Alicia en el país de la alegría

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—¿Qué haces, Pitusina? ¿Qué estás escribiendo?
Mi padre me mira, mira el cuaderno y me vuelve a mirar. Yo cierro el cuaderno, lo guardo en mi caja de los secretos y la escondo detrás de mí.
—Nada, Mapa, nada, cosas mías. Cosas de niñas pequeñas que las personas mayores no podéis comprender.
—¡Vaya! Conque esas tenemos ¡eh! ¿Cosas de niñas pequeñas? Deberías saber que yo he sido pequeño antes de ser mayor.
—Ya, pero no has sido niña pequeña y no lo podrás ser nunca. Sin embargo, yo seré algún día niña mayor.
—Por supuesto, tú tampoco podrás ser niño mayor nunca.
—O sí, nunca se sabe —como tú dices— lo que me tendrá reservado el futuro.
—Muy bien, muy bien. Tú ganas. Ya sabes que puedes contarme lo que quieras, cuando quieras.
—Lo sé, pero tengo derecho a tener mis propios secretos ¿no?
—¡Ay, Pitusina! ¡Cómo me gustaría verte por un agujerito cuando tengas los mismos años que tengo yo ahora!
—Me verás, Mapa. Seré maestra y escritora, ganaré mucho dinero, tú y mami viviréis conmigo. No quiero otra cosa.
A mi padre le brillan los ojos, en ellos asoma una lágrima. Titubea y dice:
—Me gusta que seas amiga de Sergio. ¿Sabías que su padre y yo también fuimos amigos?
—¿Por qué dices fuimos? ¿Ya no lo sois? ¿Es que está muerto?
—¿Por qué lo preguntas?
—Porque no viene al pueblo. Yo no le he visto nunca. ¿Dónde está?
—Eso es mejor que te lo cuente tu amigo. Si no te ha dicho nada sus razones tendrá. Debes aprender a respetar los silencios de otras personas.
—Y tú también.
Mi padre sonríe, me guiña un ojo y sale del desván. Yo apunto en mi libreta: ¿Dónde está el padre de Sergio? ¿Está vivo o está muerto? Si está vivo ¿por qué nunca viene con ellos al pueblo? Si está muerto ¿cuándo murió y por qué?
En la escuela de las niñas pequeñas el aburrimiento ha llegado a ser insoportable. Al principio me gustaba ir a cuidar al niño de la maestra, leer sus cuentos, imaginar que la suya es mi casa, que estoy casada con Sergio y el hijo de la maestra es nuestro hijo. Cuando refunfuña, hablo con él como si pudiese entenderme, para que no arranque a llorar. Cuando hablo me mira, tal vez piense que estoy loca.
Me aburre ir todos los días a cuidar al hijo de la maestra. Además, su marido me da un poco de miedo. Entra sin hacer ruido y cuando me doy cuenta está allí, delante de nosotros, mirándome con una sonrisa rara.
Hoy me ha levantado las faldas y me ha dado un azote en el culo, diciendo:
—Eres una niña muy guapa ¿lo sabías? Vas a volver locos a los hombres cuando seas un poco mayor.
Nunca me han dado un azote mis padres ¿por qué me lo tiene que dar él? No me gusta nada cómo habla, cómo me mira, cómo abre los ojos y se chupa el labio de abajo con la lengua. Salgo corriendo.
Salgo de la casa de la maestra, pero no voy a la escuela como otras veces. Tampoco iré a casa. Lo que quiero es pensar qué puedo decirle a la maestra para no ir a cuidar a su hijo nunca más.
Ando distraída, pensando, y me doy de bruces con el juez de paz. Un señor muy pacífico que vale para arreglarlo todo: riñas entre vecinos, problemas de lindes, cercas, sembrados; peleas entre mujeres, peleas entre hombres, herencias, donaciones, trifulcas, todo, todo o casi todo lo arregla sin despeinarse. Prefiere que quienes tienen un problema se pongan de acuerdo hablando. Si no es posible, multa al culpable. A veces se la pone a los dos, y aquí paz y después gloria. Los que han reñido se van a sus casas y hasta la próxima vez.
Dice mi madre que el juez de paz es un hombre bueno, que no visita los bares (quiere decir que no se emborracha, porque visitarlos sí que los visita, yo lo he visto en mi bar alguna vez), es serio, trabajador y todo el mundo lo respeta. Claro, no me imagino a un juez de paz borracho, pegando a su mujer o riñendo con el vecino por cualquier tontería.
