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Al volver a llegar a la puerta de su pobre mansión, otro necesitado. Le sigue con éxito semejante al de los pasados convites.
Hay noches en que las idas y venidas del pobre quatorzième exceden toda ponderación.
Ha ganado bien su dinero, porque cada viaje se paga, pero ha pasado por el suplicio de Tántalo.
La civilización de Buenos Aires debe pensar seriamente en esto. No soy un alarmista. Pero sostengo que así como estamos amenazados de muchas pestes por falta de policía municipal, hace muchos años que la educación se descuida en inculcar en los niños esta idea: uno de los mayores defectos sociales es hacer esperar.
Tan es así, que me acuerdo yo de un andaluz que vivió once años de huésped en casa de una tía mía. Un día anunció que se iba a su tierra. ¡Ya era tiempo! Su despedida consistió en esto:
–Señora, usted no puede tener queja de mí, siempre he estado presente a la hora fija de almorzar y comer.
Con lo cual se marchó, habiendo dicho no poco, que el que no ha esperado jamás gente a comer, porque nunca ha dado comidas, habiéndose limitado a comerlas, no sabe lo que es esperar a un huésped o a un convidado.
Indudablemente, debe haber una enfermedad que los médicos no conocen, proveniente de la impaciencia de esperar gente a comer.
La ciencia no tardará en descubrirla y en agregarla a la nomenclatura patológica.
Una excursión a los indios ranqueles (1870)
Lucio V. Mansilla (1831-1913). Periodista, militar, político y escritor argentino, escribió el más famoso de sus libros, Una excursión a los indios ranqueles, publicado por entregas en 1870, después de una campaña en Córdoba para asegurar el cumplimiento de un tratado con el cacique Mariano Rosas, pese a haber sido desautorizado por el entonces presidente Sarmiento.
Georg Simmel
El plato
Respecto a la fuente de la que simplemente se tomaba la comida en las épocas primitivas, el plato es una figura individualista.
Nos señala que esa porción de comida ha sido aislada exclusivamente para esa persona.
La forma redonda del plato lo marca; la línea del círculo es el dibujo más cerrado, su contenido es el más concentrado en sí mismo, mientras que la fuente de comida disponible para todos es rectangular u oval, es decir, está menos celosamente cerrada sobre sí.
El plato simboliza ese orden que da a la necesidad del individuo aquello que le corresponde como parte de un todo subdividido en porciones, ese orden que, a su vez, no le permite ir más allá de este límite.
Sin embargo, el plato también anula y sobrepasa este individualismo simbólico en una comunidad más perfecta y más formalizada: los platos de una mesa deben ser idénticos entre sí, no toleran que haya alguna individualidad que los diferencie; utilizar platos o vasos diversos para diversas personas sería absolutamente desagradable y absurdo.
“Sociología de la comida” (1910)
Georg Simmel (1858-1918). Filósofo y sociólogo alemán, fue un prolífico autor y famoso docente, aunque nunca pudo hacer una verdadera carrera académica en las universidades alemanas. Conocido por su Filosofía del dinero, escribió sobre moral y sobre teoría de la historia, fundando las bases de la teoría crítica alemana posterior.
J. R. Ackerley
Contacto contaminante
Al atardecer nos sentamos en compañía del Dewan, y le pregunté cómo se había originado la complicada red de reglas respecto de la comida y la bebida. Dijo que se remontaba a los tiempos más antiguos, cuando, por miedo al envenenamiento se había escrito que “un ario debe tomar comida y bebida de manos de un ario, y puede tomarla de cualquier otro hombre en el que confíe”. A partir de ese sentimiento se habían desarrollado las intrincadas leyes de casta del presente, según las cuales, podía decirse sumariamente, a los hindúes les estaba permitido tomar agua de cualquier hindú salvo de un barrendero, fruta y comida seca de cualquier hindú, pero comida cocinada sólo de su propia casta o de las más altas. En cuanto a los musulmanes, dijo, su contacto por supuesto era profanatorio, y de ellos no se podía tomar nada en absoluto.
–Excepto betel –dije alegremente, citando el único ejemplo que me había dado Babaji Rao de reconciliación de las dos razas. Pero el Dewan se apresuró a rechazar la propuesta. No se podía tomar betel de un musulmán, dijo. Babaji Rao murmuró disculpándose que había una diferencia entre el betel preparado y el betel entregado por un musulmán.
