- -
- 100%
- +
El skyline de Hong Kong se veía colorido y dramático y prácticamente invadía mi habitación de hotel; la pared de puras ventanas me hacía sentir como si estuviese flotando en el cielo. Los edificios eran enormes y estaban tan cerca unos de otros que parecían piezas de papel y luces de neón superpuestas. Cuando me acerqué más a las ventanas, Ji-Yeon cerró las cortinas bruscamente, marcando el final de tan romántico instante. A pesar de estar tan cansada que podría haber dormido unos cien años, la antigua ansiedad nocturna se impuso.
De niña, odiaba el anochecer y los rituales inminentes de la hora de irse a la cama: lavarse los dientes, colocarse el pijama, apagar las luces. Una sensación de terror me perseguía a medida que el día se acercaba a su final.
–Aquí tienes –Ji-Yeon colocó un pequeño plato junto a mi mesa de luz. Dos pastillas para dormir y un Ativan. Las pastillas eran las estándar, las que todos tomaban. Pero el Ativan… Eso era top-secret. Las enfermedades mentales seguían siendo tabú en Corea del Sur y, si alguien descubría que yo estaba tomando medicación para manejar la ansiedad, bueno, entonces…
La princesa adicta del K-pop
La prensa coreana me comería viva. El resto de Asia seguiría sus pasos. Y luego mi carrera colapsaría, como una estrella que cedía finalmente ante la gravedad.
Al tomarlas, mis largas uñas rasparon el plato. Las coloqué sobre la palma de la mano, y las tragué con un poco de agua.
Después de armar mi cena, que consistía en un mix de verdes con un aderezo liviano de aceite de oliva y una guarnición de almendras, Ji-Yeon se dirigió a su habitación y me dejó sola. Aunque codiciaba mi privacidad, también tenía problemas para conciliar el sueño estando sola. La compañía de Ji-Yeon era reconfortante y era una de las pocas cartas de diva que solía utilizar.
Pero esta noche me inquietaba mi inminente debut norteamericano. Necesitaba un poco más de ayuda que la de siempre.
Hice a un lado mi ensalada y llamé a mi madre por FaceTime. Era muy temprano para ellos, pero no se quejaron. Mis padres siempre se hacían un tiempo para mis llamadas, porque no eran muchas mientras estaba de gira y pasaba mucho tiempo entre una y otra.
El teléfono sonó tres veces y mi madre atendió. La pantalla quedo oscura y borrosa durante unos segundos antes de que se ajustara a su rostro, los ojos separados de la nariz, los mechones de cabello ondulado enmarcándole el rostro suave.
Me estudió a través de la pantalla.
–¿Sucede algo? –ese era el típico saludo de mi madre.
–Hola, Umma. No, todo está bien. Solo llamaba –dije con la voz ahogada. Habían pasado tres semanas desde la última vez que habíamos hablado. Ver y oír la voz de mi madre me quitó de inmediato la seguridad de estrella del pop. Era yo misma otra vez.
El rostro de mi padre también apareció en la pantalla, y ella quedó hecha a un lado. Él se colocó las gafas para verme mejor; su cabello se veía desaliñado.
–¡Ah! ¿Qué haces aún despierta? –mi padre siempre se veía como un profesor loco en una escuela de hechiceros.
–Son apenas las diez –dije, riendo, observando a mis padres disputarse el espacio en la pantalla–. ¿Te desperté?
Mi mamá hizo un gesto con la mano, como pidiéndome que no exagere.
–A mí no. Yo me despierto más temprano que tu padre ahora.
–¿Ah, sí? ¿En qué mundo? –dijo mi padre, mezclando algo de coreano y de inglés, como siempre hacía–. Tal vez esta semana, porque…
–Está mirando esa cosa llamada Juego de tronos –interrumpió mi madre–. No sé cómo puede ver eso antes de irse a dormir. Es horrible –dijo encogiéndose de hombros.
–¿De verdad estás viendo eso? –le pregunté sorprendida–. Padre, eso es muy violento. Además, ¿llegas a entender el argumento?
Mi madre lanzó una risotada y mi padre se levantó las gafas, nervioso.
–Bueno, bueno, está bien, parece que tu padre ahora es un babo.
