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—Con su permiso, señor, pienso que lo mejor sería que regresara usted a su casa y volviera aquí mañana —dijo la chica esbozando una leve sonrisa—. Esta noche, si tengo oportunidad, le hablaré al señor de su visita.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Beiming.
—Esta tarde no ha dormido la siesta, así que seguramente cenará temprano y no pasará por aquí al ponerse el sol. ¿Vas a hacerle pasar hambre a este caballero? Será mejor que vuelva a su casa y regrese mañana, porque aunque alguien prometa llevar un mensaje puede que no alcance a entregarlo.
La muchacha habló de una manera tan concisa y elegante que Jia Yun quiso saber su nombre, pero como estaba al servicio de Baoyu lo pensó mejor y se limitó a comentar:
—Tienes razón. Volveré mañana.
Beiming le instó a tomar una taza de té antes de partir.
—No, gracias. Tengo otros asuntos que atender —dijo Yun echando a andar hacia la salida. Y mientras hablaba se volvió a mirar a la muchacha, que seguía allí de pie. Por fin emprendió la vuelta a su casa.
Regresó al día siguiente. Frente a la puerta principal se volvió a encontrar con Xifeng, que iba camino de la otra mansión a presentar sus respetos. Su carruaje acababa de ponerse en marcha, pero al ver a Jia Yun ordenó a un criado que lo detuviera y, sonriendo, llamó al muchacho desde la ventanilla del vehículo.
—¿Todavía tienes la audacia de ponerte ante mi vista? —le dijo—. ¡Ahora entiendo por qué me regalaste los perfumes! Me ha dicho tu tío que ya habías hablado con él.
—No me hable de eso, tía —renegó Yun sonriendo—. Lamento habérselo pedido a mi tío. De haber sabido cómo eran las cosas habría acudido a usted primero, y hace tiempo que ya estaría resuelto el problema. No sabía lo inútil que era pedirle algo a mi tío.
Xifeng se echó a reír.
—¡Claro! Y cuando él te falló me buscaste a mí…
—No es justo, tía. No es eso lo que pretendía. Si así fuera, le habría pedido el favor ayer mismo, ¿no? Pero ya que está usted al corriente, olvidaré a mi tío y le suplicaré a usted que sea amable conmigo.
—¡Vaya manera sinuosa de hacer las cosas! —sonrió ella con sarcasmo—. Me lo pones difícil. Si lo hubiera sabido antes, el asunto se habría resuelto enseguida. Hay que plantar algunos árboles y flores en el jardín y andaba buscando a alguien que se hiciera cargo.
—¡Yo puedo ocuparme de ello, tía!
Xifeng caviló unos momentos.
—No, mejor no. ¿Por qué no esperamos hasta el Año Nuevo y entonces te damos el cargo de comprador de fuegos artificiales y faroles, que es más importante?
—Tía, deme primero este trabajo. Si lo hago bien, podré ocuparme del otro.
—¡Así que miras hacia adelante! —dijo Xifeng con una risita—. Está bien. Pero no lo haría si no fuera por la intercesión de tu tío. Regresaré después del desayuno, así que pásate a eso del mediodía a recoger el dinero y podrás empezar la plantación pasado mañana.
Dicho lo cual ordenó a los criados que pusieran en marcha el carruaje.
Fuera de sí, enormemente contento, Jia Yun se encaminó al estudio de las Nubes Luminosas y preguntó por Baoyu. Le dijeron que había salido muy temprano a visitar al príncipe de Pekín. Allí se quedó, tranquilamente sentado, hasta el mediodía. Cuando supo que Xifeng había regresado escribió un recibo y fue a recoger la tarja. Esperó fuera del patio mientras un criado anunciaba su llegada. Entonces apareció Caiming y tomó su recibo. Una vez anotada la fecha y la suma que debía ser retirada, el paje se lo devolvió junto con la tarja. Complacido, Yun constató que la suma ascendía a doscientos taeles y partió inmediatamente a la tesorería para retirar la plata, y desde allí a su casa para informar de la buena nueva a su madre, que compartió su júbilo.
Durante la quinta vigilia de la mañana siguiente buscó a Ni Er para devolverle el préstamo; éste, al ver que Yun tenía dinero, aceptó la devolución.
Luego, Jia Yun llevó cincuenta taeles a la casa de Fang Chun, un jardinero que vivía extramuros de la puerta oeste, y le compró unos árboles.
