a tropezar con tu marido».
Venía una hora. Dos. Una noche. Traía caramelos o un vestido, y a veces nada. Me miraba largo rato, con atención. No como a una hija, sino como a una cosa que creció y se pareció a él. Y después se iba con la misma facilidad. Pero hubo momentos en que lloraba, sin explicarme nada. Y yo esperaba la próxima vez. Aunque fuera sin amor, aunque fuera en silencio y sin palabras, me moría por ver a mi padre, que en el fondo era mi ideal. Ese del que todas las nenas se enamoran, como todas las nenas se enamoran de sus papás.
Tenía siete años cuando me corté el brazo a propósito por primera vez.
No porque quisiera morir. Quería sentir algo parecido al vacío y a la plenitud al mismo tiempo. Es como cuando gritás con todas tus fuerzas, pero no te sale sonido. Como en un sueño terrible y maravilloso del que no podés despertarte. Un sueño en el que no me ven, no me notan. Y también quería asegurarme de que estaba viva, de que mi sangre corría, y de que cuando perdés mucha sangre, el corazón empieza a latir más fuerte y más alto. Y también que no era un fantasma, que no era un sueño, ni siquiera una sombra, sino esa a la que algún día van a querer y van a llamar «mi amor», levantándome en brazos y protegiéndome de todo, sin soltarme nunca más.
Agarré una hoja de afeitar, chiquita, angosta y flexible como mi cuerpo, y la pasé por mi muñeca, de piel fina y transparente, un poco pálida por la anemia que me hace doler las piernas seguido, que me hace desmayar, y que me tiene siempre fría. Mis manos en mis bolsillos son como dos ranas frías, incluso cuando en Córdoba hace calor y todos tratan de no salir a la calle de día.
La piel se abrió como un pétalo de rosa arrancado, ¡tan rápido y tan de golpe! Estaba caliente, viva, brotando en un chorrito, y me largué a llorar de felicidad, entendiendo que estaba viva y no inventada. ¡Era real! Y esa certeza fue más grande para mí que entender que nací de una madre y un padre.
Me cortaba despacito, casi todos los días a escondidas, tapando las marcas con las mangas largas de mis vestidos. No todos los días. Pero seguido. Cuando había silencio. O cuando mi madre estaba con otro hombre en mi habitación, incluso de día, y yo escuchaba sus gritos exaltados, sus sollozos fuertes, ya sin esconder nada, tanto que incluso cuando apareció el padrastro en nuestra familia, ella se permitía andar completamente desnuda. Su cuerpo, después de cuatro partos, del cigarrillo constante y del alcohol, ya hace mucho que no brilla de esbeltez ni de belleza. Pero sus pechos grandes y su cola latina son muy, pero muy atractivos para hombres de todas las edades.
Cuando mi padre no venía. Cuando mis hermanos dormían. Cuando la casa se callaba. Y yo me quedaba sola. Con la hoja. Con la sangre. Con el silencio, que era más fuerte que un grito. Más fuerte que el llanto. Más fuerte que todo.
Cortaba. Y escondía tan bien que nadie se daba cuenta. Y a todos, en el fondo, les importaba un carajo lo que me pasaba y cómo me iba en esa maldita escuela a la que odiaba ir.
Tenía nueve años cuando intenté ahorcarme por primera vez.
No porque quisiera morir, sino para que el dolor se acabara, para que el silencio se acabara. Para que dejara de esperar, para que dejaran de mirarme como algo absurdo y a la vez raro. Como un dinosaurio asombroso, cuyos restos se encuentran en un pantano: no le importa a nadie, pero tiene valor científico para un círculo muy reducido de gente que construye su vida y su bienestar sobre sus huesos. Y, por supuesto, como quien robó la juventud, la infancia, y a quien no se puede amar por eso, pero tampoco odiar al mismo tiempo. Como un recordatorio vivo del dolor. De la traición. De una vida personal que no cuajó.
