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Llegó al Perú: conoció mulatos y mestizos, y no fue capaz… ¡A París!
TERCERO.—San Martín no tuvo visión original ninguna de América.
“El 5 de octubre de 1820 se reúnen en el pueblo de Miraflores, a 11 kilómetros de Lima, los comisionados de San Martín y los del virrey Pezuela. Proponen los comisionados de San Martín coronar en América un príncipe de la casa reinante de España” (Mitre.—Historia de San Martín, págs. 549 y 553, tomo 2.°).
“2 de junio de 1821: entrevista de San Martín y de La Serna en la hacienda Punchancha. Proposición de San Martín: que se nombre una regencia que gobernará independientemente al Perú, de la cual debía ser presidente La Serna, hasta la llegada de un príncipe de la familia real de España, que sería reconocido por monarca, ofreciéndose el mismo San Martín para ir a traerlo” (pág. 655 ídem).
Dice Mitre, comentando:
“Esta proposición, que dejó atónitos a los realistas y que acogieron con visibles señales de contentamiento, tuvo el apoyo caluroso del comisionado regio y de sus colegas. Era muy grave la responsabilidad de San Martín ante la historia, al reaccionar contra su propia obra” (pág. 653 ídem).
Bolívar era la fuente original. Libertó y creó Derecho Constitucional sudamericano. Lo admirable en la constitución boliviana fue el impulso hacia la originalidad. Ni monarquía ni república democrática: constitución propia para la raza en devenir.
CUARTO.—Se sintió incapaz de la obra.
“Cometió muchos errores (en el Perú), disgustando a sus oficiales. Se desacredita. Se retira, soñando en monarquías, odiado por el pueblo de Lima, disgustado con el almirante Cochrane. Al llegar a Chile encontró que su nombre era execrado allí como el de un verdugo” (págs. 21, 30, 90 a 93, 109, 116, 137, 146, 147, tomo 3.° de la obra de Mitre precitada).
Aquí queda explicado lo que pudo pasar en la conferencia de Guayaquil entre Bolívar y San Martín.
* * *
¿Qué significan entonces San Martín y Santander como héroes nacionales de Argentina y de Colombia?
¿Qué energía se manifiesta en estos fenómenos históricos? Ya lo hemos indicado. Téngase presente que la emancipación suramericana no fue decretada por los pueblos, los cuales no tenían aún existencia, pues estaban en la esclavitud de la ignorancia. Fue obra de las aristocracias criollas, en las que había influido la revolución francesa, a través de lecturas ocultas. Por eso la facilidad con que los pacificadores ahogaron los primeros movimientos, valiéndose precisamente de los mismos pueblos de las colonias. Los soldados que vencieron a Miranda y a Bolívar en Venezuela fueron venezolanos, y con soldados granadinos se destruyó la Patria Boba.
San Martín es la oligarquía europeizante que siempre ha dominado en Buenos Aires. Hay en la Argentina, siempre latente y algunas veces ha querido surgir, fuerza original, representada por los caudillos: con Rosas imperó, pero fue ahogada; hace muy poco actuó, consciente ya, en Hipólito Irigoyen, y parece que la juventud argentina comienza a ver claro que su originalidad no está en San Martín ni Mitre, en Justo ni en Ortiz. Manuel Gálvez y sus compañeros están haciendo obra de reconquista.
Ciento diez años hace que en Colombia se trabaja por hacer de Santander el héroe nacional. Pero cada día se observa mayor oposición.
Creemos nosotros que tal deseo responde a la necesidad de crear las fronteras con Venezuela. La conciencia nacional latente impuso esa falsificación santanderista: por eso hemos padecido esta literatura, historia y gobiernos granadinos. No siempre han procedido de mala fe; la fatalidad biológica les ha convertido en monederos falsos. Así nos explicamos las polémicas históricas con los venezolanos.
Y ¿cuál la explicación de esta otra tendencia que reniega de Santander? Que no es, ni puede, ni debe ser el héroe de la Colombia que ya se formó y que comienza a gobernar. Alfonso López, que fue democrático y cruel con los oligarcas, y la lucha contra el espíritu rabulesco, son indicios de que el pueblo comienza a manifestarse.
