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Gai Qi (edición de 1879).
Para entonces ya había pasado la cuarta vigilia, y cuando llegó a la cama no tuvo ganas de dormir. Un momento después amaneció. Se aseó apresuradamente y partió a la mansión Ning.
Ya se acercaba el día del funeral. Jia Zhen se dirigió hacia el templo del Umbral de Hierro acompañado de un geomántico con él fin de inspeccionar el mausoleo e indicarle al abate Sekong, encargado del lugar, la necesidad de que fueran los muebles más finos y los monjes más notables los que recibieran el ataúd.
Sekong preparó una cena, pero Jia Zhen había perdido el apetito. Como se había hecho muy tarde para volver a la ciudad pasó aquella noche en el cuarto de huéspedes, y a primera hora de la mañana volvió para hacer los preparativos del sepelio. Mandó por delante a unos hombres que pasaron la noche en el templo decorando el mausoleo y preparando el refrigerio y la recepción de la comitiva fúnebre.
Xifeng, mientras tanto, había hecho cuidadosos preparativos eligiendo sirvientes, carruajes y palanquines de la mansión Rong que acompañarían a la dama Wang al funeral, más un lugar donde ella misma pudiera estar durante las honras fúnebres.
Como hacía poco que había muerto la esposa del duque de Shanguo, las damas Xing y Wang tuvieron que enviar presentes para el sacrificio y asistir a sus exequias. Luego sé mandaron regalos de aniversario para la esposa del príncipe de Xi’an. Nació el primogénito del duque de Zhenguo y hubo que hacerle un obsequio. Xifeng, por su parte, tuvo que escribir a su casa y preparar más obsequios para que su hermano Wang Ren los llevara consigo cuando volviera al sur. Además, Yingchun cayó enferma y fue preciso llamar a médicos todos los días, estudiar sus diagnósticos, discutir la causa de la dolencia y tomar decisiones sobre recetas. El caso es que, a medida que se iba acercando el funeral, mil y un asuntos quitaron a la atareada Xifeng hasta el tiempo de comer y descansar. Cuando iba a la mansión Ning, la seguían los sirvientes de la mansión Rong; cuando volvía a la mansión Rong, iban tras ella los sirvientes de la mansión Ning. Pero a pesar de tanto ajetreo estaba de buen humor, y, por evitar cualquier motivo de queja, no rehuía tarea alguna. De hecho trabajó tanto día y noche, lo manejó todo tan bien, que no hubo persona de la casa, sin importar su rango, que no quedara impresionada.
Y llegó por fin el funeral. Las dos compañías de actores de la familia y unos cuantos músicos, bailarines y acróbatas, debían desarrollar un largo programa. El lugar hervía de parientes y amigos. Como la señora You seguía guardando cama, Xifeng hubo de hacerse cargo también de recibir a las visitas, ya que las otras mujeres casadas de la familia eran cortas para el trato, o alocadas, o tímidas ante los extraños, o se dejaban apabullar por la presencia de nobles y funcionarios. Ninguna era comparable con Xifeng y su encanto, su locuacidad y su elegancia. Al no estar obligada a rendir cuentas a nadie, impartía las órdenes que quería y se conducía a su entera voluntad, indiferente a los demás.
Toda aquella noche fue de ajetreo y esplendor, entre tanta ida y venida de faroles y antorchas de los funcionarios y huéspedes.
Cuando con el alba llegó la hora propicia, sesenta y cuatro porteadores vestidos de negro transportaron el féretro, precedido por un gran estandarte mortuorio que llevaba escrita en grandes caracteres la siguiente leyenda:
Féretro donde reposan los restos mortales de la dama Qin de la familia Jia, dama noble del quinto rango, consorte de Jia Rong, guardia imperial y defensor de los caminos de Palacio en los patios interiores de la Ciudad Prohibida; tataranieto mayor del duque de Ningguo, investido del primer rango por la Dinastía de Origen Celeste, Espléndidamente establecida y de Larga Permanencia.
La flamante impedimenta funeraria contribuía al deslumbrante espectáculo, y cuándo el ataúd fue alzado en hombros para emprender la marcha, Baozhu, observando los ritos propios de una hija soltera, hizo añicos contra el suelo una vasija de barro y se lamentó amargamente ante el cadáver.
