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La suerte de las armas, que progresivamente favoreció a los españoles, quienes pudieron seguir enviando nuevas expediciones del Callao a Chile sin amenaza alguna, dio, para desgracia de los patriotas, la razón a las ideas expresadas en dicho manifiesto.
Volviendo a la Armada española en el Pacífico, para el 31 de enero de 1814, las fuerzas disponibles en el Apostadero del Callao eran las corbetas Castor y Peruana, ambas en desarme, al igual que cuatro lanchas cañoneras y dos botes de fuerza. Es decir, una situación no muy distinta a la de 1810, de no ser por el añadido de la corbeta Sebastiana, venida de Europa vía Montevideo, y del capturado bergantín Potrillo, estos últimos en comisión en la costa de Arauco.26
En el mes de abril de 1814 se recibió el importante refuerzo desde España, el navío Asia, que había llegado al Pacífico escoltando una expedición al mando del General Mariano Osorio, parte de cuya fuerza llevaría a cabo la reconquista de Chile, meses después.
Sin embargo, este refuerzo sería pasajero puesto que, pacificado dicho territorio y cumplidas algunas comisiones puntuales, se juzgó más adecuado que el Asia retornase a España, en febrero de 1815. Años más tarde, ya en una fase tardía de las Guerras por la Independencia, este navío volvería a tener cierto protagonismo por su fugaz e ineficaz paso por aguas del Pacífico, como veremos posteriormente.
Una vez más, las tareas de las escasas fuerzas navales disponibles se redujeron al transporte de tropas, aunque no tardó en aparecer una nueva molesta amenaza: los corsarios. La idea de hacer la guerra de corso se gestó en el Gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata, puesto que, por un lado, ya en 1814 se había conseguido el dominio del mar en la costa Atlántica y se disponía de medios navales, pero no un enemigo que combatir. La situación en el Pacífico era exactamente la contraria, con un dominio absoluto de sus aguas por parte de la Armada española, lo que implicaba un tráfico marítimo tranquilo por sus costas. Lo que, a su vez, significaba la existencia de presas susceptibles de ser capturadas. Por ello, se organizó una fuerza expedicionaria al mando del Almirante Brown, integrada por la fragata Hércules y los bergantines Santísima Trinidad y Halcón, que ingresó al Pacífico en diciembre de 1815, tras un dificultoso paso entre los océanos.
Estos buques se reunieron en Isla Mocha, donde se decidió que la Hércules y el Halcón se dirigieran directamente al Callao, en cuyo trayecto capturaron dos fragatas mercantes; al llegar a dicho puerto, el 10 de enero de 1816, hicieron una nueva presa. Entretanto, el Trinidad había enrumbado a Juan Fernández con el propósito de rescatar a los patriotas chilenos allí confinados, objetivo que no concretó por el mal tiempo y el riesgo de enfrentar a la guarnición.
Esta expedición no pudo sino provocar la alarma entre los españoles, que improvisaron una escuadrilla provisional, financiada por los comerciantes del Callao, con mercantes armados y artillada con piezas sacadas de las fortalezas chalacas con el fin de dirigirse al sur, creyendo que Brown ahora se propondría atacar Chile. Sin embargo, el Almirante anglo-rioplatense se había dirigido a Guayaquil, donde había vivido una peripecia de transitoria captura, y luego a las Galápagos, donde la fuerza repartió presas y se dividió, para retornar, finalmente, a Buenos Aires.
