El juego es entropía cero y otros cuentos

- -
- 100%
- +
—No, amor ya está decidido.
—No lo creo. Sabes, vengo observándote desde hace unos días y no has tenido ningún déjà vu.
—¿Es indispensable?
—No lo sé con total certeza, pero tal vez indique que no has vuelto conmigo. Tienes muchas dudas todavía, eso quiere decir que te voy a convencer de no venir.
—A veces pienso en los días posteriores al viaje. En toda esa cantidad de cosas que podrían ocurrir. ¿Alguna vez lo pensaste como una huida de la incertidumbre? Ya sabes de antemano todo lo que va a pasar. No hay riesgo.
—Sí, hay riesgo. ¿Qué tal si la máquina te desintegra en el proceso? Nunca volverías a ningún lado.
—Siempre me gustaron las películas con final feliz.
—Tal vez tu felicidad no coincida con el viaje…
—No, ¿ves? Esto es lo que quería evitar, que pasáramos este tiempo despidiéndonos.
—¿Me ibas a mentir para alegrarme estos días? ¿Eso estabas tratando de hacer?
—No… No sé, no estoy muy segura de qué quiero.
—Yo nunca te propuse venir. Sabes eso.
—Lo sé. Yo soy la que quiere hacerlo.
La ópera fue tremendamente escalofriante. La sola idea de quedar atrapada en la cripta aseguraba la agonía de la sed y el hambre. ¿Habría un equivalente de la sed y el hambre en su viaje? ¿Se sentiría esa pérdida de libertad? ¿Sería solo volver a ser y a hacer lo mismo sin consciencia de nada más? Por las dudas seguiría siendo feliz.
—Tengo que hablar con usted, comandante Nott.
—Dígame, la recibí de inmediato en cuanto supe que era la mujer de Esteban.
—Necesito que usted me asigne al programa de traslado temporal.
—Eso ya lo he hablado con Esteban. No es posible que la incorporemos con tan poco tiempo de preparación. No sabemos si es apta física y emocionalmente para el experimento.
—No importa. Yo lo que necesito es que le haga creer a Esteban que lo voy a acompañar.
—No me puede pedir semejante cosa. Para que él lo creyera tendríamos que hacer todo el procedimiento.
—¿Qué pensaría usted si yo le dijera que estoy experimentando los déjà vu?
—¿Lo sabe él?
—No se lo he dicho.
—Déjeme arreglar todo. Mañana comenzaremos las pruebas.
Al dejar a la mujer de Esteban, Nott se dirigió al laboratorio.
—Seguimos con los imprevistos, Doctor Clemente. Esta mañana tuve una reunión con la mujer del individuo.
—¿Qué pasó ahora?
—Me dice que está teniendo déjà vu.
—Puede estar mintiendo.
—Justamente. Por eso quiero que la entreviste y me diga si es cierto. No podemos complicar todo.
—Entiendo. Mándemela esta misma tarde. Comenzaré con los tests de rigor y entre ellos incluiré pruebas de veracidad.
—De acuerdo.
Al recibir la llamada del centro experimental, Sofía sabía que la convocarían. Estaba segura; además, tenía el presentimiento de que algo bueno saldría de eso.
—Siéntese –le indicó Dreyfus–, yo le voy a mostrar escenas que tienen alguna relación y usted tendrá que ordenarlas como le parezca que hayan sucedido en el tiempo y armar una historia que las contenga a todas.
La sesión se inició con toda una batería de tests y luego pasaron a una máquina.
—Ahora le voy a hacer algunas preguntas a las que usted deberá responder por sí o por no. ¿Me comprende?
—Sí.
—¿Le queda alguna duda?
—No.
—Bien, comenzamos. ¿Su nombre es Sofía Delacanal?
—Sí.
—¿Usted es la mujer de Esteban Quirós?
—Sí.
—¿Tiene treinta y cuatro años?
—No.
—¿Tuvo alguna vez sarampión?
—Sí.
Y así siguieron las preguntas…
—¿Usted tuvo algún déjà vu en estas dos últimas semanas?
—Sí.
Momentos después, en la oficina del responsable de experimentación se comentaban los resultados de los estudios.
—Comandante Nott, tengo malas noticias.
—No me diga nada.
—O la máquina falla, o ella viajó.
—Tendremos que capacitarla.
—Podríamos rechazarla y ver qué pasa…
—Tenemos que estar preparados para todo y eso incluye que viaje. Prepárela y mientras tanto, nos reservamos la decisión final.
—De acuerdo.
