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“Veo loras que cruzan con sus ruidos infernales bajo los primeros rayos de luz, las que se matizan en el paisaje cuando están solas y cruzan en bandadas haciendo algarabía; siento los micos alborotados en el bosque, las lagartijas que huyen al estropearles el sueño con las pisadas de mis botas, las chicharras que chillan –estridulan, me corrigió una vez Irene–; sin embargo, hoy entre los ruidos del amanecer existe un rumor extraño. Me quedo quieto casi sin respirar, para percibirlo mejor. No es un huracán de los que sacuden los árboles de cuando en vez, tampoco el sonido de la lluvia que se aproxima a ráfagas y uno percibe a la distancia, menos una desbandada de zainos perseguidos por alguna fiera; es como un temblor constante que sacude el aire y estremece la tierra. Aguzo el oído; cada vez está más cerca: son helicópteros, varios de ellos; no se trata de uno solo y pronto estarán dando vueltas encima de nosotros. Silbo tres veces –y mi silbido es agudo y fuerte–, lo suficiente como para que los guardias avisen y se pueda ocultar lo visible; se apaguen las lámparas de aceite o los cigarrillos de los fumadores; se esconda lo que esté a la intemperie, se vigile a los retenidos y se les apunte con los fusiles con el fin de evitar locuras que nos pongan en riesgo, al ser ellos los primeros en sentir pánico si se trata de un bombardeo.
“Yo me quedo petrificado bajo un árbol frondoso. A través de los ramajes veo rayos de luz penetrar el boscaje; hojas secas cayendo quizás por el estruendo; observo el cielo clarear, oriento mis ojos con los oídos, mi corazón se acelera y la sangre me retumba en las sienes. A veces uno cree que el sonido también lo escuchan los demás. No hay ruidos en la selva, solo las hélices de los aparatos que serpentean en el aire. Ellos dan vueltas en círculos. La altura no le permite a Jerónimo ser certero con las balas de su fusil; ni se ven ellos desde nuestros escondrijos ni nos alcanzan a ver con sus binóculos. Los helicópteros parecen pájaros merodeando a sus presas, buscando con ojos agudos, alistando garras, prestas las bombas para ser lanzadas. Pero ellos también deben estar seguros del blanco. No pueden desperdiciar el arsenal. Jerónimo orienta el cañón de su fusil con ganas de bajarlos con un tiro de gracia, sin embargo sabe que la distancia es mucha y la visibilidad poca, y se contiene. Tamborilea sobre el cañón de su AK 47. Seguro verían el destello, sentirían el trueno y el impacto no alcanzaría a ser mortal, como él lo quisiera más que nadie; al fin, los jefes viven de sus triunfos y de la ostentación que hagan luego.
“También he soñado con hacerlos caer, habría que darles en el rotor o en el tanque de la gasolina. Como cuando tumbaron el helicóptero de los gringos. A esa distancia es casi imposible. Si por cosas del azar, más que de la puntería, se lograra dar en el blanco, entonces se precipitarían contra la selva y de seguro morirían calcinados, explotarían las bombas que llevan adentro y quedarían ellos mismos reducidos a cenizas. Hechos partículas en una estela de humo. Cocinados en su invento. A veces comentamos estas posibilidades entre nosotros cuando estamos alrededor de una fogata o al comer juntos, que no es frecuente; la mayor parte del tiempo estamos corriendo de acá para allá, huyendo del acoso de la tropa, ahora empecinada en acabarnos. Muchos prometen hacerlo algún día y Jerónimo piensa tener el armamento necesario. Los misiles tierra-aire. ‘Están por llegar’, dice. Vienen por la frontera. ‘Ahí sí los volveremos papilla’, se ufana. Eso repite Jerónimo y mientras tanto el tiempo pasa y los problemas son cada vez mayores. Además hay muchos incrédulos. Dicen que promete demasiado, quizás más de la cuenta. Y uno en estos afanes va acumulando desconfianzas.