Un ejemplo es el occidente colombiano, unificado por la raza antioqueña, y que es factor novísimo. No intervino en la emancipación. Zea, los Restrepos, Uribes, Córdovas, etc., actuaron entonces, pero no con personalidad antioqueña. Su acción no fue representativa de tendencias raciales, pues Antioquia estaba amorfa. Intervinieron en calidad de educados en Bogotá y Popayán o influenciados por tales centros. De ellos, Córdova fue el único indicio de la raza. Los Restrepos fueron escribas, funcionarios payaneses. Zea era apenas antioqueño en cuanto amaba la plata. Pero en todos ellos se alcanza a percibir algo de rabino y de prendero, porque la sangre antioqueña es como la tinta china.
Antioquia tiene hoy más de dos millones de habitantes, dentro y fuera, y ha pintado con su sangre casi todas las familias colombianas. Bogotá es nuestra ciudad más populosa. Y si tan ricos, tan activos y tan realistas, no hemos hablado aún los antioqueños del occidente colombiano, ¿cómo afirmar que Santander es el representativo, el héroe nacional?
En mejores palabras expresó el Libertador esta misma idea. Refiriéndose a los letrados, que siempre han creído ser el pueblo colombiano, dice:
“Esos señores piensan que la voluntad del pueblo es la opinión de ellos, sin saber que en Colombia el pueblo está en el ejército, porque realmente está y porque ha conquistado este pueblo de mano de los tiranos; porque además es el pueblo que quiere, el pueblo que obra y el pueblo que puede; todo lo demás es gente que vegeta con más o menos malignidad, o con más o menos patriotismo, pero todos sin ningún derecho a ser otra cosa que ciudadanos pasivos. Esta política, que ciertamente no es la de Rousseau, al fin será necesario desenvolverla para que no nos vuelvan a perder esos señores. Piensan esos caballeros que Colombia está cubierta de lanudos, arropados en las chimeneas de Bogotá, Tunja y Pamplona. No han echado sus miradas sobre los caribes del Orinoco, sobre los pastores del Apure, sobre los marineros de Maracaibo, sobre los bogas del Magdalena, sobre los bandidos del Patía, sobre los indómitos pastusos, sobre los guajibos de Casanare y sobre todas las hordas salvajes de África y de América que, como gamos, recorren las soledades de Colombia.
¿No le parece a usted, mi querido Santander, que esos legisladores, más ignorantes que malos, y más presuntuosos que ambiciosos, nos van a conducir a la anarquía, y después a la tiranía, y siempre a la ruina? Yo lo creo así y estoy cierto de ello. De suerte que si no son los que completan nuestro exterminio, serán los suaves filósofos de la legitimada Colombia” (carta de Bolívar a Santander.—Junio 13 de 1821).
¡Qué bello! Nos dice allí el Libertador que en Colombia no se había manifestado la voluntad popular, por incapacidad; que la única voluntad manifestada era la de su ejército y que en la Nueva Granada había un grupo de ideólogos, suaves filósofos, que iban a destruir su obra. Y esta profecía se la hace al rábula que valiéndose de ellos la iba a destruir, y a asesinarle moralmente.
Pues bien: los mineros y usureros de Antioquia; los bogas del Magdalena; los indómitos pastusos y todas las hordas salvajes que vegetábamos cuando la guerra de independencia, estamos ya unificados racialmente, y ¡Santander no puede ser nuestro héroe!
Queda explicado que ni los antioqueños, ni los caucanos y pastusos, ni los costeños del Atlántico, que hoy formamos la más prometedora nacionalidad de Suramérica, tuvimos parte o culpa en la formación de esta república clerical y masónica que celebra ahora, en mayo de 1940, el primer centenario de la muerte del general Santander. En nosotros comienza la Colombia futura.
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Panorama suramericano de héroes nacionales: Perú es pueblo huérfano de héroe, pero en su política conquistadora se manifiesta el inca expansivo. Pueblo peligroso para sus vecinos. Otros le hicieron la emancipación.
Chile tiene a nuestro padre O’Higgins. Dejémosle hasta que perezca la aristocracia viciosa de Santiago.
En el desgraciado Ecuador el padre de la patria es Juan José Flores, venezolano, compadre de Santander, nacido en Puerto Cabello de ajuntamiento desconocido… El pueblo es indio. Si no despiertan y libertan al nativo, se los llevará el Perú.
Venezuela, la noble Venezuela, tiene la ciudad santa y todas sus piedras son lugares sagrados; fue autora de la guerra de independencia suramericana. Podemos decir que está por encima de los héroes nacionales.
Aspiramos a que este libro sea incitación a comprender cómo nacieron las repúblicas suramericanas. Las ciencias madres de la sociología proporcionan visión de los hombres y pueblos como fenómenos del devenir.
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El sitial de Bolívar es olímpico. Le sentimos entre los dioses que vivifican el universo. De la guerra que le inició Santander y de donde surgieron estas repúblicas que perdieron el istmo de Panamá, deseamos mostrar cómo le hizo detener en su marcha al Río de la Plata y a la unificación del continente: le trajo a Bogotá, al frío lomo andino, y le formó pelea en el campo en que Santander era invencible: el de la pequeñez: elecciones, compadrazgos, congresos, libelos, suspicacias, intrigas… Fue como ágil hormiga en lucha con el león. ¿Cómo vencerlo? Yendo y viniendo, andando más allá, picándole los ijares… El león corre, desespera y muere precipitado: así fue como el Mayor Santander venció al Libertador.
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A los aficionados a la filosofía nos está encomendada la obra de suministrar la visión amplia de que seamos capaces: incitar a la comprensión del fenómeno social. Nuestro problema de ahora es el de cómo nacen los héroes y qué significan, y desnudar a un ídolo falso que tuerce el camino de la juventud; cómo se desarrolla el drama humano, de dónde y para dónde, y aplicar esta visión a Santander.
Porque pretendemos llenar una necesidad de estos pueblos que viven en la apariencia, en la múltiple apariencia, sin vuelo, amando y padeciendo pequeñeces, vida atómica, pasiones minúsculas. ¿Y no es la filosofía el ascender, según la capacidad, a las colinas más o menos altas, desde donde se abarcan en conjunto los fenómenos?
Hemos trepado a cima desde la cual vemos a los actores suramericanos en sus puestos, apaciblemente, guiados en la acción por sus demonios interiores o fatalidad biológica. Esta nuestra colina es el problema del héroe nacional, planteado y resuelto aquí por primera vez.
Nada nos importan panegíricos e insultos, que serán la contribución y tributo de los colombianos en este centenario. Queremos un libro de filosofía y una estatua viva: Historia.
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¿Qué es historia? La ciencia que de una sucesión de hechos sociales induce la energía que en ellos se manifiesta, y el futuro. Considera los hechos como índices de una voluntad. Es útil, por futurista; emocional, por adivina; estética, porque vivifica. Trabaja en las formas pasadas para prever las futuras.
La historia aspira a visión en conjunto del drama. Para ella el mundo es voluntad y representación. Indaga inductivamente la voluntad social y augura la representación.
No llamemos historia los veinticuatro tomos del Archivo Santander: son los documentos que dejó para cubrirse: monedero falso. Cartas, oficios, narraciones de campañas, monumentos, medallas y retratos, y la vida de sus hijos espirituales que le heredaron el gobierno, son apenas fenómenos para inducir, material indicador.
Montón de imágenes de hechos: eso es lo que hay sobre esta mesa; por más que los lea y aprenda de memoria no dejarán de ser lo que son: índices; y mientras no logren, como dedos que señalan, incitarnos a ver lo que subyace, la vida, no tendremos la estatua animada del Mayor Santander.
¿Qué señalan esos índices, materiales para la historia? Señalan el por qué sucedieron. Y como la energía que en tales fenómenos emergió no se extingue, también nos señalan el futuro fenoménico.
¿Qué devenir urgía para que sucediera este hombre llamado Santander y qué porvenir nos revela acerca de la patria?
¡Ojalá podamos cumplir nuestro deber, tal como lo hemos expuesto!
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En esto de biografías se han usado dos métodos hasta hoy: el narrativo y el filosófico. El primero saca su interés de los procedimientos del novelista; es muy exitoso: Ludwig. El segundo es más serio e intelectual: Zweig.
Usaremos nuestro método, el emotivo: revivir la historia por el procedimiento de la autosugestión, según la técnica que expusimos en el tratado del conocimiento, que lleva por título Mi Simón Bolívar. La ventaja o inferioridad de este procedimiento sobre los que hasta hoy se han usado es asunto que dejamos al lector.
