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—Pues si no queda aquí, que pidan en casa de tu suegra; o quizás puedan darnos un poco en casa de tu primo Zhen. Ayudar a salvar la vida de ese joven sería una buena acción.
Sin embargo, en lugar de hacer lo que se le había ordenado, Xifeng reunió menos de una onza de trozos de mala calidad, y los despachó a casa de Jia Dairu con la indicación de que aquello era todo lo que había en casa de Su Señoría. A la dama Wang le dijo que había reunido las dos onzas y las había enviado, según su deseo.
No había un remedio que Jia Rui, en su deseo de aferrarse a la vida, no probara. Pero todo el dinero se gastaba en vano.
Cierto día apareció limosneando un taoísta cojo que dijo ser especialista en curar enfermedades originadas por el pago de pecados cometidos en vidas anteriores. Jia Rui lo oyó e inmediatamente ordenó en voz alta a los criados que lo hicieran pasar, esforzándose desde el lecho en hacer una reverencia al recién llegado. Cuando el monje entró, Rui se aferró desesperadamente a sus manos suplicando:
—¡Cúrame, bodhisattva! ¡Sálvame la vida!
—No hay medicina que pueda curar su mal —dijo gravemente el taoísta—, pero puedo entregarle un objeto precioso que le hará sanar si lo contempla cada día.
Y diciendo esto sacó de su bolsa un espejo bruñido por ambas caras en cuyo mango se podía leer la siguiente inscripción: «Espejo mágico de la brisa y la luz de luna».
—Este tesoro procede del Salón del Gran Vacío, en la Tierra de la Ilusión —dijo el monje—. Lo hizo la diosa del Desencanto para sanar los males que resultan de la lujuria y las pulsiones insensatas. Como tiene la facultad de preservar las vidas de los hombres lo he traído a este mundo con el fin de que pueda ser utilizado por caballeros inteligentes, jóvenes, apuestos y de altos ideales. Ahora bien, sólo debe ser mirado su reverso y bajo ningún concepto se puede mirar la parte delantera. No lo olvide. Volveré a recogerlo dentro de tres días; en ese plazo ya estará curado.
Dicho lo cual se fue, sin que la insistencia para que se quedara pudiera impedírselo.
—Prodigioso —pensó Rui cogiendo el espejo—. Lo miraré a ver qué sucede.
Lo levantó y miró el dorso, tal como le había indicado el taoísta. ¡Diablos! ¡Allí había un esqueleto espantoso! Cubriéndolo inmediatamente, maldijo al monje cojo: «¡Qué cerdo! ¡Asustarme de esta manera! ¿Y qué habrá en el anverso?».
Vencido por la curiosidad le dio la vuelta al espejo, y allí, sorprendido, vio a Xifeng que lo llamaba con gestos. Ganado por el éxtasis, se sintió elevado y absorbido hacia su interior, donde por fin pudo abandonarse con su amada a los envites de la nube y de la lluvia. Cuando hubieron terminado, Xifeng lo condujo de vuelta a la salida del espejo y se despidió cariñosamente de él. Al abrir los ojos, de nuevo en su lecho, dio un grito de espanto: el espejo se le había caído de las manos y de nuevo mostraba el terrible esqueleto del reverso. Sudaba intensamente y se encontraba mojado de semen, pero el joven no se daba por satisfecho. Otra vez le dio la vuelta al espejo y se miró en su cara falaz; otra vez Xifeng volvió a llamarlo; otra vez acudió él. Cuatro veces más repitió la operación, pero cuando se disponía a despedirse de su amada por cuarta vez aparecieron súbitamente dos hombres que le pusieron cadenas de hierro en el cuello y las muñecas, y se lo llevaron a rastras.
—¡Dejadme el espejo! —gritó desesperado.
Ésas fueron sus últimas palabras.
Los sirvientes, que estaban cerca de su cama cuidándolo en su enfermedad, habían observado varias veces como miraba el espejo y lo dejaba caer para luego, con ojos ansiosos, recogerlo de nuevo. Pero esta vez, cuando el espejo cayó de sus manos no hizo ningún esfuerzo por recuperarlo. Cuando se acercaron ya había exhalado su último suspiro, y bajo sus muslos, helado y viscoso, un charco de esperma empapaba la sábana.
Enseguida lavaron el cadáver, lo vistieron y prepararon el féretro, mientras su abuelo se abandonaba a una pena incontrolable y maldecía al taoísta.
