Una vida aceptable

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—¿Es que tú aprendiste inglés con la señorita Thule? ¿Con alguna institutriz inglesa?
—Yo no tuve que aprender inglés —dijo Shirley.
Philippe había empezado a indagar sobre el enigma de las nanas en el marco de una investigación que su revista llevaba a cabo entre los bajos fondos formados por adivinos, profetas y demonólogos que habían surgido en París durante la guerra de independencia de Argelia. Aunque la guerra hubiese acabado, la ciudad no se había calmado: las bombas, los panfletos, las amenazas, el chantaje y los juicios vengativos eran una fuente de emoción en declive, y ahora las sensaciones se buscaban en historias de bebés de la realeza intercambiados en sus cunas; monjes medievales reencarnados en científicos atómicos; la vuelta a la Tierra de Jesucristo, que se deslomaba en la central hidroeléctrica del krai de Krasnoiarsk, en Siberia Central; continentes que se hundían como rocas; enjambres de abejas que viajaban a diario entre los planetas de Neptuno y Venus; hijos criados por animales salvajes y que no desarrollaban neurosis; curas para el cáncer bloqueadas por los intereses de los poderosos en Berna y en Washington; chamanismo entre el clero, y masones que dirigían bancos. También la política había pasado a formar parte del reino de la magia. Una vez, Philippe había llevado a Shirley a una reunión en la que se debatió sobre el idioma que hablaba la aristocracia de la desaparecida Atlántida, y en la que alguien intentó demostrar el vínculo entre el nombre de Mao y el maullido de los gatos. Shirley había mirado de refilón a los dos invitados de honor, ambos chinos, y descubrió que no era verdad que los asiáticos pudieran ocultar sus sentimientos en cualquier situación. Luego, a raíz de un comentario que Philippe había hecho de pasada, supo que Geneviève también había asistido a esa reunión, lo que significaba que Shirley y ella habían estado en la misma sala y él no las había presentado.
Para Philippe, la búsqueda del misterio dentro de las ideas eliminaba determinados problemas de comportamiento, mientras que para Shirley el misterio del comportamiento era el único enigma que valía la pena abordar. Por ejemplo, el enigma del apego que sentía Philippe hacia Geneviève: ¿estaba enamorado de ella? No. Decía admirarla porque toda su vida era un sacrificio, y la compadecía por su valentía desperdiciada de la misma manera que admiraba y compadecía a su madre. Sin embargo, la madre de Philippe era una viuda de cincuenta y cuatro años medio paralítica por la artritis, mientras que Geneviève aún no había cumplido los treinta, estaba casada con un etnólogo en perfecto estado de salud y su situación económica era tan cómoda que nunca había tenido que compartir un baño o esperar el autobús. Aun así, Philippe decía que la fuerza de Geneviève radicaba en su fragilidad y que, aunque era tímida, tenía el corazón intrépido de un mártir paleocristiano. Eso hacía que su mujer anhelase una compasión que él no creía que ella necesitara y una aceptación que él, a todas luces, nunca había tenido motivos para expresar. Shirley acabó lanzándose a una vorágine obsesiva de conjeturas sobre Geneviève. Se imaginaba su tez pálida, sus ojos algo amoratados, su pelo de Botticelli, sus pendientes de plata mexicana, su vagina insólitamente pequeña —atributo al que Geneviève aludía de cuando en cuando en sus cartas, y en el que Shirley veía una señal de refinamiento, como en la falta de apetito— y la voz afinada con la que hablaba. Shirley sabía, gracias a la asidua lectura de las cartas que Geneviève enviaba a Philippe, que la mujer sufría física y espiritualmente por las continuas exigencias conyugales de su marido el etnólogo, que la demandaba «sin necesidad de que lo incitase, al contrario», por ejemplo, en trenes; en el cine del aeropuerto de Orly; en el Peugeout 403, «en la Autopista del Oeste, donde está prohibido aparcar»; en el comedor mientras esperaban a que llegasen los invitados; en la sección egipcia del Louvre, una tarde de invierno, justo antes de que cerrasen, y, por último, en presencia de su hijo de cuatro años, en quien el etnólogo intentaba despertar una ira parricida para demostrar, o refutar, algunas incursiones que los seguidores de Freud habían empezado a hacer en el ámbito de la etnología. Shirley también sabía que una parte de la vida de Philippe —su colección de vinilos: cuatro mil o cuarenta mil o quizá cuatrocientos mil— estaba en la casa de campo de Geneviève. ¿Iba allí a escucharlos? La frecuencia de sus cartas sugería que Philippe y ella no se veían muy a menudo. Puede que el marido de Geneviève fuera celoso y no la dejase hablar por teléfono.
