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A partir de ahí, mucha gente nueva fue ingresando a su vida. Nuevas luces, nuevos corazones, nuevos caminos que se abrían para Joan, mientras Gael se quedaba en su casa, relegado, resurgiendo solo en los momentos de la más absoluta soledad e intimidad. Se hacía notar, por ejemplo, a las noches, evocando al niño que se sentaba en la ventana, se asomaba a dialogar con el infinito en un idioma que solo de lágrimas silenciosas comprendía, guardando desde siempre ese vacío, ese anhelo de algo que muy íntimamente sabía que jamás iba a lograr alcanzar.
El Joan de la parroquia fue logrando confiar en sí mismo. Los afectos que iba sumando a su juventud eran genuinos. Esta gente era de la que tantas veces Dios le había hablado aquellos domingos de niñez, cuando iba a misa.
Un día se animó a avanzar otro paso más y se comprometió a ser formador de los chicos más chicos. A partir de entonces sería delegado del grupo de niños de entre diez y doce años. La Acción Católica era una gran responsabilidad que llevaba de la mano un gran compromiso con los niños, sus padres, consigo mismo, pero fundamentalmente con Dios, ese Dios que lo estaba permitía hacer tantas cosas por los demás.
Sentía la necesidad de hacer mucho más, y fue entonces que formó un pequeño coro para hacer las canciones de la misa. De paso, podía expresar su amor y agradecimiento por tantas bendiciones recibidas.
Joan ya tenía su identidad bien fundada. Era importante entre la gente de la parroquia, no tanto por lo que él era, sino por lo que hacía. El coro le daba otro tono a las misas, la gente participaba con más entusiasmo. Los grupos empezaron a cobrar vida, se organizaron misiones para Navidad, para visitar ancianos. Comenzaron los campamentos de verano y también de invierno. Mucho trabajo, mucha siembra y cosecha de cosas buenas. Florecieron muchos grupos. La parroquia se había levantado para ser luz. Joan seguía dando y recibiendo. El amor era una simbiosis que alimentaba el corazón y las ganas de seguir indagando en este mundo tan intangible y a la vez concreto de la entrega incondicional.
Mientras tanto, Joan ganaba terreno en el campo de la fe sintiéndose seguro y animado entre la gente de la parroquia.
En la escuela seguía siendo casi un ente, ya que su amigo Álvaro se había ido a terminar el secundario en otra institución y sus pares estaban en otra cosa. Si bien era un colegio religioso, los chicos salían, se emborrachaban, frecuentaban lugares bastante oscuros con esa soltura y desparpajo que bajo ningún punto de vista tenía lugar en la cabeza de Joan. Definitivamente, la vida nocturna no era lo suyo. Si bien intelectualmente no era el mejor alumno del curso, siempre fue un excelente alumno. Jamás se llevó materias a rendir y eso lo tranquilizaba un poco. El rótulo de inteligente ya no era tal. La idea de no ser el mejor del curso ya no masajeaba su ego, al menos de manera consciente, aunque muy íntimamente se sentía en falta con su orgullo. Sin embargo, esa falencia encontraba consuelo en aquellas actividades que le hacían llegar el alma al cielo.
Paralelamente y en un rincón de su misma existencia, Gael se iba diluyendo entre las actividades de Joan hasta que solo llegó a existir en el seno familiar y con algunas personas no tan frecuentes en las páginas de su historia, la cual aparentemente y según los acontecimientos venideros, lo dejaría ser tan solo un recuerdo o un mero referente de aquel que fue o pudo llegar a ser.
¿Había llegado el momento de dejar a Gael en el pasado? ¿Sería factible que Joan al fin fuera el único protagonista de su propia vida?
UN ANGEL TERRENAL LLEGÓ
La vida estaba coloreando los días de Joan con diferentes matices, vivencias, experiencias y aprendizajes. Además, le daba la posibilidad de enriquecerse poniendo en su camino a personas muy especiales, con luz propia. Tal fue el caso de este ángel terrenal que encontró en Antón, hermoso por fuera y por dentro: un poco genio, un poco loco. Tenía mirada limpia, corazón gigante y generoso. Estaba entregado al amor y a los amigos. Una creatividad deslumbrante, una vitalidad que arrasaba, un ser de luz.
Todo fue mágico desde el primer instante. Sí, sí: mágico.
Esa noche de reunión, cuando estaban organizando el Festival de la Canción, nació esta amistad tan profunda y única como jamás hubo otra en sus vidas. Esos espíritus tenían en común mucho más de lo que imaginaban y necesitaban. Se produjo entre sus almas un ensamble perfecto. Eran perfectamente compatibles. A partir de ahí, sus vidas habían cambiado para siempre.
Cada actividad sugerida implicaba que esta dupla estuviera siempre junta. Y si no había nada sugerido, ellos mismos buscaban estar juntos compartiendo los días. Charlas interminables, caminatas infinitas, secretos muy profundos, tristezas y alegrías. A todos lados iban de a dos. No se podía concebir verlos separados. Compartían sus secretos, eran sus confidentes: los mejores amigos.
Sin embargo, había un secreto muy profundo que ninguno de los dos se animaba a compartir. A pesar de todo, ellos seguían siempre juntos. Era como que se necesitaban para sentirse completos y contenidos.
Fueron pasando los años y en sus corazones ambos compartían un enorme sentimiento. La eterna lucha del ser y el deber ser. Ninguno de los dos decía nada. El respeto era un enorme muro de silencio. Había implícito un incondicional sentimiento de entrega y de pertenencia: un pacto de lealtad.
El temor a perderse era la sensación que los mantenía cada vez más unidos, aunque la culpa imponía la distancia: “De eso no se habla”, “Eso no se hace”, y muchas otras frases daban vueltas y vueltas en sus cabezas, pero más allá de decir o hacer, cada uno sentía y atesoraba el secreto más profundo y más valioso: un amor puro que permaneció intacto sin que nada ni nadie pudiera cambiar jamás.
De aquí en adelante, ni tiempo, ni distancia, ni realidades diferentes: solo un sentimiento que brillaba intensamente, que les daba alas a esas almas para elevarlas hasta donde ni siquiera el cielo fuera el techo. Llevaba esas almas a la plenitud y la certeza de que el motor impulsor de sus vidas era el amor.
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