La palabra coreana para “tonto” jamás fallaba, siempre me hacía reír.
–No, eso no es cierto –protesté–. Tiene demasiados personajes y es un mundo de fantasía complicado –dejé de hablar cuando una explosión de color blanco y ojos negros cubrió la pantalla de repente. Era Fern, la perra pomerania de mis padres. Todo fue caos durante unos segundos mientras mi madre intentaba sujetarla en brazos para tomar una selfie. Su nariz contra la cámara me hizo reír; y luego oí una voz que se quejaba en el fondo.
–Dios mío, ¿por qué tienen que hacer tanto ruido tan temprano?
Ah, el tono inconfundible de una irritada niñita de quince años.
–Tu hermana está al teléfono, ¡di hola! –dijo mi padre mientras movía el teléfono para que yo llegara a ver el rostro de mi hermana. Era como el mío, pero no. Sus mejillas eran más regordetas, la boca era más grande, los ojos eran más grandes.
–Hola, Vivian –le dije.
–Hola –saludó en voz baja–. Odio FaceTime.
–¿Qué anduviste haciendo hoy? –le pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
–Nada –Vivian no solía mirarme a los ojos demasiado, pero llegué a ver cómo su mirada se detenía en mi rostro unos instantes–. ¿Te hiciste microblading?
Pasé mi dedo índice por mis cejas naturales.
–No.
–Se ven extrañas.
Nada como una hermana menor para bajarte el ánimo.
Mis padres intercedieron, hablando de sus planes para el fin de semana. La normalidad de todo el asunto se sentía muy bien. Al fin una conversación fuera de mi trabajo, mis horarios, mis fans.
Cuando bostecé, mi madre frunció el ceño.
–Deberías ir a la cama ahora mismo. Has tenido una larga gira, y ahora debes prepararte para The Later Tonight Show, ¿no es así?
Asentí con la cabeza.
–Sí. El lunes. Irán a verme, ¿verdad? –estarían esperándome en el camarín luego de la grabación.
–¡Por supuesto! –dijo mi padre–. Nos aseguraremos de que comas bien para que luego tengas mucha energía.
Las expresiones de preocupación en sus rostros me destrozaron el corazón una vez más. Traté de mostrarles mi mejor sonrisa.
–No se preocupen. He comido muy bien en esta gira. Muchos dumplings y noodles y esas cosas.
Los dos asintieron con la cabeza, encantados de oír mi comentario. Pero les estaba mintiendo, claro. Una de las tantas mentiras que debía decir para dejar a mis padres tranquilos. Si sabían lo poco que había estado comiendo y durmiendo… Bueno, no podría estar haciendo esto. Sabía de los sacrificios que mi familia estaba haciendo para traerme hasta aquí. Lo mínimo que podía hacer era hacer que no se preocuparan por mí.
Cortamos la comunicación y sentí que mi ánimo se desplomaba todavía más. ¿O acaso serían las píldoras para dormir? Sentía las extremidades pesadas, pero mi mente no paraba de funcionar. Me metí en la cama sin siquiera lavarme el rostro ni los dientes. El cubrecama blanco prácticamente me devoró; las sábanas lujosas se apoyaron sobre mi pijama, frescas y acogedoras. Estaba bien abrigada, un hábito que había adoptado viviendo en Corea.
La primera noche en el campamento de entrenamiento, me había ido a dormir con un top y mis interiores, y las otras niñas se burlaron de mí incluso terminado el verano. Vamos, niñas, ¡es solo ropa interior! O, como yo las llamaba, ppanseuh, la palabra que usaban mis padres para las prendas íntimas. Una cosa más que me dejaba en ridículo. Aparentemente, esa era una palabra japonesa muy antigua que solo las abuelas utilizaban. Los niños bien decían “panties”, como en inglés. Pero a mí esa palabra me ponía nerviosa. Y nadie dormía solo en “panties”.
Saben, mis botas me molestaban todo el tiempo últimamente. Era como si alguien gritara: “¡No dejen que Lucky use zapatos sin tacón, Dios no lo permita! ¡Mide un metro setenta! ¡ESO… SIGNIFICA… MUY… ALTA!”.