—¡Este espejo del diablo! —gritaba Jia Dairu—. Hay que destruirlo antes de que siga haciendo daño.
Y mandó encender una hoguera para fundirlo.
En ese momento una voz clamó desde el espejo:
—¿Por qué me miraron por delante? Han sido ustedes quienes han tomado lo falso por verdadero, ¿por qué he de ser yo el arrojado al fuego?
Al mismo tiempo que el espejo decía estas palabras, entró el taoísta cojo dando grandes zancadas y gritando:
—¿Quién pretende destruir el espejo mágico dé la brisa y de la luz de luna?
Y, agarrándolo, desapareció de un salto como impelido por una ráfaga de viento.
Jia Dairu dispuso inmediatamente los funerales de su nieto y anunció por todas partes su muerte, notificando que a los tres días del óbito se salmodiarían sutras y que el séptimo día tendrían lugar las exequias. El ataúd con el cadáver de Jia Rui permanecería en el templo del Umbral de Hierro hasta que pudiera ser llevado de vuelta a su lugar natal.
Todos los miembros del clan llegaron a dar el pésame. Jia She y Jia Zheng, de la mansión Rong, contribuyeron a los gastos con veinte taeles de plata cada uno, y lo mismo hizo Jia Zhen, de la mansión Ning. Otros dieron tres, cuatro o cinco taeles, según las posibilidades de cada uno. Las familias de los compañeros de escuela de Jia Rui reunieron otros veinte. Con estas aportaciones, a pesar de que no disfrutaba de una posición acomodada, Jia Dairu organizó unos funerales lujosos.
Y entonces, inesperadamente, ya hacia el final del invierno, llegó una carta de Lin Ruhai diciendo que se encontraba gravemente enfermo y que deseaba que su hija fuera devuelta a su casa, lo que aumentó la congoja de la Anciana Dama, que tuvo que hacer los preparativos para la marcha de Daiyu. Baoyu, por su parte, a pesar de la enorme aflicción que le produjo la noticia, juzgó que no podía ser un obstáculo entre una hija y su padre.
La Anciana Dama decidió que Jia Lian acompañase a su nieta y la trajera de regreso sana y salva. No es preciso describir los espléndidos regalos de despedida que recibió Daiyu, ni los preparativos para la jornada. Se señaló un día para que Jia Lian y Daiyu se despidieran de todos y, por fin, acompañados por su séquito, emprendieron viaje a Yangzhou.
Quien quiera saber lo que pasa, que escuche el próximo capítulo.
Capítulo XIII
Muere Qin Keqing y se nombra un capitán
de la Guardia Imperial.
Xifeng ayuda a administrar los asuntos
de la mansión Ningguo.
Ausente su esposo, que había emprendido con Daiyu su jornada a Yangzhou por expreso deseo de la Anciana Dama, la vida se le hizo tediosa a Xifeng; encaraba cada noche lo mejor que podía, y bordaba y charlaba con Pinger antes de retirarse desganadamente a dormir.
Cierta noche, cansadas ya de bordar a la luz de una lámpara, Xifeng ordenó a su doncella que perfumara y caldease su manta bordada para irse a dormir. Los ruidos de la tercera vigilia sorprendieron a las dos mujeres calculando con los dedos el tramo del camino al que habría llegado Jia Lian. Poco después Pinger cayó rendida, y a Xifeng se le acababan de cerrar los ojos cuando, confusamente, creyó ver a Keqing entrando en la habitación.
—¡Tía, cuánto le gusta dormir! —le dijo Keqing sonriendo—. Hoy vuelvo a mi casa, pero como usted no podrá acompañarme ni siquiera un trecho del camino no he querido partir sin despedirme antes; además, tengo una inquietud que sólo a usted me atrevo a confiar.
—¿Qué inquietud es esa? —preguntó Xifeng, vagamente consciente.
—Tía, ¿cómo usted, una mujer tan notable que ni los hombres de correaje y gorra oficial sede pueden comparar, ignora ese adagio que dice que la luna se llena para menguar, y el agua colma para rebosar; y aquel otro que avisa de que cuanto más alto sea el ascenso, más dura será la caída? Durante cien años nuestra casa ha prosperado sin cesar y mantenido su esplendor. Pero si un día, en la cima de la buena fortuna, el árbol cae y los monos se desbandan, ¿qué será de esta antigua y culta familia?
