La cuestión del sujeto político decolonial en el Ecuador de la Revolución Ciudadana

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las formas políticas oligárquicas y sus nexos de comunicación con los sectores populares con clientelismo básico, el mejor ejemplo es la recomposición del Partido Socialcristiano y el traslado de su eje del gamonalismo serrano hacia el gamonalismo costeño, bajo la égida de León Febres Cordero. (Hidalgo, 2009, p. 57)
La victoria de León Febres Cordero de 1984, exponente de la nueva derecha (Cueva, 1988), consagra el fin de cualquier posibilidad de reformismo político o de nacionalismo y, consecuentemente, la instauración de una nueva corriente hegemónica que dominó la vida política ecuatoriana –por lo menos, hasta la aparición de Alianza PAIS–.
La ausencia del Estado en el Ecuador no es una peculiaridad del periodo neoliberal, sino que es congénita al proceso de formación del Estado-nación a partir de su historia republicana. El Estado fue siempre mal tratado, no construido, no institucionalizado, no formalizado (Francisco Muñoz, entrevista con el autor, 14 de julio de 2017) por los grupos económicos y políticos dominantes. Es una herencia de la peculiaridad del proceso de formación del Estado-nación ecuatoriano y de la consolidación de algunas élites criollas que defendían sus intereses de terratenientes, perpetuando un modelo de dominación racista y con caracteres neocoloniales, cuyos rasgos y efectos están todavía presentes en la sociedad ecuatoriana.
Las mismas características de la inserción internacional,
al ser un país en donde la mayor parte de la reproducción del capital ha dependido fuertemente del mercado mundial, más que del mercado nacional (modelo primario-exportador), sus clases dominantes no han necesitado más que la incorporación de un reducido sector de la sociedad a la esfera del consumo para poder realizar sus ganancias. En este tipo de situaciones, el consumo individual del trabajador no interfiere en la realización del producto. En consecuencia, la tendencia natural del sistema será la de explotar al máximo la fuerza de trabajo del obrero, sin preocuparse de crear las condiciones para que este la reponga, siempre y cuando se le pueda reemplazar mediante la incorporación de nuevos brazos al proceso productivo. (Marini, 1973, p. 134)
Es importante aquí detenerse en las afirmaciones de Marini porque ayudan a relacionar el tipo de capitalismo (dependiente) que se afirmó históricamente en el Ecuador, con la ausencia de un proyecto de Estado-nación hegemónico por parte de los grupos dominantes. Dicha carencia se debía, principalmente, a la orientación del mercado hacia afuera –primario-exportador, agrícola en primer lugar y sucesivamente, casi en su totalidad, dependiente de la venta del petróleo– y consecuentemente a la exigua (y casi nula) necesidad y disposición de construir un mercado interno, mediante la puesta en marcha de un proceso industrial capaz de satisfacer las demandas de las clases subalternas. Por eso, Hidalgo sostiene que el modelo oligárquico que se estableció en el Ecuador en la década de los 80 y 90 en ningún momento pudo –y tampoco quiso– construir una hegemonía.
En efecto, el periodo de 1983 hasta 1992 se caracteriza por una economía agroexportadora financiera, bajo la hegemonía discontinua y confusa (Acosta, 2006, p. 163) del Partido Social Cristiano de León Febres Cordero. Sin embargo, este modelo no logró consolidarse y el periodo de inestabilidad política, económica y social del Ecuador entre 1994-2005 –es decir, hasta la caída de Lucio Gutiérrez– acentuó la crisis hegemónica. En esta década surgieron diversos intentos, desde abajo y desde arriba, para formular alternativas de gobierno que pudieron consolidarse como hegemonía; a pesar de ello, ninguna lo logró hasta la aparición de Alianza PAIS.
En cambio, aquí se sostiene que el proyecto sí logró ser hegemónico porque implantó un sistema económico, político, social y cultural que marcó la historia reciente del Ecuador y trasciende el periodo de neoliberalismo radical, con importantes continuidades en el momento actual. Por ende, se podría afirmar que logró transformar profundamente la sociedad ecuatoriana en su conjunto, tanto en el terreno individual como en lo colectivo11, revirtiendo los esquemas desarrollistas y keynesianos de la década anterior.