Sofía regresó al departamento presa de una sensación extraña. Sentía como si su cuerpo fuera tomando menor peso, sus pies la conducían como por un camino acolchado y su mente vagaba por recuerdos que se sucedían en orden distinto al que se habían producido.
—Hoy tuve mi primer control. ¿Sabes qué tengo ganas de hacer ahora?
—No sé, ni lo imagino…
—Quisiera que fuésemos a un parque de diversiones.
—Como dije, no podría haberlo imaginado –rio Esteban.
—Tengo ganas de ir a esas salas de espejos que te cambian el color del pelo y los ojos y todos los rasgos.
—Te gustaría ser otra por un momento. Yo no sé nada de psicología, pero eso suena a que quieres dejar de ser tu misma, sigues dudando.
—No, solo quiero ver cómo podría ser yo si cambiara algo de nuestro pasado.
—No es posible cambiar el pasado. Eso es lo que dicen nuestras pruebas…
—Ya lo sé, pero nadie dice que no pueda imaginarlo.
—Eso es cierto, la imaginación puede con todas las barreras…
En el parque no había mucha gente. El calor había espantado a los usuales visitantes: grupos de jóvenes, padres con niños pequeños, enamorados. Esteban y Sofía andaban dando vueltas, tratando de caminar por las pocas sombras que proyectaban los pequeños edificios de los juegos. De la mano y con una sonrisa de adolescentes, iban hacia el cuarto de los espejos.
—Mira, tienes los pies más largos y te salió papada… ¿Serás así de viejo?
—Yo no soy ese, estás equivocada. Soy este, alto y delgado, con grandes mandíbulas y ojos celestes.
— Ja, ja, ja, y yo soy ésta, con grandes pechos y manos finas y largas, ¡mira mis piernas!
Los reflejos se fueron sucediendo, cambiando una vez, el cabello, otra, las piernas, otra, la cara. Se escuchaba de fondo una música lejana de calesita. El cuarto no tenía más que una entrada que servía de salida también.
—¿Te gustaría llegar a ser este?
—No sé si podría. Tal vez, y repito, tal vez, algún día nos traigan de vuelta y lleguemos a ser estos –dijo, señalando una pareja entrada en kilos y con poco pelo.
—Yo lo voy a querer igual, señor.
En el centro de experimentación, el comandante Nott hablaba con Heiss.
—Tenemos muy claro que los individuos viajaron. Por otro lado, los déjà vu fueron suprimidos, por lo que los individuos dejaron de estar inquietos.
—Es una buena noticia. ¿Cómo hará para que no cambien de idea, nuevamente?
—Eso se lo dejo a Clemente. Él está haciendo una nueva inducción para que acepten que la salida se dará por sí sola en un momento del tiempo indeterminado. Pero que la habrá.
—Les mentirán.
—Les daremos esperanzas, mientras terminamos las pruebas.
—El individuo no creerá en nada que no sea respaldado por una teoría razonable.
—Elaboramos la teoría de la puerta lateral. Según esta, un hecho fortuito en el entorno va a generar un espacio-tiempo de cambio. Para que sea posible, ellos deben desear salir.
—Entonces sigue alimentándoles el deseo de salir. ¿No es demasiado contradictorio?
—Puede parecer así, pero mientras ellos piensen que deseando salir lo lograrán, no se sentirán atrapados. Es curioso cómo la mente se predispone mal cuando piensa que repetirá al infinito el mismo suceso, la misma serie de acciones. Hay quienes pueden habituarse a lo repetitivo, pero hay quienes no. La mayoría, digamos.
—Eso habla de que es un sujeto sano. Yo le apuesto lo que quiera que no viaja.
—Acepto la apuesta, ya tenemos pruebas de que el viaje fue realizado.
—¿Y si estamos en la repetición en la que sale?
—Imposible, no hemos desarrollado el mecanismo, aún.
—¿No se da cuenta de que el mecanismo no depende de su tecnología sino de la voluntad del individuo?
—Eso es solo un invento.
—No lo creo. Yo tengo claro que eso puede funcionar.
—Nada es más claro que su voluntad de iniciar la prueba.
—Estaremos en un brete si no se realiza el experimento. Es más, todas las pruebas, las consecuencias observadas, los indicios, no serán más que tonterías si no se pone en marcha.
—Me doy cuenta de eso. El experimento se hará y las pruebas reunidas serán válidas en el grado de certeza que habíamos previsto. Ya son dos los sujetos que nos dieron material, cuando esperábamos que fuera solo uno.