Cuando pensé en mayúsculas, las pastillas ya estaban surtiendo efecto. Di vueltas en la cama, golpeé la almohada unas cuantas veces. No sé si era el hambre que tenía o qué, pero no podía dormirme. Tenía que levantarme temprano para practicar. No podía hacer un papelón en The Later Tonight Show. No, señor.
Mmm… Hamburguesas.
Ese era el problema. Seguía tan hambrienta como antes. Me deshice de mis sábanas y abrí la maleta. Me dejé la camiseta térmica puesta, pero me quité los pantalones del pijama y los cambié por unos jeans negros rasgados. También tomé mi gorra favorita de béisbol (una de color verde oliva que no llamaría jamás la atención). Mi peluca rosada estaba siendo custodiada por Ji-Yeon y ya lejos de mi cuero cabelludo… gracias a Dios. Así que me coloqué un tapado color beige claro y busqué mi calzado, pero no lo encontré por ningún lado.
–Nota para mí misma –murmuré–. Alguien me está robando los zapatos –busqué las pantuflas blancas del hotel debajo de la cama. Eso sería más que suficiente.
Estaba a punto de abrir la puerta y salir cuando recordé quién estaba allí fuera. ¡REN! Di un golpe a la puerta con el puño y caí de rodillas.
Luego, me enderecé. Mi cabello volvió a su posición. Yo era inteligente. Todo el mundo lo decía, incluso si solo era porque a mi sello discográfico se le había ocurrido decir que yo había estudiado en Harvard.
Ja… ja… ja.
Sí, está bien, había hecho el intento de ingresar en Harvard en mis épocas de almuerzos a base de patatas y mientras aprendía a hacer piruetas en el sentido contrario de las agujas del reloj.
Vamos. Piensa, Lucky, piensa.
Luego de un segundo, golpeé la puerta suavemente.
–¿Ren? –dije en una voz patética y suave.
–¿Sí? ¿Te encuentras bien? –la voz de Ren retumbó del otro lado de la puerta.
–Nada muy importante, pero… Ji-Yeon está durmiendo ya, y necesito una medicación. Es para mis calambres menstruales.
Pude sentir el asco a través de la pesada puerta.
–Lo siento –agregué con voz dulce.
–¿Qué es exactamente lo que necesitas? –preguntó, haciéndose el fuerte.
–Midol. O su equivalente chino. Diles para qué es, y ellos sabrán qué darte.
Lo oí refunfuñar por lo bajo y esperé a que el sonido de sus pasos pesados desapareciera. Unos segundos después, abrí la puerta y espié el pasillo. Estaba en el piso de los penthouses porque necesitaba privacidad, así que no había una sola alma a la vista.
Cerré la puerta suavemente, y me apresuré a avanzar por el pasillo. Corrí, marché, y luego volví a correr. ¿Cuál sería la mejor manera de escaparse sigilosamente?
Los elevadores estaban al final del pasillo, había uno abierto y esperándome. Corrí hasta llegar al interior y presioné el botón “1”. Me relajé apenas un instante, porque luego una mano apareció de la nada y detuvo el cierre de las puertas. Maldición. Di un paso para atrás y me ubiqué en el rincón, ocultando mi rostro.
–Gracias –dijo la voz masculina. Levanté la vista. Era un muchacho joven y asiático con una chaqueta en la mano. Me apretujé aún más contra el rincón para quedar lo más lejos posible de él, pero no me estaba prestando atención a mí.
El tipo sonreía y observaba todo con una especie de orgullo. Luego se quitó la camisa de dentro del pantalón y se despeinó el cabello.
Quería mirarlo. Era un muchacho raro. Raro, pero lindo. Con un cabello increíble. Alto. Hombros anchos y brazos largos. Pero con una vibra muy extraña, sin duda; una especie de euforia maníaca. Cuando lo oí reírse por lo bajo, me apreté aún más contra la pared del elevador. Loco.
Intenté calmar mi corazón acelerado, rogando que no se nos unieran más personas. Por suerte, así fue. Recién volví a respirar cuando el elevador se detuvo en el primer piso.
Cuando salí, estaba en un pasillo alfombrado, pero no era el lobby. Miré el elevador por si me había confundido.