“Los helicópteros se alejan. Por fin. Ahora el sonido vuelve a ser un rumor, como al principio, y si no fuera por la congestión concentrada en la cabeza, por la tensión en medio de las sienes, por las palpitaciones del pecho, volverían a aparecer los sonidos de la selva, que también se han esfumado. A las fieras las carcome el miedo como a nosotros. La luz del día está plena y el campamento vuelve a la rutina y yo no he logrado conseguir la leña necesaria para preparar el desayuno. Pensé en hacer un poco de lentejas, con pasta de fariña y café. Me apresuro; apenas he logrado reunir unas cuantas chamizas. Necesitaré ayuda si no quiero ganarme un castigo. Jerónimo es muy exigente y casi nunca tiene en cuenta las explicaciones, por más razones que existan. Elián y Morris me podrían ayudar, son mis amigos. O los indios, a los que todavía es fácil que nosotros, así seamos de bajo rango, les podamos dar órdenes; sobre todo yo, al conocer muchas de sus costumbres. Yo comparto sentimientos con ellos, a veces peleamos y nos hacemos maldades, dejamos de hablarnos incluso, aunque siempre terminamos unidos en lo fundamental. Que es lo importante –eso decimos–. Somos como hermanos, nacimos en el mismo rancherío y andamos juntos en estas selvas desde niños.
“En el camino encontré un tronco grande y seco, así que suelto la carga innecesaria; lo levanto, me lo tercio al hombro y me apresuro a llegar. En este lugar debo asentar bien los pies. Todavía hay barro del último aguacero y las botas se me entierran en el pantano. Chapoteo y trastabillo. Por fortuna los jefes están reunidos comentando sobre lo cerca que estuvimos –me imagino–. Puede que decidan cambiar de campamento. Eso sería grave, aunque casi siempre ocurre. Morris se acerca, creo que viene en mi búsqueda; le pido el favor de traerme un hacha. ‘Vamos, camarada, me cogió el día’. Todavía tiene los ojos grandes del susto. No se mueve, se rasca la cabeza. Está nervioso y le tiembla la voz y se recuesta en un barranco hasta recobrar el aliento. ‘Ellos prohibieron las fogatas’, me dice todavía a media lengua y opina que vamos a tener que comer enlatados. Las latas cansan. No habrá fariña de mandioca – pienso– ni lentejas llegadas en la última remesa. En cierto modo me da tristeza, uno a las lentejas les va cogiendo el saborcito.
“Si yo pudiera decidir, o sea, si fuera el mandamás –y no es que me choque–, ordenaría quedarnos en este sitio. Hacía mucho no encontrábamos un lugar así. Hay un caño de agua limpia, se puede uno bañar y pescar. No nos ven desde el aire, los árboles son frondosos y el campamento está en el bosque. Hicimos las trincheras para protegernos y los chontos para hacer las necesidades del cuerpo. Tenemos espacio suficiente con hamacas, toldillos y plásticos. No es sino ser precavidos por uno o dos días y aguantarse las ganas de hacer una fogata o prender una linterna. Aquí el único problema es la falta del sol, solo existe si uno lo busca mucho; sin embargo, yo sé cómo bañarme de sol; encontré un claro entre dos bosques. El caño cae al río y se puede, en una canoa, llegar a un pueblo de colonos controlado por los compañeros. Allí todo es nuestro –el alcalde y hasta el inspector de policía nos apoyan– y la gente sabe que nosotros somos el máximo secreto que deben guardar. Aquí los secretos no son a voces, quien habla se muere y por esa razón por el río nadie ha llegado, diferente a los indios que viven adentro y que aprendieron a entender el lenguaje de la guerra. Si no, también se mueren. La muerte es de lo más natural en este oficio.
“Aquí manda Jerónimo; lleva como treinta años en la selva. Si no es más; ese hombre parece parido en una trocha. Él es mandón, como dicen, llevado de su parecer y no tiene quién le discuta. Es, para qué negarlo, demasiado experimentado y no da tiro; así que si él ordena la marcha, nos vamos. ¿Y quién chista? Si se decide se empaca en menos de una hora. Yo sé lo que nunca puedo dejar. En mi morral primero están la hamaca, el toldillo y el plástico; una muda de ropa y la comida. Y si se puede se meten otras cosas personales, conservadas como recuerdos o amuletos. Siempre dejamos espacio para las remesas. Yo trato de no perder mi linterna, la foto de mi mamá y un escapulario que ella me dio cuando me fui del rancho para meterme al monte con Morris y Elián. Si tuviera la foto de la india que conocí en el río, tendría un recuerdo más, ese que me permite soñar. Cada cual tiene sus propias reliquias, por ejemplo los retenidos se conocen porque lo primero que guardan es el cuaderno y el lápiz o un libro que se leen y releen cientos de veces. Si uno está acosado, el valor de las cosas cambia. Nosotros cuando muchachos estábamos afiebrados con eso de cargar un fusil y ese era el sueño: tener un fusil; también entramos a la guerra con la ilusión de ganar el sustento y por la aventura. No se puede negar, uno los veía pasar armados y sentía envidia.