Pero en fecha tan tardía como diciembre de 1816 los realistas, más concretamente el gobernador de Chile, Marcó del Pont, tenía la convicción de que los corsarios de Brown seguían activos en el Pacífico y operarían en conjunto con el Ejército de los Andes de San Martín. Probablemente, esta versión no era sino parte de la campaña de desinformación que había desplegado este jefe militar.27
El experimento corsario había sido todo un éxito y provocó un enorme trastorno al comercio español, pero ello no estaba destinado a ser duradero. Una razón fundamental es haber carecido de una base de apoyo en el Pacífico; sintetiza el autor español Cervera Pery: “la flotilla de Brown hostilizó cuanto pudo consiguiendo, en algunos momentos, desarticular el tráfico marítimo, causar daños al comercio e incluso permitirse el lujo de atacar a la autoridad real, poniendo en entredicho la efectividad del poder naval español. Sin embargo, su falta de continuidad operativa le hizo perder fuerza”.28
Los buenos resultados de la expedición Brown tuvieron un efecto que los patriotas no hubieran deseado para el curso futuro de las operaciones en el Pacífico. Porque la alarma que provocó la campaña de esta flotilla, hizo que los españoles se decidieran a reforzar su presencia naval basada en el Callao. Más aun considerando que la corbeta Peruana, en desarme hacía años, había sido dada de baja, y el recién adquirido bergantín Trinidad resultó estar en tan malas condiciones que en octubre de 1816 se recomendó su venta.
Sin embargo, la presencia naval española empezó a aumentar gradualmente. El 8 de septiembre de 1816 arribó la fragata Venganza, a la que debe agregarse el arriendo de otra fragata, la Veloz Pasajera y la compra del bergantín Cicerón, rebautizado Pezuela, en diciembre. A lo que se sumó la habilitación de siete cañoneras, dos botes con obuses y los buques preexistentes: la corbeta Sebastiana y el bergantín Potrillo.29 Es decir, salta a la vista que el aumento del poder naval español en el Pacífico experimentó un incremento sustancial en un breve tiempo.
Entretanto, el 14 de septiembre de 1816 había asumido la Comandancia de Marina del Callao el Capitán de Navío Antonio Vacaro en reemplazo de Vivero, poco después de asumir el Virreinato del Perú el General Joaquín De la Pezuela (7 de julio), sucesor de Abascal.
En los acontecimientos que sobrevendrían en los meses y años siguientes, Vacaro demostró ser más un Comandante de Apostadero que un auténtico Comandante en Jefe de la Escuadra Española, tal y como podría decirse de su antecesor, solo que a este le tocó en suerte un período más tranquilo que a Vacaro. Por ello, la actuación de este último ha sido fuertemente criticada, aunque hay quien lo defiende, a la luz de la documentación que se ha conservado, en especial por sus esfuerzos para convencer a sus superiores de reforzar los medios navales disponibles ante la inminente amenaza de los insurgentes.30
El refuerzo de los efectivos navales españoles en el Pacífico coincidió con la proximidad de la travesía por parte del Ejército de los Andes del cordón cordillerano homónimo, de cuyos detalles estaba enterado el Virrey Pezuela.31 Teniendo en cuenta este factor, es interesante ver cuáles fueron las decisiones del alto mando realista respecto de cómo utilizar su poder naval.
Los buques del Apostadero del Callao fueron comisionados a perseguir a los corsarios de Brown (que hacía meses habían partido de regreso a Buenos Aires), y también a cumplir tareas de transporte de tropas, algunas de ellas destinadas al frente del Alto Perú. Ello, pese a que a finales de 1816 las fuerzas patriotas se hallaban en una fase netamente defensiva y de reorganización frente a una ofensiva española. En contraste, las tropas españolas en Chile no recibieron refuerzos.
Para el 31 de enero de 1817, es decir, cuando ya se habían producido los primeros choques entre las unidades españolas y las avanzadas del Ejército de los Andes, la Armada Española disponía de dos fragatas, una corbeta y dos bergantines, además de las fuerzas sutiles en el Pacífico sur. De ellos se hallaban guarneciendo Valparaíso, en una comisión aparentemente apacible, la fragata Venganza, la corbeta Sebastiana y el bergantín Potrillo.32
El 12 de febrero se libró la batalla de Chacabuco, clara victoria del Ejército de los Andes. Sin intentar defender Santiago, los restos de las tropas españolas siguieron en precipitada huida a Valparaíso, incluyendo a su propio jefe, Coronel Rafael Maroto, llegando a destino al día siguiente. Con igual premura, se embarcaron en los buques de la Armada Española ya mencionados, surtos en la bahía, y otros mercantes, con el fin de huir rumbo al Callao.