Capítulo Primero
NACIMIENTO E INFANCIA.—SANTANDER ANTIOQUEÑO.—HOMBRE REPRESENTATIVO Y PADRE DE LA NACIONALIDAD COLOMBIANA.—LOS CURAS.—SUS PADRES.—PREÑEZ Y GESTACIÓN. —HOMBRE DE FRONTERA.—HOMBRE CUBIERTO. —JOSEFA.—SE COME LAS PRUEBAS.—ESTUDIO GRAFOLÓGICO.
UN HISTORIADOR debe comenzar por mucho antes del nacimiento de su héroe y por los augurios, como Plutarco lo practicara. Así, yéndonos lejos en la prehistoria o historia racial de Santander, encontraremos, no que descendiera de Mercurio o Marte, sino algo mejor: ¡era antioqueño…! Por allá en mil setecientos y tantos, en la ciudad de Antioquia hallamos a un tal Rodrigo de Santander, perteneciente al grupo que entró por el sur con Belalcázar. Rodrigo dizque engendró un hijo, que fue cura, y también otro que no se sabe qué se hizo… Aparecen los Santanderes en la costa atlántica y después en la Villa del Rosario de Cúcuta: la sangre antioqueña es como mancha de aceite que va cubriendo toda la nacionalidad.
Meditemos bien en esta correría y en esta antioqueñada y tendremos augurios: las andanzas fueron desde el sur, circulando por las fronteras actuales de Colombia, deteniéndose en Antioquia, y el muchacho vino a nacer en el punto neurálgico de la frontera con Venezuela: “hombre representativo”, “héroe nacional”, “hombre de las leyes”. ¿Entienden los augurios?
¡Y qué bella es la psico-biología! ¿Cómo explicar, sino por antioqueño, por los recuerdos prehistóricos del feto, el que Santander amara tanto el dinero, y el que fuera tan astuto para manejarlo? “Organizador de la victoria”. Dejó bellas haciendas, casonas en la Calle Real, becerros, morrocotas y sobre todo créditos… Daba en mutuo, a interés. Todo eso es antioqueño. Apuntaba para publicarlas las limosnas que daba, como los antioqueños. En la agonía pretendió contrato leonino con Dios: la mangada del cielo a cambio de remordimientos. En todo es héroe nacional.
* * *
Abril 2 de 1792 Mayo 6 de 1840: cuarenta y ocho años, un mes y tres días, contando por uno los del nacimiento y la muerte.
Descontando dieciocho de niñez y primera juventud, tenemos treinta años, un mes y tres días de vida pública, durante los cuales imprimió su carácter, o mejor, fue el núcleo activo humano en la formación psíquica, política y social de lo que se llama hoy Colombia. Hijo y padre a un mismo tiempo de esta república. Padre de conservatismo y liberalismo, los cuales apenas se diferencian en que éste tiene remordimientos en la hora de la muerte y, por eso, es el hijo predilecto de Santander.
Y anotamos el mes y los tres días, porque durante ellos fueron atroces sus remordimientos, y el colombiano es antes que todo hombre de remordimientos en la hora de la muerte; en esto, principalmente, es héroe nacional.
En todo caso, Juan Agustín Santander Colmenares y Manuela Omaña Rodríguez estaban muy contentos porque su primo Fortoul había dejado la gobernación de San Faustino de los Ríos, y el cura Nicolás Mauricio Omaña, hermano de Manuela, estaba intrigando en Santafé ante el virrey Ezpeleta para que nombraran a Juan Agustín. ¡La única y gran esperanza en esa pobreza en que estaban!
Por allá el 15 de julio de 1791 doña Manuela quedó preñada, por la noche, pues ese mismo día Juan Agustín se había posesionado de alcalde de San Faustino de los Ríos y estaba eufórico.
De esta gravidez y gestación en tales circunstancias, induciremos que el feto se nutrió de emociones de gobierno y que sería gobernante, como efectivamente lo fue. Y como todo esto acaecía en la Villa del Rosario de Cúcuta, precisamente en los linderos de la Nueva Granada con la Capitanía General de Venezuela, mojón de encuentros y contiendas entre vecinos, en los que tenía que intervenir el gobernador, con preocupaciones de Manuela, induciremos también que el feto se nutrió de emociones de frontera. Y efectivamente eso fue lo que nació: el hombre de las fronteras, el que odiaba a los venezolanos, el que deshilachó la Gran Colombia y alinderó la Nueva Granada material y psíquicamente.