–No hay ninguna diferencia –dijo el Dewan, y Babaji Rao se hundió en el silencio del que había salido con tanta imprudencia.
Pregunté por qué el contacto de un musulmán y un europeo era tan contaminante, y el Dewan dijo que se debía a sus hábitos carnívoros y a su falta de minucia en el lavado. Si su esposa dejaba la cocina por un momento, dijo, para ir a buscar algo, por ejemplo, se lavaba las manos cuidadosamente antes de volver; pero los musulmanes y los europeos tenían hábitos sucios: usaban papel en lugar de agua en sus letrinas, no se sacaban los zapatos de cuero en la cocina, fumaban en la cocina y comían CARNE, y cuando se lavaban lo hacían con jabón, que está hecho con grasa animal.
Los europeos se tocaban los labios o tocaban los extremos húmedos de sus cigarrillos, y después, sin haberse lavado, cocinaban o estrechaban manos con otra gente. Fumar era un hábito sucio, según él, y cuando le hice notar que muchos hindúes de clase alta lo habían contraído, afirmó que desdichadamente era cierto, pero de cualquier modo ellos se lavaban. Los europeos no tomaban precauciones en estas cuestiones tan importantes; bastaba ver su repugnante costumbre del té de la tarde. ¡Ese colador que usaban! Por eso, aunque en ocasiones había consentido en tomar té con europeos, nunca jamás aceptaba una segunda taza. ¿Qué sucedía? Cuando volvían a llenar las tazas, a menudo sin vaciar el poso y sin enjuagarlas con agua limpia, la mezcla compuesta del nuevo té, el poso y la saliva subía y tocaba el colador, con el resultado de que esa materia era transferible a la siguiente taza, y así a las demás. ¡Y el hielo! Se lo solía poner en un vaso del que alguien ya había bebido, y con tanta falta de cuidado que se dejaba que la cuchara tocara el líquido contaminado, y después la misma cuchara era vuelta a usar en el vaso de otro. O aun si no tocaba realmente el líquido, el hielo al caer podía salpicarla con gotas. ¡Repugnante! En estas circunstancias, él rechazaba el hielo. Y la costumbre de “la taza del amor”, de la que había oído hablar, le resultaba indescriptiblemente nauseabunda; nada podría inducirlo jamás a beber del vaso de otra persona. Hablaba con mucha convicción; pero le dije que aunque yo comprendía el peligro de los gérmenes y la enfermedad, me parecía que sólo dejando de respirar uno podía escapar completamente, y que la boca de la gente no me producía tanto asco.
Vacación hindú (1932)
J. R. Ackerley (1896-1967). Novelista y dramaturgo inglés, fue editor por décadas de la revista The Listener. Gracias a la intervención de su amigo E. M. Forster obtuvo un puesto de secretario privado de un marajá de la India en 1923, que dio como resultado su hilarante y sutil Vacación hindú.
Francis Ponge
El vaso
El vaso de agua en nuestra lengua es masculino (botella de agua es femenino; jarro de agua, masculino). Sin embargo, es muy perceptible que un vaso de agua no es ni masculino, ni femenino (ni neutro tampoco, ¡ah, Dios no, Sol no!). Es un tanto superior a eso. ¿Por qué “superior”? ¿Por qué no es más bien “anterior” o “posterior”? Quiero decir que no depende de ellos, que se burla de ello: no tiene preocupaciones de ese orden, no sufre (ni goza) de limitaciones de ese orden. No piensa en absoluto, no pierde su tiempo, no desperdicia sus fuerzas con ello, no muere lentamente por ello, no morirá por ello (no morirá). ¿Diremos que es hermafrodita? ¿Que le falta ser sexuado? No, no: no le falta nada. Da la impresión de estar satisfecho con lo que es. O al menos de haber sobrepasado tanto la satisfacción como la insatisfacción, sobrepasado su absurdo, de haber decidido simplemente querer hacerlo. Se afirma como tal, sin más. Sin complacencia por otra parte, lo que no quiere decir sin orgullo. Pero ciertamente sin vanidad. Vanidad está demasiado cerca de vacuidad. Pero un vaso de agua, por definición, no está vacío, ni cerca del vacío en lo más mínimo. Estás más de la mitad lleno. Eso basta para hacer un vaso de agua, que esté lleno más de la mitad. Pero, ¿de qué está lleno más de la mitad? De sí mismo.