El 26 de febrero el bergantín español Águila, que recaló en la bahía de Valparaíso, fue capturado por las nuevas autoridades patriotas gracias a un ardid, iniciándose así una nueva fase en la historia del poder naval chileno, que a diferencia del breve episodio de la Patria Vieja, tuvo una continuidad que se prolonga hasta nuestros días. Una historia que se retomará a partir del Capítulo IV de esta obra; pero antes, deben mencionarse los movimientos de la Armada española después de Chacabuco.
El Virrey Pezuela se enteró de esta batalla y del resultado, tan nefasto para su causa, el 27 de febrero, con la llegada del primer buque de la flotilla con los fugitivos procedentes de Valparaíso33 y, en una reacción por lo demás no carente de lógica, decidió priorizar la defensa de Talcahuano. Ello porque hasta esta plaza habían llegado los restos del ejército español en Chile, y allí habían podido hacerse fuertes, más aún tras la llegada de la fragata Veloz y los bergantines Pezuela y Potrillo.
Asegurada esta plaza, que las fuerzas patriotas no pudieron expugnar por largo tiempo, las fuerzas navales españolas iniciaron el bloqueo de Valparaíso, a partir del 13 de julio de 1817, en principio por parte de la fragata Venganza y el bergantín Pezuela; otros buques se irían turnando y este bloqueo se prolongaría por meses, aunque con interrupciones. Romperlo sería, precisamente, el primer objetivo inmediato de la fuerza naval chilena que iría tomando forma en los meses siguientes y tendría un rol protagónico ya entrado el año 1818.

Bergantín de guerra británico The Wolf, de la misma clase que el Águila, rebautizado Pueyrredón. Grabado sobre un dibujo de E. W. Cooke, Londres, 1828, reproducido en el libro El Poder Naval y la Independencia de Chile, de Donald E. Worcester.
Aún faltaba un importante actor para los diversos actos del drama que se desarrollaría a partir de entonces: la fragata española Esmeralda, de 44 cañones, que había zarpado de Cádiz en mayo de 1817, escoltando un convoy de tropas, y que arribó al Callao el 30 de septiembre. Constituía un importante refuerzo para la Armada española en el Pacífico, pero, por vueltas del destino, su nombre terminaría por ser icónico para la historia naval chilena.
CAPÍTULO II
Blanco Encalada: Marino, Militar y Estadista
Aún vivía cuando su nombre ya comenzaba a ser epónimo, y después de su muerte a avanzada edad, en 1876, esta condición se consagró, llevando el nombre de Blanco Encalada calles o plazas a lo largo de la geografía nacional, y una sucesión de buques a lo largo de la historia de la Armada. Por supuesto, los monumentos no faltarían. Un recuerdo que se ha mantenido hasta hoy en tales nombres, aunque el personaje tras este nombre se haya ido desvaneciendo lentamente de la memoria colectiva, conforme han ido pasando las generaciones.
Ya en pleno siglo XXI, vivimos en una época en que es forzoso explicar quién fue, a diferencia de otros próceres que han permanecido en el recuerdo común. No fue un héroe popular, como Manuel Rodríguez o Arturo Prat; fue uno de los próceres de la época fundacional de la República, pero no despierta las pasiones y controversias que aún pueden provocar O’Higgins, Carrera o Portales. Y ello, pese a ser contemporáneo de todos ellos y tener una estatura que casi los alcanzaba.
Tuvo una vida rica en vivencias y servicios, viviendo, por cierto, varios momentos de triunfo, pero también conoció la derrota, el fracaso y la crítica. Su vida no puede ser reducida a un momento estelar, como suele hacerse con el abordaje de Prat, y sus momentos controvertidos no se alcanzan a cubrir por el rayo de una muerte, como sucedió con los asesinatos de Manuel Rodríguez o Diego Portales. Enfrentó muchas veces el peligro, pero falleció en su hogar; fue militar, pero no abandonó esta vida combatiendo. Eso sí, enfrentó a la muerte de manera decidida, como un caballero que acude puntual a una cita.
