El juego es entropía cero y otros cuentos

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Esteban Quirós se estaba preparando para ir a la Ópera. Nunca usaba corbata, salvo en contadas ocasiones, como esa. Tenía metido en su película personal que ir a una función sin lucir un atuendo distinguido era como comer un helado sin crema. La primera que recordaba era Aída, con sus soberbios trajes egipcios, sus tocados y cetros de oro.
—Tenemos que discutir algo muy importante, Sofía –le dijo Esteban.
—Sí, amor, hace tiempo que solo hablamos de cosas intrascendentes, como viajes en el espacio y en el tiempo…
—¡Ja, ja, ja! Es cierto; nada menos trascendente que eso, ¿no? Tal vez hayamos exagerado sobre la importancia de ir hacia adelante o hacia atrás, pero no se lo digas a mis compañeros de travesuras –dijo susurrando–; a veces, uno monta su ego sobre castillos de arena y no le gusta que nadie pase corriendo y lo patee.
—Nunca haría eso, cariño. Ya sabes cuánto estimo a tus amigos, aunque a veces no los entienda. Pero no es defecto de ellos, simplemente se trata de una imposibilidad mía.
—No te preocupes, te conozco lo suficiente para saber que siempre pensaste así.
—Sí, es cierto, pero… ¿de qué se trata? –dijo ella, impacientándose–. Debe ser realmente importante para venir precedido de tanto prólogo.
—Tengo que darte una noticia que sé que no va a ser fácil de entender.
—Me asustas.
—Voy a viajar al pasado.
Sofía lo miró un instante y luego giró su cabeza hacia la pared, donde el reloj que ella había comprado al mudarse juntos a ese departamento marcaba las horas. Giró bruscamente la cabeza hacia la ventana del balcón. Entraba luz suficiente para no tener que encender la lámpara. Parecía que el verano se estaba acercando, ya que el calor iba en aumento, y de la calle se elevaba el sonido de las bocinas, más lánguido y más aflautado.
—Tenemos que pensar…
—Menos mal, esperaba que, por lo menos, no te opusieras sin pensarlo.
—¡No, amor! Tenemos que pensar cómo hacer para que encuentren otro voluntario. Alguno de tus amigos, si es que realmente son amigos, debe poder reemplazarte.
—Sabía que no lo entenderías. Por un momento pensé que serías razonable.
—¿Cómo voy a razonar? Me estás diciendo que lo nuestro tiene un punto final, el momento en que entres a esa máquina.
—Debemos aprovechar bien estos momentos que nos quedan, esperaba que quisieras irte de vacaciones conmigo, antes de que parta.
—¿Cómo me voy a ir de vacaciones, si estoy de luto? ¿Pensaste que podría entender que decidiste dejarme?
—Es cierto, es muy difícil de entender. Yo no sé en qué estaba pensando, pero la alternativa era no decirte nada hasta el minuto final, y pensé que debías saberlo.
—Lo agradezco, pero no te entiendo. Tú mismo me has dicho montones de veces que aún no está comprobado que haya una forma de volver.
—Sabes que nuestros cálculos son aproximados, pero con errores muy cercanos al cero.
—Muchas veces he visto las fórmulas que escribes en tu pizarra. Muchos cálculos divididos por infinitos. Pero lo que yo sé es que si divides algo por infinito no llegas al cero, solo tiendes a él.
—Siento como si ya hubieras dicho estas palabras. Es un déjà vu.
—Seguramente, en algún lugar de tu mente ya sabías lo que diría.
Al salir del teatro, se dirigieron a una confitería para intercambiar comentarios con sus amigos más cercanos.
—Debemos pedir a las autoridades del teatro que repongan más seguido las óperas de Verdi. Nada las iguala a otros espectáculos; sobre todo, nada conjuga tan bellamente la suma de artes que se manifiestan en escena –comentó Juan.
—Yo prefiero el cine, lo saben, pero reconozco que el espectáculo fue magnífico –repuso Sofía.
—El cine, por su lejanía, no me hace creer lo que muestra –volvió a intervenir Juan.
—A mí me pasa exactamente lo mismo con el teatro; no logro conmoverme con los actores que están casi gritando para que la platea escuche –opinó Sofía de mal talante.
—Amigos, les propongo un brindis: por Verdi, por los actores y por la vida –intercedió Esteban.
—Brindemos.
De regreso al departamento, Sofía intentó no tocar el tema del viaje. Sabía que no había más que un argumento y ya lo había usado. ¿Qué sentía ese hombre por ella?
—¿Me amas?
—Sabes que te amo desde que te pintaste la cara con el bolígrafo roto que te presté.
—Sabías que mordía los extremos de los bolígrafos; así y todo, me lo diste.
—¡No sabía que estaba roto!
—Te gustó mi cara de payaso. Nunca te conté que, cuando niña me disfracé de payaso para animar una fiesta.
—Sí, me lo contaste.
—No, amor, nunca te lo había contado.
—Alguna vez lo mencionaste.
—No, nunca, es una de las cosas que guardo con más cuidado para que nadie pida una foto.
—Juraría que me lo habías contado.
—No, cariño, estoy segura de que no. Es más, no sé por qué decidí contártelo ahora, será que…
Ella se acomodó en el sillón, contra su pecho, y lloró las lágrimas que venía conteniendo desde hacía unos días.
Al día siguiente, Sofía se levantó temprano, lo suficiente para preparar un buen desayuno con café, tostadas, jamón, queso y mermelada. Era un desayuno de los que ella llamaba “para despertar dormilones”. De pronto, escuchó en la habitación un ruido extraño. Se acercó despacio pensando que Esteban aún dormía.
—¿Qué es esto? –preguntó en medio de risas.
—Anoche soñé con estos autos y apenas me desperté no pude dejar de buscarlos.
—¿Dónde estaban?
—En la caja de cartón a cuadros.
—Cuéntame tu sueño...
—Estaba realizando un experimento, no sé bien qué, pero en ese experimento aparecía uno de mis autos de colección. Tomaba la velocidad con un cronómetro de ultraprecisión. Lo curioso es que el cronómetro no se movía. Yo pensaba que se había descompuesto. Entonces entraba mi madre con un juego de Legos y me decía que los ladrillos estaban diseñados con una precisión de un nanómetro. Pero yo discutía con ella, porque no podía ser que los juguetes fueran tan precisos.
—Entonces el sueño no terminó siendo muy feliz.
—No.
—Y, ¿qué querías hacer con estos autos?
—Nada, tal vez, asegurarme de que habían existido.
—Dime, ¿ya fijaron el momento de reingreso?
—No, todavía están discutiendo sobre eso. Lo más probable es que sea en un pasado no muy distante.
—Claro, entonces conviene que todo lo que pase de ahora en más sea lo más agradable posible.
—Has entendido.
—Sí, entiendo muchas cosas, aunque no todas. Preparé un buen desayuno, ¿vienes?
—Sí, amor.
El zapatero que tenía su local a pocos metros de la entrada del edificio había cambiado la lona del toldo corredizo. La panadera de la esquina seguía sacando en una ensaladera restos de pan para las palomas. El oficial de la garita de seguridad comía un sándwich, seguramente de salame, tratando de no perder de vista a los transeúntes que se acercaban a la zona vigilada. Las hijas de la vecina caminaban hacia la escuela empujándose una a la otra y a la más baja se le caían los libros. Los árboles perdían las flores de verano haciendo que las veredas quedaran alfombradas. El cielo estaba azul, sin nubes. Hacía calor, cada vez sería más agobiante el día. Poca gente caminaba por la vereda, solo pasaba un auto, y esa sensación de que estaba obligada a guardar en su memoria cada detalle de lo que observaba la estaba molestando tremendamente. ¿Por qué no podía solo vivir con esa indolente inconsciencia de siempre, cuando las cosas pasan, no importa cuán importante sean para otros, con la importancia que uno les asigna de costumbre? ¿Me importa si el zapatero cambió su toldo? ¿Por qué ha de ser un hito en mi vida un sándwich de salame? ¿Por qué he de vivir estos próximos días pensando que si dejo escapar algo estaré perdiendo parte de lo que resta de su vida? ¡Por qué tiene que ser tan egoísta!