Sin embargo, durante el ajuste y las políticas implementadas en este periodo, que podríamos identificar desde comienzos de la década de los 80 hasta el fin de la larga noche neoliberal12, se “enraizó en amplios sectores de la población la ideología neoliberal, sea que se la vea como algo conveniente o un inconveniente” (Acosta, 2006, p. 232). Es decir, pese a la oposición que se construyó en aquellos años (que se describirá en el párrafo siguiente), se transformaron el sentido común, el sistema de valores y las relaciones inter e intrapersonales. En este sentido, el neoliberalismo en el Ecuador se volvió hegemónico, pese a la ausencia de una hegemonía, debido principalmente a la fragmentación de sus élites políticas y económicas, a sus disputas internas e, inclusive, a la falta de necesidad de construir una hegemonía para mantener sus intereses y sus privilegios.
1.3. Marco histórico: orígenes y evolución de las resistencias contra la hegemonía neoliberal
En el párrafo anterior, recuperando el pensamiento gramsciano, se recordó la diferencia que el intelectual italiano construye sobre los conceptos de sociedad civil y la sociedad política, en relación con la construcción de la hegemonía. Esta sección se concentrará en el momento en que se profundizó la crisis, a partir de mediados de la década de los 90, con un particular agravamiento en el año 1999-2000. Esta etapa de la historia ecuatoriana es significativa porque se produciría lo que Gramsci llama crisis orgánica, que no es solamente el resultado de la crisis económica, sino de una fractura más profunda en el seno de la sociedad ecuatoriana en su relación con las instituciones nacionales e internacionales, una modificación en la relación entre gobernantes y gobernados.
En ese momento, al finalizar el siglo XX y a comienzos de siglo XXI, el Ecuador parecía haber llegado a un punto de inflexión irreversible. La crisis económica, financiera y del sistema bancario ecuatorianos (que se analizará en el capítulo 2) se tradujo en una crisis más profunda: una crisis política e institucional, debida principalmente a la pérdida de credibilidad y legitimidad de la totalidad de la bancada parlamentaria ecuatoriana –además, se destaca que las fuertes movilizaciones indígenas y populares entre 1995 y 2005 derrocaron tres presidentes–; una crisis social que se expresó en un sentimiento popular y de las clases medias de descontento hacia la partidocracia, más las grandes movilizaciones urbanas y rurales y en los levantamientos de aquellos años –que en los primeros cinco años del siglo XXI fueron particularmente radicales–; crisis alimentaria –en este periodo se incrementó la pobreza, aumentó la desigualdad y se deterioraron las condiciones de vida de buena parte de las clases subalternas, pero también de las clases medias ecuatorianas–13; crisis ambiental; crisis demográfica, por la fuerte emigración de ciudadanos ecuatorianos, principalmente hacia Estados Unidos y Europa; y, finalmente, una crisis ético-moral sobre el entero sistema hegemónico, que pone en riesgo su reproducción y su capacidad de recuperación. En consecuencia, en aquellos años mucho se habló de crisis orgánica y de crisis hegemónica porque, efectivamente, todo hacía pensar en un sistema neoliberal próximo a la desaparición, frente a su fuerte desprestigio, deslegitimidad y el descontento popular.
Todo lo anterior contribuyó al progresivo distanciamiento entre la sociedad civil y la sociedad política, siempre respecto de los términos gramscianos, y al fortalecimiento del discurso y de la movilización antisistémica, que en aquellos años tuvo su momento de mayor respaldo social. Este momento correspondió a la fase antisistémica en que prevalecieron las movilizaciones y los levantamientos, con un discurso y unas prácticas de ruptura con el orden imperante (1990-2000).