Por lo tanto, más de la mitad lleno de sí mismo.
Hay algo denso, perturbador, meditativo sobre su propia suerte, hay una especie de trabajo interior en el vaso de vino, una modificación constante, que no existe, que en todo caso es muy poco perceptible en el vaso de agua.
Lo que se nota además fácilmente a la larga, por la manera en que cada cual envejece.
El vaso de vino se agria, se cubre con cierto brillo debajo del cual está agrio.
El vaso de leche, pues bien, lo veremos una vez más: se divide curiosamente en dos partes. Una tiende a volverse sólida (sin lograrlo completamente, precisará ayuda para ello); la otra es el suero, más fluido que la misma leche y amarillento, herrumbrado, con cualidades y defectos propios. La leche se divide pues en esas dos capas muy distintas, superpuestas horizontalmente a causa de su diferencia de densidad. Pero lo que resulta curioso es que lo sólido se sitúa por encima.
Pero no hago más que indicar esto, a modo de conjeturas (que contienen ciertos errores); no quiero demorarme en ello. Volvamos a nuestro tema.
¿Cómo envejece el vaso de agua? Es decir, ¿cómo podemos verificar a la larga lo que expusimos sobre su falta de sentimientos? Pues bien, no vamos a verificarlo totalmente. Ya no vamos a poder sostener, a la larga, nuestra idea de una perfecta indiferencia, impasibilidad.
¿Qué vemos en efecto? Pues bien, vemos que en el vaso de agua, a la larga, aparecen gotas de aire, burbujas. Signos de cierta vida (vida íntima), de cierta modificación, que no podemos dejar de tener en cuenta. El pasado entonces le resulta perceptible. Lo afecta, ligeramente.
Interpretemos que el vaso de agua se muestra ligeramente afectado.
¿Por qué sentimiento? Digamos que solamente por la pena de no haber sido bebido.
No se muestra completamente impasible.
Pasa (al pasado definido, definido por esas burbujas): por cierto, sin ninguna mancha, pero no sin cierta pena, muy discretamente expresada, cierto humor (gaseoso), cierta transpiración (oxigenada o carbónica) significativa de un fuerte sentimiento contenido.
Es todo lo que podemos decir, pero podemos decirlo con certeza.
Esa afirmación (como su deseo) es legítima: un vaso de agua debe ser bebido. Y debe serlo en un plazo bastante corto.
¿Por qué nos privaríamos de beberlo? Una vez o dos, no digo que no: para experimentar justamente esas burbujas. Para someterlo a esa prueba, para enseñarle a vivir, para hacerle sentir esa aventura (que puede ocurrirle) de envejecer, de ser olvidado o despreciado, considerado como una cosa nula o una bebida sin interés. Sí, una vez o dos, para conocerlo mejor y que él se conozca mejor a sí mismo. No todas las veces, no por regla general.
Un vaso de agua debe ser bebido.
O si no, tirado, cuando ha envejecido aunque sólo fuera un poco; tirado y reemplazado por otro, más puro, más joven, que no ha perdido ninguna de sus cualidades.
Tiremos entonces este. Y llenemos otro.
Es lo que le ocurre al vaso de agua contemplado por demasiado tiempo. Por no haber sido bebido, nunca lo será.
Este ya no será bebido.
(Podríamos además discurrir ampliamente todavía acerca de esas burbujas. Volveremos sobre ello si llega el caso, si resulta útil).
Señalemos que es casi lo mismo que le ocurre al que se calentara, al que hayamos hecho hervir. ¿Ebullición? Desoxigenación. De lo cual resulta, una vez terminada la operación, cierta banalidad y domesticidad que ya no incita a beberlo. El vaso de agua hervida sirve más bien para lavados o gárgaras. Es un remedio, un tanto repugnante. Es expulsado, escupido con cierto asco. Ya no implica riesgos. Ya no vale la pena. Mucho menos salvaje, mucho menos interesante.