—El costo de la investigación ha sido altísimo.
—Pero está comprobado que fue necesario y satisfactorio.
—Yo no seré quien ponga la cara si esos sujetos no entran a la máquina.
—Lo entiendo. Está controlado.
El comandante Nott volvió a su oficina. Sentía un cansancio desusado. Tenía la espalda sobrecargada de un peso excesivo. Las manos se le antojaban con poca fuerza y una especie de somnolencia comenzó a invadirlo.
Nott había participado en todo el proceso. Había sido su impulsor desde un comienzo. Él mismo revisaba los resultados paso a paso con el Dr. Dreyfus. Fue él quien respaldó con su análisis la teoría de los déjà vu. Fue él quien eligió a Esteban entre varios candidatos. Fue él quien solicitó los fondos necesarios, cada vez que se agotaban en pruebas fallidas.
El comandante tomó una de las carpetas que estaba en el archivo y la abrió. Luego tomó la que estaba al lado. Contenía el relato detallado de las pruebas que le habían hecho a Esteban.
Allí comentaba el psicólogo que el entusiasmo del individuo era razonable, que se sentía más curioso que ansioso en cuanto a los resultados. Cuando se le preguntó si habría algún motivo que lo podría hacer salir del experimento, él había respondido que sí, solo si el último tiempo anterior al viaje fuera muy doloroso o muy triste, ese no sería un momento que quisiera repetir.
Nott tomó nota mentalmente de esta última frase y salió de su oficina.
—Señorita, es sumamente importante que entienda lo que le digo.
—Sí, comprendo –respondió Sofía a Nott.
Días después, en el centro de experimentación, Esteban firmaba el desistimiento a su viaje.
—Está todo perfectamente. No se preocupe, Esteban, ya habíamos previsto una alternativa. Los resultados a favor de su viaje no estaban saliendo todo lo satisfactoriamente que esperábamos.
—Gracias por su comprensión, comandante Nott.
—Siempre tendré en la memoria a esa hermosa mujer que era Sofía. Era una muchacha muy valiente. Lástima el accidente... Querer acompañarlo fue un acto de valentía y amor incondicional.
—Gracias.
El experimento se llevó a cabo un mes después. El individuo que fue sometido al Mecanismo de Traslado Temporal fue el comandante Nott.
Un mes más tarde, Sofía se presentó en el departamento de Esteban. Como era de esperarse, él reaccionó de manera imprevista.
—Estoy en un viaje –dijo sorprendido—, logramos trasladar la consciencia…
—No es un viaje, Esteban, yo nunca me fui realmente.
—¡No, es un viaje! Estás viva, yo estoy nuevamente contigo, por poco tiempo, hasta que vuelva a suceder el accidente. Pero… ¿cómo sucedió? Yo no entré en la máquina.
—No, amor, nunca hubo un accidente.
—¿Ves? No sabes nada. Todavía no ocurrió. Solo yo, que viajé con mi consciencia, lo sé.
—No es así, yo simulé el accidente, para que vos no viajaras.
—¿Qué clase de idea perversa es esa? ¡Tú nunca habrías hecho algo así!
—Lo siento muchísimo, Esteban, pero sí, lo hice.
—No, esto es un viaje. ¿Ves? Estás con vida. Esa es la prueba.
Sofía no acertaba las palabras que hicieran que Esteban aceptara lo que estaba pasando. Pasaron la tarde reconstruyendo los momentos que eran reales y los que no. Ella no esperaba esa reacción, estaba preparada para un rechazo, para un enojo desmesurado, para que la echara a la calle y le dijera que era una egoísta, pero nunca para una huida de la realidad.
Esa noche llegaron unos amigos a la casa de Esteban. Sofía tuvo que comparecer delante de ellos como ante un tribunal. Explicó sus razones. Algunos comprendieron, otros, no. Pero Esteban insistía en que el experimento se había llevado a cabo y que esos eran los resultados. En ningún momento reconoció que ella hubiera podido mentirle.
—Lo que pasa es que no viajaste. El experimento se demoró porque estaban haciendo las pruebas sobre el reingreso de consciencia. Y lo lograron.
Sin embargo, poco a poco, las barreras que él se había impuesto a sí mismo se fueron desmoronando y la verdad de Sofía comenzó a socavar su espíritu. Las dudas atenazaron su consciencia y perdió sus ataduras con la realidad, con el ahora. No sabía si creer en la ciencia, en las razones de Sofía, en el amor o en esa especie de paraíso que se había erigido en el medio de su razón y que lo ponía a salvo de cualquier maniobra de los sentimientos.