El juez de paz se para, me saluda, mira al reloj y dice:
—Eres Alicia ¿no?, la hija pequeña de Juan y María.
—Sí, señor. Servidora se llama Alicia.
—Y dime, Alicia, ¿qué haces por aquí a estas horas? ¿No tendrías que estar en la escuela?
Estoy nerviosa, no sé qué decir. Tal vez debería contarle lo que ha pasado en casa de la maestra, que he sentido mucho miedo y he salido pitando de allí. No, eso no. Para eso tendría que contarle que la maestra me manda todos los días a cuidar a su hijo y que su marido... No, eso no.
—No contestas, tiemblas y estás triste. ¿Qué pasa, Alicia? A mí me puedes contar lo que quieras, sin miedo.
—Es que, desde hace casi dos meses, la maestra me envía todos los días a su casa a cuidar a su hijo. Como ha vuelto su marido ya no me necesita y...
—¿Te ha asustado el marido de la maestra? ¿Por qué no has vuelto a la escuela? ¿Por qué no te has ido a casa?
Lo del marido de la maestra no se lo puedo decir. Es muy difícil contar una sensación. Pero... tengo que decirle lo otro.
—Es que necesitaba pensar cómo decirle a la maestra que no quiero volver a su casa. Ya he aprendido a cuidar a su hijo, ahora que aprenda otra niña. Yo quiero aprender otras cosas. Por favor, señor Juez, no se lo diga a la maestra: me puede castigar.
—A ti no te va a castigar nadie, Alicia, de eso me encargo yo. Tú no tienes culpa de nada. Ahora los dos vamos a tu casa.
—¡Por favor! ¡Por favor! No se lo diga a mis padres, que se van a enfadar conmigo.
—Nadie se va a enfadar contigo. Confía en mí.
El juez de paz es un hombre mayor con cara de buena persona. Sonríe, me toma de la mano y, tranquilamente, los dos nos dirigimos a mi casa. Por el camino me habla de los árboles y plantas que encontramos. Reconozco encinas, pinos, chopos, trigo... pero hay otras plantas que he visto muchas veces y no sé cómo se llaman. Él me va diciendo los nombres científicos de cada árbol, de cada arbusto, de cada florecilla. Es un hombre listo y agradable. No me extraña que sea juez de paz. También podría haber sido maestro.
—Oiga, señor juez, ¿y usted por qué sabe todas esas cosas?
—Porque me gusta mucho leer, lo mismo que a tu padre. Leo, sobre todo, libros de botánica. Leer es una buena cosa ¿a ti te gusta leer?
—Sí, claro, me gusta mucho leer.
—Entonces, si quieres, puedo dejarte un libro en el que verás los nombres de todos los árboles y plantas que crecen en nuestro término municipal.
—Claro que quiero. Muchas gracias. Tendré mucho cuidado para que no se rompa.
Encontrarme con el juez de paz ha sido estupendo. Ahora estoy más tranquila. Mi padre está sentado en el banco de piedra de la puerta. ¡Qué estupendo! Hoy ha venido a comer. Debe de estar trabajando en la cantera del Cristo.
Al vernos llegar, mi padre se levanta y saluda al juez de paz. Luego me mira, mira el reloj, levanta la cabeza, sube las cejas y mueve los hombros pidiéndome explicaciones. Como no contesto, dice:
—¿Qué pasa, Alicia, por qué no estás en la escuela?
—No pasa nada por lo que tengas que preocuparte, Juan —dice el Juez—. Entremos en tu casa y hablamos ¿te parece bien?
A pesar de todo, noto que mi padre está preocupado. No deja de mirarme. Yo bajo la cabeza. No quiero ver nada más. Dentro, en la cocina, está mi madre. Se sorprende al vernos entrar.
—Alicia, ¿qué pasa? Has armado alguna, como si lo viera...
Mi madre me agarra del brazo y me zarandea.
—Vamos, Alicia, dime ¿qué has hecho ahora?
—Nada, María, Alicia no ha hecho nada. No sé si sabéis que desde hace dos meses va todos los días a cuidar al hijo de la maestra a su casa.
—¡Madre del amor hermoso! —dice mi madre— ¿Es eso cierto, Alicia? ¿Por qué no nos has dicho nada a tu padre o a mí?
No contesto, ya no puedo más. Me pongo a llorar con todas mis fuerzas. Mi padre me abraza, mi madre levanta la mano amenazante, el juez habla.