Xifeng, asombrada, captó rápidamente el sentido de las palabras de Keqing.
—Sin duda tus temores tienen fundamento. Pero ¿cómo conjurar un peligro tan grande?
—Qué ingenua es usted, tía —contestó Keqing con una risa helada—. Desde tiempo inmemorial, la fortuna ha seguido a la calamidad y la desgracia a los honores, y no está en manos de los hombres poder mantener siempre la misma condición. Lo único que se puede hacer es abastecerse en los buenos tiempos, en previsión de la decadencia futura. Ahora todo marcha bien, salvo dos cosas; encárguese de ellas, tía, y no habrá que lamentar la desgracia en el futuro.
Xifeng le preguntó cuáles eran esas dos cosas, y Keqing contestó:
—A pesar de que cada estación se realizan sacrificios en las tumbas dé nuestros antepasados, nunca se hacen sobre ingresos fijos; y a pesar de que existe una escuela familiar, carece de una financiación segura. Mientras la prosperidad resida en esta casa no habrá problemas para mantener los sacrificios y la escuela, pero ¿de dónde se sacará el dinero cuando lleguen los años de escasez? Le sugiero que, mientras disfrutemos de abundancia, compremos granjas y fincas próximas a las tumbas de nuestros antepasados; así solucionaremos el problema de los sacrificios. En cuanto a la escuela familiar, debería ser trasladada al mismo lugar Que todos los miembros de la familia, viejos y jóvenes por igual, establezcan reglas por las cuales cada rama se turne anualmente en la administración de la tierra, de sus ingresos y de los sacrificios. Los tumos impedirán disputas y maniobras desleales, hipotecas y ventas. De esa manera, incluso en el caso de que la familia fuera confiscada, sólo podrían arrebatarnos nuestras pertenencias personales, pero no las fincas que produjeran el grano destinado a las ofrendas. Si llegasen tiempos de penuria, los jóvenes podrían retirarse allí a estudiar y trabajar la tierra. Ellos tendrían algún respaldo y no habría necesidad de interrumpir los sacrificios. Sería propio de una visión muy corta no pensar en el futuro creyendo que nuestra actual buena fortuna ha de durar eternamente. Pronto ocurrirá algo maravilloso que echará aceité al fuego y añadirá flores al brocado, pero no será sino un destello, un segundo pletórico. Pase lo que pase, tía, no olvide usted el viejo proverbio: «Siempre se acaban los festines, por abundantes quesean». Piense en el futuro antes de que sea demasiado tarde.
—¿Pues qué cosa maravillosa va a suceder? —preguntó Xifeng, cada vez más asombrada.
—Los secretos del cielo no deben ser divulgados, pero en nombre del amor que nos une le recitaré unos versos que no deberá usted olvidar:
Pasarán tres Primaveras [1] , se marchitarán las flores;
cada una buscará su propio destino.
Antes de que Xifeng pudiera seguir preguntando fue bruscamente despertada por cuatro golpes de la tabla de hierro [2] de la segunda puerta; cuatro golpes: señal de muerte. Y, en efecto, un criado anunció: «La señora Qin Keqing, de la mansión del Este, acaba de fallecer».
A Xifeng empezó a correrle por todo el cuerpo un sudor frío. En cuanto se pudo recuperar de su estupefacción se vistió lo más rápido que pudo y fue corriendo en busca de la dama Wang.
La casa entera hervía ya en lamentos, sacudida por la noticia. Los viejos recordaban la filial conducta de Keqing, los jóvenes su manera cariñosa de comportarse, los niños su simpatía; todos los criados lloraban recordando, abrumados por la pena, su compasión por los pobres y los humildes y su adorable bondad con todos.
Pero volvamos con Baoyu. La partida de Daiyu lo había dejado sumido en el desconsuelo hasta el punto de que había abandonado los juegos y cada noche se dormía abatido. El anuncio de la muerte de Keqing lo arrancó violentamente del sueño. Sintió una puñalada en el corazón y, dando un grito, vomitó una bocanada de sangre. Xiren y las otras doncellas se abalanzaron sobre él para ayudarle a volver a la cama, y le preguntaron ansiosamente qué le sucedía. ¿Debían pedir a la Anciana Dama que llamara a un médico?
—No, no es necesario. Estoy bien —contestó Baoyu—. Ha sido el calor de la impresión, que ha tomado mi corazón y desviado la normal circulación de la sangre.
Volvió a levantarse y exigió que le ayudaran a vestirse para ir inmediatamente a ver a su abuela y luego a la otra mansión.
Xiren estaba muy preocupada, pero no se atrevió a impedírselo.
La Anciana Dama, sin embargo, protestó ante la determinación del muchacho:
—Cuando ocurre una muerte la casa siempre queda insalubre. Además, esta noche el viento sopla muy fuerte. Mañana irás.
Pero Baoyu insistió tanto que la anciana acabó asignándole un carruaje y numerosos criados que lo acompañasen. Cuando llegaron a la mansión Ning encontraron las puertas abiertas de par en par; dos brillantes linternas alumbraban la entrada, una a cada lado. Había un excitado ajetreo y en el aire atronaban unos tristísimos plañidos que salían del interior de la casa.
Baoyu se apeó y echó a correr al cuarto donde yacía Keqing. Al verla lloró. Luego buscó a la señora You, que había sufrido un corte de digestión, y finalmente presentó sus respetos a Jia Zhen.
Mientras tanto habían llegado Jia Dairu con Jia Daixiu, Jia Chi, Jia Xiao, Jia Dun, Jia She, Jia Zheng, Jia Cong, Jia Bian, Jia Heng, Jia Guang, Jia Chen, Jia Qiong, Jia Lin, Jia Qiang, Jia Chang, Jia Ling, Jia Yun, Jia Qin, Jia Zhen [3] , Jia Ping, Jia Zao, Jia Heng, Jia Fen, Jia Fang, Jia Lan, Jia Jun y Jia Zhi.
Bañado en lágrimas, Jia Zhen estaba diciendo a Dairu y los demás:
—Todos en la familia, viejos y jóvenes, parientes lejanos o amigos cercanos, saben que mi nuera era infinitamente superior a mi hijo. Ahora que ella se ha marchado, mi rama está condenada a la extinción. —Dicho lo cual arreció su llanto.
Los hombres allí presentes trataron de consolarlo:
—De nada sirve llorar puesto que ella ha dejado ya este mundo. Ahora lo principal es decidir qué se ha de hacer.
—¿Qué se ha de hacer? —exclamó Jia Zhen golpeándose con el puño la palma de la mano—. ¡Que se disponga de toda mi fortuna para el funeral!
Fue interrumpido por la llegada de Qin Ye, Qin Zhong y algunos de sus parientes, y la señora You con sus hermanas menores. Jia Zhen encargó a Jia Qiong, Jia Chen, Jia Lin y Jia Qiang que atendieran a la gente que iba llegando, mientras él mandaba llamar a algún astrólogo que señalase un día favorable para el entierro.
Se decidió que el cuerpo permaneciera en la casa siete veces siete, o sea cuarenta y nueve días; que el luto empezara tres después del fallecimiento y que se emitieran obituarios; que durante esos cuarenta y nueve días ocho bonzos budistas recitaran en el salón principal el Sutra de la Gran Compasión para liberar las almas de los que murieron antes que Keqing y de los que lo harían después, y ganar indulgencias para las faltas de la difunta; que, ante un altar erigido en el pabellón de la Fragancia Celestial, noventa y nueve taoístas de la secta de la Verdad Perfecta rezaran para que su espíritu quedara limpio de todo pecado, y que luego el ataúd fuera llevado al jardín de la Fragancia Concentrada, donde cincuenta eminencias budistas y taoístas realizarían sacrificios cada siete días hasta alcanzar los cuarenta y nueve estipulados.
Sólo Jia Jing se mostró impávido ante la muerte de la esposa de su nieto mayor. Su propia cercanía a la inmortalidad le impedía mancharse con el polvo mundano dilapidando así los méritos que había adquirido. Por eso, aunque eran a él a quien correspondían, dejó en manos de su hijo Zhen los preparativos fúnebres, y éste pudo dar rienda suelta a su extravagancia.
Para empezar, Jia Zhen decidió que las tablas de cedro que le habían hecho examinar no eran adecuadas para el ataúd de su nuera, y estaba buscando algo mejor cuando en eso llegó Xue Pan a dar el pésame.