“Así que todo está en veremos. Esperemos que ellos terminen de hablar para saber qué camino coger. Mientras tanto, quietud y silencio o más bien cuchicheos. Entre nosotros hablamos, contradecimos y opinamos, sin decirlo duro; aunque yo sigo en mi tarea organizando el desayuno. Este, más aún si hay que correr, habrá que darlo reforzado y tomarlo de afán. A fin de cuentas hay que cargar los morrales, los fusiles, las municiones, la comida y encargarse de amarrar a los retenidos, de a cinco, para evitar su huida. Además, muchos de ellos son convalecientes de alguna enfermedad y tienen gusanos en el empeine o se quejan de la espalda y de las piernas. Eso sí, se quejan más de la cuenta y a uno moviéndose todo el tiempo no le queda más remedio que ayudar, si no, el camino se hace largo. Bueno, y también da pesar sobre todo con las mujeres retenidas. No están acostumbradas a trayectos largos y a tantas dificultades. Uno tiene su corazón y se conduele, aunque hay unos que prefieren verlos sufrir y se les ve la sonrisa de sádicos. Como quien dice: ‘no importa que se jodan. Al fin, ¿no son ricos pues?’.
“Las órdenes son precisas. Hay que abandonar el lugar. Nunca el enemigo había estado tan cerca; es probable que nos hayan visto y si eso es así ya tienen las coordenadas y esta noche vendrá el avión fantasma a destruirnos. Dicen tener detectores de calor y será fácil encontrarnos. Una sola bomba y ahí quedamos todos, fritos. A menos que estén seguros de que tenemos los secuestrados. Ellos son nuestra garantía. Así que, tomada la decisión, el campamento se vuelve una revolución. La gente corre y las órdenes se suceden sin interrupción; yo soy el único que no puede empacar todavía, debo distribuir la comida del desayuno: un tarro de salchichas, un pedazo de panela y agua mezclada con colorante, que todos deben comer de manera apresurada, mientras empacan. Los que vigilan a los retenidos los están amarrando de a cinco con cadenas que dan dos círculos en el cuello y les están entregando las provisiones. No solo la ración sino la remesa. El que no tenga el morral listo debe dejar sus pertenencias y sufrir las consecuencias. Si hay que hacer otro campamento y no se tiene un toldillo, los zancudos empiezan por alimentarse y termina el imbécil con paludismo. Así que hay cosas indispensables. O miremos el caso de los aguaceros, duran toda la noche y si no hay cómo cubrirse del frío, termina uno sin circulación en las piernas y sin aire en los pulmones.
“Un adiós al agua del caño: limpia y fresca. Se podía beber sin peligro. Muchas veces los caños son de aguas negras y al uno entrar encuentra el fondo lleno de hojas en descomposición y al pisarlas todo se vuelve turbio y fétido, como podrido. Por eso uno añora encontrar corrientes de aguas limpias en donde bañarse o quebradas que bajen de los cerros y sean cristalinas. Adiós a la construcción que habíamos hecho con tablas y troncos debajo de los árboles, bien protegida de la lluvia y donde alzamos las hamacas; el trabajo de tantos días para armar el cambuche de los retenidos y cubrirlo con alambre de púas. Atrás quedan el trabajo de meses y las pertenencias que debemos esconder bajo tierra: las canecas para el agua limpia, la motobomba, los baños, los caminos de piedra para evitar el pantano, un salón para juegos. Para mí lo más importante fue el sitio que descubrí para tomar baños de sol y el recodo del caño donde pesco curitos y la india lavando ropa en la ribera del río, mi refugio en las noches, a la que le pedí que se fuera a vivir conmigo. Eso es lo que más me molesta, tendré que aplazar el empeño de encontrarla de nuevo.