Nos gusta cierto salvajismo en la naturaleza, sin exageración.
Así la contemplación equivale a la cocción. Es incluso peor. Hay domesticación sin esterilización. Con un poco más de tiempo, tal vez se pudra, se corrompa. Así conocen los individuos domesticados a la vez la banalidad y el veneno. Adquieren banalidad y conservan sus microbios, su veneno. Incluso estos últimos se exageran.
Y tal vez en el vaso de agua joven, salvaje, haya una compensación entre la oxigenación y la microbicidad. Es sabido que un agua fuertemente oxigenada se vuelve antiséptica. Esto lo confirma. Un agua razonablemente oxigenada puede no ser más que razonablemente microbiana y peligrosa.
Un agua excesivamente oxigenada es antiséptica pero no potable: se vuelve peligrosa para beber.
Resulta pues útil en todo una determinada medida.
Agradezcámosle al vaso de agua natural que generalmente contenga ese equilibrio, esa medida (que lo torna sabroso).
“El vaso de agua”, Métodos (1961)
Francis Ponge (1899-1988). Poeta y ensayista francés, su mirada precisa y rigurosa sobre los pequeños objetos cotidianos identifica toda su obra poética. Formó parte de la resistencia francesa, militó por un tiempo en el comunismo, vivió en Argelia. Le parti pris des choses y Proêmes son sus libros más conocidos.
Iván Alexándrovich Goncharov
La sed de la siesta
Pero la preocupación principal eran la cocina y el almuerzo. En toda la casa se deliberaba acerca del almuerzo, hasta la muy anciana tía se invitaba a la conversación. Cualquiera proponía su plato: uno, sopa con menudos; otro, fideos o callos; otro, mondongo; uno prefería salsa blanca y otro, roja.
Cualquier consejo era recibido para la deliberación, se discutía argumentadamente con todo detalle y luego se aceptaba o se rechazaba por dictamen definitivo de la dueña de casa.
Se presentaban sin cesar en la cocina, ya fuera Nastasia Petrovna, ya fuera Stepanida Ivánovna, para recordar sobre esto, añadir aquello o cambiar esto otro, traer azúcar, miel o vino para la comida y ver si el cocinero iba a agregar todo lo que se había dispuesto.
La preocupación por la comida era el primer y principal desvelo en Oblómovka. ¡Qué terneros se engordaban allí para las fiestas anuales! ¡Qué aves se criaban! ¡Cuántas consideraciones, cuántas ocupaciones y cuidados dedicados a velar por ella! Los pavos y los pollos, reservados para los onomásticos y demás fechas solemnes, se alimentaban con almendras; a los gansos les impedían moverse y los dejaban colgados dentro de una bolsa, inmóviles, para que se cebaran y dieran buena grasa. ¡Cuántas no eran las numerosas provisiones de mermeladas, salazones, horneados! ¡Qué kvas (1), qué mieles se preparaban, qué pasteles se horneaban en Oblómovka!
Y de ese modo, hasta mediodía todo era agitación y trabajo, todo vivía una vida tan plena, hormigueante y notable.
Los domingos y los días feriados tampoco descansaban aquí estas hormiguitas trabajadoras: entonces el ruido de los cuchillos se daba más seguido y más fuerte en la cocina; la sirvienta hacía varias veces su periplo desde el granero hasta la cocina con doble cantidad de harina y huevos; en el corral había más chillidos y más sangre derramada. Se horneaba un pastel gigante, que los propios señores volvían a comer incluso al día siguiente; entre el tercero y el cuarto día el sobrante llegaba a la habitación de las sirvientas, el pastel duraba hasta el viernes, de modo que tan sólo el final, completamente seco, sin ningún relleno, le llegaba como una caridad especial a Antip, quien, persignándose, destruía sin miedo, haciéndola crujir, aquella curiosa petrificación, y disfrutaba más de saber que se trataba del pastel de los señores que del pastel mismo. Como un arqueólogo, bebiendo con deleite un vino picado del cuenco de alguna vasija milenaria.
Y el niño no hacía más que mirar y contemplar con su mente infantil, a la que nada se le escapa. Veía cómo luego de una mañana productiva y ajetreada llegaban el mediodía y el almuerzo.
