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“Al final nos encontramos todos alrededor de unos árboles frondosos, de esos que tienen más de cien pies de altura, calentándonos unos a otros, revueltos guerrilleros y prisioneros, cubiertos con plásticos que apenas nos sirven para guarecernos y sin poder lograrlo; oyendo, eso sí, los lamentos y las explosiones digestivas de Alma Nubia, a quien Jerónimo acompaña en su angustiosa labor con un deje de remordimiento, dándole explicaciones cariñosas para ahuyentarle la idea, malévola, de haber querido matarla. Al fin entendimos. Con razón la orden de recoger agua lluvia. La puso a beber agua del caño para saber si estaba podrida, como suele hacer con nosotros, los que en otras oportunidades y por cosas del azar hemos sido más afortunados que la pobre Alma Nubia. A él no le importa, somos los subalternos sus conejillos de indias. ‘Se parece a Luis XIV’, dice Irene y los compañeros de ella se ríen; nosotros no entendemos de qué se trata. Claro que luego nos cuentan eso de ser un rey que tenía súbditos que le probaban la comida para evitar ser envenenado. Dicen los prisioneros que muchos de ellos murieron cumpliendo su obligación y entonces casi siempre deseamos conocer esas historias.
—Un día de estos se las contamos –dice Irene–, para que descubran qué animal tienen de jefe.
—Así sabrán qué les espera.
“Esta noche, luego del chaparrón, Garrapacho no distribuye los usuales turnos de guardia, como ocurre siempre que llegamos a algún sitio nuevo, y la labor de vigilancia se nos descarga como castigo a Elián, Morris y yo. Todavía seguimos pagando castigos pasados y no alcanzamos a darnos cuenta de cuándo es por alguna razón. Siempre estamos pagando algún castigo. ‘¿Hasta cuándo?’, les pregunta Morris. ‘No importa, es lo mismo’, le digo a Morris para no despertar más camorras, ‘nadie se va a dar cuenta si nos dormimos detrás de un árbol’, le complemento al oído para tranquilizarlo. Entonces aplicamos el manual. Lo primero que se debe hacer en estos casos es separar y encadenar a los secuestrados y aguantar por supuesto las críticas y los insultos.
“La más furiosa de todos, como siempre ocurre, es Irene, que habla de libertad y de derechos humanos; algunos prisioneros de guerra (así les decimos a los soldados) también se envalentonan y nos recalcan su condición de combatientes, de soldados; los demás, la mayoría, son más resignados o sensatos; de todos modos saben que los vamos a amarrar. Pasamos las cadenas por el cuello de cada uno, cruzadas, para que no las puedan correr fácilmente y luego las ponemos alrededor de un árbol. También debemos comprobar que no tengan una argolla abierta, ya que ellos las van abriendo cuando tienen la más mínima oportunidad, y después de comer nuestra ración nos vamos a hacer ronda por los extremos del campamento. Algo improvisado; lo usual es que tomemos medidas, recorramos el terreno circundante, determinemos los puntos cardinales, veamos cuáles son los sitios vulnerables, para saber de ese modo cuántos y cuáles deben ser los vigilantes. Mas de noche, con apenas una linterna y pasados por agua, poco podemos hacer.
“Los últimos en apagar las linternas son Garrapacho y Calixto, preocupados como están por la suerte de Jerónimo y Alma Nubia y buscando que pasen buena noche y que ella, enferma, untada y oliendo a demonio, pueda recuperarse. Alma Nubia caga hasta bien entrada la noche y finalmente se duerme o se queda fundida con los brebajes y las tabletas de Lomotil que le da Calixto. No faltan, sin embargo, los consejos de los indios que se dejan oír como rumores por el campamento. La harina de plátano, las hojas de llantén, la corteza de níspero son buenas medicinas, comprobadas por la comunidad y usadas por su madre, la vieja Uma; ‘¿y adónde las conseguimos, par de güevones?’, les repite Calixto, quien se esfuerza por encontrar entre los morrales de las mujeres algunas drogas escondidas. Al fin, pasadas las doce de la noche, todos duermen de una u otra manera, unos en hamacas, otros acurrucados entre la raíz de un árbol y algunos, más afortunados, bajo alguna carpa; así pasa con el cansancio, puede más que cualquier incomodidad. Incluso nosotros, responsables de la seguridad, cubiertos con plásticos y detrás de los árboles más frondosos, también nos quedamos dormidos, cuestión peligrosa; si Garrapacho se da cuenta nos hace un juicio y los resultados de estos, sin abogados que conozcan de códigos o leyes y con Jerónimo como fiscal, son impredecibles. Eso es bien sabido; pese a ello, lo común es correr riesgos.