Por supuesto, la madre de Shirley había hecho muy bien en limitar su carta al Endymion non-scriptus: todo ese fisgoneo, esas lecturas compulsivas, no eran sino una búsqueda desalmada de Philippe. Por otro lado, ¿qué era la privacidad? ¿Qué significaba? ¿Dónde estaba la frontera entre la intimidad y la privacidad? ¿Cómo podía Philippe reivindicar una e insistir en la otra? Incluso esa misma mañana, en la que aún no había ejecutado su prudente plan (cambiarse de ropa, preparar el baño), Shirley no podía dejar de mover papeles con el pretexto de buscar un mensaje, aunque sabía de sobra que ese era el último sitio donde estaría. La realidad era que las pruebas escritas de la vida diaria y rutinaria de Philippe —su correspondencia con Geneviève, que también le enviaba, capítulo a capítulo, una novela interminable en la que aparecía él; las notas que tomaba antes de escribir sus cartas, incluso las personales; los borradores garabateados de la columna sobre jazz que escribía una vez al mes bajo el pseudónimo de Bobby Crown; el libro en el que anotaba sus citas y el diario, más pequeño, al que trasladaba esos mismos recordatorios; las copias en papel carbón de las quejas escritas a máquina que enviaba a los talleres mecánicos o a los técnicos de televisores; o las carpetas llenas de información para escribir artículos sobre el malestar de los cultivadores de alcachofas bretones o el declive de la Legión Extranjera— eran una fuente inagotable de interés para ella. Al igual que otras mujeres se lanzaban al frigorífico o a una orgía de derroche o al sueño diurno, Shirley hurgaba en las papeleras y en los bolsillos de los abrigos en busca de detalles anotados sobre horarios de vuelos y nombres de hoteles extranjeros. No intentaba descubrir dónde había estado o adónde iba, pues normalmente lo sabía. Iba en busca de aclaraciones que él no le ofrecía de buena gana. Que Philippe tuviese la serena convicción de que por ser francés era una persona lógica implicaba que Shirley vivía en la inopia. Ahora anhelaba ver algo en el horizonte: piedras, árboles, un peligro, un alivio. Las cartas de su marido revelaban que Philippe podía ser mezquino, miserable, superficial, ingenuo y susceptible al rencor. Eso le transmitía una inexplicable sensación de alegría, y, de no haber sido porque su marido se oponía con firmeza a que escudriñase su correspondencia privada, habría podido hablarle a Philippe de sus hallazgos y decirle que sus defectos eran peores que los de ella, porque Shirley estaba dispuesta a aprender de cualquiera y, en especial, de él.
De repente, el reloj de una iglesia dio la media hora como un gong: las nueve, las diez o las once y media —Shirley había dejado su reloj de pulsera por ahí, quizá en el bolsillo de la gabardina—. Jugó a imaginarse que estaba allí como había hecho antes (¡los detalles!). La iglesia tenía que ser Sainte-Clotilde, y su reloj había confirmado la hora en el Ministerio de la Guerra, en el Ministerio de Educación Nacional, en la embajada soviética, en la embajada italiana y en el Instituto Nacional de Geografía. Ahora, las mujeres de la limpieza y los agentes del servicio secreto que se habían quedado solos ese fin de semana festivo, como Shirley, sabían la hora exacta, al minuto. Se habría deleitado con esa imagen precisa y panorámica de una joven rodeada de una red de calles, pero el salón de té Pons, que quedaba solo a dos distritos, se interpuso como un incordio en su imaginación: en lugar de verse a sí misma, vio un pudin helado gigante con forma de castillo de arena, hecho con sorbete de granada, helado de vainilla y mazapán verde pálido. «Dios mío —dijo, con toda la fe y el fervor que solo un no creyente puede expresar—, ayúdame a aclararme. ¿Por qué he entrado aquí? ¿Qué estoy buscando? Una nota de Philippe en la que me diga dónde está. No, en realidad, no: estoy buscando un mensaje de Geneviève. Hoy no hay ninguno, solo la última entrega de Una vida dentro de una vida (págs. 895-1002).»
Estaba en lo alto de una montaña de texto mecanografiado en el cajón que Philippe reservaba para la novela de su amiga. Llegaría el día en que no podría cerrarlo, y entonces lo cogería todo y se lo llevaría a un editor. Por sus páginas deambulaban Flavia, una chica solitaria; Bertrand, su marido, un antropólogo de tercera, y Charles, un excelente periodista. En su día, Charles estuvo casado con Daisy, una furcia norteamericana, pero Daisy ya había muerto debido a una mezcla de alcohol y de desastre mucho antes de que empezara el primer capítulo. Leyendo en diagonal los nuevos fragmentos, solo las frases que le parecían esenciales, Shirley descubrió que, a pesar del desaliento fruto de su trato diario con el Bertrand de tercera, Flavia conseguía aferrarse a sus valores espirituales gracias a la correspondencia epistolar con Charles:
Me miré en el espejo […] vi el rostro delicado y el sedoso y rebelde […] Al subir las escaleras vi mi rostro en el tocador veneciano, con su encantadora […] el rostro de santa Verónica después de
recuerdo deambular por el césped intentando encontrar mi preciosa ropa interior […] «Mira qué bonita, con adornos de encaje color crema […] pero él ya estaba desplegando el mapa de carreteras […] tan trivial para él […] Mientras se encendía un cigarrillo, sin ofrecerme otro a mí, vi mi pequeño rostro en el parabrisas negro […] parecía Lázaro resucitado de entre los muertos […] los brazos amoratados […] profunda incomodidad […] sin agua caliente […] La solemne tragedia que podría haber sido […] anhelando un baño […] descansar […] entendiendo
conversación en un plano desconocido para él […] Una mera actuación convertida en opereta […] Su absurda afirmación de que el complejo de Edipo jamás había existido fuera de Viena […] En el restaurante vi mi pequeño y pálido rostro en la cabeza de una cuchara
incluso boca abajo […] el rostro de una pequeña y perseguida […] estaba cansadísima, tan exhausta que me preguntaba si sobreviviría hasta el final de
y que no afectaba a nadie más que a judíos de clase media […] una y otra vez […] imposible odio parricida, a menos que volviese a empezar de camino a casa […] Se comió como un grosero animal la sopa de puerro, sorbiendo […] estofado de carnero […] merengue de albaricoque […] más brandy
café […] corrompido por el estilo de vida americano […] se bebió un Gin Fizz detrás de otro […] hasta que […] sin tener en cuenta mi pequeña […] cansada o incluso por su propio hígado […] presión arterial […] Con Bertrand cené en los restaurantes más caros […] me invitaban a relacionarme con gente famosa […] actores que contribuían a […] Fui a […] en un lujoso y potentísimo […] arena blanca y pura
cada actuación de gala en […] aun así, no eran más que sucedáneos de su incapacidad profesional para […] estando delante del espejo […] con la mano apoyada suavemente en la talla de […] vi unos ojos […] enmarcados por […] cuyo arrojo […] no se plegaba ante la mirada de él […] Solo una carta de Charles podría arrancarme del aburrimiento y de la apatía habitual
Dejando de lado lo que Philippe pudiera sentir por Geneviève, no cabía duda de que el lenguaje de Geneviève era una coyuntura de por sí y era un lenguaje que ningún extranjero podía confiar en llegar a entender, ni siquiera el fantasma de Daisy.
«El lenguaje es coyuntura —se dijo Shirley—. El grito silencioso.»
Cuando Philippe hablaba de Geneviève usaba el vocabulario de su novela. Era una forma de expresión que se inducían recíprocamente, como si una tercera presencia invisible y presuntuosa, sucedáneo de la pasión, los impregnase por turnos. Cuando el poseído era Philippe, podía decir, sin sonreír:
—Era un hada del maíz.
—¿Que era una qué?
—Una diosa, vaya. Una deidad femenina. Una diosa del maíz.
—Ay, Philippe, ¿qué quieres decir? Dímelo en francés.
—Hablo de la fertilidad. De la abundancia. De la calidez.
—En serio, prefiero que te ciñas al francés. Cuando lo haces suena bien, por así decirlo.