“Salimos sin mirar atrás. ‘Lo que nos espera es el futuro’, dice Jerónimo; yo pienso distinto. A mí me gustan los recuerdos y esos siempre están atrás. Volver a ver a mi madre, que me den un permiso para ir a visitarla a Puerto Palermo, adonde no he tenido la oportunidad de regresar. Aunque acepto las circunstancias, como he sido rebelde me tienen desconfianza. No volví a saber de ella. A veces le mando cartas con algunos viajeros que van por esos lados, mas ella no sabe leer y con este deambular incesante es difícil que uno se encuentre de nuevo con alguien que le quiso hacer un favor o le puede dar noticias. Mi madre es como un sueño, de esos que uno quiere conquistar. Se llama Josefina y debe tener cuarenta y cinco años, si no más. Se quedó con Erasmo y Donato y con mi hermanita que tendría unos cinco años cuando yo me fui de la casa y se llama Samanta. Mi padre Alcibíades no me importa tanto, de él recibí muchos castigos, aunque ahora, con el tiempo, he venido aceptando sus maneras.
“En esta zona el terreno es difícil, hay que abrir trocha, tumbar rastrojo y las hierbas te cortan los brazos cuando pasas y las espinas se entierran en la piel. Además, la tierra es húmeda, cenagosa y en ocasiones avanzar en el pantano se hace dificultoso. Los rehenes suelen cansarse fácil o se hacen los cansados; a fin de cuentas ellos no están por ayudar y uno debe entender la situación. También es por lo duro del camino, así que debemos esperarlos de trecho en trecho. Uno de ellos no tiene botas, sino unas especies de zapatillas y se queja todo el tiempo, se le entran las piedras y el barro y muchas veces se le quedan enterradas en el pantano. Yo mismo le insisto que no las deje perder o terminaría con los pies destrozados o lo que es peor, cargado por nosotros, como si no tuviéramos suficiente obligación. En el camino sentimos de nuevo el ruido de los helicópteros; por fortuna pasan lejos y en dirección al campamento abandonado. Quizás algo descubrieron ya que las imágenes tomadas en las zonas sospechosas son analizadas luego en un centro de control; eso dice Jerónimo. Sin embargo, por precaución, nos quedamos un rato quietos, medio ocultos, hasta dejarlos de oír.
“Siquiera no llovió anoche, de otro modo estaríamos en medio de un lodazal que nos tragaría enteros. Hemos venido siguiendo el caño hacia arriba para alejarnos del río, buscamos un campamento que en otra oportunidad dejamos. Son las cuatro de la tarde, no hemos probado bocado, no sabemos dónde estamos, así que nos toca buscar un lugar propicio para acampar. Aquí, bajo la selva, sin tener un horizonte, sin saber por dónde sale o dónde se oculta el sol, la guía es el correr del agua o el golpear del viento si uno es baquiano, mas las curvas que hacen los caños y las ciénagas que se encuentran a cada paso distorsionan la orientación. Al fin, por lo tarde y por esa especie de afán, escogemos un sitio húmedo, sin rastrojo y con otro caño pero de agua oscura, sin fondo. Sin embargo, el cansancio no permite otra cosa que hacer. Armamos las hamacas, amarramos los toldillos, ponemos el plástico, nos quitamos la ropa y la lavamos en el agua. Los que van llegando después no se pueden bañar ni alcanzan a lavar sus pertenencias, las aguas agitadas las dejan sucias. Es preferible el olor a sudor que la podredumbre; por lo menos el cansancio lo hace a uno dormir y se le olvidan los olores. De pronto, cuando el frío no te permite hablar, de improviso, como una especie de augurio, se oyen los gritos de una mujer”.
5.
Si la vida fuera la normal, la aprendida de abuelos y bisabuelos, valga; sin embargo, cómo explicar lo que de un tiempo para acá estaba ocurriendo en la región: gente extraña que gasta a dos manos y deja ver el revólver acomodado en la pretina del pantalón; hombres en lanchas rápidas, armados hasta los dientes; personas muertas a bala, desperdigadas por ahí entre los matorrales, lo que nunca se había visto; helicópteros, novedosos para la época, que todos veían alelados porque los aparatos vuelan bajo por la ribera del río, serpenteando sobre los caseríos; cultivos de coca, reemplazando los sembradíos de plátano y de yuca brava, que muchos buscan ahora cultivar porque con ellos se obtiene bastante dinero, con matas que no producen frutos para comer sino hojas, las que se venden a precios sorprendentes. Cómo saber en ese entonces el significado de lo que acontecía si no existía un conocimiento de la vida pasada, olvidada en los afanes, sin que nadie la escudriñara y sin que se mostrara mayor interés por recordarla.