“Al amanecer, la mayoría aún dormita, se escuchan quejidos y por todas partes se ven caras largas. Yo me apresuro a despertar a Elián y nos da trabajo encontrar a Morris. Está medio escondido en una especie de cueva sobre el otro costado del campamento. Por fortuna la cara que tenemos es la de haber sufrido lo indecible. Algunos se levantan a escurrir la ropa y colgar las pertenencias. Se ven ateridos (otra palabra que me enseñó Irene). Otros, los que logran armar las hamacas en medio de la lluvia, aprovechan la luz del día para cambiarlas de lugar o para revisar si están bien puestas. Ahora lo que hay será trabajo y nadie se atreve a tomar decisión alguna, hasta no saber si se va a consolidar el campamento o si se debe preparar de nuevo la partida. Incluso hacemos apuestas, cosa común entre nosotros, para matar el tiempo. Los indios juran que seguiremos corriendo como gurres, Morris cree que ahí nos quedaremos hasta que Alma Nubia se alivie y yo aseguro que el sitio no es bueno para permanecer, se ha convertido en una laguna y en estos casos tiene que primar la sensatez. Sin embargo, eso lo decide Jerónimo y hay que esperar largo rato para saberlo. Jerónimo, trasnochado y con el mal genio alborotado, no da pie con bola y menos Alma Nubia, con retortijones torturándola y bascas que la ahogan.
“Garrapacho, como es su costumbre, esta vez acompañado de La Sombra, quien le sigue el paso cubierto con un poncho, ajeno al cansancio, pasa revista temprano y recibe nuestro informe, el cual está exento de complicaciones. ‘Todo se encuentra normal’, les decimos y apenas si nos paran bolas, despectivos como siempre; cuentan uno a uno a los secuestrados y ordenan quitarles las cadenas, escuchan las quejas de algunos y soportan las críticas de otros con un deje de burla, miran el estado de los que se sienten enfermos, revisan que haya suficiente agua recogida y ordenan tazarla y luego le hacen inspección a cada uno de los guerrilleros. Garrapacho no se acerca adonde está Irene, temeroso quizá de que ella arremeta con sus insultos, y por eso prefiere que sea otro el que la aborde, luego da órdenes y La Sombra las repite, alzando la voz. El hambre es fatal. No pudimos comer bien la noche anterior, así que Garrapacho me ordena ir a buscar leña seca, le dice a Elián que separe las provisiones para el desayuno y a Morris, a quien vio temblando del frío, lo deja ir a descansar una hora. ‘Solo una hora, después va a ayudarles a sus compinches’, le advierte.
“El censo es preocupante. Dos secuestrados tienen fiebre y han estado tiritando durante la noche. ¿Será paludismo, dengue, fiebre amarilla? Cualquier cosa que sea, el tratamiento en la selva es el mismo, al fin hace rato que no hemos podido recibir remesas de medicamentos ni comida. Será poner a los indios a buscar hojas de acedera o flores de tilo. Al supervisar la retirada de las cadenas de Irene, cuando ella le clava su mirada encendida, La Sombra ve que la mujer tiene los ojos amarillos. ‘Está picada de buenamoza’, dice, recordando su experiencia de tantos años, y manda llamar a Calixto, que es quien atiende esas rutinas. Y este se demora, está desde temprano llevándole una nueva dosis de tratamiento a la pobre Alma Nubia, que todavía se queja, aunque curiosamente permanece dormida. ‘Mírela –le dice Jerónimo a Calixto–, se quejó toda la noche mientras dormía, no me dejaba dormir a mí y cuando trataba de ver qué le pasaba, comenzaba a roncar’.
—Aquí lo que hay es un tendal de enfermos –le dice a Calixto cuando lo ve llegar con su morral de drogas y herramientas.
—Vaya y le dice al comandante, él está pensando que debemos irnos de este sitio lo más pronto posible.
“Alma Nubia no podía ni pararse y no quería que la molestaran. Por fortuna la carpa quedó en un lugar alto y protegido, las cobijas le habían quitado el escalofrío, la diarrea se le había cortado y el sueño había hecho presa de ella hasta el punto en que parecía muerta. Jerónimo, para acabar de ajustar, seguía sintiéndose culpable, así que se levantó a hacer una inspección personal y a que le dieran un parte preciso de lo que estaba aconteciendo. Se despereza a sus anchas, remueve las legañas que como escamas le cubren los ojos, abre la boca en un bostezo fenomenal, pide café a uno de sus subalternos, quien corre a buscar el termo entre sus pertenencias, se calza las botas que ya están limpias, pide agua para enjuagarse la boca, aprovecha para lavarse la cara, se seca con el poncho que esta húmedo por haber permanecido afuera, maldice y se asquea del olor a sudor y humedad, pisa duro para ajustarse las botas, se rasca las pelotas y se las acomoda lo mejor que puede, se pone el cinturón con la pistola y da su tercera orden del día: ‘Que todos se pongan en fila para una inspección’.
“Del paseo que hace Jerónimo por el campamento y con el que pretende motivar a sus hombres para continuar la marcha, le queda claro que el lugar es inapropiado y propenso a ser malsano. Son las ocho de la mañana y aún se cierne una llovizna que empaña la vista; las botas se hunden en los charcos y las medias, de nuevo empapadas, chapuzan sumergidas en el pantano; los hombres, de pie al paso del comandante, tiemblan de frío y el saludo les sale castañeteando entre los dientes; las ropas escurren colgadas de las ramas de los arbustos; los más acuciosos hacen ejercicios en un solo punto para espantar el frío; los secuestrados parecen sumergidos en un desasosiego más, y los que todavía se sienten fuertes protestan al paso del mandamás. Oscuro el día porque los árboles son tupidos y no dejan entrar ni una gota de sol; lleno el terreno de aguas estancadas y pútridas (miren no más lo que le pasó a Alma Nubia), y sin ningún sitio protegido para evitar que el olor los invada; la maleza cubierta de hierbas espinosas y muchos quejosos por haberse rayado la piel; sin manera de conseguir leña de buena calidad, lo que los condena de nuevo a comer enlatados. Lo mejor es salir de ahí sin perder más tiempo, aunque habrá que cargar a Alma Nubia, a Irene y quién sabe a cuántos más. Si están de buenas tardarán cuatro o cinco horas en encontrar un lugar mejor.
—Yo creo –opina Jerónimo– que es mejor enviar una avanzada para buscar un lugar adecuado.
—¿Y a quién? –responde Garrapacho.
—Personas de confianza. Dos o tres, no más.
—Entonces mejor voy yo.
“Calixto va y viene de la tienda de Jerónimo a las hamacas y al cambuche improvisado para los secuestrados; busca ideas entre los indios para el manejo de las enfermedades, los tiene en cuenta, por fin, claro que sin drogas qué más se le iba a ocurrir. Hojas de romero hervidas para las afecciones del hígado de Irene. ‘Cocidas a fuego lento’, recalca Necul. ‘Pero primero hay que conseguirlas’, es enfático Calixto. ‘Es como tener el vademécum sin farmacia’, los regaña. ‘Hagan la lista para la fiebre, la diarrea, el vómito, la tos y el mal de la bilis, antes de que se nos muera esa vieja’. Y ellos, los indios, siguen hablando, que la verbena, el ruibarbo, el eucalipto, la acedera y la malva. ‘Y si de paso consiguen ruda, háganle, que por ahí hay una pelada embarazada’. Se trata de Adelaida. Es mejor prevenir. ‘Por ahí derecho le bota las lombrices’, se ríe Koya, recordando que con eso los purga la madre Uma.
—Piérdanse y no vuelvan con las manos vacías.
—Vamos, claro, pero que nos den de comer. Si no, esta vaina es muy verraca.