Entre los funcionarios que asistían al funeral estaban Niu Jizong, conde hereditario de primer grado, nieto de Niu Qing, duque de Zhenguo; Liu Fang, vizconde hereditario de primer grado, nieto de Liu Biao, duque de Liguo; Chen Ruiwen, general hereditario de tercer grado, nieto de Chen Yi, duque de Qiguo; Ma Shang, general hereditario de tercer grado, nieto de Ma Kui, duque de Zhiguo; y Hou Xiaokang, vizconde hereditario de primer grado, nieto de Hou Xiaoming, duque de Xiugo. La muerte de la esposa del duque de Shanguo había impedido que su nieto Shi Kuangzhu, que estaba de luto, asistiera al sepelio. Estas seis familias, más las de Ning y Rong, eran conocidas como las «Ocho casas ducales». También participaban en el cortejo fúnebre el nieto del príncipe de Nan’an y el del príncipe de Xining, así como Shi Ding, marqués de Zhongjing; Ziang Zining, barón hereditario de segundo grado, capitán de la guardia metropolitana y nieto del marqués de Dingcheng; Jianhui, barón hereditario de segundo grado, nieto del marqués de Xiangyang; y Qiu Liang, comandante de guarnición de cinco ciudades, nieto del marqués dé Jingtian. Asimismo, estuvieron presentes Han Qi, hijo del conde de Jinxiang; Feng. Ziying, hijo del general del Divino Valor; Chen Yejun, Wei Ruolan y muchísimos otros hijos de la nobleza. Hubo más de una docena de palanquines, y de treinta a cuarenta sillas de manos para las damas. Entre estos vehículos y los carruajes y sillas de manos de la familia Jia pasaban largamente el centenar. Con el espectacular séquito abriendo el camino, más los espectáculos que se iban desarrollando a lo largo, el cortejo se extendía no menos de tres o cuatro li.
Al poco de iniciarse, llegaron a unos quioscos que desplegaban a la orilla del camino sus toldos de seda multicolor; en ellos se interpretaba música y se realizaban ofrendas ceremoniales preparadas por diversas familias. Los cuatro primeros correspondían a las casas del príncipe de Dongping, del príncipe de Nan’an, del príncipe de Xining y del príncipe de Pekín.
De los antepasados de los cuatro príncipes era el de Pekín el que había ostentado las más altas distinciones, heredadas por sus descendientes. Su actual poseedor, Shuirong, era un joven encantador, modesto y muy bien parecido, que no llegaba a los veinte años. Cuando se enteró de que el tataranieto mayor del duque de Ningguo había perdido a su esposa, el recuerdo de la amistad entre sus antepasados, de los peligros y glorias que habían compartido como una sola familia, le hizo deponer toda consideración de rango y acudir personalmente a presentar sus condolencias. Había instalado un tablado fúnebre junto al camino para ofrecer una libación, e hizo que algunos de sus funcionarios esperasen allí mientras él emprendía el camino a la corte nada más rayar el alba. Concluida la audiencia en la corte se puso la ropa de luto y regresó en un palanquín, precedido por sonoros gongs y sombrillas ceremoniales. Detuvo el palanquín frente al tablado y sus funcionarios se alinearon a ambos lados, impidiendo el paso de soldados y civiles.
En ese preciso momento el espléndido cortejo fúnebre de la mansión Ning, que venía del norte, le cayó encima como un gran alud plateado. Los lacayos enviados por delante para despejar el camino habían informado a Jia Zhen de la llegada del príncipe. Cuando Zhen lo supo detuvo la marcha del cortejo para que Jia She, Jia Zheng y él mismo pudieran saludarlo conforme al ceremonial de Estado. El príncipe correspondió inclinándose afablemente desde su palanquín, tratándolos sin afectación alguna, como a viejos amigos de la familia.
Jia Zhen se dirigió al príncipe con estas palabras:
—Nos sobrecoge el favor que Su Alteza nos dispensa honrando con su presencia el funeral de mi nuera.
—Esa manera de hablar no es propia de buenos amigos —protestó el príncipe, y enseguida ordenó a su mayordomo jefe que presidiera el sacrificio y escanciara una libación.
Jia She y los demás dieron un paso adelante y se inclinaron como muestra de gratitud.