Es un mediodía despejado, no hay una sola nube en el cielo. El sol cae fijo sobre la cabeza y quema la hierba. El aire dejó de correr y ha quedado suspendido, inmóvil. Ni un temblor en las hojas de los árboles ni en la superficie del agua... sobre el pueblo y el campo descansa un silencio inmutable, todo está como adormecido. Nítida y lejana se escucha una voz humana en el vacío. En veinte sazhenes a la redonda puede escucharse cómo vuela y zumba un escarabajo, y en la densa hierba alguien ronca, como si se hubiera tumbado ahí y durmiera un dulce sueño.
También en la casa ha comenzado a reinar un silencio muerto. Ha llegado la hora del sueño general después del almuerzo.
El niño ve que el padre, la madre, la anciana tía y hasta la servidumbre, todos se retiraron a sus rincones; y los que no los tenían, se fueron, uno al pajar, otro, al jardín, el tercero buscaba reparo del calor entre el heno, y otro, con el rostro cubierto por un pañuelo para protegerse de las moscas, se quedaba dormido justo donde lo había vencido el calor y lo había derrumbado el opíparo almuerzo. Hasta el jardinero se había tendido bajo los arbustos del parque junto a su pico y el cochero dormía en la caballeriza.
Iliá Ilich lanzó una mirada a las dependencias, allí se habían acostado unos junto a otros, en los bancos, en el suelo y en el heno, dejando a los niños por su cuenta; estos se arrastran por el patio y se revuelcan en la arena. Los perros se escabulleron lejos en sus caniles, una bendición no tener a quien ladrarle.
Podía atravesarse la casa de punta a cabo y no encontrar un alma. Habría sido fácil robarse todo y llevárselo del patio en los carros: nadie habría molestado, si es que hubiera habido ladrones por aquellos pagos.
Era un sueño que todo lo absorbía, invencible, una genuina analogía de la muerte. Todo está muerto, tan sólo desde cada rincón proviene una especie de ronquido en los más variados tonos y escalas.
Muy de vez en vez alguien de pronto levanta la cabeza en medio del sueño, mira como ausente y con asombro, a ambos lados, y se da vuelta para el otro costado o, sin abrir los ojos, escupe entre sueños y vuelve a dormirse, haciendo un mohín con los labios o murmurando algo ininteligible.
Algún otro, en cambio, sin mayores preámbulos, salta de su lecho con el impulso de ambas piernas, como temiendo perder minutos preciosos, agarra un jarrito con kvas y, soplándole las moscas que nadan en él para empujarlas hacia el borde –ante lo cual, las moscas, que hasta entonces se hallaban inmóviles, comienzan a sacudirse, con la esperanza de mejorar su situación–, se humedece la garganta y de repente vuelve a desplomarse en la cama, como un fusilado.
Y el niño no hacía más que mirar... y mirar.
Después del almuerzo, volvía a salir al aire libre con su nana. Pero es que hasta ella, a pesar de los severos castigos de la señora, y de su propia voluntad, no podía resistirse al hechizo del sueño. También ella se contagiaba de esa generalizada enfermedad reinante en toda la finca de los Oblómov.
Al principio lo cuidaba con celo, no lo dejaba alejarse demasiado, lo reprendía por su inquieto ir y venir; luego, al sentir que se acercaban los síntomas del contagio, comenzaba a pedirle que no traspasara el portón, que no tocara a la chiva, que no se subiera al palomar ni a la galería.
Se sentaba en algún lugar fresquito: en el soportal, a la entrada del sótano o sencillamente en la hierba, aparentemente para tejer su media y cuidar al niño. Pero pronto comenzaba a tranquilizarlo cada vez con mayor pereza, dando cabezazos.
“¡Uy, se va a trepar! Que no vaya a treparse en la galería ese revoltoso –se decía para sus adentros, casi dormida–, o peor... si llega a irse al barranco...”
Entonces la cabeza de la anciana se descolgaba cada vez más sobre las rodillas, se le caía la labor de las manos; perdía de vista al niño y por la boca entreabierta le salía un ronquido leve.
Ese era el instante que él había esperado con mayor impaciencia, y era entonces cuando empezaba su vida independiente.
