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Así también Olivia había sido quebrada. Su vida se había vuelto un infierno, pero ahora, ya había resurgido de sus propias cenizas en las que renació una nueva Olivia. Una letal Olivia, dispuesta a terminar con lo que una vez acabó con ella en un cuartucho después de sus clases en el colegio en el que había estudiado, hasta que decidió abandonar los estudios, a su familia y todo para medio ganarse la vida por sus propios medios a tan corta edad.
Ahora esta nueva figura había aparecido de pronto resurgiendo de las catacumbas de su propio pasado. Y venía a cobrar factura por ello.
Olivia acarició las armas con la yema de sus dedos.
¡En verdad eran hermosos aquellos artefactos tan letales!
Tomó una de ellas entre sus menudas manos. La levantó a la altura de sus senos desnudos y se miró en el espejo de la habitación. No llevaba nada encima más que el arma y le pareció que estaba viendo el reflejo de un ángel vengador en aquel espejo. Era simplemente hermosa. La sinuosidad de sus caderas sobre un par de largas y firmes piernas refractaba la luz que entraba por la ventana. Su piel era lívida en contraste con su larga cabellera, negra azabache. Unos ojos grandes y rasgados de color café claro guardaban el secreto de sus pensamientos, casi tan a flor de piel que podía verlo en el espejo.
Se sintió excitada de pronto, como si aquella arma le proporcionara el poder de elegir terminar con una vida. Y había descubierto, incluso, que eso era mejor que el sexo. ¡Ni siquiera había comparación! La sensación de poder y de victoria sencillamente explotaba en su interior como un orgasmo que fuera creciendo hasta volverla sublime, casi insustancial. Como si trascendiera por momentos las fronteras del tiempo y del espacio que la sujetaban al universo.
Era una sensación majestuosa. Y ahora que sostenía la Glock entre sus manos con el dedo acariciando suavemente el gatillo, un escalofrió le recorrió la espalda a lo largo de la espina dorsal.
Miró sus senos. No eran grandes ni pequeños. Eran sencillamente perfectos, pensó Olivia apuntando el arma hacia el espejo en un movimiento brusco, dejando que ambos saltaran, libres del sujetador.
Sí, era tan hermosa como letal y ese pensamiento abrió su apetito por complacerse nuevamente con aquel placer que provocaba el poder, envenenándola, recorriendo su cuerpo como una cálida ola de excitación mientras miraba en los ojos de su presa el horror de haber sido alcanzado por un pasado que se creía enterrado en las profundidades de la cobarde secrecía.
De pronto una desbordante ira comenzó a formarse desde sus entrañas mientras su mente volaba a ese pasado impronunciable y sintió ganas de apretar el gatillo, haciendo desaparecer la imagen de su sensual y desnudo cuerpo en el espejo.
El gatillo era realmente sensible al tacto. Lo apretó con fuerza pero el seguro del arma impidió la presión que su dedo índice intentaba ejercer. Apretó también sus dientes y su mandíbula se tensó de pronto. Una línea apareció a lo largo de la región masetera de su afilado rostro a la vez que sus ojos se rasgaban aún más, endureciendo su frívola mirada. Entonces, las ganas por saciar su ira terminaron por ganar una batalla que se libraba en su interior.
Era hora de matar.
Dejó el arma en el lugar del que la había tomado y se dirigió a donde estaba su bolso. Lo abrió y extrajo de ella una pequeña carpeta. La abrió también. En la primera página había una fotografía tachonada con pintalabios color rojo carmín. Los ojos del rostro en aquella fotografía parecían cansinos, blandos, casi benevolentes.
¡Escondían una mentira!
Olivia no quiso verlos más y pasó a la siguiente página.
De nuevo otra fotografía de un rostro grácil se encontraba en la parte superior de algunos datos sobre esa persona: dirección, número de seguridad social, placas y modelo de su automóvil entre otros que figuraban en aquella página emborronada por haber sido varias veces actualizada, al igual que la página anterior.
El trabajo de años, pensó.
Los ojos del hombre de la fotografía estaban casi cerrados porque este esbozaba una diáfana sonrisa, haciendo que los carretes se le abultaran, rasgando su mirada.