—La niña no tiene culpa de nada. Pero nosotros tres debemos ir a hablar con la maestra. Esta no es la primera vez que pasa algo así. La maestra no puede mandar a niñas pequeñas a cuidar de su hijo. Y menos sin que sus padres lo sepan. Alicia está preocupada, no sabe cómo decirle a la maestra que no quiere volver a ir a cuidar a su hijo, que quiere estudiar.
Ahora es mi madre la que me abraza.
—Pobrecita hija, con lo pequeña que es. ¿Y ese pobre niño? Alicia pensaría que estaba jugando a las muñecas, con lo fantasiosa que es.
Los tres se van a hablar con la maestra. Yo me quedo en casa, con mi hermana y le cuento lo que me ha pasado. A ella también le cuento que el marido de la maestra me ha levantado las faldas y me ha dado un azote en el culo.
—Mira, Alicia, si algún insensato te hace algo así, le pegas una patada con todas tus fuerzas ahí, donde más le duela.
—No le digas a nadie lo que te he contado. Sobre todo no se lo digas a nuestros padres ¿me lo prometes?
—No te preocupes, que no se lo pienso decir a nadie, ni tú tampoco.
Por la tarde no voy a la escuela. Mejor, así puedo leer y pensar.
Mañana iré a la escuela de las niñas mayores. Esa sí que es una buena noticia. El juez de paz le ha dicho a la maestra que sea la última vez que envía a niñas como yo a cuidar de su hijo, que si necesita una niñera que la pague o se arriesga a que le ponga una multa y le abra un expediente que podría costarle el trabajo. A lo mejor le quitan el título y no puede ejercer.
Por la noche, el juez de paz ha traído a mi casa el libro de botánica que me prometió. Tiene imágenes y todo. Me lo pienso leer de cabo a rabo y dibujar las que más me gusten.
El Juez enseña a mi padre una carta que le ha enviado Luisito el de Pozaldez, un pobre que viene todos los años a las fiestas del pueblo. Es bajito, alegre, regordete y bonachón. Se queda dos días y duerme en casa de alguien importante.
En su pueblo, Pozaldez, trabaja acarreando agua o ayudando a echar uva a los cestos en las vendimias. Poca cosa para vivir todo el año, por eso va de fiesta en fiesta, ofreciendo sus servicios a quien lo quiera escuchar.
Nosotros lo escuchamos y por eso conocemos mucho a ese pobre ambulante. Viene a nuestra casa-bar y mis padres le dan comida, ropa y conversación. Allí, en el canto de piedra que está a la puerta, nos sentamos a escuchar lo que pasa en los pueblos de su recorrido.
Cuando hace mal tiempo no sale de casa. Se dedica a escribir cartas a sus amigos y a las personas importantes de cada uno de los pueblos que recorrerá cuando llegue el buen tiempo. Pueblos de Valladolid, Segovia, Salamanca y Ávila. Pueblos como el mío en el que los niños lo siguen y los mayores lo ayudan como pueden.
Mi padre le dice al Juez que Luisito es un hombre bueno, que ha tenido la desgracia de quedarse solo. Sus padres murieron cuando él era pequeño. Como es bajito (bastante más que mi padre y eso que mi padre no fue a la mili por lo bajo que es) y como el maestro de su pueblo era un hombre bueno, lo dejó ir a la escuela hasta los veinte años. La gente de allí lo ayuda para que no le falte comida. Es pobre, pero buena persona. Cuando dejó la escuela, comenzó a andar por los caminos y a ir por los pueblos durante las fiestas. No pide, canta, baila y recita poemas, por la voluntad. Como canta mal y baila peor, algunas personas le dan lo que pueden para que no cante ni baile. Mi padre sí, mi padre le deja cantar y bailar y él se pone muy contento. Inventa poemas y canciones: Echo un baile a estas mozas y a los mozos del lugar y a los padres les deseo que casen bien a sus mozas con mucha felicidad. Así son sus canciones-poemas, así es Luisito el de Pozaldez: optimista, alegre y saltarín.
Lo que más nos gusta a mi padre y mí es que cuente lo que ha visto por los caminos, lo que pasa en los otros pueblos, lo que pasa en su propio pueblo. Durante el invierno no sale a los caminos, pero siempre le escribe una carta a mi padre, en ella le cuenta quién se ha casado, quién ha muerto, quién ha tenido un hijo. Mi padre le contesta y le cuenta las novedades que hay en nuestro pueblo. De esa forma, Luisito el de Pozaldez mantiene informadas a sus amistades y recibe correspondencia que le sirve de compañía.
