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—¿Lo ves?
—¡Con toda claridad! —respondió ella terminando de secar un vaso con una franela.
—El mundo se ha desquiciado.
El vodka de su vaso desapareció tras otro trago y ella volvió a llenar el vaso. Mientras lo hacía sus miradas se cruzaron. A ella, habituada a ganarse la vida tras una barra, le gustaban los tipos duros y Juan, a pesar de ser un poli, era también una persona reservada, educada, hasta algo lacónica. Eso le confería aún mayor atractivo a su persona. Al menos eso pensaba ella.
También Juan sentía aquella fuerza gravitatoria que dirigía su atención hacia ella. Era más joven que él, por lo menos diez años menor, pero veía en ella la fuerza de una mujer que se abre camino por la vida a golpe de forzar el destino a su propio modo. Ella nunca se había casado, una vez había estado a punto, pero las cosas habían salido mal al grado de hacerle perder la ilusión de estar atada a alguien de por vida. Había perdido la fe en el sexo opuesto hasta que conoció a Juan que, de repente, había vuelto a sembrar en ella la ilusión de encontrar a alguien honesto, simpático y serio, pero sobre todo, a alguien interesante.
Una vez que terminó su tercer vodka, Juan se levantó dejando un billete sobre la barra. El día no había ido del todo bien. El último crimen lo había sumido en un estado de impaciencia. Aquel fragmento de la canción que se repetía una y otra vez había sido un claro reto lanzado hacia su persona, y eso le había crispado los nervios. Eso y la incapacidad de recordar aquel rostro salpicado con su propia sangre.
—Sabes que no es necesario —le soltó ella mirando el billete que había dejado él. Ella se sentía protegida cada vez que él se presentaba y no había forma de agradecerle eso sino invitándole un par de copas.
Juan hizo caso omiso de su comentario y, a pesar de querer soltarle una sonrisa, esta quedó reprimida bajo una mueca de satisfacción por el trato que le brindaba aquella mujer.
—Gracias, Marcela —se limitó a decir.
Dio media vuelta, tomó su chamarra y desapareció por aquella puerta del mismo modo que había aparecido casi una hora antes. Los mismos comensales que le habían puesto los ojos encima al entrar al bar, lo siguieron con la mirada hasta que dejó el lugar. Un policía siempre era un poli a leguas y eso incomodaba a mucha gente al igual que hacía sentir protegida a otra.
Pero era tarde y Juan Guadarrama debía ir a casa a luchar con el insomnio.
6
Antonio había quedado profundamente noqueado por el whiskey.
Llevaba varias horas dormido y casi estaba a punto de despuntar el alba cuando sintió que unos labios se abrazaban a su cuello. Al momento en que cayó en la cuenta de que la entrepierna de ella rozaba su cadera, ya estaba totalmente rígido. Olivia, sin despegar sus labios del cuello de Antonio, acarició varias veces su miembro antes de colocarse encima y comenzar a moverse de arriba abajo frenéticamente. Él supo entonces que no había mejor forma de despertar y, siguiendo el ritmo impuesto por ella, le devolvió todos los besos con los que antes le había despertado.
Así estuvieron varios minutos hasta que el movimiento se intensificó, así como el calor que emanaban los cuerpos desnudos hasta que ambos se entregaron a una explosión de placer antes de quedar tendidos sobre el frescor de la sábanas de seda, tratando de recuperar el aliento uno al lado de otro.
Luego de unos minutos más Antonio se volvió a quedar dormido. Al cabo de unos minutos, no supo bien cómo pero el lejano caer de las gotas de la regadera lo sumieron en un estado de laxitud tal que, a pesar de sus ganas de seguir recostado, disfrutando de esa calma que precede al sexo, pudo más del deseo de sumarse a ella en una agradable ducha.
—¿Se puede? —se limitó a preguntar. Era evidente que se refería al si podía entrar en la ducha con ella.
—Siempre has podido.