Finalmente cayó en ese último sitio que le aseguraba un dolor soportable.
Esteban tuvo que ser trasladado a un hospital. Los médicos que lo atendieron le diagnosticaron un cuadro complejo de psicosis.
En el centro de investigaciones, se inició un sumario. Se encontraron archivos con testimonios del comandante Nott, que aseguraban que estaba experimentando déjà vu permanentes desde hacía mucho tiempo y que, además, una sensación de extrañamiento se había apoderado de él. Como si todo lo que vivía fuera vivido por otra persona.
Los resultados del experimento fueron revisados por científicos de prestigiosas instituciones. Todos coincidieron en que las pruebas eran muy escasas, que no alcanzaban para darle continuidad al proyecto que fue catalogado el mayor fiasco científico y económico de la historia de la investigación, por lo que los recursos fueron reasignados.
Sofía sufrió un cuadro agudo de depresión cuando Esteban fue internado. Le pidió al médico que la atendía que la hospitalizara en el mismo lugar que él, pero aquel se lo negó. Al volver a su departamento, Sofía recorrió los lugares donde antes habían estado juntos: el sofá, la cama, el desayunador, el balcón con macetas. Al entrar en la cocina, se quedó mirando la canilla que goteaba, contando una a una cada gota. Después, enderezó las flores de la mesa, se sentó en el sillón del sofá, acomodó un par de almohadones y quedó catatónica.
El Dr. Dreyfus continuó sus propios experimentos en el más estricto secreto. Había descubierto algo nuevo y, como se había perdido el respaldo militar, no lo dio a conocer. Sin embargo, se lo vio visitar a Esteban en varias ocasiones, acompañado del comandante Heiss.
Los enfermeros del hospital le comentaron que, para calmar los arrebatos de este, debían recurrir a la música de Verdi.
En el otro extremo de la ciudad, Sofía parecía salir por un momento de su catatonia, alargando los labios como si sonriera, al sonar la marcha triunfal de Aída.
Años más tarde, al volver a ocupar el edificio del centro de experimentación, se encontraron, en un escondite, documentos que respaldaban nuevas pruebas de traslación de la consciencia, pero, en lugar de lograrse con una máquina, se los había realizado con reacciones químicas a través de un suero inyectable.
Inversión
I
Corría el año 2054, y largas filas se formaban en lugares estratégicos de la cuidad para obtener agua limpia. Las reservas naturales de agua dulce escaseaban. Los más favorecidos por el drástico desequilibrio ecológico se habían instalado en sectores del planeta privilegiados por la proximidad de un río o de un lago. Ya no quedaban lugares disponibles, y la incorporación de un habitante más en esos escasos ecosistemas era visto como un atentado contra la comunidad, por eso no se permitían extranjeros ni nacimientos sin autorización.
En las zonas más alejadas, se vivía mal y poco, todo lo cual conducía hacia un único destino: se acabaría pronto la mano de obra. Se necesitaban brazos para producir, para sembrar, para construir, para mantener. La cúpula del gobierno se encontraba en estado de alerta desde hacía varios años porque todo esto había sido anticipado sin encontrar la manera de corregirlo. O, quizás, la manera era demasiado antipática.
Como si la desgracia no viniera sola, una epidemia de cólera venía diezmando a la población de los suburbios. Al principio, habían extremado las medidas de prevención: hervir agua, cocinar todos los alimentos, lavarse repetidas veces habían formado parte de una campaña intensiva por todos los medios de difusión existentes. Sin embargo, la escasez de agua atentaba contra esa higiene necesaria. La gente no tenía agua para lavarse o para cocinar. Apenas tenían algo para beber.
Todo ello condujo a que la población fuera víctima de una nueva mutación de la bacteria Vibrio cholerae, la cual aún no tenía cura. Cada vez eran más los infectados y así se iba reduciendo la cantidad de habitantes, indiscriminadamente.
En las reuniones de la cúpula de gobierno, se discutía sobre el tema.
—Tenemos que encontrar un equilibrio. No podemos dejar que se nos mueran los brazos.
Les decían así a los trabajadores.
—A este paso, vamos a tener que salir nosotros a arar la tierra y criar cerdos.
—Peor, tendríamos que aprender a usar maquinaria de fábrica.
