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La vieja soltó una breve risita. Guardó silencio un momento y luego dijo:
—No quiero hablar como una atizadora de pendencias, pero pienso que si no dais la cara por lo vuestro no podréis luego culpar a los demás. Aunque no te atrevas a enfrentarte a ella abiertamente, deberías iniciar alguna acción secreta en lugar de permitir que las cosas continúen por este camino.
La concubina intuyó el sentido de aquellas palabras y sintió que recuperaba el ánimo.
—¿Una acción secreta? Explícamelo. Yo también lo he pensado, pero no hay nadie capaz de llevar a cabo algo así. Si me sugieres alguna manera, haré que se valore generosamente tu consejo.
—¡Buda Amida, no me pidas eso! —protestó Ma, aunque con clara conciencia de que ambas tenían lo mismo en la cabeza—. ¿Qué sé yo de estas cosas? No, eso sería un pecado, un malévolo pecado.
—Vamos, siempre has sido buena con quien se ha encontrado en apuros. ¿Es que te vas a quedar tranquila contemplando cómo esa mujer nos aplasta, a mí y a mi hijo, hasta acabar con los dos? ¿O acaso temes que no pueda pagarte?
Ma esbozó una sonrisa.
—Me da lástima veros pisoteados de esta manera, pero te equivocas al hablarme de retribuciones. Aunque yo esperase alguna recompensa, ¿qué tienes tú que pueda tentarme?
La concubina sintió que Ma cedía.
—¿Cómo puede ser tan obtusa una mujer tan inteligente como tú? Si conoces algún sortilegio para deshacernos de esos dos, la propiedad familiar llegará a manos de mi hijo y entonces podrás tener cualquier cosa que pidas.
La vieja agachó la cabeza por unos momentos.
—Cuando eso suceda y todo esté consumado, tú ya no te acordarás de mí. A menos que tenga entre las manos tu palabra en blanco y negro…
—Eso no es ningún problema. Aunque de momento no tengo mucho, he conseguido ahorrar unos cuantos taeles de plata. También tengo algunas ropas y dijes que puedes tomar como adelanto, y además te puedo escribir una nota de débito; si quieres, busca un testigo para que tengas la seguridad de que te pagaré más adelante.
—¿Estás hablando en serio?
—¿Cómo podría mentirte en un asunto como éste?
Entonces la concubina llamó a una vieja criada de confianza a la que susurró algo al oído. La mujer salió y al poco rato regresó con un compromiso de pago por quinientos taeles sobre el que la concubina estampó la huella de un dedo. Luego, abrió un arcón y extrajo plata suelta que enseñó a la vieja.
—Para empezar toma esto y dedícalo a ofrendas. ¿Qué te parece?
Al ver la reluciente plata y el compromiso de pago, Ma perdió los escrúpulos y aceptó entusiasmada el trato. Primero se guardó la plata y el papel, luego rebuscó entre su faja y confeccionó doce figuras de papel, dos de seres humanos y diez de demonios de blancos cabellos y rostros azules, que entregó a Zhao.
—Escribirás sobre estas dos figuras los Ocho Caracteres de Baoyu y los de la dama Lian [3] —susurró—. Después pondrás cinco demonios en cada cama. Eso es todo. Yo haré mis propios sortilegios. Estoy segura de que resultará, pero sé muy cuidadosa y no te asustes de lo que pase.
Fueron interrumpidas por la llegada de una doncella de la dama Wang.
—Su Señoría la espera.
Y las dos mujeres se separaron.
Pero volvamos a Daiyu. Ahora que la quemadura de Baoyu lo mantenía confinado en casa, ella le hacía frecuentes visitas. Aquel día, después de la comida, se puso a leer, pero pronto se aburrió del libro. Entonces se dedicó a las labores de hogar con Zijuan y Xueyan, pero también ésta le pareció una ocupación tediosa, de manera que permaneció un rato apoyada en el umbral, absorta en sus pensamientos, y después salió a contemplar los brotes de bambú que crecían bajo la escalinata. Y desde allí, casi sin darse cuenta, marchó en dirección al patio Rojo y Alegre. No se veía a nadie en el jardín. Entre el color de las flores y las sombras de los sauces, el silencio sólo era roto por el gorjeo de las avecillas y el rumor de los arroyos. Unas cuantas doncellas que volvían de coger agua contemplaban desde la terraza el baño de los zorzales. Dentro se oían risas. Al entrar encontró reunidas a Li Wan, Xifeng y Baochai, que dibujaron una sonrisa cuando la vieron.
