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El segundo problema diplomático que enfrentamos como resultado de los análisis de Martínez Alier es de mayor escala, puesto que se encuentra con la cuestión climática, es decir, con la globalización conjunta de la economía de los recursos energéticos y de los mayores riesgos ecológicos. El ecologismo de los pobres fue escrito antes de que la cuestión climática subordine todas las demás cuestiones ambientales, y el clima es discutido como una amenaza entre otras; subvalorado, de hecho. Sin embargo, los fenómenos de movilización ecológica que describe, las asimetrías geopolíticas, la tensión en torno a los recursos y la tela de fondo de las contradicciones materiales de la modernidad, fueron confirmados y aumentados por la cuestión climática. Así, Martínez Alier vio emerger, antes de que estalle con la cuestión climática, una nueva configuración geopolítica, un cruce de las cuestiones sociales, geográficas y económicas, que se ha convertido desde entonces en la base empírica y teórica del pensamiento ambiental.32
La cuestión de los combustibles fósiles, desde su lugar tanto en la cadena metabólica global del sistema terrestre como en las economías locales del «hábitat», puede, por lo tanto, tratarse en el marco aquí definido. A principios de los años 2000, la llegada al poder en algunos países de América Latina de candidatos socialistas abrió la posibilidad de una nueva actitud frente a la situación económica y política de estos grandes exportadores de materias primas. En Ecuador, Rafael Correa ganó las elecciones con un programa que se destacó por el ecologismo y la defensa de los derechos indígenas. La articulación entre estas dos promesas se ha vuelto concreta con la intervención de expertos del mundo de la economía ecológica —como Herman Daly. Estos se adueñaron de la controversia central que animó la vida política del país, es decir, la decisión de explotar o no yacimientos de petróleo en el Parque Nacional Yasuní, a la vez reserva natural de bosque primario y reserva indígena poblada por comunidades amazónicas. Para Ecuador, dichas reservas fósiles representarían una importante oportunidad económica, pero cuyo valor entra en contradicción con los principios de conservación del Parque Nacional, así como un principio más general de preservación del clima. Desde 2007, se lanzó la iniciativa Yasuní-ITT: en lugar de convertir esta reserva de combustible fósil en petrodólares, arrasando el bosque y contribuyendo al cambio climático, se trataría de extraer el valor contenido en el no consumo de aquella. Lo que los economistas llamaron las emisiones netas evitadas expresa la idea de que al conservar estas reservas sin explotar, Ecuador se volvería exportador, no de un combustible fósil, sino de una capacidad de absorción del carbono atmosférico, de un capital natural bajo la forma de biodiversidad y sobre todo del valor estimado de las emisiones negativas que este petróleo no quemado representa. Este razonamiento se basa en la idea de que los daños causados por el cambio climático tendrán un costo significativo, y que el petróleo mantenido bajo tierra ahorra estos costos futuros. Ecuador anunció al planeta, en el 2007, que esperaba de la comunidad internacional una compensación por este servicio brindado al clima global, que ascendería aproximadamente a la mitad del valor del petróleo. Por ejemplo, el presidente Correa habló en estos términos en las Naciones Unidas:
Ecuador desea transformar las viejas nociones de la economía y el concepto de valor. En el sistema de mercado, el valor solo es el valor de intercambio, el precio. El proyecto Yasuní-ITT se basa en el reconocimiento de un valor no crematístico, que atañe a la seguridad ambiental y al mantenimiento de la biodiversidad global. Este proyecto augura una nueva lógica económica para el siglo xxi, en la que se puede obtener una compensación no para la producción de un bien, sino para la generación de un valor de un nuevo tipo.33
Lamentablemente, este proyecto tuvo que ser abandonado en 2013, ante la falta de respuesta significativa de la comunidad internacional, y Ecuador finalmente abrió para su explotación los yacimientos de petróleo en el Yasuní. A pesar de su decepcionante final, este caso ilustra perfectamente la situación política y filosófica, y por lo tanto diplomática, en la que se encuentran hoy en día muchas naciones periféricas en relación con el desarrollo económico «clásico», industrial. El intento llevado a cabo por Ecuador, y Correa, estaba probablemente condenado al fracaso, pero señala algo que debería estar integrado como un dato central de la economía política del siglo xxi: lo que circula en el mercado con el nombre de mercancías es solo la parte más visible de un intercambio más amplio de servicios, de prestaciones, implicados en el metabolismo tanto geológico como climático del planeta —son materias que están cambiando el clima—, así como en un circuito de bienes y servicios ambientales que deben ser reconocidos como tales. Estos servicios son principalmente el mantenimiento de las funciones reguladoras de la biósfera y la garantía de su funcionamiento futuro, que ejercen una influencia directa sobre la habitabilidad del planeta y, por lo tanto, la seguridad global. Estas prestaciones, que aparecen curiosamente como cantidades negativas en relación con lo que el mercado tal como se le conoce mide habitualmente, constituyen la esfera de referencia que nos tenemos que dar de ahora en adelante para entender la economía política global. El concepto de mercado fue construido para captar solo el intercambio de bienes materiales e inmateriales a través de la noción de precio y mediante la exclusión de este sistema de intercambio que la economía llama a veces «externalidades». Sin embargo, estas externalidades reúnen la otra cara de la mercancía, esto es, en qué participa de los ciclos ecológicos y materiales globales: la contaminación y el riesgo inducido, la pérdida de biodiversidad, los espacios y hábitats perdidos, es decir, el conjunto de las dinámicas socioecológicas comprometidas por las estructuras mismas del mercado.
A partir de esta concepción de un intercambio global de prestaciones ecológicas, del intercambio de mercancías, siendo solo un aspecto incompleto del mismo, tomamos conciencia otra vez de la desigualdad estructural entre las naciones que se benefician de estas prestaciones y las que, situadas en el otro extremo del mundo, las entregan por ahora gratuitamente. El mercado tiene que ser concebido como la institución central que garantiza la separación entre el ciclo mercantil y el ciclo ecológico y, por ende, la asimetría entre las diferentes partes del mundo. El libro de Martínez Alier no dilucida del todo este esquema poseconómico, pero ciertamente da un primer análisis del mismo, y sobre todo, ofrece una parte de los instrumentos conceptuales capaces de entenderlo correctamente. Muchos ambientalistas siguen reacios a traducir las prestaciones ambientales en valor monetario, y en cierto sentido tienen razón, ya que se podría establecer también como objetivo el hacer estallar el poder absoluto de la moneda como unidad de cuenta en el mercado. Pero lo que está en juego es más radicalmente la búsqueda de una disposición diplomática general, en la que las mercancías no aparezcan más como la mediación central en las negociaciones políticas entre estados, pueblos, recursos, entornos. Al ser la moneda la única métrica universal hasta la fecha, es necesario incorporarle el valor de las prestaciones no mercantiles o antimercantiles haciendo, así, perceptible su carácter fundamentalmente reacio a la lógica establecida por el mercado. Hay que extraer de todo ello que la esfera de las prestaciones ecológicas globales constituye una extensión de las prestaciones sociales fundamentales, poco a poco reconocidas en los siglos xix y por el derecho llamado «social»: de la misma manera que la sustancia humana fue protegida por este derecho, el tejido de las relaciones ecológicas y económicas debe ser protegido por un nuevo derecho que se involucre en la circulación de los bienes para captar lo que el mercado excluyó. Mientras que, hasta los años setenta, la sociedad, y mejor aún la sociedad nacional, todavía se presentaba legítimamente como el concepto y la realidad colectiva capaz de trascender el mercado, la fase actual de las tensiones entre el mercado y lo que lo enfrenta probablemente revela una negatividad que solo se deja reducir de manera imperfecta al concepto de sociedad. El reconocimiento político y económico supranacional de estas prestaciones no mercantiles y de carácter protector juega un papel funcionalmente similar al que jugaba antaño el reconocimiento del valor de lo social como espacio de cohabitación de las personas libres. Pero ontológicamente, por así decirlo, la composición de esta «cosa» a proteger tuerce profundamente el concepto de sociedad, especialmente si se le atribuye una dimensión de autonomía radical respecto de las cosas y su fuerza. Por lo tanto, queda claro que los mecanismos de protección ecológica se tienen que entender desde la historia de la cuestión social, tal como la sociología moderna la planteó, precisamente, para hacer valer esta analogía funcional entre protección de la sociedad y protección de este nuevo objeto. Pero es de manera recíproca y absolutamente necesaria identificar correctamente el objeto que nos ocupa, y que otorga a la cuestión social una dimensión material y global que probablemente no tuvo en el pasado. La identificación y la clarificación de estas transformaciones de la cuestión social por la ecología política global le dan a la filosofía política una de sus tareas principales para el futuro.
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1. Esta introducción proviene de un artículo publicado en Conceptos Históricos 3 (4), pp. 84-108, Universidad Nacional de San Martín. 2017. Este artículo investiga el trabajo y el pensamiento del economista Joan Martínez Alier. Se trata de un intento por desarrollar la principal idea defendida en «El ecologismo de los pobres»: el modo de desarrollo capitalista y la economía de mercado no solo causaron la autonomización de la economía frente a la sociedad, sino que también desconectaron la economía de las regulaciones metabólicas elementales de nuestro planeta. Según Martínez Alier, la economía ecológica y la sociología ambiental deberían, pues, encontrar un campo analítico y político común. Aquí, tratamos de comprender las implicaciones epistemológicas y políticas de esa tesis fundamental.
2. pierre.charbonnier@ehess.fr - Centre national de la recherche scientifique-Laboratoire interdisciplinaire d’études sur les réflexivités/École des hautes études en sciences sociales, Francia.
3. Joan Martínez Alier. El ecologismo de los pobres: conflictos ambientales y lenguajes de valoración. Barcelona, Icaria, [2002] 2009. La discusión sobre constructivismo se encuentra en la p. 122
4. Ver Joan Martínez Alier. El ecologismo de los pobres…, capítulos 2 y 3, pp. 55-101.
5. Sobre el impacto de la Cumbre de Río de Janeiro en el pensamiento ambiental y la invención del concepto de deuda ecológica en particular, ver Rikard Warlenius, Gregory Pierce y Vasna Ramasar. «Reversing the Arrow of Arrears: The Concept of ‘Ecological Debt’ and its Value for Environmental Justice», Global Environmental Change 30, 2015, pp. 21-30.
6. Para una presentación histórica y etimológica de los aspectos principales de esta disciplina, ver Joan Martínez Alier. Ecological Economics: Energy, Environment and Society. Oxford, Blackwell, 1990.
7. Ver Fridolin Krausmann, Karl-Heinz Erb, Simone Gingrich, Helmut Haberl, Alberte Bondeau, Veronika Gaube, Christian Lauk, Christoph Plutzar y Timothy D. Searchinger. «Global Human Appropriation of Net Primary Production Doubled in the 20th Century», Proceedings of the National Academy of Sciences, Vol. 110, No 25, 2013, pp. 10324-10329.
8. Ver Joan Martínez Alier. El ecologismo de los pobres…, p. 83 para los comentarios del autor sobre esta noción.
9. Ver Jeffrey S. Dukes. «Burning Buried Sunshine: Human Consumption of Ancient Solar Energy», Climatic Change, Vol. 61, No 1-2, 2003, pp. 31-44.
10. Ver Robert Costanza et al. «The Value of the World’s Ecosystem Services and Natural Capital», Ecological Economics, Vol. 25, No 1, 1998, pp. 3-15.
11. Sobre este punto, ver Joan Martínez Alier. El ecologismo de los pobres…, pp. 311-312.
12. Ver Nicholas Georgescu-Roegen. The Entropy Law and the Economic Process. Cambridge, Harvard University Press, 1971; ver también, del mismo autor, «Energy and Economic Myths», Southern Economic Journal 41, 1975, pp. 347-381.
13. Ver Donella H. Meadows et al. The Limits to Growth: A Report for the Club of Rome’s Project on the Predicament of Mankind. New York, Universe Books, 1972.
14. Sobre este punto, ver Joan Martínez Alier. El ecologismo de los pobres…, p. 72.
15. Ver Thorstein Veblen. The Engineers and the Price System. Kitchener, Batoche Books, [1921] 2001.
16. Sobre este movimiento, ver William Akin. Technocracy and the American Dream: The Technocrat Movement, 1900-1941. Berkeley, University of California Press, 1977.
17. Ver, por ejemplo, «Un manifiesto ecomodernista», disponible en: http://www.ecomodernism. org/espanol/, acceso 15 de enero de 2017.
18. Sobre este problema, ver William W. Hogan y Alan S. Manne. «Energy-Economy Interactions: The Fable of the Elephant and the Rabbit?», en Charles J. Hitch (ed.): Modeling Energy-Economy Interactions: Five Approaches. Washington D. C., Resources for the Future, 1977, pp. 247-277.
19. Ver Joan Martínez Alier. El ecologismo de los pobres…, pp. 89-90.
20. Sobre este punto, ver Alf Hornborg. Global Ecology and Unequal Exchange: Fetishism in a Zero-Sum World. New York, Routledge, 2011.
21. Ver particularmente Kenneth Pomeranz. The Great Divergence: China, Europe, and the Making of the Modern World Economy. Princeton, Princeton University Press, 2000, apartado seis, «Abolishing the Land Constraint», pp. 264-269.
22. Para tener una visión general de este movimiento, ver Edward Palmer Thompson. The Making of the British Working Class. London, Victor Gollancz, 1963. Sobre la cuestión económica y ecológica en particular, ver Edward Anthony Wrigley. Poverty, Progress, and Population. Cambridge, Cambridge University Press, 2004; del mismo modo, aunque desde una perspectiva diferente, ver Andreas Malm. «The Origins of Fossil Capital: From Water to Steam in the British Cotton Industry», Historical Materialism, Vol. 21, Nº 1, 2013, pp. 15-68.
23. Ver Karl Polanyi. La gran transformación. Madrid, La Piqueta, [1944] 1989.
24. Ver Pierre Charbonnier. «Le socialisme est-il une politique de la nature? Une lecture écologique de Karl Polanyi», Incidence 11, 2015, pp. 183-204.
25. Ver Tania Li. Land’s End: Capitalist Relations on an Indigenous Frontier. Durham, Duke University Press, 2014; y, de la misma autora, «What Is Land? Assembling a Resource for Global Investment», Transactions of the Institute of British Geographers, Vol. 39, Nº 4, 2014, pp. 589-602.
26. En el sentido definido por Bruno Latour (ver An Inquiry into Modes of Existence: An Anthropology of the Moderns. Cambridge, Harvard University Press, 2013).
27. Ver Joan Martínez Alier. El ecologismo de los pobres…, p. 153 y siguientes.
28. Para un ejemplo, ver Marisol de la Cadena. «Indigenous Cosmopolitics in the Andes: Conceptual Reflections Beyond ‘Politics’», Cultural Anthropology, Vol. 25, Nº 2, 2012, pp. 334-370; y, de la misma autora, Earth Beings: Ecologies of Practice across Andean Worlds. Durham, Duke University Press, 2015.
29. En el sentido definido por Philippe Descola (ver Más allá de naturaleza y cultura. Buenos Aires, Amorrortu, [2005] 2012).
30. Ver Philippe Descola. Más allá de naturaleza y cultura…
31. Sobre el origen de esta referencia para la diplomacia, ver Richard White. The Middle Ground: Indians, Empires and Republics in the Great Lakes Region, 1650-1815. Cambridge, Cambridge University Press, 1991.
32. Ver Pierre Charbonnier. «Généalogie de l’anthropocène. La fin du risque et des limites», Annales. Histoire, sciences sociales, en prensa.
33. Rafael Correa, 24 de septiembre de 2007, citado en Laura Rival. «Ecuador’s Yasuní-ITT Initiative: The old and new values of petroleum», Ecological Economics 70, 2010, pp. 358-365, aquí p. 358: «Ecuador seeks to transform old notions of economics and the concept of value. In the market system, the only possible value is the exchange value, the price. The Yasuní-ITT Project is based on the recognition of use and service of non-chrematistic values of environmental security and maintenance of world biodiversity. The project ushers in a new economic logic for the 21st century, one in which what is compensated for is not just the production of commodities, but the generation of value».