Precisamente el sentido de la caballerosidad de Manuel Blanco Encalada le jugó en contra en más de una oportunidad, al igual que el haber vivido tanto, acaso más de lo que él mismo hubiese querido. Era muy joven cuando llegó a ocupar altos cargos que lo situaron en la cúspide de la política, la milicia y la sociedad nacionales, pero el haber fallecido a los 86 años, teniendo una vida pública hasta una edad muy avanzada para la época, le significó importantes logros y honores, pero también cometer errores y sufrir cuestionamientos. Eso sí, a la larga se fue decantando como una figura patriarcal, de esas que se sitúan por sobre la contingencia e imponen una mezcla de aprecio y respeto cívico.
Porque no podía sino imponer a las generaciones que le fueron contemporáneas, una mezcla de sentimientos positivos quien había sido Almirante, General, veterano de la Independencia, Presidente de la República, Intendente de un progresista Valparaíso, diplomático y un pensador preocupado del porvenir del país. Para decirlo de la forma más simple y resumida, el Almirante Blanco Encalada fue uno de los fundadores de la República.
Cabe citar al primero de sus biógrafos, Benjamín Vicuña Mackenna, quien dos días después de su fallecimiento, publicaba un bosquejo de su vida, donde resumía:
“Fue en las vicisitudes de su vida todo lo que un ciudadano podía alcanzar en sus tiempos. Fue General de tierra con una graduación creada exclusivamente para él y que ya no existe en la carrera militar de la República; tuvo en la mar el primer puesto; fue senador, magistrado civil y local; General en Jefe en cinco o seis ocasiones de su vida, ligada íntimamente a la de la Nación; ocupó, por último, la Presidencia de la República, y tuvo todavía otro honor mayor que ese, el de renunciarla”.34
Como marino, Blanco Encalada conoció, en el período en que fue Guardiamarina y oficial en Cádiz, la tradición naval española heredada del siglo XVIII, de marinos de gran profesionalismo y cultura, hijos de la época de la Ilustración, como lo habían sido los oficiales y científicos que habían visitado las costas americanas en dicha centuria. Es decir, este adolescente, que en no muchos años más sería el Comandante en Jefe de la primera Escuadra que tuvo Chile, estuvo inmerso en una Armada hispana que vivía sus últimos años de esplendor antes de entrar en la época de declive que la caracterizó durante los años napoleónicos y posteriores, descrita en el capítulo anterior.
Como joven oficial, ya en plena lucha por la Independencia americana, Blanco también tuvo contacto cercano e intenso con la oficialidad británica que vino a participar en este conflicto, y queda campo abierto a la especulación la amalgama de influencias que debió complementar su formación naval. Nos atrevemos a aventurar que prevaleció en él un cierto sello hispano, que no fue obstáculo para que la Marina que él había contribuido a crear, recibiera y se empapara de la idiosincrasia anglosajona.
La fortuna o desgracia que significó para él –no lo sabemos– su larga vida, también le permitió presenciar cambios revolucionarios en el arte de la guerra naval. Sus años juveniles coinciden con el mayor auge de la navegación a vela, cuyos máximos exponentes en lo militar eran el navío de línea y la fragata, con diseños que alcanzaron grados de máxima perfección; poco después, en los años de las campañas por la emancipación, ya se conocía la navegación a vapor como una tecnología viable, que se expandió en los años de madurez de don Manuel. Su ancianidad coincide con el nacimiento de los acorazados y el desarrollo de sus primeras generaciones; detalle significativo es que hubiese fallecido justamente cuando Chile adquiría sus primeros buques de este tipo, y más elocuente aún que, con motivo del deceso, se hubiese bautizado a uno de ellos como Blanco Encalada.
Cabe destacar que Blanco logró al menos entenderse medianamente con el Almirante Cochrane, un oficial más veterano, formado en una tradición muy diferente, y en una coyuntura de claro contraste: a diferencia de lo que comenzaba a suceder con la Armada española, Cochrane perteneció a una de las generaciones más brillantes de la Royal Navy, cuya trayectoria ascendente había tenido un hito clave en Trafalgar.