—¡Aquí llega otra! —dijeron.
—¿Acaso se han distribuido invitaciones para reunir semejante cónclave? —preguntó Daiyu bromeando.
—El otro día te envié dos latas de té —interrumpió Xifeng—. ¿Dónde estabas?
—Ah sí, lo olvidé. Muchas gracias.
—¿Te gustó? —preguntó Xifeng.
—Es un buen té —intervino Baoyu—, pero a mí no me agradó demasiado. No sé qué le habrá parecido a las muchachas.
—El sabor era bastante delicado, pero el color no era muy bueno —opinó Baochai.
—Era té procedente de tributos de Xianluo [4] —informó Xifeng—. A mí no me parece tan bueno como el que tomamos aquí todos los días.
—A mí me agradó —replicó Daiyu—. Cada uno tiene su gusto.
—En ese caso te puedes quedar con el mío —ofreció Baoyu.
—Si realmente te gusta, tengo mucho más —dijo Xifeng.
—Bueno. Enviaré una doncella a recogerlo.
—No es necesario. Yo misma haré que te lo envíen. De todas formas mañana pensaba mandar a alguien para pedirte un favor.
—¡¿Pero estáis oyendo?! —exclamó Daiyu—. Aceptar un poco de té supone tener que obedecer sus órdenes.
—¡Tanto escándalo por un pequeño favor! —dijo Xifeng, que apenas rió la broma—. Y precisamente a cuenta del té. «Si a nuera nuestra quieres llegar, bebe el té familiar.»
El grupo estalló en carcajadas y Daiyu, avergonzada por el comentario de Xifeng, volvió la cabeza y enmudeció.
Con una sonrisa, Li Wan comentó a Baochai:
—¡Qué bromista es nuestra segunda cuñada!
—¿Bromista? —escupió Daiyu—. A mí me parece de una desagradable vulgaridad.
—¿Qué dices? ¿Qué tiene de malo ser nuestra nuera? —Xifeng insistió—. ¿Acaso no te parece suficientemente apuesto? ¿Su condición no te parece elevada? ¿No es bastante rica su familia? ¿Quién lo consideraría un mal partido?
Daiyu se incorporó y se dirigió a la salida.
—No te ofendas —exclamó Baochai—. ¡Vuelve, Daiyu! Aguarás la reunión si te vas ahora.
Corrió para detenerla, pero, en la puerta, ambas fueron frenadas por las concubinas Zhao y Zhou, que venían a interesarse por la salud de Baoyu. Li Wan, Baochai y Baoyu las invitaron a sentarse, pero Xifeng siguió hablando con Daiyu ignorando ostensiblemente a las recién llegadas. Cuando Baochai se disponía a iniciar la conversación apareció una doncella enviada por la dama Wang para anunciar que la esposa de Wang Ziteng había llegado de visita y quería ver a las muchachas. Li Wan apremió inmediatamente a Xifeng y a las muchachas para que acudieran a la llamada de la dama Wang, y las dos concubinas se despidieron a toda prisa de Baoyu.
—No puedo salir —dijo Baoyu—. ¡Pero, pase lo que pase, no dejéis que mi tía venga aquí! Espera un poco, prima Lin, tengo algo que decirte.
Al oír aquello, Xifeng se volvió a Daiyu con una sonrisa.
—Quédate. Parece que alguien quiere hablar contigo.
Empujó a la muchacha otra vez hacia el interior del cuarto y se marchó con Li Wan.
Una vez a solas con Daiyu, Baoyu le cogió la manga y le sonrió, pero no pudo articular palabra. Ella no pudo evitar la turbación y trató de apartarse del muchacho.
—¡Ay! —se lamentó él de pronto—. ¡Me estalla la cabeza!
—Me alegro. Alabado sea Buda.
Baoyu dejó escapar un grito penetrante.
—¡Me muero! —gritó.
Y dio un salto por los aires entre balbuceos y desvaríos.
Presas del pánico, Daiyu y las doncellas corrieron a avisar de lo sucedido a la Anciana Dama y la dama Wang. Como estaban acompañadas por la esposa de Wang Ziteng, todas se precipitaron al patio Rojo y Alegre. Baoyu había puesto el recinto patas arriba buscando un palo o una espada para quitarse la vida. Al verlo en ese estado, su abuela y su madre se echaron a temblar de miedo y estallaron en sonoras lamentaciones por su adorado. La confusión ganó inmediatamente la casa y todo el mundo se abalanzó al jardín: Jia She, la dama Xing, Jia Zheng, Jia Lian, Jia Huan, Jia Rong, Jia Yun, Jia Ping, la tía Xue, Xue Pan, e incluso la esposa de Zhou Rui y las demás criadas.