—En nuestro almacén hay unas planchas de madera que llevan el nombre Qiang o algo parecido; es un producto de la isla Red de Hierro —dijo Pan al advertir las tribulaciones de Jia Zhen—. Un ataúd hecho con esa madera duraría más de diez mil años. Mi padre la compró por encargo del príncipe Yi Zhong, pero cuando ocurrió su declive el príncipe ya no la pudo comprar. La tenemos todavía almacenada porque nadie se ha atrevido a pagar su precio. Se la haré enviar, si usted quiere.
Encantado por la noticia, Jia Zhen hizo traer la madera de inmediato. Cuando llegaron las tablas, todos se arremolinaron en torno a ellas lanzando exclamaciones de asombro: las destinadas a los costados y al fondo tenían ocho pulgadas de espesor, su granulación era la de una palmera de areca, y su aroma el del sándalo o el almizcle. Cuando se las golpeaba emitían un sonido nítido, como de metal o jade.
Radiante, Jia Zhen preguntó el precio.
—Ni con mil taeles podría comprar esta madera —respondió Xue Pan—. No se preocupe por su valor; sólo necesita pagar el trabajo de carpintería.
Tras agradecer efusivamente el ofrecimiento, Jia Zhen ordenó que se cortaran y barnizaran inmediatamente las tablas, y se construyera el ataúd.
A Jia Zheng le pareció demasiado lujo para Keqing y opinó que hubiera sido suficiente una madera de cedro de la mejor calidad, pero Jia Zhen, que con gusto hubiera muerto en lugar de su nuera, no hizo caso de la objeción.
Se corrió la voz de que, tras la muerte de Keqing, una de sus doncellas, Ruizhu, se había golpeado la cabeza contra una columna hasta reventársela. Todo el clan elogió el acto como una insólita muestra de lealtad, y Jia Zhen ordenó que fuera enterrada siguiendo los ritos reservados a una nieta, con su féretro descansando en el pabellón de la Inmortalidad Alcanzada al lado del de su señora. Otra jovencísima doncella, Baozhu, se ofreció a actuar como ahijada de Keqing asumiendo el papel de deudo principal, puesto que su señora no había dejado hijos. Esto complació tanto a Jia Zhen que impartió órdenes para que a partir de aquel momento Baozhu recibiese el trato de «señorita», reservado a las hijas de la casa. En consecuencia, Baozhu dirigió el duelo como una hija soltera, llorando postrada ante al ataúd como si el corazón se le estuviera desgarrando, mientras los miembros del clan y los criados observaban con impecable decoro el protocolo establecido para tales ocasiones [4] .
Preocupaba a Jia Zhen, de cara al funeral, que su hijo sólo fuera un letrado de Estado, puesto que ello no luciría bastante en el banderín fúnebre e implicaría un séquito reducido, pero quiso la suerte que, el cuarto día de la primera semana de duelo, llegaran criados con ofrendas para el sacrificio enviadas por el eunuco Dai Quan, chambelán del palacio del Gran Esplendor, que apareció en un gran palanquín, bajo dosel oficial y entre estrépito de gongs y tambores abriéndole el paso. Jia Zhen le hizo pasar con gran presteza al pabellón del Zumbido de las Abejas, donde le ofreció té y le expresó, en cuanto tuvo ocasión, su deseo de comprar un rango para su hijo.
—Supongo que para hacer aún más suntuosas las exequias de tu nuera… —le dijo Dai Quan con una sonrisa de complicidad.
—Supone usted bien, señor.
—Casualmente hay un cargo disponible. Se han producido dos vacantes en el cuerpo de los trescientos oficiales de la Guardia Imperial. Precisamente ayer el tercer hermano del marqués de Xiangyang me envió mil quinientos taeles solicitándome una de las plazas; como sabrá, somos buenos amigos, de manera que por consideración a su abuelo no puse impedimento alguno a su petición. La otra plaza ya me la ha solicitado el gordo Feng, gobernador militar de Yongxing, que también la quiere para su hijo, pero todavía no he tenido tiempo de darle una respuesta. Si su hijo la desea, escríbame aquí mismo sus antecedentes familiares.
Jia Zhen mandó inmediatamente a un criado con ese encargo para sus secretarios. El criado Volvió al rato con una hoja de papel rojo. Jia Zhen le echó un vistazo y la entregó a Dai Quan, quien leyó:
Jia Rong, de veinte años de edad, letrado de Estado del distrito de Jiangning, prefectura de Jiangning, Jiangnan.
Bisabuelo: Jia Daihua, comandante en jefe de la Guarnición Metropolitana y, por herencia, general del primer rango con la designación Fuerza Espiritual.
Abuelo: Jia Jing, letrado metropolitano del año Yi Mao.
Padre: Jia Zhen, por herencia, general del tercer rango con la designación Poderosa Intrepidez.
—Lleva esto con mis saludos al viejo Zhao, el jefe de la Junta de Rentas —ordenó Dai Quan a uno de sus criados—. Dile que expida un certificado para un oficial de quinto rango en la Guardia Imperial y que tramite un nombramiento de acuerdo con estos datos. Mañana pesaré la plata y se la haré llegar.
Dicho lo cual partió.
Su anfitrión, incapaz de retenerlo, lo acompañó hasta el palanquín. Antes de que el eunuco subiera, Jia Zhen le preguntó:
—¿Llevo el dinero a la junta o se lo entrego a usted, señor?
—Pese mil doscientos taeles y hágalos llegar a mi casa. Silos lleva a la junta lo esquilmarán —contestó Dai Quan.
Jia Zhen le agradeció el favor prometiéndole que, en cuanto acabara el luto, le llevaría a su indigno hijo para que hiciera un koutou ante él. A continuación se despidieron.
Luego llegaron más lacayos despejando el camino para la esposa de Shi Ding, marqués de Zhongjing. Las damas Wang y Xing, acompañadas por Xifeng, la hicieron pasar al salón de recepción. Después fueron expuestos ante el ataúd los presentes para el sacrificio enviados por los marqueses de Jinxiang y Chuanning, así como los del conde de Shoushan, y al poco tiempo los tres nobles se apearon de sus palanquines. Jia Zhen les hizo pasar al salón de recepción. De esta manera fueron llegando y partiendo innumerables parientes y amigos. Lo cierto es que, durante cuarenta y nueve días, la calle frente a la mansión Ning se asemejó a un mar de enlutados ataviados de blanco, y entre todos destacaban los funcionarios con sus brillantes vestimentas.
Siguiendo las indicaciones de su padre, al día siguiente Jia Rong se puso un traje de corte para ir a recoger su nombramiento, hecho lo cual los letreros fúnebres situados ante el ataúd, así como la insignia del cortejo, fueron puestos a la altura de un funcionario de quinto rango. La tabla con el obituario y el aviso decía ahora: «Exequias de la dama Qin, esposa de la casa de Jia, con quinto rango concedido por decreto de la Corte Celestial». La puerta del jardín de la Fragancia Concentrada que daba a la calle se abrió de par en par, y, sobre unas plataformas erigidas a ambos lados, grupos de músicos vestidos de negro fueron tocando aires fúnebres en los momentos adecuados. El séquito permanecía ordenado por parejas, en perfecta simetría, y dos tablones de color rojo bermellón situados en el exterior de la puerta mostraban en grandes caracteres dorados la inscripción: «Guardia Imperial, defensora de los caminos de Palacio en los patios interiores de la Ciudad Prohibida». Justo al otro lado de la calle se alzaban dos estrados, uno enfrente de otro, para los monjes budistas y taoístas. Allí las leyendas rezaban:
Exequias de la dama Qin de la familia Jia, consorte del bisnieto mayor del duque hereditario de Ningguo, guardia imperial y defensor de los caminos de Palacio en los patios interiores de la Ciudad Prohibida.
En esta tierra de paz e imperio gobernada según la voluntad divina, en el centro de los cuatro continentes, Nos, abate principal budista Wan Xu, Verificador de la Escuela del Vacío y el Ascetismo, y Nos, abate principal taoísta Ye Sheng, Verificador de la Escuela Primordial de la Trinidad, purificados reverentemente, al Cielo elevamos los ojos y ante Buda nos inclinamos.
Humildemente suplicamos a las deidades que manifiesten su divina compasión y den largas muestras de su majestad espiritual en estos cuarenta y nueve días de sacrificios, para que aquellos que han emprendido el largo viaje puedan librarse de sus pecados y sean eximidos del pago de sus deudas…
Y más cosas, todas por el estilo.
Lo que preocupaba ahora a Jia Zhen era que su esposa estaba nuevamente postrada por la enfermedad y no podía ocuparse de los asuntos precisamente en un momento en el que cualquier fallo en el protocolo, en presencia de tantos nobles visitantes, dejaría en ridículo a la familia. Baoyu percibió su preocupación y preguntó:




