Una vida aceptable

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—¿Con qué ingleses? —preguntó Shirley, dejando El pío nuestro de cada día a regañadientes—. ¿Qué quería decir con eso?
La señora Castle se encogió de hombros. Empezó a recoger su cuaderno, su bolígrafo y sus guantes.
—Pero dejó que le pagase la comida —dijo.
—La mitad de los hombres que conozco son así. ¿Eso es vulgar?
—Es poco atento. Bien podrían haber sido los últimos billetes que me quedasen.
—Supongo que fue algo grosero. ¿O no? Nunca he tenido muy claro lo que significa «grosero». —Shirley intentó imaginarse el tren, la mano agarrando una copa de vino.
—Pues no lo sé —respondió la señora Castle en tono alegre—. Creo que a él le parecía sociable, sin más. Intentaba que la conversación me resultara interesante. Bueno, Shirl, no te entretengo más, que tienes mucho que leer.
—Señora Castle, me lo he pasado de maravilla. ¿Nos veremos otra vez?
—La verdad es que no hace falta, ¿no? Nos hemos visto un buen rato y ya sé qué decirle a tu madre. Hemos estado en Pons, que me moría de ganas de conocer, y esta tarde voy a Fontainebleau con un grupo de American Express. Me han gustado mucho los éclairs.
—¿Qué va a decirle a madre?
—Nada que no pudiese grabar para que lo oyeran otras personas. Que estás delgada como un alambre y que parece que conoces a mucha gente. Que, para serte franca, eres más o menos como siempre has sido. Que prefieres leer a escuchar, pero no todo en la vida son libros. ¿Sabías que naciste de nalgas? Si volvemos a vernos alguna vez, te contaré un montón de cosas que a lo mejor te interesan.
* * *
Al salir a la calle, Shirley se sintió como una extraña en París y como si la señora Castle llevase allí toda la vida. La vio dirigirse con resolución a la que sin duda sería su parada de autobús. ¿Se habían despedido? De pronto la señora Castle dio media vuelta y le dijo:
—¿Por qué tu amiga italiana…? ¿Era Gina? ¿Por qué lo hizo?
—Renata… No es italiana.
—Da igual. ¿Por qué intentó suicidarse? ¿Para ver qué hay después?
—Pues creo que se lo he contado, señora Castle. Decía que se sentía sola y que le dolía.
—Tu madre te parió sin una triste aspirina, y eso que venías de nalgas. Tu marido tiene razón. Esa muchacha es una pesada. No te juntes con ella.
La señora Castle desapareció bajo los cambiantes juegos de luces y sombras marcados por el sol y las hojas entrelazadas de los árboles. Ahora, en su lugar, había un hombre con una silla plegable en la mano. Shirley era miope y estaba acostumbrada a que la gente se desvaneciese así ante ella, por lo que habló con confianza a la luz y a la sombra.
—Por cierto, señora Castle, esta mañana he salido de casa sin dinero. No llevo nada, ni siquiera un billete de autobús. ¿Puede prestarme algo? Mañana se lo llevo a su hotel.
—Eso sería lo último que haría —respondió la voz de las praderas—. Ni podría, ni querría. Ya tienes tu libro, y tu desayuno, pero no puedo darte nada más. Además, Shirl, tu madre sería la primera en recordarte que una dama nunca necesita nada. Nunca necesita, nunca quiere y, en cualquier caso, nunca pide nada.
4
Shirley siempre tenía la esperanza de que las cartas de su madre le ofrecieran soluciones mágicas, y siempre se llevaba un chasco. La correspondencia entre madre e hija, Montreal y París, era un diálogo de sordas ininterrumpido. Shirley le suplicaba que la aconsejara en diferentes asuntos, pero solo conseguía que le dijese que sus preguntas eran ilegibles. Después de pedir respuestas, siempre tenía miedo de cuáles podrían ser, aunque envidiaba la clarividencia que sin duda las habría inspirado. A veces dejaba los sobres intactos varios días, como si temiese que, al abrirlos, algún tipo de cuenta pendiente pudiera abalanzarse sobre ella y matarla a zarpazos. Porque así se imaginaba ella la justicia: como un leopardo agazapado en la oscuridad. Por otra parte, que la señora Norrington hubiera decidido hacer caso omiso de la última carta de Shirley con la excusa de que estaba escrita con runas ilegibles no significaba que no hubiera entendido de qué trataba o que no tuviera opinión. La madre de Shirley formaba parte de una familia de mujeres de las praderas activistas con formación universitaria. Mucho antes de que Shirley naciese, había publicado una tesis titulada Lo que Ruskin no supo ver, que no trataba tanto de Ruskin como de un aspecto insignificante del Renacimiento italiano: lo único que Ruskin no había sabido ver eran un par de pintores. (Unos años después, Shirley descubrió de manera fortuita, en una biblioteca universitaria, el campo de la tesis de su madre, dentro del ámbito «Jefes tribales escoceses», con «Familia Gray» como referencia, lo que no disgustó a Shirley, puesto que eso significaba que solo los estudiantes más dotados y perseverantes podrían remontarse al siglo que correspondía.)
La señora Norrington había salido de sus años de investigación mucho más impresionada por la lamentable historia del matrimonio de Ruskin que por la historia del arte en sí, por la que, mal que le pesara, sentía casi el mismo desdén puritano que su entorno. Llevaba un tiempo acumulando material para una segunda obra que quería titular: Lo que Effie calló. Sería un folleto —aunque Shirley se lo imaginaba con tapa rígida color oliva— y abordaría la capacidad de Effie Gray para sufrir y perdonar, su inocencia sexual, su prolongada virginidad conyugal y las posibles razones por las que por fin se armó de valor. El tiempo y la pasión se movían en círculos. La señora Norrington entendía a Effie, pero una prudencia innata impedía que entendiese a Shirley. Ahora, Effie y Shirley se habían solapado, por así decirlo. Hacía ya unos siete meses, en noviembre, que el regalo de cumpleaños que la señora Norrington le había hecho a su hija —un cojín relleno de agujas de pino— había llegado, con un mensaje ensartado en su corazón de hierro: «Ya tienes veintiséis años, cariño, la edad a la que Effie Gray por fin dejó a ese Ruskin». Lo que consternaba a Shirley no era la inocente falta de claridad de su madre, sino la lógica simplona que la llevaba a juzgar a dos hombres distintos como si fueran la misma persona. Shirley escribió en vano numerosas cartas con manchas de tinta y de café asegurando que Philippe y Ruskin no tenían nada en común, excepto el temor básico que obsesiona a todo matrimonio: el de haberse equivocado de persona. La señora Norrington seguía sugiriendo que, aunque el matrimonio no consumado fuese, en su opinión, la más respetuosa de las relaciones, carecía de mérito espiritual si el marido era impotente u homosexual. No, tenía que tratarse de algo aún más complicado. Unos votos religiosos unilaterales habrían obtenido su visto bueno, aunque más de una vez le había asegurado a Shirley que era y siempre sería «una agnóstica con la conciencia extremadamente tranquila».
«Tendría que dejar de molestar a mi madre —se dijo Shirley después de dejar a la señora Castle, con sus principios y su independencia, en la parada de autobús—. Nunca querrá entender mi letra. ¿Por qué insistir?»
Ya no tenía nada por delante, excepto una larga caminata hasta casa. Pensó en coger un taxi para ir a la casa de la madre de Philippe y pedirle al conductor que esperara mientras ella subía a la carrera varios pisos, tocaba al timbre, se sometía a una inspección a través de la mirilla y, con la respiración entrecortada, pedía el dinero del trayecto. La imagen era tan sumamente aterradora que dio gracias por estar en esa situación, sin un céntimo, cruzando la calle para adentrarse entre las luces y las sombras de los Jardines de Luxemburgo. Al menos, la carta de ese día le había dejado claro que podía usar la máquina de escribir: hasta entonces, la señora Norrington tenía la costumbre de rasgar, sin leerlo siquiera, cualquier mensaje que no estuviera escrito a mano. Lo más probable era que algún vagabundo ingenioso, o algún vecino taimado, la hubiese convencido de que el progreso de la humanidad se veía lastrado por quienes aún escribían con bolígrafo. Entonces esa persona habría sacado una Remington averiada y se la habría vendido a un precio exorbitante. Por lo general, los cambios de opinión de su madre se debían a encuentros por el estilo.
«Aquí está la fuente junto a la que Geneviève aprendió Ganso Gansito de memoria; donde Geneviève arrastraba una silla verde para sentarse, confiada, al lado de la señorita Thule; donde las rodillas desnudas de Geneviève rozaban la falda estilo racionamiento de posguerra de la señorita Thule.» Shirley escogió una silla en ese lugar consagrado y abrió su guía, la auténtica Palabra llegada de su hogar, El pío nuestro de cada día. «¿Podría morir tu padre? —leyó—. Por supuesto: muchos niños no tienen padre. Me han hablado de un niño cuyo padre se cayó de una escalera alta y se mató. El padre de otro niño murió por la coz de un caballo. Otro padre estaba excavando un pozo muy hondo y dejó de respirar. Los padres de algunos niños enferman y se mueren.» A Shirley le agradaba leer por fin algo que parecía irrefutable. A sus pies, dos niños que no parecían conocerse estaban acuclillados, espalda contra espalda, dibujando en la arena. Una mujer pálida, una de las madres del parque, preguntó con una risilla maliciosa que recordaba a un relincho: «¿Son suyos los dos?». Entonces Shirley cayó en la cuenta de que uno de los niños era de piel oscura, quizá magrebí. Cerró el libro, dejando un dedo entre las páginas.
«¿Que dónde he estado desde anoche? —volvió a empezar, tratando de dar con alguna historia que Philippe pudiera creerse—. Esta mañana he vuelto de casa de Renata en metro (verdad) y he parado en Rue du Bac a comprar comida para nuestro almuerzo (verosímil). He estado comprando. Eso es lo que he hecho las últimas dieciséis horas. He comprado olivas, anchoas, salchichón de ajo y dos tipos de queso…» Pero era imposible, porque no llevaba dinero encima, ni un céntimo, y no necesitaban anchoas, porque cada dos domingos comían en casa de la madre de Philippe. Aquel era un domingo de gala, con una tarta Saint-Honoré de treinta y cinco centímetros de alto, tachonada de violetas azucaradas y rellena de ligerísima nata hasta que la tarta pareciese flotar, solo porque Colette había vuelto sana y salva de su viaje a Nueva York. Colette, una estilista con una clientela casi exclusivamente extranjera, había viajado con todos los gastos pagados porque una clienta se había empeñado en que le enseñara a su peluquera cómo conseguía un tono concreto de castaño rojizo —o eso le dijo Colette a su madre—. Shirley se imaginó a los tres Perrigny alrededor de la tarta Saint-Honoré. Cada vez que veía a Philippe con su familia, aunque fuera en la imaginación, se decía que su misión era salvarlo, y que ese era el objetivo de su matrimonio. «Me daba miedo acabar pareciéndome a mamá», le había dicho su marido una vez; una frase alarmante, habida cuenta de que, para él, su madre no tenía ningún rasgo odioso. Poco después de la boda, Philippe le leyó a Shirley la mano y el futuro, lo que quizá significaba que había sido incapaz de imaginárselo. Ella estaba tumbada en una cama alta de hospital, en Berlín, mirando el cielo coriáceo por la ventana a la que él daba la espalda. Le dijo que su línea de la cabeza era tenue y que la línea del destino estaba partida en dos: seguía un curso irregular poco después del corte. «Una vida agitada, una vida americana», le dijo. Ella pensó que su marido estaba intentando que aquel dolor pareciese inevitable, porque se sentía culpable. La había arrastrado por media Europa en un dos caballos. «Cree que es responsable del aborto», se dijo Shirley. Pero había sido un accidente, culpa de los dos. No se había casado con ella porque estuviera embarazada, ¿verdad?
—Quizá tuviste una crisis religiosa en algún momento, y eso explique el corte —le dijo, no para burlarse, sino intentando encontrar en su mano un tema que su mujer evitaba. Lo único que Shirley sabía del universo era que la humanidad está abandonada a su suerte. Ella negó con la cabeza—. O puede que signifique que vas a hacer alguna tontería. —Y Philippe volvió a presionar con los dedos hasta que la palma arqueada de su mujer pareció una hoja.
—A lo mejor ya he hecho la tontería.
—Se te olvidará —respondió él con voz suave, creyendo que se refería a aquel día—. Veo que vas a tener siete hijos.
—Muy bien. Yo también.
¿Por qué no hablaba en plural? Shirley podía recordar a su difunto padre sin que se le saltaran las lágrimas; nunca hablaba de su joven marido fallecido; y tampoco estaba llorando en ese momento, así que Philippe pensó que sabía sacudirse la tristeza con facilidad y que el dolor era una disposición transitoria de sus sentimientos. Creía que era una característica norteamericana que permitía llevar una existencia cómoda, sin recuerdos ni remordimientos.
Pero Shirley no era tan descuidada como él parecía desear: al menos sabía lo que la asustaba. El accidente de su mujer lo había conmocionado. Philippe se sentía culpable, pero malinterpretaba el significado de ese sentimiento. Shirley consideraba a su marido invulnerable y, por el mero hecho de ser riguroso, superior a ella. Ninguno de los desdichados amigos a los que Shirley había ofrecido con mucho gusto su cariño sabía lo impuros que le parecían en el fondo. Ahora se daba cuenta de que Philippe aún estaba aprendiendo: a los veintinueve años, había descubierto que hasta los mejores días esconden sorpresas envenenadas. La compasión generosa de Shirley, su inmediata buena fe y su raudo arrepentimiento no iban a servirle de nada a él. Obsesionado con el significado oculto de las ideas, aún creía que la gente era lo que parecía ser; o peor, que la gente era como tenía que ser. La discreción le parecía algo fundamental y las inclinaciones del corazón, fáciles de identificar. Shirley había esperado que le construyese una casa, intelectual y sentimental, y la invitara a pasar. Pero al final resultó ser ella quien lo invitó. La escasez de casas en París, que ya afectaba a dos dóciles generaciones, imponía ciertas normas: uno de los cónyuges tenía que aportar un techo. Dos personas sin casa jamás se casarían, simple y llanamente. Philippe dejó a su hermana y a su madre por un apartamento donde había espacio de sobra, pero solo sitio para Shirley. Hizo hueco a la ropa de su marido colocando la suya sobre las sillas, y habría podido quedarse allí para siempre si Philippe no la hubiese vuelto a guardar.
El día avanzaba: arrastró unos centímetros su silla de hierro para sacarla de la sombra que ofrecía el parque. Se acordó de que en los parques de París había que pagar para sentarse, y se preguntó qué diría cuando apareciese la mujer andrajosa con sus tickets de papel. Leyó: «En el cielo no hay noche, porque los ángeles nunca se cansan de cantar y nunca tienen ganas de dormir. Nunca enferman y nunca morirán». Cada vez que la historia que estaba inventándose para Philippe rozaba la verdad, se volvía inverosímil. ¿Quién iba a creerse que la amiga más vieja de su madre, la señora Cat Castle, se había negado a prestarle a Shirley el dinero para un mísero billete de autobús? Quizá Philippe llevaba razón y lo mejor era imaginarse a los demás como tendrían que ser. Entonces Shirley sería descrita por todos los Perrigny que la sobreviviesen como ingenua, puritana y alcohólica, porque así veían ellos a los norteamericanos. Al menos era explícito; ella, en cambio, no tenía una imagen fija de nadie. Esa misma mañana, mientras volvía arrastrando los pies después de la larga noche en casa de Renata, había visto su reflejo en el escaparate de una charcutería. Se esperaba ver la cara de alguien vulnerable, de quien era fácil aprovecharse (¡qué fiables resultaban ser los espejos de Geneviève!), pero el reflejo decía: «Así eres tú» y le devolvía su imagen, implacable. También estaba ridícula. El cinturón de la gabardina le arrastraba. Esa mañana radiante de junio iba vestida para la lluvia y para la noche. Como ese recuerdo no le decía nada, lo recompuso, y se vio caminando por la Rue du Bac vestida con la ropa idónea, intimidatoria, como su cuñada Colette. Se alejó un poco para ver la calle con algo de distancia. Por la otra acera, siguiendo a Shirley con cierta torpeza, había un perseguidor melancólico, un personaje propio de Turguénev, con los cordones desatados. Bien administrado, el episodio podía ocupar hasta doce minutos de cualquier aburrida película europea. En una película estadounidense, uno de los dos tendría que estar gritando. Soltó una carcajada, y uno de los niños acuclillados a sus pies creyó que se burlaba de él. Intentó ocultar lo que quiera que estuviese dibujando en la arena, pero tenía las manos demasiado pequeñas. Había dibujado un león o una esfinge de pies enormes; su criatura llevaba botas.
—Es un caballero —le dijo a Shirley.
—Ya lo sé —respondió—. Se nota por las botas.
«Me había puesto las botas de agua de Canadá —le diría a Philippe—. Y la gabardina que, según tu hermana, parece una pieza de un uniforme alemán. Unas horas antes habían pronosticado un fin de semana lluvioso, pero, como siempre, fui la única persona de París que se tomó en serio el pronóstico del tiempo. Me vestí para una o dos cosas que nunca ocurrieron. Tú me dijiste que dejase de ponerme la gabardina porque estaba sucia, pero ¡tampoco me dejaste regalársela a nadie, que habría sido lo más sencillo y considerado! No, tú me aconsejaste que la llevara a la tintorería para que la sumergiesen en líquido para embalsamar.»
«Mi madre escribió: “Si te casas con él, siempre os separarán dos cosas: la higiene, porque no lavarse forma parte innata de él, y la manera de concebir los bienes terrenales, porque seguro que es un tacaño”. Está muy equivocada. O eso me parece a mí. Ahora ¿qué? Cruza el parque. Ve a casa. Busca dinero. ¿Dónde? James, claro. Mi vecino, James Jijalides. Philippe se pondrá hecho una furia.» Entonces le dijo a Philippe: «Mira, no puedo seguir disculpándome por todo. Sé que piensas que mis amigos son unos inútiles, y supongo que lo son; pero ¿los tuyos dónde están? Otra cosa que escribió mi madre fue: “Acuérdate de que no tienen amigos”. Tú tienes a Geneviève, pero nunca la he visto. Luego está Hervé. Fuisteis juntos a clase, al ejército, a Argelia, pero ahora estáis casados y vuestras mujeres os distancian. Yo podría describir a una Geneviève, aunque nunca haya visto una, pero ¿cómo describir a Hervé? Hervé no sabría ni cómo se llama si la policía no hubiese escrito su nombre en un carnet y lo hubiera sellado. Él no se mira al espejo; él mira la foto del carnet de identidad. Si la policía ha asegurado que esa cara es de Hervé, tiene que serlo sin más remedio. Si la policía no pudiera verlo, significaría que es invisible o una persona distinta. He hecho una tontería —le dijo a Philippe—. En Berlín dijiste que la haría. Lo leíste en mi mano».
La razón le aconsejaba que no todas sus llamadas telefónicas fueran imaginarias. En la sala de estar, con los postigos cerrados, Shirley marcó el número de la madre de Philippe. La centralita de Galvani le evocaba calles desangeladas y esposas de dentistas con guantes que esperaban en fila el autobús. Respondió Colette, que dijo: «Ah, eres tú», en un inglés con un tono nuevo y áspero. Dejó a Shirley divagar, o parlotear, un par de minutos hasta que la interrumpió con un: «Shirley, cariño, no te molestes en venir a no ser que tengas hambre. Estoy cansada del viaje y me voy a acostar. Mamá está descansando. Todos estamos agotados. ¿Por qué lo sientes? ¿Perdón por qué? No, mujer, no. La amiga de tu madre es igual de importante. No, Philippe no ha ido a Le Miroir en todo el día. Hoy no va a trabajar. Eso te lo puedo asegurar. Espera, por favor, me dice… No, dice que no dice nada. ¿Que si está furioso? Qué va. Qué lenguaje más dramático. ¿Disculparte por qué? No hace falta, no hay motivo, así que déjalo, por favor. Tengo que colgar. Ya está. Hablamos. Adiós. Shirley, despídete, por favor, es más sencillo que seguir con todas estas disculpas. Hablamos. Voy a colgar».
Shirley podía oler perfectamente los cigarrillos de su marido, y también un olor parecido al de casa de su suegra, una mezcla de hierbas secas, manzanas, libros oscuros y alcanfor. Estaba sonriendo, como si la conversación con Colette hubiera sido una especie de broma. La araña de la habitación había desaparecido, pero entonces vio un recordatorio de que tenía amigos. Tuvo que acercarse mucho a los ojos la carta de James Jijalides, al que una vez le habían dicho que la caligrafía minúscula era un rasgo de intelectuales. Tal y como Shirley intuía, era una invitación a una fiesta. «Tráete a quien quieras», decía, como si Philippe fuese cualquiera. El primer mensaje que le dejó, hacía casi dos años, rezaba: «Sus vinilos ahogan mi radio. ¿No cree que unos vecinos tan escandalosos tendrían que conocerse?». Le gustaba escribir en inglés, y de haber leído en voz alta su propia frase habría pronunciado ese «¿No cree?» con tono altanero, porque así se hablaba en ese idioma. Shirley recordó las muchas veces que había subido a la carrera los dos pisos que los separaban, siempre buscando algo. Cuando llamó al timbre (un carrillón de barra) recordó que era domingo, que París estaba vacía y que todas las fiestas del sábado habían terminado.
James fue a abrir, seguro de sí mismo a la par que bribón, sonriendo con la cabeza gacha, y Shirley pensó, como la primera vez que lo vio: «Zorro negro». Le tendió su carta.
—Bueno, aquí estoy —dijo—. Pero tienes que dejar de dirigirme las cartas solo a mí. Philippe no entiende esas confianzas. He subido a decírtelo, entre otras cosas.
El hombre cogió la carta y se la metió en el bolsillo de la chaqueta, como si tuviera intención de reutilizarla. Su puerta principal daba directamente a una sala de estar en la que había dos chicas de pelo rubio en el sofá, descalzas, con un cenicero ámbar hasta arriba de colillas entre ellas. En una mesa plegable había una bandeja con bebidas y los restos de un generoso desayuno sin recoger.
—Anoche te esperamos, madame Perrigny —dijo Rose O’Hara, levantándose para saludarla—. James decía que le dejó la invitación a tu marido. Yo le expliqué que no era elegante que la escribiese a tu nombre.
—Philippe nunca viene —intervino James—, ¿para qué iba a tomarme la molestia?
—Odias las fiestas —respondió Shirley.
—Ya lo sé —dijo Rose—. Y nosotros lo aburrimos. Lo siento.
Shirley y la mujer, que se sentían muy cómodas la una con la otra, sonrieron y dejaron a los otros dos de lado. Rose era alta y desgarbada. Tenía la boca grande, la falda muy larga y el pelo suave y rebelde recogido en un peinado caótico, sujeto con peinetas, broches e incluso trozos de hilo bramante. Una vez, sentada en el borde de la bañera de James, Shirley vio a Rose intentando dominar sus mechones sueltos en vano y la escuchó decir que no había hombres para todas, que los hombres inteligentes elegían a las mujeres idiotas porque no les daban quebraderos de cabeza, y que los que quedaban eran de segunda clase. Rose se refería a James y a ella misma; estaba hablando de ellos. Pero Shirley lo había interpretado como una alusión a Philippe, y creyó que ella era la chica anodina que hurtaba a ese hombre inteligente a otras mujeres más apropiadas para él. Dijo que lo sentía, y Rose respondió: «No, no lo sientas por mí».
La segunda chica rubia, que había tenido los ojos cerrados hasta ese momento, como si esperase una sorpresa, los abrió de pronto.
—Ah, una mujer —dijo con ligero acento alemán—. ¿Por qué no viene por fin un hombre?
—¿Es que no me has oído hablar? —preguntó Shirley.
—Es domingo, cariño, y madame Perrigny ha pasado a tomar el aperitivo —apuntó James, intentando restaurar el decoro. Se quedó mirando a la chica, como diciendo: no hagas nada que escandalice o espante a madame Perrigny.
—James, ¿es que Rose y tú habéis vuelto a adoptar? —preguntó Shirley—. Un día de estos os vais a meter en un buen berenjenal.
—Lo que acabas de decir no es interesante —respondió James. Tenía la nariz alargada y la piel un poco irritada, como si se hubiese rascado por la varicela. Su pelo resplandecía como una pizarra que acabasen de limpiar, y daba a sus manos un trato propio de la clase media europea: quería que lo viesen como alguien que no había tenido que cambiar una rueda en su vida. Se movía en ese ambiente femenino como pez en el agua—. ¿De dónde dirías que soy, si no lo supieras? —le preguntó a Shirley.
Probablemente estuvieran hablando de eso cuando ella llamó al timbre. James quería que lo tomasen por algo que no era, pero ¿qué era? «El griego de arriba», lo llamaba Philippe. Para Shirley, «griego» abarcaba todo lo que hubiese en el otro extremo del Mediterráneo. Los griegos, los turcos, los egipcios y los libaneses acudían a los grandes cócteles acompañados de sus inteligentes mujeres de piel morena, con vestidos de lamé y perlas de Chanel. Cuando se formaba un grupo que después se iba a cenar a algún sitio, el griego o el turco de turno siempre acababa pagando la cuenta. Nunca consideraba aquello como un desprecio: lo único que él quería era que lo viesen, acompañado de su mujer, pagando la cena de un puñado de desconocidos en un local caro. Pero ¿que lo viese quién? Cuando pensaba en James, al que conocía bien —puede que, en cierto sentido, incluso mejor que a Philippe—, y en Atenas, ciudad que nunca había visitado, se le ocurrió que podía tener aire de «Byron», pero poco más. James había aprendido francés con un maestro de provincias autoexiliado. Su acento sonaba como el de esos egipcios apátridas que, cuando les preguntaban de dónde eran, siempre respondían: «Mi cultura es francesa: he leído a Racine». La ropa de James era inglesa, pero tan perfecta que solo podía proceder de una boutique Merrie England continental. «Al menos James tiene nombre —pensó Shirley—: el banquero libanés o el abogado alejandrino que pide champán para doce desconocidos nunca dice su nombre, o nadie se lo pregunta.»