Sí, señor, la historia para ellos era tan simple como nacer en un lugar olvidado, sin contacto con la civilización, crecer en medio de las dificultades, pasar hambres, trabajar por el sustento y morir sin lograr mayores satisfacciones personales, salvo el amor de una india, la sazón de un buen plato de mojarra con yuca, bañarse en las aguas del río o dormir del cansancio en una hamaca, despatarrado y con la fresca del atardecer. Beber chicha o guarapo era otro deseo anhelado, a veces, aunque en cuestiones de gastos ociosos ni para qué pensar, ¿con qué dinero? Los haberes de Alcibíades eran un pedazo de tierra para cultivar, sin escrituras ni títulos ni la forma de demostrar pertenencia; un rancho de paja construido con las propias manos, con madera de los bosques cercanos y un techo de hoja de palma; un conuco bien sembrado de plátano y de yucas para sacar la comida del día, siquiera unas dos o tres hectáreas, así fuera enterradas en la selva, y disfrutar en los linderos de un caño; una curiara labrada y pulida por él, hecha para ir al caserío a llevar la remesa o traer la sal y el aceite; unas cuantas ollas y platos de latón y algunos enseres de labranza, conseguidos poco a poco en épocas de bonanza: un hacha, un machete, un azadón, una pala quizás.
¿Era normal y corriente la guerra que alrededor se vivía? ¿De qué lado estaba la verdad? Jónatan solo veía y escuchaba algunas cosas, las que iban quedando guardadas en su memoria. Mientras conducía su panga aguas arriba o aguas abajo pasaban chalupas con hombres armados, ostentosos, con una especie de fulgor en la mirada; armas deslumbrantes y fuego en los ojos que él quería para sí, y veía navegar indios con sus bongos cargados hasta el tope, repletos de plátanos, yucas y atados con chontaduro, llevados para negociar en el caserío; como lo hacía su padre –pensaba–, cuestión que formaba parte del aburrimiento que cargaba de su existencia. Oía sobre soldados instalados en San José del Guaviare que en ocasiones incursionaban por la zona y decían que no se atrevían a llegar hasta Miraflores, ni aceptaban meterse en la selva por miedo a los ataques sorpresivos de la guerrilla o a las minas quiebrapatas sembradas por doquier y que, por esas y muchas otras razones, se quedaban apenas uno o dos días en Puerto Palermo, conversaban con el inspector o con los misioneros de una iglesia gringa que hacía su labor pastoral en el territorio y se regresaban sin hacer mayor labor y más bien eludiendo posibles enfrentamientos. Para no decir mentiras, el miedo les cae por igual a los unos y a los otros.
Y los hechos más impactantes para Jónatan y para los demás eran sin lugar a dudas los despliegues de helicópteros artillados que cruzaban los cielos volando desde San José, El Retorno, Calamar y Barranquillita, vía Miraflores, y oír decir por ahí que esos aparatos eran los que les lanzaban bombas a los campamentos de los guerrilleros. Al principio todos se asustaban y los niños salían al descampado para verlos pasar; después de saber que las bombas no caían en el caserío ni en los alrededores ni sobre los ranchos de las comunidades, se apaciguaban los afanes y volvía la calma. También les causaban sorpresa las avionetas llamadas mosquitos, las que tienen la hélice en la trompa y vuelan a ras sobre los cultivos de coca, haciendo piruetas increíbles para fumigar con venenos, como ese tal glifosato, que algunos sostienen que mata también a las gallinas, los peces y los perros de las vecindades, a más de producir cáncer en los viejos y malformaciones en los niños recién nacidos. Otros aseguran que eso no es cierto, no es tóxico y no sirve ni siquiera para acabar con los gusanos de las matas. ¿Y los dolores de estómago qué?, ¿y los salpullidos de los muchachos en la piel?, ¿y la irritación en los ojos?
A Jónatan también lo desconcertaba saber de la existencia de bandas de asesinos que vivían de hacerles favores a los unos o a los otros. Al principio eran forasteros que hacían preguntas y recorrían el pueblo como indagando a los lugareños, de esos conchudos, entrando a la casa de los vecinos sin pedir permiso o pidiendo en alquiler una pieza en el mejor lugar del caserío. Primero se dan sus lujos y buscan que todo mundo se entere de sus riquezas. Luego se sientan en la cantina, invitan a los paisanos, les ofrecen del mejor trago que quieran beber, por lo menos al principio, y cuando los ven borrachos comienzan con la preguntadera. Lo hacen como haciéndose los desentendidos, echando carnada para lograr sus propósitos. Lo que sí no se supo hasta mucho tiempo después fue que como consecuencia de aquellas incursiones empezaron a aparecer indios asesinados en las sementeras o cuerpos de campesinos ahogados que bajaban flotando con sus barrigas hinchadas sobre la corriente del río. Y lo curioso era que debían seguir de largo, nadie se atrevía a rescatarlos.
Lo que les decía Otilia en sus clases de historia o cuando caminaba con ellos por los caminos de la selva enseñándoles botánica resultaba ser diferente de lo que le explicaba Alcibíades a Jónatan. Cansados de caminar y eludiendo la maraña o evitando los caminos más cenagosos, se sentaban a conversar entre las raíces de un árbol frondoso, centenario. Una ceiba barrigona, un árbol de castaña o un caucho cicatrizado de los que le había dado el sustento a más de uno. Ella, por su parte, trataba de no decir nada más allá de lo indispensable; ni siquiera estaba segura de saber lo que acontecía. En ese tema prefería pensar y no decía mucho. Otilia relataba que había una guerra declarada; eso llevaba la vida entera, pero ella no sabía con exactitud las fechas. Lo cierto era que siempre había oído lo mismo. Para ser francos, cuentan los que la conocían, las cifras y los datos, como si fueran una extrapolación de las matemáticas, le hacían un nudo en la cabeza. Desde que tenía recuerdos había oído del asunto y no se sabía quién diablos iba ganando esa guerra.
Dicen que padre e hijo alguna que otra vez hablaban del tema y no es muy seguro si era al navegar juntos por el río, como ocurría al principio cuando el padre le enseñaba a controlar las corrientes y buscar los remansos o al irse con él a pescar en los caños que desembocan en el río Vaupés. Curitos y payaras o mojarras y palometas, lo que cayera en el anzuelo con la carnada de chontaduro, que preparaba con su padre, armando la masa con harina cocida de maíz. Le reiteraba sobre la forma en que se pescaba; primero sobre lanzar la carnada al centro de las aguas, luego, si se presentaba un tirón, debían halar rápido para que el animal cayera en la trampa. Eso sí que le sirvió más tarde. A veces, cuando algo le recordaba el asunto de la guerra y tal vez influenciado por ellos o temeroso de una retaliación, se refería a los hombres armados que se encontraban por los senderos. Lo hacía con algo de respeto o quizá de admiración, vaya uno a saber qué pensaba.
Jónatan, cuando el padre hablaba, prefería mirar los oleajes rompiendo contra las orillas, los ojos de los caimanes que se aparecían en los recodos de las corrientes, los troncos que se hundían y flotaban en los remolinos, la espuma de los meandros o los saltos de las palometas perseguidas por las arawanas. El muchacho permanecía callado, como un tigre olfateando su presa, y Alcibíades hablaba poco; poco era casi nada. Se acostumbró a pronunciar algunas frases, como especies de órdenes. “Ellos son los que mandan –decía–, el gobierno apenas sí venía por estos lados”. Frases que no decían mayor cosa, aunque significaran mucho.
Otilia lo que sí tenía claro era que los unos eran de un lado y los otros del otro, y aunque la maestra no alcanzaba a explicar razones, decía pertenecer a la legalidad, porque el Gobierno era el que le pagaba su salario, por eso de venirse a la selva, con hartos sacrificios, a enseñarles a los niños más desamparados de la tierra, y explicaba que también había bandas de hombres armados peleándoles las tierras a los guerrilleros, para apoyar al Gobierno y controlar los sembrados de coca, y aunque sin pertenecer a las fuerzas armadas, vestían del mismo modo y usaban fusiles. Claro que eso de los fusiles no hacía diferencias. Y había también otras bandas de delincuentes que defendían los cultivos de coca y negociaban con los unos y con los otros. A fin de cuentas, lo que les importaba era el dinero y no las razones de la lucha.