Llegó a la oficina con los nervios de punta, se dirigió a su escritorio, pero olvidó marcar el ingreso en el lector de huellas.
—Hoy no viniste –le dijo Clara, su compañera.
—¿Qué?
—Que hoy no viniste, no marcaste.
—Claro… no es la primera vez que me ocurre en esta semana.
—¿Qué te pasa?
—Nada, no importa. ¿Trajeron los expedientes?
—Sí, pero no todos, siempre falta algo. La Colorada es la única que tiene todo ordenado, pero se fue de vacaciones. Los otros zánganos no pierden la cabeza porque la tienen puesta.
Esteban ingresó en el laboratorio. No dejaba de pensar en su sueño. ¿Por qué lo angustiaba la lectura del cronómetro? Si no se movía, eso significaba que la velocidad alcanzada por el auto era superior a la velocidad de la luz. ¡Qué ridículo! De ser así, el auto debía haber desaparecido. Pero seguía allí. Entonces lo supo: el experimento que habían realizado con materia no había llegado a todas las conclusiones posibles. ¿Podía ser que la materia se trasladase, pero dejara en su lugar un espacio que se cubría instantáneamente por antimateria? Eso no parecía muy probable, dado que, si hubiera antimateria lo suficientemente cercana, se habría anulado en contacto con la materia; aunque, si lo que estuviéramos haciendo es manipular aquello que mantiene a raya la antimateria…
—La idea es muy arriesgada, pero me gusta –le dijo Dreyfus, su jefe–. Vamos a hacer algunas pruebas más. Esto demorará tu viaje.
—Me parece perfecto. Mientras tanto seguimos desarrollando el mecanismo para el regreso, ¿no te parece?
—Claro. Te recomiendo que no postergues tus vacaciones, el año comenzó con una buena temporada en el mar. Mis nenas están enviando imágenes todo el tiempo y, la verdad, yo mismo iría, si pudiera.
—Sí, me contaste.
—¿Cuándo?
—No sé, otro día.
—Lo habrás soñado –dijo Dreyfus, riendo abiertamente.
—Esto es muy extraño. Me viene pasando desde hace una semana, tengo una sensación permanente de que ya he escuchado o vivido ciertas cosas.
—Lo que dices es serio. ¿Por qué no lo mencionaste antes?
—Porque pasó pocas veces, pero ahora…
—Sabes que es una de las hipótesis del experimento, la del déjà vu. Sabes lo que significa.
—Que tengo plazo.
—Que todo se hará finalmente.
—Que no conoceré el final de la historia probablemente.
—Eso no te molestaba antes.
—Ya lo sé. No me hagas caso.
—Supongamos que estamos ante la realización de la traslación, ¡estoy hablando con tu yo futuro! Entonces es posible modificar el futuro.
—¿Por mis déjà vu?
—¡Claro, viejo! Estás hablando de lo que pasará en tiempo pasado, eso solo significa que tu experiencia del futuro puede modificarse.
—¿Y qué será de mi pasado?
—No lo sé. Es una paradoja. Puedes modificar el futuro; pero, si lo hicieras, modificarías tu pasado. Una locura, ¿no?
—Es terrible, porque no quiero modificar mi pasado. Yo pensé que iba a entrar en una suerte de repetición, que iba a revivir mis últimos meses hasta el hartazgo, pero lo que dices le da un giro completo a nuestra visión.
—Nadie dice que no sea así, es posible que el déjà vu se produzca luego de muchas repeticiones.
—Entonces puede ser que haya alguna fuerza que me impulse a salir del bucle.
—Es probable.
—Ya me había acostumbrado a la idea de no tener libertad. De saber que mi futuro estaba pautado de antemano y sería así por siempre. Me había asegurado de que este último tiempo fuera lo suficientemente bueno para querer que siguiera repitiéndose.
—Entonces fue eso.
—¿Qué quieres decir?
—Fue tu deseo lo que impulsó el cambio.
—¿Cómo? Si yo deseé el no cambio.
—En realidad, no. Verás, cuando deseaste que el futuro fuera tan bueno como este, en realidad no deseabas repetirlo, deseabas que fuera bueno. Solo eso. No deseas viajar.