—Sin agua ni comida no habrá fábricas…
Días atrás, habían recibido un ultimátum del dueño de Acquaforte. El empresario poseía varias cuencas lacustres y se había convertido en el líder mundial por excelencia. El gobierno tenía que agachar la cabeza ante él. Su palabra era santa. Su indulgencia era milagrosa. Él solo podía perdonar la vida o condenar al país. Y ese ultimátum debía ser tenido en cuenta sin dilación.
—Ese desgraciado es un sádico. Quiere vernos humillados.
—Peor, quiere doblegar nuestro poder.
—¿Tenemos algún poder, a estas alturas? –dijo el líder del gobierno.
—Podemos recurrir a la fuerza –intervino el jefe del ejército, y un silencio se elevó produciendo una sordera momentánea en el líder.
II
Meses atrás, Gutiérrez, el líder del país, había tenido una cumbre decisiva. Había terminado la guerra en África con el saldo de un territorio destruido a manos de los propios africanos. Se habían sentido acorralados. Les habían enviado bombas químicas para dejar la zona libre de consumidores de agua. Pero ellos no se dejaron doblegar. Prefirieron la destrucción de ellos y de la tierra y los recursos hídricos. Llevaría decenios recuperar el agua. Por eso, el Cono Sur de América, el país de Gutiérrez, era el último objetivo de la gran corporación Acquaforte.
El líder nunca había sido menospreciado de una manera tan abrumadora. Waterman lo consideraba un títere que debía doblarse y bailar al son de la música de su compañía. La reunión fue en Bariloche, donde Waterman tenía un palacio, un viejo hotel de troncos mirando al lago, remozado para su uso personal. Allí se instalaron en una sala que mostraba una realidad limitada y exclusiva. Allí fue donde le dieron la orden de no hacer nada. De mirar hacia otro lado. De dejar hacer. Sin embargo, Gutiérrez tenía una convicción profunda sobre el tema del agua. Debían hacer cambios en la estructura social. Debían reorientar a la gente en sus actividades. Debían priorizarse las tareas de reciclado de líquidos y cultivo natural. Todos los brazos eran necesarios. Las fábricas debían limitarse a aquellas que produjeran elementos para la ciencia y la alimentación.
—Lo que usted propone es una involución —dijo Waterman con aplomo y mirada desconfiada.
—Yo lo llamo inversión de prioridades —respondía Gutiérrez tratando de mantener su dignidad.
—Llámele como quiera. Lo cierto es que perderemos industrias básicas como el transporte o la diversión.
—Los muertos no se divierten —dijo el líder sin pensar.
—No se ponga tan dramático.
—Millones de personas han muerto. Nosotros seguimos por la misma senda.
—Usted no se preocupe. Acquaforte tiene un plan de salvataje.
—¿A qué precio?
—Nada que no se pueda pagar.
—Usted quiere que desaparezca el gobierno.
—Yo solo pido que se haga una “inversión”, como usted mismo dice.
—Usted quiere que todos renunciemos. Quiere apoderarse de todo.
—No, estoy muy lejos de querer ser un loco que pelea con su sombra.
—Entonces no lo entiendo.
—Es muy fácil. Lo necesito. Quiero que siga a cargo del gobierno. Pero tendrá que hacer lo que yo le pido —respondió acentuando la última palabra.
III
En una casa alejada del lago, con apenas un pozo de agua que venía mermando progresivamente, la Dra. Lupe García repasaba su conferencia. Era doctora en biología aplicada y llevaba adelante una investigación sobre cierta clase de protozoario que absorbe la “mugre”, como ella le decía a las sustancias nocivas para los seres vivos, y la convertía en algo inocuo, insípido e incoloro, pero, lo mejor de todo… biodegradable.
Lupe tenía asignada una cátedra en la Universidad del Sur y, desde allí, alentaba al combate de los cementerios de basura que solo acumulaban y potenciaban los estragos. Tenía la certeza de que su investigación sería la que daría en el blanco de toda esa miseria. Se sentía acompañada de una fuerza arrolladora, solo comparable a la fuerza de gravedad que ejerce el sol sobre los planetas.
En la paz de su casa, repetía las palabras que diría esa noche: futuro, paz, vida, esperanza.
Конец ознакомительного фрагмента.
Текст предоставлен ООО «ЛитРес».
Прочитайте эту книгу целиком, купив полную легальную версию на ЛитРес.
Безопасно оплатить книгу можно банковской картой Visa, MasterCard, Maestro, со счета мобильного телефона, с платежного терминала, в салоне МТС или Связной, через PayPal, WebMoney, Яндекс.Деньги, QIWI Кошелек, бонусными картами или другим удобным Вам способом.