Volviendo a Baoyu. La invitación a Jia Yun para que lo visitara en su estudio no había sido más que el gesto cortés del hijo de un noble y rico duque, y por tanto se olvidó de él con rapidez. Al volver aquella noche del palacio del príncipe de Pekín, presentó sus respetos a su abuela y a su madre, y se retiró al jardín, donde se despojó de su traje ceremonial y esperó su baño.
Resultó que a Xiren la había llamado Baochai para que la ayudase a trenzar unos botones; Qiuwen y Bihen habían salido a urgir a los criados para que trajeran el agua; Tanyun había pedido permiso por ser el aniversario de su madre, y Sheyue estaba enferma en su casa. Las otras doncellas, que hacían las tareas más pesadas, no habían esperado que las llamaran y habían salido en busca de sus amistades. Por un momento, Baoyu quedó completamente solo, y ése fue el momento en el que le apeteció beber té. Llamó varias veces hasta que llegaron dos o tres amas, a las cuales despidió inmediatamente diciendo:
—No las necesito.
Las ancianas tuvieron que retirarse.
Como no estaba ninguna de las muchachas, Baoyu tomó él mismo un tazón y se dirigió hacia la tetera.
—No se vaya a quemar, señor Bao. Déjeme hacerlo a mí —dijo una voz a sus espaldas.
Una muchacha se adelantó y cogió el tazón. La súbita aparición de la chica asustó a Baoyu.
—¿De dónde has salido tú? —preguntó—. ¡Vaya susto me has dado!
Entregándole el té, ella contestó:
—Estaba en el patio trasero. ¿No me oyó entrar, señor Bao?
Baoyu la observó mientras sorbía el té. Su ropa no era nueva, pero se veía sumamente dulce y bella, con su hermoso cabello negro recogido en un moño, su rostro ovalado y su estampa esbelta y armoniosa.
—¿Trabajas aquí? —preguntó él con una sonrisa.
—Sí.
—¿Y cómo no te he visto nunca?
La doncella rió con tono burlón.
—Usted no nos ha visto a muchas de nosotras. No soy la única. ¿Cómo me iba a conocer? Yo no le llevo o le traigo cosas ni lo atiendo personalmente.
—¿Y por qué?
—¡Vaya pregunta! Pero tengo que informarle de algo, señor. Ayer vino a verlo un caballero llamado Yun. Le dije a Beiming que lo despidiera, ya que usted estaba ocupado, pero le pedí que volviera esta mañana. Cuando vino, usted ya había salido a visitar al príncipe de Pekín.
En ese preciso momento llegaron tambaleándose Qiuwen y Bihen, riendo y charlando, sosteniendo en alto sus faldas y cargando entre las dos un balde del que salpicaba el agua. La otra doncella corrió a ayudarlas.
—¡Me has mojado la falda! —dijo Qiuwen a Bihen, quejándose.
—¡Y tú me has pisado el pie! —replicó Bihen.
Al mirarla reconocieron a la doncella que había aparecido tan bruscamente: era Xiaohong. Sorprendidas, dejaron el balde y entraron corriendo en el pabellón. Les molestó mucho encontrar solo a Baoyu. En cuanto le hubieron preparado el baño y desnudado, cerraron la puerta y fueron a la parte de atrás en busca de Xiaohong.
—¿Qué hacías allí? —le dijeron increpándola.
—No estuve adentro —protestó ella—. Había perdido mi pañuelo y lo buscaba por la parte de atrás cuando oí al señor pedir té. Como ninguna de vosotras estaba allí, fui yo misma a servírselo. Justo en ese momento aparecisteis.
—¡Putilla desvergonzada! —la insultó Qiuwen escupiéndole a la cara—. Te dije que fueras a urgir a los que debían traer el agua, pero tú me dijiste que estabas ocupada y nos hiciste ir a nosotras. Entonces aprovechaste la oportunidad para atenderlo tú misma. Estás escalando posiciones, ¿no? ¿Piensas que no somos competencia para ti? Pues mírate en el espejo. ¿Acaso eres digna de servir el té al señor Bao?
Bihen intervino:
—Mañana diremos a las otras que si el señor necesita té, agua o cualquier otra cosa, no necesitamos movernos: ella se encargará.