Y allí estaban, conmovidos y sin saber qué hacer, cuando de pronto irrumpió Xifeng dando alaridos y blandiendo una reluciente espada de acero con la que intentaba trocear cuanto pollo, perro o ser humano se cruzara en su camino. ¡Ése fue un espectáculo aún más impresionante! La esposa de Zhou Rui, ayudada por las doncellas más fuertes y valerosas, consiguió finalmente reducirla y desarmarla. De allí la llevaron a su cuarto, donde Pinger y Finger se abandonaron a un incontrolado llanto.
Incluso Jia Zheng estaba fuera de sí, tratando de atender a Baoyu y a Xifeng al mismo tiempo. Huelga decir que los otros estaban todavía más atónitos. Pero el más trastornado de todos era Xue Pan, quien temía que su madre fuera derribada en medio de aquel tumulto, que a Baochai la viera la gente de fuera [5] o que Xiangling sufriera indignidades, pues sabía lo libertinos que podían llegar a ser Jia Zhen y los demás. Y, en pleno frenesí, sus ojos fueron a caer sobre Daiyu, cuyos encantos casi lo derriten allí mismo…
A esas alturas ya había propuestas de todo tipo. Unos sugirieron llamar a un brujo para expulsar a los demonios; otros acudir a una bruja que, fingiéndose diosa, los expulsara con sus danzas; por último había quienes recomendaban llamar al taoísta Zhang, del templo del Emperador de Jade… En medio de ese guirigay se intentaron los más insólitos remedios junto con ensalmos, augurios y plegarias. Pero todo en vano. A la caída del sol, la esposa de Wang Ziteng se despidió.
Al día siguiente llegó Wang Ziteng en persona para averiguar qué estaba pasando, y luego hubo visitas de la esposa del joven marqués de Shi, de los hermanos y parientes de la dama Xing y de las esposas de otras amistades familiares. Algunos llegaron con agua encantada, otros enviaron bonzos y taoístas… Nada dio resultado.
Baoyu y Xifeng habían perdido el conocimiento y yacían sobre sus lechos consumiéndose de fiebre y delirando. Como al llegar la noche ninguna de las nodrizas se atrevía a acercarse a ellos, fueron llevados a los aposentos de la dama Wang, donde los cuidaron algunos pajes que se turnaban bajo la supervisión de Jia Yun. Sin parar de llorar, la Anciana Dama, la dama Wang, la dama Xing y la tía Xue se negaban a separarse de los enfermos.
Temerosos de que su madre enfermara también a causa del dolor, Jia She y Jia Zheng se movieron tanto, día y noche, que nadie en la casa, encumbrado o humilde, contó con un minuto de descanso o pudo hacer alguna sugerencia. Jia She seguía citando a bonzos y taoístas, pero, como éstos no obtenían resultados, Jia Zheng perdió la paciencia e intentó convencerlo de que no siguiera llamándolos.
—Su destino está en manos del Cielo —dijo—. Los humanos no podemos nada contra él, ya que su mal es repentino y no hay remedio que lo cure. Debe ser la voluntad del Cielo, y en manos de esa voluntad habrá que dejar la conclusión.
Pero su consejo cayó en el vacío, pues Jia She se negaba a dejar de afanarse aunque no hubiera mejoría.
Al tercer día, los enfermos se encontraban ya al borde de la muerte y toda la casa lloraba. Perdida toda esperanza, comenzaron los preparativos del funeral. La Anciana Dama, la dama Wang, Jia Lian, Pinger y Xiren lloraban con más amargura que el resto de los moradores de la mansión. Sólo la concubina Zhao y Jia Huan se regocijaban secretamente.
En la mañana del cuarto día, Baoyu abrió los ojos.
—Voy a abandonarlas —dijo a su llorosa abuela—. Deben darse prisa y prepararme para la partida.
Ella sintió que las palabras del muchacho le arrancaban de cuajo el corazón.
—No se preocupe demasiado —le dijo la concubina Zhao—. El muchacho ya está prácticamente muerto. Más vale amortajarlo y dejar que acabe su miseria. Si insiste en retenerlo, no logrará exhalar su último suspiro y eso no hará sino causarle sufrimientos en su próxima vida…
Antes de que pudiera terminar, la Anciana Dama le escupió en la cara.
