Alicia en el país de la alegría

- -
- 100%
- +
Saco el pañuelo del bolsillo y me limpio los mocos y las lágrimas. Mientras, el inspector y la maestra vuelven a subir a la tarima.
—Veamos cómo leen estas niñas. Tú misma, Alicia, lee algo de la cartilla. Lo que quieras. Demuestra que al menos eso lo sabes hacer bien.
—Aconsejamos, pues, a los señores Profesores que enseñen a pronunciar directamente las sílabas, sin deletrear, sin decir ne, a, na, le, u, lu, se, o, so...
—¡Basta! Pero qué dices, criatura. Que leas, te he dicho que leas, no que digas lo que te venga en gana.
—Estoy leyendo, señor inspector.
—¿Cómo que estás leyendo?
La señora maestra indica al inspector que estoy leyendo en la página tres del libro, el tercer párrafo de la advertencia.
—Bien, bien, veamos —dice el inspector— lee ahora en la página sesenta y cuatro del Catón.
—El salto de la cuerda. Adela es una niña aplicada. Va con gusto al colegio porque allí aprende y se educa.
El inspector no dice nada más en voz alta. Murmura algo con la maestra. Luego sigue preguntando a otras niñas, reprendiendo a unas y asustando a otras. De su boca no salen alabanzas. Yo estoy triste, muy triste.
Durante todo el día, mañana y tarde, está el inspector en nuestra escuela. Viendo lo que hacemos y cómo lo hacemos. Preguntando, dando órdenes, repartiendo reglazos, bofetones, protestas y gritos.
Antes de marcharse nos pregunta por un acontecimiento, muy importante, que tuvo lugar en Barcelona el año anterior. Todas las niñas de la escuela contestamos a la vez, sin levantar la mano ni nada:
—El Congreso Eucarístico de Barcelona.
Claro, cómo no vamos a saberlo, si el cura nos habló del Congreso todos los domingos anteriores y posteriores. Incluso puso, en la torre de la iglesia, la bandera papal, que es amarilla y blanca. En la parte blanca hay unas llaves cruzadas y una corona. El inspector ha hecho un amago de sonrisa y la maestra también.
—Bien está lo que bien acaba —dice el inspector—. Hemos terminado.
Sigo creyendo que al inspector se le ha muerto alguien y eso hace que esté de tan mal humor. Por eso, antes de que se marche, me acerco a él y digo:
—Lo acompaño en el sentimiento —como se dice en los entierros—. Lamento que esté de luto.
—Lástima que tengas ese defecto en el brazo —dice el inspector—, podrías llegar a ser una buena maestra. Ya he visto cómo lees, cómo escribes y cómo ayudas a tus compañeras. Sigue así, tal vez un día...
Puede que el inspector no sea tan malo, después de todo. Ese tal vez un día me ha dado una esperanza. A lo mejor ha querido decir que tal vez un día pueda ser maestra a pesar de mi brazo derecho. ¡Ojalá!
Cuando se marcha el inspector, la maestra dice que nos hemos portado muy bien, que se ha ido muy contento. Luego viene a mi mesa.
—Alicia, tienes que escribir y santiguarte con la derecha.
Lo intento, pero es imposible; me rila el brazo y solo escribo borrajetas.
Tras varios días de intentos, sufrimiento y tristeza, me levanta el castigo y decide que puedo volver a escribir con la izquierda. Eso sí, he aprendido a santiguarme con la mano derecha: bajando la cabeza hasta el pecho. La maestra y el cura están de acuerdo en que eso es mejor que hacerlo con la izquierda. El cura dice que la izquierda es una mano impura. No comprendo por qué, mi padre dice que debe de ser una broma del cura.
Todos los días, al llegar a casa, después de rezar hago los deberes. Son muy fáciles. Me queda tiempo para leer, jugar y subir a mi escondite para hacer lo que quiero sin que nadie me vea.
Me gusta mirarme al espejo desnuda (cuando hace calor, claro) para comprobar si me crecen las tetas (perdón, los pechos) y me sale pelo (como a mi hermana) donde ahora no lo tengo. Pero nada, ni lo uno ni lo otro. También me gusta disfrazarme, ponerme zapatos de tacón, hablar con las muñecas como si fuesen niñas que van a la escuela (yo, claro, soy su maestra) y leer las novelas que le quito a mi madre. Son de amor y todas las escribe Corín Tellado. Bueno, eso era antes, pero un día me pilló mi madre y ahora las esconde tan bien que no las encuentro.
Mi padre, cuando viene del trabajo, me pregunta por la escuela, me toma las lecciones y me explica lo que no entiendo. Le he contado lo que me ha dicho el inspector. Él me anima y dice:
—Tiempo al tiempo. No te preocupes, Pitusina, quién sabe lo que pasará de aquí a que tú puedas ser maestra. Tú aprovecha el tiempo, aprende todo lo que puedas. El saber no ocupa lugar. Anda, dame un beso, que cuantos más das más tienes.
Ya no soy la niña más pequeña de la clase, este año han entrado niñas más pequeñas que yo, pero sigo siendo la que lee mejor. Las cuentas no se me dan mal, aunque a veces confundo el cuatro y el cinco y no sé por qué. Tengo que tener mucho cuidado. Ya sé sumar y restar. Me gustaría aprender a multiplicar y a dividir, pero doña Elena dice que es muy pronto para eso.
Todos los días copio en el cuaderno la frase que doña Elena pone en la pizarra, hago las tareas, leo, ayudo a leer y dibujo. Son tareas tan fáciles que me sobra el tiempo. Cuando termino, riego las plantas, ordeno los armarios y me sigo aburriendo. Dibujo y escribo, escribo y dibujo, pero sigo muy aburrida. Miro por la ventana, invento historias, pienso y pienso y me aburro más.
En el recreo jugamos a la comba y cantamos las canciones que están en la página sesenta y cuatro del Catón: Soy la reina de los mares, señores lo van a ver, tiro mi pañuelo al suelo y lo vuelvo a recoger. En esta canción hay que tirar al suelo un pañuelo y recogerlo, es muy difícil. El cocherito, leré, me dijo anoche, leré, que si quería, leré, montar en coche, leré. Y yo le dije, leré, con gran salero, leré, no quiero coche, leré, que me mareo, leré. Aquí hay que agacharse cuando se dice leré, porque, en ese momento, las niñas que están dando a la comba, dan una vez por encima de tu cabeza y si no te agachas te dan un buen cuerdazo. Sabemos otras canciones de comba que no vienen en el Catón, y las cantamos, claro.
Además, jugamos a otros juegos: al truque, a los cromos, a las tabas y a los que inventamos nosotras. En invierno, como hace mucho frío, jugamos a correr para calentarnos. Cuando nieva, jugamos a las guerras de bolazos. A los chicos les gusta contarnos historias de miedo; yo creo que lo hacen para que nos arrejuntemos con ellos; tienen las manos muy largas y son unos tocones.
El tiempo pasa muy rápidamente; en casa, en la escuela, en la iglesia, en el campo, en la cantera. En mi cabeza no pasa el tiempo, pasan los pensamientos, las sensaciones y las ganas de aprenderlo todo, de saberlo todo, de comprenderlo todo.
El verano es el tiempo que más me gusta. Como no hay escuela puedo hacer lo que quiera. Y lo que quiero es jugar a las escuelas con mis amigas. A ellas les gusta más jugar a otras cosas. Pero, como tenemos mucho tiempo, podemos jugar a todo lo que queramos. En verano y en invierno lo que más me gusta es leer.
A Sergio también le chifla leer. Sigue viniendo al pueblo los veranos. Me gusta mucho verlo. Es guapo y simpático. Me da pena que sea mayor que yo, va con chicos mayores y a los mayores no les gusta ir con nosotras: dicen que mis amigas y yo somos pequeñas para ellos. Él habla conmigo y con mis amigas. Su padre ha sido amigo del mío, pero no viene nunca al pueblo. Su madre y sus abuelos, sí.
Este año Sergio no se ha quedado mucho tiempo. He hablado con él dos o tres veces. Además, he cogido unas fiebres que me han metido en la cama quince días. Su madre ha venido a verme y me ha traído un libro de su parte. Se titula Las habitaciones de atrás, cuenta la vida de Ana Frank, una niña que tuvo que esconderse en un desván con su familia. Me lo he leído a toda velocidad. He llorado mucho leyéndolo. A veces quería dejar de leer porque me daba mucha pena. Pero al mismo tiempo quería seguir leyendo, no pude dejar de leer hasta el final.
Al comenzar el nuevo curso le he dicho a mi padre que me aburro mucho en la escuela. Dice que se me habrá quedado pequeña, como los vestidos: mi madre les ha tenido que sacar todo lo que está metido en el bajo, pero aún con eso me están pequeños. Cada vez que estoy enferma doy un estirón y mi madre ya no sabe qué hacer conmigo. Los vestidos de mi hermana también me están pequeños, yo soy más alta que ella. Dice que me parezco a una tía suya que era muy altiricona. Mi padre dice que me parezco a su hermana, que es muy alta.
Hoy ha sido un día especial. Como todos los días, termino pronto las tareas. La maestra me llama a su mesa, me da una llave y dice:
—Toma, Alicia, ¿sabes dónde vivo, no? Pues ve a mi casa, a cuidar a mi niño pequeño. Cuando llegue mi marido, tú te vuelves a la escuela: ¿qué te parece?
—Me parece muy bien. A mí me gustan mucho los niños pequeños.
—Cuando entres en casa, cierra la puerta por dentro. El niño está en la cuna. No hace falte que lo saques. Cerca de la cuna hay un vaso con miel. Si llora, mojas el chupete y se lo das; luego meces la cuna un poco para que se vuelva a dormir. Además, he dejado allí varios cuentos, los puedes leer mientras tanto.
—¿Puedo irme ya?
—Sí, cuando quieras.
Salgo corriendo de la escuela, estoy deseando abrir la casa de la maestra para ver a su hijo y, por supuesto, los cuentos que hay sobre la mesa. Eso sí que va a ser divertido. Ojalá que la maestra me ponga esta tarea todos los días.
El hijo de la maestra está despierto, me mira, sonríe y dice:
—Ma ma ma ma.
¿Pensará que soy su madre? Este niño está mal de la vista. A ver qué cuentos hay aquí: El Guerrero del antifaz, Sissí, Cuentos de Calleja, ¡qué bien! Los voy a leer todos. Y ahora... ¿por qué llora? Claro, habrá descubierto que no soy su madre. Tengo que darle el chupete mojado en miel.
—Toma, mira, mira qué rico está el chupete.
—Ma ma ma ma.
—No, yo no soy tu mamá, pero mira qué chupete más rico ¿lo quieres?
Mirando al niño de la maestra, pienso en lo que hablamos Mari Tere y yo el otro día, en su casa, jugando debajo de la mesa camilla.
—Los niños nacen por el botón de la tripa —dijo Mari Tere— que está justo ahí para eso.
—A mí me parece imposible, porque en el botón de la tripa no hay agujero.
Las dos nos levantamos las faldas y vimos que era verdad: el botón de la tripa no tiene agujero.
—Yo creo que los niños tienen que salir por algún agujero. O sea, tienen que salir por donde hacemos pipí o por donde hacemos popó.
—Esos agujeros son muy pequeños y están lejos de la tripa que es donde viven los niños hasta que nacen.
—Además... ¿cómo pueden vivir ahí dentro, sin respirar?
—Respirarán cuando respira su madre ¿no?
—Puede ser, porque cuando yo era muy pequeña, mi madre se ponía las inyecciones y me hacían efecto a mí.
—¿De verdad? ¡Qué suerte! Con lo que duelen las inyecciones.
—Antes de salir tienen que entrar. ¿Cómo entran? ¿Cómo se meten los niños en la tripa de sus madres?
Las dos pensamos que ese misterio sí que es misterioso. Las dos pensamos que eso de la cigüeña es una tontería, un invento para engañarnos, pero claro, a nosotras ya no nos pueden engañar.
—Los niños no vienen de París, no los trae la cigüeña en el pico, están dentro de la barriga de sus madres, eso está claro. Pero... ¿cómo entran ahí?
—Ese no es ningún misterio, Alicia, los padres tienen niños pequeños dentro de la pilila, y se los meten a las madres cuando hacen cuchi-cuchi. Luego, las madres los cuidan y cuando están grandes nacen por el botón de la tripa.
—No sé, no sé... no lo tengo tan claro. Ya hemos visto que en el botón de la tripa no hay agujero.
—A lo mejor nosotras no tenemos agujero, pero las madres sí.
Mari Tere lo tiene claro, pero también dice que los Reyes Magos son los padres y yo sé que existen de verdad. No sé si creerla.
El niño de la maestra me sigue mirando. Lo imagino saliendo por el botón de la tripa, por el culo o por la raja y las tres posibilidades me parecen repugnantes. A él no parece importarle, me mira sonriendo mientras chupa el chupete untado en miel y, poco a poco, se va quedando dormido. Por fin puedo leer un rato.
Pero... ¿qué son esos ruidos? Alguien ha entrado en la casa. Se me olvidó cerrarla como dijo la maestra. ¿Quién será? Yo me escondo aquí, detrás de la cuna.
—¡Elena! ¿Estás en casa? La puerta estaba abierta y...
Es el marido de la maestra.
—Hola, buenos días. Soy Alicia. La maestra me ha puesto la tarea de cuidar al niño y... olvidé cerrar la puerta.
—Menos mal porque a mí se me ha olvidado la llave en la tienda.
—Bueno, entonces me voy. ¿Le dejo a usted la llave?
—No, llévasela a Elena. Pero... ¿ya te vas? ¿No quieres un caramelo?
—No, gracias, tengo que marcharme. Doña Elena me dijo que volviese a la escuela cuando llegase usted.
Esto de cuidar al hijo de la maestra es más divertido que estar en la escuela sin hacer nada. Pero no se lo puedo decir a mis padres; si se lo dijese no me dejarían, seguro. Ellos quieren que aprenda ¿no? Pues aquí aprendo a cuidar a un niño pequeño, que no lo puedo aprender ni en la escuela ni en casa.
VOLVERÁ A REÍR LA PRIMAVERA
Todos los años, el 20 de noviembre, los niños y niñas de las cuatro escuelas tenemos que ir a misa. Ese día no se celebra dentro de la iglesia, sino fuera, en el cementerio. No sé por qué llaman cementerio al patio que hay a la entrada, no hay nadie enterrado allí. Yo lo llamo patio. Está cercado con un muro y varias cruces de piedra. Tiene dos entradas: una principal, que está enfrente de la puerta de la iglesia y una lateral por la que entramos nosotros. Está cerca de mi casa.
En ese patio ponen un altar que llaman de campaña. Deberían llamarlo de cementerio, de patio o algo así, porque no estamos en el campo. El altar es una mesa grande que traen del ayuntamiento y la cubren con los manteles que ponen en el altar mayor de la iglesia.
Allí, en el patio-cementerio de la iglesia, haga frío, nieve o hiele, eso no importa, la misa se dice todos los años el mismo día y a la misma hora. Se ofrece para conmemorar a los caídos en el Glorioso Alzamiento Nacional. Dice el cura que ese día los diablos rojos mataron a José Antonio Primo de Rivera, que es un mártir de la sagrada Cruzada que liberó a España de los enemigos de la Patria.
En la pared principal de la iglesia hay una lista con nombres de personas de mi pueblo que murieron en el Glorioso Alzamiento. Delante de los nombres está escrito con letras muy grandes: Caídos por Dios y por la Patria.
Mi amiga Mari Loli dice que ha escuchado decir a su padre que en esa lista no están todos los caídos por la patria, solo algunos: los vencedores, no están los vencidos. O sea, que los que perdieron es como si no se hubiesen caído, vamos. Pero también me ha dicho que eso no se puede decir, porque decirlo es muy peligroso para quien lo dice. Que a su padre, por eso, lo llevaron al cuartel y le pegaron para que no se le ocurriera volver a decir tonterías.
¿Tonterías? Pues yo no creo que sea ninguna tontería caerse, lo que es una tontería es poner a la puerta de la iglesia los nombres de los que se caen. Con todas las veces que me caigo yo, también tendría que estar mi nombre en esa lista. Claro que yo no me caigo por la patria, me caigo por ir corriendo y, además, no soy vencedora ni vencida, soy yo, una niña. Los que deberían estar en esa lista son los de la Guardia Civil que lo hacen todo por la Patria (que lo pone en la puerta del cuartel) y si lo hacen todo, caerse también, seguro.
Los niños en unas filas y las niñas en otras, estamos toda la misa de pie, sin movernos, al aire libre. Bueno, al aire, al agua, a la nieve, a lo que sea. Este año hace un frío que pela. Hay hielo en el cementerio de la iglesia. Mi madre me ha puesto unas katiuskas de goma y creo que se me han quedado pegadas al patio. No quiero moverme para no resbalar y caer al suelo.
No siento los pies y la misa no termina. Tengo un frío tan grande que creo que no voy a entrar en calor nunca. Seguro que se me están helando los pies.
Después de terminar la misa, la cosa no termina, siguen los discursos, los vivas y por último, cantamos: Cara al sol con la camisa nueva / que tú bordaste en rojo ayer, / me hallará la muerte si me lleva / y no te vuelvo a ver, etc.
Algunos chicos inventan otras letras, pero cantan bajito para que no los escuchen los maestros, el cura o el sargento. Nadie se mueve, nadie dice nada, todo el mundo tiene mucho frío y mucho miedo.
El Cara al sol hay que cantarlo con el brazo en alto. Y mi brazo derecho no quiere subir mucho, pero no me atrevo a subir el izquierdo. Menos mal que en mi pueblo todo el mundo sabe lo que me pasa en el brazo derecho y hoy no ha venido el inspector. No hay nadie de fuera.
Cuando por fin termina todo, no me puedo mover. Efectivamente, me he quedado pegada al suelo. Y no soy la única. No sé qué hacer. Mi amiga Mari Puri ha cogido una piedra que tiene filo y dando golpes consigue romper el hielo. ¡Menos mal! Tengo que sujetarme a ella para no caerme. Luego, con mucho cuidado, llegamos hasta mi casa. Mi madre se asusta al ver cómo vengo: con las botas heladas.
Quiero calentarme en la estufa, pero mi madre no quiere. Dice que es peor. Echa agua caliente y fría en el mismo cubo (para que esté templada), me sienta en una silla y dice que meta los pies dentro, con botas y todo. Estoy tiritando. Me quita la chaqueta y me arropa con una manta paduana que es muy calentita.
Poco a poco voy entrando en calor. Ya puedo sacar los pies de las botas. Tengo los dedos amoratados. Afortunadamente está en mi casa el médico del pueblo. Me mira los pies y dice:
—Un poco más y te habrías quemado los dedos de los pies.
¿Cómo es posible que el frío y el hielo puedan quemar? No lo comprendo.
—¿El frío puede quemar?
—Sí, Alicia, sí. Has estado a punto de quemarte los dedos de los pies. A quién se le ocurre ponerse unas botas de goma, con el frío que hace. Y con calcetines finos.
—Es que como crece tanto, también le han crecido los pies y no le vale ningún calzado del último invierno, solo esas botas.
—Pues, al menos, tienes que ponerle unos calcetines gordos, o dos o tres pares finos. Las katiuskas son botas que sirven para la lluvia de primavera, pero no para el invierno. De todas formas, María, usted lo ha hecho muy bien metiendo sus pies, con botas y todo, en agua templada. Gracias a eso le ha salvado los dedos. Las quemaduras del frío son peores que las del calor. A veces, se han tenido que amputar los dedos, incluso un pie.
—¡Dios mío! No me diga eso, solo de pensarlo me pongo enferma. Hoy mismo iremos al zapatero a ver si tiene algo que le valga a esta niña que no deja de crecer.
Menos mal que todo queda en nada. Durante algunos días me han dolido los dedos de los pies, pero mi madre me ha comprado unas botas que no resbalan y que son muy calientes. Con los calcetines parece que tengo los pies metidos en un horno de esos de fabricar el pan.
En mi pueblo hay de todo y se hacen chozas o casetas para casi todo: las palomas, el melonar, el refugio para las mujeres que van a lavar a la Tusa...
La caseta de los pobres es de piedra, tiene cuatro paredes, puerta, ventana (pero sin puerta ni ventana, solo el hueco), y un rincón con sacos llenos de paja. No hay sillas, ni mesas, ni cocina, ni cama, ni colchón, ni mantas, ni cacharros, ni nada de nada. Dice el alguacil que los pobres no necesitan todas esas comodidades. Ellos llevan la casa a cuestas: dentro de un hatillo, en un saco, en una maleta, en un carricoche. Y así, ligeros de equipaje, van por los caminos y pueblos, recorren las casas y viven de lo que cada vecino buenamente les da: un par de zapatos viejos, un trozo de pan con tocino, unos calcetines remendados. Todo sirve. Lo que no sirve se deja en la caseta, por si pudiera servir a otro pobre aún más pobre.