El príncipe de Pekín, que era una persona de trato sencillo, le preguntó a Jia Zheng:
—¿Quién es ese joven caballero que nació con un trozo de jade en la boca? Hace mucho tiempo que lo quiero conocer, pero nunca he podido disponer de un momento adecuado. Seguro que hoy está aquí, ¿me lo presentarán?
Inmediatamente Jia Zheng se retiró para traer a Baoyu. Le hizo quitarse la ropa de luto y lo llevó a conocer al príncipe.
Por su familia y sus amigos, Baoyu se había enterado de los excelentes méritos del príncipe de Pekín, de su talento, su buen porte, su refinamiento y su falta de respeto a los convencionalismos. A menudo había sentido el deseo de conocerlo, pero su padre lo había mantenido bajo un control tan estricto que nunca había tenido la oportunidad. Aquella llamada lo embelesó, y, al llegar donde estaba el príncipe, quedó impresionado por la dignidad con que ocupaba su palanquín.
Quien quiera saber cómo fue el encuentro, escuche el siguiente capítulo.
Capítulo XV
Xifeng abusa de su poder en el templo
del Umbral de Hierro.
Qin Zhong se entretiene en el
convento del Pan al Vapor.
Relatábamos en el capítulo anterior como Jia Baoyu, al levantar la mirada, había visto al príncipe de Pekín tocado con una gorra principesca de alas plateadas y borlas blancas, un traje blanco con bordados de olas en zigzag y dragones de cinco garras, y un cinturón de cuero rojo con incrustaciones de jade verde. Unido a todo ello, su rostro claro como el jade y sus ojos brillantes como estrellas le daban una apariencia realmente formidable.
Baoyu dio un paso adelante para hacer una reverencia, y, al ordenar desde su palanquín que le ayudaran a incorporarse, el príncipe de Pekín pudo observar que el muchacho llevaba una corona de plata en forma de dos dragones emergiendo del mar, una chaqueta de arquero bordada con serpientes blancas y un cinturón de plata con incrustaciones de perlas. Su rostro parecía una flor en primavera y sus ojos eran negros como la laca.
—Haces honor a tu reputación —le dijo el príncipe—. En verdad eres como un precioso jade. Pero ¿dónde está la joya con la que llegaste al mundo?
Baoyu extrajo inmediatamente el jade de entre su ropa y lo entregó al príncipe, que lo examinó con mucho detenimiento y leyó la inscripción.
—¿Tiene realmente poderes mágicos? —preguntó.
—Eso dicen las inscripciones —contestó Jia Zheng—, pero nunca ha sido comprobado.
El príncipe, que había quedado fuertemente impresionado por el jade, alisó el cordón con sus propias manos y lo volvió a poner en el cuello de Baoyu. Luego tomó la mano del muchacho y le preguntó su edad y lo que estaba estudiando.
La claridad y fluidez de las respuestas de Baoyu hicieron que el príncipe se volviera para comentarle a Jia Zheng:
—No hay duda: tu hijo es una cría de dragón o un joven fénix. Me atrevo a vaticinar que este joven fénix, llegado el momento, superará al viejo.
—Mi indigno hijo no merece semejantes elogios —se apresuró a responder Jia Zheng con una sonrisa cortés—. Si sus vaticinios resultasen ciertos, tanta fortuna sólo se debería al favor con que nos honra Su Alteza.
—Para que mi predicción se cumpla existe, sin embargo, un obstáculo —advirtió el príncipe—. Dado el inmenso talento de tu hijo, su abuela y su madre deben haberlo malcriado; la tolerancia es mala cosa para jóvenes como nosotros, puesto que nos hace descuidar los estudios. Yo mismo me perdí por esa ruta, y temo que tu honorable hijo pueda llegar a tomar el mismo camino. Si tiene problemas para estudiar en su casa, que se acerque a mi humilde morada cuantas veces quiera porque, aunque yo mismo carezca de talento, me honran con su visita eruditos notables de todos los puntos del imperio que pasan por la capital. De ahí que mi humilde hogar se vea frecuentemente engalanado con la presencia de hombres eminentes cuyo trato debería mejorar los conocimientos del joven Baoyu.