Seguían turnándose los insultos y los exabruptos cuando llegó una vieja ama con un mensaje de Xifeng: «Mañana vienen unos jardineros a plantar árboles, así que debéis tener cuidado. No pongáis vuestra ropa al sol ni dejéis las faldas por cualquier sitio. Todas las colinas artificiales serán cubiertas con biombos, y nadie debe andar por allí».
—¿Quién va a supervisar el trabajo de los jardineros?
—El señor Yun, el de la calle de atrás.
El nombre no les dijo nada ni a Qiuwen ni a Bihen, que siguieron preguntando; pero Xiaohong supo enseguida que debía tratarse del caballero que había conocido el día anterior en el estudio.
Aunque su apellido era Lin y su nombre de infancia Hongyu [4] , a Xiaohong, que ese año cumplía los dieciséis, la llamaban así para evitar el carácter Yu que también figuraba en los nombre de Daiyu y Baoyu. Su familia había servido a los Jia durante generaciones, y su padre estaba a cargo de varias haciendas y propiedades. Cuando fue destinada al jardín de la Vista Sublime se le asignó el patio Rojo y Alegre, que había sido un lugar agradable y tranquilo hasta que Baoyu y sus doncellas ocuparon aquellos aposentos. Xiaohong, en su simpleza, se propuso escalar posiciones en el mundo valiéndose de su buena apariencia, y durante mucho tiempo había tratado de llamar la atención de Baoyu; sin embargo, las otras doncellas le impedían destacar. Aquel día consideró que había llegado su oportunidad, pero la malévola intervención de Qiuwen y Bihen había hecho que sus esperanzas se desvanecieran. Se sentía muy mal cuando en eso llegó el ama anunciando la venida de Jia Yun y los jardineros. La noticia le metió en la cabe za una nueva idea y, desalentada, regresó a su cuarto a madurarla. Mientras daba vueltas en la cama, una voz la llamó suavemente por la ventana.
—¡Xiaohong! He encontrado tu pañuelo.
Salió corriendo a ver de quién se trataba. Era Jia Yun.
—¿Dónde lo encontró, señor? —preguntó turbada.
—Ven aquí y te lo diré —contestó Jia Yun riéndose.
Y acto seguido intentó atraparla. Ella se dio la vuelta y echó a correr, pero al tropezar en el umbral despertó de pronto. ¡De manera que sólo había sido un sueño!
Si quieren saber lo que pasa se explicará en el siguiente capítulo.
Capítulo XXV
Dos cuñados son poseídos por cinco demonios
invocados mediante ritos de brujería.
En un sueño reparador, el Jade Precioso
se encuentra con los dos inmortales.
Sumida en sus ensueños de amor, Xiaohong dormitaba. Cuando Jia Yun intentó atraparla ella huyó, pero al tropezar en el umbral despertó bruscamente y comprendió que todo había sido un sueño. Se pasó la noche dando vueltas en la cama sin poder dormir hasta que, al amanecer, otras doncellas la llamaron para que ayudase a barrer los cuartos y traer el agua. No se aseó ni maquilló; sólo se lavó las manos y se alisó descuidadamente el cabello ante el espejo. Luego se ciñó un cinturón y salió a trabajar.
Al verla el día anterior Baoyu se había sentido impresionado, aunque se abstuvo de reclutarla inmediatamente para su servicio personal por no desairar a Xiren y las otras doncellas. Por otra parte, no había manera de saber cómo se comportaría la muchacha. Habría actuado bien si el comportamiento de Xiaohong resultaba satisfactorio; pero, en caso contrario, despedirla resultaría penoso. Así pues, se levantó de mal humor y allí se quedó, cavilando sobre el asunto, sin preocuparse de su aseo personal.
Se abrieron los postigos y, a través de la gasa de las ventanas, pudo ver claramente a unas doncellas barriendo el patio. Allí estaban todas, empolvadas y pintadas, con flores o tallos de sauce prendidos en el cabello, pero Xiaohong no aparecía por ninguna parte. Baoyu se calzó y salió a dar un paseo con la intención aparente de contemplar las flores. Oteó por aquí y por allá hasta que divisó, medio oculta por un manzano silvestre, una figura inclinada sobre la balaustrada, en el rincón sudoeste del paseo techado. Dio la vuelta al árbol: sí, era la muchacha del día anterior, que aparentemente se encontraba sumida en sus pensamientos. Todavía estaba decidiendo si acercarse a ella o no, cuando llegó Bihen para llevarlo a asearse y no tuvo más remedio que volver.