—No es posible, yo quiero hacerlo.
—Imagina que has estado incontables veces repitiendo la misma historia, ¿no desearías salir?
—Sí, pero aún no he vivido el viaje.
—El viaje es lo de menos. Ya sabemos que hay una salida: es el deseo, y viene precedido por los déjà vu.
—No, tal vez la salida sea la misma que la de la evolución. Un hecho aislado, una mutación, un error del universo.
—No lo creo. Pero si te gusta verlo de esa manera. Un deseo puede ser una anomalía en el universo. Es volcar en algo único tu propósito.
—Igualmente, no vamos a dejar todo de lado por un simple déjà vu.
—Voy a comunicarle al comandante lo que hemos hablado. Te pido que por favor no lo comentes con nadie.
—De acuerdo.
Las veredas del barrio estaban cubiertas de flores rojas, los pies de Sofía se enredaban cada tanto y tenía que apartarlas con la punta del zapato. Vio a la vecina de la planta baja, una mujer de unos setenta años. La mujer había sacado a su perro, que iba trotando delante de ella y se cruzaba de un lado a otro. Siempre le había parecido muy agradable doña Gimena, con esa dulzura que dan los años felices vividos y el cabello recogido en una trenza. La saludó y la mujer se detuvo.
—¿Sabe qué es lo que han dicho en la radio, joven?
—No, dígame, Gimena.
—Que el año próximo habrá un nuevo sistema de recolección de residuos. Tendremos que hacer un tratamiento de la basura antes de sacarla en los contenedores clasificados.
—Sí, escuché que algo así estaban pensando. Va a ser muy fácil.
—No parecía. El hombrecito de la radio explicaba, pero yo no entendí nada.
—No se preocupe, cuando eso ocurra yo le explicaré, es muy fácil.
Por un momento, se detuvo a pensar en que no sabía en qué dimensión estaría dentro de un año.
—Bueno, entonces me quedo tranquila. A los viejos no nos gustan mucho los cambios, usted ya sabe.
—No hay problema, Gimena, yo le voy a explicar. Va a ser fácil.
Siguió caminando hacia la entrada del edificio. Ahora se veía más luminoso porque el sol estaba cayendo sobre los edificios de enfrente y entraba luz hasta un poco más adentro.
Esperó el ascensor y cruzó saludos con un par de vecinos más. Uno era el dueño de la tienda de zapatos. Su negocio se estaba derrumbando. La gente no mandaba a arreglar los zapatos de neoplastic y los de cuero eran tan caros y tan raros que, o no se podían comprar, o no se conseguían. El otro era el señor de la cochera. Tenía toda la capacidad de estacionamiento agotada y era el más rico de todos los del edificio. Sin dudas no había tenido nada que ver con su riqueza, todo lo había heredado de sus padres, quienes habían visto antes que otros que esa parte de la ciudad no tenía espacios para estacionar y que se cotizarían alto. Él se dedicaba a gastar los ingresos de los alquileres sin otra cosa en que pensar que pintar el lugar de vez en cuando, por lo que su tiempo libre lo empleaba en armar modelos de estaciones orbitales de las que se conseguían en las ferias para los chicos de doce años.
—¿Cómo es que esto no me parece haberlo vivido? –se preguntó para sus adentros. Entonces comenzó a sentir el peso de algo que estaba pasando mucho más allá de su entendimiento y que antes no se sentía.
Mientras tanto, en el centro experimental, se reunía el director del proyecto con el investigador.
—Dr. Dreyfus, usted debería moderar su lengua. Ya se lo habíamos dicho antes, pero parece que no lo entiende.
—Sí, señor, disculpe, fue la emoción de la comprobación de nuestro éxito.
—Modere también su entusiasmo, vea cómo no ha sido exitoso en el sentido que lo habíamos esperado. Su individuo se está echando atrás y vamos a tener que hacer algo.
—Sí, señor. No debí decirle que había tenido éxito en el traslado. Eso lo puso a reflexionar sobre algo que ya estaba resuelto. Mi intención era reafirmar su postura, no hacerlo dudar.