Entonces los labios de Olivia buscaron los de él y ambos se entregaron a un largo beso a la vez que sus manos recorrían las formas de sus cuerpos. Cinturas, espaldas, hombros, rostros; todo pareció de pronto ser la vía de paso para aquellas cuatro ávidas manos que parecían reconocer algo olvidado hacía ya mucho tiempo.
—Te amo —dijo una voz ronca y el sonido reverberó a lo largo de los muros que componían la regadera y la puerta de cristal templado completamente empañada por el vapor de agua.
No hubo respuesta.
Al menos no la respuesta verbal que se esperaba Antonio. Sino que, una vez más, los dos se entregaron al placer de sus cuerpos antes de que una nueva explosión de placer volviera a sorprenderlos en la ducha.
—Me apetece ir al cine —señaló Olivia mientras se servía más jugo de naranja.
Eran las 8.00 de la mañana y se encontraban desayunando junto a la terraza. Él disfrutaba de la vista que proporcionaba la altura de su penthouse mientras planeaba mentalmente las actividades que tendrían lugar en su día.
Olivia se entretenía con el periódico local. Su mente volaba a través de otro tipo de intereses. A pesar de tener todavía presente la sensación de saciedad sexual a la que se había entregado hacía poco menos de una hora por segunda vez durante aquella mañana, aún podía sentir la sensación de placer de la noche anterior.
No se trató de un placer libidinal. Era otra cosa. Un placer relacionado con una creciente sensación de poder. El poder de decidir quién vivía y quién moría, y de que ella fuera la poseedora de la única y especial razón por la que el dedo índice de su mano derecha decidiera arrebatar una vida o dejar viva a la persona frente a su Glock calibre 45, negra mate.
Ese era su secreto. La fuente de un placer completamente distinto al que acababa de experimentar con Antonio y que le gustaba casi tanto como el sexo, o quizá aún más.
—¿Alguna película en particular? —inquirió él.
—Me da igual, solo quiero ir al cine. Quiero oler a lo que huele el cine: el olor de palomitas de maíz impregnado en sus alfombras; a la mezcla de olores que provocan todas las golosinas que se venden ahí. El cine tiene uno de los olores más peculiares que puedo recordar, y ese olor me lleva siempre a mi infancia.
—¿A tu infancia?
—A cuando era feliz. A cuando nada me importaba lo suficiente para hacerme daño.
Antonio desvió la vista del gran vitral que daba a la terraza y la clavó en los bellos ojos de ella, como esperando una explicación de a lo que se refería. Ella levantó la mirada más allá de su periódico y sus ojos se encontraron con los de Antonio, que aguardaban pacientemente.
—Me refiero a otro tipo de felicidad. ¡Claro que soy feliz contigo!
—Y yo…
De momento esas palabras parecieron suficientes para apaciguar los nervios de Antonio pues de nuevo volvió a poner su mirada en la lejanía, sobre la ciudad que, despertando de su letargo, parecía esperarlo a iniciar sus actividades diarias.
Olivia se entregó de nuevo a la lectura de un periódico que leía de manera superficial mientras su mente volvía a la noche anterior. Entonces en la comisura de sus labios se dibujó una tenue línea. Algo muy parecido a una tímida sonrisa que va ganando terreno en el rostro.
No obstante, la mente de Antonio también se desviaba de su propósito matutino para recordar el horror que le había provocado conocer el secreto de la mujer que tanto amaba. Y el horror radicaba precisamente en que, a partir de aquel momento, se había abierto una brecha en su relación con Olivia. Una brecha inconmensurable.
Para él se abría lentamente la posibilidad de que los separasen, si alguna vez daban con ella como el artífice de tan atroz crimen. Y eso era lo que lo aterraba tanto: perderla. Perder lo único que daba algo de sentido a su vida pese al creciente éxito de sus negocios.
7
Cuando despertó por la mañana, Juan sintió un fuerte dolor de cabeza. Era el dolor que indicaba las horas de sueño perdido, como si se tratara de una resaca. No una resaca por el vodka que había ingerido. Era el insomnio que se metía con él cada noche en la cama. Que le abrazaba. Que le acompañaba casi hasta que despuntaba el alba.