Se sentía como si estuviera solo en el mundo entero, se aleja de la nana en puntas de pie, mira dónde duerme cada uno; se detiene a mirar fijamente a alguien que de pronto abre los ojos, escupe y murmura algo entre sueños. Luego, con el corazón agitado corría hasta la galería, daba vueltas corriendo por las tablas chirriantes, se subía al palomar, se internaba en lo profundo del jardín, oía el zumbido de un escarabajo y seguía su vuelo con la mirada mientras se alejaba en el aire. O se ponía a escuchar un chirrido entre la hierba: buscaba hasta encontrar al violador del silencio. Atrapa una libélula, le arranca las alas y la mira a ver qué le sucederá o le atraviesa una pajita para ver cómo vuela con semejante agregado. Extasiado, temiendo siquiera respirar, contempla cómo la araña le chupa la sangre a una mosca que ha atrapado, cómo la pobre víctima lucha y zumba entre sus patas. El niño termina por matar a la víctima y al victimario.
Luego se va a la zanja, escarba, buscando quién sabe qué raíces, les quita la corteza y las come hasta saciarse, las prefiere a las manzanas y a la mermelada que le da su mamá.
Incluso atraviesa el portón: le encantaría irse hasta el bosque de abedules, le parece tan cercano que en cinco minutos llegaría hasta allí, no por el camino, sino en línea recta, atravesando la zanja, el seto y la cañada. Pero tiene miedo: allí, dice, hay duendes, ladrones y terribles fieras.
También querría alejarse hasta el barranco, a tan sólo unas cincuenta sazhenes. El niño ya se había acercado al extremo del jardín... había entrecerrado los ojos como para mirar, como al cráter de un volcán... pero de golpe se le presentan todas las historias y leyendas acerca del barranco. El terror se ha apoderado de él, más muerto que vivo, retrocede a toda velocidad, echa a correr a todo lo que le dan los pies y temblando de miedo se lanza contra la nana y la despierta.
La anciana vuelve del sueño de una sacudida, se acomoda el pañuelo en la cabeza, ocultando debajo de él los mechones de cabello canoso y finge que nunca se había quedado dormida. Mira sospechosamente a Iliusha, luego hacia las ventanas de los señores y, por fin, con dedos temblorosos empieza a hacer chocar una contra la otra las agujas de la labor que habían quedado en su regazo.
Entretanto, el calor había comenzado a ceder. La naturaleza se reanimaba, el sol ya se había movido hacia el bosque.
También en la casa poco a poco se interrumpía el silencio: en algún extremo chirriaba una puerta, se escuchaban pasos en el jardín, alguien estornudaba en el cobertizo.
Poco después un hombre, encorvado por el peso, trajo de la cocina un samovar enorme. Comenzaron a reunirse para el té: uno tenía los pliegues de las sábanas marcadas en la piel del rostro y los ojos lagrimeantes; otro tenía la mejilla y la sien enrojecidas de dormir de un solo lado; un tercero, somnoliento, habla con una voz que no le es propia. Todos resuellan, suspiran, bostezan, se alisan el pelo con la mano y se desperezan, tratando de recomponerse un poco.
El almuerzo y el sueño dieron lugar a una sed insaciable que quema la garganta. Las tazas de té se toman por docenas, pero eso no ayuda: se escuchan los suspiros, gemidos. Recurren al agua de arándanos o de peras, al kvas y algunos incluso a soluciones médicas para aplacar como sea la resequedad en la garganta.
Todos buscaban librarse de la sed como de un castigo divino. Van de un lado a otro, se agobian, como una caravana de viajeros en el desierto árabe, que no encuentra un ojo de agua en ningún lugar.
Y ahí está el niño, junto a su mamita. Mira con atención los rostros extraños que lo rodean, escucha su conversación somnolienta y dispersa. Le causa gracia mirarlos, le resulta curiosa cualquier nadería que dicen.
Oblómov (1859)
Iván Alexándrovich Goncharov (1812-1891). Escritor ruso, proveniente de una familia de la burguesía de provincias, fue uno de los primeros exponentes de la novela realista. En su Oblómov describe la vida de un hombre que no sale de su cama ni se deja seducir por las bondades de lo social. Oblómov se volvió rápidamente un símbolo de su época.