‘Pilas’, da las órdenes Calixto y Elián es responsable de despacharlos con el estómago lleno. ‘Y despierten a ese haragán de Morris que yo creo que no sirve sino para dormir. Les aseguro que anoche debió vigilar sonámbulo; ese idiota se duerme parado. ¿Ya regresó Jónatan?, a ese trío de vagabundos hay que pisarles la raya’. Calixto sigue corriendo de lado a lado dando órdenes y atendiendo a los enfermos. Ese día el hombre parece imprescindible. Hasta ganas le dan de que le permitan un año sabático para refrescar los conocimientos científicos; otro paseo por el SENA le serviría de descanso y a la vez le ayudaría a la revolución; por la revolución son los sacrificios de tantos años de sufrimientos y para eso es la autoridad, ser parte de los jefes de este comando y de la confianza del jefe, nada menos que de Jerónimo, quien suena para ser miembro del Secretariado, y de La Sombra, que es su maestro en cosas de la medicina. Si el tiempo diera, esa misma tarde se lo diría a Jerónimo, se lo hablaría en confianza, ahí mientras él le pida que alivie a esa vieja de Alma Nubia, para que vea que sí le prodiga atenciones y que lo ocurrido ha sido un simple accidente. ‘Dile –le suplica– que lo de la enfermedad es algo que se venía incubando de tiempo atrás, que eso del agua del pozo no tuvo que ver con el asunto. O no es verdad, como me lo has dicho, que hay enfermedades que aparecen quince días después de una picadura de zancudos’. Y Calixto haciendo puntos. ‘Claro, jefe, eso que usted dice es una verdad de a puño. La ciencia probó que eso es así. Mire no más las enfermedades de los niños, como la viruela y esas cosas; la gente se contagia y a los días aparece el mal’.
“Cuando Jerónimo se desocupa de su tarea principal y ve que sigue dormida su mujer, se sienta a mirar el descalabro de su Columna. Veinte prisioneros abatidos por el cansancio alrededor de un árbol; lamentos por doquier, su tropa debajo de plásticos negros alrededor de los árboles, anegado el terreno que ha recorrido descalzo primero y luego con botas, la lluvia todavía cayendo, sus ropas escurriendo agua y de nuevo, para acabar de ajustar, el ruido de los helicópteros en el cielo.
—Que nos maten –dice–, lo que soy yo me voy a ir a dormir”.
8.
“Se supone que la promiscuidad está prohibida en el movimiento y así se recalca en muchas oportunidades. Incluso las advertencias están en el manual y en los códigos revolucionarios. Sin embargo, estos suelen perderse con frecuencia, especialmente cuando abandonamos todo para escapar de un ataque, en donde, en últimas, lo que importa es salvar la vida. Yo en alguna ocasión tuve uno de esos folletos y me lo leí con atención. Recuerdo cuando recibimos la visita de uno de los jefes del Secretariado y uno de sus ayudantes trajo un paquete con cartillas que se les distribuyeron a la mayoría. No había suficientes y ellos pidieron que las circuláramos, para que todos tuvieran la oportunidad de aprender las reglas de la revolución. A mí no me alcanzó, mas uno de mis cuñados, el indio Necul, que no sabe leer y estaba ese día en primera fila, me lo dio y me pidió le explicara luego el contenido.
“A mí se me perdió la cartilla una vez que ocurrió un ataque, para mí el más sorpresivo de mi vida como guerrillero; yo estaba de guardia y solo pude quedarme con lo que tenía puesto: una muda de ropa. Por fortuna Elián tomó mi morral, que estaba casi vacío y conservaba mis cosas más personales, y después, una vez nos reagrupamos, me lo entregó. Eso fue antes de que estuviéramos a cargo de los secuestrados; ahora es más difícil que eso ocurra, nosotros tenemos, igual que el Secretariado, tres cordones de seguridad, y sería muy extraño que no nos alcanzaran a avisar. En esa oportunidad nos zumbaban las balas y hubo varios muertos en nuestras filas, como quince recuerdo y todavía me estremezco.
“Ahí hay frases buenas que le encienden a uno el fervor revolucionario, como eso de la igualdad y que no haya ricos para que tampoco existan pobres. Bonita frase, ¿no? Son cosas que se dicen, por eso me gané muchas veces la enemistad de Jerónimo. ¿Cómo así que él si puede gastar a sus anchas y a nosotros nos dejan migajas?, ¿por qué a él le llegan las cajas de whisky que después se las tenemos que cargar nosotros y para la tropa es apenas una pizca de aguardiente? Son cosas indignas. Por la tienda de él pasan las mujeres, obligadas, lo que a mí me consta. O si no vean a Alma Nubia, quien dejó incluso a Garrapacho, que curiosamente sigue siendo su amigo, para irse a vivir con Jerónimo, y entonces, ¿por qué a uno no lo dejan buscar la suya, así tenga que ir lejos y se corran los peligros que sean necesarios? Nadie les está pidiendo que la moza de ellos se acueste con uno. Peligros corremos a diario.