–Si buscas la planta baja, ese sería el nivel “G” –dijo el muchacho desde dentro, apenas levantando la vista de su teléfono.
Con todo el orgullo que pude recuperar en ese instante, mentí.
–No, aquí venía –y me fui. Es verdad que no sabía dónde diablos estaba. Ni tampoco recordé que llevaba pantuflas.
Hoteles. Yo sabía de hoteles. Iría hasta el lobby y preguntaría lisa y llanamente dónde conseguir las mejores hamburguesas. Así que busqué las escaleras y bajé otro piso.
¡Qué fácil fue! ¡Lo logré! Festejé mientras nadie estaba mirando. Esto es demasiado sencillo para ti. Recuerda aquella semana que dormiste solo ocho horas en total y debiste ser hospitalizada por deshidratación luego de los MTV Asia Awards. Esto de fugarse no tiene nada de especial si lo comparas.
El lobby se veía impecable y simple. Mis representantes siempre me anotaban en hoteles boutique bien discretos, con la esperanza de que fueran mejores escondites que las grandes cadenas.
Dos de mis guardias de seguridad hablaban ávidamente con el aparcacoches y no me vieron cuando me detuve frente al mostrador de la recepción porque me ubiqué estratégicamente junto a una maceta con una pequeña palmera.
–Hola –saludé con la que esperaba que sonara como una voz normal y relajada–. ¿Podrían indicarme en dónde encontrar la mejor hamburguesa sin tener que ir demasiado lejos?
Uno de los jovencitos detrás del mostrador sonrió, atento.
–Claro, señorita. Hay un restaurante al estilo norteamericano en el centro comercial que está conectado a este hotel –su cabeza giró en la dirección de la puerta, pero luego me miró otra vez y supe que me había reconocido.
Maldición. La gente podía reconocerme incluso sin el cabello rosado. Me ajusté la gorra.
–Muchas gracias –le dije cuando ya me había dado vuelta para irme.
Avancé y crucé las puertas dobles de vidrio en dirección al centro comercial.
Los centros comerciales en Hong Kong eran cosa seria. Este era gigante, un laberinto infinito de vidrio y granito gris, con muchos niveles y dispositivos de iluminación esculturales que brillaban por doquier.
Me quedé quieta en el lugar. Estaba rodeada de gente. Y la mayoría era gente joven. ¿Qué era lo que hacían todos tan tarde en el centro comercial? Miré a mi alrededor y descubrí algunos bares y unos restaurantes elegantes que seguían abiertos. Una ciudad que nunca dormía.
Y no sabía si eran las pastillas para la ansiedad o qué, pero el pánico usual que le seguía a mi exposición ante las grandes multitudes no se hizo presente esta vez.
Quizás fuera también porque aún seguía viendo hamburguesas danzantes en mi mente. Por lo que seguí caminando, con la cabeza gacha y el cuello del tapado bien alto. ¿Se vería sospechoso? Me sentía como la maldita Pantera Rosa.
Llegué a un mapa del centro comercial y me detuve a mirarlo. ¿Qué diablos era aquello? Todo era digital. Toqué la pantalla varias veces, pero tanto pensar en cómo descifrar esa cosa iba a derretirme el cerebro.
Bien, Lucky. Sigue tu olfato. Sí, gran plan. Tenía una nariz muy sensible.
El centro comercial era infinito. Caminé y caminé, pasando por decenas de tiendas de lujo. Y restaurantes de lujo. Pero no había nada que prometiera una buena y grasienta hamburguesa. Unos minutos más tarde, terminé cerca de unas escaleras mecánicas que llevaban a la estación del metro. Pasear por un centro comercial en Hong Kong mientras luchas contra la medicación para el sueño y la ansiedad había sido una idea muy torpe. Me sentía atontada y de pronto todo se volvió borroso.
Tan ocupada en orientarme estaba que no llegué a ver al grupo enorme de personas que salía de la estación antes de que me llevara por delante.
Preocupada por no ser reconocida, seguí caminando con todos ellos hasta que sentí el aire fresco dándome de lleno en el rostro.
Cuando las personas se dispersaron, me encontré parada en las calles de Hong Kong.
Sola, en las calles de Hong Kong.