Los miró por largo rato dejando que su mente recorriera la forma de sus recuerdos hasta que una titilante lágrima terminó por recorrer su mejilla en dirección al suelo, donde fue a perderse, sin más. Dejó de nuevo la carpeta en el interior de su bolso y se dirigió a la cama en donde había puesto la ropa que iba a vestir ese día.
Sí, definitivamente era tiempo de matar, pensó mientras se vestía, impasible.
11
Justo frente a la comandancia de la policía, Antonio esperaba en su Mercedes-Benz con las manos sudorosas bien puestas sobre el volante forrado en fino cuero negro. Algo le invitaba a entrar en aquel edificio. Era el llamado a que sus pasos lo condujeran hasta el Departamento de Homicidios para ver al detective en turno. Pero de nuevo el miedo se apoderó de él, paralizándolo.
No podía permitirse perder a Olivia.
De ninguna manera, pensó taciturno.
La amaba profundamente y en los últimos meses se había convertido en su mundo. En su universo. En la fuerza gravitatoria de un ferviente amor que lo sujetaba a la superficie de su tersa y lívida piel.
Él había estado ya antes con mujeres hermosas. Pero Olivia era diferente. Le había robado el corazón no solo con su belleza, sino con su manera de ser algo desentendida de los asuntos mundanos, como si parte de ella se volcara en su interior, volviéndola taciturna y lacónica por largos momentos. Entonces ella parecía ausentarse, dejando únicamente su belleza como si fuera una piel que de cuando en cuando habitara para complacer sus deseos, manipulándolo a su antojo. Luego ella volvía de donde había ido y su regreso impactaba en la mente de Antonio en una lasciva explosión de concupiscencia, clavándose todavía más en su mente, en su corazón al que nunca había pedido permiso para entrar en primer lugar, para poseerlo como él la poseía cada noche hasta el cansancio. Hasta la saciedad.
Ella era sencillamente etérea. Como si pudiera escaparse de las manos de Antonio aún mientras yacía con ella.
Así había comenzado aquella relación. Y así era desde entonces: Antonio se sentía atrapado en la fluctuante personalidad y agudísima belleza de Olivia. Y ahí estaba ahora, a punto de traicionar su secreto como un cobarde y una asquerosa rata de alcantarilla.
Llevó su mano derecha hasta el botón de encendido del motor y lo presionó con fuerza en un movimiento brusco. El motor rugió suavemente, como un gran felino que despierta, ronronea y se dispone a espabilar para volver a la caza. Apretó el acelerador y el Mercedes-Benz dejó su estado de inactividad para surcar las calles de aquella ciudad de regreso a un hogar que seguramente encontraría vacío hasta ya bien entrada la noche.
Antonio llegó a su edificio frustrado, triste, casi desesperado por la situación en la que se encontraba su novia. Las puertas del ascensor se abrieron y presionó la clave de seguridad en el teclado. Las puertas se cerraron nuevamente y el ascensor se elevó hacia su fastuoso penthouse. Se aflojó la corbata color marrón que hacía un adecuado contraste con su impoluta camisa blanca de corte italiano hasta que las puertas se abrieron nuevamente. Había dejado el saco en el Mercedes. En seguida, su lujoso hogar se dibujó ante sus grandes ojos verdes.
—¿Olivia?
Esperó a que ella contestara.
Había visto su vehículo en el estacionamiento, al igual que el día anterior. Era martes y no era tan común que ella dejara su coche en casa y saliera así a las calles de la ciudad.
—Olivia, ¿estás en casa? —insistió.
De nuevo el silencio respondió por ella.
Antonio dejó caer su maletín sobre uno de los sillones de la sala mientras resollaba, insuflando las aletas de su nariz. Fue hasta su habitación y se quedó de pie, inmóvil frente al armario. Tomó la perilla de la puerta derecha y la corrió con brusquedad. Días antes había descubierto el escondite de Olivia detrás de sus vestidos, en un compartimento que había sostenido ingeniosamente a la parte posterior del armario. Lo abrió y se quedó mirando con los ojos entrecerrados. Una de las armas de las dos que debían estar ahí, no estaba. También faltaban algunas balas. Pudo constatarlo por los huecos vacíos en la caja del parque.