“Cuánto diera por volver a ver a Sulay, sabiendo que los hermanos me pueden llevar por el monte. Ellos se conocen bien otros caminos que nosotros ni siquiera imaginamos y que los indios no nos enseñan y los mantienen como un secreto de la comunidad –y los secretos de ellos jamás se divulgan–. Yo por eso me he hecho buen amigo de los indios, son mis cuñados, aunque se ríen cuando les hablo del tema. Se burlan con razón, yo no he visto a Sulay sino una vez; aunque yo sé que ellos tienen ganas de ir a visitar a la madre Uma. ‘Estamos listos’, me responden, ‘esas selvas son nuestras’. Y les tienen nombre a los ríos y las quebradas. ‘Llegamos a caño Loro’, me dijeron; ‘estas aguas son podridas y ahí nacen las larvas de los gusanos, a ellas vienen a defecar las loras’.
—¿Cómo así que a defecar?
—Pues sí, ellas también tienen sus misterios. A los árboles de las orillas del caño vienen las bandadas de loras, nosotros hemos visto miles. Y de ese caño nunca beben.
—¿Así es la cosa?
—Así como le digo. Y él médico y ni se da cuenta de lo que pasa. No indaga como lo hacemos los indios.
“De todos modos en esa cartilla me di cuenta de la existencia de un código moral que no cumplen ni siquiera los jefes. Esos reglamentos sirven cuando se le hace un juicio a algún guerrillero: ahí sí se aplican con severidad y he tenido la oportunidad de ver castigar a alguno por intentar huir, sonsacar a la mujer de uno de los jefes o violar a alguna de las muchachas o, mejor dicho, porque ellas les dijeron que las habían violado. Digo esto aunque francamente creo que a Astrid no la violaron sino que a Chorro de Humo, el guerrillero que la preñó y luego huyó con ella, lo pescaron antes de que se embarcara en Buenos Aires rumbo a San Vicente del Caguán. El hombre no se dio cuenta del seguimiento que le hacían, le tenían desconfianza. A él lo acusaron de violación y de traición y por eso lo fusilaron, y a ella le quitaron los rangos y privilegios y le practicaron un aborto contra su voluntad. Pero las cosas no son como parecen ser. Todos recordamos que ella lo asediaba y fue la que lo hizo fracasar. A nosotros, conocedores del tema, no nos dejaron declarar. Yo por eso me cuido, no vaya a ser que le resulte a uno una torcida y lo meta en una novela bien preparada. Acá se le paran muchas bolas a las declaraciones de las mujeres, y como hay tan poquitas la mayoría se mantiene con ganas de ganarse el favor de alguna.
“Sí, Chorro de Humo, el mismo negro que estuvo en el rancherío aquella vez que mi padre me entregó a la guerrilla. Allí mi taita hizo un acuerdo con ellos. Era muy joven y el rostro no se me olvidará jamás, fue él quien le puso el fusil a mi madre cuando ella quiso rescatarme. Por eso lo odié desde aquel día y como la vida nos pone siempre en circunstancias difíciles de prever, luego me arrepentí de odiarlo. Aunque pensando lo que ha pasado hoy tengo un sentimiento ambiguo, especialmente después de haberlo visto sufrir cuando ocurrió la muerte de su mujer y de su hijo.
“Es mucho más difícil que las mujeres entren al movimiento; primero, son hogareñas y los padres tienen sobre las niñas una mayor influencia, y también hay mucha deserción una vez entran a las filas. Yo aprendí que hay que vincularlas cuando están jovencitas. En la adolescencia son desobedientes con los padres y les gusta enfrentárseles, liberarse e irse a recorrer el mundo, a tener aventuras. Sin embargo, las mujeres son más delicadas que los hombres y se aburren con facilidad de las tareas que exigen mayor fortaleza física; por eso muchas se escapan cuando quedan en embarazo y más si logran tener un hijo”.
Jónatan cavila y siempre que piensa en alguna mujer, recuerda a Sulay. Jamás olvidará su cara.