Capítulo seis
JACK
¿Han visto esa escena de Harry Potter en la que viaja en ese autobús de varios pisos que corre como loco por Londres?
Los autobuses de Hong Kong se le parecen bastante.
Sentado en el segundo nivel del autobús de doble piso (uno de los remanentes culturales de la historia colonial británica en Hong Kong), podía ver las calles serpenteantes del Distrito Central llenas de gente. Después de todo, era un viernes por la noche.
Toda Hong Kong es bastante grande. Su territorio se divide entre la Isla de Hong Kong, la península de Kowloon, los Nuevos Territorios y algunas islas más pequeñas. Kowloon se encuentra cruzando el puerto Victoria desde la isla y está conectada a la China continental. Pero yo vivía en la Isla de Hong Kong, y el autobús nos llevaba ahora por el Distrito Central, el centro económico y financiero de la ciudad ubicado en la parte norte de la isla, cerca del agua. El Distrito Central estaba repleto de rascacielos y altísimas torres de apartamentos y muy cerca de los puntos turísticos más importantes.
En Asia, existía esta especie de electricidad del futuro en todos lados. Y algo de todo eso me hacía sentir más vivo. Además, en una ciudad tan enorme como esta, había espacio infinito para la improvisación, para la reinvención. Era el opuesto de crecer en los suburbios del sur de California, por ejemplo, donde parecía haber un solo camino para todos, donde las actividades nocturnas se limitaban a plazas comerciales pequeñas, cines y teatros. Donde, incluso con un amplio paisaje a tu alrededor, te sentías atrapado.
Yo amaba el autobús por muchas razones, y ahora mismo era un buen lugar para trabajar. Le estaba pasando las fotos a Trevor. Habían salido muy bien. Incluso con la luz tan baja y con las hojas del arreglo floral colgando por todos lados, se podía ver a Teddy y a Celeste en una misma habitación de hotel, y juntos. En todas las fotos, también salía la silueta de un tipo que se inclinaba sobre un enorme arreglo floral. Había intervenido apenas los tonos para poder identificar mejor sus rostros y dejar mi imagen más en la penumbra. Estas fotos serían mi gran paga.
Seguía oyendo las palabras de Celeste en mi cabeza mientras repasaba las fotos. Podrías arruinar muchas vidas. Unos meses atrás, ese comentario sí me habría molestado. Se me hubiera enterrado bajo la piel y eso me habría hecho odiar lo que estaba haciendo. Pero docenas de encuentros con celebridades más tarde (donde los había visto envueltos en una aventura amorosa, o tratando de mala manera al personal, haciendo berrinches, gritándoles a sus niños), yo ya había superado esa etapa. Para mí esto era solo mi trabajo. Eso era todo. Nada personal. Es el precio de la fama, Celeste.
De inmediato recibí un texto. Era de Trevor, que me respondía:
Buen trabajo. Uno más de estos y recibirás una posición de tiempo completo.
¿Tiempo completo? Me senté derecho en mi asiento tapizado. Sabía que a Trevor le había estado gustando mi trabajo, pero esto era algo nuevo. Una nueva oportunidad. Me daría algo para hacer en lugar de tener que ir a la universidad. Incluso si mis padres se enteraban, bueno, ahora podría solventar mis gastos yo solo. No iba a tener que lidiar con su decepción respecto de mis decisiones en la vida ni con sus esperanzas de que terminara estudiando Negocios o Ingeniería. El hecho de que mis padres hubieran elegido estabilidad en lugar de cosas más excitantes no significaba que yo debiera hacer lo mismo.
El autobús frenó de golpe. Cuando levanté la vista y miré por la ventanilla, me di cuenta de que había hecho el recorrido completo. Estaba de vuelta cerca del hotel. Miré mi teléfono. Todavía no eran las once de la noche, aún tenía tiempo para encontrarme con algún amigo y tomar algo. La edad legal para poder beber alcohol en Hong Kong es dieciocho, lo que me había hecho explotar la cabeza de la emoción cuando me mudé aquí.
Le mandé un mensaje a mi compañero de cuarto, Charlie Yu.
¿Tienes tiempo para ir a tomar algo?