Jia Zheng se inclinó y aceptó sin vacilaciones. Entonces el príncipe se desprendió de un brazalete que llevaba en la muñeca y lo entregó a Baoyu diciéndole:
—Este primer encuentro entre nosotros ha sido tan imprevisto que no he traído un obsequio adecuado como prueba de mi respeto, pero, por favor, acepta este brazalete de cuentas hecho con las semillas aromáticas de una planta que Su Majestad me regaló hace unos días.
Baoyu tomó el regalo y lo entregó a su padre; a continuación ambos se inclinaron e hicieron unas reverencias formales de agradecimiento. Luego Jia She y Jia Zhen suplicaron al príncipe que regresara el primero, pero se negó con estas palabras:
—La difunta ya abandonó nuestro polvoriento mundo; ya es inmortal. Yo heredé mi título por la gracia del Hijo del Cielo, pero a pesar de eso, ¿qué derecho tengo a marchar delante del carruaje de una inmortal?
Al ver que hablaba en serio, Jia She y los demás agradecieron su respuesta y ordenaron que la música se detuviera para que el largo cortejo pudiera continuar su marcha. Pero dejemos ya este asunto.
Al paso del cortejo se oía un excitado zumbido procedente de la muchedumbre de curiosos que se agolpaba a ambos lados del camino. Los amigos y compañeros de Jia She, Jia Zhen y Jia Zheng habían instalado tiendas para sacrificios cerca de la puerta de la ciudad, y el desfile no avanzó hasta que cada uno de ellos hubo recibido el agradecimiento de la familia. Por fin dejó la ciudad y tomó el camino del templo del Umbral de Hierro.
Jia Zhen y Jia Rong pidieron a los ancianos que subieran a sus palanquines o a sus caballos para continuar la jornada. Toda la generación de Jia She montó en sus carruajes; los demás hicieron el camino a caballo.
Por el campo abierto, lejos de la vigilancia paterna, Baoyu aflojó el freno a su caballo y emprendió una loca cabalgada. Temiendo que sufriera algún percance que luego sería difícilmente justificable ante la Anciana Dama, Xifeng ordenó a un paje que corriera tras él y lo trajera de vuelta al carruaje. Llegó Baoyu de mala gana ante Xifeng, y ésta le dijo:
—Querido primo, eres digno y delicado como una muchacha. No emules a esos monos a caballo. ¿No sería más gentil por tu parte que vinieras a compartir mi carruaje?
Baoyu echó pie a tierra inmediatamente y se acomodó junto a ella. Entre charlas y risas continuaron el viaje hasta que dos jinetes desmontaron junto a ellos y dijeron a Xifeng:
—Señora, nos acercamos a una de las paradas de descanso. ¿Quiere usted detenerse, o prefiere seguir?
Xifeng preguntó si se habían detenido las damas Xing y Wang.
—No, pero Sus Señorías quieren que usted haga lo que crea más conveniente.
Entonces Xifeng ordenó hacer un alto en el camino. Obedeciendo las órdenes de Baoyu, unos pajes fueron en busca de Qin Zhong, que trotaba detrás de la silla de manos de su padre. Al ser avisado por el paje, Zhong observó que el caballo de Baoyu, sin jinete, seguía el carruaje de Xifeng, que se desviaba hacia el norte apartándose del cortejo; dedujo que su amigo debía estar con ella y espoleó su montura hasta alcanzarlos rápidamente. Los tres juntos cruzaron los portones de una granja.
Hacía rato que los sirvientes habían alejado de allí a los hombres, pero como la barraca que les servía de vivienda tenía muy pocas habitaciones, las mujeres y muchachas no encontraron un sitio donde ocultarse para evitar el encuentro con los desconocidos que ya se aproximaban. La aparición de Xifeng, Baoyu y Qin Zhong, con sus exquisitos trajes y sus refinados modales, pasmó a las campesinas. Apenas hubo hecho su entrada, Xifeng ordenó a Baoyu que se entretuviera fuera, y éste llevó a Qin Zhong y los pajes a dar un paseo. Era la primera vez que veía herramientas de las que usan los labriegos, y las palas, picos, azadones y arados, cuyos nombres y utilidad ignoraba, le intrigaron enormemente. Cuando un paje le informó de la utilidad de cada apero, él comentó con un suspiro:
—Ahora comprendo las palabras del antiguo poeta:
¿Quién sabe que cada grano de arroz sobre cada plato
es fruto del fatigoso esfuerzo de un campesino?