“Las mujeres de estos pueblos abandonados se deslumbran con los jóvenes que les coquetean cuando pasan armados recorriendo los caseríos. Ellos siempre buscan la manera de acercarse y hacerles propuestas y ellas ni lo piensan. Casi siempre se van la misma noche que les hacen alguna promesa, cualquiera que ella sea, y creo que las diferentes propuestas no importan. Así como los jóvenes se deslumbran con las armas por el poder que ellas otorgan, del mismo modo las mujeres se enamoran de los hombres que las llevan. De eso nos alegramos y cuando una mujer llega al campamento hacemos fiesta y todos queremos conocerla, ¿quién no?, y los jefes siempre les tienen consideraciones especiales; claro, ellos ni cortos ni perezosos las disfrutan primero.
“Para lograr quedar en embarazo y tener posibilidades de que le permitieran tener a su bebé, Astrid esperó a que uno de los comandantes le hiciera propuestas. Eso ocurría cada rato con las más afortunadas. Se cuidó de no aparecer enamorada de nadie y dejó de tener sexo furtivo con los compañeros. Ellas se pueden negar a esos encuentros esporádicos y a las quisquillosas se les va cogiendo ojeriza y eso trae sus desventajas en medio de tantas situaciones adversas. Esa es una de las particularidades con las mujeres; una vez pasan por las manos de los jefes, especialmente con los guerrilleros que no tienen mujer, deben prestar un servicio obligatorio. Aquí lo llamamos ‘servicio sexual obligatorio’, como los médicos con el año rural.
“Nosotros hacemos la solicitud ante Calixto, él es el encargado de distribuir los condones y de vez en cuando nos avisan, casi siempre de manera intempestiva, que esa noche tendremos mujer. Si no hay condones disponibles lo inducen a uno a que se eyacule afuera y se lo dicen de una manera perentoria; como quien dice, lo hacen responsable de la posibilidad de un embarazo. Uno tiene entonces tiempo de organizarse bien, bañarse y tener ropa interior limpia. Y en la hamaca, cuando la gente se está durmiendo, aparece una de ellas, cualquiera de las disponibles. Casi siempre es un encuentro rápido, solo de sexo, aunque si uno le gusta a la vieja, ella se queda ahí la noche entera y hasta lo puede hacer dos o tres veces. En ocasiones, de esos encuentros, han nacido noviazgos clandestinos, que uno disfruta como un adolescente, le toca pensar travesuras, jugar a las escondidas y corretear con ella por entre los matorrales.
“Cuando el día señalado por el destino llegó, el comandante que esperaba a Astrid resultó de otro frente. Era nada menos que Chorro de Humo. Lo llamaban de ese modo por ser negro como el carbón y porque se perdía de vista sin dejar rastro. De noche uno sentía cuando llegaba al percibir el olor a humo, cosa que él justificaba al comentar que le gustaba soplar el fogón en la cocina. Los nuevos compañeros arribaron un amanecer para hacer un intercambio de prisioneros, lo que es común para evitar que se vayan creando ciertas amistades que se tornan peligrosas. Hay secuestrados con mucho liderazgo y a esos hay que aislarlos o se hacen amigos de un guerrillero y se traman fugas o se buscan privilegios. Casos se han visto de guerrilleras que se enamoran de soldados y se escapan con ellos, como Nadia, una niña que huyó con un soldado por los lados del río Jiguamiandó en el Urabá chocoano. En esta historia, Chorro de Humo, como buena pinta que era, entró tumbando.
“Sin pensarlo dos veces se fue al río a ver a las viejas bañarse y allí se encontró a Astrid. Él le sonrió y ella le respondió con otra sonrisa; luego se le acercó cuando estaba lavando su ropa interior en el río. ‘Se va a poner bonita’, le dijo y ella le respondió que siempre buscaba ponerse bonita. ‘Estás sola’, le agregó. Era una pregunta obligada, entre ellos se cuidan de no tener broncas por una mujer. ‘Es mejor estar sola que mal acompañada’, le contestó y volvió a sonreírle. ‘Pero no pensarás permanecer así’, iba de una el negro. ‘Estoy esperando mi príncipe azul y –mirándolo de arriba abajo– no lo digo por el color’, así borró cualquier sospecha de racismo. ‘De pronto tu príncipe te llega de afuera’, se envalentonó Chorro de Humo. ‘Así será’, dijo ella finalmente, tomó sus prendas, las aireó un poco de una manera coqueta y se fue de regreso. Desde lejos volteó a mirar y él seguía allí, observándola con unos ojos oscuros que chispeaban con la luz del día.