Agarré una soga. No me acuerdo de dónde. Solo recuerdo que era áspera. Olía a polvo de altillo y a diarios viejos que hacía mucho que nadie tocaba. La até a una viga. Me subí a un banquito y me pasé la soga primero por la mano. No quería. No quería morirme para nada. Quería que alguien me frenara. Que alguien entrara y gritara fuerte: «¡Mimi, no!». Y que me agarrara de mis hombros frágiles y se largara a llorar a gritos, con miedo de perderme. Y que llorara y me sostuviera mucho. Y yo quería sentir esa felicidad. Pero nadie entró. Nadie dijo nada. Nadie me abrazó. Me quedé parada en el banquito con la soga en la mano, esperando. Esperando un milagro que no llegó.
Y entonces escuché. Una canción. Bajita y tan lejana. Como si viniera de debajo del piso. De debajo del corazón mismo de la tierra. Esa canción no tenía letra. No tenía melodía que los humanos pudieran oír, y menos todavía reproducir. Y era tan maravilloso que en la canción escuché, no con la cabeza sino con todo mi ser: no hace falta, mi amor, no hace falta. Porque viniste a esta tierra a vivir. Y sos nuestro sol y nuestro arcoíris. Viví, Mimi. Viví.
No sé quién cantaba. Y hasta el día de hoy no estoy del todo segura de que fuera real. Pero lo escuché. Y me bajé del banquito, saqué la soga. Después dejé la soga en el piso y me fui a dormir, sin quejarme. Simplemente me fui, como si no hubiera sido conmigo. Dejando atrás el único e inquebrantable deseo de vivir.
Tenía diez años cuando mi madre intentó ahogarme por primera vez.
Fue con una desesperación que la rompía por dentro, con ganas de vengarse de su marido y de mi padre. Por la juventud. Por la cuota alimentaria que él no quería pagar. Y porque yo le conté a mi padre que mi madre traía a la casa a otros hombres. Primero me tiró al piso del baño y empezó a patearme la panza, con una furia salvaje y gritos, tratando de pegarme en la boca del estómago y en mi pechito que recién empezaba a crecer. Y después empezó a saltarme en la cabeza. No tenía miedo. Ni siquiera dolor. Me reía de que no me doliera. Y Rosa, viendo eso, con furia buscaba que yo le pidiera piedad, que le suplicara clemencia, porque ella había entregado su juventud a cambio de mi vida insignificante. Y al ver que eso no surtía ningún efecto, me arrastró hasta la bañera, tirándome del pelo por el piso frío, empapado con la sangre de mis labios y mi nariz. Y era como en un sueño o como en trance. Y ella misma se comportaba como alguien que no entiende, que no ve lo que hace, que no puede parar.
Llenó la bañera, y yo estaba en el piso, toda ensangrentada. Los mechones de pelo tirados por ahí, pisoteados sobre los coágulos de sangre seca, que parecían jeroglíficos japoneses raros, escritos con tinta roja sobre una bandera blanca que carga al ataque, bajo el ruido del agua que se llenaba en la bañera. El agua no estaba ni tibia ni fría, como las lágrimas de mi madre, que caían sobre mi cara, escapadas de sus ojos, cuando inclinada sobre mí me ahogaba con las dos manos, mirándome a la cara, disfrutando de mi sufrimiento, pero no lo había. Yo sonreía y decía: no me vas a matar, porque me protege más que solo Dios. Detrás mío está la eternidad. Y cuando mi madre me agarró del pelo y mi cabeza, tomada de mi pelo espléndido de chica latinoamericana, se sumergió en el agua, con los ojos abiertos vi algo que me sonreía y me envolvía la cara de luz. Y en ese momento las manos de Rosa se abrieron, y ella cayó desmayada sobre el azulejo blanco, manchado con mi sangre.
Y yo, sin resistirme, seguía mirando eso que me sonreía y que, como el sol, me regalaba el calor del amor, de la paz, de la alegría — todo eso que deseaba desde chica. Parada al lado de mi madre, apenas aprendiendo a caminar y con la cabeza levantada, miraba cómo se pintaba los labios frente al espejo, probándose ropa, sin verme para nada. A su hija.
La melodía — eso que no era melodía — seguía sonando dentro mío y diciendo: viví, viví, viví.
Y cuando mi madre volvió en sí, me abrazó a los gritos y lloró amargo, fuerte, entendiendo que por la vuelta de mi padre había estado dispuesta a matarme. Por los sentimientos que sentía y sigue sintiendo por mi padre hasta hoy. Está dispuesta a entregar su propia vida, pero no puede confesárselo a sí misma, y mucho menos a él.
Así lloró mi madre por primera vez. Y vi y escuché en ella a esa nena de quince años, a esa Rosa jovencita, que pronto también voy a ser yo.
— Perdoname, Mimi — susurró mi madre. Bajito. Casi inaudible. Como una oración, como una maldición, como algo que no debería decirse en voz alta pero se dice. — ¡Perdoname! No quería. No sé qué me pasa. ¡Perdoname!
No le respondí. No podía. No quería. Me quedé quieta, simplemente. Mi cuerpo mojado temblaba, pero no de miedo, sino de entender lo enorme que es el mundo que está detrás mío, y lo fuerte que es mi deseo de vivir. Y la canción seguía manando de ninguna parte, siguiéndome llenando de vida — millones de aleteos de picaflores en mi pecho.
A pesar de sus ganas de pedir perdón aquella vez, a pesar de sus palabras apasionadas sobre el perdón, mi madre me ahogó varias veces más. No quiero enumerar cuándo ni cómo fueron esas escenas. Solo recuerdo mi inmersión bajo el agua entre cada inhalación antes de sumergirme y cada exhalación cuando mi cabeza subía. Recuerdo todas las pausas. Y recuerdo sus manos, metidas en mi pelo rizado.
CAPÍTULO 3. TRES NOMBRES
Bajo el corazón de Latinoamérica
Tenía trece años cuando decidí ahorcarme el día de mi cumpleaños.
No quería festejo ni sonrisas falsas de invitados. Quería silencio y paz. El amor y los abrazos de mi abuela, las bromas de mi abuelo y, por supuesto, el calor del hogar. Pero mi fiesta se convertía en un burdel cuando mi madre, borracha, se volvía a tirar en mi cama con otro hombre y se ponía a tener sexo.
Agarré esa misma soga del altillo, que olía a polvo y a diarios viejos. Después até la soga a una viga en el galpón detrás de la casa, donde nadie pasa ni ve. Me subí al banquito. Me pasé la soga por el cuello. Pero esta vez no por la mano, sino por el cuello. Porque tenía trece años y me parecía que estaba cansada. Cansada de esperar y de tener esperanza. Cansada de amar un mundo que no me amaba. Cansada de ser la que no notan. Cansada de ser la Mimi invisible e innecesaria.
Cerré los ojos y escuché esa misma canción sin palabras, que cantaba: no hace falta. Sos necesaria. Viví para ese que vive inmortal dentro tuyo.
Y entonces vi una mano en llamas, extendida hacia mí desde el vacío, suspendida en el aire. La mano era tibia y viva. Me tocó la mejilla despacito y con cuidado, como se toca algo que podrían romper y perder, pero que no deberían hacerlo.
— Julieta — dijo la voz. — Hoy no. Así no. Ahora no. Viví.
Y me bajé del banquito, saqué la soga y la tiré lejos de mí, como si fuera una serpiente venenosa.
No sé quién era. No sé si fue real. Pero lo escuché. Lo sentí y viví. Y eso fue más de lo que podía pedir, más de lo que podía esperar. Más de lo que podía soñar. Viví, a pesar de todo, gracias a algo. A eso que no me soltó nunca.
Mi padre me llevó cuando tenía catorce años.
No por amor ni por algún sentimiento hacia mí que de pronto le ardiera en el pecho. Se murió el jefe del clan Arenas y hacía falta un heredero. Mi padre no tenía hijos varones en el sentido de poder continuar la obra de su linaje. Esos dos hijos, nacidos después de mí, física, o más bien mentalmente, no podían ser candidatos a herederos. Tanto el mayor como el menor, nacidos de distintas mujeres, sufrían autismo en alguna forma. En nuestra familia eso es hereditario por línea paterna. En algunos más fuerte, en otros más débil. Yo capaz que tenía o tengo autismo, pero los médicos y psicólogos que me observaron y me examinaron no detectaron nada crítico, y por eso le dijeron a mi padre que su hija estaba sana. Pero que necesitaba sí o sí una alimentación abundante en carne y verduras de manera regular, por los niveles muy bajos de hemoglobina en sangre.
Papá llegó a Córdoba, a nuestra casita, que nos había dejado una argentina buena, que se fue de Córdoba para siempre después de la muerte de todos sus seres queridos. Después de vender la segunda casa y juntar todas sus cosas, se despidió de nosotros con mucho cariño en la puerta de lo que ya era nuestra casa, nos dejó para siempre, y ni siquiera sabemos nada del destino de esa mujer argentina maravillosa. Habiendo vivido mis años en mi ciudad hermosa, amo de verdad a mi pueblo, a los argentinos. Lo amo tanto que a veces me parece que me disolví en él. Y donde sea que esté, conmigo está mi Fernet querido, cuya patria es justamente mi ciudad, Córdoba. Y mi alfajor más rico del mundo entero, sobre todo el que hacen las manos de oro de mi abuela Adriana. Abuela, mi ángel salvador, que caminó a mi lado toda la vida, y agradezco de corazón que fuera justamente la abuela la que me contó lo maravilloso que es mi pueblo argentino. Y cuánto dolor aguantó este pueblo, lo difícil que fue para nuestras mujeres, que perdieron a sus hijos en guerras y levantamientos, hijos que no se pueden recuperar. Donde sea que esté, muchas veces vuelvo con la mente a la Manzana Jesuítica, que fascina con su belleza, y a esas vistas de ensueño de las Sierras Chicas, ese gigante que hace de guardián de mi ciudad querida. Mi pueblo, al que pertenezco hasta la última gota de mi sangre, además es muy inteligente y merece de verdad el nombre de La Docta, siendo el centro intelectual y espiritual de la Argentina a la par de Buenos Aires.
A esa misma habitación donde mi madre intentó ahogarme, entró mi padre con cara de guardián sombrío y, sin siquiera saludarme como se acostumbra entre argentinos educados, enseguida miró a mi madre con atención y con un frío cortante. En la mirada había distancia y el recuerdo incómodo del pasado, de su separación de ella, que les trajo a él y a ella muchos momentos desagradables. Y entendían que los dos eran culpables de todo, pero ya no había vuelta atrás. Ella tenía su hombre, o para ser honesta, una fila. Como él tenía una fila de mujeres, y no de las mejores, por cierto. Así viven los adultos, así les gusta. Después se arrepienten, pero de eso se acuerdan solo cuando la pérdida del pasado pesa más que la pérdida del presente. Y cada encuentro nuevo que se convierte en relación, por algún motivo siempre es peor que el anterior. Rosa lo miraba con un leve desconcierto y con un metal fingido de indiferencia, y le preguntó: «¿Qué querés?» Y la voz le tembló. Temblaba de dolor del alma y de pasión por él. Quería tirarse a su cuello y gritar con todas sus fuerzas: «¡Perdoname, te amo!», y largarse a llorar como esa nena de quince años que llevaba bajo su corazón latino joven una vida nueva y hermosa — yo.