Blanco Encalada es recordado ante todo como un Almirante, lo cual ha opacado sus otras facetas, en especial la de Oficial del Ejército, en circunstancias que, así como fue el primer Comandante en Jefe de la Escuadra, fue también uno de los primeros oficiales artilleros con que contó el Ejército de Chile. Ello, en una época en que esta arma se había consolidado en su importancia gracias al aumento de la eficacia del poder de fuego en el campo de batalla, en gran parte por el uso que le había sabido dar uno de sus más destacados especialistas de todos los tiempos: Napoleón Bonaparte.
No solo eso. También le fue conferido el grado de Mariscal de Campo, único en la historia militar de Chile, y comandó una importante expedición, la que hizo la primera campaña de la Guerra contra la Confederación Perú-Boliviana de 1836-39. Su resultado, en el tratado de Paucarpata, rechazado por el Gobierno de Chile, sin duda es uno de los puntos controvertidos de su biografía, que además contribuyó a oscurecer aquella faceta de militar terrestre. Pese a que este episodio aún puede discutirse, que debe considerarse que él hizo lo que pudo con los medios disponibles y que, en el proceso respectivo resultó absuelto, lo cierto es que de aquella coyuntura bélica quien es claramente recordado es el General Manuel Bulnes y su campaña, que culminó en la victoria de Yungay.
Nacido en Buenos Aires, hijo de un funcionario español oriundo de Galicia y de una dama chilena, Blanco fue por lo tanto un criollo, típico hijo de la ecúmene hispana, y, como cualquier combatiente de las guerras de la emancipación, luchó por lo que se consideraba la causa americana. Apunta uno de sus biógrafos que: “español por sangre y educación, fue americano de sentimientos”, observando también que: “obró siempre como un europeo frente a la vida criolla, discerniendo con igual claridad sobre asuntos militares, gubernativos y diplomáticos”.35
A la hora de escoger, se hizo chileno, y cabe especular si acaso un elemento que pesó fue la expresión del gran amor que sentía por su madre. Por eso mismo, aprovecharemos aquí la oportunidad de destacar su aporte a Chile no solo como guerrero, sino también en tiempos de paz, y adelantaremos un aspecto que nos es especialmente cercano: el de Intendente de Valparaíso, justamente en los años en que la ciudad - puerto dejaba atrás su imagen criolla, heredada de tiempos coloniales, para comenzar a adquirir una apariencia más cosmopolita.
En vista de todo lo expuesto, otro hecho que llama la atención es que su extensa y variada vida no haya atraído tanta atención de los investigadores como la de otros personajes de la generación fundacional de la República. Dejando aparte las entradas de diccionarios biográficos y las monografías o artículos de revistas, la bibliografía de Blanco Encalada se limita a tres autores, fundamentalmente a Benjamín Vicuña Mackenna, con una obra que en realidad es una compilación;36 Enrique Villamil Concha,37 su bisnieto, y Darío Ovalle Castillo,38 quien publicó su epistolario. Esta última es la más reciente y data de 1934, es decir, más de 80 años antes de escribirse estas líneas. Hecho significativo, si se considera que para la memoria de un país siempre es bueno y sano que sus personajes y acontecimientos o procesos históricos sean periódicamente revisados, al menos en el curso de una generación. Los trabajos de épocas más recientes son, fundamentalmente, los mencionados artículos de revistas, que por lo general suelen utilizar datos aparecidos en las obras más antiguas.
Un caso muy contrastante al del Almirante Cochrane, quien por lo demás no ha sido objeto de demasiados trabajos en Chile, aunque en Gran Bretaña su figura es objeto de periódica atención con una numerosa bibliografía, que se prolonga hasta nuestros días, como se verá en los capítulos siguientes. Además, a diferencia de Blanco Encalada, el Almirante Cochrane dejó escritas sus Memorias, publicadas tanto en inglés como en castellano, y reeditadas cada cierto tiempo.
Tras estas reflexiones, ahora cabe entrar derechamente en un bosquejo de los primeros años y juventud de don Manuel Blanco Encalada, en base a información contenida principalmente en las fuentes que ya se han citado.