Demasiadas cosas habían salido mal durante su vida y esas cosas eran como una película que se reproducía durante cada noche en la gran pantalla que era su mente.
Siempre la misma película. Siempre las mismas razones por las cuales lamentarse. Revolcarse de un lado a otro sin poder dormir. Siempre la misma vocecilla de su consciencia narrando, describiendo cada escena, reproduciendo cada diálogo, creando un incansable eco en su cabeza.
Así era su insomnio.
Sabía que cada quién tenía el suyo.
Su particular película para no dormir.
Pero durante el día todo era diferente. Las actividades diarias y demás deberes absorbían la fuerza con las que aquella película golpeaba sus recuerdos, hurgaba entre ellos y violaba su propia confidencialidad y secretismo. Su modo de haber vivido lo que vivió. La forma en que cada decisión lo hizo sufrir y decayó su ánimo hasta el abatimiento. Pero no había marcha atrás.
¡Nunca había marcha atrás!
Él, como agente de la Ley, como detective, lo sabía demasiado bien.
Una punzada de dolor golpeó su nuca cuando corrió las cortinas del cuartucho que tenía por hogar.
—¡Maldición! —soltó casi por puro hábito cuando la luz invadió sus pupilas con violencia.
Luego se dirigió al cuarto de baño y abrió la llave. El agua salió de la regadera y, resignado, tuvo que bañarse con un chorro de agua que prometía calentarse pero que nunca llegó a cumplir esa promesa.
No había mucha ropa en el armario del cuartucho de la pensión. La mayoría la había dejado en casa y, a sabiendas de que su ex esposa lo mortificaría con una letanía de acusaciones sin sentido (o con demasiado sentido), prefería combinar, enfadado, las pocas ropas que poseía.
—Te estás poniendo viejo, Juan, y lo sabes perfectamente —se recriminó.
Acabó de vestirse y salió de su pocilga rumbo a su potente coche.
Faltaban unos minutos para que entrara a trabajar, menos mal que tenía un ocho cilindros, pensó esbozando una sonrisa para sus adentros.
Nada como un motor ocho cilindros para rejuvenecer un poco.
No obstante, lamentó su soledad. La soledad también era como un recordatorio de que las decisiones tomadas a lo largo de su vida habían sido erradas o, simplemente, que no habían sido las mejores porque, en algún universo paralelo, seguramente existía un escenario distinto: un Juan alegre con otra suerte y con otra vida también. Quizá con un matrimonio todavía efervescente de cariño y con una hija cariñosa, atenta al mismo tiempo por las preocupaciones de su padre.
Sí, quizá, pensó Juan al pisar el acelerador con fuerza, acallando con el rugido del motor, el sonido que provocaba el choque de sus ideas en su mente.
Veinte minutos después estaba afuera de la comandancia de policía.
Con el viejo maletín bajo el brazo derecho y la sobaquera ajustada sobre el costillar izquierdo, Juan entró al edificio y se dispuso a subir las escaleras que conducían a su oficina. El jefe no había llegado todavía.
«Uno de los privilegios de ser el jefe», se dijo Juan para sus adentros dejándose caer en la silla de su escritorio para comenzar a estudiar los detalles de su joven y turbio caso.
Abrió la carpeta y se dio cuenta de que aquellos ojos parecían hablarle a través de la fotografía de la víctima.
¿Ya los había visto antes o su cerebro le gastaba otra de las muchas confabulaciones entre el recuerdo y la imaginación que tantas otras veces había tenido que desechar a lo largo de su carrera?, se preguntó.
Todo se limitaba a eso: darse cuenta de cuál era un dato estéril o incierto para la investigación y cuál un hallazgo con cierto valor veritativo mediante el cual se pudiera echar algo de luz sobre el problema, para no casarse con una pista falsa que lo llevaría por el camino de la subjetividad y de los prejuicios personales.
Pero los gajes del oficio eran los gajes del oficio y nadie, por experimentado que fuese, estaba exento de dar un tropezón. Desgraciadamente, la policía cada vez era menos competente. Ni la vieja escuela ni la verdadera vocación como oficial de policía parecían existir. Ahora todo se reducía a la necesidad de ganarse la vida, mezclada con la mediocridad de no saber hacer algo más. Necesidad económica en el eje de las equis e ignorancia en el eje de las yes. A eso se reducía el plano cartesiano de las filas policiacas.
Juan lo lamentó.
Quizá él mismo pertenecía a una generación que, evidentemente, había encausado aquel perfil hacia las nuevas generaciones, porque nada había de generación en generación que fuera accidental, azaroso y que quedara fuera del efecto dominó entre ellas. No había una ruptura total ni un punto de inflexión evidente ni un hecho aislado.
No, todo era el resultado de una cadena de eventos. De una larga fila de causas y efectos que demeritaban el trabajo actual de la comandancia de la policía no solo de aquella ciudad, sino de muchas otras ciudades alrededor de todo el país.
Luego estaba la corrupción. Esa misma corrupción que era como el cáncer que acababa con todos los sistemas e instituciones desde dentro. Desde las mismas vísceras que entrañaban (o más bien dicho, entrañaron) los ideales sobre las que ellas mismas se erigían orgullosas. ¡Ineficaces y orgullosas!
Así, con esa misma disposición de ánimo, Juan comenzaba con mayor frecuencia sus actividades y deberes diarios. Estaba perdiendo poco a poco la esperanza que una vez lo impulsó a ser un agente del orden y de la seguridad. Incluso resopló con fuerza a través de las aletas de su nariz mientras cambiaba la hoja del expediente de su más reciente caso sin vislumbrar siquiera lo posibilidad de que también pudiera ser el último. Una posibilidad bastante latente en alguien como él.
8
¿Cómo evitar las atrocidades de Olivia, su pareja, el amor de su vida?
Antonio se lo preguntaba una y otra vez por las mañanas cuando despertaba o por las noches cuando se iba a la cama. Se sentía atrapado en una prisión de silencio y eso le dolía, como si las palabras que no podía articular le abrasaran en su interior, desde la boca del estómago hasta la punta de la lengua.
También estaba aterrado. Ella había perdido la razón. Se había convertido en una quimera imposible; implacable.
¿Tanto odio había acumulado con el tiempo?, se preguntó a sí mismo. Luego le preguntó a ella:
—¿Regresarás para comer?
—No lo creo —respondió Olivia sin quitar la vista del periódico que sostenía entre sus menudos dedos con delicadeza—, me ha llamado Alejandra y me ha pedido que me pase por su casa. Lo más seguro es que coma ahí mismo.
—¿Qué pasa con Alejandra?
—Es solo que hace mucho que no nos vemos y ya ves cómo se pone de delicada cuando pasa mucho tiempo sin hablar conmigo.
—Entonces, ¿te veo en la noche?
Ella ya no respondió. No le gustaba que le inquirieran con una ráfaga de preguntas intrascendentes. Eso no era libertad, pensaba cada vez que algo así pasaba. ¡Y ella era libre! Libre como un ave; peligrosa y libre como un halcón o una águila de ésas que solía ver en algún documental de algún canal de la bbc.
Ante su mutismo, Antonio dio media vuelta, desapareciendo a través del umbral de la puerta en dirección al ascensor. Una punzada de angustia recorrió su médula. Sabía bien que Alejandra no estaba en la ciudad. Su marido le había dicho que estarían de visita en Argentina durante un mes. Una de las mejores amigas del marido de Alejandra se casaba allá y se lo había dicho cuando se encontró con él un día mientras hacía la compra en el supermercado.
Que hubiera mentido solo podía indicar una cosa: que sentía de nuevo aquella profusa sed que parecía cada vez más insaciable en ella. Una sed por vengar la sombra de un pasado que la acosaba cada vez con mayor frecuencia.
Antonio llegó al estacionamiento y abrió el seguro de su Mercedes-Benz gris desde la distancia. Se subió, encendió el motor y esperó un par de minutos a que el motor se calentara. Sujetaba el volante con fuerza, tanto, que sus nudillos se habían tornado blancos. Pensaba una y otra vez en qué podía hacer para entender la enfermedad que infectaba los pensamientos de la mujer que tanto amaba.
La puerta automática de estacionamiento se abrió y Antonio salió de ahí a gran velocidad. Ya había perdido el apetito por los deberes que estaba a punto de realizar. Debía repasar algunas cuentas de sus negocios para ver que todo estuviera en orden. Era ya parte de su rutina y no lo hacía porque desconfiara de sus empleados sino porque en realidad gozaba de mucho tiempo libre y se aburría.
Era cierto que era rico, pero también estaba atado de modo indefectible a sus negocios. No podía simplemente ir a pasear a la Toscana para tomar el sol veraniego bebiendo un café negro por las mañanas. No, él sentía que estaba brincando de una prisión a otra. Cuando no era el dinero, era el miedo que comenzaba a crecer en su interior debido a la posibilidad de perder a Olivia para siempre.
Al menos era un escenario que se estaba gestando en algún punto de un futuro que aún no llegaba, pero que estaba ahí, acechando a la espera de convertirse en su presente. De dejar de ser una posibilidad para convertirse, irremediablemente, en un hecho. En un hecho lamentable.
9
La carpeta con los detalles del último crimen estaba abierta frente a Juan.
Este se acomodó en el asiento a la vez que devoraba las palabras escritas en aquel oficio. Las fotografías eran horripilantes: agujeros en toda la zona torácica sobre aquel cuerpo sin vida. Gotas de sangre regadas por toda la habitación, y el suelo. El catre ennegrecido por la sangre ya oxidada de la víctima. Sin embargo, la víctima no encajaba del todo con aquel escenario. Sus vestiduras parecían demasiado formales para vivir en aquel cuchitril. Se trataba de un cuartucho con nada más que un catre en él y un viejo tornamesa.
¿Qué podía significar aquello?
Nada tenía sentido hasta el momento.
Los ojos de la víctima estaban muy abiertos. Sin duda indicaban sorpresa, pero no se trataba de la sorpresa habitual de verse de pronto frente a una muerte segura. No, era la típica mirada de una víctima que conoce a su agresor.
¿Eso era lo que querían decir aquellos ojos que indicaban tal sorpresa?, se preguntó dubitativo.
La investigación de un crimen siempre resultó estimulante para Juan. No obstante, con los años, con una vida personal arruinada, con una hermosa hija a la que ya nunca veía, aquel estímulo comenzaba a tornarse en fastidio. Recordó las muchas ocasiones en la que llegaba a casa a comer o por lo noche a cenar y comentaba con su esposa e hija sobre alguna investigación en curso. Recordó también cómo solían abrir los ojos al máximo al escuchar a cerca de cierto modus operandi en concreto o sobre algún detalle mórbido disfrazado con algún eufemismo. Aquello le gustaba. Le motivaba porque notaba cómo lo escuchaban con atención, dándole la importancia que merecía su trabajo. A su vocación.
Sin embargo, ahora ya no tenía con quién compartir aquello a lo que se dedicaba con cada vez menor fascinación. Ya no había catarsis mediante la cual pudiera desahogar sus frustraciones o incluso cambiar la perspectiva con la que miraba cierto indicio relacionado con un crimen, gracias a la retroalimentación de su esposa o su hija que apenas entraba en la adolescencia pero que debido a él ya había estado bastante habituada con la psicología criminal para entonces, debido a las múltiples lecciones de su padre mientras hablaba de su trabajo.
¿Cuándo se había ido todo a la mierda?, se preguntó Juan para sus adentros mientras sus ojos sostenían la frívola mirada a la víctima de la fotografía.
Con la familiaridad con la que veía a aquel rostro inerte, ensombrecido por la prematura muerte, de pronto su mente volvió a viajar hacia tiempos pretéritos. La nostalgia se conjugó con la frustración al no poder dar con el recuerdo exacto de aquella persona que miraba en la fotografía con tanto detenimiento.
Cerró la carpeta bruscamente y se levantó de su silla para servirse el café barato de una de las máquinas de la oficina.
Una vez que sirvió el café dio media vuelta y, de pie, tal cual estaba, sus labios abrazaron el borde de la taza para saborear la baja calidad de la bebida a la vez que sus ojos se posaban en una gran torre de carpetas en su escritorio. Toda ellas estaban llenas de crímenes, de asesinatos todavía sin resolver. Era probable que así permanecieran, en aquella oscuridad que representaba la ignorancia, el enigma, lo incompleto e inacabado; lo irresoluto del día a día. Pero algo en el nuevo caso le llamaba con el mayor de los silencios, gritándole que entrara en ese juego del gato y el ratón con el desconocido asesino. Aquel rostro anónimo, hasta el momento, lo invitaba a desvelar la verdad. Y en verdad era curioso porque durante los últimos crímenes en los que había estado trabajando sin cesar, su ánimo no había sido otro que el de la indiferencia. La completa indiferencia hacia su trabajo, a pesar de que un día había sido laureado por ser uno de los detectives más hábiles y eficientes de toda la comandancia de policía.
Ahora todo aquello había quedado en el escollo de un pasado incapaz de ser remediado porque Juan no se permitía hacer las paces con este. Su mundo se había desquebrajado a pedazos y de manera irreparable para hacer emerger, en cambio, una realidad que nunca creyó que surgiera alguna vez y en la que ahora vivía, muy a su pesar.
Se sintió cansado hasta el hastío.
—Buenos días, detective —le dijo una de las secretarias de la comandancia cuyo escritorio se encontraba en la misma oficina que la suya, haciendo que el saludo lo arrancara con violencia de sus meditaciones.
—Hola, Martha.
Ella se detuvo un momento.
—¿Se encuentra bien?
Los ojos de Juan se encontraron con los suyos por primera vez durante aquel momento.
—Es… un nuevo caso. Simplemente no paran de llegar denuncias de crímenes.
—Es la ciudad que parece que se ha vuelto loca.
—Lo sé, Martha. Todo se está yendo al infierno.
—Menos mal que aún queda gente buena, como usted.
Juan estaba dando un sorbo a su café cuando la secretaria dijo eso. De pronto el café le supo más amargo de lo que ya era.
—No. Cualquiera que tenga por oficio el uso de las armas nunca puede ser del todo bueno, Martha. La línea entre el bien y el mal puede llegar a ser demasiado tenue para saber de qué lado se está.
—No cuando se actúa en nombre de la justicia.
—¡La bendita justicia! —exclamó Juan levantando una de sus manos—. La justicia siempre tiene dos caras, Martha.
—No lo tenía por escéptico.
Juan dejó por un lado la taza medio vacía de café.
—Lo sé. Me refiero a que, en ocasiones, la justicia se lleva a cabo antes de que la policía pueda llegar a la escena del crimen.
—Eso es hacer justicia por propia mano y no es del todo justicia.
Juan, sin ánimos de seguir disertando acerca de lo que debería ser la justicia dio media vuelta para volver a su escritorio.
—Eso también es justicia, Martha. También es justicia…
10
Cuando abrió el compartimento secreto del armario, Olivia se dio cuenta de que todo estaba en debido orden. La caja con las municiones útiles estaba llena. En total eran cincuenta balas 45 milímetros de parque. Al lado de la caja con la munición estaba un par de escuadras Glock, negras mate, ambas.
La Glock era un arma sencilla y de fácil uso. No era pesada como una Colt, ni voluminosa como una Smith & Wesson y era igual de efectiva que estas.
Un arma elegante.
¡Iba con ella!
Con la delicadeza de su cuerpo. Con la negrura de su pasado, tanto que, cuando abría fuego le parecía como una extensión de su brazo haciendo justicia, disparo tras disparo; ráfaga tras ráfaga.
Gastón Glock, fundador de las armas Glock, había revolucionado la forma de hacer armas, pues su fabricación consistía en que eran hechas de plástico y, a pesar de que al principio hubo dudas y hasta burlas acerca de su desempeño debido a este material, con los años la compañía se convirtió en una de las más rentables en el negocio de las armas.