Antonio sabía que aquellas armas habían sido un regalo. En alguna ocasión le había dado a entender que había sido su padre quien se las había regalado, pero en seguida el mutismo relacionado a un tópico doloroso, como lo era su padre, la retuvo de nuevo en una mazmorra de silencio. El tema quedó rápidamente en el olvido y, lo único que supo Antonio, fue que la relación con un padre siempre ausente se había roto hacía muchos años, en su adolescencia. Como fuere, se trataba de un regalo extraño, de alguien excéntrico sin duda y con muy pocos escrúpulos. No le parecía de buen gusto regalar un artefacto creado para quitar vidas como lo eran las armas, al menos que se tratara de armas de colección, entonces la cosa cambiaba porque más que utilitarias serían de exhibición. De cualquier forma, se tratara de un regalo o no, Antonio las había descubierto nuevamente después de que le hubiera casi jurado que pensaba deshacerse de ellas, en el escondrijo al fondo del armario que tenía frente a sí.
¿Por qué le había mentido?, se hubo preguntado Antonio durante varias noches en la que tuvo que detener sus ganas de echárselo en cara.
Al final se había resuelto por el silencio. Al menos hasta el día anterior, cuando se dio cuenta de la razón de aquella omisión piadosa, o vil mentira.
—¿Qué pasa contigo, Olivia? —le soltó al silencio que imperaba su hogar.
Lo que Olivia no sabía era que, cuando él había sospechado que lo engañaba, que podía tener un romance con alguien en la ciudad, él se encargó de cocer en el forro de sus bolsos un minúsculo dispositivo de rastreo cuya aplicación tenía instalada en su teléfono móvil.
A pesar de sus ganas de no ubicarla a través de la aplicación, tal como había ocurrido el día anterior cuando encontró su coche en el estacionamiento pero ni rastro de ella en el penthouse, volvió a sacar el aparato de su bolsillo y abrió la aplicación de manera casi compulsiva.
En seguida, un diminuto punto parpadeante apareció en el centro de su pantalla. Ella estaba en movimiento. Por el mapa, al fondo de su pantalla, se dio cuenta que iba en el metro de la ciudad, porque se movía rápidamente y en línea recta.
Con el mismo aparato, marcó su número. Después de dos repiques su voz contestó:
—Hola, cariño.
—Hola, Olivia.
—¿Cómo te fue? ¿Todo bien?
—Has dejado tu coche, lo he visto al llegar a casa.
—Sí, cariño. Alejandra me ha hecho el favor de pasar por mí a casa. Te manda saludos, por cierto.
Antonio apretó los párpados con fuerza.
—Sí, gracias. Dale recuerdos también.
—Bueno, ¿te veo por la noche? Llegaré tarde a casa, te lo dije, ¿verdad?
—Trataré de esperarte despierto. Ha sido un día pesado.
—Trataré de no llegar muy tarde —mintió Olivia, sabiendo que Antonio se iba a la cama temprano.
La línea se cortó y Antonio se sintió presa del pánico, tal como había ocurrido la tarde anterior. Corrió hacia el ascensor y presionó la tecla correspondiente al estacionamiento. Las puertas se cerraron cuando entró. Nunca había notado cuán lentas se abrían o cerraban.
El ascensor comenzó su descenso y él no paró de ver el diminuto punto parpadeante en la pantalla de su teléfono. Llegó hasta su coche. Puso en marcha el motor. La verja en donde se encontraba el edificio de apartamentos se abrió y el Mercedes pasó casi rosando a toda velocidad una de las puertas.
Antonio no podía siquiera imaginar lo que Olivia estaba dispuesta a hacer durante esa tarde que apenas comenzaba a perder claridad debido a que la luz del sol menguaba lentamente.
Pronto el crepúsculo caería sobre la ciudad.
La voz del gps de su coche de lujo le indicó que doblara a la izquierda, en el siguiente retorno. Había sincronizado su teléfono con el coche y ahora escuchaba las indicaciones que le llevarían hasta el punto parpadeante, intermitente como la lucidez de sus propias ideas en el interior de su cabeza.
12
Los neumáticos del Mercedes-Benz chirriaron cuando se detuvo frente al edificio en el que el gps le indicaba que se había introducido Olivia.
Antonio no sabía qué esperar, pero sin duda esperaba lo peor. Ya antes había sido testigo mudo de la atrocidad que su amada pareja estaba dispuesta a hacer para enterrar un pasado lleno de ignominia, que ahora estaba cobrándose algunas facturas al precio más alto. Sin duda las más caras que jamás se atrevieron a imaginar los siniestros personajes de aquel pasado aparentemente olvidado.
Se apeó del coche, dejándolo mitad sobre la banqueta y la otra mitad estorbando el tráfico que, en esa parte de la ciudad, no era demasiado.
Entró al edificio. La puerta estaba entreabierta, solo tuvo que empujarla un poco para que pudiera acceder desde el exterior. El edificio era una pocilga maloliente. A leguas se notaba que el barrio en el que se encontraba llevaba mucho tiempo sin recibir la menor atención, a la suerte del detrimento urbano.
Antonio siguió andando hasta que dio con las escaleras. En las paredes todo tipo de grafitis adornaban con groserías el interior del edificio sin ninguna clase de pudor. Subió cada uno de los escalones que le conducían a las plantas superiores de forma pausada, con precaución. No quería encontrarse de frente a una Olivia fuera de sí, con el índice en el gatillo de su Glock y los ojos desorbitados.
De algún sitio de uno de los pisos de arriba llegó el ruido del llanto de un bebé seguido por una breve discusión a voces apagadas. Luego el abrir y cerrar de una de las puertas de los apartamentos en los que se encontraba.
Antonio se quedó inmóvil un momento tratando de agudizar el oído al máximo, pero era imposible concentrarse. Lo único que podía escuchar de forma intermitente era el bombeo de su propia sangre chocando fuertemente en sus oídos. La adrenalina se le había disparado en una explosión por el frenesí de sus propias expectativas antagónicas: por un lado deseaba encontrar a Olivia, llevarla a casa sana y salva; por el otro, esperaba encontrar una escena como la del día anterior.
Antonio no se había percatado pero de pronto notó un penetrante olor a pólvora emanando de uno de los pisos de arriba e inundando lentamente el ambiente viciado de todo el edificio. Entonces lo supo, ¡era demasiado tarde! Ella ya había consumado su venganza y realizado su cometido. Pero no la había visto salir del edificio. El gps de su móvil seguía situando la ubicación del punto intermitente dentro del edificio, luego de que él hubiera entrado.
El hedor a pólvora se fue haciendo más intenso conforme él seguía ascendiendo escalón por escalón hasta que, en la lejanía, el ulular de una sirena le hizo andar más de prisa, preguntándose más tajantemente por el paradero de Olivia hasta que, sin más, vio aparecer a algunos vecinos que, sorprendidos, se habían aventurado tímidamente a salir de sus apartamentos para arremolinarse en torno a una de las puertas abiertas en el tercer nivel, lo que le permitió comprender lo tarde que había llegado.
En el fondo del apartamento, cuya puerta estaba abierta de par en par, el cuerpo yaciente, ensangrentado y sin vida de un hombre de aproximadamente cincuenta años de edad yacía sobre un descuidado catre casi al nivel del suelo. A un costado, un tornamesa con un disco de vinilo tocaba el fragmento de una canción que sonaba:
«Me dejaste solo…»
Y de nuevo se repetía como si en ese punto el disco estuviera rayado:
«Me dejaste solo…», «me dejaste solo…».
Antonio sintió una arcada y estuvo a punto de vaciar el interior de su estómago pero el ulular de unas sirenas cada vez más cercanas lo situaron de nuevo en la urgencia de encontrar a Olivia. A su lado, un niño de aproximadamente nueve años contemplaba la escena con los ojos muy abiertos.
—¿Hay salida de emergencia en este sitio? —le preguntó sacando un billete de su bolsillo y alargándoselo con la mano.
El niño abrió aún más los ojos al ver el dinero y, tomándolo, señaló hacía el final del pasillo.
—Gracias, niño —soltó Antonio girando sobre sus talones hacia su franco izquierdo, abriéndose paso entre la multitud que comenzaba a aglomerarse afuera del apartamento donde yacía aquel hombre bañado en su propia sangre.
Antonio comprobó que, efectivamente, la salida de emergencia constaba de unas escaleras metálicas y oxidadas, empotradas a la parte posterior del edificio. La puerta de acceso estaba abierta. Pensó que Olivia debió haber desaparecido a través de esta, escaleras abajo. Él también bajó con rapidez y rodeó el edificio hasta llegar a su coche. Al llegar hasta ahí pudo ver que una patrulla ya se encontraba igual de mal estacionada que su Mercedes, con la torreta encendida pero sin nadie en el interior.
Ya había pasado el crepúsculo y el fulgor de las sirenas azules y rojas pintaban los edificios aledaños con sus colores intermitentes. Seguramente el par de oficiales que había llegado ya se encontraban subiendo las escaleras por las que él mismo había pasado hacía apenas un par de minutos.
Subió a su coche y encendió el motor.
Por el retrovisor pudo ver que otro juego de luces azules y rojas se sumaba al resplandor reflejado en los edificios de tabique anaranjado.
Dejó caer el peso de su pie en el acelerador y el motor del coche rugió, haciéndolo desaparecer de la escena en un segundo.
Un par de cuadras más adelante se detuvo a mirar su teléfono. El punto intermitente en la pantalla iba de regreso en la misma trayectoria del metro que la había llevado hasta ahí.
Iba de regreso a casa.
13
Eran las 00.15 del miércoles.
Las pruebas que arrojó el Departamento de Balística le hicieron saber a Juan que se trataba de un nuevo homicidio con un arma calibre 45, según los proyectiles extraídos del cuerpo de la víctima. Sin embargo, resultó que el arma tampoco estaba fichada. No había registro de su existencia. Era probable que nunca antes hubieran matado con ella, hasta ahora. Tal vez que la habían introducido al país de manera clandestina como él mismo había hecho tantas veces durante su vida. Pero, ¿quién era esa primera víctima?
Juan continuó tamborileando con sus dedos sobre el escritorio de acero a la vez que dejaba el informe de balística por un lado.
—Nueve balazos —comenzó diciendo el perito—. La descarga completa del cargador, si se trata de un cargador estándar. Los hay que son especiales para doce proyectiles, y a veces hasta más. Nueve tiros que le ha dejado como coladera arrancando su vida de tajo. Ni siquiera la expresión de sorpresa se ha desvanecido del rostro de la víctima que respondía al nombre de Silvano López. Hombre caucásico de cincuentaisiete años de edad. Profesor adjunto de la universidad local desde hacía cinco años.
—Todo un cerebrito ese Silvano —repuso Juan Guadarrama—. ¿Alguna huella?
—Nada hasta el momento. El asesino se ha llevado hasta los casquillos.
—Todo limpio, ¿eh?
—Como la plancha de la morgue donde he estado toda la noche sacando los proyectiles del cuerpo junto con el forense.
—¿Tan mal estamos de personal? —preguntó Juan arqueando una de sus pobladas cejas.
El perito dio media vuelta y salió de la oficina en la que apenas había estado no más de cinco minutos.
—¿Querías el informe de este otro asesinato para hoy o no?
Juan volvió a quedarse solo con sus pensamientos.
¿A qué venía tanto odio, tanta violencia descargada sobre la nueva víctima?, se preguntó para sus adentros sin dejar de tamborilear con los dedos sobre el escritorio, creando un ruido molesto para quien hubiera estado ahí con él.
Al cabo de un par de horas, ya con los nuevos resultados en mano sumados a la carpeta de investigación, Juan Guadarrama pudo irse a su casa para tratar de descansar un poco. Esos días habían sido verdaderamente extenuantes en la comandancia. Todavía tenía en la mente el nuevo mensaje del asesino: Me dejaste solo…
Era exactamente de la misma naturaleza que el primero. Pero Juan se sentía realmente exhausto y pensó que tal vez podría dormir hasta tarde aquel día.
La tarde de ese miércoles estaba declinando y, con la energía menguante, llegó el momento de irse de nuevo a la comandancia, no sin antes hacer la acostumbrada escala en el bar. Tal vez un par de vodkas le asentaran mejor las ideas en su mente.
Media hora más tarde estaba estacionando su Chevelle frente al bar.
Hacía frío. La temperatura debió haber descendido un par de grados, quizá más todavía. Empujó la puerta y se dirigió a su sitio, frente a la gruesa barra de madera. Las vetas de la barra le hicieron pensar en las huellas que las estrías del cañón habían dejado en los proyectiles de ambas víctimas. Nueve balazos solo podían indicar dos cosas: una sanguinaria venganza o un crimen pasional. Ambas opciones compartían una profunda descarga de odio sobre la víctima.
Marcela se acercó a donde estaba sentado con el habitual vaso con vodka. Lo tomaba derecho, como los rusos.
—¿Qué tal tu día? —preguntó Marcela dulcemente, con una sonrisa que invitó a Juan a imitarla.
—Seguramente no tan bien como el tuyo.
—Ni te lo imaginas. Hace una hora tuvimos que lidiar con un borracho que se reusaba a pagar porque bebió más de lo que traía en el bolsillo.
—¿Qué hicieron? —preguntó Juan dando el primer sorbo al vodka.
—Lo de siempre, quitarle lo que traía y sacarlo a patadas.
—¿Ha sido Marco?
Marcela dio un respingo y luego respondió:
—Y, ¿quién más? Sabes cómo disfruta de esas cosas.
—Lo supuse.
Marco era un habitual que, cuando las cosas se ponían calientes, siempre estaba dispuesto a echar una mano. Se trataba de un tipo alto y rudo que había estado en el ejército y que ahora, después de retirarse prematuramente, pasaba sus tardes gastando su famélica pensión bebiendo y meditando en el más absoluto aislamiento.
Juan volteó al otro extremo de la barra y lo vio sentando con la mirada perdida en su ron blanco con Coca-Cola. Pudo apreciar el enrojecimiento en los nudillos de la mano derecha. Era probable que, una vez fuera con el borracho, hubiera descargado cierta frustración contenida en él antes de mandarlo a su casa medio noqueado.
—Míralo, tan tranquilo como siempre —dijo ella mientras terminaba de secar un vaso con un trapo.
—¿Dirías que eso es estar tranquilo? —inquirió Juan—. Solo Dios sabe en qué estará pensando.
—No quiero ni enterarme —respondió ella alcanzando la botella de vodka para volver a llenar el vaso de Juan, pero este se lo impidió con el movimiento de una de sus manos mientras sacaba el teléfono móvil de su bolsillo con la otra.
—Diga, jefe. ¿Cuándo, ahora? ¡No puede ser, voy en camino!
—¿Más trabajo? —preguntó Marcela.
Juan apuró de un sorbo el traguito que aún le quedaba en el vaso antes de responder:
—Es esta ciudad, que no deja de desquiciarse…
14
Deshacerse de los fisgones siempre era lo más difícil para la policía. Cuando Juan llegó a la nueva escena del crimen se encontró, como la noche anterior, con una bola de gente deseosa de calmar su curioso apetito.
—¡Quítalos de la entrada! —le gritó al primer oficial que se le atravesó en su camino—. ¡El servicio forense tiene que pasar por aquí!
—¡En seguida, detective!
—En seguida es demasiado lento…. —dijo moviendo la cabeza de un lado a otro de forma negativa sin la intención de ocultar su fastidio a la vez que sus largos pasos lo conducían al interior del edificio.
Dentro era otro cantar. La gente ya había sido echada hacia un lado y media docena de policías cuidaban el orden. Juan pudo andar libremente y subir los tres pisos hasta llegar al corazón de la escena donde se había perpetrado el atroz crimen.