Cada vez que viene al pueblo, duerme en una casa diferente. Solo se queda dos noches (la Guardia Civil tiene prohibido que los pobres se queden más días en el pueblo) pero nadie debe preocuparse por él. Es limpio, no se emborracha, no da problemas y pregunta por cada miembro de la familia. Y siempre, antes de marcharse a seguir el camino, nos invita: espero que vengáis a la función de mi pueblo, Pozaldez, que es el 20 de mayo, San Boal.
Los pobres están siempre de paso. A veces se sientan con nosotros en la solana, se toman un chato en el bar, si es que en el bar alguien los invita, incluso hay alguno que se pasa por la iglesia a rezar a sus muertos. Suelen venir de uno en uno. Cada pobre viene un día distinto de la semana. Son pobres conocidos, que tienen nombres sencillos, normalmente relacionados con su aspecto: el tío del saco, el cojo, el chepudo. Otras veces, no se ve, a simple vista, cuál será su nombre. Por ejemplo: doctor, ingeniero, licenciado. También hay nombres como los de las personas que no son ricas pero tampoco pobres de pedir: Pedrito el de Toro o Luisito el de Pozaldez. Conozco a todos los que pasan por mi pueblo. No sé si tienen el mismo nombre en todos los pueblos por los que pasan. Mi padre dice que algunos sí y otros no.
Lo que le ha dicho mi padre al juez de paz, lo ha convencido. Este año, cuando venga a las fiestas, Luisito el de Pozaldez ya tiene habitación para dormir. Dormirá, nada más y nada menos, que en la casa del juez de paz. A ver quién es el guapo que se mete con él.
CARAMELOS DE ALCANFOR
Mi casa no es como otras casas de mi pueblo en las que todas las habitaciones están abajo. La mía es como otras casas (muy pocas) que están partidas en dos: la parte de abajo, donde está la cocina, la sala y el corral; y la parte de arriba, donde están los dormitorios y el desván. En mi casa, abajo están la cocina, el bar y la cuadra. No tenemos corral, ni gallinas, ni caballos, ni vacas, ni nada de eso. Tenemos la cuadra y allí están las cubas y garrafas con vino, las botellas con refrescos y todo lo que se necesita para el bar.
Al fondo de la cuadra está el callejón, que es como un pasillo estrecho y oscuro. En el callejón está el cubo de las aguas menores y mayores. La cuadra tiene luz, pero el callejón no. A mí no me gusta entrar en el callejón, para eso voy al corral de mi abuelo. Cuando no puedo aguantarme tengo que ir al callejón y las paso canutas. Para no tener miedo canto, grito o rezo en voz alta, por si acaso.
Por las noches no hace falta bajar al callejón, tenemos orinal debajo de la cama. Por las mañanas, mi madre tira el orinal a la calle. Bueno, no tira el orinal, tira lo que hay dentro.
Me gusta mi casa, es una pena que no tenga corral para hacer eso. Donde se hace mejor es en casa de Mari Loli. Han hecho una caseta para ello. Te sientas en una silla con agujero y lo haces. Lo que haces va a un pozo negro. Para que no huela se echa tierra encima y ya está. ¡Quién pudiese tener un pozo de esos en mi casa! Mi madre dice que no puede ser porque nuestra casa no es nuestra, es del alcalde y no nos deja cambiar nada.
A lo mejor, cuando traigan el agua al pueblo y la metan en las casas, podamos hacer una caseta que tenga lavabo, retrete y todo, igual que en la capital. Eso sí que sería estupendo. Si lo que dicen es verdad, ya falta menos.
La casa de tía Federica tiene todas las habitaciones abajo. El corral es muy grande, con huerta, gallinero, pocilga... Su casa es suya, en parte. Mi tío heredó de sus padres un trozo de la casa, los otros trozos son de sus hermanos, que les dejan vivir en la casa como si fuese toda suya. De todas formas, ellos quieren hacerse una casa para ellos solos, una casa que sea suya totalmente de verdad.
Mis padres también quieren tener una casa de piedra para nosotros. Por eso mi padre trabaja cada día un par de horas más, así va juntando piedras para la casa que un día, cuando sea posible, quiere construir.