—Era una Deméter. Una adorable Deméter. Era Perséfone. Una naturaleza cautivadora. Nunca discutíamos. Siempre estábamos de acuerdo. Una cocinera maravillosa.
—¿Por qué no te casaste con ella?
—Lo nuestro no era así. Ella era la encarnación de los sueños de un niño pequeño…
—¿Un niño pequeño, dices?
—Que había perdido a su padre…
—Ay, Philippe.
—Solo…
—Es horroroso. Hablas como ella. Y en la cama, ¿qué? Con ella, digo.
—Lo nuestro no era así. Eso daba igual. Era la encarnación de…
—No, por favor, eso ya lo has dicho. Volvamos a lo de la cama.
—A ver, la cuestión es que ella no estuvo con casi nadie antes que conmigo. Solo con otros dos hombres. A uno lo quería, pero…
—Estaba casado.
—No, se hizo cura. Con el otro solo era… En fin, el caso es que no le gustaba para nada con ninguno de los dos.
—Que no se te olvide su marido.
—No le gusta para nada con su marido.
—Si tan poco le gustase, se iría de casa.
—Su religión se lo impide.
«¡Su religión! ¡¿Lo has oído, san José?! ¡Mándale una lluvia de alfileres a Geneviève! ¡Que le salga barba! Que a Geneviève se le caiga el pelo y tenga que llevar un turbante de lunares con un flequillo postizo. Que a Geneviève se le congelen los dedos en el Transiberiano. Maldita sea Geneviève. Que le den. No, eso lo retiro. No mejoraría la cosa.»
Esa conversación, que Shirley había empezado a garabatear por todos los márgenes, se fue extinguiendo. Shirley, o Daisy, solo era el fantasma de una furcia y no tenía derecho a nada. Su matrimonio había tocado fondo; el lecho oceánico: un domingo por la mañana, 2 de junio, ninguno de los dos sabía dónde estaba el otro. También Geneviève era un fantasma: no era sino lo que Philippe quería que fuese, un pasado perpetuo. Shirley recogió las hojas desperdigadas de la carta de su madre y volvió a guardar Una vida dentro de una vida en el cajón. No había ganado nada con ese jueguecito, ni siquiera tiempo. La casa donde Shirley había pasado la noche no era la de Geneviève, pero era poco probable que Philippe estuviera con ella en aquel momento. Si Shirley hubiera muerto en ese instante fulminada por un rayo (es decir, si el rayo fuese el sentimiento de culpa), la noticia de su muerte diría: «Se tomó su último desayuno de pie, en la cocina. Las sillas estaban ocupadas por pilas de basura que ya llevaba un tiempo queriendo tirar». Nadie que observara la desaparecida Atlántida creería jamás que el responsable de aquella taza sin lavar era Philippe. Shirley se preguntó si su marido no estaría intentando asustarla y si esa luz que se había dejado encendida, las dos pastillas para dormir y la pocilga de la cocina eran indirectas con la intención de transmitirle un mensaje definitivo.
En compañía de la araña, se quitó la ropa del sábado y abrió el grifo de la bañera moteada con manchas ocres. De la intrincada tubería que había en el techo le cayeron unas gotas en la cabeza. La carta de su madre hablaba de la muerte de un rey, le decía que no sollozara contra su almohada y que esperaba que no fuese para tanto. ¿Que no fuese para tanto el qué? La mala opinión de Cat Castle sobre Europa. Está en París; haz un esfuerzo para verla, decía su madre. «Pero yo ya sé que está en París: me llamó. Estuvimos un rato hablando, y su horrendo acento de las praderas me arrancó lágrimas de felicidad. Hablamos y quedamos en vernos. Pero… ¿cuándo? ¡Dios santo! —se dijo Shirley—. En teoría tendría que estar con la señora Castle ahora mismo. Desayunando con la señora Castle.»