A Xiaohong la sacó de sus cavilaciones la presencia de Xiren, que la llamaba con gestos. Fue a ver qué quería.
—Nuestra regadera se ha roto y no la han arreglado todavía. Quiero que vayas a pedir una prestada a casa de la señorita Lin.
La chica se encaminó al refugio de Bambú a cumplir el encargo y, al cruzar el puente de la Niebla Verde, la vista de las colinas artificiales le recordó que ése era el día señalado para la plantación de árboles. A cierta distancia, un grupo de hombres cavaba bajo la supervisión de Jia Yun, que se encontraba sentado sobre una roca cercana. La muchacha no tuvo valor para acercarse a él, y siguió su camino. En el refugio de Bambú pidió una regadera prestada y la llevó de vuelta; luego fue a tumbarse, abatida, en su cuarto. Las demás consideraron que no se sentía bien y no le dieron mayor importancia. Y el día transcurrió sin pena ni gloria…
El día siguiente era el del aniversario de la esposa de Wang Ziteng, y tanto la Anciana Dama como la dama Wang habían sido invitadas a los festejos, pero como su suegra se excusó, tampoco la dama Wang hizo acto de presencia; sí acudieron, en cambio, la tía Xue, Xifeng, las tres muchachas Primavera, Baochai y Baoyu, que no regresaron hasta la caída del sol.
Resultó que cuando Jia Huan llegó de la escuela, la dama Wang le encargó que copiara para ella ciertos ensalmos del Sutra del Diamante [1] . El muchacho se sentó sobre el kang y se puso a escribir con grandes aspavientos. Ya le pedía a Caiyun que le sirviera té, ya ordenaba a Yuchuan que recortase las mechas de sus velas o se quejaba de que Jinchuan le tapaba la luz… Como las doncellas lo detestaban, ninguna le prestó atención salvo Caixia, que aún le tenía afecto. Ella le sirvió té, y aprovechando que la dama Wang charlaba con otra gente le susurró al oído: «No haga tanto ruido. No sea tan molesto. Lo único que conseguirá será hacerse odioso».
—No trates de engañarme —le contestó—. Ya entiendo lo que está sucediendo. Ahora que mantienes buenas relaciones con Baoyu no quieres hacerme caso.
Mordiéndose los labios, Caixia le dio con el dedo un golpecito en la frente.
—¡Bicho ingrato! Es usted como el perro de Lü Dongbin [2] , mordiendo la mano que lo alimenta.
En ese momento entró Xifeng a presentar sus respetos, y la dama Wang le pidió un relato detallado de la fiesta, de los invitados, de las óperas que habían sido representadas y del banquete. Al poco rato entró también Baoyu, que tras saludar a su madre y mantener una conversación de compromiso, pidió a las doncellas que le ayudasen a quitarse la guirnalda, la túnica y las botas; luego, se acurrucó junto a su madre. Mientras ella lo acariciaba, él le echó los brazos al cuello y se puso a parlotear.
—Otra vez has bebido demasiado, hijo mío —le riñó la dama Wang—. ¡Tienes la cara ardiendo! Y si sigues revolcándote así, el vino se te subirá a la cabeza. Échate un rato y descansa.
Pidió una almohada y Baoyu, reclinado detrás de su madre, pidió a Caixia que fuera a darle masaje. Pero cuando le gastó un par de bromas ella no le hizo caso y mantuvo los ojos clavados en Jia Huan. Baoyu le tomó la mano.
—¡Sé buena conmigo, hermanita! —suplicó.
Caixia le retiró la mano de un tirón.
—Como vuelva a hacer eso, gritaré —le dijo con tono de advertencia.
Las palabras de Caixia las oyó Jia Huan, que siempre había odiado a Baoyu, y se sintió a punto de estallar de celos. No se atrevió a protestar abiertamente, pero había ido madurando un plan y la proximidad de Baoyu le daba una oportunidad de poder llevarlo a cabo. ¡Cegaría a Baoyu con cera hirviente! Deliberadamente derribó el candelabro y salpicó la cera derretida sobre el rostro de su hermanastro. El grito de dolor de Baoyu sacudió a todas las presentes, que acercaron apresuradamente una lámpara, así como otras de los demás cuartos. Con la nueva luz descubrieron consternadas que Baoyu tenía el rostro cubierto de cera. Furiosa, la dama Wang ordenó a las criadas que se la limpiaran, y luego se encaró con Jia Huan.
—¡Pollo de patas torpes! —gruñó Xifeng mientras se encaramaba en el kang para atender a Baoyu—. Huan no está capacitado para relacionarse con gente decente. Su madre debería educarlo mejor.
El objetivo del comentario era que la dama Wang dejara de insultar a Huan y mandara llamar a la concubina Zhao.
—¿Por qué no enseñas a comportarse a ese maligno truhán que tienes por hijo? —dijo furiosa la dama Wang a la concubina cuando ésta apareció—. Una y otra vez he ido dejando pasar este tipo de incidentes, pero lo único que he conseguido ha sido darle más vuelos. ¡Engreído del diablo!
Aunque a la concubina la devorasen los celos que sentía por Xifeng y Baoyu, tampoco se atrevió a rechistar. Ahora que Jia Huan había vuelto a crear problemas no le quedaba sino aceptar humillada los chillidos y mostrarse preocupada por Baoyu. La mejilla izquierda del muchacho estaba cubierta completamente por una ampolla, pero por suerte la cera no había llegado a los ojos. A la dama Wang le dolía el corazón de verlo, y se preguntaba qué le diría a su suegra al día siguiente. Volvió a descargar su furia sobre la concubina, y luego siguió curando a Baoyu aplicándole un ungüento en las mejillas.
—Quema un poco, pero no es nada serio —le aseguró Baoyu—. Si la abuela preguntara mañana, le diría que me he quemado sin querer.
—Nos reprochará nuestro descuido exactamente igual —dijo Xifeng con una sonrisa—. Nos amonestará de cualquier manera, sin importar lo que tú digas.
La dama Wang hizo que acompañasen a Baoyu a su cuarto, donde Xiren y las demás, al verlo, se horrorizaron.
Ausente Baoyu, Daiyu había pasado el día sola, y al anochecer envió a varias mensajeras a preguntar si ya había regresado. Al enterarse del accidente corrió a verlo. Lo encontró frente a un espejo con la mejilla izquierda cubierta de ungüento. Pensando que la quemadura era seria se acercó a mirarla, pero Baoyu, sabiendo lo delicada que era, se cubrió con una mano mientras la apartaba con la otra. Daiyu conocía su propia debilidad, y sabía también que Baoyu temía que ella sintiera repulsión al ver su herida.
—Sólo quería ver dónde estaba la quemadura —le dijo con suavidad—. ¿Por qué la ocultas?
Y se acercó más, girándole la cabeza para ver mejor su mejilla quemada.
—¿Duele mucho? —preguntó.
—No. En un par de días estaré bien.
Estuvo con él un rato y luego, entristecida, se marchó.
Al día siguiente, a pesar de que Baoyu asumió toda la responsabilidad de la quemadura, la Anciana Dama no dejó de reprender a todas las mujeres que asistían al muchacho.
Dos días después visitó la mansión Rong una sirvienta llamada Ma, del templo de la Monja, que era madrina de Baoyu. La vieja Ma se sorprendió mucho cuando vio a Baoyu con el rostro quemado y, muy preocupada, preguntó qué había sucedido. Al enterarse de lo ocurrido hizo con la cabeza un gesto de comprensión, luego suspiró y finalmente pasó sus dedos por el rostro del muchacho mientras musitaba ensalmos.
—Se pondrá bien —declaró—. Esta desgracia no ha sido una casualidad. ¡Si supiera usted, anciana antepasada, la cantidad de solemnes advertencias que se encuentran en los sutras acerca de los hijos de familias nobles! Y es que en torno a estos jóvenes siempre merodean espíritus malignos que les pellizcan, mordisquean, ponen zancadillas o arrancan de sus manos los tazones de arroz. Por eso mueren en plena juventud tantos hijos de grandes casas.
—¿No hay manera de impedirlo? —preguntó consternada la anciana.
—Claro que sí. Basta realizar en su nombre un número mayor de buenas acciones. Los sutras nos hablan de un gran bodhisattva del oeste cuya gloria ilumina por doquier y cuya tarea particular consiste en sacar a la luz a los espíritus malignos que se esconden en lugares oscuros. Los fieles devotos que lo veneran aseguran con ello la tranquilidad y la salud de sus descendientes, que de esta manera se ven libres de la posesión de cualquier espíritu maligno.
—¿Y qué ofrendas exige ese bodhisattva?
—Nada excesivamente valioso. Además de incienso y velas, unos pocos jin diarios de aceite para la Gran Lámpara, pues esa lámpara es una manifestación suya y debe mantenerse encendida día y noche.
—¿Cuánto aceite se requiere para que arda todo un día con su noche? Si me precisas la cantidad me gustaría donarla.
—No existe una cantidad fija. Depende del albedrío del donante. Varias concubinas imperiales han presentado ese tipo de ofrenda en nuestro convento. La madre del príncipe de Nan’an ha hecho un generoso donativo: cuarenta y ocho jin de aceite por día y un jin de mechas, con lo cual su lámpara es casi del tamaño de un cubo de agua. La esposa del marqués de Jintian la sigue en generosidad, con veinticuatro jin. Otras familias donan como término medio cinco, tres o un jin, pero la cantidad no importa. Hay familias pobres que no pueden ofrendar más de un cuarto o mitad de jin, y les mantenemos una lámpara encendida exactamente igual que a los que donan más.
La Anciana Dama movió pensativamente la cabeza.
—Para los padres y los mayores se pueden hacer donativos más importantes —prosiguió la vieja Ma—, pero si nuestra anciana antepasada hace una donación excesiva para Baoyu, eso no le hará ningún bien e incluso podría afectar su suerte. De dos a cinco jin sería suficiente; siete como máximo.
—Pues que sean cinco jin diarios —concluyó la Anciana Dama—. Puedes recoger la donación una vez al mes.
—¡Que Amida, el piadoso gran bodhisattva, la proteja! —exclamó la agradecida vieja.
La Anciana Dama ordenó a sus criadas:
—De ahora en adelante, cuando Baoyu salga, entregad unas cuantas sartas de dinero a sus pajes para que las distribuyan como limosnas a los bonzos, taoístas y pobres que encuentren.
La vieja Ma estuvo con ella un rato y luego partió a hacer su ronda por varios aposentos de la mansión hasta llegar al de la concubina Zhao, quien después de saludarla ordenó que preparasen té. Un montón de retales de satén, que descansaban sobre el kang, decía bien a las claras que había estado confeccionando pantuflas.
—No me vendría mal un poco de seda para mis zapatillas —comentó Ma—. ¿Tienes unos retalitos para mí? El color no importa.
—No encontrarás nada bueno en ese montón revuelto —dijo la concubina—. Las cosas buenas no llegan hasta mí, y eso es todo lo que tengo. Pero si no te parece poca cosa puedes llevarte un par.
La vieja eligió varios retales y se los guardó en la manga.
—El otro día envié quinientas monedas —prosiguió la concubina—. ¿Hiciste el sacrificio que te encargué para el dios de la Medicina?
—Sí, hace días.
—¡Buda Amida! —suspiró la concubina Zhao—. Si dispusiera de más donaría más a menudo, pero carezco de medios.
—No te preocupes. Lo único que debes hacer es mantenerte hasta que el señor Huan crezca y consiga un puesto oficial. Entonces podrás hacer todas las buenas acciones que quieras.
—¡Ay, no me hables de eso! —gruñó la concubina—. Ya ves como van las cosas. Mi hijo y yo somos lo más bajo y despreciado de esta casa. El dragón precioso de la casa es Baoyu, que, al fin y al cabo, es un niño de modales encantadores y por eso no me opongo a que sus mayores lo mimen. Pero me niego a arrastrarme ante ella. —Y diciendo esto levantó dos dedos.
—¿Te refieres a la segunda joven señora, la dama Lian?
Inmediatamente la concubina le hizo un gesto para que callara. Levantó la antepuerta para cerciorarse de que no había nadie por allí, luego regresó y dijo en un susurro:
—¡Es una pesadilla, una verdadera pesadilla! ¡Mi nombre no es Zhao si ella no termina trasladando todas las propiedades de esta casa a la de su madre!
Al oír aquello la vieja Ma decidió sondearla más a fondo.
—No necesitas decírmelo, la cosa está clara. Es muy amable por tu parte tolerar esta situación y permitir que actúe de ese modo. Eso está bien.
—¿Y qué otra cosa puedo hacer? ¿Quién se atrevería a decir una palabra contra ella?