Orígenes y Primeros Años
El futuro Almirante, General y hombre público fue hijo de un alto funcionario, también un servidor público, pero de la corona española. Razones del cargo que desempeñaba su padre, con destinos cambiantes, explican el por qué Manuel Blanco Encalada hubiese nacido y vivido sus primeros años en Buenos Aires, virreinato del Río de la Plata.
Como ya se ha adelantado, su padre, Lorenzo Blanco Cicerón, había nacido en Galicia, tenía sangre noble, formación jurídica y durante la mayor parte de su vida activa se desempeñó primero como fiscal y luego como oidor, es decir, un funcionario judicial con el rango de juez, cargo que llevaba otras obligaciones anexas. En tal calidad se desempeñó en diversas audiencias (órganos de administración de justicia) de diversas ciudades del Imperio español en América: Santiago de Chile, Lima, La Paz y Buenos Aires. Mientras se desempeñaba en Santiago, conoció a la joven dama chilena Mercedes Calvo Encalada y Recabarren, de cuna distinguida, hija de Manuel Calvo de Encalada Chacón, Marqués de Villapalma;39 esta condición nobiliaria no obstaría a que, décadas más tarde, familiares suyos simpatizasen o apoyasen el proceso independentista.
Lorenzo y Mercedes contrajeron matrimonio en Santiago el 24 de agosto de 1779, previo otorgamiento de dispensa, necesaria para que un funcionario como él pudiese casarse con una mujer residente en su jurisdicción, a fin de resguardar su imparcialidad y fidelidad al reino.40 Pero, como ya se anticipado, el matrimonio debió trasladarse a otras ciudades, de manera que se llevaban poco tiempo en Buenos Aires cuando nació su hijo Manuel, el 21 de abril de 1790. Era el menor de cuatro hermanos, siendo los otros Ventura, Carmen Ana y Carmen Rafaela. Es posible que se haya elegido el nombre de Manuel como forma de honrar al padre y al hermano de doña Mercedes, Manuel Calvo de Encalada y Recabarren, tercer Marqués de Villapalma. Señala Vicuña Mackenna sobre los orígenes y carácter de nuestro personaje:
“Blanco Encalada nació (…) noble y aristócrata; pero nació también criollo, es decir, con el virus de esa democracia activa y poderosa que ha cubierto de repúblicas el suelo americano, en odio de un trono extranjero y rapaz. Blanco fue siempre aristócrata de maneras, de fisonomía, de traje, de todas las exterioridades que forman el concepto vulgar del hombre. Pero, en el fondo de su naturaleza, amaba la República por convencimiento, como había amado la independencia por instinto”.41
El padre de Manuel falleció cuando éste tenía solo siete meses, de modo que prácticamente no lo conoció, siendo la opción de su madre permanecer en Buenos Aires, donde su hijo menor vivió sus primeros años y comenzó su educación. Doña Mercedes ya había enviado a su hijo mayor, Ventura, a España, a continuar su formación, bajo la protección de su hermano Manuel Calvo de Encalada, ya citado. La viuda, quien siguió viviendo en Buenos Aires, había decidido hacer lo mismo con su hijo menor cuando cumpliese doce años, de modo que en 1803, el todavía niño Manuel tendría su primera experiencia con el mar.
Sin duda eran decisiones dolorosas para la viuda, ya que implicaban una separación de sus retoños, pero que dicen mucho sobre su visión acerca del futuro de sus hijos, y de querer darles algo que no se podía obtener en América. Así lo reflexionaba Ventura, en un testimonio sobre su hermano menor, Manuel: “No será fuera de propósito indicar aquí que éste era uno de los infinitos males a que se condenaba a los americanos, la tiranía intelectual y política ejercida por la metrópoli dentro de sus colonias”.42
Y en efecto, esta actitud de evitar formar élites intelectuales, industrias o trabajadores con cierta calificación en América, también fue causa de que en Chile no hubiese marinos cuando eran más necesarios, al comienzo de las guerras por la emancipación.