Tenemos, pues, que el bulto que llevaba Manuela Omaña Rodríguez era nada menos que la conspiración de septiembre contra el Libertador, y la actual República de Colombia, partidos conservador y liberal, Ospinas, Obandos, López, Olayas y Santos: era un bulto de dinamita. Manuela gestaba al hombre de las leyes…
Francisco de Paula Santander nació el dos de abril de 1792. Un cura, su tío Nicolás Mauricio, vigiló la cuna y sus estudios, y como diez clérigos le rodearon en su cama mortuoria. Representativo: el niño colombiano es hijo de cura y aquí el cura es el comadrón de los espíritus: en esto Santander también es héroe nacional.
No hay más documentos acerca de sus padres. Sus nombres no aparecen sino en el decreto que dijimos de nombramiento de gobernador de aldeas fronterizas y en la partida de bautismo del hijo Francisco. Este nunca habló de sus progenitores sino en el testamento, y eso para decir que era su hijo y que eran de familias nobles: es decir, para cubrirse de nobleza. Utilitarista. No hay cartas suyas en que se refiera a su madre; suyas no hay cartas amorosas. Vivió para alindar la Nueva Granada. No tenía intimidad. Porte grave, repelía el acercamiento como el tronco erizado de la palma de corozos; encarnación de la noción de frontera.
El hijo del alcalde de San Faustino no se entregará a nadie; no lo cogeremos en momento de abandono. Cuando escriba cartas a sus conmilitones, en confianza, será siempre grosero, jamás sentimental. Cuando hable de mujeres, por ahí en postdatas, sus frases serán las del hombre de encontrones de mesón y nunca las del enamorado. No amó; usó del sexo en oportunidades al azar. Era tan hombre de frontera interior, que es quizás el único que nunca haya padecido el sentimiento filial. Jamás lo cogeremos, ni en la agonía, refugiándose en el ángel divino que siempre es la madre.
Se casó viejo, cuatro años antes de morir, por conveniencias políticas, porque le acababa de nacer un hijo natural y la gente comentaba; porque tenía ya remordimientos y se estaba acercando al clero. El día de su matrimonio dijo en alocución que publicó:
“El matrimonio, que es el contrato más conforme a nuestra naturaleza y a la razón, ha merecido ser elevado a la dignidad de sacramento, desde la publicación del Evangelio. Hoy he pagado con toda mi voluntad este obsequio a la naturaleza y un homenaje a la religión católica y a la moral pública”.
Contrato es lindero: las mutuas obligaciones alindan. Se casó para pagar a la naturaleza y a la moral, no por amor. Sixta Pontón Piedrahíta, también antioqueña, celebra contrato con Francisco de Paula Santander; no se confunden en una sola carne y alma. Este hombre no se confunde con nadie, es encarnación de frontera.
En todo caso, de su niñez lejana no quedaron documentos. Debieron existir, pero él arregló su historia, rompió comprobantes, pidió certificados, reunió cartas y boletas; todo para alindarse voluntariamente, para alindar su historia. Nos encontramos ante caso único, el de un hombre que tenía el sentimiento hiperestesiado de su figura histórica y que hizo todo lo posible para imponerla, tal como él la ambicionaba, a la posteridad. Hombre siempre en guardia, en perenne posición histórica, sin admitir nunca familiaridad, hasta el extremo que hizo decir a Pedro Bonaparte, quien lo conoció cuando culminaba su personalidad erizada:
“He conocido todas las majestades de Europa y puedo asegurar que no he visto a nadie en quien la naturaleza haya impreso con caracteres más fuertes el don de mando que en el general Santander”.
Pedro Bonaparte no acertó en la expresión, lo cual es muy difícil. Nadie repelía como Santander la confianza, la familiaridad, la confusión de las almas, el sentimentalismo. Los que lo conocieron le aplicaron estos adjetivos: serio, grave y austero en lo exterior; caminar lento y acompasado; ligero y constante asomo de sonrisa en los labios delgados y comprimidos; asistía a reuniones y fiestas de populacho, pero sin inspirar confianza.