—¡Perra, que se te pudra la lengua en la boca! ¿Quién ha pedido tu opinión? ¿Cómo sabes que ha de sufrir en su próxima vida? ¿Por qué dices que más le vale irse? ¿De qué te servirá a ti si muere? ¡Estás delirando! Si él muere, yo te haré pagar. Tú eres la culpable de todo esto, obligando al niño a estudiar y quebrándole el espíritu para que la sola visión de su padre le aterre como al ratón el gato. Sois vosotras, perras malditas, las que habéis precipitado su muerte. Pero no os alegréis demasiado, porque todavía os habréis de enfrentar a mí.
Demasiado afectado para escuchar con serenidad los sollozos y maldiciones de su madre, Jia Zheng ordenó apresuradamente a su concubina que se marchase, y trató de calmar a la Anciana Dama. Pero justo en ese momento entraron dos criados para anunciar que los dos ataúdes estaban listos y que sólo faltaba la inspección. Eso reavivó las brasas de la ira de la anciana.
—¡¿Quién ha ordenado disponer ataúdes?! —chilló—. ¡Traed aquí a los carpinteros! ¡Que los apaleen hasta que mueran!
En su furor, se disponía a alterar cielos e infiernos cuando en esto llegó a sus oídos el leve sonido de las tabletas de madera de un bonzo.
—Confiad en Buda, que libera a los hombres pecadores —recitaba el monje a lo lejos—. Podemos sanar a los afligidos, desconsolados, amenazados o poseídos por espíritus malignos.
Inmediatamente, la Anciana Dama y la dama Wang ordenaron traer al bonzo a su presencia. A pesar de su desacuerdo, Jia Zheng no pudo oponerse a los deseos de su madre. También le causaba extrañeza que la voz del budista llegase tan claramente hasta el interior de la casa, y dio orden a los criados de que lo hicieran pasar. Entonces hicieron su entrada un bonzo de cabeza tiñosa y un taoísta cojo. ¿Que cómo era el bonzo?
La nariz como la hiel, colgando; las cejas, pobladas;
los ojos, estrellas de luz preciosa.
Harapiento, calzado de paja, cabeza tiñosa.
Una visión lamentable, en verdad,
era este bonzo vagabundo.
¿Y el taoísta?
Larga una pierna, corta la otra.
Empapado y cubierto de barro.
Si le preguntáis de dónde viene
responderá: «De las islas Penglai,
que están el oeste del mar Ingrávido».
Jia Zheng quiso saber de qué monasterio procedían.
—¿Para qué quiere saberlo, señor, si no hay necesidad? —dijo el bonzo sonriendo—. Ha llegado a nuestros oídos que hay enfermedad en su casa, y hemos venido a curarla.
—Sí, hay dos miembros de la familia que están embrujados —informó Zheng—. ¿Conocen ustedes, quizás, algún remedio milagroso?
—¿Por qué pide un remedio? —replicó el taoísta—. Ya existe en su casa un rarísimo tesoro capaz de sanarlos.
Sobresaltado, Jia Zheng captó inmediatamente el comentario.
—Cierto es que mi hijo nació con un trozo de jade en la boca, y que la inscripción en él grabada dice que puede expulsar espíritus malignos. Pero ha resultado ineficaz.
—Señor, usted no comprende los poderes milagrosos de ese precioso jade. Si no ha sido eficaz es porque está desconcertado por la música, la belleza, la riqueza y el lucro. Tráigamelo y restauraré sus poderes con unos encantamientos.
Jia Zheng retiró el jade del cuello de Baoyu y se lo entregó a los monjes. El budista lo depositó reverentemente sobre la palma de su mano.
—Trece años han pasado como un parpadeo desde que te dejamos al pie del Pico de la Cresta Azul —dijo con un suspiro dirigiéndose a la piedra—. ¡Qué rápido pasa el tiempo en el mundo de los hombres! Sin embargo, tú ya estás lleno de deseos mundanos. ¡Ay, cuánto mejor estabas antes!
Ni cielo ni tierra te imponían límites;
en tu corazón no había dolor ni alegría.
Luego te dotó de espíritu el fuego,
y a este mundo llegaste buscando discordias.
»¡Y en qué deplorable estado te encuentras ahora!
Los afeites han empañado tu lustre;
día y noche los pasas en los lujosos aposentos de las muchachas.
Pero has de despertar de tu dulce sueño;
saldadas sus deudas, los desdichados amantes se deben separar.
»Ha recuperado su poder —prosiguió—, pero no debe ser profanado. Mantengan a los dos enfermos en un solo cuarto; cuelguen el jade sobre la puerta y que nadie entre, salvo su madre y las personas más cercanas. Garantizo que en el plazo de treinta y tres días se habrán recuperado completamente.
Dicho lo cual, el bonzo y el taoísta giraron sobre sus talones y echaron a andar.
Jia Zheng se abalanzó tras ellos para pedirles que tomaran asiento y algo de té, pues quería ofrecerles alguna remuneración, pero los dos hombres se habían esfumado. Cuando la Anciana Dama envió criados para que les dieran alcance, éstos no encontraron ni rastro de la pareja.
Luego, siguiendo las instrucciones del monje, el jade fue colgado sobre el umbral del cuarto de la dama Wang, donde ambos enfermos yacían. Ella misma montó guardia para evitar que alguien entrara.
Llegó la noche, y ambos pacientes recobraron lentamente el sentido y dijeron que estaban hambrientos. La Anciana Dama y la dama Wang no cabían en sí de gozo. Se mandó preparar unas gachas de arroz, y después de comerlas se sintieron mejor. Los demonios que los habían poseído empezaron a retroceder. Finalmente, todos pudieron respirar mejor. Li Wan, las tres Primaveras, Baochai y Daiyu aguardaban junto a Pinger y Xiren en el cuarto de fuera, cuando fueron informadas de que los pacientes habían vuelto en sí y comido unas gachas. Antes de que las demás pudieran decir nada, Daiyu exclamó:
—¡Alabado sea Buda!
Baochai se volvió a mirarla y dejó escapar una carcajada que pasó inadvertida para todas, menos para Xichun.
—¿De qué te ríes, prima Baochai? —preguntó.
—Pensaba en cuánto más ocupado está Buda que los humanos. Además de explicar la verdad y salvar a las criaturas vivientes, ha de cuidar a los enfermos y devolverles la salud, como ha hecho con Baoyu y la hermana Feng, que ya están mejorando. Además, también tendrá que ocuparse de la boda de la señorita Lin. ¡Piensa en lo ocupado que está! ¿No te parece divertido?
Daiyu enrojeció y escupió de furia.
—¡Sois perversas! ¡Quién sabe la muerte que os espera! ¿Qué será de vosotras? En lugar de seguir el ejemplo de la buena gente, repetís las vulgaridades de Xifeng —dijo, y salió empujando furiosa la antepuerta.
Para saber lo que sigue, escuchen el siguiente capítulo.
Capítulo XXVI
Sobre el puente de la Cintura de Avispa,
Xiaohong desvela sus sentimientos.
En el sopor primaveral del refugio de Bambú,
Daiyu abre su corazón.
Al cumplirse los treinta y tres días de convalecencia, Baoyu había recobrado todo su vigor, y como también habían desaparecido las quemaduras de su rostro pudo volver al jardín.
Mientras estuvo postrado, Jia Yun se encargó de los pajes que, día y noche, montaron guardia a la vera del enfermo. Durante ese tiempo, Yun se encontró tantas veces con Xiaohong y las otras doncellas que acabaron manteniendo un trato muy cercano. Xiaohong, por su parte, había observado que Jia Yun llevaba un pañuelo muy parecido al que ella había perdido, y varias veces estuvo a punto de preguntarle dónde lo había encontrado, pero su timidez se lo impidió. Sin embargo, después de la visita del bonzo y el taoísta ya no hubo necesidad de asistentes masculinos, de modo que Jia Yun volvió a la plantación de árboles. Xiaohong no quería dejar pasar el asunto del pañuelo, pero tampoco quería despertar las sospechas de las demás doncellas interrogando al joven señor Yun. Estaba preguntándose qué hacer cuando oyó una voz que la llamaba desde la ventana.
—¡Hermana! ¿Estás ahí?
Al mirar vio que se trataba de Jiahui, otra doncella del mismo patio, y la invitó a pasar. Jiahui entró y se sentó sobre la cama.
—¡Estoy de enhorabuena! —gorjeó—. Estaba hace un rato lavando ropa en el patio cuando el señor Baoyu decidió enviar un poco de té a la señorita Lin, y Xiren me hizo el encargo. Resulta que la Anciana Dama había enviado a la señorita algún dinero, y ésta lo estaba repartiendo entre las doncellas. Al verme me dio dos puñados de monedas. No sé cuánto habrá en total. ¿Podrías guardármelo?