Respondió un minuto después.
CLARO. En una hora, cuando me pueda tomar mi “horario de almuerzo”

Cuando su tío se jubiló, Charlie heredó su profesión de taxista y su clásico Toyota rojo. Los taxis eran una institución en Hong Kong y Charlie trabajaba de noche. Solía tomarse descansos extendidos para beber cerveza conmigo.
Qué bien. Tengo algo enorme para Trevor. YO INVITO LAS CERVEZAS.
Charlie respondió:
VENGA ESE DINERO.
Sacudí la cabeza y sonreí. Charlie y yo siempre estábamos necesitando dinero. Las quejas sobre nuestros trabajos y la falta de dinero llenaban nuestro apartamento mientras jugábamos videojuegos y comíamos ramen. Era nuestra fuente principal de convivencia.
Le respondí:
Siempre. $$$ Déjame elegir un lugar y te vuelvo a escribir.
Asegúrate de que sea un lugar con muchachas dentro. No como ese último bar repleto de machos extraños que olían a pescadores retirados.
Aquel bar había estado muy bien, muchas gracias. Pero a él le fascinaban las chicas y siempre se las arreglaba para demostrar cierto encanto cuando coqueteaba con ellas. Además, se veía como el chico malo que te pasaría a buscar en un scooter para luego llevarte lejos de tus estrictos padres.
Le estaba respondiendo el mensaje cuando alguien pasó a mi lado y me golpeó. Era una muchacha; venía tambaleándose por el pasillo. Bien hecho, borrachita. Volví a concentrarme en mi mensaje de texto cuando la oí gruñir fastidiada y luego un “Baegopa jughaeso!”. Levanté la vista de la pantalla. Era la versión coreana de “¡Tengo tanta hambre que podría morir!”.
Cuando miré detrás de mí, pude ver a la muchacha borracha en un asiento, con la cabeza apoyada contra la ventanilla y con los ojos cerrados.
¿Por qué me resultaba tan familiar?
Llevaba una gorra verde y el cabello largo; el rostro no se le veía muy bien. Ah, era la misma muchacha que me había cruzado en el elevador del hotel minutos antes. Cuando le miré los pies, las pantuflas del hotel me lo confirmaron.
La muchacha del hotel que había dejado en claro que no quería que le hablase porque prácticamente se había dejado absorber por las paredes del elevador.
Así que volví a mirar al frente, muy a pesar de mi curiosidad. No quería parecer un loco mirón cuando aquella niñita rica que venía de su propio penthouse en un hotel seguramente quería que la dejaran en paz.
Pero seguía murmurando cosas. En inglés y en coreano. ¿Sería norteamericana?
Las otras personas en el autobús también la estaban mirando, pero nadie hizo nada.
Volví a mirar hacia adelante. No te involucres, Jack. No necesita tu ayuda.
Una a una, las personas fueron descendiendo del autobús, y la muchacha se quedó. Cuando me di vuelta para mirarla una vez más, ya estaba prácticamente desmayada en su sueño, con la boca apenas abierta.
Como no podía ver bien su rostro, no me quedaba claro cuántos años podría tener, pero se la veía más o menos de mi edad o tal vez un poco más joven.
Y era mitad coreana y mitad norteamericana. O eso supuse. Sé que sonará irracional, pero sentí una especie de obligación de cuidar de mi propia gente allí en Hong Kong. Esto no era para nada lo que tenía en mente cuando dije que quería celebrar esta noche. Ya podía oír a Charlie, un diablo en miniatura sobre mi hombro, alentándome. Es muuuuuy bonita, diría con su voz chillona.
Me puse de pie y caminé hasta su asiento, los movimientos del autobús me hacían tambalear.
–Eh… ¿hola?
No movió un solo pelo. La visera de la gorra le escondía el rostro.
–Disculpe –hice una pausa–. ¿Señorita? –bueno, esa era la primera vez que había llamado así a alguien.
Nuevamente no hubo ningún movimiento ni nada que me dijera que ella sabía que yo estaba allí. Me incliné hacia adelante y con un dedo sobre su hombro la llamé. Nada. La sacudí apenas un poco más fuerte. Movió la cabeza, pero eso fue todo.