¡Era muy duro, muy frío, muy cubierto, el hijo del alcalde de San Faustino de los Ríos! Podemos inducir su lejana niñez: desde que principió a gatear, sus padres admiraban la limpieza: cagaba, pero se comía la caca. No dejaba rastros. Hombre cubierto. Siempre se comió la caca; nunca dejó las pruebas.
Por eso, por pudoroso, pues desde la cuna lloriqueaba cuando, para bañarle, lo desvestía mamá Manuela, por eso lo bautizaron José, es decir, Francisco José de Paula. Acierto profético, pues él nunca se desnudará y bregará siempre porque la historia no pueda desnudarlo: tal es el origen del Archivo Santander.
En ese hogar también nació una niña, a quien cristianaron con el nombre de Josefa, y la cual vivió con el héroe nacional, no propiamente en el mismo hogar, sino en la casa colindante, como veremos después. Con Santander nadie convivió.
Compañeros de su niñez fueron sus primos hermanos Pedro Fortoul y José Concha, quienes al escribirle lo llamarán don Pacho. Su alma disimulada y simuladora adquirió desde la niñez cierto respeto entre los suyos, el cual se tradujo con el título de don Pacho. Todos sus parientes, en presencia de este niño de labios delgados y comprimidos con un amago de sonrisa helada en las comisuras, y de ojillos grises y fríos, sentían que era un abismo, pero reconocían que era una cima. A su lado se experimentaba (y experimenta la historia al resucitarlo) ese cierto terror de un mal desconocido. Pero al mirarlo y estudiarlo había y hay que reconocer que era muy bueno. De ahí el sobrenombre de don Pacho.
Nadie lo amó, ni siquiera su madre. Ninguno podía presentar pruebas nuncupativas contra él. Sus tías carnales, Concha y las Colmenares, vivían admiradas y repetían: “Es muy aseado”; y les hacía coro el padre Manuel de Lara, quien lo bautizó.
Igual sucede a quienes han leído su historia, que sienten que él fue el autor de la conspiración de septiembre contra el Libertador, del odio a los venezolanos en 1826, de la muerte de Infante, acusación de Páez, muerte de Bolívar y de la Gran Colombia, asesinatos de Sardá y Mariano París, etc. Pero tartamudean, no encuentran las pruebas. Donde éstas deberían estar, aparece un documento suyo de expresiones morales rimbombantes: respeto a la ley; obediencia a la voluntad soberana; mi corazón sangrante de dolor por cumplir el deber; respeto a la constitución, etc.…
No se preocupe, misiá Manuela –decía el padre Lara–, que el muchachito no es que esté atrancado, sino que se come el bollo.
Francisco de Paula será un grande hombre: el Gran Hipócrita. El 20 de mayo de 1820 le escribe Bolívar (y nótese que estamos en los días de su gran amistad con el Libertador):
“Usted me parece que es como algunos otros que yo conozco en el mundo, que les gusta hacer lo que no quieren que les hagan, sin duda por ser enemigo de las chocherías de Jesucristo, que se empeñaba en lo contrario, en contravención de la ley natural, que exige todo para sí y nada para los otros. Usted gusta de la franqueza sin rebozo, de la amistad ingenua y de decir verdad; y después se pone bravo cuando le siguen sus pasos, como la vieja coqueta que no quiere dejar hacer baza a su hija, que no hace más que imitarla. Voy a decirle a usted no más que dos cositas: ¿le gustaría a usted mucho que le contestasen de oficio: ‘He recibido el decreto tal y no me ha parecido irregular’? ¿Y en una carta particular aquello de ‘la responsabilidad que algún día llegará a ser efectiva’? Por poca cavilosidad que tenga uno, esto quiere decir que se esperaba que el decreto fuese irregular y que ya no hay otro modo de contener a uno sino por el temor de la responsabili-. dad. Esto es sin hacer caso de lo que llama Tolrá estilo irrespetuoso, porque éstas son bagatelas que pasan entre amigos. Digo, mi amigo, estas cosas, para justificarme contra los propósitos que usted ha quebrantado: si usted no me cucara yo no me defendería”.