Es cierto que en esta etapa el neoliberalismo, como sistema hegemónico, aparecía fuertemente debilitado por los efectos concatenados de las diferentes crisis que se manifestaron en el Ecuador desde finales de siglo XX y comienzos del siglo XXI. Sin embargo, sería exagerado asumir una posición triunfalista para la cual, frente a la crisis orgánica, el neoliberalismo fuese o pudiese ser derrotado definitivamente. Se insistirá más adelante sobre este punto, sobre todo en relación con la transformación anunciada por la Alianza PAIS a la hora de formular la propuesta política de la Revolución Ciudadana, en un híbrido entre continuidad y ruptura que será precisado con mayores detalles en el capítulo 2, en el análisis del sistema de acumulación capitalista ecuatoriano bajo los gobiernos de Rafael Correa (2007-2017).
Aquí, la última década del siglo XX y comienzos del siglo XXI se caracteriza por el auge de los movimientos sociales y, en particular, los movimientos antisistémicos que en esta época tuvieron su momento más florido, articulando sus propuestas políticas y permeando, en toda la sociedad, algunos insumos como el Estado plurinacional, los derechos de la naturaleza y el sumak kawsay, y la misma idea de promover el proceso de una Asamblea Constituyente. Estos, sucesivamente, se tradujeron en las principales reivindicaciones políticas que Alianza PAIS trató de incorporar en su propuesta política.
Es singular cómo los movimientos antisistémicos, en una época como la neoliberal, tuvieron que reivindicar la recuperación del Estado como alternativa potente y como única vía para revertir el proceso de globalización neoliberal en el Ecuador contemporáneo. El riesgo que se corría al optar por un mayor protagonismo del Estado fue el consecuente debilitamiento de las estructuras y de los tejidos comunitarios, lo cual se presentó con la implantación de un modelo estatal centralista bajo los gobiernos de Alianza PAIS.
Si bien puede parecer paradójico, eso fue justamente lo que se presentó en el Ecuador de los movimientos sociales, desde los 90 en adelante. Sin embargo, lo interesante es la relación que las fuerzas sociales y los movimientos políticos antisistémicos construirían con el Estado: a partir de la elaboración de una propia propuesta de Estado, que implicaba una transformación radical no solo del aparato estatal sino también de la sociedad civil, se construye una relación compleja y a la vez contradictoria –que será analizada con mayores detalles en el capítulo 3–, que tendrá una línea de confrontación con el proyecto político de Alianza PAIS.
Sin embargo, es importante afirmar que varios componentes de los movimientos sociales sí le apostaron a la consolidación del Estado, sobre todo en oposición al desmantelamiento y la aniquilación del Estado surgida bajo la hegemonía neoliberal. Esta época de fuertes tensiones sociales y de movilizaciones se expresó como el momento más creativo de los movimientos sociales, antes de que sufrieran los efectos de la institucionalización, surgiera la cooptación y se profundizara una política de abierta confrontación y criminalización de los movimientos sociales.
En el Ecuador, como en la mayoría de los países latinoamericanos afectados por la profundización de la hegemonía neoliberal, se pensó que reivindicar al Estado y recuperar sus funciones en una versión (neo)keynesiana o neodesarrollista era la solución definitiva a todos los males del neoliberalismo. En efecto, ello se basaba en la falsa dicotomía Estado-mercado: todo lo que no venía del Estado era el resultado del predominio del mercado y viceversa. Pero la misma naturaleza del neoliberalismo hace necesaria la persistencia de un cierto tipo de Estado: un Estado mínimo, no intervencionista, con componentes autoritarios y represivos. Volviendo a la conceptualización de Hayek, se construye un modelo de democracia limitada que garantiza las funciones mínimas y esenciales para la reproducción de la vida humana y del capital. Un ejemplo es la Constitución de 1980 de Chile, todavía vigente, redactada por Jaime Guzmán bajo la influencia del pensamiento hayekiano. En el caso ecuatoriano se puede pensar en el sistema foucaultiano de vigilar y castigar, descrito por Sierra (2017).
Los mismos movimientos y las fuerzas sociales que por décadas desafiaron la hegemonía neoliberal se convencieron de que la solución residía en el Estado y, por lo tanto, que la disputa era su resignificación en el terreno político, económico, social y cultural. Eso coincidió con la declinación de la fase antisistémica (1990-2002), el intento de articulación del bloque contrahegemónico en que surgieron las propuestas constituyentes (2005-2007), y una creciente institucionalización de las fuerzas sociales (como se analizará en el proceso constituyente de 2007 y 2008).