En su paseo por la granja encontró una rueca sobre un kang. Aquel artefacto le intrigó todavía más que los utensilios que había visto antes.
—Sirve para hilar el algodón antes de tejerlo —le informaron sus pajes.
Atraído por el instrumento, Baoyu se subió al kang para darle vueltas a la rueda. En ese momento entró una joven campesina de unos dieciséis años que, al verlo, gritó:
—¡Déjela! ¡La va a romper!
Los pajes empezaron a gritarle para que dejase de hablar así a su señor, pero Baoyu, que ya había dejado la rueca, se disculpó:
—Es que nunca había visto una. Sólo quería ver cómo funciona.
—¿Cómo iba a saber alguien como usted lo que es una rueca, señor? —le contestó sonriente la campesina—. Déjeme y se lo enseñaré.
Qin Zhong tiró discretamente de la manga de Baoyu y le dijo al oído:
—¿No te parece simpática?
Baoyu le dio un leve empujón:
—Bribón. Como sigas diciendo tonterías te pego un puñetazo.
Mientras tanto, la muchacha había empezado a hilar. Baoyu iba a decirle algo cuando se oyó la voz de una vieja:
—¡Hija segunda! ¿Dónde estás? ¡Ven aquí!
La muchacha se fue inmediatamente, para decepción de Baoyu.
Entonces un mensajero le trajo, de parte de Xifeng, el recado de que volviera con ella. Ya se había lavado y mudado de ropa para sacudirse el polvo del camino, y pidió a los dos muchachos que hicieran lo mismo, a lo que Baoyu se negó. Los criados llegaron con un servicio de té y una cesta de pasteles traídos expresamente para la jornada, y después de tomar un pequeño refrigerio volvieron a subir al carruaje.
Al ponerse en marcha, Lai Wang entregó un paquete a la familia campesina, cuyas mujeres salieron a agradecer el obsequio a los visitantes. Xifeng no les prestó ninguna atención; Baoyu, en cambio, buscó ávidamente a la hilandera con la mirada. Pero ella no estaba entre aquellas mujeres. Cuando habían recorrido un pequeño trecho del camino apareció con su hermanito en brazos, rodeada de otras muchachas de menor edad con las que reía y parloteaba. Baoyu deseó poder apearse del carruaje y correr a su encuentro, pero, consciente de que se lo impedirían, sólo pudo seguirla con la mirada mientras se alejaban a toda velocidad, hasta que la perdió de vista.
Al poco tiempo se habían incorporado al cortejo fúnebre. Iban por delante los tambores y címbalos del templo, los banderines y los palios. Llegaron por fin al templo, entraron y se celebraron nuevos ritos budistas, otra vez se quemó incienso y el ataúd fue instalado en una de las cámaras laterales del salón interior. Baoyu se preparó para velarlo esa noche.
Mientras, en los aposentos exteriores, Jia Zhen atendía a amigos y parientes varones, algunos de los cuales se quedaron a comer mientras otros se marchaban inmediatamente. Uno a uno, fue agradeciendo a todos su asistencia al funeral. Después, empezando por los de menor rango, se fueron yendo. A eso de las tres ya se habían dispersado todos.
Las damas fueron atendidas por Xifeng en los aposentos interiores, y también partieron primero las de menor categoría. A las dos de la tarde sólo quedaban allí unas cuantas parientes cercanas que permanecerían los tres días de oraciones por la difunta.
Como sabían que Xifeng no podría volver tan pronto a la ciudad, las damas Xing y Wang propusieron que Baoyu regresara con ellas, pero él se negó aduciendo que aquella era la primera vez en su vida que salía al campo. Insistió tanto en quedarse con Xifeng que su madre acabó por ceder y se lo encomendó a la joven.
El templo del Umbral de Hierro había sido erigido en tiempos de los duques de Rongguo y Ningguo, pero aún disponía de tierra suficiente para los enterramientos de los miembros del clan, y de lugares apropiados para el culto. Y como también había cobijo para los vivos, los deudos que acompañaban los restos mortales de los Jia a su última morada podían quedarse allí el tiempo que considerasen conveniente. Ahora bien, los miembros del clan eran numerosos y entre ellos no se ponían de acuerdo sobre el valor del lugar: los pobres se quedaban allí de muy buen grado, pero los ricos, amantes del lujo y la ostentación, argumentaban la incomodidad del sitio y preferían buscar alojamiento en alguna aldea o convento de las inmediaciones, adonde se retiraban después de las ceremonias.