El patio se inundó de un suave murmullo dominical de voces y radios. Todo el mundo estaba escuchando el parte meteorológico porque ese fin de semana había puente. Muertes en carretera: a los supervivientes nos gusta conocer las cifras. Luego una guitarra: mientras sonaba de fondo Nuages, que todo el barrio se sabía de memoria, Sutton McGrath tocaba un contrapunto de su propia cosecha. Tenía que ser Sutton McGrath, porque Shirley había visto el nombre en una petición redactada y difundida por madame Roux, la dueña de la tienda de antigüedades de la planta baja. La petición, una queja contra los instrumentos musicales y la presencia de extranjeros (McGrath era australiano), concluía con una elocuente apelación a los derechos ajenos. Shirley no la había firmado precisamente por esos derechos. Philippe tampoco, pero él se amparaba en su prudencia innata: «No firmes con tu nombre; al menos, que no se lea. Si te molesta el ruido, cierra la ventana». Luego Shirley supo que los comentarios ofensivos de la petición sobre los extranjeros no eran por ella. Y eso ¿qué más daba? Al final resultó que madame Roux apenas oía la guitarra desde la planta baja. Su motivo para quejarse, como ocurre a menudo en la vida, era única y exclusivamente cuestión de principios. «Voy a explicarle lo que pienso yo de los principios», se dijo Shirley, hasta que se acordó de que no llevaba dinero y estaba sola en casa. Podía subir en un santiamén y pedírselo prestado al vecino que Philippe odiaba, pero imaginó que al subir o bajar las escaleras se podría topar con su marido y con «su malvada cara católica», como ella la definía cuando la asustaba. Philippe podría preguntarle: «¿Se puede saber adónde vas?». Y sería un pésimo momento para la excusa del dinero. Pero no pasaba nada: la señora Castle, vieja amiga, le dejaría lo que necesitara. No tendría el inconveniente del idioma y no habría ni rastro de ambigüedad. «Entenderá todas y cada una de mis palabras», pensó Shirley. Dio la vuelta a una de las páginas de la carta de su madre y escribió, en mayúsculas gigantes: «ESTOY EN EL SALÓN DE TÉ PONS DESAYUNANDO CON LA SEÑORA CASTLE UNA AMIGA DE MI MADRE SIENTO QUE NO NOS HAYAMOS CRUZADO ESTA MAÑANA NO ME HA DADO TIEMPO A ORDENAR LA COCINA, LUEGO LO HAGO POR FAVOR DIME DÓNDE ESTÁS VUELVO EN CUANTO PUEDA MUCHOS BESOS S (PERDÓN POR LO DE AYER)». Sin embargo, no había escrito la nota en una página de la carta de la señora Norrington, sino en un folio de la novela de Geneviève, lo que significaba que las sabias palabras de la señora Norrington habían pasado a formar parte de Una vida dentro de una vida. Shirley se sentó al borde de la cama, envuelta en la toalla mojada, y leyó, esta vez sin saltarse ninguna frase, la descripción de Bertrand, el antropólogo incompetente, comiéndose su estofado de carnero poscoital. En las calles se oía el trasiego de los coches, que se daban prisa por salir de la ciudad.
3
«SODALEH», leía Shirey al otro lado del ventanal de Pons. Detrás del «SODALEH» había plátanos de sombra y un cielo digno de Sisley.
—Acabo de acordarme de algo —dijo Shirley—. Dios santo. Lo siento, señora Castle, pero acabo de caer. Hoy tenía que almorzar en casa de la madre de Philippe.
—Llama y diles que llegas tarde —respondió la señora Castle. E, ignorando todo lo que sus viajes ya tendrían que haberle enseñado, añadió—: Pídele a ese camarero que te traiga un teléfono.
—Ya me acuerdo. Ya sé dónde está Philippe. Ha ido a recoger a su hermana al aeropuerto a primera hora de la mañana. Venía de Nueva York. Imagino que han ido directos a casa de su madre desde el aeropuerto. Habíamos quedado en que los vería allí. Dirán que se me ha olvidado a propósito. Philippe está en casa de su madre…
—Mal sitio para un hombre —apuntó la señora Castle dando golpecitos en la mesa con su anillo para llamar a un camarero—. ¿Qué vas a tomar, Shirl?
Seguro que Philippe no quería asustarla. Si hubiera buscado detenidamente en vez de montarse una película sobre Geneviève, habría encontrado una nota. Se imaginó su letra en el bloc al lado del teléfono: «Colette ha vuelto, y con una luchadora de Hamburgo a la que conoció en el Museo de Arte Moderno. Mamá confía en que la luchadora tenga un hermano y en que esta extravagante aventura desemboque en una boda. Te esperamos para comer».