—No dudo que su intención fuera buena, pero no olvide que por algo tenemos un equipo de psicólogos para guiar las ideas del individuo. Piense que todo el trabajo realizado por ellos puede ser malogrado por una simple interpretación suya.
—Sí, señor. Ya estamos trabajando en la segunda alternativa. Tenemos la seguridad de que con la droga no tendrá nuevamente los déjà vu.
—Eso quería escuchar. Entonces todo sigue en marcha.
—¿Puedo preguntar algo?
—Sí.
—¿Por qué dudamos de que se efectúe el traslado si ya tenemos la seguridad de que ocurrirá?
—Justamente porque no podemos garantizar que no haya algún otro elemento que esté por eclosionar, alguna variable aleatoria, el principio de incertidumbre no ha sido suficientemente rebatido aún.
—Todo eso lo sé, pero tenemos otros individuos. ¿Por qué, justamente, él?
—Es el que más deseos de volver tiene, eso lo hace sumamente útil, al tiempo que riesgoso. No nos sirve de nada alguien que no tenga nada que perder. En el futuro estaremos realizando pruebas para que vuelva y, si no lo deseara, no serviría.
En el departamento se había roto el cuero de la canilla. Era un sistema antiguo, pero efectivo hasta el momento en que dejaba de serlo. Como ocurre con las canillas que pierden, no solo se pierde agua, sino también la paciencia de quien escucha el persistente goteo. Sofía no alcanzaba a entender cómo era el mecanismo. Lo observaba en su agenda electrónica, pero no lo comprendía. Además, no tenía las herramientas, por lo que se dispuso a salir del departamento para pedírselas a uno de sus vecinos. En el pasillo se encontró con Esteban, quien se había detenido unos pasos antes de llegar a la puerta. Iba con su traje gris claro, parecido a un mameluco; su cara traslucía una preocupación en aumento.
—¿Escapabas de mí?
—Estaba pensando en huir con quien me solucione el problema de la canilla. No hay nada que me seduzca más que un hombre que sabe arreglar artefactos antiguos.
—Ja, ja, ja, entonces voy a tener que hacer méritos. Hasta ahora, nunca se había roto nada que tuviera más de cinco años, por lo que supongo que no soy muy sensual a tu mirada.
—Nada más sensual que alguien que se cree poco sensual, amor.
—Parece que a ti todo te parece sensual, eres muy peligrosa.
—¿No lo habías notado?
—Olvídate de la canilla –respondió y la empujó suavemente para volver al departamento.
—¿Cuánto tiempo tenemos aún?
—No sé, quizás dos semanas. Las pruebas del déjà vu se han suspendido porque no se me han vuelto a repetir en los últimos meses. Han desaparecido totalmente. Es muy extraño, pero tengo la sensación de que me están ocultando algo.
—Entonces tenemos poco tiempo. ¿No tienes dudas?
—Tengo todas las dudas, pero di mi palabra.
—¿En qué estabas pensando cuando empeñaste tu palabra?
—En que iba a revivir nuestros mejores momentos para siempre.
—¿No pensaste en que revivirías esta angustia para siempre?
—No.
—Perderás tu libertad, ¿eso lo has pensado?
—¿Qué es la libertad? Estamos sujetos a una ruleta todos los días de nuestra vida. Nuestro espacio de libertad es mínimo. ¿Acaso pude decidir a qué dedicarme o de quién me iba a enamorar? He pensado muchas veces que, si no hubieras roto la lapicera, no me habría enamorado de vos.
—Eso puede ser cierto, pero también podría pasar que mañana vieras por la calle a otra mujer y te enamoraras nuevamente.
—Eso no pasará.
—No importa, pero tienes alternativas de todo orden. La más importante: puedes negarte a este experimento mortuorio.
—No busco la muerte, busco perpetuar los momentos que yo elijo. Quiero decirte todos los días que te amo y quiero sentir todos los días que te amo.
—Eso es bellísimo, pero también implica que tienes miedo del día en que no lo sientas.
—No, solo que considero superfluo todo lo demás.
—Voy a tener que acompañarte.
—¿A dónde?
—A tu viaje.
—¿Lo harías?
—Seguro, ninguna de las razones que me diste antes habían sido tan contundentes como esta.
—No sé si podré conseguir que te incorporen al programa.
—Inténtalo.
La central de experimentación estaba en silencio. Solo Esteban y el comandante Nott se encontraban en la oficina de este último. El comandante se veía terriblemente agotado; llevaba la ropa arrugada, y la mirada fría y concentrada de costumbre se encontraba enrojecida.
—No es posible incorporarla. Usted sabe que es necesaria una batería de pruebas previas, como las que usted mismo superó.
—Eso no sería un problema. Ella está dispuesta a hacer todo tipo de tests.
—Los otros comandantes tendrían que dar su aprobación y no creo poder convencerlos.
—Entonces tendré que poner como condición que la acepten a ella para que yo lo haga.
—Está bien, lo hablaré. Mañana tendrá la respuesta.
Un momento después, en la misma oficina de Nott:
—Ferrari, tráigame un vaso de agua bien fría, por favor.
—Enseguida, señor.
—Nott, se lo ve pálido –dijo el comandante Heiss, entrando en la oficina.
—Se está complicando el asunto. El individuo quiere viajar con su pareja.
—Era una de las posibilidades.
—Pero debía manifestarlo al principio para que pudiéramos utilizar una alternativa.
—Es el principio de incertidumbre, ¡maldita sea!
—Maldita teoría, ahora sabemos que fue él quien viajó. Estamos atados de manos, vamos a tener que ceder a su pedido.
—El problema es…
—El problema es que no sabemos qué otras condiciones querrá imponer. Esto no estaba planteado así. Nos hemos puesto en sus manos, de alguna manera nos hemos quedado sin alternativas.
—Usted sigue manejando la dosificación de la droga para que no vuelvan los déjà vu… Podría darle algún otro tipo de droga que lo contenga.
—Eso sería muy peligroso. Una droga de ese tipo afectaría su conducta y sería notada por su mujer.
—Debe convencerlo de mudarse a nuestras instalaciones, cuanto antes. No podemos esperar más, podrían ocurrírsele cosas impensadas.
—¿Vale la pena todo esto?
—¿Todavía lo pregunta? ¿Valieron la pena los viajes al espacio? ¡Claro! Estamos en la primera etapa de la traslación. Hemos comprobado que lo hicimos. Ahora queda un largo camino. Debemos lograr que se transporte la consciencia. Eso es lo único importante, llevar la consciencia del futuro al pasado.
—Cuanto más lo pienso, más me convenzo de lo imposible que será.
—Nunca estaré de acuerdo con eso. ¡Deje de comportarse como un derrotista!
El teatro estaba repleto. Esteban y Sofía se encontraban en la platea, a cuatro filas de la fosa donde se hallaban los músicos. La gente emitía un murmullo suave de abejorro, comentaban el programa, los artistas que estarían en escena y los músicos. Las luces bajaron a un nivel de media penumbra, anunciando que estaba por comenzar la ópera. Los sonidos de la orquesta, que afinaba los instrumentos, cesaron.
Comenzó a sonar la música, y la prima donna salió a escena, en medio de cuantiosos aplausos.
—Podría vivir este momento eternamente –dijo Esteban.
—Y yo estoy para acompañarte –respondió Sofía.
El último acto se fue apoderando de sus espíritus. El tenor era arrastrado hacia la cripta. Su amada, sin ser vista, se había deslizado dentro de ella, momentos antes. Una vez allí, todo sería penumbra. El futuro, ese tiempo que nos mueve a los cambios, sería anulado. Todo sería revivir el pasado una y otra vez.
—Queda por resolver el tema de nuestra partida. ¿Nos harán una partida de defunción?
—Mira que tienes un humor bien negro. La única partida que harán será la del viaje. En poco tiempo estará resuelta nuestra vuelta y no habrá necesidad de hacer nada.
—Tu confianza en esa gente es excesiva, lo único que hacen es usarte de conejillo de Indias.
—No olvides que yo también soy científico. Soy uno de los interesados en los resultados del experimento.
—No eres científico, estás loco.
—Estoy loco, pero no tanto como para arrastrarte conmigo.