Y desatando las cuatro esquinas de su pañuelo dejó caer las monedas. Xiaohong fue contándolas:
—Cinco, diez, quince…
Y luego las guardó.
—¿Cómo te has sentido estos últimos días? —preguntó Jiahui.
Y luego añadió:
—Sigue mi consejo y vete a tu casa un par de días. Que te vea un médico y te recete alguna medicina; seguro que te sentirás mejor.
—¡Vaya idea! —replicó Xiaohong—. Estoy perfectamente. ¿Por qué tendría que irme a mi casa?
—Bueno, entonces, como la señorita Lin es tan delicada que siempre está tomando medicinas, pídele a ella algún remedio. Eso también serviría. Has perdido el apetito, ¿qué te pasa?
—¡Tonterías! ¿Cómo se pueden tomar las medicinas de esa manera?
—¡Pero no puedes seguir así!
—¿Y qué más da? Cuanto antes muera, mejor.
—Pero ¿cómo puedes decir esas cosas?
—¡Y tú, ¿cómo puedes saber lo mal que me siento?!
Jiahui asintió con un gesto de comprensión y dijo pensativamente:
—No me extraña. Aquí las cosas son difíciles. Ayer mismo, sin ir más lejos, la Anciana Dama dijo que todas habíamos trabajado muy bien durante la enfermedad del señor Baoyu, y que, como ya había sanado, cada una de nosotras sería recompensada según su grado. No me quejo de que las jóvenes como yo hayamos quedado excluidas del reparto, pero ¿por qué tú? No es justo. Yo no le hubiera envidiado a Xiren ni diez veces más de lo que ha recibido, pues se lo merece. Hablando sinceramente, ¿cuál de nosotras se le puede comparar? Nunca deja de ser cuidadosa y consciente, e incluso si no lo fuera destacaría igual. Lo que me irrita es que gente como Qingwen y Yixian sean consideradas de rango superior sólo porque sus padres son antiguos criados de la casa. ¿No te parece indignante?
—No sirve de nada molestarse con ellas —replicó Xiaohong—. Como dice el proverbio, «Hasta el festín más largo se acaba». Ninguna de nosotras permanecerá aquí toda la vida. Dentro de unos cuantos años todas seguiremos nuestros propios caminos. Y cuando ese momento llegue, ¿quién se preocupará de su prójimo?
Sus palabras llenaron de lágrimas los ojos de Jiahui, pero como no quería dar la impresión de que lloraba sin motivo esbozó una sonrisa.
—Eso es cierto, claro está —coincidió—, pero ayer mismo el señor Baoyu hablaba de cómo iba a reordenar los cuartos y de la ropa nueva que piensa hacerse, como si nos quedaran cientos de años por delante en esta casa.
Xiaohong se rió con sarcasmo. Antes de que pudiera empezar a hablar entró una pequeña doncella que todavía no se había dejado crecer el cabello. Traía dos hojas de papel y unos patrones de bordado.
—Aquí tienes dos patrones para que los calques —dijo lanzándoselos a Xiaohong.
—¿Quién los envía? —preguntó Xiaohong a la niña, que se marchaba corriendo—. ¿No puedes terminar lo que tienes que decir antes de salir corriendo? ¿Acaso se te va a enfriar él pan?
—¡Los manda Yixian! —gritó la niña por la ventana, y continuó su galope.
Xiaohong arrojó irritada los patrones y el papel a un lado y se puso a rebuscar un pincel en sus cajones, pero no encontró ninguno con la punta fina.
—¿Dónde dejé el pincel nuevo que utilicé el otro día? —murmuró—. No recuerdo… Ah, claro. Anteanoche lo presté a Yinger.
Y volviéndose a Jiahui le pidió que fuera por él.
—Ve tú misma —le dijo Jiahui—. Xiren me espera para que la ayude a cambiar unas cajas de sitio.
—¿Y si eso fuera verdad estarías aquí de cháchara? ¡Dices que te espera sólo porque te he pedido un favor, bestezuela!
Y, diciendo esto, Xiaohong salió del patio Rojo y Alegre y se dirigió a los aposentos de Baochai, pero al ver a la nodriza de Baoyu en el pabellón de la Fragancia que Rezuma, se detuvo.
—¿Dónde va, ama Li? —le dijo saludándola con una sonrisa—. ¿Qué la trae por aquí?