Normalmente, los pobres no vienen por mi pueblo en invierno. Suelen venir en primavera y verano, algunos vienen en otoño. Pero este invierno ha venido el doctor Botella. Le llaman doctor porque dicen que es médico y le apellidan botella porque le gusta el morapio. Se hace el tonto para pedir pero de tonto no tiene ni un pelo.
Que el doctor Botella es médico lo saben mi prima Ana y su madre. A ellas les ha curado algunos males que no sabían curar otros médicos. Dicen que le quitaron el título. Por eso no puede ejercer de médico y tiene que pedir. Se aficionó a la bebida para matar las penas y entrar en calor.
Una vez escuché decir a mi tía que el doctor Botella conoció a su marido en la mili (de la que nunca regresó) y que él, a veces, cuando no ha bebido, les cuenta historias de entonces y les dice que mi tío era un hombre bueno y generoso, que ayudaba a todo el mundo. Él tampoco sabe dónde está. Lo dieron por muerto a los diez años de su desaparición. Pero a veces las dos (mi tía y mi prima) piensan que cualquier día aparecerá por la puerta y no volverá a marcharse nunca más.
Bueno, pues con el frío que hace, sin que nadie lo viese, sin ir a ver a mi prima y a mi tía, sin saber cómo, el doctor Botella llegó al pueblo, se metió en la caseta de los pobres, se emborrachó y se durmió. Lo encontró el alguacil cuando fue a limpiar la caseta, como hace de vez en cuando. Estaba muerto.
El alguacil avisó al juez y a la Guardia Civil. Vino el forense de Ávila para determinar por qué había muerto, pero no pudo hacer nada: el cadáver estaba tan congelado que al querer moverlo se rompía.
Durante mucho tiempo no se habló de otra cosa en el bar, en las canteras, en las pozas, en todas partes. Alguien afirmó que se quería morir y por eso se murió. Sobre todo, cuando el médico del pueblo dijo que el alcohol no calienta, sino que baja la temperatura del cuerpo y produce una falsa sensación de calor; pero, en realidad, el cuerpo se está enfriando. Justo lo contrario que me pasó a mí.
Si el doctor Botella era médico lo tenía que saber, lo mismo que lo sabía el médico de mi pueblo. Y si lo sabía... entonces se había muerto porque estaba cansado de vivir, de pasar frío, de tener que pedir y no poder ejercer la medicina. No supimos nunca si en algún lugar tenía una familia que lo estaba esperando, como mi tía espera a su marido y mi prima a su padre, que son la misma persona.
Mucha gente de mi pueblo quiso ver al doctor Botella congelado, pero la Guardia Civil no lo permitió. Siguiendo órdenes recibidas de las altas instancias, velaron el cadáver día y noche, hasta que se lo llevaron a Ávila para enterrarlo en una fosa común, porque no encontraron a ningún familiar que pudiese hacerse cargo de él.
A mi tía y a mi prima les hubiese gustado pagar la caja y el entierro, pero cuando preguntaron, les pusieron tantas pegas y había que gastar tanto dinero (que no tenían) que no pudieron hacer nada. Solo llorar, y lloraron. Seguro que estaban pensando que su padre, su marido, estaría perdido por ahí, por los pueblos de España, lo mismo que el doctor Botella. Pero ni de lo uno ni de lo otro se enteró nadie, porque nadie en mi pueblo sabe lo que solo sabemos ellas y yo. Un secreto triste, muy triste.
Menos mal que siempre, detrás del invierno, llega la primavera. Se marcha el frío y nacen las plantas. Florecen los árboles frutales y la vida da muestras de estar ahí de nuevo. Es época de escardar, quitar malas hierbas, airear la ropa y los colchones. Pasan los colchoneros con sus varas para moler a palos la lana y dejarla esponjosa. Pasan los afiladores, los esquiladores, los mieleros, los pimenteros.
Los labradores de mi pueblo miran los campos con esperanza. Es el momento de descubrir si lo que han trabajado en las tierras, durante todo el año, dará sus frutos en verano o las heladas habrán arruinado la raíz de las cosechas y de su alegría.
A TAPAR LAS CALLES, QUE NO PASE NADIE
Ovejas, cabras, caballos, gitanos, feriantes, soldaos, toros bravos, ovejas... El mío es un pueblo de paso. La carretera está en medio, delante de mi casa, entre la iglesia y el cuartel de la Guardia Civil. Cada dos por tres hay novedades que obligan a los vecinos a meterse en sus casas y cerrar las puertas.