Sí, estaban esperándola para empezar con el asado de ternera del domingo y para oír las historias desdeñosas de Colette sobre las comidas, la moda y el estilo de vida que se llevaba en otra ciudad. Esperarían un rato a Shirley y luego, después de inventarse las excusas de rigor para que Philippe no se sintiera mal, empezarían con el aperitivo predilecto de Colette: huevos en gelatina. «Esto es lo último que necesita mi hígado», apuntaría Colette, untando un trocito de pan en la yema. Comerían ternera con moderación, porque en el angustiado mundo de madame Perrigny la carne causaba cáncer. Buena parte de la conversación, una vez despachada Nueva York, se centraría en los peligros de la comida, de comer en restaurantes, de comer en cualquier sitio que no fuese aquella casa; y acabarían llegando a la factura que les pasaría incluso ese almuerzo: languidez, migrañas, calambres, insomnio y remordimientos digestivos. La madre de Philippe cocinaba bien, pero solo porque era incapaz de cocinar mal: no sabía cómo se hacía. Con todo, el mero hecho de comer la inquietaba. La peristalsis era un enemigo al que nunca había conseguido someter. Sus intestinos tenían una relevancia casi histórica: aunque tomaba bismuto para calmarlos y carbón para cuidarlos, eran una nimiedad en comparación con su estómago, donde las comidas de cuatro platos se pasaban los días, indigestas, dando vueltas y vueltas como si se tratase de ropa olvidada en una secadora.
Colette se compadecía de las aflicciones de su madre; a menudo las compartía, y sumaba otra propia: un hígado inquieto. Cuando un huevo, una jícara de chocolate, una copa de vino o una galletita de más lo despertaba de golpe, el hígado de Colette se estiraba, doblaba su tamaño e intentaba abrirse paso a través de su piel. Si se llevaba las manos al costado derecho, justo debajo de las costillas, Colette conseguía devolverlo a su sitio. Sin embargo, encoger el hígado era algo muy distinto: implicaba pasarse días tumbada y no beber más que el agua en la que se habían hervido zanahorias y perejil durante dos horas, sin sal, hasta que el hígado enfurecido por fin se aplacaba. Uno de cada dos fines de semana, de hecho, Colette pasaba cuarenta y ocho horas guardando cama y bebiendo dicho caldo, y se levantaba con un hígado al que había conseguido debilitar considerablemente, pero nunca derrotar del todo.
Al poco tiempo de conocer a Philippe, Shirley invitó a su hermana y a su madre a cenar. No era consciente del nivel de compromiso que implicaba dicha invitación ni de que solo las personas sin educación recibían invitados los sábados por la noche. Pero la curiosidad llevó a las Perrigny a cruzar París aquella tarde anodina. Llegaron con veinticinco minutos de adelanto. Colette llevaba un protocolario ramo de claveles sujetos con alambre y adornados con esparraguera que fue soltando finas agujas verdes por toda la escalera. «Personajes de Goya», pensó Shirley al ver a los tres en su rellano: la mujer frágil y artrítica con ojos oscuros de gitana; Colette, tallada, adornada y bañada en oro, como un sillón antiguo; y, a su espalda, un Philippe distinto y vigilante. Quince minutos antes de su llegada —si hubieran sido puntuales—, Shirley habría hecho la cama, habría vaciado los ceniceros y habría despejado la sala de estar, privándola de su habitual y caótico desorden de bufandas, periódicos, perchas, botas de agua y flores moribundas. Iba descalza, vestida con un albornoz que sujetaba con la mano izquierda. Supo que ese encuentro era irremediable. Recordó cómo la habían mirado los padres de su primer marido y cómo se había visto reflejada en sus ojos.
—Philippe, ponles una copa, ¿vale? —dijo en inglés—. El puñetero albornoz no tiene cinturón y si quito la mano se abre.
—No beben, no te preocupes. Pero ponte algo, te lo pido por favor.
Los oyó murmurar mientras se vestía. Por el tono parecía mera cháchara. «Haz algo. Échame una mano», le pidió a ese nadie en concreto al que ella llamaba san José.
Shirley los invitó a sentarse a la mesa de la sala de estar y encendió con solemnidad varias velas, lo que les hizo pensar —ella lo supo al cabo de un tiempo— que su idea de elegancia estaba sacada de los restaurantes del Barrio Latino. Luego miraron el plato enorme que había en el centro de la mesa y dijeron lo siguiente:







