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Se trata en primer lugar de una Cristología que se define en relación con la salvación. Es una nota que el pietismo y los avivamientos evangélicos tomaron de la herencia protestante destacando la significación de la experiencia personal en la apropiación de la verdad para la vida: «Creemos que Jesús de Nazaret es el Cristo, el Hijo de Dios, que Él es el único Salvador de los pecadores y el único Mediador entre Dios y los hombres; y que por su muerte expiatoria en el Calvario el perdón perfecto y la vida eterna se ofrecen gratuitamente a todos los que confían en Cristo y obedecen sus mandatos».15
Una convicción evangélica predominante que se encuentra en toda la literatura misionera de la época era que en América Latina había un gran desconocimiento de Cristo. El primer editorial de El Heraldo, al trazar su programa de acción decía:
Emprendemos esta obra porque creemos que las doctrinas de Jesucristo y sus apóstoles son muy poco conocidas en el país. Y esto no quiere decir que lo que no es conocida es nuestra doctrina, ni aun nuestra interpretación de la cristiana. Sabemos que son muy pocas las personas que han leído siquiera uno de los cuatro Evangelios que conservan la enseñanza de Jesucristo. Y no sólo esto sino que los mismos sacerdotes de la Iglesia Romana no los han estudiado. De allí que entre los sermones que se predican en los templos romanos rarísismo es él (sic) en que se ocupa seriamente de explicar la enseñanza de Cristo.16
Para estos misioneros, la dimensión social del mensaje cristiano, encarnado en la persona misma de Jesús, adquiría pertinencia en la crítica a la realidad socio religiosa. En el mismo editorial mencionado Ritchie explicaba por qué su revista iba a utilizar el término «romanista» y pedía por adelantado perdón a quienes se sintiesen ofendidos. Creía que ese término era el más adecuado para describir el Catolicismo Romano. Puede percibirse un dato cristológico favorito dentro de la ironía del siguiente comentario:
En verdad el calificativo correcto sería «Papista» desde que la autoridad papal es la distintiva. Pero por razones que cada uno puede proveer sin que las señalemos no les gusta el nombre. Cristo vivió pobre y sin eclat, sin embargo somos orgullosos de llamarnos cristianos, mientras que el Papa vive en esplendor, con ejército, séquito y palacio, y nadie quiere que se le llame «papista».17
Del trasfondo evangélico y pietista de su formación misionera Ritchie tenía una perspectiva conversionista del evangelio como llamado al arrepentimiento y la fe personal en Cristo y también una esperanza transformadora acerca del impacto que podría causar el Evangelio en la sociedad. De esa esperanza se alimentaba la militancia y el afán evangelizador llevado hasta el sacrificio. Así lo expresa en otro editorial de su revista en ocasión del año nuevo de 1912. Habiendo dedicado unas líneas a describir la situación nacional en el Perú, Ritchie expresaba luego:
En nuestro concepto la bendición más grande que puede venir al país sería un aumento poderoso de la influencia de Jesucristo, su ejemplo y su enseñanza entre todas las clases de la república...He aquí la mejor obra que puede emprender el patriota cristiano, llevar a sus compatriotas a Jesucristo. Al lado de ésta desciende a la insignificancia la fortuna, la posición social, la comodidad de la vida, y todo lo que queda a este lado de la tumba.18
El relato de Penzotti al igual que los escritos de Ritchie, ilustran bien lo que podemos llamar la teología del movimiento misionero inicial que trajo el protestantismo a América Latina y que ha sido identificada con gran precisión por el teólogo argentino José Míguez Bonino. En su libro Rostros del Protestantismo latinoamericano, Míguez plantea el resultado de su investigación en forma de tesis:
Y aquí mi tesis es que hacia 1916 el protestantismo misionero latinoamericano es básicamente «evangélico» según el modelo del evangelicalismo estadounidense del «segundo despertar»: individualista, cristológico-soteriológico en clave básicamente subjetiva, con énfasis en la santificación. Tiene un interés social genuino, que se expresa en la caridad y la ayuda mutua pero que carece de perspectiva estructural y política excepto en lo que toca a la defensa de su libertad y la lucha contra las discriminaciones; por lo tanto tiende a ser políticamente democrático y liberal pero sin sustentar tal opción en su fe ni hacerla parte integrante de su piedad.19
Esta Cristología del Protestantismo inicial se definía básicamente en los términos de la polémica contra el catolicismo, pero la observación de Mackay acerca del docetismo de la cultura ibérica llevaba el debate más atrás, al proceso de definición cristológica de los primeros siglos de la historia cristiana. Un elemento importante a tomar en cuenta es que esta Cristología se construía fundamentalmente sobre el dato bíblico y se comunicaba muchas veces como comentario al texto de los Evangelios y las Epístolas.
Cristología de la proclamación misionera a las élites
En contraste con Penzotti y Ritchie que se mueven, por así decirlo, a ras del suelo entre el pueblo latinoamericano, Juan A. Mackay concentra su atención en las élites. Crea un colegio en Lima al que trae como profesores a los jóvenes inquietos que había conocido en la Universidad de San Marcos, en la cual obtuvo su segundo doctorado y actuó luego como profesor. Ya se ha señalado el valioso análisis de la religiosidad latinoamericana ofrecido por Mackay en El otro Cristo español. En las últimas páginas de esa obra el filósofo misionero escocés trazaba un programa para la evangelización del continente, con una nota cristológica bien definida: «La suprema tarea religiosa que espera ser realizada en América Latina, es la de reinterpretar a Jesucristo ante pueblos que nunca lo han considerado en forma alguna significativa para el pensamiento o para la vida.»20 Mackay especifica bien algunos aspectos fundamentales del programa que le parece necesario y urgente:
El movimiento religioso que tenga porvenir en Sudamérica necesita saber discernir la significación de Jesús como «Cristo» y de Cristo como «Jesús» en relación con la vida y el pensamiento en su totalidad. Debe basarse en un mito que sea más que mito, la realidad histórica de la aproximación de Dios al hombre en Cristo Jesús, no sólo bajo la forma de la verdad para iluminación del ideal humano y del significado del universo, sino en forma de gracia para la redención y para equipar a los hombres para la realización del plan divino de las edades.21
Con estas palabras queda planteado lo que ha de ser un punto de tensión de la Cristología protestante en nuestro continente, y que no ha sido adecuadamente tratado todavía. Por un lado el anuncio de Jesús como modelo de humanidad y ejemplo de vida, como Maestro cuyas enseñanzas revelan el amor de Dios y el designio divino para la vida, es decir: «forma de la verdad para iluminación del ideal humano y del significado del universo». En Europa y Estados Unidos esta dimensión de la predicación acerca de Jesús era recalcada por el Protestantismo liberal y resultaba atractiva a los latinoamericanos inquietos de los medios intelectuales y estudiantiles. Pero por otro lado, como Mackay bien señala, los seres humanos necesitan «gracia para la redención y para equipar a los hombres para la realización del plan divino». Esta dimensión redentora, que recalca el poder de Dios disponible para el ser humano en el nombre de Jesucristo, es la nota distintiva de los misioneros evangélicos que anunciaban también la regeneración y demandaban la conversión.
El Maestro Jesús de Galilea
Durante seis años (1926-1932) Mackay residió en Montevideo y luego en México, y desde esas bases recorrió el continente como evangelista auspiciado por la Asociación Cristiana de Jóvenes. Había comenzado esa tarea años antes, cuando todavía trabajaba en Lima como director de su célebre «Colegio AngloPeruano». Sus informes misioneros demuestran que la apertura que encontró en la juventud y entre intelectuales inquietos lo convenció de la urgente necesidad de una renovación espiritual profunda que alcanzara a las élites latinoamericanas, y decidió dejar su tarea educativa y dedicarse por completo a viajar predicando y escribiendo. El libro Mas yo os digo… resume la cristología del mensaje que su autor había proclamado a cientos de auditorios juveniles por los caminos de América.22 El libro se concentraba en la personalidad de Jesús como Maestro y el autor decía en su prólogo:
A las personas sinceras y libres que deseen unirse a la búsqueda de Jesús y sus palabras, que nuestra generación ha intensificado, dedico esta obra modesta. No pretendo en ella hacer un retrato completo de la imponente figura del Galileo, ni ofrecer un estudio completo de sus enseñanzas. La tarea que me he propuesto es mucho más humilde. Quisiera dibujar aquel aspecto de su personalidad en que resalta el maestro por excelencia, introduciendo en seguida a mis lectores a algunas de aquellas parábolas maravillosas en que Aquél consignara algunos de sus más bellos y profundos pensamientos.23
La personalidad docente de Jesús
El primer capítulo del libro traza la personalidad docente del Maestro, y de esa manera nos aproximamos a esa «humanidad» de Jesús desconocida en América Latina. Al ir describiendo el estilo y el método pedagógico del Maestro, Mackay va trazando los rasgos de una persona concreta que se nos presenta como modelo de humanidad. En primer lugar destaca su autoridad moral: «Algo había en el porte del Maestro que imponía el respeto y obligaba la atención...La sensación de autoridad que Jesús comunicaba a sus oyentes se debía en parte indudablemente a esa cualidad tan misteriosa y difícil de analizar que llamamos personalidad».24
Aquí Mackay pone énfasis en la correspondencia perfecta entre las ideas y la persona del Maestro: «Lo que Él era iba ejerciendo paulatinamente tal influjo sobre los que le conocían que les resultaba lo más natural acatar sus enseñanzas». 25 La personalidad y las palabras de Jesús no eran sólo información frente a la cual se podía permanecer neutral sino que enfrentaba a las personas consigo mismas: «La reacción que el encuentro produzca marca siempre la hora decisiva en la historia del individuo, pues, ante la luz de la verdad desnuda no hay neutralidad posible».26
La cualidad que luego se destaca en Jesús es la de una simpatía imaginativa: «amaba las cosas y los hombres sintiéndose ligado por tiernos lazos a unas y otros».27 Mackay destaca esta simpatía de Jesús por lo concreto, por los pequeños, por la creación: «El Maestro leía constantemente el libro de las cosas, y el terruño palestino ha quedado inmortalizado en sus palabras. Él no pensaba abstracciones sino cosas. Era más bien el artista que sentía y retrataba la realidad, que no el filósofo que la analizaba y razonaba sobre ella»:28
De Jesús con mayor razón que de cualquiera podría decirse que «nada humano le era ajeno». Quizás sería más exacto decir de Él que «ningún humano le era ajeno», puesto que no pensaba en términos de rasgos humanos sino de almas humanas. Sin dejar de preocuparse por las muchedumbres en masa, se preocupaba especialmente por los individuos.29
Era evidente la sensibilidad de Jesús hacia los pobres y marginados, pero también hacia los ricos y poderosos, esclavizados por su riqueza o su apego al poder.
El método pedagógico de Jesús es analizado luego como revelador de su personalidad. La universalidad de su atractivo se relaciona con la sencillez de su enseñanza:
Como era su propósito que el alcance de sus enseñanzas fuese tan universal como la idea que la inspirara, hablaba en tal forma que no hubiera hombre, por humilde que fuese, que no la escuchara con agrado y con entendimiento. De allí que los Evangelios no han perdido nada de su fuerza ni encanto en los ochocientos idiomas aproximadamente a que se han traducido.30
Mackay asignaba importancia al hecho de que Jesús no hubiese sistematizado sus ideas, «dejándolas verdes y lozanas en el seno del tiempo como la naturaleza reposa en perpetua juventud en el seno del espacio, para que cada generación las ordenara para sí con igual entusiasmo y emoción».31 La capacidad de Jesús de adaptar sus ideas a las circunstancias de sus oyentes y de aunar la máxima claridad con la mayor brevedad era otra evidencia de su cercanía a las personas de toda clase y condición y su sentido del tiempo y la ocasión.
Los temas centrales de la enseñanza de Jesús
Al concentrar su presentación del mensaje de Jesús en una exposición de las parábolas, Mackay seleccionó temas centrales que le parecían pertinentes. En primer lugar el tema del Reino de Dios que para Jesús era «su concepto de lo que constituye la realidad suprema en la vida del individuo y en la historia de la sociedad».32 Aquí se examinan tres series de parábolas. La primera destaca la existencia de valores absolutos que confrontan al ser humano con opciones y decisiones de manera que en el contexto de nuestro tiempo puede entenderse así el Reino de Dios: «Significa la soberanía de Dios en todas las esferas de la vida humana, así individual como doméstica, como social e internacional, interpretándose concretamente esta soberanía en el sentido del acatamiento de Cristo como Señor de la vida, y de la aplicación de sus enseñanzas a todos los problemas de aquélla». 33
La segunda serie examina la manifestación del Reino en la historia, la idea de crecimiento del Reino a partir de lo pequeño o aparentemente insignificante, como el grano de mostaza que va germinando. La tercera serie examina la idea de «fermentos», especialmente el fermento moral con sus posibilidades de transformación del mundo:
Así que llegamos a la conclusión de que la fermentación moral en su más alta potencia se produce por el afecto inspirado por un amigo superior. Ernesto Renán dijo que fue el Cristo de San Lucas el que conquistó al mundo. Lucas es el escritor que supo presentar al Cristo amigo de los publicanos y pecadores. Y el cristianismo ha alcanzado grandes triunfos morales a lo largo de los siglos en la proporción en que Cristo mismo se ha presentado como el eterno amante de las almas.34
El segundo gran tema es el del amor de Dios, es decir que Jesús tenía un concepto «del amor sin límites como expresión de lo que Dios es y de lo que el hombre debe ser».35 Este tema también es examinado en tres series de parábolas a cada una de las cuales se dedica un capítulo.
Para Jesús el amor de Dios no se reduce a la benignidad general; es una cualidad que individualiza. Dios no se limita a amar al hombre, en el sentido de la raza; ama a hombres, y a éstos no los ama a causa de sus buenas cualidades, sino a pesar de sus malas cualidades. Tal amor es mucho más que sentimiento; es un principio activo, que se preocupa, que busca, que redime, que salva, que restaura, sea lo que fuere la palabra que se emplee para designar la verdad suprema que, tras de la tenue cortina de las apariencias, hay Uno cuya actividad amorosa se siente de modo efectivo en la experiencia de los hombres.36
El tercer tema que Mackay encara en otras tres series de parábolas es el que apunta al meollo ético de la enseñanza de Jesús: «Su concepto de los principios de justicia que constituyen la economía moral del universo».37 Recordemos que la falta de relación entre religiosidad y ética era una preocupación fundamental de la crítica protestante al catolicismo latinoamericano. Lo notable de la cristología de Mackay es que no entra en la cuestión ética sin haber examinado primero el campo teológico más amplio, en los dos temas que señalábamos en los párrafos anteriores. Con ello sienta un principio que la cristología evangélica de hoy nunca debiera olvidar, porque no se puede demandar una ética cristiana a un pueblo que desconoce el poder redentor de Jesucristo. Por ello los evangélicos no parten a priori de la afirmación de que América Latina sea ya un continente cristiano. En este punto expresan un contraste abierto con los teólogos católicorromanos. Comentando la parábola del Buen Samaritano, Mackay concluía:
Hace falta algo más para que se traduzca el espíritu del Buen Samaritano en la filantropía que requiere una época que tiene a su zaga cerca de veinte siglos de cristianismo. No basta la caridad esporádica, ni aun la caridad sistemática, para el alivio del sufrimiento; corresponde ante todo a los buenos samaritanos de hoy manifestar su pasión humana en forma que contribuya a que desaparezcan las causas evitables del sufrimiento. He aquí una caridad mucho más difícil, más complicada y prosaica que el auxilio directo a favor de los necesitados. Muy necesario será siempre disponer de aceite y vino que cicatricen heridas y de brazos que carguen con infortunados caminantes, pero más necesaria aun es la caridad que estudie el problema que ofrecen las crueles manos que hieren y la insensibilidad de aquellos capaces de presenciar el dolor humano sin sentir responsabilidad alguna.38
Al igual que otros misioneros evangélicos, Mackay traía una visión pietista, atenta a la conversión personal y al cultivo de la relación con Dios en una vida de piedad disciplinada. Pero el trasfondo reformado de Mackay lo llevaba más allá, a formular la necesidad de una ética social de manera que los discípulos del maestro no se limitaran a servir a las víctimas de la injusticia sino a corregir las estructuras injustas. Ese era el Cristo Salvador y Señor que Mackay proclamaba a las juventudes universitarias allá por la tercera década del siglo veinte, cuarenta años antes de que empezara a avizorarse la posibilidad de un redescubrimiento del Cristo de las Escrituras y una teología de la liberación. Años más tarde en su comentario a la Epístola a los Efesios, Mackay desarrolló su Cristología con las notas escatológicas de la visión paulina que enriquecían toda una visión de la historia en la que se advertía «el orden de Dios y el desorden humano».
Así la Cristología del Protestantismo inicial representa una corriente de agua fresca en medio del desierto que reinaba en la vida religiosa y espiritual del continente a comienzos del siglo veinte. Todos los aportes posteriores que consideraremos no hubiesen sido posibles sin esta labor pionera de los fundadores de iglesias que se expresaron en un lenguaje pastoral sencillo como Penzotti y Ritchie, o los teólogos evangelistas que como Mackay hicieron resonar el Evangelio de Jesucristo en el mundo estudiantil y en los círculos culturales de iberoamericanos.
El Congreso Evangélico Hispanoamericano de la Habana
Un indicador del avance evangélico en Iberoamérica fue el Congreso que se realizó en La Habana del 20 al 30 de junio de 1929. Era la tercera reunión continental luego de la primera que se había celebrado en Panamá en 1916, y la segunda que se había realizado en Montevideo en 1925. En la secuencia de estas reuniones se había dado una progresiva latinoamericanización del Protestantismo. En los tres casos el Comité de Cooperación en América Latina fue auspiciador pero mientras en Panamá la iniciativa era de las agencias misioneras de habla inglesa y las reuniones fueron en inglés, en Montevideo el encuentro fue bilingüe y en La Habana se realizó en castellano. En La Habana hubo 169 delegados que representaban a 13 países; 86 eran latinoamericanos, 44 eran misioneros y hubo 39 representantes de juntas y especialistas. Como lo dice Gonzalo Báez-Camargo, el cronista del evento: «El de la Habana fue un congreso organizado y dirigido por latinoamericanos. Desde el comienzo de los trabajos de organización, durante las sesiones y hasta su clausura los evangélicos de Estados Unidos dejaron la responsabilidad de la dirección en hombros de los latinoamericanos».39 Era una señal de que ya había un protestantismo latinoamericano vigoroso de modo que Alberto Rembao podía decir unos años más tarde: «Hay ya un protestantismo criollo por contraste con el protestantismo ‘exótico’ congregado en torno a misioneros de afuera como hace cincuenta años… el hecho cultural religioso, palpable y tangible es que ya se es protestante en español. El mensaje ya brota del suelo…»40