No obstante, en el funeral de Qin Keqing la mayoría de los miembros del clan se alojó en el templo del Umbral de Hierro. Sólo Xifeng consideró que el lugar no resultaba conveniente, y envió a un criado a consultar a la abadesa Jingxu, del convento del Pan al Vapor, la posibilidad de que dispusiera algunos cuartos para ella. «Pan al Vapor» era como se conocía popularmente el convento de la Luna en el Agua, célebre por el excelente pan al vapor que allí se hacía. No estaba lejos del templo del Umbral de Hierro.
En cuanto los monjes hubieron completado sus oraciones y terminado con las ofrendas de té, Jia Zhen, por mediación de Jia Rong, exigió a Xifeng que descansara. Ésta encomendó a sus cuñadas la atención a las visitantes y marchó con Baoyu y Qin Zhong al convento del Pan al Vapor. Demasiado viejo y frágil para soportar las largas exequias, el padre de Qin Zhong había encargado a éste que asistiera a ellas en su nombre; de ahí que el muchacho permaneciera todavía en el lugar.
A las puertas del convento fueron recibidos por la abadesa Jingxu y dos novicias, Zhishan y Zhineng. Tras intercambiar los saludos de rigor, Xifeng se retiró a un cuarto donde se cambió de ropa y se lavó las manos. Mientras se desvestía pensó que Zhineng, la novicia, había crecido mucho y se había convertido en una muchacha muy bonita.
—¿Por qué no habéis venido a visitarnos? —preguntó.
—Hace unos cuantos días le nació un hijo al señor Hu —contestó la abadesa—, y su venerable esposa nos envió diez taeles de plata para que algunas de nuestras hermanas salmodiaran el Sutra Sangre de Parto [1] durante tres días. Hemos estado tan ocupadas que no hemos tenido tiempo para ir a presentar nuestros respetos a su familia.
Pero volvamos a Baoyu y Qin Zhong, que buscaban la manera de entretenerse en el salón cuando entró Zhineng.
—¡Mira quién ha venido! —dijo Baoyu con una sonrisa.
—¿Y qué? —observó Qin Zhong, indiferente a su tono de complicidad.
—No disimules. ¿Se puede saber qué hacías abrazado a ella el otro día en las habitaciones de mi abuela aprovechando que no había nadie? No intentes engañarme, Zhong.
—No digas tonterías. Te lo estás inventando todo —protestó Qin Zhong.
—Bah, es igual. Dile que me traiga té y me callaré.
—¡Pero qué ridiculez! ¿Acaso se negará a traerlo si se lo pides tú mismo? ¿Por qué se lo he de pedir yo?
—Porque si lo haces tú lo traerá con amor; en cambio, si se lo pido yo se limitará a obedecer y no pondrá ningún interés.
Resignado, Qin Zhong dijo a la novicia:
—Hermana Zhineng, ¿puedes traerme té?
La joven Zhineng había estado entrando y saliendo de la mansión Rong desde que era una niña, y conocía a todos sus moradores; con frecuencia había jugado con Baoyu y Qin Zhong, y ahora que tenía edad para comprender qué significaban la brisa y la luz de luna se había prendado del joven y apuesto Zhong, quien a su vez se sentía enormemente atraído por la reciente belleza de la novicia. Nada había sucedido todavía, pero ya existía un recíproco deseo y cierta complicidad entre ambos. Ahora, con una radiante mirada, ella asintió y no tardó mucho en aparecer con una taza de té.
—Dámela —le pidió Zhong con una sonrisa.
—¡Dámela a mí! —exclamó de pronto Baoyu.
Zhineng rió burlona.
—¿Acaso tengo miel en las manos para que se peleen por una simple taza de té?
Adelantándose a su rival, Baoyu arrebató la taza de las manos de la muchacha y la bebió de dos tragos; en ese momento apareció Zhishan con el encargo para Zhineng de que dispusiera la mesa, y poco después volvió para invitarlos a comer algo. Pero el té y los pasteles del convento no despertaban el interés de los dos muchachos, que permanecieron en el mismo lugar y, en cuanto les fue posible, huyeron buscando entretenimiento en otro sitio.