PRESENTACIÓN
Mario Palacios Panéz 1
El Ecologismo de los Pobres escrito por Joan Martínez Alier es un importante libro reflexivo sobre las resistencias y luchas locales de diversas formas de organización de afectados por el crecimiento destructivo y contaminante de las multinacionales del lucro. Ellas usurpan, destruyen y contaminan territorios, recursos naturales y medios de vida de muchas poblaciones. En estas resistencias y luchas que tienen como finalidad la defensa de la naturaleza, el medio ambiente y la vida se encuentran diversos actores: ecologistas, ambientalistas, poblaciones, comunidades y pueblos en un conflicto de alcance global.
Los desequilibrios ecológicos ambientales que atraviesa el mundo, es resultado de las emisiones tóxicas, destrozos ecológicos y desechos industriales que multiplican la contaminación de origen humano. La voracidad de los grandes capitales que explotan irracionalmente los recursos de países empobrecidos del sur, no sólo produce daños irreversibles a nuestro planeta, sino que cobra las vidas de miles de personas obligadas a desplazarse de sus lugares de origen porque en esos sitios hay recursos que los grandes consorcios apetecen.
Esta destrucción amenaza a la humanidad entera y pone en peligro la supervivencia de nuestra especie. De ahí que haya un conflicto entre la destrucción de la naturaleza para ganar dinero y su conservación para poder sobrevivir. Conflicto que también se manifiesta como un desencuentro entre la tecnología occidental confrontada con los saberes y conocimientos de pueblos indígenas y su consciencia ecológica.
A estas resistencias, organizaciones y redes así como a las propuestas y alternativas que forman voluntades, comunidades y poblaciones que defienden la conservación de la naturaleza y el medio ambiente, porque la necesitan para vivir, se les define como el movimiento del “Ecologismo Popular” o “ecología de los pobres” que son las acciones en defensa del sustento y del acceso comunal a los recursos naturales, amenazados por los Estados o por la expansión de los mercados. Estas acciones se constituyen como la principal fuerza social que encamina a la economía en una ruta más justa y sostenible, como lo plantea Martínez Alier.
El libro atraviesa diferentes escenarios de reflexión relacionados a conflictos socioambientales desarrollados en diversas latitudes, antes y durante estos últimos veinte años. Se evidencian los abismos existentes entre la “ecología de los pobres” y la política de los partidos en general y en particular de los partidos “progresistas” de izquierda en Latinoamérica; estos han ignorado o despreciado los problemas ecológicos. Incluso ahora, se progresa con lentitud y dificultad, a menudo se limitan a plantear meras reparaciones ambientales. Les cuesta asumir estas preocupaciones como parte de su programa político, porque al igual que las derechas todavía están adorando el crecimiento del PBI (Producto Bruto Interno), como lo único sagrado que hay en el mundo. Por su lado los empresarios liberales y sus partidarios sostienen la preeminencia del crecimiento económico y que las ganancias arreglarán los problemas ambientales, pero no es así.
Las terribles agresiones del capital a la naturaleza y a la ecología generan y acrecientan resistencias y movilizaciones sociales, aumentan los conflictos porque se defienden los territorios en que se habita permanentemente.
El libro refuta una de las tesis centrales del famoso informe Brundtland de las Naciones Unidas, Nuestro futuro común, que sostiene que la pobreza genera degradación ambiental, por lo cual el “desarrollo económico ecológicamente sustentable” es el remedio para ambos males. Por el contrario nos muestra que el crecimiento económico lleva al agotamiento de recursos naturales, así como a la contaminación, lo cual perjudica sobre todo a los pobres, de ahí que haya un conflicto entre la destrucción de la naturaleza para ganar dinero y la conservación de la naturaleza para poder sobrevivir. Una de las críticas sobre las economías planificadas de Europa es que no sólo supusieron una explotación de los trabajadores en beneficio de una capa burocrática sino que, además, tuvieron una ideología de crecimiento económico “a toda costa” y una gran ineficiencia en el uso de recursos acompañada con la carencia de libertades.