1.3.1. Desde la lucha en contra del Estado a la lucha para recuperar el Estado
Como se ha mencionado en el párrafo anterior, durante la época neoliberal se vivió en el Ecuador un periodo de fuerte fermento social, debido principalmente a los efectos nefastos del neoliberalismo sobre la sociedad civil, y en particular los grupos subalternos. Desde finales de los años 70 y la década de los 80, en la historia política ecuatoriana los movimientos sindicales clasistas y conflictuales, junto con los partidos de izquierda, mantuvieron el liderazgo de las movilizaciones. Estos se constituyeron como las fuerzas con mayor poder de convocatoria entre las masas populares, y particularmente entre la clase trabajadora ecuatoriana, tanto en el contexto urbano (en los sectores industrial y manufacturero), como en el contexto rural, y entre los trabajadores campesinos e indígenas que trabajaban en condiciones de superexplotación, bajo el mantenimiento del modelo hacendatario de origen colonial. En efecto, a comienzos de los años 80 en el Ecuador se dio un periodo de fuerte conflictividad social, que fue evidente tanto en las movilizaciones como en el surgimiento de algunas experiencias insurgentes14.
Los sindicatos y los partidos de izquierda organizaron cuatro importantes huelgas nacionales: el 9 de diciembre de 1981, el 22 y 23 de septiembre de 1982, sucesivamente el 21 y el 22 de octubre del mismo año y, finalmente, el 23 y 24 de marzo de 1983. Sin embargo, a finales de la década de los 80, por la misma profundización del orden neoliberal y la implosión de la Unión Soviética y del socialismo real, la organización sindical vivió un periodo de declive y de crisis identitaria, pese a la sobrevivencia de algunos sindicatos del sector público, petrolero y al Seguro Campesino.
Los mismos partidos de izquierda tuvieron que adaptarse a dicha crisis, replanteando sus estrategias y sus tácticas, y redefiniendo sus relaciones con los sujetos políticos y sociales y, más en general, con las masas. Inclusive, se constituyó el Frente Amplio de Izquierda (FADI), que era una alianza entre los partidos de izquierda (Partido Socialista y Partido Comunista) que duró hasta 1988. En este momento, frente a la crisis del sindicalismo de clase y a las reivindicaciones obreras, algunos movimientos y partidos de izquierda dieron un viraje, un cambio de 180° en su dirección política y, particularmente, en relación con el sujeto político. Se pasó de un enfoque urbano y obrero15 a desplazarse al campo, conocer la realidad del campo y favorecer el encuentro con el movimiento indígena (Napoleón Saltos, entrevista con el autor, 19 de julio de 2017).
Contemporáneamente, se asiste al fortalecimiento de nuevas reivindicaciones sociales en el Ecuador y a la formación de un nuevo tipo de organización, sobre todo de origen campesino e indígena, las fuerzas sociales más numerosas del país. Uno de los primeros ejemplos de esfuerzo organizativo se registra con la fundación en 1972 de Ecuarunari (Ecuador Runacunapac Riccharimui), en la comuna de Tepeyac, en la provincia de Chimborazo. Ecuarunari surgió con la intención de aglutinar a las comunidades indígenas y campesinas de la sierra ecuatoriana, frente a la frustración y al descontento del campesinado ecuatoriano ante los tímidos y fracasados intentos de reforma agraria de 1964 y a la consecuente represión estatal de las reivindicaciones campesinas. Tanto al origen de Ecuarunari como a la articulación del movimiento indígena a nivel nacional, y en la formación política y social de sus dirigentes, contribuyó mucho la doctrina social de la Iglesia y, en particular, la influencia de la teología de la liberación, que en aquellos años se había afirmado en muchas provincias rurales y aisladas del país16.
De aquellos años se podría contar la influencia de monseñor Leonidas Proaño, obispo de Riobamba, que había participado en el Concilio Vaticano II y tenía un trabajo social importante en el fortalecimiento de las comunidades indígenas ecuatorianas. La actividad de la doctrina social de la Iglesia se dirigió en esta época a los sectores rurales e indígenas, realizando alfabetización (junto con la evangelización) en las comunidades. El Ecuarunari, fortaleciéndose como organización, adquirió mayores contenidos clasistas (en especial campesino-indígenas) y muy frecuentemente se articuló políticamente, coordinándose con las luchas obreras de los sindicatos petroleros y del sector eléctrico –que históricamente son los grupos de mayor tradición organizativa y reivindicativa en el país–.
Las reivindicaciones del Ecuarunari se orientaban principalmente a la cuestión agraria, en especial a la tenencia de la tierra, ya que en el Ecuador las leyes de reforma agraria habían sido incompletas y no habían mejorado significativamente las condiciones de vida del campo. La cuestión agraria en el Ecuador (así como en buena parte de los países de América Latina) convocaba tanto a los campesinos como a las comunidades indígenas: ambos grupos tenían en común la relación indisoluble con la tierra y con el territorio, y haber sido víctimas de la explotación, tanto en el trabajo como en el despojo de tierras.
Carlos Pérez, dirigente del Ecuarunari, sostiene que:
El campesino es igual explotado y exprimido, expoliadas sus riquezas, despojado, sin embargo, se ha dejado colonizar tanto que se vuelve solamente como un actor reivindicativo. En cambio, los pueblos y nacionalidades indígenas, no solamente que buscamos una reivindicación, sino que seguimos en este proceso de resistencia al colonialismo, al poder colonial, al poder epistemológico, a todas estas formas de explotación. Y bueno, todo lo que buscamos es la construcción de una forma de Estado, bueno, no sé si Estado porque realmente el Estado es el mayor agresor que ha habido desde la época moderna, el Estado ha sido violento. El Estado ha despojado, ha sido quien ha despojado no solamente el territorio, sino también nuestra cultura, nuestra lengua, nuestras epistemologías, nuestras epistemes, nuestra ciencia, nuestros saberes, nuestros sentires. Son dos conceptos a la vez, dos estructuras distintas el campesino y el indígena, sin embargo, también hay una sincronía muy estrecha, porque primero ambos son explotados y oprimidos, excluidos. Ambos sectores tienen una vinculación muy fuerte con la tierra, unos más y unos menos, pero esta conexión espiritual es potente. Ambos le tienen a la tierra como a su mamá, y no como a un recurso. Y ambos han estado juntos en las buenas y en las malas, en las luchas, y yo creo que son fraternos, son hermanos en la resistencia. (Carlos Pérez, entrevista con el autor, 21 de julio de 2017)
En 1978 se realizó en Sucúa, en la Amazonía ecuatoriana, el primer Encuentro de Nacionalidades y Pueblos Indígenas, organizado por el pueblo shuar que, en ese entonces, ya había conformado su estructura organizativa, tenía su federación17 y disponía de la infraestructura necesaria para organizar un evento de carácter nacional, para romper con el aislamiento histórico que vivían las diferentes nacionalidades indígenas del Ecuador:
En realidad, no teníamos relaciones políticas, relaciones de fraternidad entre los diferentes pueblos. A lo mejor, físicamente nos veíamos. Ahí [en el Primer Encuentro de Pueblos Indígenas] es donde, en realidad, nos conocimos hasta físicamente con otros compañeros, porque nunca habíamos visto un a’l cofán, un huaorani, una secoya, de la Amazonía, al menos no personalmente yo no, ni ellos me conocían, como Saraguro y otros pueblos como los cañari, los salasaca, acá en la sierra. No nos conocíamos. El aislamiento histórico ha hecho que, estando tan cerca, nosotros no nos conocíamos. Para mí, personalmente, el simple hecho de reunirnos y estar juntos, fue un triunfo. Somos muchos, pero ¿dónde estamos? Ahí es donde se va a dar el primer paso de esta organización de carácter nacional. (Luís Macas, entrevista con el autor, 5 de julio de 2017)
Más allá de la presencia de la doctrina social de la Iglesia católica, también los partidos y los movimientos políticos de izquierda contribuyeron al fortalecimiento de las organizaciones comunitarias, con un acompañamiento a las comunidades, tejiendo una relación que se fue consolidando y que es el germen de un camino de lucha común. El conflicto agrario y la conflictividad derivada de la tenencia de la tierra en el Ecuador hacían que, inevitablemente, se creara una cierta sinergia entre las agrupaciones de izquierda y el naciente movimiento indígena.
En 1980 se crea El Consejo Nacional de Coordinación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (Conacnie), lo conforman la Federación Shuar, el Ecuarunari, y algunas otras organizaciones independientes y pueblos, también, de la Amazonía y también dos pueblos del litoral, de la costa. Se integraron a esta coordinadora, que nace con la intención de llegar a estos pueblos y de dejar el mensaje que es necesario una unidad de los pueblos, tener nuestra propia voz y vocería, nuestro camino trazado, desde nuestra visión, desde nuestro pensamiento, porque hasta ahí habían varias experiencias, locales, por ejemplo, aquí en Cayambe, los conflictos de tierras, la relación hacienda-comunidades, se han estado librando las luchas, con el apoyo de algunos partidos políticos de izquierda, el Partido Socialista y el Partido Comunista. Quizás en Chimborazo también ejerció un fuerte acompañamiento, sobre todo el Partido Comunista. (Luís Macas, entrevista con el autor, 5 de julio de 2017)
También, por esta razón se podría afirmar que el ascendente movimiento indígena llegó a “combinar la lucha de clases, las luchas nacionalistas (lo que más adelante se define como nacionalismo étnico o etnicidad nacionalista), asociándolas a la construcción de la integración social, cultural y política del país” (Sánchez-Parga, 2007, pp. 87-88).
Tras el primer encuentro, se fueron consolidando las relaciones políticas y de solidaridad entre nacionalidades indígenas y, en el año 1986, se constituyó la Conaie , destinada a ser un actor y un sujeto protagónico en las luchas sociales de los últimos treinta años. La Conaie era el intento de coordinar y articular, a nivel nacional, las reivindicaciones de los pueblos y las nacionalidades indígenas de todo el país. En las décadas anteriores (desde la década de los 50 y 60, cuando creció el proceso organizativo de las comunidades indígenas), se habían conformado 34 organizaciones comunales y provinciales de los pueblos y nacionalidades indígenas con reivindicaciones propias.
Sin embargo, la importancia de constituir una organización de carácter nacional residía en dar el primer paso para construir caminos políticos y reivindicativos propios, unificando, bajo un solo discurso, las experiencias de las luchas regionales y territoriales de las comunidades, de modo que pudiesen eventualmente aliarse, en un segundo momento, con otras fuerzas políticas y sociales. En el presente estudio nos detendremos en la (compleja) relación entre el movimiento indígena y los movimientos sociales, sobre todo entre la Conaie y la CMS.
Entre las principales reivindicaciones de la Conaie está la lucha por la tierra, cultura e identidad, tal como lo indica su logotipo; pero también la lucha contra la opresión (neo)colonial en el Ecuador contemporáneo y, en paralelo a eso, la oposición al modelo económico neoliberal. Su lucha, como declara uno de sus fundadores, Luís Macas, es una lucha de largo plazo con una estrategia de largo aliento:
es una lucha estratégica de liberación […] También es una lucha libertaria, es decir, no solamente vamos a liberar las tierras, sino que vamos a decidir qué hacer sobre estas tierras. [Yo creo que] si bien es cierto que todas estas luchas reivindicativas del movimiento indígena son condiciones indispensables para una lucha de largo plazo, porque usted sin tierra no tiene espacio desde dónde luchar. Usted, si no tiene territorio, no tiene espacio dónde generar su cultura, dónde garantizar la continuidad histórica como pueblo. Es imposible, definitivamente. La lucha por la tierra y el territorio, por eso, va a ser permanente. (Luís Macas, entrevista con el autor, 5 de julio de 2017)