En mi pueblo, las puertas de las casas están siempre abiertas, solo las cerramos cuando vamos a dormir. Por eso, si vamos a una casa, entramos sin llamar. Mi madre dice que antes de entrar hay que decir: ¿se puede? Y, si no contesta nadie, es mejor esperar a la puerta, o ir repitiendo la pregunta según vas entrando en la cocina o en el corral. Dice que los dormitorios son sagrados y ahí no hay que entrar, a no ser que la dueña de la casa te diga que entres.
Después de la muerte de mi primo Ángel, voy mucho a visitar a mi tía Federica. Y siempre, siempre, siempre, llevo comida. La robo de nuestro bar y de los pucheros de mi casa. Incluso del almacén-frutería de mi abuelo. La llevo y se la dejo en la despensa, sin que ella sepa quién la ha puesto allí: unos bizcochos, unas pastas, fruta, chorizo.
Siempre hago lo mismo, entro sin hacer ruido y salgo bien calladita.
Me gusta rebuscar en los cajones, siempre encuentro cosas curiosas, antiguas, divertidas. Cosas que me hacen pensar. Si me pilla mi madre me la cargo. Dice que lo revuelvo todo.
Siento curiosidad por saber lo que hay en los cajones del sagrado dormitorio de mis tíos, pero siempre está la puerta cerrada. Hoy no hay nadie y la puerta del dormitorio está abierta. Me he colado dentro sin pedir permiso, sin encomendarme a Dios ni al diablo, como dice mi madre.
Rebusco en los armarios, me gusta husmear por cajones que no he abierto nunca antes. Lo que encuentro me parece un tesoro. En las mesillas de noche hay estampitas de la Virgen y el Niño Jesús, papeles, recetas médicas, abrebotellas. Cosas diferentes a las que hay en mi casa. Bueno, en mi casa solo hay mesilla en la alcoba de mis padres, pero no en la nuestra. Mi hermana y yo dormimos en la misma cama y no tenemos mesilla. Mi hermano tiene una habitación para él solo. Pero es tan pequeña que no entraría una mesilla. La cama está pegada a una pared y en la otra queda el espacio suficiente para poder quitarse la ropa antes de irse a dormir.
Mis padres, mi hermana y yo dejamos la ropa en una silla de la sala, mi hermano la deja en una percha que cuelga de un clavo en su habitación.
En casa de mi tía Federica es diferente, tiene habitaciones grandes en las que entra una cama, dos mesillas, un armario, un aguamanil de loza con jofaina, jarra, toallas y todo lo demás. Claro que no tiene sala, como en nuestra casa.
En un cajón he encontrado un caramelo, me lo meto en la boca, lo chupo y compruebo que sabe a rayos y centellas, lo escupo, pero el sabor sigue quedándoseme en la boca. Busco algo para beber y, por suerte, encuentro una botella de gaseosa: echo un trago. ¡Oh, Dios mío! ¡No es gaseosa! Está en una botella de gaseosa pero no es gaseosa, es algo que tiene un olor y un sabor a demonios. Escupo lo que puedo, pero ya me he tragado casi todo. En ese momento entra mi tía y se echa las manos a la cabeza.
—Pero... ¿qué haces, criatura? ¿Te estás bebiendo el líquido limpia metales? ¡Dios mío! Tenemos que ir al médico.
—No al médico no, al médico no.
Mi madre es adivina. Siempre está en donde yo esté, justo en el momento oportuno. Es como si tuviese ojos en todas partes y cuando me pasa algo a mí, ella aparece por arte de birlibirloque.
—Tú no aprenderás nunca ¿verdad? Un día, tus travesuras nos van a hacer sufrir a todos, ya lo verás.
Mi madre está muy enfadada, pero me alegro de que esté aquí, cuando más la necesitamos. Ella sabrá qué hacer conmigo.
Tía Federica le dice que me he comido una bola de alcanfor y luego, creyendo que era gaseosa, he echado un trago de limpia metales. Mi madre me coge en volandas y me lleva a casa de doña Irene. Doña Irene vuelve a lavarme el estómago. Debo de tener el estómago más limpio del mundo. Lo mío no tiene arreglo, dice mi madre. Y a continuación recalca:
—Esta es una niña muy inquieta. Cualquier día se mete en un lío gordo.
Eso de meterme en líos debe venirme de mi padre. Lo digo porque mi madre siempre le está diciendo a mi padre que no se meta en líos, que ya sabe, por propia experiencia, lo que pasa cuando alguien se mete en líos. Seguro que mi padre de pequeño era como yo.