De entrada el Congreso ofreció un «Panorama religioso de Hispanoamérica» que tiene notas polémicas vigorosas y se construye en diálogo con intelectuales destacados como el argentino Ricardo Rojas, la chilena Gabriela Mistral, el peruano Manuel González Prada, entre otros. Así la generación protestante que participa en el Congreso va alcanzando también madurez teológica al estar en condiciones de entender las corrientes renovadoras de su propia cultura latinoamericana. Si bien Hispanoamérica puede parecer a los ojos de un observador distraído como profunda y totalmente católica, «una mirada atenta descubre, a poco ahondar, la complejidad del fenómeno religioso». Dice el informe, «Las masas practican una religión extraña que quiere ser católica del tipo tradicional, pero en la que realmente se involucran con brumosas ideas cristianas, conceptos paganos y prácticas fetichistas».41 Por otra parte, «Por lo que toca a la aristocracia y a los ‘católicos ilustrados’, profesan la religión por conveniencia social, como timbre de distinción, como algo indispensable para dar mayor suntuosidad y notoriedad a las grandes ocasiones de la vida: bautizo, primera comunión, matrimonio, defunción…»42
Hay también referencia a las dimensiones festivas multitudinarias de la religión popular, y a la intolerancia de la Iglesia Católica frente a la presencia protestante: «Las multitudes católicas viran constantemente su entusiasmo religioso hacia el hedonismo práctico de las festividades y las rispideces del fanatismo. Para exaltar su fervor, necesitan apelar a los sedimentos subconscientes del odio hacia los que no piensan como ellos».43 El tema de la falta de una dimensión ética en la práctica religiosa es otra nota que se señala: «Por lo que hace a la moral, hemos vivido y seguimos viviendo en un pagano divorcio entre el rito y la conducta. La religión se aprueba y se practica como sistema de formas externas, pero no invade las esferas de la vida como inspiración de la conducta individual y social».44
Al explorar las causas de la situación religiosa se analiza el papel que juega la Iglesia Católica Romana en las sociedades latinoamericanas y se señala en ella «un dogmatismo sin resquicios para el pensamiento individual» que lleva a las mentes inquietas al agnosticismo, y «el retraimiento de la Iglesia de las necesidades sociales y espirituales de nuestros pueblos». El diagnóstico es agudo y coincide con el que décadas más tarde sería planteado por los propios teólogos católicos:
La Iglesia interpretó el Reino de los Cielos como un estado de bienaventuranza en el más allá, y no como el reinado de la caridad, de la fraternidad y de la justicia en este mismo mundo terreno en que vivimos. Y mientras predicaba a los infelices y oprimidos la resignación y la esperanza, se olvidó de predicar la justicia y el amor a los amos despiadados y a los capitalistas negreros, y no hizo nada efectivo para mejorar la situación social y para dirigir una sabia evolución hacia la liberación de las masas esclavizadas.45
El Congreso y el Cristo viviente
En el Congreso hubo una fuerte nota cristológica que aparece en el informe de manera explícita, en la sección «El Congreso y el Cristo viviente»:
¿Y qué lugar ocupó Cristo en el Congreso? Esta es la piedra de toque por excelencia para valorizar debidamente la significación de una reunión como aquella. Individual y colectivamente, las vidas y las ocasiones más fructíferas son aquellas cuyo centro es Jesús, así que nos basta averiguar la posición relativa del Crucificado en una iglesia, comunidad o asamblea representativa, cual la de La Habana para apreciar su potencialidad y augurar los resultados.46
El informe señala que hubo ciertos temores de que «algunas corrientes disolventes del pensamiento religioso moderno» tuviesen influencia sobre su desarrollo, lo cual hubiera conducido a «que presidiese nuestras deliberaciones y acuerdos un Cristo desfigurado e impotente». Luego de algunos debates «se vio que todos estábamos a las plantas del Cristo viviente de los Evangelios, diciéndole como Pedro en ocasión memorable: ‘Señor ¿a quién iremos? Sólo tú tienes palabras de vida eterna’».47 Hay también referencia al ambiente de piedad predominante: «Diariamente, en la hora devocional, no hacíamos más que buscar la fuerza y la inspiración para nuestras tareas, en la comunión con Cristo». Luego, al finalizar cada día, «en la última hora de meditación, cada uno de los que nos dirigieron se esforzaron por hacernos sentir la presencia de este Cristo Eterno de nuestra fe».48