Cuando doña Irene me lavó el estómago por segunda vez, sufrí lo mismo que cuando me comí los escaramujos en la cama de mi abuela, pero agravado por un fuerte dolor de estómago. Estuve varios días en la cama, con fiebre, sin ir al colegio, tomando medicinas, incluso me pusieron inyecciones. No se las podían poner a ella, porque ya soy muy mayor y no sigo mamando.
Gracias a que mi madre se lo dijo al cura y el cura se lo dijo al alcalde, tía Federica trabaja todos los días limpiando las escuelas, lava la ropa de otras personas del pueblo y limpia sus casas. De esta forma consigue el dinero suficiente para no pasar hambre. Mi tío solo trabaja en la huerta y mi primo, el que es mayor que yo, está engordando. Mi tía no engorda, tiene demasiado trabajo y es un puro nervio. Pero, según mi madre y según todo el mundo que tiene ojos en la cara, ha mejorado mucho.
Algunos días, por la noche, voy a casa de tía Federica. Sobre todo en invierno. Jugamos al cine de sombras en la cocina. Enfrente de la lumbre baja, hay una pared grande: sin armarios, mesas, sillas, nada por medio. Hacer sombras es muy fácil. La luz de la chimenea ilumina la pared, y al poner las manos delante, las sombras se proyectan como pasa en el cine. A veces viene mi hermano a jugar con nosotros y nos cuenta historias de los personajes que se van formando en la pared. Para dibujar sombras solo se utilizan las manos. Mi hermano sabe hacerlas todas: un conejo, un pájaro, un cocodrilo, un cisne, un porrón de figuras. A mí me sale muy bien el conejo, que es muy difícil porque hay que utilizar las dos manos a la vez.
Mi hermano, cuando quiere, es muy divertido. Es una pena que no esté mucho en casa. Pero claro, está en Ávila, a punto de terminar Magisterio y cuando termine (como termina muy pronto y no puede ejercer de maestro hasta que sea mayor de edad) se irá voluntario a la mili. No ha podido hacer milicias por culpa de que le faltaba un papel. Siempre lo mismo con los dichosos papeles, oye.
Mi hermano es muy listo, tan listo es que, cuando era pequeño (yo creo que no era tan pequeño porque tenía 10 años), tuvo un problema muy grande por ser tan listo. De pronto, comenzó a sangrar por la nariz y a dar vueltas alrededor de una mesa diciendo: me persiguen, me persiguen, me persiguen. Luego se mareó y se cayó al suelo, como muerto. Por suerte despertó antes de que llegase el médico.
El médico dijo que mi hermano, de tan listo que era, daba demasiadas vueltas en la cabeza a todo y estudiaba mucho, demasiado. Eso hizo que se sobrecargase su cabeza y, para aliviar la presión, tuvo que sangrar. Dijo que si no hubiese sangrado habría sido mucho peor. Bueno, no sé si es lo que dijo el médico o lo que entendió mi madre. Mi padre dice que muchos niños sangran por la nariz y que eso no es ningún problema. Lo que nadie me explicó es por qué mi hermano pensaba que lo perseguían. Un día se lo pregunté a él y me dijo que no recuerda nada.
Lo de que mi hermano es muy listo es verdad. También es muy divertido, pero a mí no me gusta quedarme sola en casa con él, porque entonces me mete miedo.
—La mano negra viene a buscarte, Alicia. Ya está llegando, ¿la ves? Cuando llegue te cogerá por los pelos (cuando dice esto me agarra del pelo y tira hacia arriba) y te llevará a un lugar oscuro, muy oscuro, del que no podrás salir.
Yo grito, lloro, pataleo, pero no puedo escapar de su mano negra. Mi hermano no quiere que se lo diga a mis padres, me amenaza con darme una paliza si se lo cuento. Pero un día, cuando me estaba amenazando con la mano negra, lo pilló mi padre, me tiraba del pelo mientras repetía lo de la mano negra.
—Pero qué haces, desgraciado, ¿no ves que tu hermana lo está pasando mal? ¿Eso es lo que aprendes en los estudios? ¿Es que no te he dicho una y mil veces que no debemos hacer sufrir a los demás y estás torturando a tu hermana? ¡Vete! Quítate de mi vista antes de que recibas de tu propia medicina.
—Pero si estamos jugando, no te enfades conmigo, es un juego.



